10 de enero de 2015

Los reconocimientos II

The Recognitions. William Gaddis.  Dalkey Archive Press, 2012
Introduction by William H. Gass
-¿Tú que haces cuando no trabajas?
-¿Y tú que haces cuando no lees?

Solamente los lectores profesionales tienen la suerte -o la condena- de aunar lectura y trabajo; el resto de mortales, aparte de la tarea de hacer compatibles las diversas facetas de nuestra vida -laboral, familiar, social...-,  nos vemos obligados a sustraer el tiempo de lectura de nuestras horas de ocio, es decir, simplificando, leemos cuando no trabajamos, con más constancia cuando disponemos de más tiempo, con más intensidad cuando la materia del libro nos interesa, con más dedicación cuando hay que preparar una charla, con más detenimiento cuando se acude a un club de lectura; pero siempre es una actividad secundaria de la que no depende nuestro sustento y que, por tanto, relegamos a un segundo plano en nuestras prioridades.

Sin embargo, algunas -pocas, contadísimas- veces la lectura de un libro en concreto consigue absorber tanto nuestra atención que trastoca nuestro sistema de sistema de prioridades, ocupa la totalidad de nuestra conciencia y hace que nuestra vida común sea un paréntesis que abrimos entre las sesiones de lectura; libros voluminosos o libros complejos o libros excelsos, libros que te hablan de tú a tú, que exigen toda tu atención mientras los lees pero que siguen trabajando de manera solapada en tu mente cuando, forzado por las circunstancias, estás haciendo otra cosa, como esa música o ese incidente que no logras sacarte de la cabeza y que no puedes obviar porque no hay nada con la suficiente fuerza para sustituirlo. La mayoría de las veces, leemos cuando no trabajamos; otras, trabajamos cuando no leemos, por ejemplo, libros como Los reconocimientos.
"¡Y tú!, ¿qué quieres tú? [...] ¡Tú y tu obra, tu preciosa obra, tu precioso Van der Goes, tu precioso Van Eyk, tu precioso no Van Eyk sino lo que yo quiero! Y tu canciller Rolin, míralo ahí, míralo. Sí, ¿por qué no le pintaste una Virgen con Niño y donante? ¿Crees que es diferente ahora? ¿Que ese carrilludo canciller Rolin no era igual que él? Sí, ¡maldíceme por todo lo que es feo! [...] Vulgaridad, codicia y poder. ¿Es esto lo que te asusta? Es lo único que ves a tu alrededor, ¿y crees que entonces era diferente? Flandes en el siglo XV, ¿crees que era todo igual que La adoración del cordero místico? ¿Y qué me dices de las pinturas que nunca hemos visto, de la basura que ha desaparecido? Sólo porque nos quedan unas cuantas obras maestras, ¿crees que eran todas obras maestras? ¿Y qué me dices de las pinturas que nunca hemos visto y que nunca veremos?, que eran tan malas como cualquier otra cosa que se haya hecho. Y tu precioso Van Eyk, ¿crees que no vivía hundido hasta el cuello en una corte afectada y vulgar? ¿En un mundo donde todo se hacía por las mismas razones por las que se hace hoy?, ¿por vanidad y avaricia y lascivia?, ¿y el egoísmo ilimitado de esos cancilleres Rolin? ¿Crees que sabían la diferencia entre lo que era grotesco y lo que era hermoso?, ¿que su vulgar ostentación no ahogaba la belleza en todas partes, en todas partes, igual que lo hace hoy? ¡Sí, maldita sea, escúchame ahora y jura por todo lo que es feo! ¿Crees que algún pintor hacía algo que no fuera venderse?  Esos bellos retablos, ¿crees que glorifican a alguien que no sea el hombre vulgar que los encargó? ¿Crees que Van Eyk no maldecía tener que prostituir su genio, tener que malgastar sus talentos en toda suerte de celebraciones vulgares, a merced de gente que odiaba?
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