21 de septiembre de 2026

Tous périgourdins. Montaigne según Bergounioux

 


La Association Périgord Patrimoines publica regularmente la revista Sédiments: les grands caheirs Périgord Patrimoine. El ejemplar de 2019 está dedicado a un perigordino ilustre, Michel de Montaigne, y recoge una serie de artículos que diversos escritores le dedican. Entre ellos, Tous Périgordins, de Pierre Bergouniuox.

Tous Périgourdins


Por si no fuera suficiente con haber sido la cuna del Homo sapiens sapiens —el hombre de Cro-Magnon—, el Périgord puede enorgullecerse, además, de haber dado a luz al individuo consciente de sí mismo. Es mucho, casi demasiado, para una región tan pequeña. Y, sin embargo, así fue.


Por una curiosa inversión del orden de las edades, se supo en el acto que había nacido un nuevo hombre. Un pequeño terrateniente llamado Michel Eyquem había redactado, en francés, su partida de nacimiento en su casa solariega de Montaigne. Mucho más tarde, en 1868, Louis Lartet identificaría los restos óseos muy antiguos descubiertos cerca de Les Eyzies-de-Tayac como los del hombre moderno. Y exactamente cuarenta años después, su predecesor, el hombre de neandertal, sería exhumado de una cueva de Corrèze, en las inmediaciones de La Chapelle-aux-Saints, completando así nuestro árbol genealógico.


El acontecimiento fundamental de la aventura humana es la invención de la escritura, hacia mediados del cuarto milenio antes de nuestra era, en Mesopotamia. Durante mucho tiempo nos hemos preguntado por qué había tardado tanto en aparecer. Porque, a fin de cuentas, hace cincuenta mil años que seres semejantes a nosotros hollan la superficie de la Tierra. Si encontraran la manera de franquear el muro del tiempo para mezclarse con nuestra sociedad, nada delataría su remoto origen. La misma postura perfectamente vertical, sin la ligera curvatura dorsal, algo simiesca, del neandertal; la misma talla, un metro ochenta; la misma frente recta, sin arcos superciliares prominentes ni moño occipital; idéntico volumen intracraneal: 1500 centímetros cúbicos. El corrézien de La Chapelle lo aventajaba, es cierto, en este último aspecto —1600 centímetros cúbicos—. Pero habría estado menos profusamente provisto de circunvoluciones cerebrales. En suma, siguió siendo un misterio irritante esa interminable ausencia de escritura cuando unos hombres capaces de pintar Lascaux muy bien habrían podido, si hubieran querido, elaborar un sistema de notación pictográfica o ideogramática que nos dijera quiénes eran, qué hacían, qué pensaban, a orillas del Vézère, en su tiempo.


Si no concibieron, si no crearon nada semejante, es porque no sentían la necesidad de hacerlo. Han sido necesarias las investigaciones, relativamente recientes, de unos científicos anglosajones para esclarecer no solo la aparición de la escritura, sino también su incidencia en la vida del espíritu y en el curso de la historia.


Por decirlo brevemente, brutalmente, la escritura es hija de la esclavitud. Comienza con la explotación del hombre por el hombre. La mayor parte de nuestra historia, es decir, la prehistoria, transcurrió bajo el régimen del comunismo primitivo. Pequeños grupos itinerantes, igualitarios persiguen a la presa en la tundra de la que surgirán, mucho más tarde, Périgueux, Montignac, Sarlat. En un estudio memorable titulado Economía de la Edad de Piedra, Marshall Sahlins sostuvo que la edad de oro que nos empeñamos en buscar por delante de nosotros está detrás. Las investigaciones realizadas entre los últimos pueblos «salvajes» han revelado que dos horas de trabajo diario les permiten satisfacer sus necesidades. El resto del tiempo transcurre hablando, soñando, cantando, pintando, esculpiendo, durmiendo. La incertidumbre de la caza y la recolección convierte el reparto en una obligación vital. Auriñacienses y magdalenienses formaban pequeñas sociedades de iguales cuyos miembros poseían toda la cultura, técnica y simbólica, necesaria para la vida. La división del trabajo, la desigualdad en la distribución, la lucha de clases y, por tanto, la escritura, la historia llegaron después.


Las excavaciones llevadas a cabo en las ruinas de Sumer y Acad han confirmado la incómoda hipótesis que vincula la escritura con la esclavitud. Las tablillas de arcilla grabadas con caracteres cuneiformes son, en la casi totalidad de los casos —y se han encontrado cientos de miles—, documentos económicos, contratos de compra, de venta o intercambio de grano, de ganado, de cautivos, conocimientos de embarque y reconocimientos de deuda, inventarios, testamentos y, más raramente, plegarias, listados de dioses, decretos del cacique. El número y el nombre de los hombres y mujeres sometidos al trabajo forzado, la inmensa cantidad de bienes que este produce, exceden los límites de la memoria inmediata. Se impone la necesidad de un sistema auxiliar que permita llevar un registro de la contribución de cada cual a las riquezas que se acumulan en los almacenes del templo y del palacio. Es muy lógico que un hombre se agache para amasar un puñado de limo, corte una caña y, con su punta, marque en aquel unos signos en forma de cuña o de clavo. Estos son los archivos más antiguos de la humanidad.


Mucho se ha dicho sobre la magia de la escritura. Fija la palabra lábil, flotante, evanescente. La traslada del tiempo fugitivo, del aire olvidadizo, al espacio fijo, a la materia consistente. Objetiva el pensamiento. Se ve desde fuera lo que se trama, confusamente, en la penumbra interior. La humilde lista revela semejanzas y disparidades, saca a la luz las categorías subyacentes a la marcha de la mente, facilita, fortalece esa postura intelectual que llamamos razón. El instrumento de explotación, de opresión que fue en un principio la escritura se ha convertido en el principal medio para afrontar, con éxito, el doble misterio al que todo hombre se enfrenta: el que constituye el mundo exterior y lo que él mismo es para sí.


Quizá fuera natural, inevitable, que el primero se impusiera de inmediato y durante mucho tiempo en la atención de quienes piensan, pluma en mano, del mismo modo que absorbe la atención y el esfuerzo de quienes se enfrentan a las rocas, las plantas y los animales. Si la conciencia, «el prodigio de los prodigios», se asemeja a un haz de luz que barre, ilumina, lleva el mundo a un segundo registro, distinto, pensado que la caracteriza, ella ha sido lo último del mundo en iluminarse a sí misma.


La literatura despierta, pronto, en Mesopotamia. Es la epopeya de Gilgamesh, rey legendario de Uruk que partió en busca de la rama de la inmortalidad al país de los Seres Escorpión y de las Aguas de la Muerte. La filosofía, espinosa hermana menor, le sucede mil o dos mil años más tarde, en Grecia. La primera describía todavía la ferocidad del mundo al que se enfrenta la civilización naciente; la segunda, las reglas ideales a las que ahora debe someterse la ciudad: políticas, por supuesto, pero también éticas, científicas e incluso estéticas; el poeta será expulsado de ella porque no le preocupan ni la verdad ni la moral.


Hasta el final de la Edad Media, el texto que acompaña el curso de los acontecimientos da testimonio del curso insensible o tumultuoso de la historia, de la grandeza y de la decadencia de Roma a los comienzos del feudalismo, con El Cantar de Roldán y La Conquista de Constantinopla. Sentimos, al leer estos testimonios irreemplazables, que les falta algo que consideramos parte integrante de aquello que tenemos por realidad. Adolecen, a nuestros ojos tardíos, desvelados, de una carencia esencial. Los muy piadosos barones, muy belicosos, de la hueste carolingia, al igual que los personajes de los fabliaux y las soties, nos producen la impresión de niños robustos a los que les faltan la reflexión, el conocimiento de sí mismos. El factor subjetivo escasea en la humanidad que nos precedió hasta el final del primer Renacimiento. Como en el caso de la escritura, hay que buscar la razón de ello no en alguna atrofia de la capacidad de discernimiento, sino en el contexto en que el hombre, ese «animal político», se desarrolla, inventa, hace maravillas, o no.


Hacia finales del siglo XV empiezan a surgir, en Europa occidental y solo allí, unas entidades políticas de nuevo tipo: los Estados-nación. Se diferencian de los imperios a los que sucedieron por su estrecha integración territorial bajo una fuerte autoridad central que ha confiscado «el monopolio de la violencia física legítima». Esta ha impuesto por todas partes sus leyes, su moneda, sus pesos y medidas, su habla: el dialecto de la Île de France elevado al rango de lengua nacional por el edicto de Villers-Cotterêts en 1539.


La interioridad reflexiva —el yo, el individuo consciente de sí mismo, el sujeto— nace, casi mecánicamente, de estas estructuras políticas inéditas. Ya no se puede ignorar ni eludir la ley. Unas fuerzas regulares, dependientes del rey, se encargan de hacerla respetar en todas partes, mientras que en las épocas precedentes, cuando se había cometido una fechoría,  siempre se había tenido el recurso de salir de los límites, relativamente estrechos, de la jurisdicción correspondiente. Se acabó. Los Valois, los Borbones se impusieron en las luchas internas de la beligerante caballería. Restauraron la autoridad central. Dondequiera que  uno resida, en el reino, se está sujeto a ella directamente, inevitablemente. Hay que pensárselo dos veces antes de ceder al primer impulso, pensar en las consecuencias de lo que uno va a decir o hacer. Ahora bien, esas son precisamente las definiciones del pensamiento —un gesto contenido, una palabra reprimida—, de la razón —un juicio sereno, el cálculo de las consecuencias—.


Las condiciones sociales están preparadas, en Francia pero también en España, en Inglaterra, para que aparezca el hombre nuevo, reflexivo, razonable, al que todavía hoy nos esforzamos por infundir alma y aliento.


Un abismo, ya lo he dicho, nos separa de nuestros antepasados brutales, simples, infantiles de los siglos XI al XIV. Me parece, cuando leo los Ensayos, que su autor está sentado a mi lado y me habla. Todo lo que dice se explica por sí mismo. Nada me sorprende ni me detiene. Veo las mismas cosas con los mismos ojos, con la única diferencia de que, bajo su pluma, adquieren ese sabor, ese relieve, esos colores, esa extraordinaria nitidez de contorno, esa penetración, esa profundidad que son el propio hombre y «la forma entera, en él, de la condición humana».


        Si la conciencia es desasimiento, distancia, objetividad, tiene además la imparcialidad como beneficio. Montaigne la llevó, desde el principio, hasta sus últimas consecuencias y un poco más allá. Puesto en presencia de tres tupinamba comedores de carne humana, les concede, sin vacilar, dos cualidades eminentes, un coraje invencible y la observancia, entre ellos, de la más estricta igualdad, que los hace admirables. Después, consciente de haber ido bastante lejos, está dispuesto a conceder al lector, más o menos escandalizado por semejante elogio de los caníbales, que «no llevan pantalones». Hay que atribuir, pues, con toda equidad, una triple paternidad al hombre contemporáneo: dos progenitores adicionales procedentes, uno, de la España solar, planetaria, de Felipe II; el otro, de la obstinada Inglaterra isabelina. El primero, Miguel de Cervantes, pronunció la oración fúnebre de la caballería y señaló la difusión de una nueva actitud existencial, racional; el otro, Shakespeare, formuló, en términos decisivos, quizá definitivos, la ecuación de nuestro destino: «Ser o no ser». «La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y sin ningún significado».


No obstante, el hombre en su totalidad, esa combinación efímera de cuerpo y alma, de un aspecto atractivo y una conciencia reflexiva, es un hijo del Périgord.

_____________________________________________


Procedencia del texto: Sédiments 10. Les grands cahiers Périgord Patrimoines: Montaigne et nous, Roman Bondonneau (dir.), Association Périgord Patrimoines, 2019.
Procedencia de la imagen: dibujo de Daniel Maja.

No hay comentarios: