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| Montaigne. Peter Burke. Alianza Editorial, 1985. Edición agotada Traducción de Vidal Peña |
Los libros sobre Michel de Montaigne pueden agruparse en dos grandes categorías: los destinados a lectores que ya han leído los Ensayos y los dirigidos a los que aún no lo han hecho. Teniendo en cuenta que no estoy refiriéndome a especialistas en ninguno de los casos, dos ejemplos para los primeros podrían ser, según un criterio tan personal como cuestionable, el Dictionnaire Montaigne, dirigido por Philippe Desan, y Montaigne en mouvement, de Jean Starobinski; para los segundos, entre los libros publicados el siglo pasado, Montaigne, de Stefan Zweig —disponible también en catalán—, y el que encabeza este artículo. Se trata de una breve pero cabal introducción al personaje y al pensamiento del autor perigordino, tal vez más estructurado y analítico que el del austríaco, pero igualmente útil como introducción, de la mano del prestigioso historiador británico Peter Burke.
No tiene mucho sentido el intento —el ensayo— de comentar un libro cuyo mayor mérito, para los simples amateurs entre los que me cuento, es ser una presentación de una obra mayor; por tanto, voy a limitar estas Notas de Lectura a unas cuantas nociones que los verdaderos especialistas han atribuido a la persona y al escritor: su contemporaneidad, su inclusión en el movimiento del Humanismo renacentista y la hipotética naturaleza de su pensamiento y la evolución del mismo en relación a los antecedentes filosóficos históricos.
«El lenguaje que me gusta es un lenguaje simple y natural, igual sobre el papel que en la boca, un lenguaje suculento y vigoroso, breve y denso, no tanto fino y cuidado como vehemente y brusco, más difícil que aburrido, alejado de la afectación, irregular, suelto y audaz —que cada pieza tenga cuerpo propio—; no pedantesco, no frailesco, no pleiteante, sino más bien soldadesco, como Suetonio llama al de Julio César». Ensayos, Libro I, Capítulo XXV, «La formación de los hijos»
La teóricamente justificada contemporaneidad de Montaige —«resulta fácil verlo como un moderno nacido fuera de su época», dice Burke— se basa en el hecho de que la mente de un hombre del siglo XVI pueda interpelar al lector de cinco siglo más tarde, y que lo haga de una forma alejada de la filosofía profesional imperante en su época, de una forma moderna, tal vez la más actual de todas: Montaigne no brinda respuestas, sino que plantea preguntas; es la forma más actualizada del pensamiento crítico.
Pero es que, además, Montaigne no funda ninguna escuela, no da lugar a ningún montaignismo, no cimenta ninguna ideología: simplemente ensaya. Y el modo en que lo hace, «esparciendo una frase por aquí, otra por allí —muestras desprendidas de su pieza, separadas sin propósito ni promesa—, no estoy obligado a tratarlas en serio, ni a mantenerme yo mismo en ellas, sin variar cuando se me antoje ni retornar a la duda y a la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia». (Ensayos, Libro I, Capítulo L, «Demócrito y Heráclito»), es plenamente moderno: la ausencia de sistematización en la exposición de su pensamiento, la hibrisación de sus razonamientos y la flexibilidad de sus puntos de vista reflejan un desorden que se parece mucho a la estructura del proceso de reflexión; el hecho de ser un aficionado —amateur— a la filosofía, y no un profesional, le permite no tener que justificar sus opiniones ni recluirlas entre las cuatro paredes de un sistema filosófico. Su propósito no buscaba el favor del público ni los parabienes de la academia; su interés era «doméstico y privado». Pero parece que esa actitud, según Burke, al menos en parte, tiene que ver con la generación que llama «de 1530», la primera sin recuerdo de la Francia anterior a la Reforma, y cita una serie de autores que, desde distintos campos intelectuales y en mayor o menor grado, presentarían ciertas coincidencias con la del perigordino: Étienne Pasquier, Étienne de La Boétie, Jean Bodin, Henri II Estienne, François de La Nouë, Pierre Charron, Pîerre de Ronsard y Marc-Antoine Muret. Efectivamente, su interés intelectual por todo aquello que no formaba parte de su quehacer diario ni de su entorno inmediato se canalizó a través de la inclinación por sus contemporáneos de otras regiones de Francia, pero también del mundo, y por los hechos y personajes de tiempos pasados. Montaigne no fue ni un etnógrafo ni un historiador académico, pero su anhelo de conocimiento abarcó ambas disciplinas.
La inclusión de Montaigne entre las filas del humanismo renacentista tiene que ver más con el propósito implícito de su enfoque intelectual que con la relación con los integrantes de esa corriente. El seguimiento de la antigüedad clásica es uno de los rasgos determinantes de su pensamiento, no tanto por las sentencias transcritas en las vigas de su biblioteca como por las constantes citas que comenta y que constituyen el armazón que sostiene el edificio de los Ensayos; pero también que el objeto de su estudio sea el hombre y la condición humana, no las ideas abstractas, algo parecido a lo que, posteriormente, se consideró el ámbito de la razón práctica; es en este sentido en el que se le puede considerar, si no un precursor, al menos un inspirador de la Ilustración.
Al igual que es sumamente difícil hallar un habitáculo permanente e inmutable donde recluir su pensamiento, no lo es menos rastrear sus antecedentes, en parte porque, como quedó dicho, su postura intelectual es imposible de sistematizar. Sin embargo, se puede especular, siempre teniendo en cuenta lo que sabemos de la persona y no solo lo que constituye su pensamiento, con algunos precedentes.
En el campo religioso personal —que tenía poco que ver con las razones de las guerras de religión que azotaron Francia en la época—, es indudable que Montaigne profesaba un catolicismo abierto y tolerante, es decir, nada convencional y alejado de las posiciones éticas y políticas de la jerarquía y de sus más acérrimos partidarios. En todo caso, es conveniente no olvidar, preventivamente, que él mismo de calificó como «sacrílego descarado».
Parecido a lo que sucede en la vertiente religiosa, su ideario político es difícilmente juzgable con la regla de medir actual porque se incurriría en un grave anacronismo. En todo caso, aunque su escepticismo no fuera puramente una toma de posición política, sí que le justificó su no adscripción a ningún movimiento que tuviera el dogma como norma. Así pues, formó parte, con otros nobles e intelectuales, de les politiques, un grupo que incluía a católicos y protestantes que abogaban por la extinción de las guerras de religión, verdaderos enfrentamientos civiles de raíz política. A pesar del exceso de significados con que el tiempo ha dotado a estos conceptos, se podría decir que, políticamente, Montaigne era un moderado pragmático y posibilista.
Montaigne sostenía, frente a la aceptación acrítica de las normas de conducta establecidas por la tradición o por las veleidades de los que detentaban el poder en cada momento, la reflexión y el acuerdo con su conciencia. Es en su vida privada, la que transcurre lejos de los focos públicos, donde reside la valía de un hombre, del que vive de acuerdo con sus propios principios: la historia, por tanto, no puede prescindir de la biografía: «Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro», «Ainsi, lecteur, je suis moi-même la matière de nom livre». (Ensayos, Libro I ,«Al lector»).
A la carencia de sistematización mencionada con anterioridad habría que añadir que los veinte años que empleó en la redacción de los Ensayos dan cuenta de la evolución del pensamiento de su autor, que podría resumirse en tres etapas y un corolario. En primer lugar, coincidiendo con la época en que se retiró de la vida pública y empezó la redacción de su obra, pero influenciado todavía por aquella, la acentuada por la transición desde una versión muy personal del fideísmo —téngase en cuenta el entorno social, político y religioso de la época— hacia un indulgente —¿cómo, si no?— moralismo cristiano. La segunda etapa, caracterizada por una orientación estoica, en la senda de Séneca, Epícteto y Marco Aurelio —y, aunque ligeramente aparte, su Plutarco—. Y, en tercer lugar, tal vez como evolución natural de la anterior, su pensamiento desembocó en un escepticismo no estático cuya representación más evidente fue el Que sais-je?, el auténtico lema de Montaigne, presente en la medalla personal que se hizo acuñar, que lo incluye entre los seguidores de Sexto Empírico, el compilador de los textos del escepticismo clásico, y lo ubica franca oposición a cualquier manifestación del dogmatismo y de los sofismas de los filósofos escolásticos. Y, finalmente, coincidiendo con el final de las revisiones de los Ensayos, camino del fin de su vida y como conclusión de las anteriores, el deseo de que la humanidad alcanzara sus metas y la fraternidad universal.
Nota: Las citas de los Ensayos incluidas en este artículo pertenecen a la edición y traducción de J. Bayod Brau para Editorial Acantilado, 2007.
