24 de octubre de 2016

Caer

Caer. Éric Chevillard. Sexto Piso, 2016
Traducción de Lluís Maria Todó
"Mañana todo irá mejor,/ por desgracia,/ pues luego vendrá pasado mañana/ y la fría crueldad del recuerdo."
Caer es un territorio aislado, supuestamente una isla aunque ninguno de sus pobladores pueda asegurarlo -el Edén también era una región entreaguas, ¿recuerdan?-, de raigambre mítica, un territorio hostil rodeado por lo que parece ser un océano infranqueable en el que están recluidos sus bipolares habitantes que viven, inconforme pero esperanzadamente, a la espera del regreso de su mesías, Iliuk el Polidáctilo, según profetiza una antigua leyenda.
"Suponemos que Caer es una isla, un anillo de arrecifes sepultado bajo la arena y cerrado en torno a un mar interior. La controversia empieza cuando se trata de determinar cuál es el mar interior y cuál el otro, el exterior, el que rodea. Dos aguas en cualquier caso no navegables, erizadas de escollos que asoman, atrapadas en los hielos durante buena parte del año. Frágiles banquisas que no soportan el peso de un niño: sólo el oso blanco y la morsa se mueven sin peligro por esa superficie. Exigua y rasa la vegetación. Tal vez podría formarse un bosquecillo acercando los árboles y, después, atándolos, una gavilla. Eso es todo cuanto se sabe de Caer en lo concerniente a la geografía física, todo lo que cabe afirmar antes de ser desmentido."
Esta extraña introducción intenta acercarse, sin conseguirlo, al argumento de Caer (Choir, 2010), la novela de Éric Chevillard, un autor francés casi desconocido en estas latitudes, que pone en boca de un narrador tan desconcertante como fastuoso un sucinto resumen de la vida en la isla en función de sus peculiares habitantes, sus insólitas costumbres y la relación con la profecía acerca de Iliuk y su regreso via aérea a Caer.

En ese informe que nos facilita el narrador aborigen se nos desvelan algunas de las peculiaridades de los caerenses, a cuál más absurda, aunque completamente justificada por nuestro interlocutor; ya puede el lector buscar indicios de crítica social o las clefs que desentrañen el enigma, que no hay metáfora que resista la prueba.
"Cuando alcanzamos la cumbre de esas montañas, desde la cima tan sólo vemos un poco mejor que desde abajo lo lejos que estamos del cielo."
Ocupados en vivir y sobrevivir a los paisanos, Caer obvia -obviar siempre se tiñe del color de la sangre- los entretenimientos de las sociedades opulentas; los artistas, por ejemplo, esos "onanistas necrófilos", y sus obras de arte son recluidos en cuevas impenetrables para que no contaminen a la sociedad; igual suerte corren los poetas:
"Hace ya mucho tiempo que los espíritus ilustrados acabaron con esa bobada de la poesía."
Teniendo en cuenta que el principal medio de repoblación de la isla son los individuos supervivientes de la multitud de accidentes aéreos que suceden siempre que un avión sobrevuela Caer, engendrar un hijo -todavía hay quien engendra hijos a la manera tradicional, a pesar de las instrucciones de obligado cumplimiento que dictan que la forma de reproducción más adecuada es la sodomía- se considera una maldición que sólo puede enmendarse arrepintiéndose, haciendo penitencia y castigando al vástago, cuyas cicatrices darán la exacta medida del amor de sus padres.
"Hay tan poco que hacer aquí y es todo tan sencillo que una hora después del despertar ya hemos terminado la jornada. Así, para mantenernos ocupados, Perlaps ha ideado unos engranajes que descomponen gesto a gesto nuestras acciones más rutinarias, las ralentizan y, a veces incluso, y eso ya está previsto, se encallan, se calan, se bloquean. Y así, a trancas y barrancas, llegamos hasta la noche."
Solventadas las necesidades primordiales con relativa facilidad, la ocupación principal de los habitantes es escuchar con temor reverencial la enésima repetición de la profecía de Yoakam, un  augur de dimensiones bíblicas, según la cual Ilinuk, el único habitante que consiguió salir de Caer, regresará a la isla atravesando la cúpula de nubes en el sentido contrario a cuando se fue, para llevárselos a todos.
"¡Nada hay cocido que no fuera antes crudo!" Sentencia perteneciente a la profecía del regreso de Ilinuk.
Sin embargo, la sociedad caeriana, aunque sometida a una lógica interna difícil de desentrañar y a una heterogeneidad fundacional que forma parte del carácter nacional, también acoge a disidentes de la disidencia; uno de los personajes más "entrañables" -olvídese el lector de la definición común del término- es Mavrocordato el Nihilista, una especie de Diógenes caeriano al que otro de sus sobrenombres, el Perro, remite directamente a la escuela de los cínicos, el personaje más radical, es decir, el único que se rige por la lógica no-caeriana -el principio de la lógica caeriana sería algo parecido a "cuanto peor, mejor"-, y el único, como consecuencia, que posee un grupo de matones como protección.
"La amistad es, para nosotros, el valor supremo, el único vínculo que no es sospechoso ni está mal considerado. Su esterilidad es por otra parte garantía de su inocuidad."
Ante la renuencia de Ilinuk, los habitantes de Caer deciden prescindir de Él hasta que se dan cuenta de que no tienen mucho más que hacer que esperar la profetizada parusía. Pero cuando ya han perdido toda esperanza de rescate, aparece finalmente el Mesías, aunque con unas intenciones que no se ajustan exactamente a la profecía.

Caer es una fábula, cruel si no fuera grotesca, que bebe de las fuentes decadentistas, rinde un somero homenaje al exoesoterismo y aterriza en el absurdo; los mousquetaires Lautréamont, Michaux y Beckett no serían unos malos padrinos, a los que podría añadirse Perec en el papel de D'Artagnan. Una narración sin trama contrapunteada por fragmentos de la profecía que son trama pura, pero que Chevillard envuelve en una atmósfera puramente descriptiva pero no por ello menos sofocante de un mundo que atrae en la misma medida que repele, otra vuelta de tuerca a la literatura distópica, una especie de Mundo Infeliz que, voltaireanamente, podría calificarse sin temor a equivocación de el peor de los mundos posibles.  Claro que también puede leerse como una metáfora sociopolítica, pero tal vez no va por ahí la intención de Chevillard, sino en cuestionar a Sartre y dejar establecido que la boca del Averno está en cada espejo en que nos miramos, que el infierno no son los otros, somos nosotros mismos. La hipérbole hilarante elevada a categoría.

Calificación: *****/*****

Éric Chevillard abrió en septiembre de 2007 el blog L'Autofictif, en el que, a modo de diario intemporal, escribe pequeños textos principalmente de carácter personal con intención literaria; los archivos anuales de esos posts se han ido recogiendo en varios libros bajo el nombre común de L'Autofictif, pero en el blog pueden consultarse los correspondientes al año en curso.
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