12 de abril de 2013

Mi primo, mi gastroenterólogo

Mi primo, mi gastroenterólogo. Mark Leyner, Pálido Fuego
Traducción de José Luis Amores
1. Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el postmodernismo pero nunca se atrevió a preguntar
"Los escritores tienen la responsabilidad de mantener a la gente en el redil. Si no quieres que la gente abandone la literatura, escribe libros que interaccionen con los lectores, no basta con quejarse de los críos estúpidos que están viendo la televisión a todas horas".  Del artículo "La disparatada visión de Mark Leyner", de William Grimes, 1992.
Bienvenido Mark Leyner al castellano, aunque sea con más de veinte años de retraso, en  cuidada edición de la joven Pálido Fuego -en su página web, a modo de bonus track, incluye un completo y esclarecedor Dossier de prensa-, editorial cuyos primeros títulos componen una arriesgada a la vez que estimulante declaración de principios; bienvenido porque a finales de los años ochenta del pasado siglo este señor, redactor publicitario, dio que hablar lo suyo, tanto entre los círculos literarios más atentos a "lo último" -hoy les llamaríamos alternativos, sin comillas- como entre medios "más serios", hasta el punto de merecer unos párrafos en un ensayo de David Foster Wallace, el malogrado teórico y emblema de todo postmodernismo que se precie. La razón de este interés, más allá de las coincidencias generacionales y de un programa estético similar en su origen, que casi se diría complementario, radica seguramente en una indisimulada tendencia crítica compartida hacia una sociedad contemporánea cuyas tensiones no podía abarcar el realismo; o sí, pero no con las mismas armas estéticas que un siglo atrás. Ante la cuestión planteada por Larry McCaffery acerca de si nos encontramos ante el "novelista surrealista postmoderno cómico experimental", responde Leyner:
"Deseo el máximo aporte a nivel de cada frase... Quiero causar problemas y creo tener una idea de cómo hacerlo en narrativa. Me fijé en toda esa gente que conocía y en lo que escribía, y me pareció que podía causar un montón de problemas haciendo que cada frase dejara pasmado, agarrara a la gente por las pelotas o lo que fuera, al margen de los habituales contextos ficcionales estúpidos."
El foco de esta narrativa no se halla, por lo tanto, en su contenido sino en su forma:
"Lo que me interesa no es la realidad de lo que estoy describiendo sino lo que se experimenta al leer el pasaje."
¿Puro estilo, pues? Sí y no: la explicación a esa ambivalencia se encuentra en que al haber cambiado sustancialmente aquello que se quiere describir -la sociedad contemporánea, con todas sus características- por fuerza debe cambiar la forma de describirlo. Leyner sería, según estos parámetros, incapaz de escribir El retrato de una dama; como contrapartida, tampoco Henry James podría, con sus herramientas, escribir La broma infinita. Usando el  símil musical que cita el autor, James orquesta una suite barroca, donde cada compás preludia el siguiente, el fraseo es previsible, está normalizada la sucesión de puntocontrapunto y se trabaja sobre la plantilla de los diferentes movimientos que debe tener una composición de ese estilo, mientras que Leyner utiliza el fragmento imprevisible que 
ejemplifica el solo de guitarra de Keith Richards en Sympathy for the Devil, en el que "cada ráfaga aguda, brillante, increíble, endiablada de sonidos crudos" constituye un elemento en sí misma, pues "no hay nada que lo anticipe, simplemente aparece de pronto, como la lluvia o las navajas".

Como se ve, Leyner lo tenía claro, eso es toda una declaración de principios; válidos o no, su materialización se concreta esta colección de relatos. 

2. La colonoscopia


Mi primo, mi gastroenterólogo (My Cousin, My Gastroenterologist, 1990) es literatura saturada. No es tanto una narrativa a la que se le ha extraído todo lo accesorio, entendiendo por tal los elementos de transición y la totalidad del aparato contextual, como que se la haya sometido a un proceso gradual de aumento de la presión hasta que haya  acabado por expulsar esas transiciones. Después de ese adelgazamiento, sólo queda el lenguaje -fragmentario, sincopado, concentrado, televisivo- y la temática: invariablemente, el ascenso de la banalidad a la consideración de protagonista.


La sucesión de hechos o la pura simultaneidad no siguen un patrón lógico sino arbitrario. La focalización de nuestra atención, en un entorno saturado de estímulos, ni es voluntaria ni depende de la intensidad de esos estímulos ni de un supuesto estado en el continuum "muy receptivo-nada receptivo". Este principio, traducido por Leyner, se manifiesta en la ausencia de trama y la casi exclusiva presencia de pseudo-episodios que, si aquélla existiera, no significarían más que una desviación, un conjunto deshilvanado de subtramas insignificantes, una distracción.

Siendo como es esa fragmentación una de las características más sobresalientes de Mi primo, mi gastroenterólogo, es dudoso si clasificarlo como una colección de relatos interrelacionados -los títulos de algunos de los cuales son un relato en sí mismos: "Yo era un punto infinitamente denso y caliente", "La provocación de un pelo suelto en un peinado por lo demás perfecto", "¡Hoolaa!, llamó Buzz, ¿tienes un poco de crema de cacao?"- o como una novela fragmentaria -por más que sus "capítulos" fueran publicados aisladamente, en forma de relatos, en diversas revistas y antologías, y recogidos en el volumen My Cousin, My Gastroenterologist en 1990-; en todo caso, esa distinción queda a cargo del lector y forma parte del juego -y no es el único- que propone Leyner.
"¿Quiénes son los nuevos intelectuales quiénes son los nuevos estetas ahora que los viejos nuevos intelectuales y los viejos nuevos estetas han sido diezmados por las ramificaciones autodiezmantes de sus nuevas viejas ideas?"   
La sucesión de cuadros surrealistas es continua, como si la acción estuviera también bajo los efectos del speed, a velocidad de vértigo, sin ningún tipo de transición, sin nexo evidente -lo cual no quiere decir sin nexo-, incluso, excepto la verborrea inconsistente de unos narradores hipervitaminados y benzedrínicos; pero cuadros de una extensión limitada, medida, uno diría que planificada instante por instante, al estilo de la duración de los anuncios televisivos, lo bastante claros para ser capaces de transmitir el mensaje pero lo necesariamente cortos para retener la atención del (¿televidente?) lector. Incluso en algunos de los relatos, formalmente clásicos, bajo la apariencia del más estricto realismo, se esconde la transgresión, el detalle surrealista, la sorpresa inesperada que da sentido a la colección, como esta divertida y absurda parodia de pseudo-haiku:
"El hipopótamo se alimenta de vegetación blanda,                                                            sus excrementos alimentan a los peces,                                                                         los pijamas de él danzan convulsivamente en el tenderero."
 Las peculiaridades abarcan también a los protagonistas, cuya caracterización consiste en una mezcla de sarcasmo e ironía -y notables dosis de mala leche, postmoderna, sí, pero mala leche al fin y al cabo-: la omnipresencia de ese primo grastroenterólogo y del kung fu en unos personajes que se acercan mucho a los "hombres repulsivos" que entrevistó David Foster Wallace en Entrevistas breves con hombres repulsivos (Brief Interviews with Hideous Men, 1999).
"Voy a decir algo horrible, algo horriblemente impropio de un cristiano... Y por favor no empieces a cantar, porque no hay enjuague bucal capaz de camuflar el aliento fétido de los cristianos cantando salmos... Esta es mi horrible declaración: hay mostaza en los arbustos."
Y emergiendo de toda esa nómina de personajes inclasificables, los narradores y los protagonistas de sus relatos, uno que mece una consideración aparte: no ya el Leyner -escritor-autor sino el Leyner-individuo que, escribiendo otras obras, publicando sus columnas o respondiendo a entrevistas, queda configurado como un personaje más, plenamente literario.

Hasta aquí, y más allá, la broma, la ocurrencia,  el pastiche... Sin embargo, la parafernalia formal, la inventiva y la originalidad no deben enmascarar una notable e insistente vertiente de crítica social: esos descarados e irreverentes personajes, marginales e inadaptados, son el reverso de la moneda de la locura neocapitalista, los residuos de un sistema que expulsa sus detritus a unas cloacas cada vez más pobladas.

3. Todo lo que usted siempre pensó sobre el postmodernismo pero nunca se atrevió a decir


En su colección de ensayos Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again: Essays and Arguments, 1997), David Foster Wallace dedica uno de sus más incisivos artículos, "E unibus pluram", a la influencia que ejerce un entorno mediatizado, condicionado y definido por la televisión sobre la narrativa norteamericana de finales de siglo y a las relaciones de interdependencia y retroalimentación entre ambos medios.


Una de las tesis del mencionado artículo es que, al igual que la existencia de la televisión afecta al ciudadano-no-escritor en su forma de ver el mundo y de relacionarse con él, también afecta al narrador postmoderno, criado en hogares en los que la omnipresente pantalla gobierna con una soberanía incontestable; DFW aboga por la co-existencia de un escritor-creador de ambientes y de un escritor-voyeur que, a semejanza del ojo de la cámara -que tiene existencia independiente, pero que condiciona aquello que se hace en su presencia- , no solamente se inspire sino que incluso se limite a reproducir "televisivamente" todo lo que observa: el escritor se convierte de un "investigador para crear narraciones" en un "consumista de narraciones":
"Lo más peligroso de la televisión para los narradores americanos es que no nos la tomamos lo bastante en serio como elemento diseminados y definitorio de la atmósfera cultural que respiramos y poseemos..."
En este sentido, DFW defiende el clasicismo de esa narrativa permeabilidad por la televisión sosteniendo que no es más que el realismo de siempre pero aplicado a una realidad "cuyos límites definitorios han sido deformados por la señal eléctrica".

Tomando en cuenta estos parámetros, analiza Mi primo, mi gastroenterólogo adjudicándole la característica de ser "irreverentemente irónica":
"Es un conjunto mezedrínico de pastiche pop, alta tecnología improvisada y deslumbrante parodia televisiva, formado por yuxtaposiciones surrealistas, monólogos agramaticales y montajes vertiginosos, y envuelto en una ironía infatigable diseñada para lograr que su tono frenético resulte irreverente en lugar de repelente."
Según DFW, Leyner procede deconstruyendo esa realidad postmoderna, tomando sus elementos consustanciales y recombinándolos; la extrañeza resultante acaba siendo el producto no del efecto de esas recombinaciones sino del hecho de la apabullante multitud de elementos singulares, haciendo -o intentanto hacer- congruentes los resultados.

A pesar de considerar la obra de Leyner como "la mejor narrativa de la imagen que ha habido hasta el momento" -y conviene considerar que "el momento" es 1993, año de la publicación del ensayo-, llega a calificarla de extremadamente banal (¿q.e.d.?), no tanto porque se trate de un experimento fallido como porque el objeto de su narrativa lleva la burla en sí mismo.
"... condenado a la banalidad de su deseo de ridiculizar una cultura televisiva cuya burla de sí misma y de todo valor ya absorbe cualquier radicalización."
4. Créditos


¿Que si hay que leer a Mark Leyner? Por supuesto; porque es una lectura estimulante, provocativa y absolutamente lúdica, pero también porque, debido a esa inexplicable tardanza en publicarlo en castellano, amplía la visión  de una literatura finisecular sin la cual una gran parte de la narrativa contemporánea parece, engañosamente, haber surgido por generación espontánea.
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