22 de abril de 2011

Bécon-les-Bruyères

Traducción de Anna Casasses Figueres
“Bécon-les-Bruyères amb prou feines existeix.”
En 1927 la revista Europe encarga a Emmanuel Bove un relato de viajes que sería publicado en la colección "Portraits de la France", y el escritor escoge el pueblo donde ha residido recientemente; el resultado es este Bécon-les-Bruyères (Bécon-les-Bruyères, 1927), un escrito a modo de anti-folleto de turismo donde se exponen de forma detallada y anecdótica las razones por las que, tal vez, no haría falta visitar la ciudad.
“Igual que davant d’una persona que ens presenten dient que és molt divertida, i amb la qual de cop i volta et quedes sol parlant seriosament després que l’amic que te l’ha presentat se n’hagi anat, quan arribes a Bécon-les-Bruyères et trobes sumit en la sensació que diu que, a partir del moment que les coses són, deixen de ser divertides.”
Bécon-les-Bruyères es un impersonal asentamiento a la afueras de París, un punto intermedio entre la gran ciudad y el campo, que ejerce como intermediario entre ambos. Los habitantes son como los de otros lugares, pero el enclave en sí mismo carece de personalidad. La importancia subjetiva del lugar de origen de uno, independientemente de que el lugar sea un enclave insignificante, la vida en él, transcurre como en cualquier otro sitio, pero parece no afectar más que a los lugareños. Las fábricas, los descampados, un cementerio para perros, unas pistas de tenis, el Casino...; aunque insignificantes, todas esas cosas contienen vida, la misma vida que una gran ciudad: es cuestión sólo de cantidad.

Detrás de la mirada irónica de Bove no se esconde ningún menosprecio hacia Bécon-les-Bruyères; de hecho, aunque paradigma de la levedad de estilo, Bove ejecuta una obra maestra de la concisión: la pretendida insignificancia del sujeto de la narración parece remitir a una aparente inexistencia de estilo, aunque esa ausencia sea ya una elección estética que requiere una toma de partido, es decir, que la ausencia de estilo es ya una forma de estilo. Cabría decir, asimismo, que el autor trata al enclave con suma ternura, la misma con la que se trata a las cosas insignificantes, pero sin que esa mirada tenga que ver ni con el sarcasmo ni con el cinismo. Una mirada apresurada podría llevar a la conclusión de que los habitantes de Bécon-les-Bruyères forman parte de la hermandad de los excluidos, pero eso sería un error: a fin de cuentas, éste no es tan distinto de multitud de pueblos que se han establecido en un determinado lugar sin ninguna razón, casi con el único fin de recoger los excedentes -pues no otra cosa son las banlieus de las grandes ciudades europeas, antiguamente denominados arrabales y en la actualidad calificados, de un modo más correcto políticamente, como periferia- de las grandes capitales, unos lugares crecidos sin ningún tipo de planificación, y que a menudo comparten la sensación de haber rellenado los espacios vacíos que se encontraban alrededor de una estación de ferrocarril.
“Una estació està més a prop del progrés que qualsevol altre lloc.”
La estación de ferrocarril puede ser el eje vertebrador de una localidad, al tiempo que es su entrada en el mundo: la gran mayoría de viajeros del tren son idiferentes con respecto a Bécon-les-Bruyères; es más, ellos creen que “sólo han pasado” pero, en realidad, por el solo hecho de haber pasado por la estación a bordo del tren, ya “han estado” allí.
“La persona que en un moment de decaïment anés a parar a Bécon-les-Bruyères sentiria que ha caigut tan avall que en marxaria immediatament.”
En todo caso, y esa es una de las conclusiones del retrato que hace Bove, y no necesarimente pesimista, cuando no se tiene ningún valor, lo más prudente es ser siempre consciente de la propia insignificancia.
Y una reflexión final de Bove que tampoco debería despreciarse: tal vez el destino final de Bécon-les-Bruyères, como el de cualquier ser vivo, sea desaparecer, en este caso, absorbido por las ciudades limítrofes. Después de desaparecer la ciudad desaparecerán los habitantes que la recuerdan; después, desaparecerá incluso su recuerdo para, finalmente, parecer que no ha existido nunca, y
“Bécon haurà anat a parar amb el brucs prèviament morts.” 
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