17 de agosto de 2026

Pascal Quignard. Las escaleras de Chambord

Las escaleras de Chambord. Pascal Quignard. Galaxia Gutenberg, 2013
Traducción de Ascensión Cuesta

El rey Francisco I dispuso la construcción del Castillo de Chambord en 1519 sobre tierras pantanosas, a orillas del río Cosson y en el centro de un bosque rico en caza, para transformarlo en «un bello, grande y suntuoso edificio» que debía permitirle satisfacer su pasión cinegética. Fascinado y fuertemente influenciado por las artes y los artistas italianos, mandó construir un castillo en el que se mezclaran las influencias francesas e italianas.

Como consecuencia de la sexta guerra de Italia, que culminó con la derrota de Pavía, las obras debieron suspenderse entre 1522 y 1526. Al regreso de Francisco I, se reanudaron durante veinte años sin interrupción, hasta su muerte acaecida en 1547. 

En 1539, el emperador Carlos V es recibido por el rey en el que solo era, en aquel entonces, el torreón en construcción. A este primer edificio se añadirán, al este, el ala llamada «real» (ala de los aposentos del rey) y al oeste, el ala de la capilla, continuada durante el reinado de su hijo Enrique II y de su nieto Carlos IX. El conjunto arquitectónico tal y como hoy se conoce será terminado por el rey Luis XIV en 1685.

El castillo está construido en base al modelo de las fortalezas medievales, con un edificio central de planta cuadrada, el donjon, provisto de cuatro torres de esquina. Dentro de este, encontramos cinco niveles habitables construidos en base al mismo modelo: cuatro apartamentos cuadrangulares y cuatro apartamentos en las torres redondas por nivel.

Fuente de la iomagen: https://www.bloischambord.es/explorar/los-castillos/castillo-de-chambord 

La escalera, de doble hélice, se encuentra en el centro del edificio. Esta da acceso a la primera planta (aposentos históricos), a la segunda planta (dedicada a la temática de la caza y a la animalística) y a la gran terraza, coronada por la torre-linterna y la flor de lis, símbolo de la monarquía francesa.

 Se trata de una curiosidad arquitectónica que ha contribuido a la fama de Chambord. El principio es a la vez sencillo y sorprendente: dos escaleras que giran en el mismo sentido pero que nunca se cruzan. De este modo, se pueden subir o bajar los peldaños sin cruzarse con las personas que utilizan la otra escalera. 

Según la leyenda, el ingeniero y arquitecto de esta doble escalera fue Leonardo da Vinci. Y es que Francisco I y el artista italiano sentían un gran apego mutuo. Se conocieron en Boloña, Italia, antes de que el rey Francisco I invitara a Leonardo da Vinci a instalarse en el valle del Loira, más precisamente, en la mansión de Clos-Lucé, en Amboise, donde el artista muere en 1519.
Fuente: Castillo de Chambord. La desmesura del rey: 

Edouard Furfooz, un coleccionista de juguetes antiguos y otros objetos pertenecientes a la infancia, es el protagonista de Las escaleras de Chambord (Les Escaliers de Chambord, 1989), una de las pocas novelas, en el sentido tradicional del término y teniendo en cuenta lo extenso de su producción, de Pascal Quignard. Edouard es un individuo peculiar, no solo por su profesión, en quien se revela  cierta incapacidad de amar, de mantener una relación sentimental durante cierto tiempo, de origen desconocido, a la que se añade un carácter que oscila entre el cinismo y la inmadurez. Como particularidad, odia el ruido, particularmente la música —una singularidad que el autor desarrollará posteriormente en El odio a la música (La Haine de la musique, 1996) mediante el planteamiento de la imposibilidad de dejar de oir a través de la metáfora de que «la oreja no tiene párpados». La obra se desarrolla en la segunda mitad de la década de 1980.

«Edouard, frente al Arno, estaba sentado en una silla de hierro helada. Roía como podía un almendrado mandorlato. Se bebió dos cafés. Edouard Furfooz era, a fin de cuentas, una persona devota en lo tocante a sus placeres. Le gustaban los niños, las flores cortadas, el sol, el nombre amargo de las cervezas oscuras, la ropa de abrigo, las pinturas sobre botones y los coches pequeños. Creía que existía una especie de vínculo entre las almas de los niños muy pequeños que lloran y las de los hombres en los que el temor a la muerte y el silencio ya han empezado a fijar los rasgos. Y ese exiguo puente entre esas edades y esas necesidades tan alejadas era el objeto de todas sus preocupaciones. Era como el minúsculo desecho de lo que fuera una pasión devastadora. Tenía la impresión de que la preservación o la restauración de ese milagroso puente era el único tesoro de lo que acostumbraba a llamarse destino».

Aunque el narrador mantiene cierta neutralidad a la hora de juzgar la conducta de Edouard, su relato orienta hacia unas cuantas preguntas acerca tanto de la profesión como del comportamiento de este: ¿Qué lógica tiene coleccionar juguetes infantiles en plena edad adulta? ¿Tiene alguna relación con coleccionar figuras de dioses en los que hace siglos que nadie cree? ¿Y con coleccionar sueños de muertos? Esas conexiones conducirían al planteamiento de una hipótesis: la huella más determinante que ha producido el ser humano es la que tiene que ver con aquello que puede fabricar un solo individuo, que cabe en el hueco de la mano; las grandes estructuras de factura colectiva son la muestra de la decadencia de la inventiva humana; el pequeño escarabajo esculpido en Egipto contra la pirámide de Gizeh. Siguiendo ese planteamiento, podría deducirse que la escritura es una de las huellas que aún permanecen de la edad de oro de la Humanidad: obra de un solo individuo destinada a un solo individuo.

«Los vertederos de basura, los desechos encantados, los tréboles de cuatro hojas y las mujeres de las que uno se aleja, alzadas entonces prestamente en el recuerdo como tréboles de tres hojas, de dos hojas, de una hoja, de un cuarto de hoja, de un cuarto de hoja arrugada y tirada. Todas esas cosas, se decía, son los objetos de este mundo. Los juguetes no son los objetos de este mundo. Ha existido otro mundo que ha precedido a esta luz que nos envuelve. Habrá, por tanto, siempre otro mundo a dos pasos de nosotros mismos, que deambula en este mundo».

La actitud de Edouard implica que no tiene mucho sentido coleccionar objetos del mundo de la utilidad porque agotan su función en ella; lo interesante es reunir objetos que han perdido su capacidad de uso, que pertenecen al mundo de lo inútil, o cuya función es imposible de deducir. Como los dioses, siempre son más sugestivos aquellos cuyo culto se ha perdido que los que imponen su presencia y su adoración a una Humanidad que sigue utilizándolos pero ya no los necesita.

La relación sentimental más duradera de Edouard es la que mantiene con su tía Otti —un personaje seductor, en la medida de sus posibilidades—, que le crió en ausencia de sus padres pero que hace años que no trata. Ella le encarga que le busque una casa de campo en Chambord, un lugar de cuyo castillo él solo recuerda las escaleras, un recuerdo procedente de una visita escolar en compañía de una «niña pequeña, tímida y crispada, con una tranza negra que le caía por la espalda y con escarpines de charol», cuyo nombre no recuerda, y que será uno de los rastros que deberá seguir a lo largo de la novela. El relato de este primer encuentro y el recuerdo de la visita al castillo ponen en marcha la otra cara del relato, la que tiene que ver con la vida sentimental del protagonista, más enigmática, si cabe, que los avatares de su ocupación profesional.

«Estaban sentados a la mesa de un restaurante al lado de la puerta que campanilleaba y daba en el respaldo de la silla en la que estaba sentado Edouard. Edouard intentaba describirle a su tía la casa de Chambord, las orillas del Cosson, las obras que avanzaban a buen ritmo. No conseguía encontrar las palabras apropiadas. Habría preferido enseñarle la Hannetière sin decirle nada, pero la curiosidad de su tía era impaciente. Tenía la impresión de que trajinaba con el lenguaje: al igual que una granjera que se agota en su trajín de batir la leche en la mantequera para sacar mantequilla. Tía Otti hablaba de su vida. Ottilia Furfooz estaba comiendo un trozo de Passendael, arrasaba Siracusa piedra por piedra, exterminaba a los musicólogos y juzgaba sin piedad los quince últimos años de su vida. Edouard Furfooz la miraba como un fiel mira a una diosa. Estaba gorda. Tenía el cuello arrugado como el cóndor de la cordillera de los Andes, una especie de papada, ínfulas de las mejillas, un ojo claro de una movilidad y una agudeza comparables y sorprendentes».

Coincidiendo con este insólito encargo, Edouard conoce a Laurence, una mujer diez años menor que él, que le provoca una fuerte impresión, y que será una de las coprotagonistas de la trama. Esa relación con Laurence se convierte en una extraña historia de amor, reforzada por las ausencias y el deseo y debilitada por los encuentros y una satisfacción apenas consumada, que sobrevive a las dificultades pero que puede finalizar en cualquier momento, apenas sin darse cuenta. 

«El le reprochaba que dormía poco, que era grave, cuando a él le encantaba su risa. Era una risa amplia, en fin, un poco burda y viva que afluía a sacudidas, agitaba sus estrechos hombros y la hacía doblarse en dos. Diríase que estaba inundada de una risa más amplia que ella y que no parecía que fuera personal, que le caía encima como un aguacero inesperado. En aquellos momentos ella chorreaba de niñez. Entonces, le relucía en los ojos algo joven, invencible, hecho de una novedad invencible. El se acercaba. Abrazaba ese cuerpo cuyos sobresaltos parecían muy ajenos o animales o divinos. A decir verdad, él se acercaba siempre a ella, se riese o no. Lo que más amaba en el mundo era la proximidad de su mejilla y su aliento, entre la nariz y los labios.»

Se trata, a todas luces, de una relación desigual: Laurence tiene la sensación a apostar más que Edouard, que parece más frío e indiferente; ella cree que, sin duda, él la desea, pero no está segura de si la ama, y para ella  esto es muy importante.

Parece que Edouard está en guerra con su pasado: las relaciones familiares nunca fueron las deseadas, y él ha arrastrado esa carencia a lo largo de su vida de forma inconsciente pero tan concluyente que, cuando piensa en eaa época, sus sentimientos, en realidad —aunque él se niegue a reconocerrlo—, tienen poco que ver con la felicidad. La relación con su tía Otti, sin ir más lejos, parece el sustituto involuntario de las inexistentes relaciones con su madre. Edouard —que muestra un ansia peculiar de convertir en fantasmas a todas las mujeres que ama— es un escapista: la excusa de sus negocios, que, en realidad, no precisan, la mayoría de las ocasiones, de su presencia física, le sustrae de las citas con Laurence —en ella, predomina, en cambio, el ansia de convertir en ser humano el fantasma de un Edouard siempre ausente—, que, por cierto, también muestra síntomas de debilidad sentimental al exigir la presencia de Edouard con más frecuencia de la que sería prudente o deseable. Las muestras de cobardía ante una situación que parece superarles se reparten entre ambos, aunque parece que la cuota mayor corre a cargo del hombre, una cobardía fruto tanto del miedo como de la incapacidad; en todo caso, Edouard da otra muestra cuando, sin romper del todo con Laurence —él mismo se excusaría, seguramente, aduciendo que no había ninguna relación susceptible de ser rota: «a lo largo de toda mi vida solo he tenido la impresión de llegar a algún sitio cuando he dejado a alguien»—, se lía con su amiga y confidente; su escasa autoestima vacila y se hunde, pero su idea de la autodefensa se traduce en hacer como si esa infidelidad —pues así es como considera Laurence el suceso— jamás hubiera sucedido.

Las actitudes de ambos dan perfecta medida de sus intenciones tanto como de sus carencias:

«[Laurence] Tiritaba de dolor. Había sido abandonada. Apretaba un labio contra el otro para no llorar. «Acurrucarse», se dijo mientras se movía. Y lentamente se puso en cuclillas en el rincón de la ventana. Buscó en el fondo de su corazón una especie de pequeño confesionario de madera oscura, cerrado con una cortinita de terciopelo rojo. Un pequeño lugar en el fondo de sí misma donde poder arrodillarse, donde acurrucarse, donde hacerse un ovillo, donde llorar y donde no ser más que una culpa que confesar. Fuese la que fuese. Poco importaba. Esperar una culpa era estirar hacia sí un poco de piel tibia en la que hundir el rostro después de haberse hecho regañar. Entonces nos acaricia los cabellos la mano de una madre imaginaria. Respiramos la mama de nuestra madre. Entonces todavía se nos doblan más las piernas. Ponemos la barbilla entre las rodillas».

«[Edouard] repetía: "Arremetamos. No midamos nuestras fuerzas. No contemos el tiempo. Siento que una vuelta sobre mí mismo trata de matarme. Al igual que los antiguos Bondi de las sagas de Islandia: ni una palabra de más, un cuchillazo, muerte por muerte. El dios Tiro perdió la mano derecha por haber pactado con la muerte. Es el nombre de mi ciudad natal. Hay que asegurar siempre el equilibrio de la sangre: cincuenta por ciento de predación y cincuenta por ciento de comercio, una traición clama un golpe traidor como a su sombra; el amor debe otorgarse al cincuenta por ciento de la más suave bestialidad y cincuenta por ciento de sentimiento humano. Toda palabra debe hacer referencia a una cosa. No hay nada bello que solamente sea para verlo sino también tomarlo. Toda palabra compromete. Uno se expone continuamente en las ordalías de su muerte al viento, al hombre, a la energía que hay que atesorar y concentrar, a los banquetes de cerveza, a los saqueos de las cosa más bellas, a las lanas más bellas del mundo con que uno se arropa, al silencio, al cansancio que protege incluso del miedo; al calor y al misericordioso embrutecimiento del cansancio"».

La vida de Edouard parece resumirse en una acumulación de errores que provocan innumerables horrores que se convirtieron en otros tantos fantasmas —algunos, los más inquietantes, han perdido hasta el nombre— que ahora le persigiuen, de los que no puede deshacerse y ante los cuales los rituales —amorosos, de poder, de dinero, incluso de autocastigo transmutado en aparente empatía— emprendidos para acabar con su hostigamiento han resultado infructuosos.

«Obtuvo un placer fastidioso. Su mano tocaba un cráneo que picaba. Sus dedos sólo estrechaban el vacío. Decía para sí: "¡Dios mío! ¡Qué extraño es! Qué atroz. Es como si estuviese curado del amor. Nada más se apasionará dentro de mí. Nada más me trastornará. Siento que en mí el sufrimiento ya no está cerca de hacerme dar un grito. Tengo la impresión de que nunca más encontraré el don del estado puro, la admiración espantada de cuando se sale del sexo de una mujer en el primer instante de la infancia. Ya no tengo ante mí nada más que la felicidad y la belleza. ¡Qué triste es! Nunca más tendré ante mí esos cuatro centímetros cuadrados del primer rostro que se conoce. ¡Y la trenza en la que sujetar un pasador ha sido rapada!"».

Edouard tiene la sensación de ser el único superviviente de un trágico naufragio, pero, tal vez, no quiere caer en la cuenta de que estar perdido en el mar, a miles de millas de cualquier costa y agarrado a un frágil madero sea algo que tiene poco que ver con sobrevivir. Al final, sin embargo, cuando toda esperanza parece perdida, el pasador de plástico de origen olvidado —producto de un olvido activo—, ese amuleto que lleva siempre consigo sin saber por qué, alcanza su significado, el de unirle con el primer fantasma que le abordó, cerrando así el círculo de espectros que le tenían aprisionado.

«Se pasó la mano por los ojos. Se frotó los párpados. El sol deslumbraba. A esa hora, el avión debía de estar sobrevolando Groenlandia: la tierra Verde conquistada, en otro tiempo, por los antiguos vikingos. Andaba errante por el cielo. Se alejaba en el cielo. Se restregaba los ojos. Una pequeña forma blanquecina, lechosa y lanosa se alejaba. La cresta blancuzca de una ola estallaba. Sus cabellos estaban húmedos. Ella se recogía los cabellos en una cola de caballo con un pasador. Subían andando en sentido opuesto la doble espiral de las escaleras de Chambord, subían hacia atrás las dos cadenas helicoidales y paralelas de la estructura del ADN, la doble espiral de los cabellos cuando ella se hacía una trenza, la misma transmisión, eterna, que se reproducía y nos reproducía como las olas. Abrió los ojos. Puso la mano sobre el pasador de Flora colocado en la mesita abatible. Examinó esa ranita que lo había llamado a voces sin que él comprendiese qué quería decirle, en la carretera que llevaba a Roma, a Civitavecchia, al límite de las olas del mar. La ranita levantó los párpados. Quiso hablar. Pero desvió la mirada. No dijo nada.»

Otros recursos relativos al autor en este blog: http://jediscequejensens.blogspot.com/search?q=pascal+quignard&max-results=20&by-date=true

10 de agosto de 2026

Terraza en Roma

 

Terraza en Roma. Pascal Quignard. Espasa Calpe, 2002. Descatalogado.
Traducción de Encarna Castejón
Terrasse à Rome. Gallimard, 2000

Pascal Quignard nos tiene acostumbrados a revivir, siempre con la contención y el rigor estilísticos que son característicos de sus obras más novelescas, el trayecto de personajes, reales, ficticios o recreados, relacionados con el arte —particularmente, con la música— y, más en general, con la cultura; también a ubicar sus obras en el período barroco. Ambas circunstancias deben tener relación con el propio autor y su vínculo con ambas, así como no pueden comprenderse las unas sin las otras.

En Terraza en Roma, el papel protagonista no es la música, sino el grabado. Contemporáneo de Rembrandt, Rubens y van Dick, Geoffroy Meaume es un reconocido grabador, a diferencia de los citados, francés y ficticio, cuya vida transcurrió a lo largo del siglo XVII, relacionado con otros artistas de la época, reales y ficticios —un recurso frecuentemente utilizado por el autor—; otro personaje cuyo trabajo se desarrolla en el silencio, como los escritores que han protagonizado otras obras de Quignard, aunque también, en consonancia con el tratamiento con que los trata, podrían incluirse los músicos —el Monsieur de Sainte-Colombe, que hemos conocido gracias a Todas las mañanas del mundo (1991), aparece fugazmente en Terraza en Roma—, cuya demanda de silencio, aunque su producción sea sonora, es imprescindible.

La obra toma forma, pues, de biografía artística: la fracción de vida que le interesa al biógrafo es, aparte del incidente que condicionará la vida del protagonista y que es relatado en las primeras páginas, la relacionada con su arte, el grabado, una ocupación, por cierto, bastante más próxima a la del escritor —claroscuro, negro sobre blanco, oscuro sobre claro, luz y sombra, ¿vida y muerte?— que la del pintor Claude Gellée, contemporáneo y personaje real, o que la del ya citado Monsieur de Sainte-Colombe, músico e intérprete. Esta proximidad, quizás, podría revelar que, finalmente, el autor tiene la intención de hacer evidentes dos temas que ha tratado, tanto novelística como ensayísticamente, a lo largo de su obra: la imposibilidad de la biografía como género —La vida no es una biografía (2019)— y la relación entre el creador y su obra —la citada Todas las mañanas del mundo (1991) y la relativamente reciente El amor el mar (2022) en la que, por cierto, se vuelve a la historia de Meaume y Marie Aidelle—. Vida y obra, pues, tratadas y relatadas por medio de subtextos reduplicados en el mismo texto —lo que, curiosamente, entroncaría con la moderna deconstrucción— y a través de las écfrasis, mediante las cuales el autor, meticulosamente, sumerge al lector en los grabados. Para esta travesía, Quignard pone en escena también un tratamiento formal del relato consistente en la participación de varias voces narrativas, cada una de ellas entregada a los distintos subtemas: un narrador convencional, la voz más cercana a la del biógrafo; algunos personajes de la trama, que suelen encargarse de los aspectos artísticos y técnicos; y, finalmente, el propio Meaume, autobiografiándose —de hecho, el primer capítulo consiste en una introducción del protagonista en la que desvela el contenido del libro, y en una sola página, por cierto— y aportando los elementos que dotan de verosimilitud a toda (auto)biografía. 

Geoffroy Meaume, nacido en París en 1617, emprende su época de formación en la propia capital, para trasladarse después a Toulouse y a Brujas. Allí, a los veintiún años, conoce a Nanni, hija del orfebre Jacob Veet Jakobsz, que cuenta diecinueve, y ambos caen perdidamente enamorados. 

«Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie».

Este episodio, alargado por la narración y contado, en parte, por el propio Meaume, da lugar al incidente que marcará todo el relato. Cuando Geoffroy y Nanni son presentados, no se hablan, solo intercambian sus nombres; parece una muestra de desconsideración pero, en realidad, es la más alta señal de respeto y compromiso: quien posee el nombre del otro es su dueño, quien puede apelar al otro por su nombre apela a lo más íntimo, a lo único que, al final, designa su individualidad. 

Solo después se tocan y se miran, pero siguen sin hablarse: poner palabras a su sentimiento, esas palabras que nunca consiguen expresar todo lo que uno desearía decir, sería rebajarlo, hacerlo descender a un nivel al que no le corresponde por su naturaleza.

Los encuentros se hacen cada vez más frecuentes y más arriesgados; descubren sus cuerpos y los placeres que se hallan ocultos en ellos, y se convierten en inseparables, si bien siempre ocultos. Pero Nanni está comprometida por orden de su padre, y esos encuentros llegan a oídos de su prometido que, sorprendiéndolos, lanza sobre ellos una botella de ácido —el mismo ácido que es la herramienta principal del trabajo del grabador—: a ella le quema la mano, a él, el rostro. Una vez repuestos del incidente, ella le despide brusca e irremediablemente.

«[...] me reprocho haberme ofrecido a vos con impudor. He pensado en ello y  me arrepiento de verdad. Así que, hace una hora, fui a buscar a mi padre para pedirle que adelantase mi boda con el que me quemó la mano al lanzar la botella, y él considera que tras el desagradable escándalo que esta querella ha causado en nuestra ciudad, y puesto que los esponsales ya se han celebrado, la noticia será bienvenida. Para vos, mi puerta estará siempre cerrada. No volveremos a vernos».

Sin embargo, le avisa de que su padre amenaza con matarlo, conminándole a huir. Meaume se escapa, rechazando una última oportunidad que ella de brinda, y recorre, como huyendo de sí mismo, media Europa, hasta establecerse en Roma.

«Y por fin, en 1643, llegó a Roma, al Aventino, a la terraza con su sobradillo, a las estampas nocturnas, a los naipes eróticos en los que soñaba amar».

La forma del relato, el tono, su estructura y las referencias lingüísticas reproducen las de las  narraciones de la época en que se ubica la acción, con un mimetismo que refuerza la coherencia entre el contenido y el continente, y con una maestría que convierte el plagio en homenaje.

Las referencias al trabajo del grabador, apoyadas en las écfrasis citadas con anterioridad, toman, en cierta medida, el control de la narración; entre ellas un tropo frecuente en la obra del autor francés, los sueños: los sueños son imágenes y Meaume fundamenta su obra en las imágenes, las graba y las convierte en cuadros, siempre en blanco y negro porque tanto los sueños como las imágenes exigen sumisión total o total indiferencia. Meaume se encuentra con Marie Aidelle (1655, una fecha que  Quignard especifica), que admira su trabajo y que despierta su curiosidad por lo que tiene de creación, de sacar algo de donde no hay nada. Poco tiempo después, tras unas desavenencias provocadas por el carácter de Meaume, le abandona.

«Hacía buen tiempo. El verano estaba terminando. Los zarzales estaban llenos de moras. Los cardos erguían sus cabezas azules cubiertas de pelusa. El arroyo, medio seco, apenas podía correr hacia el mar. Se estancaba en las curvas del minúsculo cauce. Las mariposas, posadas por todas partes, ya casi no volaban; envejecían».

Alrededor de Meaume, llamados por la extraordinaria calidad de su trabajo, se dan cita, en distintos momentos de su vida,  personajes notables de los círculos artísticos europeos —algunos de ellos repetirán reparto en El amor el mar—: el ya citado Sainte Colombe, Abraham van Berchem (Abraham Hendriksz van Beijeren), Claude Gellée (Claudio de Lorena), Michel Lasne, Gerrit van Honthorst y la señora de Pont-Carré, un personaje traído de Todas las mañanas del mundo, donante de Port-Royal des Champs, sede de la rebelión jansenista —otra referencia real cuya citación, para el lector medianamente informado sobre la Historia de Francia, implica una posición político-religiosa muy concreta para Meaume—.

Sin embargo, ese reconocimiento unánime del mundo del arte no le aparta de una vida nómada, en pos de trabajo o de mecenas, o escapando de los numerosos fantasmas del pasado, que insisten en perseguirle y siempre acaban dando con él, recalando de nuevo en Roma.

«Algún tiempo después, cuando su vista se debilitó tras su regreso de Londres, solía trabajar en la terraza, en el segundo piso, a pleno sol, bajo un sobradillo de tejas color ocre que había hecho agrandar».

Pero tampoco Roma puede albergarle definitivamente, pues sus perseguidores, o sus amigos, no cesan en su hostigamiento. Su rostro desfigurado, como una maldición, le acosa sin darle tregua; sin embargo, parece que su trabajo como grabador se beneficia del exilio de entre los humanos que le provoca su cara descompuesta, como si la soledad, el destierro, excitaran su creatividad; aunque los motivos de su obra se vuelven más oscuros, una oscuridad que refuerza su aislamiento social, su obra se acerca a la perfección.

«Hay una edad en la que el hombre ya no se encuentra con la vida, sino con el tiempo. Ya no vemos vivir la vida. Vemos el tiempo que devora la vida cruda. Entonces se encoge el corazón. Y nos aferramos a un pedazo de madera para ver durante un poco más de tiempo el espectáculo que sangra del uno al otro confín del mundo y para no caer en él».

Ciertos problemas de salud le provocan una depresión, pero también, lo que es más grave, la pérdida de inspiración para trabajar; sin embargo, sus razonamientos, se diría que libres de condicionamientos, se afilan. Al poco tiempo, muere en brazos de Marie Aidelle, que ha regresado con él, definitivamente reconciliados.

3 de agosto de 2026

Ruinas


La ciudad de Le Havre, ocupada por los alemanes, fue duramente bombardeada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente destruida, quedó reducida a millones de metros cúbicos de escombros. 
© Bibliothèque municipale du Havre

El 22 de mayo de 2024, el Palau de la Música Catalana acogió el recital —«récit-récital», en palabras del autor— Ruines, en el que Pascal Quignard leyó dos textos, La rancune de la nature, El rencor de la naturaleza, y Ruines, Ruinas, intercalados con piezas de música interpretadas al piano por Aline Piboule: de Thomas Adès (1971) Darkness visible 1992 after Dowland for Harry Adès; de Johann Sebastian Bach (1685-1750), Ich ruf zu dir, con arreglos de Ferruccio Busoni (1866-1924) e Yvonne Léfébure (1955); de Frederic Mompou (1893-1987), "Quadern I, 1" y "Quadern IV, 22", de Música callada; de Gabriel Fauré 1845-1924), 9a Barcarola; de Robert Schumann (1810-1856), “Ruïnes”, tercer movimiento de la Fantasia op. 17; y de Olivier Greif (1950-2000), “In memoriam Louise Marius-Clavius”, segundo movimiento de la Sonata núm. 15.

Pascal Quignard escribe, en el comentario al recital, el siguiente texto:

«Hay escritortes de paz. Hay escritores de guerra. Hay escritores de ruinas. Yo soy un escritor de ruinas. Pasé mi infancia entre las ruinas de un puerto completamente destruido por la aviación de los aliados. Tuvimos que esperar siete años hasta que la ciudad comenzó a levantarse, de nuevo, frente al mar.
Aquel que comienza su vida entre ruinas está condenado a soportar un duelo aunque no haya experimentado la destrucción. La sufre sin entenderla. Percibe la sensación dolorosa sin identificar la causa. Nunca ha visto muros aplomados. Nunca ha visto muelles que no fueran destruidos por una explosión. Nunca ha conocido casas intactas. Con la maravillosa pianista Aline Piboule hemos construido un relato-recital alrededor de la Fantasia op 17 de Schumann. El mismo Schumann la tituló Ruinas. Esta extraordinaria declaración de amor dirigida a Clara está rodeada de otras obras de Bach y Adés, del barroco hasta el presente».

 Textos

El rencor de la naturaleza

En el año 2011, a finales de marzo  y principios de abril, incluso en mayo, hace ya trece años, me escribieron mis lectores japoneses: «Señor Quignard, usted tenía razón. El pasado se venga. O, al menos, el origen nos persigue. Viene a perseguirnos, infatigable».

Me contaron acerca del tsunami a primera hora de la tarde, las torres eléctricas retorcidas, los pueblos  desaparecidos, los puertos sumergidos, las centrales de Fukushima ahogadas.

Me enviaban fotos de sus móviles.

«¡Mire! Mi casa estaba aquí».


Aquí, ya no había nada.


Los expertos me explicaban: la energía nuclear, es decir, no fósil, es decir, fisible, es la única forma de energía que no tiene el sol como origen

Hay una especie de rencor de la naturaleza.


Ni el propio caos estelar es indiferente a las guerras que se han convertido en mundiales, a las bombas nucleares, a los océanos contaminados, a la pulsión de muerte, a la toxicidad infernal.


El cielo, los vientos, los volcanes, se sublevan.


Las lenguas instalaron en el alma de los hombres el Yo y el Tú, el enfrentamiento lingüístico, es decir, el conflicto, es decir, las ruinas.


Ruinas


¿Cómo podemos considerarnos huérfanos de una ciudad que no hemos visto en pie? 

Yo pasé mi infancia entre los escombros de un puerto completamente destruido. 

Hubo que esperar siete años hasta que la ciudad comenzara a levantarse de nuevo frente al mar.


Aquel que comienza a vivir entre las ruinas, entre las ruinas ante él, hasta el mar, los guijarros, el viento, entre las ruinas detrás de él, hasta la colina y el acantilado desnudo, está condenado a pasar un duelo incluso aunque no haya tenido la experiencia de la destrucción.


La padece sin comprenderla.
Recibe la sensación de dolor sin que haya percibido la causa.

No ha visto nunca muros aplomados.
No ha visto nunca muelles que no hayan sido destruidos por una explosión.

No ha conocido nunca casas intactas.


¿Qué es una ruina?

El rastro de una guerra.


¿Qué es un rastro?

El espacio de la orilla del mar que el agua abandona cada día, cuando se retira.

Hay, en todas partes, una playa donde la Historia se retira.

Una especie de agujero en los árboles de la Naturaleza, donde se hace el silencio.


¿Dónde está la casa de la infancia, entre los escombros?

¿Quién me ha sostenido entre sus brazos?

¿Quién se calla?


A los remolcadores, en el puerto de Le Havre, respetados por las bombas, los llamábamos abejas.

¿Dónde está la ciudad detrás de la ciudad?

¿Dónde se desdobla?
Delante de la ciudad, ¿qué silueta? 

Detrás de la ciudad, ¿qué vacío?


Algunos abismos de padecimiento son imposibles de construir. 

Otros constituyen ventanas extrañas.


Cuando volví del ejército, la universidad me ofreció un trabajo.

Fui profesor dos años seguidos en la universidad de Vincennes.

De súbito, fue cerrada por el presidente Valéry Giscard d’Estaing e, immediatamente, destruida. 

Completamente destruida.


Arrasada. 

Y destrozada. 

No quedó nada.
No queda nada de la universidad de Vincennes.
Els buldócers lo erradicaron todo, y después rayeron el lugar donde enseñábamos. Lacan, Foucault, Deleuze, Châtelet, Michel Deguy, Jean-Noël Vuarnet, Jean- Pierre Richard, se convirtieron en fantasmas entre los cardos, bajo los helechos, al lado de las conchas vacías y pálidas de los caracoles que se rompen bajo las ramitas.


En sus orígenes, la isla de Pasqua estaba totalmente cubierta de bosque.

Estaba poblada por lechuzas y por grandes rascones que habían crecido tanto que ni siquiera eran capaces de volar sobre el océano.

Un día, unos hombres, sobre largas barcas, qua habían sido empujadas por los vientos, desembarcaron.

Quedó un prado arrasado como el que cubre la isla de las Sirenas en el poema de Homero.

Quedan inmensas estatuas con la boca abierta, los ojos de conchas han caído en la arena, ni un árbol, un terrible silencio.


Montones de piedras arrancadas, musgo, dedaleras, matojos, arcos que han permanecido de pie y que han resistido misteriosamene la fuerza de la gravedad, al viento —que flotan al viento, grandes ventanas abiertas al vacío— por donde pasa el aire, que la naturaleza atraviesa, la tierra no las entierra.

La hierba no las absorbe.
A partir de cierto tiempo, por muy debilitada que haya sido, la ruina se levanta allí donde se encuentra.

El cielo ya no la aplasta. 

Los árboles se abren a su alrededor. 

Se eleva con ellos hacia él.


Las hojas de los árboles más frondosos la protegen, se suman a su silencio. 

La ruina se convierte en ese silencio que los pájaros desafían; ensayan, extienden, reberberan, configuran a su alrededor.

Al mediodía, a la una, bajo el sol, en el cénit, un nuevo silencio, que le pertenece, la aglutina y la hace parecer irreconstruible.


¿Existe alguna ruina feliz?

¿Una ruina perfectamente feliz? 

Sí. 

El otoño.

Los higos oscuros, negros, calientes, que se abren dentro de la boca.

Los granos de oro de los racimos de uva que explotan y gotean bajo los dientes. Rojas, con las mejillas rojas, las frutas caen. 

Porque el nacimiento es mortal para las madres, al menos en el tiempo vegetal, pero inmortal para las hijas. 

Así es la marea de los tiempos: llegado el momento, libera su playa de felicidad.

La felicidad tiene su color: rojo y oro. Sangre y sol.
La felicidad exhala ese buen aroma a hojas muertas, a labios húmedos, a tierra mojada, empapada, deliciosa, de tilo.


Más cerca de nosotros cada dia, más que todo el otoño, el crepúsculo también es una ruina.

El crepúsculo es el éxtasis del día.

Se parece a la felicidad. 

Es la hora vespertina. 

Es la hora en que se reavivan las lámparas en todas partes, en las casas, en los salones, sobre todos los altares, en todas las capillas laterales, cuando el sol se apaga.

Las vísperas designan la más solemne de las horas canónicas, pues es el momento reservado al dios que murió por la noche.

Es la hora del concierto.

Es la hora en la que la melancolía se acuerda con la oscuridad que nace.

En la que la languidez se introduce en el cuerpo que la debilidad repentinamente delimita.
Suenan, a lo lejos, sobre la landa, o lejos sobre el declive, las vísperas.

Con esta señal el cielo desencadena la sombra de la tarde. 

Tañe el extraño acontecimiento estelar que propaga lo invisible.

Escuchad a la hoja en la sombra deslizándose sobre la hierba sobre la que se posa, en medio del viento más débil de la noche que se extiende.
¡Y escuchad esta sombra que cae sobre la hoja que cae!


Schumann, no puede más que soñar
Clara le frena. 

El padre de Clara lo rechaza.

Schumann escribe Ruïnes.
Ruinas de su amor. 

Ruinas de su vida.


Y sueña
Ve a Clara en su sueño.

Está allí.
Hay un abismo entre ellos, pero se aman. Ella está muy lejos, pero piensan el uno en el otro en el mismo momento.
Sueñan juntos.

El 26 de diciembre de 2003, al alba, sobre el altiplano iraní, a las 5 hores y 26 minutos, en pleno desierto de Lut, la antigua ciudad de Bam, en menos de un minuto, en unos segundos, se dsesplomó sobre sí misma.

Cuando la tierra tembló, la antigua  ciudad, construida en barro, se convirtió en polv.

Veintiséis mil hombres murieron sin que se oyera ningún grito, de tan súbito que fue.


Solo el color verde, solo el oasis, el palmeral, los dátiles, los pistachos, los pájaros, subsistieron en el silencio bajo la bóveda del cielo ardiente.


¡Oh, Pompeya de las arenas!
Esa ciudad que Alejandro Magno había visto, esa fortaleza que Tamerlán veneraba, la ciudad fabulosa que las caravanas chinas visitaban, la maravillosa encrucijada a la que venían a comerciar los romanos, los judíos, los zoroastrianos, los cristianos, los bizantinos, los musulmanes, los hindúes, se coinvirtió, en apenas un minuto, en un montón de polvo tan pequeño y tan fino que los dedos no podían asir.


Ciudad que se llamaba Bam. 

Puerto de Mariúpol.
El nombre en la punta de la lengua és un vestigio que se ha evaporado del alma. 

Una cosa que ha perdido su nombre.

Un objeto sin objeto.


¿Qué es un campo de ruinas?


En 1942, el Alto Mando de los ejércitos aliados, así como los Estados Mayores, se habían reunido para examinar la situación de Europa en guerra; determinaron que las bombas, desde aquel  momento, debían aniquilar dos veces su objetivo.


Primero, el emplazamiento sería devastado.
Després, debería ser completamente librado al fuego.

Fue gracias al incendio que la ruina se convirtió en un auténtico espectáculo, alrededor de sí misma, de manera que la población civil perdió toda esperanza y que el ejército enemigo quedó paralizado por el estupor. 

Finalmente, después de ser destruido,  después, en segundo lugar, incendiado, y, durante una tercera ronda, sería fotografiado con fines de propaganda doméstica.


Esto era lo que se esperaba haber puesto en escena. Un campo de ruinas informe convertido por el fuego en tan insoportable que empujaba a escapar del incendio a columnas de refugiados a medio vestir, en camisa de dormir, en pijama, desmoralizados, turbados, que propagaban hasta muy lejos el terror de las horas que acababan de vivir y la severidad implacable del castigo que se les había infligido.


Igual que Le Havre. Igual que Colonia. En incendio debía «irradiar» muy lejos, como hace el sol, a partir del lugar destruido.


De aquí la decisión final, concebida por el Alto Mando como una especie de clímax, de apoteosis, relativos a las bombas atómicas lanzadas sobre los puertos japoneses 

«Little boys» soltadas sobre poblaciones inocentes, en el cielo del mes de agosto, en el momento de vuelta a las clases.


¿Dónde está el muro? 

¿Dónde está la casa? 

¿Dónde está el puerto?



Texto procedente del programa de mano del recital del Palau de la Música Catalana.

Traducción de Joan Flores Constans.