8 de junio de 2026

Gérard Mace: una introducción

 

Gérard Macé par Catherine Hélie. Éditions Gallimard.

«Quisiera que los pensamientos se sucedieran en un libro como los astros en el cielo, con orden, con armonía, pero con comodidad y con intervalos, sin tocarse, sin confundirse; y, sin embargo, sin dejar de seguirse, de concordar, de armonizarse […]. Nada de cohesión demasiado estricta; pero tampoco incoherencia». Pensées, Joseph Joubert.

Gérard Macé (París, 1946) es un autor cuya obra rehúye la clasificación en géneros; aunque él se defina, principalmente, como poeta —no hay que desdeñar la declaración del propio autor: «Lo que me distingue [de otros escritores de su generación como Pierre Bergounioux o Pierre Michon] es, seguramente, mi amor, y mi práctica, de la poesía. Pensava a menudo en Leopardi cuando escribía Pensées simples»—, una mirada al conjunto de su producción obliga a una constante redefinición de esa adscripción porque, si bien títulos como Homère au royaume des morts a les yeux ouverts (2015) pueden considerarse estrictamente como poesía, su primera publicación, Le Jardin des langues (1974), pertenecería a ese impreciso género híbrido llamado prosa poética; además, su obra camina también por otros derroteros: el ensayo narrativizado en Le Dernier des Égyptiens (1988), una biografía de Champolion en forma de novela; la crítica literaria, Je suis l’autre, sur Nerval (2007) y la reciente Et je vous offre le néant (2019), una propuesta de lectura del marqués de Sade más allá del sadismo; el libro de viajes —a menudo combinados con su obra fotográfica—, a China en Leçons de chinois (1981), a Japón en Kyoto: un monde qui ressemble au nôtre (2011), o a África en Le Goût de l’homme (2002); y, finalmente, una obra híbrida entre la anotación, el aforismo —insisto: no moralista— y la epifanía, el destello, en los tres volúmenes de Pensées simples (Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)).

Con tal variedad de registros, hablar del estilo de Macé es poco menos que un atrevimiento para un simple lector, pero tal vez puede considerarse una aproximación el epígrafe de Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III, extraído de Pensées, essais et maximes, de Joseph Joubert: «No me creo capaz para el discurso continuo, como Montaigne»; de hecho, esta frase reúne a dos de los autores cuya traza en Macé es más evidente: Joubert, tal vez el último y menos moralista de los moralistas franceses, y Montaigne, el que decía je dis ce que j’en sens, la frase que expresa mejor la incapacidad para ese «discurso continuo» y el rechazo a cualquier modalidad de sistema.

Sin embargo, es posible rastrear algunos elementos, tanto en la estructura de los escritos como en su contenido que, si bien no llegarían a definir un estilo que se nos escapa de las manos cuando intentamos aprisionarlo, sí que ayudan a identificar algunos trazos distintivos de una obra difícilmente calificable. 

El mismo caso de indefinición —o de imposibilidad de definición— afecta, como se decía anteriormente, al género literario de las obras de Macé; aceptando que la clasificación por géneros es más un argumento editorial que una propiedad distintiva de un texto, el lector se enfrenta a un libro sin puntos de referencia —pero también sin prejuicios—, con lo que debe ser él quien tenga que componerlo; pero no por la geografía de la página —con líneas cortas o notas al pie—, sino en algún otro sitio —por ejemplo, en el efecto que le ha producido la lectura—; será poesía, será ensayo —los dos géneros en los que la decisión editorial ha encuadrado la mayor parte de su obra—, ambos o ninguno, a discreción del lector. Por si sirve de ayuda, el propio Macé ha calificado su obra como «divagaciones»; aunque hay que ser precisos con el sentido que confiera a esta palabra. El Dictionnaire de l’Académie Française registra un uso, en el siglo XVI, en sentido figurado, como «acción de apartarse de aquello a lo que uno debería aferrarse», pero la primera acepción contemporánea es «el hecho de vagar a la aventura». Todo parece indicar que es a este sentido al que se refiere Macé, pero no solo en sus libros de viajes citado anteriormente, sino que llama también así al recurso de recorrer sin determinación el espacio —Italia o Japón—, las biografías —Champolion, Hernán Cortés— y el tiempo —relecturas, recuerdos—, libre y desatado:

«En este relato que voy a retomar a mi vez, no siempre se sabe quién sueña y quién habla, si Keats, Corinna Bille o yo mismo, tanto se mezclan la vida y la muerte, el día y la noche, el sueño y la imaginación». 

En todo caso, contra la rígida sistematización, el concepto de mente a la deriva. El género que más se parece a este tipo de literatura es, sin duda, el ensayo, no en su vertiente erudita, sino en la que acuñó este término Michel de Montaigne —otro partidario de las divagaciones—: la transmisión de saberes adquiridos como fruto de la errancia a través de libros, personas, tiempos, identidades y lugares; la originalidad no está en la invención, sino en el descubrimiento que facilitan las combinaciones. Es una escritura en los márgenes que, a fuerza de individualizarse primero y de combinarse encajándose después, se convierte en escritura principal. Un fragmento será importante no por el lugar en que esté posicionado a priori ni por la centralidad del relato, sea este de la naturaleza que se quiera, sino por su mera existencia y por los vínculos que mantenga con aquellos con los que puede relacionarse.

La primera particularidad que llama la atención es la ya citada configuración textual —habitual en poesía, pero realmente inusual en narrativa— en forma de intervención breve, como si fuera un relato o uno de esos koan de la tradición zen; una intervención que, pese a su brevedad, quiere abarcar la totalidad del discurso propuesto —¿una elipsis?—; no se trata, pues, de fragmentos, un concepto que conlleva una totalidad irrevocable que es tomada solo en parte, sino más bien de totalidades eventuales que irán ajustándose a medida que se relacionan entre sí —un hecho que implica una temporalización, es decir, un proceso que comporta un inicio, un núcleo y una conclusión, siempre provisional, del acto de escribir— y conformarán un texto que, aunque siempre sujeto a revisión —de ahí la utilidad de esas grietas, provocadas por la discontinuidad, un concepto clave en la obra de Macé, que el autor deja entre relato y relato—, se puede tomar como texto definitivo. Por otra parte, aunque no siempre son sinónimos, lo breve, por lo general, y si está bien elaborado, tiene más posibilidades de ser preciso que lo prolijo.

De ahí que una de las características —pues Macé no lo considera una restricción ni un posicionamiento estilístico— generales de su obra sea la sobriedad; en distintos grados, claro, porque no es lo mismo en Le dernier des Égyptiens (1989), tal vez su obra más novelística, si es que se acepta ese adjetivo, que en los tres volúmenes de Pensées simples, escritos a base de pequeñas prosas en las que la narración y la descripción —los fundamentos de la obra narrativa clásica— se utilizan solo para contar hechos colaterales a la redacción, del mismo modo que lo hizo Montaigne, para acabar —insisto en la totalidad de ese discurso aparentemente fragmentario— con esa intervención no conclusiva, acompañada de la duda y la indecisión, que cierra el pasaje.

Porque esas intervenciones nunca pueden surgir de la nada: ahí están los conocimientos, los recuerdos — los recuerdos inciertos y sin localizar exactamente; la mezcla de los recuerdos vividos y los recuerdos leídos y la intrascendente importancia relativa de ninguno de los dos sobre los otros—, en definitiva, la memoria, uno de los pilares sobre los que Macé construye su obra. No una memoria aislada, pura, si es que existe, sino contaminada por dos factores inevitables: el paso del tiempo, que la va ajustando a todos los presentes desde de los cuales la convocamos, y el hecho de convertirla en narrable, el proceso que debe seguir para configurar una historia, es decir, la imaginación, que no es exclusiva de los narradores, sino que también tiene un papel primordial  en la poesía, en el ensayo, en las epifanías. 

Pero esta, la memoria, no es la única fuente que suministra narratividad en la obra de Macé. En un lugar preferente, se encuentra la imaginación, cuya recreación, el proceso que convierte lo imaginativo en real, toma prestados los recursos del género narrativo: los hechos, el tiempo y el espacio; pero también utiliza, explorando y rellenando las grietas existentes en los géneros, las ciencias sociales y, en particular, la etnología —las tradiciones orales de África—, las memorias de viajes —los usos y costumbre de Japón— o la biografía —Champolion intentando descrifrar la escritura jeroglífica—.

No se trata, en realidad, de una nueva narratividad, sino de explorar los límites de la que empezó en Homero o en las epopeyas clásicas orientales y darle un nuevo aire en el que los tres componentes antes mencionados —hechos, tiempo y espacio— ya no determinan el relato porque los elementos puestos en juego son, precisamente, los que rompen la linealidad de esa narración: la digresión, que en algunos textos llega a constituir la forma preminente; la elipsis, que es la forma en la que el narrador —si se puede llamar así, aunque sea por convención— interviene, por defecto, en la supuesta línea argumental; y la analogía, de la que se sirve para transportarse de un tema a otro que no tienen por qué concluir ni estar unidos por relaciones causales: no se trata de un relato descompuesto en fragmentos, sino de fragmentos que tomados así, aisladamente, componen un relato. El resultado de estas modificaciones es, a menudo, la imposibilidad de seguir el hilo de la narración y que el lector, que es quien debe descubrir —o, a menudo, construir— los vínculos, parezca perdido en el laberinto que ha planteado el autor y en el que también, él mismo, parece haberse extraviado; la razón es que la tarea que ha emprendido no es la de Teseo, sino la de Dédalo: lo que importa es el planteamiento del enigma, sea en forma de detalle insignificante o de seguimiento de una civilización desaparecida; su resolución —en la que se basa la novela clásica— es irrelevante.

Contra la escritura dirigida, planificada, intencional, que intenta abarcar todo aquello que se le ofrece a la vista y explorar todos los desvíos con los que se encuentra aunque sin apartarse jamás de su objetivo, la escritura errante, indecisa, alerta también a los caminos laterales, tanto, que la dirección tomada en un principio puede ser abandonada en cualquier momento para virar hacia aquella bifurcación que se presume sugerente. Pero siempre bajo el supuesto de no revelar el secreto que aquella conlleva en su totalidad: ante la necesidad de decirlo todo —o de decirlo todo, como en la autoficción, de no dejar nada en la sombra ni en la duda, de la transparencia total, de la autoconfesión completa—, dejar pequeños núcleos resistentes a la narración, y que sea el lector quien los descubra; si debe haber una última palabra, que sea el lector el que la pronuncie; el texto puede contener un secreto, contenido en el lenguaje, ese generador de malentendidos, siempre sujeto a interpretación y decodificación, tan preciso a veces, tan ambiguo otras, tan accesible pero tan inasible, que Macé no desvelará y que el lector, a su vez, no tiene por qué descubrir: solamente debe apercibirse de su existencia. No existen en Macé las obras cerradas, aquellas en las que el lector es informado de la totalidad del trayecto; al contrario, el autor puede llevarnos de la mano describiendo el itinerario para, sin dejar de caminar, abrir una digresión relativa a un recuerdo propio o a una costumbre de una tribu perdida de la sabana africana, y que este excurso, que nunca será accidental, modifique definitivamente el destino —si es que lo hubiere; esa búsqueda de un destino predeterminado desde la primera palabra del texto está, casi siempre, más en la cabeza del lector que en la intención del autor— hacia el que se dirigía. 

Macé huye de la concepción del escritor como constructor o propietario de universos ficcionales; si acaso, más que arquitecto de una estructura ficcional, su papel es el del albañil rehabilitador de una construcción que debe ajustarse a un cambio de uso. Para esa tarea, no dispone de flamantes objetos de nuevo cuño, sino que utiliza materiales de deshecho —incluida la memoria— para darles una nueva vida —la referencia a las esculturas de Pierre Bergounioux es deliberada—.

Esa labor que Macé deja en manos del lector revela que el autor, a diferencia de los novelistas, no es un demiurgo que crea y armoniza universos mediante la ficción ni el propietario por delegación de un mundo en el que el más mínimo movimiento está bajo su gobierno, sino el detonador que reactiva la memoria que permite acceder a ese recuerdo enterrado por el tiempo —la sombra de Marcel Proust es alargada; el propio Macé confiesa que la Recherche fue su mayor experiencia como lector—, el descubridor de los enlaces ocultos que unen los elementos más manifiestos. El escritor no inventa nada nuevo, sino que enseña a reutilizar, mediante su renovación, aquellos elementos concebidos para otros fines. Sirva como ejemplo la anécdota relatada en Pensées simples

«[…] en el curso de un congreso que reunía a africanos y europeos, cada cual intentaba hacer comprender al otro su método de razonamiento. Un europeo puso como ejemplo un silogismo: “Todo hombre es mortal, yo soy un hombre, por tanto soy mortal”. A lo que un africano replicó, en el mismo tono: “Llueve y hace sol al mismo tiempo: la elefanta va a dar a luz”».

Esa actitud múltiple sobre la narración se ha identificado con la palabra colporteur —en su origen, el vendedor que recorre pueblos y ciudades con libros, estampas o almanaques bajo el brazo; un intermediario, un mediador; en todo caso, un concepto que implica, siguiendo el rastro del libro que Jean Starobinski dedicó a Michel de Montaige, un saber en movimiento—, término que elijo traducir como colportor —poco usual en español,  pero documentado, también en contextos no religiosos— y, para mantener la coherencia léxica, traducir colportage —el ejercicio de transmisión— como colportaje. Gérard Macé convierte esta figura en una metáfora de la literatura misma: el colporteur no solo comercia, sino que transporta relatos, memorias, fragmentos de saber, palabras que pasan de mano en mano; un cometido humilde pero ilustrado que da forma a su escritura.

Macé apuesta, se diría que humildemente, por el destierro de la arrogancia que suele provocar la erudición —convertida en un saber fósil— en beneficio del detalle insólito, de la alusión marginal, del saber circunstancial, del elemento ínfimo que se limita a ofrecer la referencia exacta —Macé es un escritor humilde que jamás reivindica la autoridad—; también por la desconsideración de la vida heroica en beneficio de las vidas minúsculas —la mención a Pierre Michon también es deliberada—; en definitiva, rechazo de la novelización tradicional en beneficio de lo que podría ser su origen o su fuente de inspiración para una novela tradicional, cuya formulación, si acaso, deja, de nuevo, en manos de un lector, al que no se le ofrece la posibilidad de ser pasivo; y rechazo del sistema, cerrado, autófago, autosuficiente, en beneficio del acercamiento desprejuiciado, lateral, inconexo, pero libre y permanentemente inconcluso. 

Tan inútil es buscar el origen —lo mismo de la civilización que de un objeto insustancial— y la primera verdad como intentar pronunciar la última palabra y hallar la verdad de verdades: siempre se puede rastrear un origen anterior a ese que creíamos originario y siempre aparecerá una verdad, tal vez complementaria, detrás de la verdad que tomamos por absoluta. Es el dominio de los puntos suspensivos, incluso de la incertidumbre, en lugar del ámbito del punto final, de la conclusión. Aquel remate continuo mantiene al lector, pendiente del ¿qué pasará después?, la pregunta-trampa de las novelas tolerables, con la vista fijada en el texto: la totalidad de su mundo está representada en la siguiente línea. La suspensión, en cambio, provoca una conducta contraria: el lector se ve obligado a detener la lectura porque debe rellenar el vacío que le impone el autor, y a levantar la cabeza, con lo que el tiempo de la lectura queda suspendido, para, por ejemplo, explorar el significado de aquello que acaba de leer, presagiar lo que leerá a continuación o buscar analogías entre la lectura y su propia experiencia. No hay planteamiento, nudo y desenlace; es una literatura, parafraseando a Blaise Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

En tanto que literatura comprometida estrechamente con la memoria, sus fuentes se localizan, además de en las lecturas —que siempre son relecturas— y en los tiempos transcurridos, en las aportaciones de las ciencias no relacionadas directamente con el presente, principalmente la arqueología y la etnología —incluso la antropología, y no solo como ciencia, sino también como singularidad: la curiosidad antropológica—, de nuevo, no por las aportaciones que presenta la investigación ni a través del despliegue de conocimientos adquiridos mediante el estudio exhautivo, sino por la puesta en escena de las diferencias observadas entre los individuos y las comunidades entre sí y con respecto a nosotros mismos antes de que todos, ellos y nosotros, hayamos desaparecido. Todas las civilizaciones conocidas han llegado a experimentar, mediante la escritura u oralmente, con la magia del relato; por tanto, ese hecho de contar debe satisfacer unas necesidades que, con independencia de su naturaleza, deben ser comunes a todas ellas; lo que pretende Macé ante ese enigma es poner de manifiesto, con una mirada en la que la exactitud tiene tanto papel como la humildad, aquello que las une, aquello que tienen en común, aquello que, más allá de las diferencias intrínsecas, las unificaría como manifestación universal, y que debe estar más del lado de lo imaginario que de lo real.

4 de junio de 2026

A oscuras. Una reflexión (o dos)



Debe ser una faena que tu primera novela, publicada cuando cuentas veitiséis años, sea V; peor todavía cuando, después del paréntesis que supuso La subasta del lote 49 (1966), alcances, a los treinta y seis, el Olimpo literario con El arcoíris de gravedad (1973), y que a este le sigan, por este orden, Vineland (1990), Mason & Dixon (1997) y A contraluz (2006). Y pienso que es una faena porque, a partir de ahí, no cabe más que declinar. Sí, de acuerdo, Vicio propio (2009) es una buena novela y Al límite (2013) también, pero están muy lejos, tanto en ambición como en logros, de las tres novelas de la década de 1990 (a las que puede añadirse la de 2006, pero unos pasos por detrás).

A oscuras (Shadow Ticket, 2025, traducción de Vicente Campos para Tusquets en 2026) se incluye, con pesar de los lectores del Pynchon desmesurado, el Pynchon auténtico, en este último grupo; y cuando la calificación como obra maestra ha perdido todo su sentido al ser adjudicada por la crítica a verdaderas chapuzas, es una exageración que menoscaba no ya la evaluación de los libros con respecto a los que esa calificación es merecida, sino también a las obras mayores del propio Pynchon. 

Insisto en que A oscuras es, en comparación con la inmensa mayoría de novelas publicadas digamos el último año, una buena novela (igual que Punto Omega o El silencio, igual que indignación y Némesis), pero no es una buena novela de Thomas Pynchon; aunque, tal vez, sea más asequible que El arcoíris de gravedad, ni es una masterpiece ni un atajo para acceder a la obra del neoyorquino ausente. El verdadero Pynchon está en las obras citadas; aquí, solo hay un Pynchon cansado, tal vez de mantener el mito, o en alarmante baja forma.

2 de junio de 2026

Pensamientos simples


Pensées simplesGérard Macé. Gallimard, 2011
«He buscado durante mucho tiempo una forma que fuera lo más simple posible, hasta el punto de volverse invisible, y que me permitiera entrelazar reflexiones sobre los temas más diversos, pero sin caer en el desorden. Pensées simples  avanzan mediante encadenamientos sutiles, ecos, asociaciones, analogías. Me parece que el pensamiento en su formación, el monólogo interior, e incluso la conversación, progresan de esa misma manera: sin saltar de un tema a otro, pero con una lógica no premeditada. Si tuviera que nombrar algunos ilustres predecesores, serían evidentemente Montaigne, con sus “saltos y cabriolas”; el admirable y demasiado ignorado Joubert, cuyos Pensées son póstumos (y de orden incierto); Leopardi y su voluminoso Zibaldone, erudito revoltijo, como su título indica. Obras todas en las que el camino cuenta más que la meta; autores todos que no tienen prisa por demostrar, y menos aún por concluir». «Gérard Macé según Gérard Macé», Rencontres Centre Pompidou

Pensées simples es una serie de volúmenes, iniciada el año 2011 —compuesta, hasta el momento por Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)—, que agrupan notas breves pero consistentes, ìntegras pero asistemáticas, al estilo de los cuadernos de notas, basadas en asociaciones libres proveídas por una cultura enciclopédica, en revelaciones con carácter de epifanía, en especulaciones espontáneas, en los frutos inesperados del pensamiento lateral que dan lugar a reflexiones intelectuales al estilo las Pensées de Blaise Pascal —pero exentas de la intención religiosa— y de Joseph Joubert —aunque sin afán moralista—, incluso a los Essais de Michel de Montaigne, pero con la inequívoca perspectiva contemporánea de los Cahiers de Paul Valéry; representan, de modo parecido a otras de sus obras, como la serie Colportages —Colportage I, Lectures (1988), Colportage II, Traductions (1988) y Colportage III, Images (2001)— o el libro Leçons de choses (2002), la forma más particular de los trabajos de Macé, basados en la capacidad sugestiva de la inteligencia, vía la divagación, para encontrar conexiones mediante las cuales, partiendo de elementos minúsculos, se accede a la revelación.

La aparición de Gérard Macé en este blog, aparte de su relevancia indiscutible en el campo de la literatura circunstancial, se debe a su conexión con otros autores, todos ellos caros a este redactor; su obra más personal ha sido relacionada con tres coetáneos: Pierre Michon, sobre quien escribió un texto en Colportages I Gérard Macé sobre Pierre Michon: «Una ilustración de almanaque»—; Pierre Bergounioux, con quien comparte la motivación creadora del recuerdo —https://jediscequejensens.blogspot.com/search?q=Carnet+de+Notes&updated-max=2023-09-11T05:29:00%2B02:00&max-results=20&start=8&by-date=false—; y Pascal Quignard, que ha visto en él —Chantal Lapeyre-DesmaisonPascal Quignard le solitaireGalilée, 2005— a uno de los autores más valioso de su generación.

«"¿Y qué haces con todos esos fragmentos?", me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.

Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.

Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.

Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert».

En este post se transcribe la traducción de algunos de los fragmentos publicados en el primer volumen de Pensées Simples.

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Entre las ideas paradójicas que Roger Caillois quería desarrollar en un libro que no tuvo tiempo de escribir, porque murió demasiado pronto: «Antiguamente, uno moría a los treinta años en un mundo aún intacto».

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Venus nació del mar que atravesó sobre una concha y, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, los pintores representaron la escena como si hubieran estado en la orilla. Como si hubieran visto llegar a la deidad como Dios la trajo al mundo, contando solo con sus manos para ocultar su desnudez. En cuanto a la concha, aun desprovista del fruto carnoso que tanto nos deleita, y pese a los pudores de la diosa, constituye un origen del mundo. Menos realista que la de Courbet, pero no menos elocuente.

Fue ella la que dio su forma a la célebre magdalena que, desde Proust, tiene el sabor del tiempo recobrado. El narrador de la Recherche no olvida, por cierto, de dónde procede ni lo que representa, cuando la describe como un bollo «corto y rollizo», moldeado «en la valva acanalada de una concha de vieira», y cabe pensar razonablemente que su aspecto desempeña un papel tan importante como la infusión en la que se remoja.

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Un recluso voluntario en una habitación revestida de corcho donde casi no comía nada (aunque algunas noches se permitía un lenguado, o cervezas heladas que hacía traer del Ritz), nos hizo la boca agua al describir platos suntuosos gracias a unas palabras que tenía el genio de mezclar a fuego lento, de ligar como los ingredientes de una salsa o de hacer subir como una masa, hasta convertir ciertos pasajes de su libro en una auténtica pièce montée. Todo lector de la Recherche recuerda el bœuf en daube y los espárragos que desencadenaban ataques de asma, como si el autor insinuara un origen sexual a sus propias dificultades respiratorias. Pero ni siquiera hace falta haber leído la obra maestra de Proust, a día de hoy, para conocer la existencia y el papel de la magdalena, ni sus virtudes cuando se remoja en el brebaje mágico en el que reaparecen de golpe tantos recuerdos.

Por eso puede sorprender que el vino esté casi totalmente ausente de las tres mil páginas de la Recherche, siendo como es una sucesión de asociaciones, metáforas y metonimias, de analogías más o menos convincentes y a menudo exquisitas. Se pasa de los frutos rojos a la carne de caza para evocar la juventud o el envejecimiento, cuando no es el cuero o los aromas tostados; en cuanto a los vinos blancos, su buqué puede convocar toda una flora, desde la violeta hasta el espino blanco, sin olvidar los cítricos ni las frutas exóticas, ahora tan presentes en nuestras mesas y que se encuentran en abundancia en los puestos de nuestros mercados. El léxico que rodea al vino es inestable y codificado a la vez, como lo fue la poesía en otros tiempos, cuando todo el mundo compartía una misma retórica y unas mismas imágenes, como toda expresión del matiz que intenta fijarse en un solo vocablo. Y sin ser una reserva inagotable, sus recursos contienen tal riqueza de registros que Proust habría podido servirse con facilidad de ellos, y cuando pienso en él, pienso en esos vinos que se despliegan como una cola de pavo real, aunque no estoy seguro de que él conociera la expresión.

Si no me falla la memoria, la única mención de un vino en la Recherche es la del sauternes, cuando el narrador visita a Saint-Loup y comparte su comida en el comedor de oficiales. Y aun así, no es más que una mención, sin comentario alguno, cuando aquel líquido dorado como un sol poniente, ese racimo parasitado por un hongo que se instala en la piel de las uvas en la luz todavía cálida y el aire húmedo del otoño, le habría podido inspirar páginas enteras. Sobre todo si pensamos en la expresión que designa ese proceso tan singular de maduración de las bayas: la podredumbre noble.

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Con las novelas de Conrad se cierra un ciclo de aventuras marítimas inaugurado por Homero, un ciclo en el que Simbad y Tristán podrían pasar por descendientes lejanos de Ulises y de Jasón. Pero mientras que en Homero las intenciones de los hombres están sometidas a los sortilegios lanzados por los dioses, al capricho de una diosa con ojos de lechuza o de otra con cabeza de vaca, en Conrad son los vientos los que mandan, junto con los arrebatos de la tripulación: los héroes y los semidioses han cedido su lugar a unos brutos, pero a unos «brutos dignos de respeto» que se enfrentan a la avería o a su propia cobardía en lugar de a las astucias del destino.

En el momento en que la navegación a vela toca a su fin, y con ella una parte de la literatura occidental, que cuenta ya tres mil años, hay que agradecer a Conrad que haya elevado el relato una vez más hasta lo sublime para sobrevivir a pesar de todo en ese viejo y estéril universo donde Neptuno se ha convertido en administrador de una sociedad marítima, representado en cada puerto por un vice-Neptuno.

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Se concede mucha importancia a los géneros en literatura, y muy poca a las formas. Entre las más pertinentes, la lista es una de las más practicadas, sin duda porque se sitúa en el límite entre el sentido y el sinsentido. Se limita a yuxtaponer sin concluir (la lista, de hecho, rara vez está cerrada), ofrece un inventario que deja a la mente libre para divagar, saltarse líneas, descubrir coincidencias; sugiere otras combinaciones posibles y satisface nuestro gusto por la nomenclatura sin encerrarnos en un sistema.

Es una escritura al margen, como lo confirma su etimología: una raíz germánica que designa el lindero, el borde, la tira de pergamino o de papel estrechamente vertical en la que se inscriben marcas. De ahí su virtud poética y su función de ayuda de la memoria, así como la euforia que provoca su recitación: los limpiaculos en Rabelais, las conquistas de don Juan, la zoología fantástica en Borges, los recuerdos de Perec son ejemplos célebres y fascinantes. Cada cual puede completar la lista, a la que yo añadiría, por mi parte, los índices y los repertorios, que ya constituyen por sí mismos una forma plena de lectura en los buenos libros.

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Al comenzar su viaje a Italia, en septiembre de 1580, Montaigne se toma la molestia de anotar que, en Vitry-le-François, las muchachas cantan una «canción ordinaria, en la que se advierten unas a otras no dar grandes zancadas, por miedo a volverse varones, como Marie Germain». La advertencia resulta tanto más útil cuanto que, en esa misma localidad, acaban de colgar a una joven que vivía vestida de muchacho, o cuyo sexo era ambiguo. Pero la canción ilumina también, con una luz inesperada, la recomendación que aún se hace a las niñas de mantenerse con las rodillas juntas cuando llevan vestido o falda. Bajo la decencia y las normas de buena conducta, tal vez se ocultan motivos más oscuros, temores que la moda vestimentaria ha atenuado, al mismo tiempo que la diferencia sexual se considera de forma más difusa, por no decir menos tajante.

El caso de Marie Germain debió de causar sensación en el siglo XVI, pues lo conocemos gracias a dos testigos ilustres: Ambroise Paré, que lo menciona en su libro sobre los Monstres et prodiges, y Montaigne en su diario de viaje. Ambos cuentan que Marie se transformó en varón de un día para otro, y aunque no se ponen de acuerdo en la edad (quince años según Paré, veintidós según Montaigne), sí que coinciden en las circunstancias: al saltar una valla, los genitales le salieron del vientre, o como dice Montaigne, «se le manifestaron sus herramientas viriles».

Montaigne retoma el episodio en los Ensayos, que alimenta tanto con cosas vistas como leídas; pero esta vez lo hace para ofrecer una interpretación muy personal del caso de Marie Germain, «muy barbudo, viejo y sin casar». La metamorfosis que llamó la atención del viajero, y que el autor no olvidó en su biblioteca —al punto de recordar la canción que las chicas cantaban entre sí—, le sirve para ilustrar la fuerza de la imaginación. Una idea fija, una «aspereza del deseo» pueden provocar un fenómeno que desafía las leyes de la naturaleza, porque permite hallar el sosiego: la imaginación «saca mejor partido incorporando, de una vez por todas, esa parte viril a las muchachas».

Rara vez se ha expresado con tanta claridad la fuerza del deseo que, si no logra mover montañas, puede al menos parir un ratón. Pero también es el misterio de una voluntad que se nos escapa, de aquello que es más fuerte que uno mismo, lo que aquí se demuestra con ese ejemplo. La imaginación de la que habla Montaigne ya no es el alma, y todavía no es el inconsciente, pero es un término (a falta de una sustancia) que sirve para nombrar la parte imponderable de nuestras acciones, al mismo tiempo que una causa eficaz aunque invisible.

Entre los nervios y las células, entre la médula y la sangre, habría pues algo más ligero que el aire y más transparente que el agua: un vacío activo que es una fuente de energía, de donde nacen tumultos y tormentos, pero también una imagen de sí que acaba por encarnarse en un cuerpo y en un destino.

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El signo que se lee wen en chino y bun en japonés designa a la vez el carácter en sí mismo, eso que llamamos impropiamente un ideograma, y la frase y la escritura por entero. Es decir, el saber del «ilustrado» que hemos acabado por llamar, en occidente, la «cultura».

«Letras: también se dice de las ciencias», escribía Furetière en la época en que aún se hablaba del hombre honesto.

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Para Lévi-Strauss, un mito no es una historia que tuviera una versión originaria, más pura que las demás o más cargada de sentido. Un mito es una trama y sus variantes, un relato y sus múltiples ramificaciones.

Lo mismo sucede con la historia familiar, sobre todo cuando se transmite oralmente, y más aún cuando se basa en un secreto que no puede ni callarse ni revelarse.

El niño es un etnógrafo sin saberlo, porque intenta establecer relaciones de parentesco, reconstruir una cronología, comprender ritos y alianzas a partir de retazos de conversaciones, de confidencias que no van dirigidas a él, pero que alcanza a oír mientras juega entre las mujeres. Su objeto de estudio no es una tribu lejana en el espacio, sino una tribu que se aleja en el tiempo, y de la cual va descubriendo poco a poco que él prolonga la estirpe.

Yo fui ese niño que se preguntaba por la genealogía. Crucé hilos y até cabos sueltos. Me gustaba la trama y el tejido. Trencé canastas, aprendí el punto bobo, el punto jersey, el punto de arroz y las disminuciones. Luego aprendí a leer y a escribir: cambié de práctica, pero no de método.

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En defensa de Céline (cuando se quiere defender lo indefendible), el último argumento es que no denunció a nadie. Eso equivale a hacer poco caso de los sueños de exterminio en el mismo momento en que se extermina, o de las diatribas contra «el judío Desnos».

Es tanto como admitir que un escritor es un irresponsable que no sabe bien lo que dice, y que toda la literatura no es más que un pedazo de papel.

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Otra noche distinta de la de Céline, otros viajes inspiraron a Virginia Woolf este elogio en el que cada palabra está medida: «Habría que estar cerrado al sentido de las palabras para no oír, en esta música más bien fría y sombría, impregnada de reserva, de orgullo, de una integridad inmensa e implacable, cuánto mejor es ser bueno que malo, cuánto bien hacen la lealtad, la honestidad y el coraje, aunque aparentemente Conrad no se preocupe más que de mostrarnos la belleza de una noche en el mar».

No hay consuelo vano en Conrad, ni siquiera los buenos sentimientos que Virginia le atribuye. Buen marinero al fin, sabe que una voz fuerte y firme basta para hacerse oír; que una imaginación puede ser aventurera sin ser delirante, y que toda cobardía, todo abandono te condena a naufragar. Como buen capitán, sabe que el viento hace callar a quienes se lamentan de sí mismos, y que las tormentas acaban por domeñar a los más testarudos. Como buen escritor, sabe que el genio no se confunde con los artificios del estilo, y que nuestras imprecaciones no valen nada frente a los elementos desencadenados.

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Para describir el recorrido de los vientos alrededor del globo, el movimiento de las mareas, los relámpagos y las tormentas —en suma, la belleza sobrecogedora de los fenómenos meteorológicos—, es preciso adoptar el punto de vista de Dios. Ahora bien, el punto de vista de Dios es el ojo del ciclón.

Es precisamente en ese ojo donde se sitúa Victor Hugo para escribir Les Travailleurs de la mer,, lo cual no le impide documentarse. Una de sus fuentes: Les Tempêtes, de Margollé y Zurcher, a quienes llama «los historiadores del viento».

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Me volví miope y tuve que empezar a usar gafas cuando tenía entre ocho y nueve años. La aparición de un mundo borroso coincidió, por tanto, con el dominio de la lectura, como si la realidad hubiera tenido que desvanecerse en parte para dar paso al mundo de los signos.

Desde entonces no he dejado de usar mis gafas: me gusta la nitidez de las palabras y de las cosas, lo que no quiere decir que el mundo se haya vuelto más nítido.

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Es cerrando los ojos, en medio de una noche interior, como nace la inspiración. De ahí la ceguera de Homero, inventada para satisfacer las necesidades de la alegoría.

Swift lo había comprendido tan bien que, en el reino de los muertos, imagina a Homero con unos ojos vivos y penetrantes. Porque necesita ver para medir los límites de su estancia, y para distinguir las sombras errantes de sus comentaristas, a quienes no quiere tratar a ningún precio. Pero ya no necesita esa noche profunda en la que su canto le mostraba el camino, como un perro guía.

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Se habla de la presencia de un actor cuando atrae la mirada y la luz, y sobre todo cuando la plenitud de su actuación, que nos tranquiliza a la vez que nos deleita, proviene de su interior, en lugar de apoyarse en los recursos del oficio, que lo convertirían en una marioneta humana.

Deberíamos hablar también de la presencia de un escritor, cuando su voz parece hablarnos al oído, y cuando su hechizo nos convierte en niños que siguen a un flautista.

Entonces descubriríamos que ciertos autores, cuyo texto es impecable, brillan por su ausencia.

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«Nunca sé con exactitud cuándo he hecho algo».

No soy yo quien habla, pero podría hacer mías estas palabras de un escritor imaginario, Clare Wawdrey, al que Henry James convirtió en protagonista de The Private Life. Como él, yo también me ausento, pero en medio de los demás; y al igual que él, no escribo con la pluma en la mano. Hace mucho que no tengo manuscritos, ni siquiera cuadernos de notas, pero cada día paso horas entregado a una ensoñación útil, a un monólogo interior cuyas palabras acaban por imprimirse en la memoria, siempre que se armonicen el ritmo y el sentido. Como un agua cuyos remolinos acabaran por dibujar figuras.

Las novelas de hoy ya no nos proponen héroes, porque el propio autor ha ocupado todo el sitio. Los personajes secundarios son estrellas muertas que gravitan en torno a un narrador que se cree el sol en cuanto empieza a contar su divorcio o su cáncer.

El capitán Nemo, Lord Jim o Swann exploraban un mundo mucho más vasto.

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Hablamos a las bestias y a los muertos, pero no les escribimos.

Salvo en Egipto, al fin del Imperio Nuevo, cuando los escribas dirigían cartas a los difuntos para ganarse sus favores.

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El oso es un hombre para el oso.

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Hay dos tipos de libros: los que se leen de un tirón, con el vivo placer de terminarlos cuanto antes, y los que se leen levantando la vista, para dejarse arrastrar por la propia ensoñación, en un viaje interior que transcurre entre el semisueño y la levitación.

Jamás se habrían imaginado las alfombras voladoras, si antes no se hubiera inventado el libro.

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Una de mis ensoñaciones habituales, aunque siempre fugaz, es la invención de una lengua. No para que se hable (no tengo la ingenuidad de los esperantistas), sino para abandonarme al placer de la ficción (con una ingenuidad que impide toda creación novelesca).

Como todo inventor, empiezo improvisando, tomando el dual del griego, el singulativo del bretón o el futuro imperativo del armenio. La verdadera dificultad empieza cuando hay que imaginar los vaivenes de la historia, las hablas locales, las etimologías inciertas, y me invade el cansancio cuando toca llenar los casilleros gramaticales con palabras inventadas por completo. Como en el aprendizaje de una lengua real, el léxico es el verdadero obstáculo: la infinita designación que otorga a las cosas una apariencia de realidad.

Habría que creerse un dios, pero al cansancio se suman tantos otros inconvenientes, por no hablar del ridículo.

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Champollion y Darwin fueron casi contemporáneos, y sus descubrimientos se sucedieron en torno a 1830. Cuando el primero murió, tras haber agotado sus últimas fuerzas en Egipto, el segundo llevaba ya un año a bordo del Beagle.

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Fue gracias a estos dos hombres [Champollion y Darwin] que nunca se conocieron y cuyas investigaciones, en apariencia, nada tenían en común, que nuestra representación del pasado lejano quedó para siempre alterada. Porque fue a partir del momento en que la historia del hombre dejó de escribirse únicamente en la Biblia que la evolución de las especies pudo contemplarse bajo una luz nueva. Desde entonces, vivimos apoyados en ese pasado inmenso, en ese espacio temporal que es un nuevo infinito, y que tratamos de colmar con hipótesis y con huesos, con muescas invisibles y dataciones por carbono 14.

Lo que no ha cambiado es nuestro temor al fin del mundo, que se aproxima como si el tiempo fuera una cantidad invariable cuya masa se distribuye de otro modo.

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«¿Y qué haces con todos esos fragmentos?», me pregunta un amigo que quiere ser bienintencionado.

Construyo cobijos que no son refugios. Cobijos provisionales por los que el olvido deja pasar la luz del día; casas flotantes que van a la deriva, y en las que soy feliz.

Construyo con recuerdos y con citas. A veces, con puñados de nieve, con briznas de paja y ceniza, con plumas y pegamento.

Escribo contra los padres con mayúscula, contra los dioses que siembran el terror, contra los reyes que tan bien quedan en la literatura, como los ángeles, según Flaubert.

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