| Las escaleras de Chambord. Pascal Quignard. Galaxia Gutenberg, 2013 Traducción de Ascensión Cuesta |
El rey Francisco I dispuso la construcción del Castillo de Chambord en 1519 sobre tierras pantanosas, a orillas del río Cosson y en el centro de un bosque rico en caza, para transformarlo en «un bello, grande y suntuoso edificio» que debía permitirle satisfacer su pasión cinegética. Fascinado y fuertemente influenciado por las artes y los artistas italianos, mandó construir un castillo en el que se mezclaran las influencias francesas e italianas.
Como consecuencia de la sexta guerra de Italia, que culminó con la derrota de Pavía, las obras debieron suspenderse entre 1522 y 1526. Al regreso de Francisco I, se reanudaron durante veinte años sin interrupción, hasta su muerte acaecida en 1547.
En 1539, el emperador Carlos V es recibido por el rey en el que solo era, en aquel entonces, el torreón en construcción. A este primer edificio se añadirán, al este, el ala llamada «real» (ala de los aposentos del rey) y al oeste, el ala de la capilla, continuada durante el reinado de su hijo Enrique II y de su nieto Carlos IX. El conjunto arquitectónico tal y como hoy se conoce será terminado por el rey Luis XIV en 1685.
El castillo está construido en base al modelo de las fortalezas medievales, con un edificio central de planta cuadrada, el donjon, provisto de cuatro torres de esquina. Dentro de este, encontramos cinco niveles habitables construidos en base al mismo modelo: cuatro apartamentos cuadrangulares y cuatro apartamentos en las torres redondas por nivel.
Fuente de la iomagen: https://www.bloischambord.es/explorar/los-castillos/castillo-de-chambord
La escalera, de doble hélice, se encuentra en el centro del edificio. Esta da acceso a la primera planta (aposentos históricos), a la segunda planta (dedicada a la temática de la caza y a la animalística) y a la gran terraza, coronada por la torre-linterna y la flor de lis, símbolo de la monarquía francesa.
Se trata de una curiosidad arquitectónica que ha contribuido a la fama de Chambord. El principio es a la vez sencillo y sorprendente: dos escaleras que giran en el mismo sentido pero que nunca se cruzan. De este modo, se pueden subir o bajar los peldaños sin cruzarse con las personas que utilizan la otra escalera.
Según la leyenda, el ingeniero y arquitecto de esta doble escalera fue Leonardo da Vinci. Y es que Francisco I y el artista italiano sentían un gran apego mutuo. Se conocieron en Boloña, Italia, antes de que el rey Francisco I invitara a Leonardo da Vinci a instalarse en el valle del Loira, más precisamente, en la mansión de Clos-Lucé, en Amboise, donde el artista muere en 1519.
Edouard Furfooz, un coleccionista de juguetes antiguos y otros objetos pertenecientes a la infancia, es el protagonista de Las escaleras de Chambord (Les Escaliers de Chambord, 1989), una de las pocas novelas, en el sentido tradicional del término y teniendo en cuenta lo extenso de su producción, de Pascal Quignard. Edouard es un individuo peculiar, no solo por su profesión, en quien se revela cierta incapacidad de amar, de mantener una relación sentimental durante cierto tiempo, de origen desconocido, a la que se añade un carácter que oscila entre el cinismo y la inmadurez. Como particularidad, odia el ruido, particularmente la música —una singularidad que el autor desarrollará posteriormente en El odio a la música (La Haine de la musique, 1996) mediante el planteamiento de la imposibilidad de dejar de oir a través de la metáfora de que «la oreja no tiene párpados». La obra se desarrolla en la segunda mitad de la década de 1980.
«Edouard, frente al Arno, estaba sentado en una silla de hierro helada. Roía como podía un almendrado mandorlato. Se bebió dos cafés. Edouard Furfooz era, a fin de cuentas, una persona devota en lo tocante a sus placeres. Le gustaban los niños, las flores cortadas, el sol, el nombre amargo de las cervezas oscuras, la ropa de abrigo, las pinturas sobre botones y los coches pequeños. Creía que existía una especie de vínculo entre las almas de los niños muy pequeños que lloran y las de los hombres en los que el temor a la muerte y el silencio ya han empezado a fijar los rasgos. Y ese exiguo puente entre esas edades y esas necesidades tan alejadas era el objeto de todas sus preocupaciones. Era como el minúsculo desecho de lo que fuera una pasión devastadora. Tenía la impresión de que la preservación o la restauración de ese milagroso puente era el único tesoro de lo que acostumbraba a llamarse destino».
Aunque el narrador mantiene cierta neutralidad a la hora de juzgar la conducta de Edouard, su relato orienta hacia unas cuantas preguntas acerca tanto de la profesión como del comportamiento de este: ¿Qué lógica tiene coleccionar juguetes infantiles en plena edad adulta? ¿Tiene alguna relación con coleccionar figuras de dioses en los que hace siglos que nadie cree? ¿Y con coleccionar sueños de muertos? Esas conexiones conducirían al planteamiento de una hipótesis: la huella más determinante que ha producido el ser humano es la que tiene que ver con aquello que puede fabricar un solo individuo, que cabe en el hueco de la mano; las grandes estructuras de factura colectiva son la muestra de la decadencia de la inventiva humana; el pequeño escarabajo esculpido en Egipto contra la pirámide de Gizeh. Siguiendo ese planteamiento, podría deducirse que la escritura es una de las huellas que aún permanecen de la edad de oro de la Humanidad: obra de un solo individuo destinada a un solo individuo.
«Los vertederos de basura, los desechos encantados, los tréboles de cuatro hojas y las mujeres de las que uno se aleja, alzadas entonces prestamente en el recuerdo como tréboles de tres hojas, de dos hojas, de una hoja, de un cuarto de hoja, de un cuarto de hoja arrugada y tirada. Todas esas cosas, se decía, son los objetos de este mundo. Los juguetes no son los objetos de este mundo. Ha existido otro mundo que ha precedido a esta luz que nos envuelve. Habrá, por tanto, siempre otro mundo a dos pasos de nosotros mismos, que deambula en este mundo».
La actitud de Edouard implica que no tiene mucho sentido coleccionar objetos del mundo de la utilidad porque agotan su función en ella; lo interesante es reunir objetos que han perdido su capacidad de uso, que pertenecen al mundo de lo inútil, o cuya función es imposible de deducir. Como los dioses, siempre son más sugestivos aquellos cuyo culto se ha perdido que los que imponen su presencia y su adoración a una Humanidad que sigue utilizándolos pero ya no los necesita.
La relación sentimental más duradera de Edouard es la que mantiene con su tía Otti —un personaje seductor, en la medida de sus posibilidades—, que le crió en ausencia de sus padres pero que hace años que no trata. Ella le encarga que le busque una casa de campo en Chambord, un lugar de cuyo castillo él solo recuerda las escaleras, un recuerdo procedente de una visita escolar en compañía de una «niña pequeña, tímida y crispada, con una tranza negra que le caía por la espalda y con escarpines de charol», cuyo nombre no recuerda, y que será uno de los rastros que deberá seguir a lo largo de la novela. El relato de este primer encuentro y el recuerdo de la visita al castillo ponen en marcha la otra cara del relato, la que tiene que ver con la vida sentimental del protagonista, más enigmática, si cabe, que los avatares de su ocupación profesional.
«Estaban sentados a la mesa de un restaurante al lado de la puerta que campanilleaba y daba en el respaldo de la silla en la que estaba sentado Edouard. Edouard intentaba describirle a su tía la casa de Chambord, las orillas del Cosson, las obras que avanzaban a buen ritmo. No conseguía encontrar las palabras apropiadas. Habría preferido enseñarle la Hannetière sin decirle nada, pero la curiosidad de su tía era impaciente. Tenía la impresión de que trajinaba con el lenguaje: al igual que una granjera que se agota en su trajín de batir la leche en la mantequera para sacar mantequilla. Tía Otti hablaba de su vida. Ottilia Furfooz estaba comiendo un trozo de Passendael, arrasaba Siracusa piedra por piedra, exterminaba a los musicólogos y juzgaba sin piedad los quince últimos años de su vida. Edouard Furfooz la miraba como un fiel mira a una diosa. Estaba gorda. Tenía el cuello arrugado como el cóndor de la cordillera de los Andes, una especie de papada, ínfulas de las mejillas, un ojo claro de una movilidad y una agudeza comparables y sorprendentes».
Coincidiendo con este insólito encargo, Edouard conoce a Laurence, una mujer diez años menor que él, que le provoca una fuerte impresión, y que será una de las coprotagonistas de la trama. Esa relación con Laurence se convierte en una extraña historia de amor, reforzada por las ausencias y el deseo y debilitada por los encuentros y una satisfacción apenas consumada, que sobrevive a las dificultades pero que puede finalizar en cualquier momento, apenas sin darse cuenta.
«El le reprochaba que dormía poco, que era grave, cuando a él le encantaba su risa. Era una risa amplia, en fin, un poco burda y viva que afluía a sacudidas, agitaba sus estrechos hombros y la hacía doblarse en dos. Diríase que estaba inundada de una risa más amplia que ella y que no parecía que fuera personal, que le caía encima como un aguacero inesperado. En aquellos momentos ella chorreaba de niñez. Entonces, le relucía en los ojos algo joven, invencible, hecho de una novedad invencible. El se acercaba. Abrazaba ese cuerpo cuyos sobresaltos parecían muy ajenos o animales o divinos. A decir verdad, él se acercaba siempre a ella, se riese o no. Lo que más amaba en el mundo era la proximidad de su mejilla y su aliento, entre la nariz y los labios.»
Se trata, a todas luces, de una relación desigual: Laurence tiene la sensación a apostar más que Edouard, que parece más frío e indiferente; ella cree que, sin duda, él la desea, pero no está segura de si la ama, y para ella esto es muy importante.
Parece que Edouard está en guerra con su pasado: las relaciones familiares nunca fueron las deseadas, y él ha arrastrado esa carencia a lo largo de su vida de forma inconsciente pero tan concluyente que, cuando piensa en eaa época, sus sentimientos, en realidad —aunque él se niegue a reconocerrlo—, tienen poco que ver con la felicidad. La relación con su tía Otti, sin ir más lejos, parece el sustituto involuntario de las inexistentes relaciones con su madre. Edouard —que muestra un ansia peculiar de convertir en fantasmas a todas las mujeres que ama— es un escapista: la excusa de sus negocios, que, en realidad, no precisan, la mayoría de las ocasiones, de su presencia física, le sustrae de las citas con Laurence —en ella, predomina, en cambio, el ansia de convertir en ser humano el fantasma de un Edouard siempre ausente—, que, por cierto, también muestra síntomas de debilidad sentimental al exigir la presencia de Edouard con más frecuencia de la que sería prudente o deseable. Las muestras de cobardía ante una situación que parece superarles se reparten entre ambos, aunque parece que la cuota mayor corre a cargo del hombre, una cobardía fruto tanto del miedo como de la incapacidad; en todo caso, Edouard da otra muestra cuando, sin romper del todo con Laurence —él mismo se excusaría, seguramente, aduciendo que no había ninguna relación susceptible de ser rota: «a lo largo de toda mi vida solo he tenido la impresión de llegar a algún sitio cuando he dejado a alguien»—, se lía con su amiga y confidente; su escasa autoestima vacila y se hunde, pero su idea de la autodefensa se traduce en hacer como si esa infidelidad —pues así es como considera Laurence el suceso— jamás hubiera sucedido.
Las actitudes de ambos dan perfecta medida de sus intenciones tanto como de sus carencias:
«[Laurence] Tiritaba de dolor. Había sido abandonada. Apretaba un labio contra el otro para no llorar. «Acurrucarse», se dijo mientras se movía. Y lentamente se puso en cuclillas en el rincón de la ventana. Buscó en el fondo de su corazón una especie de pequeño confesionario de madera oscura, cerrado con una cortinita de terciopelo rojo. Un pequeño lugar en el fondo de sí misma donde poder arrodillarse, donde acurrucarse, donde hacerse un ovillo, donde llorar y donde no ser más que una culpa que confesar. Fuese la que fuese. Poco importaba. Esperar una culpa era estirar hacia sí un poco de piel tibia en la que hundir el rostro después de haberse hecho regañar. Entonces nos acaricia los cabellos la mano de una madre imaginaria. Respiramos la mama de nuestra madre. Entonces todavía se nos doblan más las piernas. Ponemos la barbilla entre las rodillas».
«[Edouard] repetía: "Arremetamos. No midamos nuestras fuerzas. No contemos el tiempo. Siento que una vuelta sobre mí mismo trata de matarme. Al igual que los antiguos Bondi de las sagas de Islandia: ni una palabra de más, un cuchillazo, muerte por muerte. El dios Tiro perdió la mano derecha por haber pactado con la muerte. Es el nombre de mi ciudad natal. Hay que asegurar siempre el equilibrio de la sangre: cincuenta por ciento de predación y cincuenta por ciento de comercio, una traición clama un golpe traidor como a su sombra; el amor debe otorgarse al cincuenta por ciento de la más suave bestialidad y cincuenta por ciento de sentimiento humano. Toda palabra debe hacer referencia a una cosa. No hay nada bello que solamente sea para verlo sino también tomarlo. Toda palabra compromete. Uno se expone continuamente en las ordalías de su muerte al viento, al hombre, a la energía que hay que atesorar y concentrar, a los banquetes de cerveza, a los saqueos de las cosa más bellas, a las lanas más bellas del mundo con que uno se arropa, al silencio, al cansancio que protege incluso del miedo; al calor y al misericordioso embrutecimiento del cansancio"».
La vida de Edouard parece resumirse en una acumulación de errores que provocan innumerables horrores que se convirtieron en otros tantos fantasmas —algunos, los más inquietantes, han perdido hasta el nombre— que ahora le persigiuen, de los que no puede deshacerse y ante los cuales los rituales —amorosos, de poder, de dinero, incluso de autocastigo transmutado en aparente empatía— emprendidos para acabar con su hostigamiento han resultado infructuosos.
«Obtuvo un placer fastidioso. Su mano tocaba un cráneo que picaba. Sus dedos sólo estrechaban el vacío. Decía para sí: "¡Dios mío! ¡Qué extraño es! Qué atroz. Es como si estuviese curado del amor. Nada más se apasionará dentro de mí. Nada más me trastornará. Siento que en mí el sufrimiento ya no está cerca de hacerme dar un grito. Tengo la impresión de que nunca más encontraré el don del estado puro, la admiración espantada de cuando se sale del sexo de una mujer en el primer instante de la infancia. Ya no tengo ante mí nada más que la felicidad y la belleza. ¡Qué triste es! Nunca más tendré ante mí esos cuatro centímetros cuadrados del primer rostro que se conoce. ¡Y la trenza en la que sujetar un pasador ha sido rapada!"».
Edouard tiene la sensación de ser el único superviviente de un trágico naufragio, pero, tal vez, no quiere caer en la cuenta de que estar perdido en el mar, a miles de millas de cualquier costa y agarrado a un frágil madero sea algo que tiene poco que ver con sobrevivir. Al final, sin embargo, cuando toda esperanza parece perdida, el pasador de plástico de origen olvidado —producto de un olvido activo—, ese amuleto que lleva siempre consigo sin saber por qué, alcanza su significado, el de unirle con el primer fantasma que le abordó, cerrando así el círculo de espectros que le tenían aprisionado.
«Se pasó la mano por los ojos. Se frotó los párpados. El sol deslumbraba. A esa hora, el avión debía de estar sobrevolando Groenlandia: la tierra Verde conquistada, en otro tiempo, por los antiguos vikingos. Andaba errante por el cielo. Se alejaba en el cielo. Se restregaba los ojos. Una pequeña forma blanquecina, lechosa y lanosa se alejaba. La cresta blancuzca de una ola estallaba. Sus cabellos estaban húmedos. Ella se recogía los cabellos en una cola de caballo con un pasador. Subían andando en sentido opuesto la doble espiral de las escaleras de Chambord, subían hacia atrás las dos cadenas helicoidales y paralelas de la estructura del ADN, la doble espiral de los cabellos cuando ella se hacía una trenza, la misma transmisión, eterna, que se reproducía y nos reproducía como las olas. Abrió los ojos. Puso la mano sobre el pasador de Flora colocado en la mesita abatible. Examinó esa ranita que lo había llamado a voces sin que él comprendiese qué quería decirle, en la carretera que llevaba a Roma, a Civitavecchia, al límite de las olas del mar. La ranita levantó los párpados. Quiso hablar. Pero desvió la mirada. No dijo nada.»
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