6 de julio de 2026

Jean Starobinski y Gérard Macé: «La mitad de la palabra pertenece a quien habla...»

La parole est moitié à celuy qui parle... Jean Starobinski y Gérard Macé. La Dogana, 2009 

 «La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha». Michel de Montaigne, Los Ensayos, III, XIII.

En el año 1999, en ente público de radiodifusión Radio France, a través de su emisora France Culture, registró para su programa À voix nue una conversación entre Gérard Macé y Jean Starobinski. En 2009, la editorial ginebrina La Dogana transcribió, previa adaptación de la palabra hablada a la palabra escrita, ese diálogo, cuyo título es parte de la cita de Los Ensayos de Michel de Montaigne que encabeza este artículo.

Como no podía se de otro modo —Jean Starobinski es uno de los especialistas contemporáneos más reputados en la obra del perigordino y autor de un ensayo imprescindible, Montaigne en mouvement, mientras que Gérard Macé lo reconoce, junto a Joubert y Leopardi, como uno de los  inspiradores de su serie Pensées simples—, parte de la conversación tiene que ver con Montaigne y, por extensión, con el género del ensayo, de cuya versión moderna es considerado el fundador.

El texto que sigue es la traducción al castellano de esa parte de la conversación.
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Gérad Macé: Usted ha abordado temas extremadamente variados, su bibliografía lo atestigua, pero me parece que todos sus escritos pertenecen al género del ensayo, al que Montaigne otorgó carta de nobleza. Sin embargo, hoy, cuando se habla de ensayo, suele hacerse en un sentido más restringido, esencialmente universitario, mientras que su campo es mucho más amplio. ¿Podríamos intentar, no tanto definir, sino precisar qué es ese género de contornos imprecisos, más difusos aún que los de la novela o la poesía? Cuando recibió un premio, en Italia, si no recuerdo mal, llegó a decir que se sentiría ligeramente herido si le llamaran ensayista. Lo tomaría como un reproche. ¿Qué quería decir con eso, puesto que sus libros son ensayos?


Jean Starobinki: A veces se carga ese término —ensayista— con un sentido peyorativo. Es un término que se utiliza a menudo por oposición. Se piensa en todo aquello que el ensayista no es. No es un creador original, como el poeta o el novelista. No se le considera un filósofo o un historiador serio, porque suele expresar su humor, su reivindicación, sin formularlos según las formas y los códigos de una disciplina erudita. Se ve al ensayista sobre todo preocupado por la imagen que proyecta de su propia personalidad: quiere compartir su opinión, su manera de pensar, pero reclamándola ante todo como propia. Se le puede reprochar entonces que pretenda hacer de Montaigne sin ser Montaigne…


Gérard Macé: Comprendo.


Jean Starobinski: El ensayismo —el término existe— es considerado a menudo como una carencia. Los investigadores que elaboran documentaciones completas, los teóricos de la lingüística, de la estilística, de la genética textual, no desean que se les vea como ensayistas: entonces no serían más que amables aficionados, conversadores, cuando lo que desean es el estatuto de investigadores rigurosos y precisos, dotados de una autoridad legítima, capaces de aportar actualizaciones científicas. Por mi parte, creo en las virtudes del conocimiento exacto, técnico, científico, exhaustivo, cuando es la mejor respuesta que se puede dar a una cuestión. Pero considero que el ensayo tiene el valor de un fogonazo de luz. Porque la visión general de un problema, de sus principales aspectos, de sus implicaciones, no puede adoptar la forma de un tratado. Para identificar ese problema, hay que arriesgarse a un primer acercamiento, a partir de un conjunto más amplio. Y eso es ya una puesta en perspectiva, una toma de conciencia. ¿Qué nombre darle? No tengo nada mejor que proponer que la palabra ensayo

El ensayo —volvamos aquí a la etimología— es el acto cuyo nombre deriva del latín exagium, que significa pesaje, evaluación. Esto implica que, en un primer momento, se han planteado a nuestra atención una serie de preguntas, solicitando una respuesta. En nosotros se ha formado la convicción de que quizá haya riesgo y peligro en abordar esas cuestiones, pero de que perderíamos demasiado si las descuidáramos. ¿Y cuáles son los objetos que reclaman nuestro pesaje? Es la vida que sentimos en nosotros, que se afirma y que al mismo tiempo se escurre. En Montaigne, el primero de los ensayistas modernos, la experiencia del cuerpo está marcada por las crisis dolorosas de la enfermedad renal. ¿Cómo hacer frente a la enfermedad, a la muerte que acecha? La cuestión del momento era la de la educación, y Montaigne nos dice cuál fue la suya, que no se ajustó al modelo común, y el interés que su padre tomó en ella. Pero, al mismo tiempo, la cuestión que solicita nuestro pesaje es lo que sucede en el mundo que nos rodea, o en los países de los que hablan los viajeros que regresan de tierras lejanas. Para escribir sus Ensayos, Montaigne tuvo que acondicionar su «librería» y encontrar allí refugio entre sus libros. Para escapar al riesgo omnipresente de una época turbulenta, le hicieron falta buenos muros y la compañía de autores del pasado y del presente. Los libros le resultan necesarios porque no quiere ignorar lo que ocurre fuera, en la lejanía. En ese retiro se interesa por los relatos de los navegantes que vuelven de la América recién descubierta. La palabra ensayo, la noción de pesaje, son casi un rodeo lingüístico para hacer aceptable un juicio muy crítico sobre los desvaríos y las locuras de una época devastada por las guerras de religión. En su calidad de alto magistrado, no esquivó las responsabilidades de su cargo (salvo el no mostrarse demasiado mientras arreciaba la peste de 1585). Se concede el derecho a tomar distancia.

Gérard Macé: Habla usted de riesgo, de peligro, y también ha afirmado que el ensayo es el género más libre que existe. ¿Significa eso que no hay libertad sin riesgo?

Jean Starobinski: Sí, el peligro y la libertad van de la mano. Montaigne tiene la coquetería de decir que toma sus argumentos de una mosca, es decir, de un pretexto fortuito. Es una manera —a través de lo fútil— de reivindicar la libertad absoluta del espíritu y de declarar que se habla sin ninguna restricción. Pero el riesgo entonces es grande: el de no ser tomado en serio en aquello importante que uno tiene para comunicar. Nada pesaría ya ni se ofrecería a ser pesado. Es el peligro al que se verá abocada la práctica romántica de la ironía… El parloteo fluye por todas las vías de comunicación que nos alcanzan hoy.

Gérard Macé: También ha dicho usted que, para satisfacer plenamente la ley del ensayo, es necesario que «el ensayista se ensaye a sí mismo». Es una fórmula que no resulta evidente para todo el mundo…


Jean Starobinski: La mantengo. Se podría pensar que la fórmula implica complacencia hacia uno mismo. Pero también contiene una exigencia de severidad. Ensayarse a sí mismo es escucharse críticamente, no censurar la propia insatisfacción, y por tanto corregir o añadir algo a lo que se ha dicho o escrito. Montaigne es un escritor que, de una edición a otra de su obra, no deja de introducir añadidos y correcciones. El peligro, para el ensayista, es quedar cautivo de su propio espejo… Sí, debe ensayarse a sí mismo, pero a propósito de algo que le importa más que él mismo. Un ensayista debe ser menos narcisista que un atleta en su entrenamiento.


Gérard Macé: ¿Es así en Montaigne?


Jean Starobinski: La cuestión es ambigua. Por un lado, las correcciones expresan la voluntad de perfeccionar la imagen de sí mismo ofrecida al lector. Permanece ante su espejo. Por otro, esas correcciones expresan un afán de verdad que exige, en todos los ámbitos, la expresión más justa.


Gérard Macé: Eso es lo que quería decir: hay algo inmóvil, rígido, en el narcisismo, mientras que Montaigne está en movimiento —por retomar uno de sus títulos—. Está incluso en movimiento perpetuo, en una inquietud en el sentido verdadero del término.


Jean Starobinski: Al final, en el último de sus ensayos, titulado De la experiencia, Montaigne hará un balance de todos los aspectos de su existencia, sin presentarse como modelo, pero de manera que dé, paradójicamente, el ejemplo de lo que es la singularidad de una vida humana. Que todos, empezando por sus amigos más cercanos, saquen de ello una lección para sí mismos.

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 Retransmisión de la conversación entre Gérard Macé y Jean Starobinski: À voix nue. www.franceculture.com (1999): https://youtu.be/e4hXqVWU8hU?si=0aubVYE-77X7hG9q


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2 de julio de 2026

La Dinastía del Diente de León

 

Aparte de los clásicos ineludibles, leo ciencia-ficción y fantasía, dos géneros maltratados injustamente por la crítica literaria y por la mayoría de lectores, cuando he acumulado lecturas que me han exigido una atención y una concentración que me han dejado exhausto; podría decir que, junto con la literatura de aventuras, son mi manera de descomprimir, de descansar de la lectura sin dejar de leer. Este proceder, algunos títulos comentado en este blog lo demuestran, me ha procurado bastantes lecturas intrascendentes, pero de vez en cuando algún título ha significado  una grata sorpresa.

Como me sucede a menudo, no recuerdo por qué empecé a leer el primer volumen de La dinastía del Diente de León. Conocía al autor por dos estupendas colecciones de relatos, El zoo de papel y otros relatos y La chica oculta, y por dos antologías de ciencia-ficción china, Planetas invisibles y Estrellas rotas, pero esta vez se trataba del primer volumen de una trilogía —que después se amplió a tetralogía— novelística, algo relevantemente distinto de lo leído hasta entonces. Si acudo a mis Notas, leo esto —escrito inmediatamente después de su lectura—: «La gracia de los reyes no es solamente una novela de capa y espada, es también una reflexión sobre la ambición y el poder, es decir, sobre la política y la guerra, sobre el peso de la tradición y sobre los cambios imprescindibles que deben asegurar el futuro a los hombres y a las sociedades; un libro que desvela la ilusión de los humanos, ahítos de sueños de libertad, pero que no son más que meros figurantes en la coreografía que imponen unos dioses sujetos a las mismas inclinaciones que aquellos. Una lectura apasionante y divertida».

Han pasado unos cuantos años desde esa lectura del primer volumen cuando he terminado la obra completa, y no puedo sino insistir en mis impresiones tras haber leído el primer volumen: tres mil quinientas páginas de ficción de primer nivel, entroncada con la tradición oriental —este es un punto a favor, desde mi posición de lector sesgadamente europeo—, pero con una idónea lectura occidental.

La dinastía del Diente de León. Ken Liu. Traducción de Francisco Muñoz de Bustillo. Alianza Editorial, 2021, 2022, 2023 y 2024, respectivamente.
La gracia de los reyes. Notas de Lectura
El muro de las tormentas. Notas de Lectura
El trono velado. Nota editorial
Huesos que hablan. Nota editorial

29 de junio de 2026

Los secretos de la filiación


Los secretos de la filiación


Gérard Macé


Fue en Italia, en la tibieza de un verano pretérito y deslumbrado por la luz engañosa de las apariencias, donde reviví el recuerdo de tres palabras mal escritas. Por segunda o tercera vez acababa de recorrer el itinerario de Piero della Francesca (Arezzo, Monterchi, Borgo San Sepolcro, Urbino y Perugia) cuando se me ocurrió la idea pueril de coleccionar Anunciaciones, que,  ciertamente me habían impresionado desde mi primera visita a la Galería de los Uffizi, en Florencia, pero no hasta el punto de pretender reunirlas y poseerlas, ni siquiera en reproducción; un proyecto que pronto me pareció lo bastante extraño como para que la colección quedara interrumpida. Pero persistía una inquietud que intentaba ahuyentar en vano con interpretaciones apresuradas: árboles que ocultaban el bosque.

Si logré convertir esa colección apenas iniciada en un libro de poemas fue ante todo gracias al recuerdo de un sueño antiguo, en el que encontraba en el expositor de postales una ya escrita, pero sobre todo gracias a una lectura del invierno siguiente: queriendo volver sobre la historia de Heloísa y Abelardo, me detuve en un pasaje de un libro donde se hablaba del castigo reservado a los copistas que erraban en una letra: algunos días más en el purgatorio…

Esas pocas líneas, que produjeron en mí el efecto que se atribuye a las revelaciones, me sumieron en una de esas visiones que nos dejan al borde del sueño, pero que dan a ciertos momentos de nuestra vida una profundidad de campo que solo se encuentra en la «perspectiva caballera» de los biombos japoneses. No se trata exactamente de la imposible restitución del pasado: ese pasado no ha dejado de estar presente, y en esa visión oblicua de una casa sin techo, es la sombra tendida en el suelo; en el silencio que comienza a resonar, es el eco alojado en el corazón del ruido, como una aliteración perpetua. Sea como fuere, aquella noche el manuscrito del copista era un palimpsesto: bajo la letra iluminada veía una corrección en tinta roja, y bajo el libro de horas, un cuaderno escolar; en pocas palabras, una falta de ortografía antigua y jamás olvidada a causa de la humillación en que me sumió. Había escrito «l'année dernière» en tres palabras («la née dernière») que acababan de reaparecer con una nueva evidencia: habían dejado de ser un tormento, porque en esa inscripción el motivo se hacía por fin legible. En efecto, yo había empezado la escuela justo cuando nació mi hermana: un año más tarde, las palabras ocultas tras las palabras reiteraban el acontecimiento, dejando entrever el distanciamiento con los míos que supuso el aprendizaje de la lectura y la escritura. Doble, sin duda, pero en primer lugar porque leer y escribir (el gesto y la palabra casi sacralizados) no eran una cosa natural para los míos: mi abuela materna, entre otros, era definitivamente analfabeta.

Pero si aquella incorrección ortográfica quedó impresa en mi memoria fue también porque encubría una incorrección sin más; me refiero a la historia de una joven que «se había comportado incorrectamente», por retomar la fórmula pudorosa y terrible propia del campo, en este caso en la Bretaña de principios de siglo. Pues bien, esa joven era mi abuela paterna; los secretos de familia pueden percibirse sin que lleguen a revelarse, desvelados a espaldas de quienes creen guardarlos. Aquel nacimiento ilegítimo, por lo demás, estaba confesado a medias mediante otra anécdota contada con total inocencia: el nombre de mi padre contenía, al parecer, una incorrección ortográfica, un error cometido al transcribirlo en el registro civil.

Así es como los secretos son percibidos como secretos mucho antes de ser desvelados, cuando nuestra identidad queda en manos de un copista en el purgatorio o de un escriba torpe, una incorrección que prolongamos en los libros con una torpeza apenas más deliberada.

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Traducción al castellano del relato «Les secrets de la filiation», perteneciente al volumen Vies antérieures, suivi de Les trois coffrets. Gérard Macé. Éditions Gallimard, 2022. 


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22 de junio de 2026

El secreto que hace escribir

 

Incluidos entre la producción temprana de Gérard Macé, Les trois coffrets (1985) y Vies antérieures (1991) confirmaron la contrastada maestría del escritor ante las notas dispersas, los textos circunstanciales, las asociaciones de ideas especulativamente fructíferas y las reflexiones intelectualmente desafiantes.

En 2022, Éditions Gallimard reeditó ambos textos en un solo volumen —Vies antérieures, suivi de Les trois coffrets— en la colección L'Imaginaire; para esta nueva publicación, Macé escribió un texto titulado Le secret qui fait écrire como prólogo y, en parte, como justificación de Les trois coffrets

El secreto que hace escribir


Gérard Macé


Mantengo una relación extraña con este libro, Les trois coffrets.

Hoy me parece demasiado críptico, pero por nada del mundo renegaré de él porque está ligado al secreto que me hizo escribir. Este secreto no es mío, sino de mi padre, hijo ilegítimo, hijo no reconocido, como se decía en aquella época. Fue para él una herida que nunca cicatrizó, y para mí un dolor heredado.

Mi padre se debatía entre la imposibilidad de contar su historia personal y el deseo de decirlo todo, lo que sólo pudo hacer a medias, y ya muy tarde. Ese impedimento es lo que marca el tono de este libro y su propósito, que ahora quisiera aclarar.


A principios de los años ochenta, camino de Apulia, me detuve en Roma, donde había vivido entre 1975 y 1977. Un amigo italiano, con quien tomaba una copa en la Piazza del Popolo, me habló de una exposición que debía ver a toda costa, en el Capitolio. Su insistencia —debería decir su mandato— convirtió el consejo de un amigo en una señal del destino.

Al día siguiente estaba, pues, en el Capitolio para ver esa exposición cuyo título no había entendido muy bien. Era el nombre de una muerta y de su muñeca, Crepereia Tryphaena, cuya tumba, que databa de la Antigüedad romana, había sido hallada a orillas del Tíber, a finales del siglo XIX.

Ante lo que quedaba de la tumba, ante la admirable muñeca de marfil y su ajuar, tuve una sensación que todos conocemos cuando un sueño quiere mostrarse a la luz del día: un ala nos roza, un pasado turbio resurge bajo la forma de un misterio o de un peso del que deseamos liberarnos.

Me tomó todo el día recuperar ese sueño, que no era de la noche anterior. Estaba ligado a una escena  que me preguntaba si mi padre había vivido realmente: su madre lo habría obligado a llevar en brazos una muñeca, el día de la boda de su padre con otra mujer. La escena ocurría en público, mientras desfilaba el cortejo, y mi padre niño, al acusar así a su progenitor, exhibía su vergüenza ante todo el pueblo.


Publiqué el comienzo de Trois coffrets en enero de 1984, en La Nouvelle Revue Française. Aún no tenía la revista en mis manos cuando, una noche de domingo, ya de noche, cuando empezaba a nevar, una desconocida me llamó por teléfono para citarme en el 113 de la calle Ménilmontant.


Fui, y la desconocida, que se llamaba Julie Xavière, me mostró entonces, tras la ventana de una casa a punto de ser demolida, una muñeca gigante vestida de blanco, como una novia difunta en su féretro de cristal. Fue este episodio el que me proporcionó el desenlace del libro.

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Traducción al castellano del relato «Le secret qui fait écrire», perteneciente al volumen Vies antérieures, suivi de Les trois coffrets. Gérard Macé. Éditions Gallimard, 2022. 


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15 de junio de 2026

Gérard Macé o la amabilidad


Silhouette parlante. Gérard Macé. Éditions Gallimard, 2025

La pensée des poètes. Anthologie. Gérard Macé. Éditions Gallimard, 2021

Con motivo de la traducción de Pensées simples (Pensamientos simples, Shangrila Textos Aparte, 2026), el editor solicitó mi autorización para facilitarle al autor, a través de Éditions Gallimard, mi correo electrónico. Casi inmediatamente, recibí un mensaje de Gérard Macé poniéndose a mi disposición para cualquier duda o aclaración con respecto a la traducción.

A lo largo del trabajo, nos hemos escrito varias veces; algunas, a mi requerimiento, para consultarle aspectos concretos de la traducción; otras para pedirle autorización para añadir notas aclaratorias o el posfacio con que, finalmente, ha aparecido el libro. Pero ha habido también mensajes sin objeto concreto, en que yo le comentaba algunas de mis lecturas de literatura francesa, o él me hacía llegar algún comentario sobre las traducciones de sus libros o sobre su obra en general.

Una vez terminada la traducción, Macé ha tenido la amabilidad de enviarme, dedicados, dos de sus libros: el último aparecido hasta la fecha y una antología de pequeños ensayos dedicados a sus poetas preferidos. Un presente que guardaré, yo, un pobre traductor amateur, como oro en paño en el lugar destacado de mi biblioteca donde atesoro sus libros.

8 de junio de 2026

Gérard Mace: una introducción

 

Gérard Macé par Catherine Hélie. Éditions Gallimard.

«Quisiera que los pensamientos se sucedieran en un libro como los astros en el cielo, con orden, con armonía, pero con comodidad y con intervalos, sin tocarse, sin confundirse; y, sin embargo, sin dejar de seguirse, de concordar, de armonizarse […]. Nada de cohesión demasiado estricta; pero tampoco incoherencia». Pensées, Joseph Joubert.

Gérard Macé (París, 1946) es un autor cuya obra rehúye la clasificación en géneros; aunque él se defina, principalmente, como poeta —no hay que desdeñar la declaración del propio autor: «Lo que me distingue [de otros escritores de su generación como Pierre Bergounioux o Pierre Michon] es, seguramente, mi amor, y mi práctica, de la poesía. Pensava a menudo en Leopardi cuando escribía Pensées simples»—, una mirada al conjunto de su producción obliga a una constante redefinición de esa adscripción porque, si bien títulos como Homère au royaume des morts a les yeux ouverts (2015) pueden considerarse estrictamente como poesía, su primera publicación, Le Jardin des langues (1974), pertenecería a ese impreciso género híbrido llamado prosa poética; además, su obra camina también por otros derroteros: el ensayo narrativizado en Le Dernier des Égyptiens (1988), una biografía de Champolion en forma de novela; la crítica literaria, Je suis l’autre, sur Nerval (2007) y la reciente Et je vous offre le néant (2019), una propuesta de lectura del marqués de Sade más allá del sadismo; el libro de viajes —a menudo combinados con su obra fotográfica—, a China en Leçons de chinois (1981), a Japón en Kyoto: un monde qui ressemble au nôtre (2011), o a África en Le Goût de l’homme (2002); y, finalmente, una obra híbrida entre la anotación, el aforismo —insisto: no moralista— y la epifanía, el destello, en los tres volúmenes de Pensées simples (Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)).

Con tal variedad de registros, hablar del estilo de Macé es poco menos que un atrevimiento para un simple lector, pero tal vez puede considerarse una aproximación el epígrafe de Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III, extraído de Pensées, essais et maximes, de Joseph Joubert: «No me creo capaz para el discurso continuo, como Montaigne»; de hecho, esta frase reúne a dos de los autores cuya traza en Macé es más evidente: Joubert, tal vez el último y menos moralista de los moralistas franceses, y Montaigne, el que decía je dis ce que j’en sens, la frase que expresa mejor la incapacidad para ese «discurso continuo» y el rechazo a cualquier modalidad de sistema.

Sin embargo, es posible rastrear algunos elementos, tanto en la estructura de los escritos como en su contenido que, si bien no llegarían a definir un estilo que se nos escapa de las manos cuando intentamos aprisionarlo, sí que ayudan a identificar algunos trazos distintivos de una obra difícilmente calificable. 

El mismo caso de indefinición —o de imposibilidad de definición— afecta, como se decía anteriormente, al género literario de las obras de Macé; aceptando que la clasificación por géneros es más un argumento editorial que una propiedad distintiva de un texto, el lector se enfrenta a un libro sin puntos de referencia —pero también sin prejuicios—, con lo que debe ser él quien tenga que componerlo; pero no por la geografía de la página —con líneas cortas o notas al pie—, sino en algún otro sitio —por ejemplo, en el efecto que le ha producido la lectura—; será poesía, será ensayo —los dos géneros en los que la decisión editorial ha encuadrado la mayor parte de su obra—, ambos o ninguno, a discreción del lector. Por si sirve de ayuda, el propio Macé ha calificado su obra como «divagaciones»; aunque hay que ser precisos con el sentido que confiera a esta palabra. El Dictionnaire de l’Académie Française registra un uso, en el siglo XVI, en sentido figurado, como «acción de apartarse de aquello a lo que uno debería aferrarse», pero la primera acepción contemporánea es «el hecho de vagar a la aventura». Todo parece indicar que es a este sentido al que se refiere Macé, pero no solo en sus libros de viajes citado anteriormente, sino que llama también así al recurso de recorrer sin determinación el espacio —Italia o Japón—, las biografías —Champolion, Hernán Cortés— y el tiempo —relecturas, recuerdos—, libre y desatado:

«En este relato que voy a retomar a mi vez, no siempre se sabe quién sueña y quién habla, si Keats, Corinna Bille o yo mismo, tanto se mezclan la vida y la muerte, el día y la noche, el sueño y la imaginación». 

En todo caso, contra la rígida sistematización, el concepto de mente a la deriva. El género que más se parece a este tipo de literatura es, sin duda, el ensayo, no en su vertiente erudita, sino en la que acuñó este término Michel de Montaigne —otro partidario de las divagaciones—: la transmisión de saberes adquiridos como fruto de la errancia a través de libros, personas, tiempos, identidades y lugares; la originalidad no está en la invención, sino en el descubrimiento que facilitan las combinaciones. Es una escritura en los márgenes que, a fuerza de individualizarse primero y de combinarse encajándose después, se convierte en escritura principal. Un fragmento será importante no por el lugar en que esté posicionado a priori ni por la centralidad del relato, sea este de la naturaleza que se quiera, sino por su mera existencia y por los vínculos que mantenga con aquellos con los que puede relacionarse.

La primera particularidad que llama la atención es la ya citada configuración textual —habitual en poesía, pero realmente inusual en narrativa— en forma de intervención breve, como si fuera un relato o uno de esos koan de la tradición zen; una intervención que, pese a su brevedad, quiere abarcar la totalidad del discurso propuesto —¿una elipsis?—; no se trata, pues, de fragmentos, un concepto que conlleva una totalidad irrevocable que es tomada solo en parte, sino más bien de totalidades eventuales que irán ajustándose a medida que se relacionan entre sí —un hecho que implica una temporalización, es decir, un proceso que comporta un inicio, un núcleo y una conclusión, siempre provisional, del acto de escribir— y conformarán un texto que, aunque siempre sujeto a revisión —de ahí la utilidad de esas grietas, provocadas por la discontinuidad, un concepto clave en la obra de Macé, que el autor deja entre relato y relato—, se puede tomar como texto definitivo. Por otra parte, aunque no siempre son sinónimos, lo breve, por lo general, y si está bien elaborado, tiene más posibilidades de ser preciso que lo prolijo.

De ahí que una de las características —pues Macé no lo considera una restricción ni un posicionamiento estilístico— generales de su obra sea la sobriedad; en distintos grados, claro, porque no es lo mismo en Le dernier des Égyptiens (1989), tal vez su obra más novelística, si es que se acepta ese adjetivo, que en los tres volúmenes de Pensées simples, escritos a base de pequeñas prosas en las que la narración y la descripción —los fundamentos de la obra narrativa clásica— se utilizan solo para contar hechos colaterales a la redacción, del mismo modo que lo hizo Montaigne, para acabar —insisto en la totalidad de ese discurso aparentemente fragmentario— con esa intervención no conclusiva, acompañada de la duda y la indecisión, que cierra el pasaje.

Porque esas intervenciones nunca pueden surgir de la nada: ahí están los conocimientos, los recuerdos — los recuerdos inciertos y sin localizar exactamente; la mezcla de los recuerdos vividos y los recuerdos leídos y la intrascendente importancia relativa de ninguno de los dos sobre los otros—, en definitiva, la memoria, uno de los pilares sobre los que Macé construye su obra. No una memoria aislada, pura, si es que existe, sino contaminada por dos factores inevitables: el paso del tiempo, que la va ajustando a todos los presentes desde de los cuales la convocamos, y el hecho de convertirla en narrable, el proceso que debe seguir para configurar una historia, es decir, la imaginación, que no es exclusiva de los narradores, sino que también tiene un papel primordial  en la poesía, en el ensayo, en las epifanías. 

Pero esta, la memoria, no es la única fuente que suministra narratividad en la obra de Macé. En un lugar preferente, se encuentra la imaginación, cuya recreación, el proceso que convierte lo imaginativo en real, toma prestados los recursos del género narrativo: los hechos, el tiempo y el espacio; pero también utiliza, explorando y rellenando las grietas existentes en los géneros, las ciencias sociales y, en particular, la etnología —las tradiciones orales de África—, las memorias de viajes —los usos y costumbre de Japón— o la biografía —Champolion intentando descrifrar la escritura jeroglífica—.

No se trata, en realidad, de una nueva narratividad, sino de explorar los límites de la que empezó en Homero o en las epopeyas clásicas orientales y darle un nuevo aire en el que los tres componentes antes mencionados —hechos, tiempo y espacio— ya no determinan el relato porque los elementos puestos en juego son, precisamente, los que rompen la linealidad de esa narración: la digresión, que en algunos textos llega a constituir la forma preminente; la elipsis, que es la forma en la que el narrador —si se puede llamar así, aunque sea por convención— interviene, por defecto, en la supuesta línea argumental; y la analogía, de la que se sirve para transportarse de un tema a otro que no tienen por qué concluir ni estar unidos por relaciones causales: no se trata de un relato descompuesto en fragmentos, sino de fragmentos que tomados así, aisladamente, componen un relato. El resultado de estas modificaciones es, a menudo, la imposibilidad de seguir el hilo de la narración y que el lector, que es quien debe descubrir —o, a menudo, construir— los vínculos, parezca perdido en el laberinto que ha planteado el autor y en el que también, él mismo, parece haberse extraviado; la razón es que la tarea que ha emprendido no es la de Teseo, sino la de Dédalo: lo que importa es el planteamiento del enigma, sea en forma de detalle insignificante o de seguimiento de una civilización desaparecida; su resolución —en la que se basa la novela clásica— es irrelevante.

Contra la escritura dirigida, planificada, intencional, que intenta abarcar todo aquello que se le ofrece a la vista y explorar todos los desvíos con los que se encuentra aunque sin apartarse jamás de su objetivo, la escritura errante, indecisa, alerta también a los caminos laterales, tanto, que la dirección tomada en un principio puede ser abandonada en cualquier momento para virar hacia aquella bifurcación que se presume sugerente. Pero siempre bajo el supuesto de no revelar el secreto que aquella conlleva en su totalidad: ante la necesidad de decirlo todo —o de decirlo todo, como en la autoficción, de no dejar nada en la sombra ni en la duda, de la transparencia total, de la autoconfesión completa—, dejar pequeños núcleos resistentes a la narración, y que sea el lector quien los descubra; si debe haber una última palabra, que sea el lector el que la pronuncie; el texto puede contener un secreto, contenido en el lenguaje, ese generador de malentendidos, siempre sujeto a interpretación y decodificación, tan preciso a veces, tan ambiguo otras, tan accesible pero tan inasible, que Macé no desvelará y que el lector, a su vez, no tiene por qué descubrir: solamente debe apercibirse de su existencia. No existen en Macé las obras cerradas, aquellas en las que el lector es informado de la totalidad del trayecto; al contrario, el autor puede llevarnos de la mano describiendo el itinerario para, sin dejar de caminar, abrir una digresión relativa a un recuerdo propio o a una costumbre de una tribu perdida de la sabana africana, y que este excurso, que nunca será accidental, modifique definitivamente el destino —si es que lo hubiere; esa búsqueda de un destino predeterminado desde la primera palabra del texto está, casi siempre, más en la cabeza del lector que en la intención del autor— hacia el que se dirigía. 

Macé huye de la concepción del escritor como constructor o propietario de universos ficcionales; si acaso, más que arquitecto de una estructura ficcional, su papel es el del albañil rehabilitador de una construcción que debe ajustarse a un cambio de uso. Para esa tarea, no dispone de flamantes objetos de nuevo cuño, sino que utiliza materiales de deshecho —incluida la memoria— para darles una nueva vida —la referencia a las esculturas de Pierre Bergounioux es deliberada—.

Esa labor que Macé deja en manos del lector revela que el autor, a diferencia de los novelistas, no es un demiurgo que crea y armoniza universos mediante la ficción ni el propietario por delegación de un mundo en el que el más mínimo movimiento está bajo su gobierno, sino el detonador que reactiva la memoria que permite acceder a ese recuerdo enterrado por el tiempo —la sombra de Marcel Proust es alargada; el propio Macé confiesa que la Recherche fue su mayor experiencia como lector—, el descubridor de los enlaces ocultos que unen los elementos más manifiestos. El escritor no inventa nada nuevo, sino que enseña a reutilizar, mediante su renovación, aquellos elementos concebidos para otros fines. Sirva como ejemplo la anécdota relatada en Pensées simples

«[…] en el curso de un congreso que reunía a africanos y europeos, cada cual intentaba hacer comprender al otro su método de razonamiento. Un europeo puso como ejemplo un silogismo: “Todo hombre es mortal, yo soy un hombre, por tanto soy mortal”. A lo que un africano replicó, en el mismo tono: “Llueve y hace sol al mismo tiempo: la elefanta va a dar a luz”».

Esa actitud múltiple sobre la narración se ha identificado con la palabra colporteur —en su origen, el vendedor que recorre pueblos y ciudades con libros, estampas o almanaques bajo el brazo; un intermediario, un mediador; en todo caso, un concepto que implica, siguiendo el rastro del libro que Jean Starobinski dedicó a Michel de Montaige, un saber en movimiento—, término que elijo traducir como colportor —poco usual en español,  pero documentado, también en contextos no religiosos— y, para mantener la coherencia léxica, traducir colportage —el ejercicio de transmisión— como colportaje. Gérard Macé convierte esta figura en una metáfora de la literatura misma: el colporteur no solo comercia, sino que transporta relatos, memorias, fragmentos de saber, palabras que pasan de mano en mano; un cometido humilde pero ilustrado que da forma a su escritura.

Macé apuesta, se diría que humildemente, por el destierro de la arrogancia que suele provocar la erudición —convertida en un saber fósil— en beneficio del detalle insólito, de la alusión marginal, del saber circunstancial, del elemento ínfimo que se limita a ofrecer la referencia exacta —Macé es un escritor humilde que jamás reivindica la autoridad—; también por la desconsideración de la vida heroica en beneficio de las vidas minúsculas —la mención a Pierre Michon también es deliberada—; en definitiva, rechazo de la novelización tradicional en beneficio de lo que podría ser su origen o su fuente de inspiración para una novela tradicional, cuya formulación, si acaso, deja, de nuevo, en manos de un lector, al que no se le ofrece la posibilidad de ser pasivo; y rechazo del sistema, cerrado, autófago, autosuficiente, en beneficio del acercamiento desprejuiciado, lateral, inconexo, pero libre y permanentemente inconcluso. 

Tan inútil es buscar el origen —lo mismo de la civilización que de un objeto insustancial— y la primera verdad como intentar pronunciar la última palabra y hallar la verdad de verdades: siempre se puede rastrear un origen anterior a ese que creíamos originario y siempre aparecerá una verdad, tal vez complementaria, detrás de la verdad que tomamos por absoluta. Es el dominio de los puntos suspensivos, incluso de la incertidumbre, en lugar del ámbito del punto final, de la conclusión. Aquel remate continuo mantiene al lector, pendiente del ¿qué pasará después?, la pregunta-trampa de las novelas tolerables, con la vista fijada en el texto: la totalidad de su mundo está representada en la siguiente línea. La suspensión, en cambio, provoca una conducta contraria: el lector se ve obligado a detener la lectura porque debe rellenar el vacío que le impone el autor, y a levantar la cabeza, con lo que el tiempo de la lectura queda suspendido, para, por ejemplo, explorar el significado de aquello que acaba de leer, presagiar lo que leerá a continuación o buscar analogías entre la lectura y su propia experiencia. No hay planteamiento, nudo y desenlace; es una literatura, parafraseando a Blaise Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

En tanto que literatura comprometida estrechamente con la memoria, sus fuentes se localizan, además de en las lecturas —que siempre son relecturas— y en los tiempos transcurridos, en las aportaciones de las ciencias no relacionadas directamente con el presente, principalmente la arqueología y la etnología —incluso la antropología, y no solo como ciencia, sino también como singularidad: la curiosidad antropológica—, de nuevo, no por las aportaciones que presenta la investigación ni a través del despliegue de conocimientos adquiridos mediante el estudio exhautivo, sino por la puesta en escena de las diferencias observadas entre los individuos y las comunidades entre sí y con respecto a nosotros mismos antes de que todos, ellos y nosotros, hayamos desaparecido. Todas las civilizaciones conocidas han llegado a experimentar, mediante la escritura u oralmente, con la magia del relato; por tanto, ese hecho de contar debe satisfacer unas necesidades que, con independencia de su naturaleza, deben ser comunes a todas ellas; lo que pretende Macé ante ese enigma es poner de manifiesto, con una mirada en la que la exactitud tiene tanto papel como la humildad, aquello que las une, aquello que tienen en común, aquello que, más allá de las diferencias intrínsecas, las unificaría como manifestación universal, y que debe estar más del lado de lo imaginario que de lo real.

4 de junio de 2026

A oscuras. Una reflexión (o dos)



Debe ser una faena que tu primera novela, publicada cuando cuentas veitiséis años, sea V; peor todavía cuando, después del paréntesis que supuso La subasta del lote 49 (1966), alcances, a los treinta y seis, el Olimpo literario con El arcoíris de gravedad (1973), y que a este le sigan, por este orden, Vineland (1990), Mason & Dixon (1997) y A contraluz (2006). Y pienso que es una faena porque, a partir de ahí, no cabe más que declinar. Sí, de acuerdo, Vicio propio (2009) es una buena novela y Al límite (2013) también, pero están muy lejos, tanto en ambición como en logros, de las tres novelas de la década de 1990 (a las que puede añadirse la de 2006, pero unos pasos por detrás).

A oscuras (Shadow Ticket, 2025, traducción de Vicente Campos para Tusquets en 2026) se incluye, con pesar de los lectores del Pynchon desmesurado, el Pynchon auténtico, en este último grupo; y cuando la calificación como obra maestra ha perdido todo su sentido al ser adjudicada por la crítica a verdaderas chapuzas, es una exageración que menoscaba no ya la evaluación de los libros con respecto a los que esa calificación es merecida, sino también a las obras mayores del propio Pynchon. 

Insisto en que A oscuras es, en comparación con la inmensa mayoría de novelas publicadas digamos el último año, una buena novela (igual que Punto Omega o El silencio, igual que indignación y Némesis), pero no es una buena novela de Thomas Pynchon; aunque, tal vez, sea más asequible que El arcoíris de gravedad, ni es una masterpiece ni un atajo para acceder a la obra del neoyorquino ausente. El verdadero Pynchon está en las obras citadas; aquí, solo hay un Pynchon cansado, tal vez de mantener el mito, o en alarmante baja forma.