En el Museo de Reims. Daniele del Giudice. Días Comntados, 2023
Prefacio y traducción de J. Á. González Sainz
«Empecé a amar la pintura desde el momento en que supe que me iba a quedar ciego».
Barnaba, un joven italiano, se está quedando gradualmente ciego: pierde la visión de lejos, de los colores, que se confunden en una niebla espesa y blanquecina, como antesala a una inminente ceguera total; ante esa condena a fecha fija, decide que quiere dedicar sus últimos momentos de acceso a la luz a ver, visitando los museos adecuados, una serie de cuadros escogidos, como si quisiera acumular imágenes para poder asociarlas a otras sensaciones y evocarlas cuando ya no pueda ver nada. Ese periplo, que se concentra en la pinacoteca de Reims para ver, en particular, el Marat assassiné, de Jacques Louis David, es el que se relata en En el Museo de Reims (Nel Museo di Reims, 1988).
En ese viaje Barnaba es asistido por Anne, una joven con la que coincide en una de las salas, estableciéndose un diálogo a través del cual avanza el relato, que también completa las imágenes que Barnaba ya no alcanza a ver, o las inventa, sin más motivo que complacerle: él no ve lo que hay en el cuadro mientras que ella ve lo que no hay, y no importa cuál es la verdad porque la verdad del cuadro, la verdad de Anne y la verdad de Barnaba no tienen por qué coincidir ni ninguna tiene preponderancia sobre las otras; la verdadera importancia reside en la cita ante cada cuadro con esos tres elementos en diálogo: Barnaba, Anne y la propia pintura, interrelacionándose, interrogándose, increpándose, complementándose.
Anne no es solamente sus ojos, sino también quien teje las historias que cuentan los cuadros, los detalles imperceptibles y aquello que el pintor debería haber representado y no lo hizo; la historia que convierte cada cuadro en una obra que solo Barnaba, a pesar de su incipiente ceguera, puede ver.
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