2 de febrero de 2022

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Acababan de dar las 7 de la mañana cuando la joven librera llegó a la estación, al mismo tiempo que estacionaba el expreso Dijon-Paris; se dirigió hacia la cabecera del tren, buscó 
al maquinista, se identificó, y le fue entregado un paquete con dos libros, remitido por la Imprenta Darantière. Sin perder un momento, cogió un taxi, le dio al taxista la dirección y, 10 minutos más tarde, dejaba un ejemplar en la casa del escritor. Después, con el otro ejemplar, se dirigió a su librería, en la calle del Odéon, 12; a las 9 de la mañana, hora de apertura, la tienda estaba llena de gente, y así permaneció hasta la hora del cierre debido a la espectación generada por el libro. Terminaba así una odisea que había empezado en 1906, en Roma, había cruzado media Europa, y había recalado en París; atrás quedaban las dificultades económicas, los problemas de salud y, con referencia al libro, los
inconvenientes de la financiación de la publicación, los plazos de impresión, las constantes
revisiones de las galeradas y la búsqueda ese indefinible pero concreto color azul que el autor quería ver en la portada. Era el día 2 de febrero de 1922, jueves, y Miss Sylvia Beach, propietaria de la librería Shakespeare and Co. y editora del texto, había conseguido que el Ulises fuera una realidad precisamente ese día, cuadragésimo aniversario de James Joyce.

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