4 de mayo de 2018

Levantar la mano sobre uno mismo X. Tractatus Logico-Suicidalis

Tractatus Logico-Suicidalis. Hermann Burger. Editorial Pre-Textos, 2017
Traducción, epílogo y notas de Andreas Lampert 
Hermann Burger, poeta, novelista y ensayista suizo, se suicidó mediante una sobredosis de barbitúricos el 28 de febrero de 1989 en el castillo de Brunegg.
"1. No existe la muerte natural."
Tractatus Logico-suicidalis. Matarse uno mismo (Tractatus logico-suicidalis. Über die Selbsttötung, 1988) es, según su prólogo, un documento apócrifo, estructurado a semejanza del Tractatus Logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein en epígrafes numerados aunque no anidados, descubierto cuando se buscó información acerca de un supuesto suicida, que cae a manos de sus conciudadanos, una pequeña comunidad rural situada entre las montañas suizas. Después de que los miembros notables de la aldea agotaran las posibilidades de encontrar al suicida, este aparece, y bien vivo, en un restaurante de la localidad. Se trata de un individuo llamado Hermann Burger, que está redactando un escolio a su texto principal y que, por lo que parece, no tiene ni la más remota intención de quitarse la vida.

El significado que pueda tener este prólogo en el que un narrador anónimo nos informa acerca de esos hechos, el que el autor del documento se llame Hermann Burger, y que el Burger real, después de años padeciendo transtornos psíquicos, diera fin a su vida, parece señalar un camino tan evidente como improbable: burlarse del suicidio y del propio suicida no es un proceder común de quien piensa quitarse la vida; si acaso, ese enfoque, cuyo hiperbolismo puede llegar a convertir en cómico, actuará como antídoto -nadie confiesa moverse por razones absurdas- para una afección -o tentación- ante la que uno no está seguro de poder evadirse.

El texto en sí, organizado no tanto mediante consecuencias lógicas que conducen, de forma racional, a la inevitabilidad de la muerte -es decir, no busca la concatenación de excusas exculpatorias del peor crimen existente-, recorre las huellas de la experiencia, propia y ajena, para establecer un verdadero manual de uso del suicidio.
"41. La meta de toda vida es la muerte, la vida es la muerte vestida de bufón, lo inanimado estuvo ahí como algo animado, la pulsión de muerte aspira a una restitución de lo arcaico."
Al no existir la muerte natural, toda vida no es más que un recorrido, más o menos largo, hacia la muerte.

La fatalidad -fatum, destino- es la corriente ineluctable en la que nos sumerge el nacimiento, después del cual solo nos queda dejarnos llevar; nadar a contracorriente, que significaría retroceder hacia el nacimiento, es, pues, una ficción a la que no debemos rendirnos ya que su única utilidad es otorgar esperanza donde esta no es posible.
"53. La partida de nacimiento del lactante es, al mismo tiempo, su certificado de defunción. La vida inscribe en su rúbrica vacía un número de años que se encogen hasta formar una nada a la vista del infinito."
El documento sostiene una tesis: el suicidio tiene mala consideración -y se considera al suicidante como pecador o como delincuente- porque la sociedad no puede penetrar en la mente del suicida ni imponer sus normas al hecho en sí, que al depender de una voluntad individual, es irregulable.

Esa expulsión del seno de la sociedad -"política de apartheid" llama Burger a la conducta de los exhibicionistas vitales con respecto a los suicidas- es inefable: la descalificación de todo aquello que tiene que ver con la muerte por propia mano abraza desde que un individuo se plantea la acción, poniendo en duda su capacidad intelectual -aún hoy el suicidio se considera consecuencia de un desequilibrio mental-, hasta el propio hecho consumado, considerado pecado por las religiones y criminal por la justicia laica; desconsideración que alcanza, incluso, a los estudios sobre el tema y, por supuesto, a sus apólogos.
"137. Las desconsoladoras chapuzas de los nuestros y los psiquiatras solo pueden verse como un grave insulto. Tenemos que prohibirle a toda esa pandilla, del modo más estricto, inmiscuirse en nuestra muerte."
Cuando el suicida ha tomado su decisión, cualquier intento de hacerle desistir es inmiscuirse en su privacidad, intentar doblar una voluntad que se ha manifestado, influir en una conciencia que ha tomado una decisión cuyo defecto es que no coincide con la del supuesto salvador. Para un allegado, se trata de un acto que pone en evidencia su capacidad empática; para el aparado del Estado, un acto ilícito que cuestiona su capacidad de control; para el estamento sanitario, un acto irracional que desenmascara su incompetencia profesional.
"243. Frente a la amenaza nuclear y ecológica que se cierne sobre el mundo, la del omnicidio inminente, la solución del suicida es un acto artístico-revolucionsrio: él anticipa -pars pro toto y pro mortología- lo que, con toda probabilidad, habrá de consumarse, más tarde o más temprano, a nivel global. En ello le lleva un decisivo paso por delante del sano incurable apegado a la existencia."
Burger lleva a cabo una detallada enumeración de los métodos de suicidio químico, sus pros y contras, las dosis necesarias, los efectos con gran detalle de su administración y los distintos trucos para lograr éxito en el intento. Entre esos métodos se encuentra, con profusión de detalles, el que él mismo utilizó para acabar con su vida.

El modo de morir es una cuestión de estilo que jamás debe soslayarse; existe un método para cada persona, adecuado a su vida, que debe seguirse si se quiere conservar la fama del suicida y no convertirse, de cara a la posteridad, en un despreciable muerto más.
"295. La vida no es el más preciado de los bienes: el más preciado es la obra, porque suprime y sobrevive a los azares de la existencia en un sentido hegeliano."
Siguiendo a Cioran, el suicidio no es una predisposición sino una predestinación, un signo fatídico, una marca de Caín imborrable, inscrita en lo más hondo de la conciencia de la víctima.

Contra la creencia común de que el suicidio es fruto de la impulsividad y de un momento de enajenación mental, Burger defiende la existencia de una cadena lógica, de duración variable, cuya conclusión, debidamente cuestionada y reflexionada, es la muerte por propia mano. De hecho, este Tractatus sería la plasmación de una de esas cadenas lógicas -"a partir de criterios científico-filosóficos"-, la suya, cuyo recorrido no tiene por qué ser válido para otros sujetos: el camino hacia el fin es personal e intransferible, por más que todos lleven al mismo destino.
"932. No es necesario que nos matemos, antes deberíamos matar nuestras teorías, diría un optimista incorregible. El Tractatus logico-suicidalis no es, en sentido estricto, una teoría. Una teoría siempre es transferible a otros casos. Nuestro Tractatus es la fundamentación única de un suicidio único."
En definitiva, de lo que se trata es de escribir sobre la muerte para escapar de la muerte, como forma de detenerla -ya que no de vencerla-, de alargar el plazo para, al final, cuando la estrategia dilatoria ya es inútil, sucumbir al abrazo de la vieja amiga con la conciencia del deber cumplido.
"Muero, luego existo."
Agradecido con sus precursores, Burger mantiene un, a veces fluido a veces no tanto, diálogo permanente con algunos de los que le precedieron en la teorización del suicidio; entre ellos, Jean Améry, con respeto pero de forma crítica y la admiración de quien tuvo el genio de redactar el primer Tractatus, el precursor de la sistemática del suicidio; Elisabeth Kübler-Ros, con ironía y suficiencia;  Freud, con sarcasmo y cuestionamiento; Ludwig Wittgenstein, con reconocimiento y consideración;  Thomas Bernhard, con cortesía pero con condescendencia; George Trakl, con veneración y vasallaje;  Cioran, con satisfacción, respeto y agradecimiento, a pesar de algún leve desacuerdo, del alumno hacia el maestro; Von Kleist, con respeto por la claridad de su escritura y la lógica de sus razonamientos; Kafka, con encomio por su literatura mortológica; Houdini, con respeto por su juego constante con la muerte; y Albert Camus, con la admiración debida a quien teorizó de manera definitiva sobre el suicidio como solución plausible al enigma de la existencia.

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