5 de mayo de 2017

Armand

Armand. Emmanuel Bove. Hermida Editores, 2017
Traducción de María teresa Gallego Urrutia y Amaya García gallego
"Con un cigarrillo, que humeaba por ambos lados, entre los dedos, y la nuca abrigada con el cuello levantado del gabán, yo miraba a los transeúntes. Era una de las distracciones de mi padre. Desde que murió, libre del temor de que me sorprendiera imitándolo, me dedico meticulosamente y sin gran afición a observar cómo va y viene la gente y a recrearme en el contraste de sus fisonomías."
Armand (Armand, 1927) narra algunos episodios de la vida del personaje que da nombre al texto, un joven que ha disfrutado de un cambio de fortuna favorable. De resultas del reencuentro casual con un viejo amigo de sus tiempos de necesidad, y a medias deseoso de mostrarle su nuevo estatus, aunque también como pago penitencial como si ese cambio le avergonzara, reanuda su relación con Lucien, ese desafortunado compadre, por más que ese regreso al pasado conlleve el recuerdo desagradable, considerado desde su nueva situación, de la persona que había sido antes.

Un almuerzo en casa de Armand -de hecho, la casa de su pareja, que le mantiene- al que es invitado Lucien más por caridad que por amistad, pone en evidencia las diferencias que se han alzado entre ambos: la condescendiente superioridad con que le trata Armand es contestada por esa especie de autenticidad que puede aducir Lucien, como si el hecho de no haber progresado ni económica ni socialmente hubiera sido fruto de una decisión voluntaria y no de no haber sabido encontrar su oportunidad; un duelo de personajes en busca de afirmarse en un rol que no les pertenece y del que ninguno de los dos, ante la presencia del otro, se siente satisfecho; y todo bajo la atónita mirada de Jeanne, la compañera y responsable del cambio de fortuna del protagonista, que es incapaz de comprender la antigua y estrecha amistad entre ambos hombres. La paradoja no es que Lucien se encuentre desubicado en la aparente opulencia de su compadre, así considerada desde su precaria situación económica, y de un hogar por lo demás bastante común, sino que su presencia, en razón del pasado compartido, provoca la incomodidad de Armand en su propia casa.

Pero la verdaders revelación para Armand tiene lugar al día siguiente, cuando devuelve la visita a su amigo en la mísera buhardilla en la que malvive. 
"Andaba deprisa. Me gusta ir a casa de un amigo, entrar en la intimidad de un cuarto, adivinar para qué valen las cosas y por qué razones están donde están."
Es allí, enfrentado a la precariedad de Lucien, y que también fue la suya, donde es consciente de lo que perdió en el camino de su ascenso. Sea por un extraño exceso de empatía, sea por la conciencia de la pérdida en términos de fidelidad consigo mismo, Armand se descubre añorando esa época de necesidad. Pero ese regreso, tan deseado como temido, en inviable; en parte, porque Lucien, que sospecha de sus intenciones, se niega a asistirle, pero también porque esa vuelta atrás, caso de intentarse, no puede materializarse desandando el camino que se recorrió al huir.

Cuando alguien por quien sentimos compasión se muestra feliz es que no hemos entendido la realidad de su situación o porque nuestra idea de felicidad no coincide con la suya. En estas ocasiones, la compasión puede parecer un insulto, y quedamos a la merced de la comprensión del otro.
"Estaba en medio de la habitación. Cuando no sé a qué dedicarme, me quedo siempre en medio de una habitación, para estar a la misma distancia de las ocupaciones que podrían venírseme a la cabeza."
El estigma del perdedor se ha explotado, también literariamente, hasta la saciedad para ensalzar cierto carácter heroico con que se le ha asociado: el héroe que sucumbe ante adversidades invencibles es un tropo reconocible desde la Antigüedad clásica que el Romanticismo recogió y elevó a los altares. Los personajes de Bove, los perdedores modernos, no se sostienen sobre ninguna épica, son perdedores porque ni son capaces de convivir con el éxito ni saben aprovecharse de las circunstancias cuando, casi siempre por azar, se ponen a su favor; y ahí quedan, en una especie de purgatorio, confortados por un mundo que conocen y en el que se reconocen, y dejando para los héroes los trabajos de más enjundia.

"Me gusta verme en una elevación, ante un espacio muy abierto. Necesito a veces que me llegue la vista tan lejos como me lo permitan los ojos, ver hasta dónde llega el aire que respiro. Las penas se vuelven menos grandes. Se confunden poco a poco con las de todos cuantos me rodean. Ya no sufro solo. Pensar que en una de esas casas que se extienden hasta el horizonte vive un hombre que a lo mejor se me parece me resulta reconfortante. El mundo me parece entonces menos lejano y sus alegrías y sus dolores más hondos y más seguidos."
Cuando a la literatura se la libra de lo superfluo -éste no es un criterio valorativo, lo superfluo pude ser maravillosamente literario, considérese en su defensa monumentos como Ana Karenina o La montaña mágica, por dar dos ejemplos paradigmáticos-, aparece Robert Walser. O Emmanuel Bove.

Calificación: ****/*****

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