4 de marzo de 2016

El animal moribundo

El animal moribundo. Philip Roth. Penguin Random House, 2008
Traducción de Jordi Fibla
"El tiempo pasa. El tiempo pasa."
Pretender a estas alturas redactar algunas notas sobre una novela de Philip Roth, seguramente uno de los mejores novelistas norteamericanos vivos, es un cometido que corresponde a críticos literarios curtidos con mayor experiencia e infinitos conocimientos de literatura comparada que este simple lector; sin embargo, teniendo en cuenta que cada uno de sus libros es una piedra más que completa una obra literaria superlativa, a la altura de los mejores novelistas de todos los tiempos, y que tengo el compromiso conmigo mismo de dejar constancia, aunque de forma poco más que enumerativamente, de todos los libros de ficción leídos, he aquí esta "Fe de Lectura" de una de las novelas de la última etapa productiva de Roth.

David Kepesh, un viejo conocido de los lectores del norteamericano, protagonista con anterioridad de El pecho (The Breast, 1972) y El profesor del deseo (The Professor of Desire, 1977), es en El animal moribundo (The Dying Animal, 2001) un exprofesor universitario que adquirió fama gracias a sus críticas del mundo cultural en la televisión nacional, y que relata a un interlocutor que no nombra, en primera persona, a los setenta años de edad, la aventura que sostuvo a los sesenta y dos con Consuelo Castillo, una chica de veinticuatro, alumna de su clase en la Universidad.

Kepesh ya fue suficientemente caracterizado en las dos novelas anteriores citadas, pero la cuestión de la edad ofrece a Roth la posibilidad de dar otro giro a la tuerca del mujeriego. 
"La gran broma que te gasta la biología es que llegas a la intimidad antes de saber nada de la otra persona. En el momento inicial lo comprendes todo. Al principio cada uno se siente atraído por la superficie del otro, pero también intuye la dimensión total. Y la atracción no tiene que ser equivalente: a ella le atrae una cosa, a ti otra. Es superficie, es curiosidad, pero entonces, zas, la dimensión."
Kepesh, a los setenta, ya no parece solamente el seductor culto o el conquistador ilustrado; sigue siendo cínico, sexista y ultrahedonista, pero la edad lo ha convertido en un depredador, un pecador confeso pero, a diferencia de multitud de personajes literarios, no redimido; como si la llegada de la madurez intelectual llevara consigo, como compensación o como castigo, la regresión emocional hacia la adolescencia. Obviamente, la rigidez y exigencia con que trata a los demás se convierte en indulgencia cuando de quien se trata es de sí mismo.
"Y el placer es nuestro tema. Cómo ser serio durante toda una vida con respecto a tus modestos placeres privados."
¿Qué le sucede a Kepesh? ¿Por qué se ha exacerbado hasta este extremo su deseo sexual? Kepesh es consciente de que se acercando a la muerte, y hablar y practicar sexo es una manera de rehuir la verdadera preocupación, la vejez, la decadencia: asustar a la muerte follando.
"La corrupción no es el sexo, sino todo lo demás. El sexo es sólo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte."
El animal moribundo no resiste, porque la trasciende, como la mayor parte de la obra de Roth, la lectura ideológica, ni desde el pseudo-paradigma de la "corrección política" ni desde cualquiera de los -ismos con que nos ha castigado la segunda mitad del siglo XX. Es cierto que algunas descripciones tienen un nivel de explicitud no apto para pieles sensibles, pero no es pornografía lo que contienen sino la descripción de ciertas prácticas sexuales con el lenguaje específico de los manuales de electrodomésticos; como dice el propio Kepesh, "me estoy poniendo un poco técnico."

Cuanto mayor es el prejuicio, individual pero también social, mayor es la posibilidad de que los hechos o las opiniones expuestos en una obra de ficción no se sepan distinguir de los ocurridos o expresados en el mundo real. Una sociedad sobreexpuesta acríticamente, cuando no tendenciosamente, a, por ejemplo, información sobre casos de pederastia, desarrollará una sensibilidad exacerbada e irracional hacia ese hecho concreto que acabará generando un prejuicio hacia aquellos sucesos que puedan ser encuadrados en esa calificación, tendiendo a adjudicar carácter delictivo a situaciones completamente ajenas al delito, entre las cuales, frecuentemente, se encuentran las obras de ficción.

Prejuicios aparte, se trata de una obra de una potencia extraordinaria, un acercamiento a la vejez y a la decrepitud -lei motiv de las últimas obras del autor- a la vez franco y cínico, y es en esa combinación donde reside su grandeza literaria. No es una de sus obras mayores -probablemente no alcance la excelencia de Pastoral Americana, El teatro de Sabbath o Goodbye, Columbus, pero es Roth cien por cien, con todo lo que esto conlleva.

Calificación: ****/*****
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