30 de septiembre de 2015

Lecturas de septiembre

Un paraguas. Will Self. Ediciones Siruela, 2015
Traducción de Daniel Gascón
Un psiquiatra retirado recuerda la época en que conoció a una paciente aquejada de encefalitis, al mismo tiempo que ésta, súbitamente despertada de un sueño de más de cincuenta años,  se remonta a su pasado, en plena I Guerra Mundial. Esa mezcla caótica de recuerdos pertenecientes a diferentes épocas pero ligados por un denominador común provocan un continuo extrañamiento en el lector, que debe esperar que vaya transcurriendo la acción para situarse. La omnipresente presencia de citas, canciones y otras expresiones ajenas a la escena acentúan ese extrañamiento, pero dotan a la novela de un ritmo peculiar que, una vez asumido, es altamente adictivo. Un paraguas es mucho más que una "novela de hospital": literariamente, es un experimento formal de profunda complejidad en el que la trama y sus diversas direcciones se acoplan por acumulación, pero también un complicado rompecabezas que obliga al lector a establecerse en una permanente alerta para poder seguir las andanzas de sus diversos protagonistas con un ritmo repetitivo y continuo de prolongadas descripciones, flujos de conciencia -recuerdos en primera persona- y fragmentos que se encabalgan indistinguiblemente unos sobre otros. Un paraguas es una novela exigente, para estómagos curtidos, ante la que este lector recomienda dejarse llevar por el ritmo de la prosa de Self, recorrer la mente de Audrey y correr con la de Zack, buscar los escasos puntos de luz que revelan el intrincado y zigzagueante camino, sortear las trampas, parar, retroceder y acometer el desafío hasta no-se-sabe-dónde, pero avanzar, avanzar, avanzar. Una propuesta altamente estimulante.
Reseña completa en: http://jediscequejensens.blogspot.com.es/2015/09/un-paraguas.html
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Casanova y la mujer sin rostro. Olivier Barde-Cabuçon. Siruela, 2014
Traducción de Teresa Clavel
Luis XV, la marquesa de Pompadour, Giacomo Casanova, el conde de Saint-Germain y una multitud de personajes secundarios aspirantes a papeles principales; París, Versalles, el Parque de los Ciervos, el Châtelet y los barrios más espeluznantes; un asesinato sospechosamente ritual -una joven a la que se ha arrancado la piel del rostro- y otro que le sigue, parecido pero no idéntico, aparentemente sin ninguna conexión. Estos son los hilos que deberá desenredar el caballero de Volnay, "comisario de las muertes extrañas", con la ayuda de un monje hereje entusiasmado por la ciencia y de una de las conquistas del propio monarca, procurando no desvelar ninguna de las múltiples intrigas palaciegas, no contravenir en demasía las órdenes de sus superiores, y mantener las buenas relaciones con las altas jerarquías monárquicas.
No soy un buen lector de novela negra, no sé apreciar los tópicos del género ni la sutileza de las tramas; de hecho, me gusta leer literatura policíaca -igual que de misterio o de ciencia ficción- para reposar de lecturas más complejas, a menudo tediosas, siempre absorbentes; es decir, me gusta como lectura de puro entretenimiento. En este caso, la trama me ha parecido original y, confesando mi francofilia y mi incondicional admiración por el Siglo de las Luces, tengo que reconocer que me he divertido un montón con las andanzas de ese extraño comisario entre los vericuetos de la a la vez galante y corrupta época terminal de la monarquía borbónica en Francia.
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Textos sobre el postmodernismo. John Barth. Universidad de León, 2000
Introducción y notas de Cristina Garrigós
Barth, para algunos autor de una novela que inauguró una corriente literaria y apóstol del maximalismo, ha escrito varios artículos y dictado algunas conferencias relativas a su trabajo; esta edición del Servicio de Publicaciones de la Universidad de León recoge las más significativas; no se trata tanto de textos programáticos ni de justificaciones estilísticas sino de una visión de la propia obra a posteriori, es decir, analizando lo que ha escrito y destacando de ello lo que podría responder a una intención común a toda ella; con todas las prevenciones que un ejercicio tal debe contener, es decir, intentando escapar de la confusión entre representación y realidad, teniendo en cuenta que una cosa es el mapa y otra muy distinta es el territorio que cartografía.
"El escritor individual extraordinario, la obra individual extraordinaria, eso es lo que importa."
Leer un libro de John Barth sobre el postmodernismo -o, como prefiere él que se escriba, Postmodernismo, para distinguirlo del resto de postmodernismos históricos; en cuanto al guión, manifiesta que le es indiferente- en lugar de leer lo que tenga que decir un crítico literario es como leer un libro de cocina escrito por un cocinero antes que uno redactado por un crítico gastronómico: es la visión desde el interior, una perspectiva del proceso en lugar del resultado; a pesar de que el propio Barth reconoce la dificultad de definir una corriente artística ante la aparente facilidad de adscribir una obra a esa misma corriente, así como la imposibilidad práctica de datar su nacimiento y, si es el caso, su muerte.
Un libro esclarecedor, lejos de los miasmas de los -ismos y de las interpretaciones críticas y cercano a esa vara de medir por la que aboga Compagnon: el sentido común.
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Ideas ajenas. Simon Leys. Confluencias, 2015
Traducción de Teresa Lanero
La tradición atribuye a Bernardo de Chartres la sentencia "somos como enanos a hombros de gigantes" como forma poética de reconocer la contribución del genio para el progreso de las ideas desde la agradecida modestia de quien solamente puede reconocerse como epígono. Ideas ajenas (Les idées des autres, 2005) es el homenaje del belga Pierre Ryckmans (nombre de pluma: Simon Leys) a esos gigantes: o nos despojamos de la cultura, como proponía Oscar Wilde, o asumimos nuestra insignificancia dejando que otros más capaces, más inspirados y más profundos, expresen esas ideas con cuya autoría podemos especular como si fuera nuestra. Y la elección que hacemos, la asunción, no expresa ni nuestra inspiración ni nuestra erudición más que nuestros gustos y nuestra personalidad: es la posibilidad de vernos reflejados en un espejo ajeno, cuya imagen debemos despejar para reconocernos pero que, a pesar de ello, resulta más fiel que cualquier retrato que pudiéramos confeccionar nosotros mismos, es la mirada ajena que nos define con más precisión que la propia; y propone, además, un juego paratextual: averiguar no la razón individual de la inclusión de cada una de las citas sino el por qué se ha escogido éstas y no otras. En cuanto a la elección, abundan los grandes aforistas: La Bruyère, Rivarol, Chamfort, el Príncipe de Ligne, Thoreau, Cioran y Lichtenberg; pero también escritores en general, autores de Diarios y biografías, con los que Leys parece sentir una afable complicidad: Simone Weil, C. S. Lewis, Chesterton, Léon Bloy, un sorprendente Unanumo y, debiera decir naturalmente, Montaigne. Finalmente, parece que todas -aunque, al no incluir la procedencia, no lo puedo asegurar- son citas de escritores, no entresacadas de personajes de ficción. Un libro para leer a pequeños sorbos y tener siempre presente para situaciones de emergencia.
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Cuando Europa hablaba francés. Marc Fumaroli. Acantilado, 2015
Traducción de José Ramón Monreal
"Frivolidad y filosofía son las dos ubres de la Ilustración. La verdadera filosofía del siglo de Luis XV era tal vez su amable frivolidad, y la peor de sus frivolidades, su filosofía. Fue, en cualquier caso, por la frivolidad y no por la filosofía por lo que el París del siglo XVIII consiguió sin esfuerzo alguno reducir al resto de Europa a la condición de provincia, dependiente y sometida a las modas, a las agudezas, a las maledicencias, a la animación de las tablas y a los incidentes entre bastidores del teatro social parisino. Una aristocracia que sabía divertirse con ingenio marcó la pauta, a distancia, a todos los demás, que ignoraban el secreto de distraerse, y lo pedían a París."
El Siglo de las Luces, el siglo del optimismo y de la conspiración general de los espíritus, encumbra a la lengua francesa, que pasa de ser us sistema de comunicación local a un síntoma de "una manera excepcional de ser libre y natutal con el prójimo y consigo mismo" que trasciende la simple comunicación. Tras la muerte de Luis XIV y con un sucesor al trono menor de edad en manos de la Regencia, la influencia de Francia en la escena mundial parece destinada a diluirse; pero el cuidado de las esencias del partido de Madame de Maintenon, junto con la conquista de la corona de España y la relativización de la influencia  de Inglaterra, consigue mantener el poder de Francia en el escenario europeo, recoger, corregir y aumentar el legado de Luis el Grande y, conseguida y consolidada su hegemonía, limitarse a ejercerla, siendo este cometido tanto una labor para los aborígenes como para una serie de personajes extranjeros que no sólo adoptaron la lengua sino que, con ésta, exportaron toda una cultura: fueron los francófilos o, como dieron en llamarse en nuestro país, con un matiz peyorativo solamente comprensible en la cueva del más rancio nacionalismo, los afrancesados; de este modo, el francés se convierte en el idioma propio de la República de las Letras pero también en la lengua franca de la política, la diplomacia,  los negocios y las conspiraciones en una Europa interconectada tanto por la mezcla de las dinastías reinantes como por los incipientes movimientos sociales intra e interclasistas. 
Fumaroli, un especialista en la época, efectúa unos afinadísimos retratos de estas altas personalidades europeas, que a veces ni siquiera habían visitado Francia y cuyo alejamiento les reportó, en algunos casos, la enemistad directa de la Francia oficial; en suma, un homenaje a l'art français de vivre que trasciende el simple campo comunicativo. Un libro en el que la erudición y la anécdota se dan la mano para llevar a cabo un retrato de una época fundamental en la historia europea.
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Carpe diem. Saul Bellow. Galaxia Gutenberg, 2015
Prólogo de Cynthia Ozick. Traducción de Benito Gómez Ibáñez
"Cuando uno fuma puros y lleva sombrero, juega con ventaja: es más difícil adivinar lo que siente."
Entre levantarse de la cama, desayunar, ir a la Bolsa, almorzar, volver a la Bolsa y acabar apareciendo en un funeral, transcurre la acción que sigue a Wilhem, un atrabiliario desocupado inmerso en dificultades de todo tipo; y compartiendo protagonismo con dos insólitos personajes, a la vez antagónicos y complementarios: su padre y el "doctor" Tamkin.  Parece que los escritores judíos americanos tienen una extraña habilidad para el retrato de perdedores; no se trata tanto de losers totales, al estilo de los de la generación beat, sino de perdedores de baja intensidad, hombres -casi siempre- fracasados sentimentalmente cuya vida ha dado un giro imprevisto que los ha descendido un escalón en su status social, y que encuentran en el cinismo su mejor, más útil y más barato, mecanismo de defensa. Realmente, algún crítico -igual esto ya existe...- debería dibujar un retrato de este perdedor que protagoniza gran parte de las novelas de esos autores; y explicar la razón de que esos personajes no tengan equivalente femenino, ni siquiera de la mano de escritoras: desde una perspectiva etnicista -esto es solamente un juego, no una tesis- no existen en la literatura moderna personajes más misóginos -ni tan maltratados por sus autores por esa característica- que éstos. Ignoro si este tipo de literatura posee la suficiente entidad y las necesarias características diferenciales para ser considerada un subgrupo con la suficiente relevancia dentro de La Novela Americana del siglo XX, pero la existencia de autores como Philip Roth, E. L. Doctorow o Saul Bellow apuntan claramente en esa dirección.
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Sir Thomas More. Anthony Munday, William Shakespeare i altres. Adesiara, 2015
Traducció de Jordi Fité
A finals del segle XVI, una colla de dramaturgs, en una situació gens infreqüent a l'època, redacten l'obra de teatre que recull l'ascens i la caiguda de Sir Thomas More, Lord High Chancellor of England sota el regnat d'Enric VIII. Retratat com un gran polític -"¡Dios, qué buen vassallo, si oviese buen señor!"-, el text es construeix sobre tres escenes principals: el parlament de More a fi d'evitar el linxament d'uns estrangers -el racisme i la xenofòbia de les classes populars-; l'escena en que es nega a signar un edicte reial, sabent que pot ser acusat de traïció -la prevalència de la consciència sobre les ordres reials-; i l'estada i execució a la Torre de Londres. Repartint l'acció entre més de vint personatges, l'obra conté escenes d'alta intensitat dramàtica i, com es costum a l'època, intercalades entre tres extraordinaris monòlegs que, interrompent el curs de la narració, centren el conflicte: Acte II, Escena III -atribuit a Shakespeare-, calmant els ànims dels que volien assaltar als llombards; Acte IV, Escena IV, consol als seus familiars després de la caiguda en desgràcia davant del rei; i Acte V, Escena IV, comiat dels amics i justificació de la seva conducta. Com a curiositat, prefigurant Hamlet, teatre dins del teatre: uns actors representen una obra, tangencialmente lligada amb l'acció, en la que More intervé com a actor. Un text curiós que, si bé no arriba a la qualitat de les obres majors de l'època, ofereix una visió molt interessant  del teatre elisabetià.
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Tiempos de hielo. Fred Vargas. Siruela, 2015
Traducción de Anne-Hélène Suárez-Girard
La Brigada Criminal del comisario Adamsberg -que sigue con el impagable comandante erudito Danglard en su equipo- tiene que investigar unos extraños suicidios  de personas sin ninguna conexión pero con un elemento en común: un extraño signo que aparece cerca de cada individuo. Pocos mimbres más le hacen falta a la vigorosa Fred Vargas para montar una trama negra en la que nada es lo que parece ni nadie es quien dice ser: personajes poliédricos que aparecen y desaparecen, hechos lejanos en el tiempo -más de veinte años- y en la distancia -un remoto islote volcánico de Islandia y París-, y una extraña asociación que recrea las sesiones de la Convención, en la época del Terror. Por cierto, hablando del Terror, es conocido que su cuerpo, una vez guillotinado, fue enterrado en cal viva para asegurar su desaparición, pero ¿alguien sabe qué pasó con los dientes de Robespierre?
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