4 de diciembre de 2014

La hoguera pública

La hoguera pública. Robert Coover, Pálido Fuego, 2014
Traducción de José Luis Amores
"Una nación no tiene ni amigos ni enemigos, únicamente intereses; tampoco hay lealtades duraderas en política salvo si están vinculadas a intereses personales."
El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg, un matrimonio norteamericano de origen judío, fueron ejecutados en la silla eléctrica en la cárcel de Sing Sing, después de un lamentable proceso judicial en el que se les condenó por un supuesto y nunca probado  espionaje a favor de la U.R.S.S. En un país y en una época en la que el Maccarthismo y la arbitraria "caza de brujas", que involucró a científicos, intelectuales y se cebó especialmente en personalidades públicas y en sujetos relacionados con la industria del cine, intentaban compensar a la vez que avivar los efectos de la guerra fría, la política establecida es la peor crónica de las actividades de las más pestilentes cloacas del Estado. Este suceso, la recreación de los tres últimos días antes de la ejecución de los Rosenberg -que Coover imagina en público en pleno Times Square, en una especie de catarsis pública a la que asisten, en directo, cientos de miles de personas-, es el tema principal de La hoguera pública (The Public Burning, 1977), la tercera novela -que tuvo serias dificultades, antes y después de su publicación- del escritor norteamericano Robert Coover.
"Estar en el centro de las cosas lo era todo y ello significaba no tener nada en exceso para no perder el equilibrio. Salvo poder."
La novela, aparte del matrimonio Rosenberg, tiene tres protagonistas principales: un sexualmente desaforado Tío Sam, la encarnación del espíritu norteamericano; el Fantasma, mediante el que se representa al comunismo internacional, y el a la sazón vicepresidente -y posteriormente, de 1969 a 1974, presidente- del gobierno regido por Dwight D. EisenhowerRichard M. Nixon. El relato se divide en cuatro partes de siete capítulos cada una, separadas por tres intermezzi, y se estructura a través de dos narradores, uno de los cuales se ocupa de los temas generales, de las tramas secundarias, de los comentarios objetivos y de las puestas en situación, mientras que el otro, el que da la versión más personal y, por su propia situación dentro de la historia, el que cuenta "desde dentro", es el propio Nixon; en esa elección es donde se fundamenta uno de los grandes aciertos de la novela, en la caracterización del vicepresidente como el más inútil de los impresentables, un paranoico  corrupto e intoxicador, el epítome del arribista:
"La gente me tomaba todavía por un charlatán de feria, un vendedor de coches usados, un abogado experto en pelotazos; yo era aún demasiado elocuente, demasiado vivo, demasiado lógico."
Por más que, a menudo, tanto por conocer al personaje, que bien dio que hablar años después, como por la propia caracterización que le otorga Coover, el cinismo que se le adjudica parece que necesitaría mucha más inteligencia de la que disfrutaba el vicepresidente:
"Todos los hombres contienen todas las posturas, derecha e izquierda, teísta y atea, legal y anárquica, monádica y plural; y sólo un compromiso artificial -llámese política- con la consistencia los mantiene firmes en posiciones singulares." 
La hoguera pública es una de las novelas más insólitas, alocadas y divertidas con la que ha tropezado este lector, ingeniosa hasta la exageración, y con un narrador que queda integrado con todos los honores en la gran tradición de narradores que en la literatura norteamericana inauguró, tal vez, el Caballero Tristram Shandy. Una versión americana, actualizada, de la parodia más desternillante de El príncipe de Maquiavelo, pero inspirada, redactada y puesta en práctica por el más ridículo de los incapaces, a la vez que un texto que es una espectacular vuelta de tuerca lingüística, satírico y mordaz, sobre la gran pesadilla americana.



Entrevista con Robert Coover a cargo de Los Angeles Review of Books
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