26 de junio de 2013

Vidas conjeturales

Vidas conjeturales. Fleur Jaeggy, Alpha Decay, 2013
Traducción de Mª Ángeles Cabré
Independientemente de los criterios racionales aplicables a un texto, del acercamiento crítico más o menos sectario, del buceo paparazzzi way en la vida del autor y de la búsqueda, más o menos afortunada, de sus influencias, de sus fuentes, del marco conceptual y literario en que poder encuadrarlo, hay libros que golpean al lector hasta dejarlo sin aliento... Es posible que tenga que ver con ello una disposición anímica determinada o que, al fin y al cabo, dependa únicamente del modo en que se recibe la lectura; en todo caso, este es un blog personal y mi principal, si no única, pretensión es dar mi opinión acerca de algunos de los libros -sólo los que, por alguna razón, considero reseñables- que leo. Acogiéndome, pues, a esa libertad que yo mismo me concedo, escribo reseñas diferentes para libros diferentes y sospecho que es el propio libro el que me señala la forma y el tono que tendrán estos artículos.

Thomas de Quincey
Bajo estas circunstancias, esta no puede ser una reseña al uso porque Vidas conjeturales (Vite congetturali, 2009) tampoco es un texto usual; además, este lector, mal que le pese, o no, tiene que reconocer desde justo este momento, que ha sido sometido por  embrujo de la escritura de Fleur Jaeggy y que la devoción por su obra le inhabilita para cualquier intención de objetividad. Hace unos días, con motivo de la publicación de este texto, confesé que yo pertenecía a la generación indeleblemente marcada por Los hermosos años del castigo (I beati anni del castigo, 1989), y mi interlocutora, veinte años más joven que yo, reconoció que también ella pertenecía a esa generación... ¿Una generación que se extiende veinte años, precisamente los que van de 1960 a 1980? No, por supuesto, la cuestión transciende la limitación temporal; la razón de esa coincidencia, como en el caso de los autores grandes, es la espectacular escritura de Jaeggy, cuya calidad no entiende de generaciones.
Thomas de Quincey asiste, desde su atónita pero nada inocente niñez, a la desaparición gradual de sus hermanos, y decido que será longevo. Ya adulto, "la felicidad jugó con él, después de transformó, casi como si el dolor fuera una felicidad encolerizada, una agraciada convulsión de la naturaleza", asiste a la muerte de sus hijos con cierta indiferencia y se aparta definitivamente de los asuntos de los vivos. 
John Keats
Decía que Vidas conjeturales no es un texto usual, y tal vez deba explicarme. Para empezar, se trata de un libro de setenta páginas, y eso con una tipografía y una disposición más que generosas; además, no se trata de un texto unitario, ya que está dividido en tres capítulos, con una misma intención, pero formalmente independientes. Se trata, pues, de un texto breve pero conciso: Jaeggy escribe a pecho descubierto, sin red de seguridad, y pretendiendo comentar algunos aspectos muy concretos de las biografías de Thomas de Quincey, John Keats y Marcel Schwob, consigue trazar unos precisos retratos de estos tres artistas, cuyo mérito literario está fuera de duda y al que la autora apenas hace referencia, desde el punto de vista de su -como la de todos, imperfecta humanidad. Si Vidas conjeturales es tan impresionante es porque se resiste a ser encerrado en la prisión de los tópicos: no es ni un panegírico de tres escritores fundamentales, ni un esbozo de su relación con el arte, ni una "pequeña joya que hay que degustar lentamente"... Es literatura pura, grande, desplegada en toda su potencia, de la que hay que administrar directamente en vena, y que deja al lector estupefacto, alelado, clavado en la butaca, con ganas de recomenzar su lectura apenas se ha pasado la última página, y con la sensación de hallarse ante un texto extraordinario que necesitará tiempo para ser digerido convenientemente.
Un niño llamado John Keats se debate entre una agresividad irrefrenable y una dulzura melancólica hasta que descubre la lectura y a Edmund Spenser; "la poesía es la única cosa digna de mención para una mente superior", y se convierte en su única ambición, hasta su muerte, a los 25 años, en Roma: "Here lies one whose name was writ in water".
Marcel Schwob
Algunas veces, los lectores de ficción hemos de soportar el menosprecio y la condescendencia de aquellos individuos que "sólo leen ensayo" porque la literatura "no sirve para nada". En la mayoría de los casos es inútil entrar en una discusión de este tipo, primero porque la utilidad no tiene que ser forzosamente ni el primero ni el principal fruto a considerar, pero también porque podría ser que la mayoría de las cosas importantes no tuvieran  que ser necesariamente útiles. La literatura recrea mundos perdidos, nos acerca a vidas que podrían ser la nuestra, golpea nuestra imaginación con el martillo de la creatividad, evoca épocas  y situaciones en las que podemos recrear las  nuestras... "Mi fe en el futuro de la literatura -escribió Italo Calvino- consiste en saber que hay cosas que sólo ella puede darnos."
Un precoz Marcel Schwob parte continuamente a fantásticos viajes y se diría que es su amor por los libros lo que lo convierte en escritor. De regreso de un accidentado viaje, este real, tras las huellas de Stevenson, titula libros que jamás escribirá pero dejando a la posteridad las vidas de "aquellos hombres que vivieron como perros, aquellas mujeres santas y crédulas frente a cualquier monje engañoso, aquellos a los que se condena, la condescendencia y el anhelo hacia todo lo que es aún más bajo".
No obstante, si nos sentimos con ánimo beligerante y queremos aceptar el desafío, siempre podremos echarles a la cara un ejemplar de estas Vidas conjeturales, dejar helado su rictus de condescendencia, y gritarles, bien fuerte para que se enteren: "¡Para esto, imbécil, sirve la literatura!".
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