12 de marzo de 2012

Leer, remedio para el estreñimiento



Ilustración de Max
Encuentro una tira de Charlie Brown de hace cuatro décadas (Lo mejor de Carlitos y Snoopy, DeBolsillo) en la que Snoopy, sentado en el tejado de su caseta perruna está leyendo en un libro la palabra “príncipe”; aparece la malcontenta Lucy, enfadada como siempre, y le espeta: “¿Estás leyendo Guerra y Paz y solo lees una palabra al día? ¡Siempre supe que estabas chalado!”; Snoopy se da la vuelta para no verla y piensa: “¿A qué tanto escándalo? Ya voy por la tercera palabra…”; y termina, ya como único protagonista, con una reflexión: “Voy más deprisa de lo que pensaba”. La tira podría ilustrar perfectamente esa patética categoría de lectores “ocasionales” de libros (aquellos que los leen “alguna vez al trimestre” en su tiempo libre) que la encuesta de hábitos de lectura publicada por la Federación de Gremios de Editores se empeña en introducir cada año con la probable intención de que las cifras totales de lectores engorden un poco y nos quedemos todos encantados de habernos conocido. A ese ritmo, Snoopy, que de ser español pertenecería a ese 12,8% de lectores ocasionales (frente al 45,1% de “frecuentes” que leen libros “al menos mensualmente”), tardaría varias vidas de perro en llegar a la última página del novelón de Tolstói, pero eso no parece importarles a los muñidores de la investigación. No es su único despropósito panglosiano. La encuesta deja claro, de entrada, que el 90,4% de la población española mayor de 14 años “afirma leer en cualquier tipo de material, formato y soporte con una frecuencia al menos trimestral”. Repito: dice “cualquier tipo de material”, de modo que debemos incluir en este concepto, por ejemplo, los folletos de instrucciones de los electrodomésticos, los encendidos SMS de la amante, los vitriólicos anónimos del vecino neurótico o los prospectos de la medicina para el estreñimiento que nos han recetado (por ahora) en el centro de salud. Todo vale. Y, del mismo modo, debemos inferir que el de españoles no lee nada de nada, ni siquiera los prospectos. Ahora comprendo, mis queridos improbables, por qué quedan todavía compatriotas que dan por hecho que los supositorios son para comérselos.
Manuel Rodríguez Rivero. Diario El País, 10-03-2012
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