28 de septiembre de 2026

Melancolía de los confines. Norte


Melancolía de los confines. Norte. Mathias Enard. PRH, 2026.
Traducción de Robert Juan-Cantavella
«Cuando casi llegaba a la librería Büchner, vi más claramente que una investigación sobre la literatura era una investigación sobre sus límites y sobre su poder, para mí todavía bastante borrosos: sobre el más allá, sobre aquello que palpita tras la frontera, que entrevemos en los territorios de la alteridad, de lo imaginario. Del mismo modo que la hipnosis y la imaginación, la fantasmagoría, más que un asunto de arqueología del cinematógrafo o una cuestión de proyección o de óptica, se convertía en una alegoría entre la creencia, la imagen y la realidad, del proyecto del relato: narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje, despedazar el mundo para ofrecérselo a unos dioses silenciosos, como el humo de los muslos de cabra de los sacrificios aqueos: la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó, para siempre. Todo cuanto entra en literatura pasa los confines del mundo de los fantasmas y, al penetrar el universo del lenguaje, abandona su envoltura carnal. El mundo del texto es un espectro proyectado sobre la palidez de nuestras conciencias por un aprendiz de ilusionista. Como tal —espectro, humo— es bien tangible, pero de otra materia; ni real ni irreal, es metafísico, más allá de su naturaleza primera, como dice Avicena, y sin embargo emana de nuestra realidad».
El mecanismo psicológico de compensación actúa tanto en situaciones adversas como en circunstancias propicias en función de la capacidad del sujeto para equilibrar, en principio, la inestabilidad; se trata de alcanzar una especie de homeostasis psíquica que se encarga, insconscientemente, de restaurar la estabilidad. Sin embargo, este no es un mecanmismo de suma cero, porque esa estabilización solo es aparente. Un atisbo de esperanza que aparece de pronto en medio de una coyuntura desfavorable conlleva una contrapartida de melancolía cuando se comprende la distancia, casi insalvable, entre la angustia y la expectativa: el recuerdo de las promesas incumplidas en el pasado actúan como un muro insalvable para los augurios  que se esperan del futuro. 

Melancolía de los confines es un proyecto a largo plazo, una tetralogía que abarcará los cuatro puntos cardinales, que Mathias Enard, el escritor francés que ha merecido algunos de los premios literarios más prestigiosos del país vecino y un público lector fiel y comprometido, inaugura 
con este Norte. Es el primer texto específicamente ensayístico del autor, pero en él puede reconocerse al mismo Enard de Zona, tal vez su título mayor, y Desetar, su último libro publicado; ese estado de guerra permanente, en este caso en Europa, que aunque no es el tema de la obra, sí que parece la fuerza que organiza su idea de la historia y de su tratamiento literario: cuáles son las consecuencias para los hombres, para la memoria, pero también para la manera de contar, a años vista, lo que sucedió.
«Con razón o sin ella, pensaba yo al pasear entre las ruinas de Beelitz, que la noche y la lluvia parecían reparar con oscuridad, restaurar con negrura, con razón o sin ella, las únicas tumbas de los soldados derrotados con el olvido y la desaparición, tanro si los consideramos responsables de las atrocidades de su bandera o, por el contrario, inocentes, sometidos al destino  colectivo; en ambos casos no tienen otra sepultura que el olvido. Solo la literatura, en su caleidoscopio de posibilidades, puede contemplarlos por lo que son: cuerpos desaparecidos, figuras monstruosas, vínculos perdidos con el pasado».
Enard se encuentra en Berlín para visitar a una amiga, E., que ha sufrido un accidente cerebrovascular y se encuentra atendida en los restos conservados de lo que fue el complejo hospitalario de Beelitz-Heilstäten, dedicado oiginariamente al tratamiento de enfermedades infecciosas —una especie de Berghof trasladado de Davos a Brandeburgo—. El sanatorio, en su estado actual, es el reflejo de la historia de Brandeburgo durante el siglo XX: la ruina de lo que un día fue el centro neurálgico de Europa, que se mantiene en pie por la calidad de su construcción y porque el tiempo no ha podido, aún, destruirlo; aunque también en este caso, tal vez la decadencia sea peor que la ruina, más cuando ese conjunto de edificios está destinado a ser remodelado y convertido en un barrio para «artistas, compositores, diseñadores, arquitectos»: la dictadura del consumo se posa sobre la historia y la pisotea, convirtiéndolo todo en vacío. Enard pasea por la capital alemana —«en compañía de los espíritus, el fantasma de Walser y el espectro de Sebald»— y nos hace partícipes de sus divagaciones, entre recuerdos propios y adquiridos, aventuras nocturnas más o menos gloriosas, amigos que entran y salen, a través de un fraccionado monólogo interior que intenta remediar, al tiempo que la desata, esa melancolía que atrapa cuando uno se siente en una frontera, mejor, en una orilla, que no es solo geográfica: el neocapitalismo, ese que es capaz de convertir un sanatorio en apartamentos de lujo para gente pudiente, se ha desarrollado con más éxito en el Berlín exsoviético que en el occidental, como si el pasado socialista tuviera que pagar una cuota de occidentalización más gravosa, una penitencia más severa.
«La frontera es fecunda en desapariciones, fértil en violencias; la literatura crece en la rodada mortal, sale del osario como una amapola, una amapola silvestre que daría esa forma megnífica de olvido, esa forma sublime de olvido que es memoria, que es un libro. ¿Qué relatos fabrica el límite, la confrontación siempre más o menos violenta con los otros? ¿Sigue Europa escribiendo la Ilíada, sigue sembrando muertos en los surcos del enfrentamiento?».
Enard se detiene en la última batalla de Berlín, cuando la apisonadora soviética no deja ni siquiera vestigios y condena a la ciudad al olvido, un olvido que solo puede intentar recuperar, sin conseguirlo, la literatura. Inevitablemente, se hace presente El cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders y Peter Handke, tal vez trasunto de los bombardeos de 1945, y su comiezo: «cuando el niño era niño, para él todo tenía un alma, y todas las almas eran una sola». Un Berlín para sirempe en blanco y negro,  las mismas nubes o el mismo asfalto mojado después de la omnipresente lluvia, asaltado por el interminable otoño.

La batalla de Berlín lleva a Enard a Stalingrado, otra de las ciudades que sufrieron una forma parecida de desastre en la IIGM; la rusa pagó un precio más alto pero estaba en el bando vencedor, aunque la novela más famosa sobre el cerco, Stalingrado, fue obra de un escritor alemán, el bando derrotado, Theodor Plievier.

Sin solución de continuidad, de Stalingrado a Viena para incidir en la hipnosis y el poder de la autosugestión: el hilo que une a Mesmer con Charcot, a este con Freud, y todos ellos con los milagros de la Edad Media; la relación entre magnetismo, hipnotismo y creación artística —y su relación con el Romanticismo, un fenómeno eminentemente alemán—: Desnos, Breton, Aragon, Crevel, Morise y Éluard. El fin del hipnotismo en el paradigma psicoanalítico cuando Freud inventa la transferencia, la catarsis y la asociación libre; y su relación con el «síndrome de resignación»: adolescentes migrantes que caen en coma cuando reciben el anuncio de su expulsión de Suecia; para concluir con los puntos de contacto entre la literatura del sueño —otra vez Freud, todavía— y la literatura de la deambulación —aquí ya no—, el paso del sonambulismo al realismo, con Theodor Fontane.
«La ley de Wirchow: todas las células provienen de otras células, y todos los libros provienen de libros, todos los textos provienen de textos. Durante mucho tiempo se pensó que los textos y los libros nacían de las palabras, pero no, provienen de otros textos, de otros libros, como las células del cuerpo humano. Dudaba si sacarme el Lenz de Büchner del bolsillo; fuera, la noche había convertido las ráfagas de granizo en una nevada. Mirar por las ventanas me daba frío. A mi lado, una pareja cenaba albóndigas acompañadas de repollo rojo. La nieve y las colecciones anatómicas, los restos humanos, Beelitz y la tragedia, el recuerdo de la ternura de Bénédicte... los libros están hechos de libros y de amistades».
Después de la IIGM, todo el territoio alemán al este de la línea Oder-Weisse pasará a formar parte de la renacida Polonia: «los vencedores sistituyeron la justicia por la venganza». Pero es la Alemania restante —nunca se ha hablado de restablecer la frontera oriental anterior establecida en el Tratado de Versalles— la que recoge, ya en pleno siglo XXI, a los refugiados de la guerra civil de Siria, con uno de cuyos integrantes se encuentra en un Biergarten:
«Sentía que en Rami había una grieta, una falla, pero procuraba no darle importancia. De repente dejaba de hablar, ya no te escuchaba, se pasaba largos segundos mirando hacia otro lado, como si alguien o algo acabara de llamar su atención. Se sumía en el silencio, en unas oleadas de secreto que lo obligaban a callarse mirándote a los ojos, como si toda palabra fuera imposible».
De todos los berlines posibles, despunta el Berlín nocturno, que no es uno solo: Barcelona en Berlín, con el autor, Robert Juan-Cantavella, traductor de sus libros y sin embargo amigo, los restos de la desaparecida revista Lateral; París en Berlín, otra vez el autor, alguien del colectivo, revista y editorial Inculte. Cuba en Berlín, con Juan Miguel Pozo, un cubano pluriempleado. El Berlín etílico, cuyos días fáusticos van acompañados por el recuerdo de Berlioz, otro enamorado de Berlín y autor de La condenación de Fausto; de Adelbert von Chamisso (el soneto «Traum der eignen Tage»), también incorregible romántico; de Heinrich von Kleist, otro romántico contumaz. 
«Que me venga un poema en la noche berlinesa, cuando me parece haber perdido mi sombra y mi pasado: las ciudades a las que regresas en sueños, a pesar de ti mismo mientras duermes, junto a esos objetos de amor y deseo secreto que la amistad ha apartado de ti, como el tiempo construye un muro invisible entre ese que eres ahora, aplastado por la melancolía, y el de ayer, cuando todas las posibilidades de la ciudad no se habían aún cerrado para tomar su sentido preciso e unívoco, y el poema que me viene es terrible por su renuncia, por la presencia de la muerte en el corazón de la vida, lo cual es la definición misma de la melancolía, la presencia de las escamas de la muerte, de sus esquirlas, rodeándote por completo; como un personaje de Philip K. Dick presientes, tienes ese don de presentir los jirones de la muerte, sus astillas, como ama su sudario aquella mujer en el poema de Chamisso; le gusta esa camisa que ha elegido para envolver su cadáver, se la prueba los domingos, cuando va a misa, y luego guarda el sudario en su armario después de plancharlo bien para que esté listo, esa última camisa de lino que incluso llega a coser, para el día en que tendrá que ponérsela: así como Lucrecio escribió en el De rerum natura que la única manera de imaginarte la muerte es imaginar tu propio cuerpo muerto, la heroína de Chamisso posee ese objeto que, en medio de la vida, sobre su propio cuerpo vivo, le permite imaginar la realidad de la muerte, su blancura neutra de lino blanco».
Al igual que el Berlín diurno es la ciudad para flâneurs solitarios, el Berlín nocturno es para la amistad. Bajo la advocación de Cicerón, Enard analiza el fenómeno incluyendo como amistad  paradigmática la de San Bernardo de Claraval y San Malaquías, a la que podría sumarse la de Montaigne y La Boétie; esa relación de cariz espiritual cede el paso —estamos en el Romanticismo, todo está permitido— a la interesada, simbiótica, de Goethe y Lenz, y después Schiller; y finalmente, en estos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir, la amistad como pretexto para beber, especialmente mantenida entre escritores —¿el propio Enard y Christophe Claro, compañero inculto?—.
«Ya es hora, me diréis, mientras a punto está el aeroplano de arrancarme del suelo de Berlín, de que vayamos al grano, o más bien, si grano existe en cosa escrita, a la minúscula pretensión que de él emerge y que tiene que ver, dicho esto último con la boca pequeña, muy humildemente, con la vida de una querida amiga enferma y el placer de los libros, con las fronteras de la literatura y con cómo, para mí, las tres se unen en Berlín y sus alrededores a lo largo de minúsculas exploraciones, minúsculas en el espacio (unas decenas de kilómetros) pero largas en el tiempo (más de una década), pues el viaje permite recorrer esa distancia entre el tiempo del hoy y el tiempo del ayer, el tiempo de los accidentes y los accidentes del tiempo.
El avión rodará y rasgará la ligera bruma del alba para reemplazarla con las volutas de sus motores; hace más de diez años visitamos Beelitz por primera vez sin saber lo que ese nombre acabaría significando para nosotros, toda la tristeza que allí se acabaría concentrando y de qué manera ese dolor se acabaría mezclando (el incienso invisible en el aire) con los innumerables sufrimientos que ascienden del suelo de la marca en volutas de pena, unas volutas que, cual las nubes para el caminante tendido en la hierba, dibujan el fresco de los humanos».

Mathias Enard está reescribiendo, después de cuatro siglos e innumerables vicisitudes, históricas, en general, y personales en particular, una nueva anatomía de la melancolía.  

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