13 de diciembre de 2019

La batalla de Occidente

La batalla de Occidente. Éric Vuillard. Editorial Tusquets, 2019
Traducción de Javier Albiñana
La batalla de Occidente (La bataille d'Occident, 2012) es la quinta publicación de Éric Vuillard, inmediatamente posterior a su primera gran novela, Conquistadors (2009, sin traducción al castellano) y anterior en el tiempo a las que sí se han traducido, y cuyos editores  —excepto en el caso de La tristeza de la tierra, publicada por Errata Naturae en 2015— han aprovechado el tirón del Premio Goncourt concedido en 2017 a El orden del día para recuperar sus títulos anteriores. Exceptuando la novela dedicada a Buffalo Bill, el lector, que  puede tener cierta sensación de dejà-vu con respecto al estilo, tan particular, del escritor francés, debería tener en cuenta ese décalage temporal a la hora de disfrutar de la literatura de Vuillard.

De modo parecido a lo que hizo en el caso de la toma de la Bastilla en 14 de julio y de los prolegómenos de la IIGM en El orden del día, Vuillard dedica su atención a los antecedentes y las primeras escaramuzas de la IGM, y escribe una novela procedente de la destilación de los hechos reales acaecidos centrándose en las anécdotas y las pequeñas historias que subyacen debajo de los registros de la Historia, y convirtiendo el conflicto militar en un asunto mucho más humano.


La primera impresión que trasluce La batalla de Occidente es que la IGM no fue la respuesta de descompresión de una situación europea sometida a una insoportable tensión;  de hecho, el mismo apelativo de Guerra Mundial esconde la realidad de que se trató, inicial y principalmente, de un enfrentamiento entre europeos, aunque una vez iniciado el  conflicto, por razones estratégicas, participaran varios países de fuera del continente. Tampoco fue, en honor a la verdad, el resultado de un desafío entre naciones enemistadas por razones étnicas o de soberanía.
«Se está preparando una guerra, toda una parafernalia de idioteces, un retraso inaudito, progresos harto malévolos, un heroísmo que será aplastado por el hierro. Porque este es un mundo extraño, de dos caras: a la par muy antiguo, un mundo de salitre y de malvarrosas, un mundo de abanicos y de feos valses, pero también el mundo de los primeros tanques, de los obuses, de las primeras grandes máquinas para matar».
En realidad, la mecha que hace explotar la contienda es el progreso: el que se manifiesta en el desarrollo de la maquinaria de guerra desde la última conflagración, la guerra franco-prusiana [1870-1871]; la imperiosa necesidad de los oficiales ansiosos por su bautismo de fuego y de la conquista del honor en el campo de batalla —no en los bailes ni el los prostíbulos, donde su experiencia ha sido contrastada de forma suficiente, igual que lucidos los botones dorados y las amplias charreteras—, imprescindible para volver al redil familiar, conseguir una buena colocación en los negocios de la familia y una buena boda con una virgen, a poder ser emparentada con alguna de las innumerables ramas, legítimas o bastardas, de la realeza. Un criterio —a mejor posición social, más grado en la escala de mando— que es sustituido, para la elección de la tropa, los que de verdad deberán morir, por primera vez, por criterios científicos, racionales, susceptibles de ser puestos a prueba, igual que en el caso de todo el material bélico necesario. Se prevé que sea el enfrentamiento más sanguinario de la historia, y es necesario que la provisión de carne de cañón sea suficiente para que la sangre que salpique a los oficiales no sea la suya; unos jóvenes ebrios de primavera que ignoran, felices y orgullosos, lo que está a punto de precipitarse sobre sus cabezas.
«Porque el mundo ya chisporrotea, los archiduques ya han formado, ya hay algo que tartamudea y fabrica todos los obuses y cañones necesarios. La guerra es una sorpresa, una sorpresa que se prepara. Las frentes despejadas se inclinan y sacuden la cabeza. El miedo pule las culpas, plancha las arrugas, pisotea. Preparan su prédica. La parrilla está lista, la llana rasca la pared, podrán desgarrar la carne como si fuera pan».
El siglo anterior a 1914 ha sido la época, hasta la fecha, más relevante con respecto al concepto de nación; la historia ha visto nacer, de conflictos cuyas raíces se enterraban en la Edad Media, algunas de las entidades de ese signo, y no solo en el suelo de la Europa occidental, que marcarán el futuro con su protagonismo incuestionable. Este surgimiento ha llevado consigo, sin embargo, cambios en la naturaleza de los conflictos y, al mismo tiempo, el renacimiento de viejas querellas cuya única difrencia ha sido el cambio de protagonistas. Pero existe una clase, la de los viejos detentadores del poder, principalmente militar, cuya mentalidad sigue anclada en épocas prenacionales y cuyos objetivos permanecen inalcanzados, ajenos a los cambios políticos y estratégicos, de nuevos actores y de inexperimentados equilibrios de poder, que ven en la nueva división del continente una oportunidad para alcanzar sus viejos objetivos, y una guerra entre naciones es el camino más fácil para conseguirlos.
«Kleist murió de una especie de crisis nacional convertida en fracaso personal. La visión de la Prusia derrotada constituye la esencia de su posición en el mundo y de su psicodrama. Clausewitz busca en las ruinas la teoría de su valor y de sus esperanzas. Sabe que la Revolución inauguró una nueva era, pero se desmarca de sus valores. Necesita, pues, formular un pensamiento capaz de tomar de Francia lo que llevó a esta a la victoria, pero cuyo contenido será totalmente distinto. Y eso impulsará a Prusia y más adelante a Alemania hacia ese nacionalismo militar que es un suicidio de casi un siglo».
Las contradicciones se hallaban en su punto álgido, y solo hacía falta la mecha que prendiera ese polvorín. Fue el atentado de Sarajevo, pero el hecho en sí es lo de menos, cualquier otra excusa habría servido para desatar el conflicto; en realidad, se trataba solo de la primera ficha de dominó, cuya caída arrastrará al resto.
«El 1 de agosto, Alemania declara la guerra a Rusia. Francia moviliza a su ejército a las cuatro de la tarde. Al día siguiente, Alemania invade Luxemburgo y exige a Bélgica que deje pasar a sus tropas. Queda claro que todo va muy deprisa, que los sobrecitos pasan a toda velocidad de mano en mano. El 2 de agosto, el Imperio otomano y Alemania sellan una alianza contra los rusos. El 3 de agosto Bélgica rechaza el ultimátum de Alemania, y esta declara la guerra a Francia, y después a Bélgica. Todas las cabezas se vuelven, se agitan y entrechocan. Nadie sabe ya colmar su propio abismo interior. Y la cosa sigue. El 4 de agosto, el ejército alemán entra en Bélgica; Inglaterra declara la guerra a Alemania. Entonces Canadá, Australia, India, Nueva Zelanda y Sudáfrica entran en guerra. El 6 de agosto, Austria-Hungría declara la guerra a Rusia, y el 11, la que declara la guerra a Austria-Hungría es Francia. Tan complicado es el juego que a todos casi les da miedo olvidarse a un enemigo. ¡Ah!, precisamente Inglaterra se había olvidado de Austria-Hungría, el origen de los follones. Por último, el 23 de agosto Japón declara la guerra a Alemania, ni se sabe ya por qué».
Calificación: ****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de 14 de julio
Notas de Lectura de El orden del día

9 de diciembre de 2019

Los errantes

Los errantes. Olga Tokarczuk. Editorial Anagrama, 2019
Traducción de Agata Orzeszek Sujak
«Muévete, no pares de moverte. Bienaventurado es quien camina».
Colocado en una atalaya, el observador puede percibir con facilidad la dirección de un movimiento; si el sitial es lo suficientemente elevado, incluso podría distinguir el destino final del desplazamiento; cuanto más alto, más lejos, más perspectiva. Desde la orilla, desde el punto fijo más cercano al movimiento, se pierde esa visión general pero se puede apreciar mejor la velocidad de la corriente y advertir en detalle las partículas móviles, la distinta velocidad en función de su situación en el flujo y las ralentizaciones y aceleraciones ante los diversos obstáculos; pero también la falsedad del espejismo. La mejor opción, sin embargo, no es observar la corriente desde el mirador ni desde la ribera, sino zambullirse en ella; la sensación de movimiento cambia de objeto, ya que permite ver en desplazamiento aquello cuya naturaleza es estar quieto.

El título original de Los errantes, Bieguni (2007), hace referencia a "una antigua secta eslava cuyos miembros creían que la única manera de escapar del mal era estando en continuo movimiento; en polaco, se asocia fácilmente al verbo biegac, que significa correr" (gracias, Aleksandra Lun, por tus apuntes). Probablemente esa referencia es la que ha provocado la disparidad de versiones en cuanto a las traducciones del título; Aleksandra vuelve en nuestra ayuda: "en las otras lenguas, al no existir el nombre de esta secta, los traductores tienen que buscar un equivalente, y he de decir que Flights, título de la edición inglesa, es el que más me gusta, mientras que Los errantes reenvía más a la idea de judío errante, que es muy Europa del Este, pero es otro concepto. El judío errante deambula por no tener casa, los bieguns se mueven sin parar para escapar del mal. Lo mismo pasa con Les pérégrins, título de la edición francesa, que es otro concepto, se peregrina para llegar a un lugar, no para escapar. Lo comento todo sin ánimo de juicio pues si lo tuviera que traducir yo, no sé tampoco qué opción escogería. Al final uno tiene que decidir algo y en estos casos puede decantarse por un concepto más poético o más histórico, personalmente me parecen todos válidos". Por su parte, Xavier Farré, traductor del libro al catalán (Cos, 2019), ante la imposibilidad de traducción del título, optó por esa alternativa porque "a veces, la versión de un título en otra lengua determina lo que debe aparecer, y en este caso no sucedió así. Mirando las diversas traducciones, me llamó la atención la alemana, Unrast, en el sentido de intranquilidad, de nerviosismo, de movimiento, que capta también algunos elementos de la obra. Cos (cuerpo) sigue esta dirección, la de elegir un elemento que también tiene mucho significado en el texto y a la vez amplía el sentido." Y concreta Farré: "el concepto es el viaje, tanto físico y geográfico, como por el cuerpo. Uno de los dos hilos fundamentales del libro es el viaje anatómico, la exploración del cuerpo".

Formalmente, Los errantes es la combinación de varios fragmentos en los que una narradora reflexiona con referencia al hecho de viajar —indistinguible, con frecuencia, de huir—, con otras partes en los que se cuenta una historia, entre absurda e irónica —relatos de aire mítico cuyo punto en común es la huida; algunos, realmente ingeniosos; otros, más intrascendentes, relativa directa o tangencialmente también con el movimiento; ambas orientaciones se ponen en contraposición para dar relieve a la premisa de la novela; la existencia real que da la permanencia, la presencia de testigos, la constatación de una huella, la inscripción en un registro, la dependencia del lugar, contra la volatilidad del viaje, la imposibilidad de fijar un punto en movimiento; por contra, la visibilidad de estar en movimiento a través de un escenario fijo, siempre decorado irreal, en frente de la desaparición de la quietud, la indiferenciación, la disolución del fantasma en el banco de niebla, la confusión.
«Cuando salgo de viaje desaparezco del mapa. Nadie sabe dónde me encuentro. ¿En el punto del que partí o en aquel al que me dirijo? ¿Existe un "entre"? ¿No seré como ese día perdido cuando volamos al este o esa noche recuperada cuando lo hacemos hacia el oeste? ¿Estoy sujeta a la misma ley de la que tan orgullosa está la física cuántica: que una partícula puede existir en dos lugares al mismo tiempo? ¿O a otra que todavía ignoramos: que se puede no existir doblemente en un mismo lugar?»
Pero quiero volver al efecto del movimiento sobre lo estático: cómo ha cambiado el lugar donde hemos estado por haber soportado nuestra presencia, que no es el mismo que existía antes de nuestra llegada y que, aunque se haya sido cuidadoso en no alterarlo, no puede obviar nuestra huella, impresa de forma inevitable, si no en la propia ubicación, sí en la porción de tiempo en que ha sido ocupado, como si ese intervalo se trasladara a una dimensión en la que una de las coordenadas que lo definen recogiera nuestra singularidad. Pero también en el espacio, pues nuestra presencia vino a llenar un vacío indefinido que dejó, a nuestra marcha, otro vacío diferente, asociado a nuestra forma, a nuestro movimiento, una sombra, un contorno, que permanece impreso en el lugar junto a las huellas de todos los que nos han precedido. Incluso ese lugar en el que no hemos estado,  pero que hemos descrito con detalle con cualquier finalidad, queda modificado por nuestra intervención y ya jamás podrá ser revisitado en su prístina virginidad porque su naturaleza, como dicen que sucede a nivel cuántico, ha quedado modificada por nuestra observación. Solo pueden librarse de ese efecto los lugares imaginarios, los que solo existen cuando los evocamos, porque su nivel de privacidad impide cualquier interferencia.

¿Cuánta distancia y de qué naturaleza existe entre un objeto y la palabra que lo nombra? ¿Esa distancia es filológica, material, una combinación de ambas, o una en que no tienen nada que ver? Asimismo, ¿cuánta distancia existe entre un lugar y su descripción —sin límite de exhaustividad— que podemos hacer del mismo? ¿Cuál será la naturaleza de esa distancia? Y, en todo caso, ¿cómo afectará esa distancia, supuestamente inevitable, a la percepción de testimonios posteriores?
«No son pocos los que creen que el sistema de coordenadas del mundo determina un punto perfecto donde el tiempo y el espacio alcanzan un acuerdo. Debe de ser por eso por lo que se marchan de casa, creen que moviéndose, aunque sea de modo caótico, aumentarán las posibilidades de dar con ese punto. Hallarse en el momento y en el lugar adecuados, aprovechar la oportunidad, agarrar por el flequillo el instante, y entonces el código de la cerradura se desactivará, la combinación de cifras del premio gordo quedará al descubierto, la verdad, revelada. No pasarlo por alto, surfear sobre la casualidad, las coincidencias, los giros del destino. No se necesita nada más, basta con comparecer en esa configuración única de tiempo y espacio. Ahí se puede encontrar un gran amor, la felicidad, un décimo premiado de la lotería o la explicación de un misterio que todo el mundo lleva años buscando en vano, o la muerte. Algunas mañanas da la impresión de que tal momento está al caer, tal vez sea hoy mismo».
La opción correcta es anular el concepto de regreso, sumergirse como el apátrida en la no-pertenencia, desprenderse del lugar de origen como quien suelta el lastre que lo mantiene anclado a un lugar. Cuando no existe un emplazamiento que podamos considerar propio, desaparecen los significados de ir y de volver y solo queda el movimiento puro.
«Mantenerse a un lado. El mundo se ve tan solo en fragmentos, no habrá otro. Hay instantes, migajas, configuraciones momentáneas que apenas formadas se desintegran en mil pedazos. ¿Vida? No existe tal cosa; veo únicamente líneas, superficies y poliedros y sus variaciones en el tiempo. El tiempo, a su vez, parece una herramienta sencilla para medir los pequeños cambios, una regla escolar con escala simplificada de apenas tres puntos: fue, es y será».
Huir, la huida real y verdadera, solo es posible cuando se realiza hacia territorios extraños, desconocidos, cuya cartografía, inexistente, se traza a medida que se recorre. De este modo, el mal no puede conocer el destino y su persecución será más laboriosa ya que no reconocerá el terreno y deberá trazar también su propio mapa.
«Contonéate, muévete, no dejes de moverte. Solo así lo despistarás. Quien rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo. Ejerce su poder sobre lo inmóvil y petrificado, sobre lo inerte y quieto».
Tal vez la opción más recomendable sea la contrahuida, escapar para remediar la huida anterior, eludir la circunstancia de convertirse en un tránsfuga para pasar a la categoría de fugitivo, sin importar la razón por la que se es perseguido, obviando incluso al perseguidor, hasta convertirse en una huida unilateral. De ese modo, la evasión se revela como la mejor forma de estabilidad al  convertir en hogar el movimiento incesante.
«Las azafatas, bellas como los ángeles, comprueban nuestra idoneidad para el viaje y con un suave movimiento de la mano nos permiten adentrarnos en la mullida curvatura, forrada de moqueta, del túnel que nos conducirá a bordo del avión y, más tarde, rumbo a otros mundos a través del frío camino aéreo. Su sonrisa encierra, o eso nos parece, una promesa de que quizá volvamos a nacer y esta vez será en el momento y lugar adecuados».
Calificación: ****/***** 

6 de diciembre de 2019

Animalescos

Animalescos. Gonçalo M. Tavares. Editorial Kriller71, 2019
Traducción de Aníbal Cristobo
Cada libro de Gonçalo M. Tavares es, al mismo tiempo, una fiesta del lenguaje y un desafío a la imaginación del lector. Desde sus más convencionales novelas hasta sus textos más inclasificables, el portugués explora los límites de la expresión y de la narratividad desde el punto de vista más intelectual pero también desde la elementalidad de la inocencia, abarcando de este modo tanto la totalidad del proceso de la conciencia como los distintos pasos en que se descompone ese proceso. 

Animalescos (Animalescos, 2013) es un paso más en este sentido en el que Tavares, desde la  perspectiva que facilita la disfunción psíquica —y, por tanto, cambiando el marco de referencia de toda percepción—, indaga en las limitaciones del lenguaje y las pone en comparación con un antecedente, los animales, y con un consecuente, las máquinas, hasta completar una serie de capítulos cuya cuestión fundamental acaba siendo qué podemos entender por condición humana y cuáles son las fronteras que la orillan.

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Enciclopedia
Notes de Lectura de Breus notes sobre literatura-Bloom
Notes de Lectura d'Històries falses
Notas de Lectura de Una niña está perdida en el siglo XX
Notas de Lectura de Agua, perro, caballo, cabeza
Fe de Lectura de El barrio
Fe de Lectura d'Un viatge a l'Índia

2 de diciembre de 2019

La Tierra errante

La Tierra errante. Cixin Liu. PRH, 2019
Traducción de 
Mucho antes de que las señales de destrucción de nuestro planeta se hicieran evidentes, la ciencia-ficción había tratado el tema del colapso —debido a las guerras, a las invasiones extraterrestres o al desastre ecológico— de la Tierra y de la necesidad de abandonarla antes de la extinción de la humanidad. En "La Tierra errante", el relato que abre la antología, la amenaza no es interior sino exterior: el sol está llegando al final de su ciclo y antes de que se convierta en una gigante roja y vaporice la Tierra, se han fabricado una serie de grandes motores que, en primer lugar, han detenido el movimiento de rotación para, con posterioridad, sacar al planeta de su órbita y lanzarlo, espacio allá, en busca de una estrella más clemente, un proceso con una duración estimada de dos mil quinientos años.

Por lo que conocemos de las traducciones al castellano de Cixin Liu, la estupenda Trilogía de los Tres Cuerpos y el volumen Las esfera luminosa, su capacidad para crear mundos —el relato "Montañas", perteneciente a este volumen, es un ejemplo ideal— y, en la tradición de la ciencia-ficción hard, hacer descansar sus tramas en principios de la ciencia física, científica o especulativa, son las cualidades que hacen del autor chino uno de los referentes en la literatura actual del género.

Otros recursos referentes al autor en este blog:
Notas de Lectura de La esfera luminosa
Notas de Lectura de El problema de los tres cuerpos. Trilogía Los Tres Cuerpos I
Notas de Lectura de El bosque oscuro. Trilogía Los Tres Cuerpos II
Notas de Lectura de El fin de la muerte. Trilogía Los Tres Cuerpos III

29 de noviembre de 2019

Interludi poètic

Els que coneixeu aquest redactor o us passeu amb certa freqüència per aquest blog sabeu que la poesia i jo mantenim una no-relació prou tensa i difícil.

Però de tant en tant, per casualitat o per insistència de coneguts suficientment dignes de crèdit, m'arriben a les mans alguns llibres de poesia. Les darreres setmanes, estranyament prolífiques en aquesta mena d'adveniments, me n'han arribat tres. L'atzar ha volgut que estiguessin escrits en tres llengües diferents i que els autors pertenyessin a tres tradicions literàries també molt diverses. I els he llegit i, sense trapassar les fronteres de la meva limitació per apreciar la poesia, els he disfrutat d'allò més. A més a més, dos d'ells han estat escrits per dos amics, i llegir els llibres que escriuen els amics és un deure de confraternitat; i l'altre, viva recomanació d'un altre amic amb qui coïncidim, si no en fòbies, sí en la majoria de fílies, és el primer llibre que llegeixo de l'autor, i m'ha semblat excel·lent, a estones com escrit per un Cioran una mica menys àcid però que sabés escriure.

Deixo doncs constància de la seva lectura, receptiva i atenta, i a canvi d'unes impossibles Notes de Lectura, copio un fragment de cadascun.

Ulls al bosc. Esteve Miralles. Edició de l'autor, 2019

"SUSPECTA

Baf de dol especular, enyor de la verema, 
una portadora buida a la tardor, endolcida
i aspra, enllardada, apilada amb tantes altres.

La desaparició no és una desaparició,
és respirar el vapor eixut que identifica el buit
de cada espai desocupat.
(La mort no és una mort, i no és suspecta
de poder ser mirada amb ulls condescendents,
sancionadors, psiquiàtrics.)
¿Quan s’acaba un postguerra?
Dol, i derrota; la fúria
continguda. Això sí que m’interessa.
Això sí. Com es
deixa de ser un

excombatent."
Casi invisible. Mark Strand. Visor Libros, 2012
Traducción de Julio Trujillo
"EL MINISTRO DE CULTURA CONSIGUE SU DESEO
El ministro de Cultura vuelve a casa después de un día ajetreado en la oficina. Se echa en la cama e intenta no pensar en nada, pero nada sucede o, más precisamente, no sucede nada. La nada está en otro sitio haciendo lo que hace la nada, que es expandir la oscuridad. Pero el ministro es paciente, y lentamente las cosas se desvanecen —las paredes de su casa, el parque al otro lado de la calle, sus amigos en la siguiente ciudad. Creo que la nada finalmente ha venido a él y que en su manera ausente le está diciendo "Querido, sabes lo mucho que siempre he deseado complacerte y ahora he venido. Y es más, he venido para quedarme".
Dernière communication à la Société proustienne de Barcelone. Mathias Enard.
Actes Sud, 2019


NERETVA
On ne parle plus beaucoup aujourd’hui
De la bataille de la Neretva,
Recouverte par d’autres batailles.
Les Tchetniks ont remplacé les Tchetniks
Les combatttants les combattants.
La rivière coule si verte, si émeraude
Dans le cri des montabnes —
Peut-on obtenir du vert
Avec du rouge et du jaune, du sang et de la pìerre?
Da Jablanica à Mostar 
Et de Mostar à Pocitelj
Des agneaux rôtissent sur le bas-côté de la route.
Leurs yeux sans regard
Plongent dans la Neretva avant de monter vers le ciel 
Puis dévalent les ravins
Jusqu’à la rivière et remontent
Encore et encore. Des agneaux au gré de la broche.

25 de noviembre de 2019

La escuela católica

La escuela católica. Edoardo Albinati. PRH, 2019
Traducción de Ana Ciurans Ferrándiz
Visito con cierta frecuencia —mayor que la recomendable, menor que la imprencindible— los sitios web de editoriales, siempre por razones profesionales —ver la cubierta, consultar el nombre del traductor, no siempre visible con facilidad, a menudo ausente, comprobar la fecha de publicación o cualquier otra información, eso que da en llamarse "ficha técnica", que, sin tener el volumen a la vista, no hay otra manera de conseguir, ya que los sitios web de los grandes grupos de vendedores de libros se limitan a copiar, cuando incluyen ese tipo de datos en sus fichas, el contenido que publican las editoriales—. Esas visitas meramente informativas tienen como contrapartida no deseada la visión de los aditamentos que los departamentos de marketing —por lo que parece, los verdaderos Directores de los grandes conglomerados editoriales, y no solo, pero sí especialmente, de este país: consúltese, para más información, o con la intención de contraste, la variedad de impresentables fajas que acompañan a los grandes lanzamientos— incluyen en las páginas digitales correspondientes; una información que no me atrevo a calificar de innecesaria y estéril, pero que, en la mayoría de las ocasiones, y esta sí es la parte más censurable, parece destinada a un lector que jamás debería ni tan solo intentar leer el libro en cuestión. ¿He dicho estéril? No, en realidad debería calificarse de inadecuada, cuando no de engañosa y tendenciosa. Viene toda esta reflexión a cuento, y solo como ejemplo, de las frases geniales —algunas con autoría explícita, otras debidas a un indocumentado anónimo— que acompañan a la página editorial de La escuela católica —y que el lector puede consultar en el enlace que figura en la leyenda de la imagen que encabeza este post—. En todo caso, y para que nadie se llame a engaño, Albinati no tiene NADA que ver ni con la epopeya solipsista de Knausgard, ni con la imaginación eyaculativa de Bolaño, ni con las engañosas, aunque algunas logradas, ficcionalizaciones de Carrère, ni mucho menos —en este caso, la comparación debería ser motivo de denuncia judicial— con la sobrevalorada tetralogía de Ferrante; y me disculparán que ahora mismo no tenga ni la conveniente predisposición de ánimo ni tiempo para perder desmontando esas equivalencias tan creativas; en todo caso, y para aferrarme, aunque sea solo por esta vez, a la ficción de una pretendida neutralidad que me veo incapaz de mantener, no voy a entrar en valoraciones literarias ni en recomendaciones cruzadas; ¿la razón? No quiero que nadie se llame a engaño, porque La escuela católica puede ser, a la vez —y excluyo en esa dicotomía cualquier signo de valor—, una experiencia lectora difícilmente replicable para todo aquel que sea capaz —o mantenga la intención— de entrar en su laberinto con la disposición imprescindible —es decir, para aquellos para los que el libro fue escrito—, y una tortura infructuosa, aburrida, deleznable, insultante para el lector equivocado. Y esa distinción pasa a ser la primordial; esa especie de especialización lectora que se promueve desde las editoriales —libros para milenials, libros para géneros alternativos, libros para divorciados; incluso términos que se prescriben como antitéticos, como novela negra o novela de ciencia-ficción, dirigidos a la identificación y enclaustramiento del lector— y que algunas librerías, virtuales y no, estas replicando los errores garrafales de aquellas, siguen con el acriticismo rebañego de la simplificación que debe redundar en aumento de ventas, muestra su vergonzosa desnudez cuando se publican libros que hacen saltarla por los aires, libros inclasificables —solo hay que ver los apartados de "los clientes que compraron este producto también compraron..."— que sustituyen la especialización por la acumulación de "géneros", libros que dejan de ser para y pasar a no ser para.

¿A qué viene esta introducción tan iracunda como cuestionable? A que este lector dimite, en esta ocasión, de redactar las acostumbradas Notas de Lectura; cualquier valoración personal que pudiera  realizar estaría indefectiblemente contaminada por el efecto que ha tenido sobre mí —yo no hago malabarismos con el narrador; quien piensa esto es el mismo que lo escribe, es decir, su autor— la lectura de un libro que, por coincidencias generacionales, de educación y de medio social, me ha interpelado en primera persona —y que, como es lógico, no puedo pretender que suceda con otro lector, como tampoco que la lectura y la valoración del libro dependa, en alguien que no sea yo mismo, de esa frágil coyuntura—.

La información objetiva acerca de La escuela católica (La scuola cattolica, 2016) es la que sigue.

El narrador —el mismo Albinati confiesa que aquel podría no coincidir del todo con su propia persona— rememora su infancia y su primera adolescencia en dos escenarios simultáneos: el burgués barrio de Trieste, en Roma, y el instituto católico San Leone Magno, situado en el mismo barrio y apenas a unos centenares de metros de su casa, la escuela católica del título, en la que cursó la enseñanza media. El marco temporal se estira hasta 1975, cuando el narrador ya ha terminado su ciclo en esa escuela, el año en que tiene lugar la "Masacre del Circeo", uno de cuyos perpetradores estuvo relacionado con el mismo instituto, un hecho que el protagonista siente que le liga con el delito.
«Esta historia comprende otras. Es inevitable. Se ramifica o ya estaba ramificada desde el principio. Se superpone, como le pasa a la vida de las personas. No se puede determinar dónde empiezan y dónde acaban estas vidas y estas personas, pues se trata de relaciones, triángulos, vínculos, transmisiones, cruces, y el principio nunca es el principio porque antes de él ya había algo, como seguirá habiéndolo después de su final. Así pues, en este libro la historia principal casi no se ve: a su alrededor ha crecido la selva de los dónde, cuándo, como si, mientras..., y los protagonistas han dejado de ser un grupo de chicos autores de un triste hecho para dar paso a muchos otros chicos, no menos protagonistas, a su madres, a sus hermanas, a sus profesores de colegio, a los guitarristas y los baterías de los grupos que escuchaban, a los fabricantes de las motos que conducían y a los arquitectos que proyectaron las casas en que vivían, a los autores de los libros que los unieron, los empujaron a juntarse, o a matarse, o a aislarse para buscar la verdad o para huir de ella».
Para edificar esa tan enorme como desmesurada construcción, Albinati parte de, al menos, tres supuestos: que la vida real solo puede ser explicada mediante el uso de los mecanismos de la ficción; que todo relato de una vida precisa de la asistencia de una o varias némesis literarias, sean personas o situaciones vitales, incluso hechos luctuosos, para acercarse y  enraizarse en la realidad; y, finalmente, que es necesario dejar por escrito aquellos episodios que se quiere olvidar para que no terminen convirtiéndose en una obsesión. En definitiva, y resumiendo como jamás debería hacerse, La escuela católica es un estudio exhaustivo de la composición del marco que provocó la masacre: el colegio católico, los curas, el mundo masculino, el barrio, las familias y la política en la década de 1970.
«La parte divertida de esta historia reside en la casualidad, pero también a su aspecto más trágico. En el fondo, ¿qué es la tragedia? Lo que no hay modo de arreglar. Lo que no encuentra un equilibrio, nunca, ni siquiera después del final, con su ingenua pretensión de ajustar cuentas: en la tragedia siempre hay un residuo, una deuda impagada, un exceso de razón o error, como en la diversión, por otra parte, que siempre se ha basado en un desequilibrio interior o hacia los demás. Se invade y somos invadidos, igual que la carcajada demente, que una vez desencadenada nadie logra contener. No hay nada que hacer: donde reina al armonía, no existe diversión. Por eso nadie la busca, la armonía, fuera del papel de dibujo. Contar esta historia me divierte y me hace sufrir. Me gustaría que alcanzara un equilibrio para dejar de sentir y que quien la lee solo experimente la sensación de su desarrollo, como una tela que al caer al suelo cruje entre las manos de quien, a oscuras, intenta sujetarla; pero sé que no lo lograré. Su evolución corresponde a la verdad de los hechos, que no puedo modificar a pesar de su absurdidad. Y tampoco puedo modificar las partes que me he inventado, esas aún menos. ¿Cuáles son?, se preguntará el lector. Pues las que parecen menos absurdas».
Calificación: Hors catégorie

18 de noviembre de 2019

Los testamentos

Los testamentos. Margaret Atwood. Ediciones Salamandra, 2019
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Si no recuerdo mal, leí el primer libro de Margaret Atwood, El asesino ciego (novela ganadora del Booker Price en el año 2000), tarde, a mediados de la década de los años 2000, en el sello Ediciones B. Con posterioridad, seguí la trilogía de Oryx y Crake a medida en que se iban publicando —urge traducir esa trilogía; esperemos que el cambio de manos de la editorial no trunque las intenciones de sus antiguos propietarios de publicar, junto con los títulos que vayan apareciendo en inglés, las traducciones de los antiguos . Después, he seguido fielmente las publicaciones de Ediciones Salamandra, terminando con El cuento de la criada justo cuando todavía era un producto editorial relativamente conocido pero aún no un fenómeno de masas a partir de la serie televisiva basada en el texto; tal vez debido a ese éxito, Margaret Atwood alargó el texto original para cubrir una segunda temporada de la serie. Ahora, en primicia mundial, Ediciones Salamandra publica la secuela de aquella novela, la continuación que recoge los hechos ocurridos en la República de Gilead quince años después, Los testamentos (The Testaments, 2019). 

Quienes, en distintos niveles de implicación, trabajamos en el mundo del libro, leemos algunos libros por placer y algunos por compromiso profesional; de entre estos últimos, siempre aparecen libros ante cuya lectura, que no se puede obviar por las cuestiones mencionadas, uno tiene el propósito de sacarse de encima lo más pronto posible. Con Los testamentos, y más después de la decepción que me produjo la irregular e intranscendente Nueve cuentos malvados, esa era mi predisposición ante su lectura.

Los testamentos es una buena novela; teniendo en cuenta el género, incluso diría que es una muy buena novela. Atwood es una escritora con sobrado oficio para escribir textos excelentes; en este caso, guardando ese narrador en primera persona —aunque ahora multiplicado por tres voces— que constituía el mayor acierto formal de El cuento de la criada, administrando la intriga con mano de hierro y con unos personajes principales que, a pesar de divergir en algún caso de lo apuntado en aquel y de alguna que otra incongruencia, son rápidamente caracterizados por el lector. Tampoco niego la oportunidad, después del mencionado éxito televisivo, recogida con bastante dignidad, de dar continuación a la trama de Gilead. 

Pero, a pesar de lo dicho y de una inexplicable candidatura al Booker Prize, la sensación que me queda como lector es que Los testamentos es un libro que no hacía falta.

11 de noviembre de 2019

Instrucciones para un funeral

Instrucciones para un funeral. David Means. Editorial Sexto Piso, 2019
Traducción de Francisco González López
«"No puedes inventarte una mierda como esa e irte de rositas", me dijo. "Estarías forzando los límites y los límites son los que hacen que el mundo real sea real y la mierda ficticia, ficticia", dijo».
Parafreaseando a Tolstoi, las circunstancias parecen indicar que todos los triunfadores se parecen entre sí, mientras que los perdedores lo son cada uno a su manera. Entre otras cosas, Instrucciones para un funeral (Instructions for a Funeral, 2019), el último volumen de relatos publicado por David Means, contiene un parcial pero oportuno catálogo de perdedores, no tanto de los grandes losers que crean arquetipos como de ciertos perdedores de baja intensidad que arrastran, a menudo de forma inconsciente, pequeñas derrotas que afectan a su cotidianidad sin influir de forma grave en su predisposición ante la existencia.

Una primera fracción de ese catálogo la componen esos individuos cuya actitud muestra la  ignorancia acerca de su posición de inferioridad —física, económica, emocional, intelectual—, una inconsciencia reforzada por su incapacidad de valorar la posesión en los demás de aquello de lo que ellos carecen. Recluidos en su pequeño mundo, su autosuficiencia les impide poseer ambiciones que abarquen lo que no conocen y sus limitaciones hacen que vean cualquier cosa que no comprenden como una amenaza, lo que no les impide alcanzar un satisfactorio grado de felicidad.

Existe otra raza de perdedores, también, cuya diferencia fundamental con los anteriores es la negación, de forma activa —enfrente del perdedor pasivo—, de su situación: vivirán por encima de sus posibilidades, no solo económicas, con el fin de anular las diferencias con los más afortunados —a los que considerarán, a diferencia de los anteriores, sus iguales—, con los que intentarán mezclarse con vistas a su imagen exterior.

Finalmente, existen los perdedores hiperoptimistas —en la línea de los preceptos de la ideología new age de autoresponsabilidad—, aquellos para los cuales es imprescindible aceptar los desafíos a los que enfrenta la vida si lo que se pretende es librarse del sentimiento de derrota que va parejo al abandono de la confrontación; adjudicar la culpa de los reveses de la fortuna a culpables accidentales conlleva una liberación de la responsabilidad que incumbe solo a uno mismo, así que mejor asumir las cargas y aprender la lección para ocasiones posteriores.

Pocas situaciones son tan patéticas como las que se dan cuando las circunstancias reúnen a un grupo de perdedores de toda índole. En ningún lugar resuenan con más fuerza las excusas por un fracaso: las autoexculpaciones por la irresponsabilidad, las adjudicaciones al azar por la incompetencia personal, la atribución a los demás de los errores propios, la calificación como accidente a los hechos provocados por una negligencia, la descarga de conciencia por unas supuestas circunstancias adversas, y la competencia, de forma simultánea, por alcanzar el liderazgo de las pérdidas en una especie de reñida competición con reglas tan flexibles como volátiles y la disolución de la responsabilidad en el seno del mismo grupo, como si solo fuera lícita la autoinculpación pero jamás la acusación ajena.

La intención de redimir su cobardía no mediante grandes pronunciamientos intencionales —que ni ellos mismos se creerían, la autoconfianza es un sentimiento común en el perdedor— sino por medio de pequeñas acciones, aparentemente neutras, que pudieran interpretarse como signo de su afán por un cambio de fortuna y de un arrojo en realidad inexistentes. O en la expectativa de un inesperado golpe de suerte, de cuya ocurrencia están tan convencidos como incrédulos, y acerca de cuya utilidad llevan años fantaseando.

Instrucciones para un funeral es un volumen de relatos sin apellidos cuya principal virtud es la existencia de unos narradores en primera persona que pasarían con nota un examen de verosimilitud.

Calificación: ****/*****

4 de noviembre de 2019

La Costa de Chicago

La Costa de Chicago. Stuart Dybek. Editorial Pálido Fuego, 2019
Traducción de José Luis Amores
Uno diría que Chicago es, entre otras consideraciones de índole diversa, la patria literaria de uno de los más reputados escritores estadounidenses del siglo XX, Saul Bellow; como es lógico, la talla del escritor de origen judío ensombrece a todo lo que intenta crecer a su alrededor, pero a veces algún organismo belicoso consigue brotar en la penumbra del sotobosque. Stuart Dybek no es Saul Bellow, así como su Chicago, años después, tampoco es el del escritor de origen judío, pero hacerse visible a la sombra de uno de los mayores escritores del siglo XX tampoco es tarea fácil; para muestra de su trabajo, esta primera traducción al castellano, editada por Pálido Fuego, de uno de sus volúmenes de relatos.

El Chicago de Dybek es un Chicago real, a orillas de un mar improbable, que puede ser evocado tanto por las fantasías de la niñez como por los escalofríos del primer amor y la inevitabilidad de la muerte —aunque sea de insectos, aunque las lápidas sean chapas de cerveza, aunque la muerte alcance, de súbito, al exterior derecho—, con barrios amenazados de ruina pero con una población inmigrante empeñada en reconstruir su vida; o por el gamberrismo joven carente de mala intención pero que acude en socorro de una identidad en formación. Una cartografía que incluye un recuerdo en cada cruce, una enemistad en cada glorieta, una pelea en cada rotonda, una aventura en cada esquina, una huida apresurada en cada puente de la autopista.

Un realismo pertinaz traslada al papel los olores de la calle de los restaurantes, el traqueteo del tren por el paso elevado, los gritos de la afición de los Socks. Recorre la noche de los centros comerciales y de los barrios más humildes y sigue los pasos de la diversa fauna de noctámbulos que pueblan las calles como espectros en busca de redención: músicos callejeros que repiten machaconamente sus ritmos, yonquis desesperados en busca de la próxima dosis, parejas a la caza de la ración de oscuridad que deje al tacto como único sentido útil, adolescentes apurando al reloj para consumar su primera transgresión; las pesadillas de las noches sin sueño de los insomnes, el deambular sin destino de los hombres y mujeres en busca de la aventura que les permita regatear, aunque sea momentáneamente, la sombra de la soledad. Una ciudad a la que las calles de los suburbios y los edificios de viviendas humildes dotan de vida material, sensible, efectiva, sometida a los vaivenes de la existencia, a los cambios de humor y a los achaques de la edad cuando ve aproximarse la muerte en forma de demolición y su definitiva extinción entre amplias avenidas, espaciosos parques y flamantes rascacielos de acero y cristal.

Dybek escribe relatos de factura clásica, impecable ejecución y luminoso desarrollo que ofrecen una visión particular de una megalópolis —intercambiable hasta la colisión con la particularidad inevitable que caracteriza toda ciudad— arrancada del curso del tiempo por la cotidianidad de sus habitantes.

Calificación: ****/*****

28 de octubre de 2019

Vivir abajo

Vivir abajo. Gustavo Faverón Patriau. Editorial Candaya, 2019
1992: un innominado narrador registra en una "libreta" su periplo tras los pasos de un americano, cuya identidad real no consigue concretar, en su errático deambular a través de la ciudad de Lima. 2015: los apuntes en un "diario" reflejan otra búsqueda de una pareja, George Bennet y Ariadna, con la sospecha de que debe existir una relación entre las personas que aparecen en ambos documentos. Dos mundos, o tal vez más de dos, que se solapan, que se superponen, forjados en unos pasados ocultos que los mantienen en comunicación pero cuya imbricación hace prácticamente imposible que el sujeto pueda determinar con exactitud su ubicación; ni, tampoco, cuál de ellos se ajusta a lo real —en el caso de que la existencia de ambos implique que uno es real y el otro imaginario pues, según la lógica convencional, no pueden existir de modo simultáneo— y cuál posee una existencia alternativa.

Después de la sangrienta década de 1980, Sendero Luminoso se encuentra dando las últimas bocanadas de su estrategia terrorista, pero en julio de 1992 se produjo un atentado por la explosión de dos camiones llenos de explosivos dando lugar a una cruenta semana de huelga que sitió Lima; meses antes del atentado, Alberto Fujimori llevó a cabo, con el apoyo de las fuerzas armadas, un autogolpe mediante el cual asumió la totalidad de los poderes del Estado; poco después, Abimael Guzmán, el líder del grupo terrorista, fue capturado y encarcelado.

George Bennett, el personaje central de Vivir abajo, cuya personalidad y circunstancias se desvelan a medida que avanza la trama, es un hombre cuyo ignoto pasado ha marcado de forma definitiva pero cuyos pormenores permanecen agazapados tras una enigmática historia familiar. Empeñado en buscar su lugar en un mundo que siente como ajeno, George registra mediante viejas cámaras de cine los instantes de su presente que considera relevantes para su objetivo. Unos documentales que desvelan la primera de las contradicciones con que deberá enfrentarse en su búsqueda del pasado: películas —un marco ficticio de reproducción— sobre el mundo real, una forma de plegar la realidad sobre sí misma mediante el intento de duplicación, de copia, con un doble propósito: el almacenamiento del presente y su imbricación en la vida de los espectadores, haciéndoles partícipes de una realidad no experimentada pero sí observada, y la posibilidad de reproducción infinita.

Pero la "libreta" registra una primera acción cuya motivación permanece oculta: en septiembre de 1992 George asesina a Rainer, el padre de Ariadna, la chica que corteja, en venganza de una tal Laura Trujillo —ambas mujeres tendrán papeles relevantes en la historia de George, pero su naturaleza se irá descubriendo a lo largo de la novela, de forma fragmentaria, tal vez la misma con la que George accede a la historia de su propio pasado familiar—, tras lo cual desaparece, aunque dejando el testimonio de la tortura y la muerte en una película, ahora, en 2015, en manos del narrador.
«El sol se derramaba entre las nubes como a través de vitrales o ventanas entreabiertas y en la bajamar había islotes o bancos de barro y más cerca el esqueleto de un bote viejo que también podía ser un bote en construcción. Es sorprendente, aunque quizá no mucho, que las cosas que están dejando de existir se parezcan tanto a las cosas que están a punto de existir».
Tras un cambio de escenario —solo en la conclusión de la novela entenderemos su carácter fragmentario—, una joven, afectada por extraños lapsus linguae, registra, en lo que parece una narración presencial ante un interlocutor cuya identidad permanece oculta al lector, una serie de envíos conteniendo novelas —nueve en una primera secuencia y hasta treinta y cinco a lo largo de los años— que llegan inesperadamente al domicilio que comparte con su reciente pareja, un ornitólogo obsesivo excombatiente en Yugoslavia en la IIGM. La mujer, de origen latinoamericano, ejerce de profesora de español y tiene como alumno a un niño triste y retraído llamado George Bennett.
«Nunca descubrí por qué, desde esa primera vez, y durante los siguientes diez años, cada vez que vi a George mi primer impulso fue echarme a llorar. Quizás era algo que había adentro de mí y que su presencia (algo en su cara de víctima involuntaria o de víctima que no sabe que lo es; más bien eso: su cara de víctima ignorante) liberaba o multiplicaba o echaba a andar. Porque yo entonces no sabía que George era el niño más triste que iba a conocer en mi vida, aunque a veces tratara de ocultarlo. Esa tarde, por ejemplo, cuando terminó la clase y él salió por una puerta trasera y cruzó el campo de fútbol, el campo de fútbol me pareció el lugar más desolado de la tierra».
Es a través de su voz —Laura Trujillo, señora de Rainer Enzensberger, en la actualidad señora Richardson—, en un discurso que parece destinado a alguien ausente —un alegato que parece emitido en clave para, posteriormente, transformarse en un insulso recuento de sandeces irrelevantes— y que abarca los siete días de la semana, como, entre divagaciones alucinadas y una verborrea inconexa, relata sus intimidades con su marido, con quien mantiene una relación harto peculiar, más cerca del papel de madre que del de esposa, de los avatares de una singular familia del lugar, y de los progresos de la incipiente carrera cinematográfica de George, un muchacho que acentúa su singularidad a medida que se acerca a la edad adulta; un proceso que parece mantener algún tipo de relación, que no llega a formularse de forma explícita nunca, con los manuscritos de las novelas que siguen llegando, irregular pero ininterrumpidamente, a su casa, y que ella lee, incluso algunas malas de solemnidad, con irrazonable fruición; todo ello, junto con el irreversible proceso de la enfermedad que ha contraído su marido.
«¿Qué iba a ser de mí cuando Clay ya no estuviera? ¿Qué pasaría con George cuando su mundo se viniera abajo? ¿Qué pasó conmigo cuando mi mundo se vino abajo, la primera vez? Recordé una cara y el techo de una casa, o más bien el techo de un sótano, es decir, el piso de una casa visto desde abajo, y de inmediato volví a pensar en George, que trataba de espiar a su padre una vez por semana, mientras su padre tenía sexo en el sótano de su casa con un muchachito de la calle y me pregunté cuántas vidas se arruinaban en los sótanos de las casas de todo el planeta. ¿Tú nunca te preguntas eso (¿por qué seguimos construyendo sótanos?)? ¿Por qué no nos damos cuenta, o hacemos como que no nos damos cuenta, de que un sótano es una tumba y que sobre una tumba no debe jamás levantarse una casa? Yo sí me lo pregunto».
La confesión de Mrs Richardson cierra —o más bien abre, pues ocurre en los años 70— el círculo generado con la tortura, el asesinato y el documental sobre Rainer, el verdugo de Laura Trujillo, la madre desconocida de Ariadna, el fruto de las violaciones del alemán, secuestrada justo después de nacer. Aunque esa aseveración, ese proceso secuencial perfectamente lógico, a pesar de basarse en unos hechos ciertos, queda suspendida porque otros hechos pueden sumarse a la sucesión y desbaratar su congruencia: el narrador da palos de ciego y el lector empieza a sospechar de sus aseveraciones...

La venganza, un sentimiento menospreciado, puede, en función de los hechos, llegar a ser justa; no es que pueda suplantar a la justicia —que es un término de alcance colectivo, mientras que aquella, si quiere ser justa, debe circunscribirse al ámbito personal—, sino que debe comenzar a actuar donde esta termina, al otro lado de su frontera. Es precisamente en busca de una justicia que no puede figurar en los códigos reales hacia donde parte George, a principios de la década de 1980, una vez se ha enterado de los diversos trabajos de su padre, bajo seudónimos confusos pero llenos de significado, en algunas dictaduras latinoamericanas favorecidas por la CIA, en un peregrinaje alucinado a través de Paraguay, Argentina y Chile, con el fin de rastrear las huellas —solo tiene que seguir el rastro de la sangre— que dejó aquel, y compaginar la venganza hacia sus cómplices con una suerte de venganza negativa consistente en resarcir, aunque sea moralmente, a sus víctimas.
«George piensa que en la vida de todos hay períodos cuando las cosas parecen suceder con extrema lentitud y otros en que todo ocurre con insólita rapidez. Pero en su caso, piensa, desde el día en que llegó a Paraguay, tiene la imprecisa sensación de que ambos fenómenos se producen a la vez, de la misma forma, piensa, en que el tiempo se desdobla cuando uno tiene un ataque de ansiedad: todo se atropella y se arremolina, todo ocurre de manera instantánea, daría la impresión de que no hay tiempo para detenerse a pensar en nada, todo es un vértigo, y sin embargo todo parece durar para siempre, todo parece interminable».
En esa estancia de George en Asunción se desvela al autor de las "novelas incesantes", pero, debido a una película que ha filmado en la que dos torturadores confiesan sus fechorías, es recluido en prisión —la que construyó su padre por encargo del régimen, consistente en un inmenso sótano escondido debajo de una humilde casucha— durante de ocho años (1981-1989), un período que transcurre en un estado onírico en el que es incapaz de discriminar los ensueños de la realidad, un estado que se prolonga más allá de su reclusión en forma de una profecía que le es anunciada por su antiguo compañero de habitación.
«La tercera cosa que recuerdo, Jaime Saenz —¿dónde está usted?, ¿dónde está Raymunda?— es que una noche usted vino a visitarme a la prisión. No sé si fue una alucinación o un sueño, yo soñaba todo el tiempo, o si fue, acaso, no sé cómo explicarlo, una visita real pero que ocurrió adentro de mi sueño o de mi alucinación, es decir, tal vez yo estaba soñando o delirando y de pronto usted vino a verme a la cárcel y me habló, y yo lo escuché desde adentro de mi sueño aunque usted me estaba hablando en la realidad (como cuan do uno sale de una operación o de un electroshock y el efecto de la anestesia o del electroshock no ha cesado y un médico o una enfermera o un ayudante del manicomio le habla a uno para ver si ya recuperó la conciencia)».
Suguiendo el rastro de Raymunda, una chica aficionada al cine a quien conoce en una velada, George se traslada a Argentina. En Buenos Aires, un guitarrista peruano cuyo pueblo fue masacrado por Sendero Luminoso le pone sobre su pista y de nuevo el periplo de George parece seguir el rastro de la sangre, de esa violencia que recorre los canales institucionales y marginales —una retroalimentación que asegura la supervivencia de ambos— y que desangró América Latina a finales del siglo pasado, una violencia que, a menudo, parece ser el pilar sobre el que se asientan las clases dirigentes, todas de origen criollo, en una trama que las mantiene comunicadas y en mutua dependencia.
«Hay una muchedumbre de hombres y mujeres apurados, perros huesudos, gatos que saltan de ventanas, automóviles que pasan zumbando por la pista entre semáforos rotos y un olor a madreselvas. George tiene la sensación de que la ciudad completa corre en frente de ellos dos, tan rápido que se torna invisible y se imprecisa y deja un rastro como de cabellera estelar ante sus ojos, y siente que, si trata de ponerse en pie, una mano inverosímil lo empujaría más allá de los bordes del planeta, pero que, si intentara correr a la velocidad de la ciudad, entonces Buenos Aires se detendría».
George y el guitarrista se trasladan a Chile, el tercer vértice del macabro triángulo de las dictaduras latinoamericanas, siguiendo el rastro de Raymunda, al tiempo que parecen recorrer el itinerario que les marca un tipo peculiar de memoria que funciona con anticipación, evocando aquello que no ha sucedido todavía y confiriendo el carácter de recuerdo al hecho en sí en el momento en que ocurre en realidad.
«Es que trato de no ver muchas cosas nuevas de golpe, porque después pasan los años y uno tiene la cabeza llena de imágenes que no sabe a qué corresponden, y cuando uno busca en su cabeza las caras y las cosas que de verdad quiere recordar, ya no las encuentra, están sepultadas debajo de las otras».
Pero si hay dos acompañantes que siguen impertérritos a George en su viaje, ya desde su casa, son la locura y la muerte; acaso más que compañeros sean en realidad los inductores de su búsqueda. Ambos han abandonado a su padre, recluido en un manicomio para purgar su culpa por las innumerables muertes que provocó y, en una extraña transferencia, se han apoderado de la voluntad de su hijo y ejercido su incuestionable dominio, extendiéndose como una epidemia a su alrededor, pues su padre también le transfirió la inmunización.
«Todos tenemos el deber de consumar una venganza».
La locura y la muerte —no la locura o la muerte— son a la vez los instrumentos que materializan y el resultado ineludible del motor, la venganza, que lleva a George a recorrer América Latina. La venganza contra la memoria de su padre, que debe ejecutar para librarse de la culpa vicaria heredada por vía genética; pero también la venganza, personal, de todos aquellos a quienes su padre, como encarnación de un sistema totalitario, vejó, torturó y mató, materializada a la vez en el viejo nazi a sueldo de las dictadiras y en el chileno al servicio del régimen de Stroessner como si, ante la imposibilidad de acabar con su padre, acabar con ellos satisfaciera su vendetta.
«La tortura produce sentido, genera historias, ficciones, la mitad de la historia de América Latina, la mitad de la historia de América, no existirían si no existiera la presión de hablar bajo castigo, la mitad de la historia del mundo. Los miles de torturadores del planeta, imagínenlo así, los miles o millones de torturados del planeta inventan miles o millones de historias que se entretejen, forman un haz de historias, un haz tupido de historias vinculadas, que no se refieren a nada real o se refieren a la realidad débilmente, pero que sí se refieren, en cambio, unas a otras, o a un mundo que es producto de ellas. Millones de historias que los interrogadores de todo el mundo deciden aceptar como reales, a pesar de que saben que son ellos quienes han forzado su existencia. Es como si debajo del relato real (la Historia) creciera ese otro relato complejo y soterrado, una historia paralela hecha de mentiras. Es una ficción extraordinaria y lo más extraordinario de ella es que ejerce su fuerza sobre la Historia real, tiene consecuencias de verdad. La ficción de los torturados es el relato más influyente del mundo, transforma el mundo día a día, en ella aparecen personajes, emergen personajes y hechos, que no preexisten al momento en que son enunciados, pero que luego cobran entidad, empiezan a existir, se declaran guerras a partir de historias que han sido forzadas falsamente desde los labios de testigos que nunca las han visto ni vivido. Gobiernos completos se construyen sobre ese cimiento que es una red de ficciones, estados completos... »
¿Cuánto tienen en común la venganza y la justicia? ¿Puede la primera sustituir a la segunda, en caso de incomparecencia? ¿Es lícita la restitución? ¿Puede llegar a ser justa?

¿Se puede alcanzar la reconciliación con los demás y con uno mismo a través de la justicia? ¿Y a través de la venganza, que sería una especie de justicia por propia mano? ¿Por la unión de ambas? ¿O acaso la reconciliación sólo puede lograrse mediante el perdón?

Identidades volátiles que desaparecen y reaparecen bajo distintas formas; relatos entrelazados que descubren facetas distintas de los mismos personajes; recuerdos que se desgajan de los panales de la memoria para instalarse en la realidad alterando su significado; un pasado que regresa, con la insistencia de una mancha indeleble, para imponer su presencia; hechos acaecidos en un bucle del tiempo que pierden su consistencia al ser evocados años después; el tiempo, que se repliega sobre sí mismo y se repite en episodios ucrónicos; visiones dispares de un mismo hecho en función de los testigos; personajes enlazados por extraños nexos, hermanados de por vida y hasta la muerte simultánea; venganzas latentes durante decenios que emergen del olvido para caer, inclementes, sobre seres cuyo pecado parecía haber desaparecido sepultado por numerosas capas de penitencia; pesadillas que toman el lugar de la realidad y emponzoñan el presente de unos cuerpos mutilados por la fiebre asesina de la sinrazón; personalidades divergentes que concurren hacia una sola arrastradas por hechos a los que no pueden hacer frente; sueños premonitorios que desvelan hechos aún por ocurrir —y que puede que, en su momento, no ocurran debido, precisamente, a haber sido soñados en su posibilidad— y sueños con versiones alternativas de hechos del pasado capaces de modificarlo, convirtiendo la corriente onírica en un afluente que mezcla y torna indistinguibles sus aguas en el flujo de lo real; objetos que carecen de nombre que solo pueden ser señalados —o soñados— y palabras en busca de objetos que nombrar, como en una réplica inversa de la creación del mundo.
«Yo hice un esfuerzo por recordar sin dejarme atrapar en los tentáculos de la memoria, porque, para mí, contar esas cosas era regresar al centro del laberinto y contagiarme de un pasado que llevaba mucho tiempo tratando de olvidar, un pasado que era una enfermedad».
Calificación: *****/*****