2 de agosto de 2021

La chica oculta

 

La chica oculta y otros relatos. Ken Liu. Alianza Editorial, 2021
Traducción de María Pilar San Román

«Una buena historia no puede funcionar como un informe legal, que trata de persuadir y guiar al lector por una senda angosta al borde del abismo de la sinrazón. Debe ser más bien como una casa vacía, un jardín abierto, una playa desierta a orillas de un océano. El lector llega con su propio y oneroso bagaje y sus posesiones más preciadas, con semillas de dudas y las podaderas del entendimiento, con mapas de la naturaleza humana y cestas de nutritiva fe. Entonces se instala en la historia, explora hasta el último de sus rincones y recovecos, cambia los muebles de lugar en función de su propio gusto, empapela las paredes con bosquejos de su vida interior y, de ese modo, la convierte en su hogar». Del prólogo de Ken Liu a La chica oculta y otros relatos (The Hidden Girl and Other Stories, 2020)

Después de la publicación en castellano de los dos primeros volúmenes de la Trilogía La Dinastía del Diente de León (el tercero acaba de editarse en inglés) y del volumen de narrativa corta El zoo de papel, llega, de la mano de la colección Runas de Alianza Editorial este segundo volumen de relatos, que recoge los publicados en diversos medios en los últimos cinco años.

Aunque de variada naturaleza, los relatos incluidos en el volumen podrían agruparse en dos grandes categorías: los relatos de anticipación, en los que la informática y la cibernética tienen un papel fundamental: la inmortalidad digital y sus consecuencias cuando los algoritmos sean conscientes de su existencia y de su poder, la transferencia de la conciencia a un entorno cibernético y el alcance de la inmortalidad; en definitiva, la eterna pugna entre razón y emoción para dirimir conflictos sin solución directa y la cuestionabilidad de la empatía en la toma de decisiones que implican a un beneficiario y a un perjudicado. Por otra parte, los relatos fantásticos, en los que la imaginación se fusiona con la tradición oriental, de la que Ken Liu ya hizo gala en la trilogía mencionada, dando como resultado unas magníficas narraciones mestizas.

Otros recursos relativos al autor en este blog:

Notas de Lectura de Estrellas Rotas

Notas de Lectura de Planetas Invisibles

Notas de Lectura de El zoo de papel

Notas de Lectura de La gracia de los reyes. Dinastía del Diente de León I

Notas de Lectura de El Muro de las Tormentas. Dinastía  del Diente de León II

1 de agosto de 2021

Los pijos al sol

Estaba el otro día mirando las noticias cuando vi el reportaje de un incendio en la zona de Ventalló, en la comarca del Alt Empordà; como siempre, las imágenes eran terribles, a pesar de ser una zona con poca vegetación boscosa y, debido a la colonización, poco explotada por la agricultura y la ganadería; las consecuencias de ese desastre sobre el paisaje se prolongarán durante décadas.

Sin embargo, mi primer pensamiento no fue ni para los escasos agricultores ampurdaneses ni para los habitantes de los pequeños núcleos habitados, sino para los verdaderos colonizadores, aquellos que llevaron la cultura y la civilización a ese rincón rudo y salvaje, azotado por la tramontana y por las tormentas de levante; aquellos que, abandonando las comodidades de sus áureas residencias en el Upper Diagonal, sacrificaron durante tres meses sus níveas y rústicas moradas hivernales ceretanas para arriesgarse en la conquista y repoblación, cual Jaume I El Conqueridor ―o el Cid Campeador, para otros lares―, de esa tierra deprimida, perdida para la cristiandad; que trocaron la pertinaz pestilencia bovina por el volátil perfume Cagolinegueganuyorc, el rudimentario ruido del campanario por las sutiles melodías de sus Bang & Olufsen, los toscos sacos de arpillera per le sac Loewe, las camisetas de Lidl por las camisas Versace, los férreos Land Rover Defender por el isabelino Jaguar F-Pace: los pijos, que ahora, con ese incendio tan proletario, veían peligrar sus residencias en pleno parque natural o, los menos pudientes, en selectas urbanizaciones con guardias de seguridad y barreras en la puerta de entrada.

Como homenaje a su infravalorada pero insistente labor de civilización y como muestra de solidaridad hacia su precaria situación, pero también para que los mortales comunes podáis conocer los afanes, preocupaciones y proyectos de esa clase superior, he confeccionado una ruta literaria, sin pretensiones de exhaustividad, con incursiones en otros tiempos ―el pijerío no es una novedad del siglo XXI― y en otras culturas ―hay que ser cosmopolita; espero que algún lector madrileño, por ejemplo, sepa traducir el Upper Diagonal por el barrio de Salamanca y el Alt Empordà por Sotogrande o Zahara de los Atunes, yo qué sé, reconozco el sesgo barcelonés de la ruta―, ―con algún que otro infiltrado―, que espero que contribuya a su justa y desprejuiciada valoración y a su definitiva entronización entre las elites elegidas para llevarnos, en ordenada y perfumada peregrinación, hasta las más altas cotas del refinamiento.























































31 de julio de 2021

La Comedia humana. Escenas de la vida política. Volumen XIII. Honoré de Balzac.

 

La Comedia humana. Escenas de la vida política. Volumen XIII. Honoré de Balzac.
Hermida Editores, 2021. Traducción de Aurelio Garzón del Camino

Nuevo volumen de la edición integral de La Comedia humana, que incluye las cuatro obras que componen la serie "Escenas de la vida política".

Un asunto tenebroso

Une ténébreuse affaire fue publicada en 1841 e incluida en La Comedia humana en 1846. Primera novela de tema exclusivamente político del ciclo, que toma la forma de novela policíaca y de espionaje, se centra en la conspiración monárquica contra Napoleón y en los cambios de bando del todopoderoso ministro Fouché con respecto al Emperador. Entre los personajes ficticios, la mayoría de ellos inspirados en personas reales, se encuentra Corentin, futuro jefe de la policía política, presente también en Los Chuanes, Esplendores y miserias de las cortesanas y Los pequeños burgueses.

Los cambios de dirección de la historia de Francia a finales del siglo XVIII y principios del XIX Ancien régime, Revolución, Terror, Consulado, Imperio...― fueron tan vertiginosos que aquellos que querían formar parte del bando ganador debían estar muy atentos si no querían perder pie ―Fouché fue, tal vez, el ejemplo paradigmático de capacidad de adaptación―: quien no era veloz en sus afiliaciones, corría el peligro de ser acusado de traidor; quien no cambiaba la naturaleza de sus relaciones, de espía.

Los vaivenes políticos de una época tan convulsa tuvieron su reflejo, en la escala correspondiente, en la política local y en las relaciones entre los distintos actores de cada facción; los grandes temas que se dirimían en los centros de poder de París se conviertían, a nivel local, en rencillas personales y familiares de mucha menos importancia pero de mayor ensañamiento.

«Pertenecía a esa porción de monárquicos que han guardado eternamente el recuerdo de haber sido maltratados y robados, que permanecieron mudos, ordenados, rencorosos y sin energía, pero incapaces de ninguna abjuración, así como de ningún sacrificio; siempre dispuestos a saludar con alborozo la realeza triunfante, amigos de la religión y de los sacerdotes, pero decididos a soportar todas las afrentas de la desgracia. Esto no es ya tener una opinión, sino ser testarudo. La acción es la esencia de los partidos. Sin inteligencia, pero leal, avaro como un campesino, y, sin embargo, noble de maneras, atrevido en sus deseos, pero discreto en palabras y en actos, sacando partido de todo y dispuesto a dejarse nombrar alcalde de Cinq-Cygne, el señor de Hauteserre representaba admirablemente a esos honorables gentilhombres en cuyas frentes ha escrito Dios la palabra polillas, que dejarán pasar sobre sus casas solariegas y sus cabezas las tormentas de la Revolución, que se volverán a levantar bajo la Restauración, opulentos con la posesión de sus ahorros escondidos, orgullosos de su adhesión discreta, y que volverán a marchar a sus tierras después de 1830».

La estratificación social ―la Revolución acabó con los antiguos privilegios, pero los nuevos, a menudo en las mismas manos que aquellos, los sustituyeron con una sorprendente  facilidad y rapidez― se hace patente en la relación de los individuos de cada clase con la conspiración: las clases más desfavorecidas son las encargadas del trabajo sucio y de proteger, si hace falta con su propia vida, a la nobleza y a las personas con altas responsabilidades; unos pagan con su vida la traición al régimen, mientras que los otros encuentran siempre subterfugios ―a veces facilitados por las propias autoridades― para evadir sus compromisos o que las consecuencias de sus actos recaigan sobre los eslabones más débiles de la conspiración.

En cuanto a los bandos enfrentados, si bien es cierto que el poder se mantiene en manos de los representantes de la jerarquía política, así como los medios materiales y humanos, apoyados por aquella parte de la población que ha acumulado quejas contra la nobleza rural, las gentes a la que esta favoreció o, simplemente, colocó en situación de privilegio, se convierten en su más fiel aliada, dispuesta a arriesgar su vida o su posición para defenderla; es una fidelidad a toda prueba con la que el bando oficial jamás puede contar entre sus filas.

La trama política planteada por Balzac, que queda resuelta, en un primer momento, con el perdón del Cónsul, en vías de ser entronizado Emperador, como medida de gracia para con los sediciosos, comparte protagonismo con la rivalidad amorosa de dos gemelos por su prima, todos enrolados en el bando monárquico, del que ella es un personaje destacado; un asunto que ocupa a ambas familias y que les hace olvidar los viejos antagonismos con los vecinos partidarios del Emperador: Napoleón ha perdonado, pero la hostilidad vecinal de sus partidarios persiste.

«―Seguís considerando los dominios de Gondreville como vuestros y reaviváis así un odio terrible. Veo, por vuestro asombro, que ignoráis que existen contra vosotros malas voluntades en Troyes, donde se recuerda vuestra valentía. Nadie se oculta para referir cómo escapasteis de las búsquedas de la policía general del Imperio, los unos alabándoos y los otros considerándoos como enemigos del emperador. Algunos secuaces se asombran de la clemencia de Napoleón con vosotros. Esto no es nada. Habéis burlado a gente que se creían más astutas que vosotros, y los subalternos no perdonan jamás. Tarde o temprano, la justicia, que en vuestro departamento depende de vuestro enemigo el senador Malin, pues ha colocado en todas partes a gente suya, incluso los oficiales ministeriales; su justicia, digo, se alegrará mucho al encontraros comprometidos en un mal asunto. Un campesino os provocará en sus tierras cuando estéis en ellas. Vosotros llevaréis armas cargadas, sois de genio vivo, y una desgracia sucede rápidamente. En vuestra situación es preciso tener cien veces razón para no tener culpa».

Un episodio bajo el Terror

Balzac retrocede quince años en la historia de Francia y ubica Un episodio bajo el Terror (Un épisode sous la Terreur, 1842) en los aciagos días de ese período revolucionario gobernado por Maximilien Robespierre al mando del Comité de Salvación Pública, entre el 5 de septiembre de 1793 y el 28 de julio de 1794; fue publicada por primera vez, como obra independiente, en 1842, e incluida en La Comedia humana en su edición de 1846.

Después del ajusticiamiento de Luis XVI, la vida en París, epicentro de la Revolución, se convierte en un asunto peligroso no solo para los restos de la nobleza del ancien régime, sino también para cualquier ciudadano que hubiera tenido alguna relación con aquella; sin embargo, el peligro más imprevisible lo encarnan las consecuencias de las denuncias, a menudo anónimas, formuladas por sujetos sin escrúpulos que o bien buscaban resarcirse de antiguas afrentas o, simplemente, codiciaban lo ajeno. No hay duda de que el apelativo de Terror está justificado por los miles de ciudadanos represaliados y ajusticiados. Pero no debía ser menos terrorífica la sensación de inseguridad acerca de cuál debía ser la conducta adecuada y de ver en cada vecino a un posible denunciante.

«Hay una indigencia que los indigentes saben adivinar. El pastelero y su mujer se miraron y se mostraron mutuamente a la anciana, comunicándose un mismo pensamiento. Aquel luis de oro debía de ser el último. Las manos de la dama temblaban al ofrecer aquella moneda, que contemplaba con dolor y sin avaricia, pero parecía conocer toda la magnitud del sacrificio. Sobre aquel rostro estaban grabados el ayuno y la miseria con rasgos tan legibles como los del miedo y de las costumbres ascéticas. Había en sus vestidos vestigios de magnificencia. Era de seda deslustrada, un manto limpio, aunque gastado, encajes cuidadosamente zurcidos, ¡los harapos de la opulencia, en una palabra!».

Ese terror, unido al provocado por la rotura del aislamiento conventual y la salida a un mundo incomprensible e intraducible, es el que embarga a dos ancianas monjas que salvaron milagrosamente la vida en el asalto a su monasterio, junto con un sacerdote que también pudo escapar de la persecución, y se refugiaron en un inmueble de mala muerte de un barrio periférico; la llegada de un desconocido con una insólita petición alterará la vida de estos ancianos de una forma que no pueden sospechar, menos aún cuando conozcan su verdadera identidad.

Z. Marcas

Publicada por primera vez en 1840, Z. Marcas fue incorporada a La Comedia humana en su edición de 1846; temporalmente, se ubica en el reinado de Luis-Felipe de Orleans (1830-1848), la llamada Monarquía de Julio, una época especialmente dura para la población con pocos recursos económicos. El papel narrador es encomendado a Charles Rabourdin, hijo de Xavier Rabourdin, personaje de Los empleados, vecino de Zéphirin Marcas mientras aquel cursaba estudios de derecho, que tiene una curiosa teoría acerca del nombre del protagonista.

«¿No advertís en la construcción de la Z una marcha entorpecida? ¿No representa el zigzag aleatorio y fantástico de una vida atormentada? ¿Qué viento ha soplado sobre esa letra que, en cualquiera de las lenguas en las que está admitida, apenas si gobierna cincuenta palabras? Marcas se llamaba Zéphirin. San Zéphirin es muy venerado en Bretaña. Marcas era bretón. Seguid examinando ese nombre: ¡Z. Marcas! Toda la vida del hombre de encuentra en la reunión fantástica de esas siete letras. ¡Siete! El más significativo de los nombres cabalísticos. El hombre murió a los 35 años, su vida se compuso de siete lustros. ¡Marcas! ¿No os asalta la idea de algo precioso que se rompe en una caída, con o sin ruido?».

Z. Marcas es, probablemente, una de las novelas más pesimistas de Balzac, que contrapone en ella la maldad innata de las gentes que detentan el poder político y económico a la bondad de ciertas personas excepcionales cuya incorruptibilidad les condena a la pobreza y a la exclusión.

Balzac, siempre hábil en la construcción de ambientes, ejecuta un ejercicio de acumulación en negativo cuando hace presentar al narrador su situación económica, precaria y apurada, y la contrapone a la de Marcas, infinitamente peor, en una nueva versión del fragmento de los dos sabios del calderoniano La vida es sueño, como si la vida y el desdichado final del vecino fuera un oráculo en el que el estudiante puede vislumbrar su futuro.

«Marcas, nuestro vecino, fue en cierto modo el guía que nos llevó hasta el borde del precipicio o del torrente, que nos lo hizo medir y nos mostró por adelantado cuál sería nuestro destino si nos dejábamos caer en aquel. Fue él quien nos puso en guardia contra las dilaciones que se contraen con la miseria y que la esperanza sanciona, aceptando situaciones precarias desde las que se lucha, dejándose arrastrar por el movimiento de París, esa gran cortesana que os toma y os deja, os sonríe y os vuelve la espalda con la misma facilidad, usando las más firmes voluntades con esperas capciosas, situaciones en la que el infortunio está mantenido por el azar».

Individuo de una inteligencia notable y una probidad incuestionable, Marcas fue represaliado por un ministro al que no quiso seguir el juego y a quien denunció a la opinión pública, cuando este recuperó, con malas artes, su influencia en la esfera política. Balzac muestra su faceta más moralista y acaba componiendo un verdadero homenaje a la honestidad.

«Asqueado de los hombres y de las cosas, cansado por la lucha de cinco años, considerado más como un condottiere que como un gran capitán, acuciado por la necesidad de ganar[se] el pan, lo que le impedía ganar terreno, desolado ante la influencia de los escudos sobre el pensamiento y abocado a la más terrible miseria, se había retirado a su buhardilla, ganando en ella franco y medio diario, la cantidad estricta para cubrir sus necesidades».

El diputado de Arcis

Planteada por Balzac como la continuación de Un asunto tenebroso, Le député d'Arcis quedó inconclusa a la muerte del autor; parece que su intención era ubicar la acción en la convulsa época que terminó en 1848 y especular acerca de la reconciliación definitiva entre todos los franceses de cualquier bando.

Simon Giguet, hijo de un militar y de familia acomodada, prepara la candidatura a diputado por su distrito al tiempo que su padre y su tía intentan buscarle un buen partido que contribuya con una buena renta al realce de su posición social. Con el fin de dar a conocer al candidato a algunos electores ―hay que recordar que el sufragio no era universal, solo votaban aquellos ciudadanos que habían comprado su derecho al voto― y medir sus fuerzas para la confrontación electoral, sus mayores organizan un encuentro doméstico con el fin de que Simon exponga sus ideas.

«La escena está escrita para enseñanza de aquellas comarcas que son lo bastante desgraciadas para no conocer los beneficios de una representación nacional, y que, por consiguiente, ignoran cuáles son las guerras intestinas y los sacrificios semejantes a los de Bruto, al precio de los que una ciudad pequeña engendra un diputado. Espectáculo majestuoso y natural al que no puede compararse sino el de un parto: los mismos esfuerzos, las mismas impurezas, los mismos desgarramientos, el mismo triunfo».

Todo ello, sin ser plenamente consciente de la rivalidad existente entre las dos familias ―que dio lugar a verdaderos clanes― más importantes del distrito, cuya enemistad se remontaba a los tiempos de la pugna entre bonapartistas y realistas ―que Balzac describe en la precedente Un asunto tenebroso―.

«Aquel joven abogado delgado, de color bilioso y de una estatura lo bastante elevada para justificar su sonora nulidad, ya que es raro que un hombre de elevada estatura posea facultades eminentes, exageraba el puritanismo de los hombres de la extrema izquierda, tan afectados todos, al modo de los mojigatos que tienen intrigas que ocultar. Vestido siempre de negro, llevaba la corbata blanca, que dejaba bajar hasta el comienzo de su cuello. Así, su rostro parecía salir de un cucurucho de papel blanco, ya que conservaba ese cuello alto y almidonado que la moda ha proscrito muy felizmente. Su pantalón y sus fracs parecían estarle siempre demasiado anchos. Tenía eso que en provincias llaman dignidad, es decir, que se mantenía tieso y que era fastidioso».

La candidatura de Simon despierta los recelos y las burlas de algunos de sus conciudadanos y parece destinada al fracaso, pero la repentina muerte del oponente con más posibilidades hace reavivarla. Además, parece que su nombramiento facilitaría enormemente sus pretensiones de matrimonio con el mejor partido del lugar.

La súbita aparición de un enigmático desconocido altera el equilibrio estable en que se mantienen las facciones enfrentadas con motivo de las elecciones.

«No hay nada que explique mejor la vida de provincias como el silencio profundo que envuelve esta pequeña ciudad y que reina en su lugar más animado. Fácilmente se podrá imaginar la inquietud que en ella produce la presencia de un extranjero, aunque solo pase medio día, con qué atención los rostros se asoman a todas las ventanas para observarle y en qué estado de espionaje viven los vecinos, los unos con respecto a los otros. La vida se hace allí tan conventual que, a excepción de los domingos y días de fiesta, un forastero no encuentra a nadie en los bulevares ni en la avenida de los Suspiros; en ninguna parte, ni siquiera en las calles».

A diferencia de las tres novelas anteriores de la serie Escenas de la vida política, en las que el relato histórico prevalece y determina la trama, del que esta se convierte en complementaria, en este Diputado de Arcis, es el marco histórico, al menos en la parte que Balzac dejó escrita, el que funciona como complemento de una trama que hubiese podido formar parte, por ejemplo, de las Escenas de la vida de provincia.  

Otros posts relativos a La Comedia humana obra en este blog:

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen I

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen II

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen III

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen IV

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen V

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VI

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VII

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VIII

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen IX

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen X

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen XI

La Comedia humana. Escenas de la vida parisiense. Volumen XII


Es de suma utilidad la consulta puntual al recurso de la Lista de Personajes de La Comedia humana

30 de julio de 2021

Un diàleg imaginari

 

Un diàleg imaginari. Lluís Maria Todó. Club Editor, 2021

«Vaig pensar que podria resultar distret per a mi, i potser profitós per a algú, narrar el que em sembla que sé i que he après llegint, ensenyant i traduint Stendhal, Flaubert i Proust, i intentar explicar el que m'han fet veure els seus llibres i com els he vist jo, tant els autors com els seus escrits».

Lluís Maria Todó, professor de Literatura Francesa i escriptor en llengua catalana, que ha traduït al català i al castellà els grans escriptors de llengua francesa, des de Chrétien de Troyes fins a Artaud, comença Un diàleg imaginari potser com a justificació d'una carrera professional dedicada a la literatura del país veí, una excusa que acaba convertint-se en una profunda declaració d'amor que pren la forma, efectivament, d'un diàleg imaginari amb els fantasmes dels escriptors que admira, sobretot per la seva obra, i que esdevé una lectura interessant i enriquidora pels que, com Todó, ens rendim davant dels grans mestres de la literatura francesa i pensem, com Stendhal ―«jo escric en llengua francesa, però no en literatura francesa»―, que la literatura és abans una qüestió de llengües que de política.

26 de julio de 2021

Armance

 

Armance. Stendhal. Adesiara Editorial, 2021
Traducció de Lídia Anoll

Armance (Armance, 1827), que fou una de les primeres novel·les publicades en vida de l'autor, no és una de les significades, i menys davant les gegantines obres majors com El roig i el negre i La Cartoixa de Parma, però sí que pot considerar-se, fins a cert punt, una obra estilísticament programática en relació al conjunt de la producció de Stendhal: en ple Romanticisme literari, aconsegueix fondre un tema manllevat d'aquesta tradició amb un tractament que apunta clarament al realisme; aquesta distinció podría confirmar la sospita de que el Romanticisme novel·lístic fou un fenòmen eminentment germànic, mentre que a la resta del món va quedar circumscrit, en general, a la poesia. En tot cas, és possible rastrejar en els temes cert caràcter romàntic, però la forma dominant en la novel·la francesa de la primera meitat del segle XIX, exclosa l'aportació monstruosa de Victor Hugo, sembla ser el realisme.

Stendhal especula amb l'atribució de l'autoria de la novel·la; en un breu prefaci que és tota una declaració d'intencions, es revela com a corrector d'una novel·la escrita per un autor desconegut i els personatges de la qual són persones reals amagades sota noms falsos en una narració plenament verídica. De fet, el subtítol del llibre, o unes quantes estones d'un saló de París el 1827, una expressió plenament balzaquinana uns quants anys abans de les primeres novel·les de La Comedia humana, aniria en aquesta direcció.

«Trobareu en l'estil d'aquesta novel·la una certa ingenuitat en la parla, que no he gosat canviar. No hi ha res més enutjós per a mi que l'èmfasi germànic i romàntic. L'autor deia: "Una recerca massa acurada de girs nobles produeix, finalment, respecte i aridesa; fan llegir amb plaer una pàgina, però aquest preciosisme encantador fa tancar el llibre al final del capítol, i el que volem és que el lector llegeixi una pila de capítols. Deixeu-me, doncs, la meva senzillesa rústega o burgesa"».

Octave, fill del marquès de Malivert, és un jove atractiu i té marcat un futur brillant però es deixa arrossegar per la melanconia i el tedi, provocant la inquietut de la seva mare, que l'adora amb desmesura i que es preocupa per ell buscant-li distraccions i relacions amb les seves amistats; ni tan sols la perspectiva d'una millora considerable de la seva situació econòmica aconsegueix reeixir.

El primer retrat de l'Octave, la caracterització que Stendhal vol que el lector reconegui, s'acosta força al clixé de l'heroi romàntic. Gairebé tot el seu atractiu deriva de la seva desgràcia, i és precisament la seva misantropia la que actua com a pol d'atracció per a certes menes d'esperit.

«―Tinc moments de frustració i de furor que no són pas de bogeria ―li deia una tarda―, però que em faran passar per boig entre la gent tal com em succeïa a l'escola politècnica. És una desgràcia com una altra, però el que supera el meu coratge és el temor de trobar-me de cop i volta amb un motiu de remordiment etern».

Aquest canvi de condició, que provoca canvis en la consideració de les relacions d'Octave, no sembla afectar, però, a Armance, una cosina d'origen rus amadrinada per la marquesa, no massa afavorida ni física ni econòmicament; aquesta circumstància porta aparellada una espècie de complicitat que modifica notablement la relació que havien mantingut fins llavors.

L'Armance, caracteritzada conscientment com a contrapunt d'Octave, sembla personificar uns de les condicions romàntics més universals: la redempció.

«L'unica percepció real que hauria pogut donar a les seves enemigues l'expressió de la fisonomia de l'Armance era una mirada especial que tenia de vegades quan menys hi pensava. Aquella mirada fixa i profunda era la de l'atenció extrema; no tenia res, vertaderament, que pogués molestar la més severa de les delicadeses; no s'hi veia ni coqueteria ni audàcia, però no es pot negar que no fos singular i, per aquesta raó, fora de lloc en una noia. Les incondicionals de la senyora de Bonnivet, quan estaven segures que ella se les mirava, imitaven de vegades aquella mirada parlant de l'Armance entre elles; però aquelles ànimes vulgars no hi posaven allò que elles eran incapaces de veure-hi. "És així ―els sigué un dia la senyora de Malivert, molesta per la seva dolenteria― com dos àngels exiliats entre els homes, i obligats a amagar-se sota formes mortals, es mirarien entre ells per reconèixer-se"».

Els caràcters respectius donen lloc a una atracció a contracor entre ambdós joves: convençuts de que el destí acabarà ajuntant-los malgrat les seves diferències, prenen una actitut en sentit contrari, exagerant els defectes propis que provoquen més rebuig en l'altre i procedint, mitjançant aquesta maximització, a l'enfrontament que haurà de superar tots els obstacles abans de que es dugui a terme la consolidació de la relació, amb independència del caràcter d'aquesta, com qui vol exhaurir tot el menyspreu abans de fer l'aposta definitiva.

Però el que semblava una presa de posició compartida revela ben aviat una esquerda irreparable: quan Octave preten aturar el joc, Armance no ho té tan clar, la seva posició no era impostada i els retrets que acumula contra Octave provenen d'una convicció íntima; aquest convenciment provoca una decepció profunda en l'ànim d'Octave, que se n'adona el verí que amagava la notícia del canvi de la seva situació financera que, a diferència del seu entorn social, Armance no valora de forma positiva; tot plegat, encarat a una reconciliació que ell no sap si interpretar com un retorn a la situació anterior a la notícia o com el cessament total de qualsevol esperança de cara al futur. El malentès que ha de sostenir tota la trama està servit: Armance estima Octave però, al no saber interpretar la seva conducta, cau en un estat de melanconia irreversible; Octave, per la seva part, el que no sap interpretar són els seus propis sentiments, i aquesta carència l'impedeix, alhora, adonar-se'n del conflicte que pateix Armance.

Tot i que es troba a faltar la severitat amb que, uns quants anys després, el narrador de Balzac tractarà als personatges que no desperten la seva simpatia, el tracte que dispensa el narrador de Stendhal als protagonistes de Armance no és gens neutre: és cert que, d'alguna manera, abandona als dos protagonistes al seu destí fatal, inevitable, al que els condueixen una actitud nefasta i una conducta irracional, però no els perdona la incapacitat d'enfrontar-se a un entorn que els condiciona les seves reaccions i, sobretot, la seva actitud. Potser el narrador d'Stendhal no és tan crític ni tan directe com el de Balzac, però el grau de censura, recolzat amb mesurades i efectives intervencions i interpel·lacions directes a lector, és igualment explícit.

L'estructura de l'obra no està exempta d'aquest mateix moviment pendular al que estan subjectes els protagonistes: resumint, parteix d'una situació inicial en equilibri inestable fins que apareixen certs successos que amenacen aquest equilibri però poden permetre una situació més justa; aquesta circumstància provoca el trencament del procés cap a aquest nou equilibri quan un conjunt de fets inesperats canvien la relació de forces; després, s'esdevé un nou equilibri ajustat a les expectatives dels implicats, però és tan inestable que desemboca en un final tràgic, preparat des de l'inici de la segona meitat de la novel·la, amb la intervenció d'un deus ex machina que malmet la congruència i la verosimilitut de tota l'obra però que actua com a participant inevitable.

19 de julio de 2021

Cuadernos. Apuntes y reflexiones

 

Cuadernos. Apuntes y reflexiones. Gustave Flaubert. Páginas de Espuma, 2015
Edición y traducción de Eduardo Berti

«Componemos escenas que vemos; tenemos, en cierto modo, la sensación de que vamos a lograr que cierta cosa despierte. Sentimos en el corazón algo así como el eco distante de todas las pasiones que vamos a restaurar. Pero la impotencia a la hora de reflejar todo aquello es la eterna decepción de los que escriben, la miseria de los idiomas que tienen una sola palabra para cien ideas, la debilidad del hombre que no encuentra lo que busca y, en mi caso particular, mi eterna angustia».

Recopilación de una parte de la producción inédita y no publicable ―su volumen es inmenso― del escritor francés: cuadernos de juventud ―el más antiguo data de 1838, cuando el autor contaba dieciséis años de edad―, cuadernos íntimos que recogen notas personales, borradores de cartas, declaraciones de intenciones, así como aforismos y pensamientos que suponen un genuino programa ético y estético de su obra publicada; alcanzada ya la edad adulta, la mayoría relacionados con la redacción de sus trabajos, y notas que debían desarrollarse en la segunda parte de Bouvard y Pécuchet.

Los escritos de juventud rezuman egolatría y un carácter ampuloso y artificial; se atisban los temas que tratará, sobre todo, en su correspondencia, pero el desarrollo narrativo no tiene nada que ver con los principios estilísticos que desarrollaría con posterioridad y que aplicaría en sus grandes obras, programáticamente, en La señora Bovary.

A medida que transcurre el tiempo, los cuadernos empiezan a registrar algunos motivos auxiliares y notas dispersas que formarán parte de su obra. A menudo, y conociendo su tendencia a la comunicación epistolar, parecen cartas con destino a sí mismo.

Pero la parte más importante la constituyen los esbozos de lo que podría convertirse en trabajos publicables, por lo general de corta duración ―y que jamás fueron desarrolladas, aunque sí ampliados los borradores―, anécdotas que se agotan en su mera expresión y proyectos cuya simple formulación revela como imposibles, aunque también se encuentran fragmentos que serán incluidos en sus obras definitivas.

Además de estos esbozos primitivos, a mediados de la década de 1860, los proyectos literarios parecen tomar forma y la resolución de Flaubert acerca de su redacción se consolida hasta el punto de que algunos de los cuadernos están enteramente dedicados a una sola obra; en el resto, sorprende, a la vista del resultado, una novela inacabada, la cantidad de apuntes destinados a Bouvard y Pécuchet.

12 de julio de 2021

El hilo del collar

 

El hilo del collar: Correspondencia. Gustave Flaubert. Alianza Editorial, 2021
Selección y edición de Antonio Álvarez de la Rosa

Ni La señora Bovary ni La educación sentimental: uno se siente inclinado a proponer que la obra de la vida de Flaubert es su correspondencia porque no parece posible sostener que sus obras hubieran resultado como son sin la influencia de sus cartas. "Lo que da forma al collar no son las perlas, es el hilo"; en este caso, bien podría decirse que las perlas son las novelas y los relatos que escribió a lo largo de su vida literaria, mientras que el hilo son las más de cuatro mil cartas autógrafas que se han conservado. Y es que ningún registro escrito da una imagen más fidedigna de un personaje que su correspondencia: soslaya el tono hagiográfico de la biografía, evita el sesgo ególatra de la autobiografía, sobrepasa la inmediatez del diario, rehuye la modulación autoexculpatoria de las memorias y sortea la jactancia pretenciosa de la autoficción. 

A principios de la década de 1840, a los veintipocos años, apenas concluida una primera versión de La educación sentimental, la mayor preocupación de Flaubert es ya la escritura. En 1846 conoce a Louise Colet, la primera de sus corresponsales regulares; a sus desvelos cotidianos se añade la muerte de su padre y de su hermana, pero la relación intermitente, no solo epistolar, con su amante provoca un giro radical en la naturaleza de su correspondencia.

En 1849 realiza el largamente proyectado viaje a Oriente; su correspondencia de esa época muestra ya el germen de su obra. Recupera a algunos interlocutores del pasado, de antes de Louise, y consigue algunos nuevos. Sus cartas relatan con todo lujo de detalles una actividad sexual desenfrenada, pero el viaje, paradójicamente, le reafirma en la intención bosquejada desde su juventud: el encierro y la dedicación exclusiva a su actividad creadora.

A su regreso de Oriente se reanudan la correspondencia y los encuentros con Louise, pero cualquier circunstancia se ha convertido en accesoria porque Flaubert ha concentrado su vida hacia un solo objetivo, La señora Bovary, y sus cartas acaban conformando un detallado making off de su novela. De esa misma época es su relación más estrecha con Victor Hugo, el intocable monstruo literario del momento; Flaubert tiene el mérito, reconocido por la posterioridad pero prácticamente desapercibido en su tiempo, de haber dinamitado el Romanticismo desde su propio interior.

En 1857, después de su publicación por entregas, La señora Bovary es prohibida por orden judicial junto con otras obras entre las que se encontraba La flores del mal; a pesar de ello y de los informes desfavorables de algunos críticos, la obra es favorablemente acogida por el público y por muchos de sus más influyentes colegas. La correspondencia de esa época se ocupa de ese hecho y de la preparación de su nueva novela, Salambó. Se produce un cambio de corresponsal, cesa la relación con Louise Colet y se establece con Leroter de Chantepie, en cuyas cartas amplía la información sobre La señora Bovary, confeccionando una verdadera edición crítica de la novela.

En 1862, la publicación de Salambó tampoco está exenta de polémica, y el desacuerdo entre la crítica y el público es aún más acentuado que en el caso de La señora Bovary. La novela le reconcilia con gran parte de los lectores y le convierte en un personaje público al que llega también el reconocimiento mundano de aquella parte de la sociedad de la que había abominado; esa circunstancia, enfrentada con su intención de reclusión creadora, se refleja en su correspondencia que, por otra parte, se centra en la redacción de un antiguo proyecto, La educación sentimental, cuya publicación es bastante mal recibida por la crítica. Es en esa época, también, cuando empieza la fecunda relación epistolar con la tercera y última de sus corresponsales, George Sand.

Mientras van muriendo personas próximas, familiares y amigos, se consolida la relación epistolar con Amandine Dupin, que alcanza un carácter íntimo y personal. Comienza la redacción de La tentación de San Antonio y, a partir de los apuntes de los varios proyectos de diccionarios, va tomando forma Bouvard y Pécuchet; pero la guerra con Prusia y los hechos de la Comuna afectan gravemente a sus planes literarios. Su fe en el género humano, ya escasa, se reduce aún más con la situación política de Francia.

La cercanía de la muerte le espolea a publicar La tentación de San Antonio, que es vapuleada por la crítica, ninguneada por el público y, con gran pesar de su autor, ignorada por aquellos que hubieran debido apreciarla. Sigue escribiendo, a regañadientes, su última novela, Bouvard y Pécuchetpero dedica más tiempo a unas piezas cortas que se convertirán en Tres cuentos, la última obra publicada en vida.

5 de julio de 2021

Un bello tenebroso

 

Un bello tenebroso. Julien Gracq. Ediciones Shangrila, 2021
Traducción de Vanessa García Cazorla. Prólogo de Alberto Ruiz de Samaniego

Mi trabajo me obliga a estar al día de los libros que se van publicando a lo largo del año si quiero dar razón, aunque sea de forma sucinta, a las consultas de los lectores ―cada vez menos frecuentes; el mío es un oficio en extinción, y no solo por culpa de los nuevos medios de información y recomendación (¡jajajaaa!), pero esa es otra historia que, tal vez, algún día intente explicar; esta exigencia conlleva que muchos de los libros que leo regularmente pertenezcan a esas novedades, aunque evito aquellos que, por mucho bombo y platillo que hayan provocado en los medios audiovisuales, en las reseñas o en las comunicaciones editoriales (algunas referencias, como Goodreads, los algoritmos o los youtubers, las descarto por principio; tienen la misma fiabilidad que las fajas que acompañan a los libros), son directamente execrables ―una mirada a las mesas de novedades de cualquier librería es suficiente para inducir a la vergüenza ajena o, directamente, al vómito. Me he dado cuenta de que esta circunstancia, esa lectura obligada,  conlleva un descenso involuntario de mi nivel de exigencia lectora ―aunque ese descenso no llegue a caer en la tentación de leer la última confesión del chico al que ha abandonado su novio y que, además, fue maltratado en su infancia o los pesares de la chica cuya mayor tragedia en sus años de corta vida fue quedarse sin batería en el móvil cuando era cuestión de vida o muerte enviar un mensaje de texto, por no hablar de la autoficción de manifiestos iletrados o las memorias de personajes que apenas han superado su adolescencia mental―, de manera que acabo valorando, casi sin darme cuenta mea culpa, algunas de esas lecturas muy por encima de su mérito real ―no pretendo disculparme, una simple ojeada a mi blog es la muestra más fehaciente de esa relajación de la exigencia. Afortunadamente, este proceso queda interrumpido ―podría hablar de poner el contador a cero― cuando, cansado de estar al día ―o, en otras palabras, de tragar porquería― busco o llega a mis manos alguna novela mayor, esos libros que tal vez no se valoraron en su justa medida cuando se publicaron por primera vez, con frecuencia porque el mismo autor había escrito novelas manifiestamente mejores ―sin darnos cuenta de que la peor novela de Stendhal, o de Dickens, o de Faulkner, está a años luz en calidad de la mejor novela, a menudo la primera, que por merecimientos debería ser la última, del recién descubierto fenómeno editorial―, o porque el nivel de exigencia lectora de la época era bastante más alto que el actual ―aunque el número de lectores fuera sensiblemente menor―; algunas editoriales ―pocas, muy pocas― insisten en publicar grandísimas novelas agotadas, descatalogadas o desconocidas de autores dignos de figurar en las nóminas de clásicos, y el agradecimiento que les debemos los lectores debería ser eterno por permitirnos sacar por un momento la nariz de la cloaca y respirar Literatura. Toda esta exposición viene al caso porque Shangrila, una editorial dedicada, en principio, a textos relacionados con el cine, ha puesto a nuestro alcance ―no es la primera vez que cometen la osadía de publicar a Gracq, un autor fundamental de la literatura europea del siglo XX Un bello tenebroso (Un beau ténébreux, 1938), segunda novela del francés, después de En el castillo de Argol (Au château d'Argol, 1938), una excepcional parodia, sin sentido peyorativo, de la novela gótica del Romanticismo, pasada por el filtro de un incipiente surrealismo.

El protagonista del texto, ese bello tenebroso, es un personaje que, onomásticamente, podría remontarse fácilmente al Beltenebros cervantino; un tipo con un alto componente de misterio y tragedia, pernicioso para su entorno y letal para sí mismo, que encarna, a la vez, la fragilidad del hombre moderno y una rígida naturaleza del espíritu. El carácter arquetípico del personaje principal remite al Fausto de Goethe por su carácter, valga la redundancia, fáustico, pero también en su vertiente diabólica, situada por encima del bien y del mal por su carácter generador; es decir, desde el punto de vista romántico, el poeta.

La acción se ubica en un hotel de la sombría, salvaje y primordial Bretaña, en el que se hallan hospedados los protagonistas, personajes pertenecientes a la sociedad acomodada; entre ellos, Gérard, cuyo Diario es la primera de las fuentes narrativas, y Christel, una enigmática joven hospedada en el mismo hotel, que atrae todas las miradas de los huéspedes; se trata de un personaje dominado por el tedio vital desde la infancia, apasionada y voluble, sometida al influjo de un fatum trágico y dramático, y con una insoslayable tendencia a transitar por el filo del abismo, arrastrando con ella a todo el que la sigue. Solitaria y misántropa, parece fatalmente destinada a las relaciones tempestuosas e inviables, y solo puede ser salvada por un amor incondicional que renuncie a su propio ser para fundirse, en una improbable aleación de opuestos, en una total unión de espíritus. En su Diario, Gérard registra, mediante la narración indirecta, pero de forma literal, las conversaciones mantenidas con Christel; todo ello, mezclado con las percepciones del propio Gérard, que van cambiando de signo y de intensidad a medida que progresa en el conocimiento de Christel; es decir, a medida que va cayendo bajo su embrujo. 

«"Tal vez me equivoque [declara Christel] al decir esto, pues dar voz a los pensamientos es casi como pronunciar un voto, pero estoy destinada, creo, a arruinar mi vida. Me preocupa muy poco lo que no es importante. Es como si, dominada por una especie de rabia, devolviera la nada al vacío. "¡Que al menos el tiempo perdido permanezca perdido! ¡Que no se pueda sacar provecho de lo que estuvo vacío!" Esa es la nobleza que me gusta. Qué no daría por flotar dormida sobre esos espacios de tedio vital, todos esos momentos en los que no es imposible escapar a la idea de que podríamos estar en otro sitio"».

La aparición de Allan, el bello tenebroso, en el hotel, acompañado de Dolorès, de relación y filiación desconocida, justo cuando Gérard pensaba marcharse, embargado por el tedio ―una marcha que se suspende, en principio, por simple curiosidad―, altera el equilibrio precario del lugar. Al poco tiempo, la curiosidad se troca en fascinación y todo el mundo se apercibe de que esa llegada supondrá cambios fascinantes.

«Comprendí que Christel era tan sensible como yo al encanto de esta extraña pareja, al menos al de Allan. Anoche, por ejemplo, cuando la conversación giró en torno a ellos al salir del casino, su indiferente silencio fue revelador. Sus breves y casi duras palabras también me dieron la impresión de que lamentaba las confidencias que me había hecho la otra noche, y creo que comprendí que este arrepentimiento principalmente se debía a que ahora tenía algo menos que dar a otra persona. ¿Acaso ella lo ama? Me refiero a si lo ama ya con ese deseo irresistible de dar, de reunirlo todo, de postrarnos a los pies de la persona a la que amamos, ese deseo que de súbito hace que incluso los viejos regalos se nos antojen una mezquindad».

Su sed de información acerca de Allan queda, en principio, colmada por el escrito que le deja un amigo de la infancia, que Gérard reproduce también en su Diario, y en el que queda clara la capacidad de fascinación del individuo desde su época escolar y su poder desestabilizador para todo y todos cuantos le rodean. Posteriormente, en un encuentro personal, Gérard no hace sino confirmar sus sospechas.

«"Soy una persona [declara Allan] para la que el mito carece de sentido. No puedo concebir cómo la gente puede sustentarse con semejante engaño, cómo esa necesidad de revelación que atormenta al hombre podría satisfacerse a menos que vea, a menos que toque. No podemos aplacar nuestra sed en los lugares donde en tiempos vivió un héroe legendario. Tomás tocó las heridas de Jesús, y el cristianismo, ridículo cuando menos, nunca habría tomado forma en esta tierra si Cristo no se hubiera encarnado, pues para que el cristianismo existiera, Cristo tuvo que existir, nacer en ese pueblo, en esa fecha, mostrar esas manos perforadas a los incrédulos y desaparecer de su tumba de un modo que nada tenía de metafórico. ¿Cómo podría haber resultado convincente sin esa inimitable presencia? La búsqueda del Grial fue una aventura terrenal. El cáliz existía, la sangre fluía y, al verla, los caballeros sintieron hambre y sed. Todo eso se podía ver. ¿Con qué ojos, aparte de estos ojos de carne, podría aprehender yo la maravilla? La maravilla, la gran maravilla es para mí que la gente pueda vivir nutriéndose de tales personajes dudosos, unos fantasmas abominablemente descoloridos con los que nos engaña la mente, el espíritu de renuncia de este siglo, verdaderamente el más humilde que haya existido jamás, ese que convierte a la divinidad en un personaje nacido de su propia mente. No puedo contentarme a menos que estas dos mitades de mí se unan y, ya que a usted le gusta Rimbaud, a menos que posea la verdad en un alma y en un cuerpo"».

Y es que, por lo que parece, la presencia de Allan ha afectado a Christel con mayor intensidad, si cabe, que la propio Gérard.

«No hay nada, como le dije a Jacques, contra lo que el hombre se rebele más que contra confesar el secreto e inmediato poder que sobre él tiene su prójimo. Tal vez no haya nada más frecuente, más cotidiano. Un poder brutal, irreverente como el rayo, en el que la inteligencia, el valor, la belleza y el lenguaje no son sino una mera electricidad animal, una polarización que se desarrolla súbitamente. Estar hechizado. Y sin retorno. Nunca se habla de ello: es un tabú, pero al cabo de muchos años, durante una conversación, los iniciados de pronto reconocerán, por una mera inflexión de la voz, por una mirada que de pronto se aparta, el paso del ángel, una repentina revelación compartida, el amor a primera vista: "Dios reconocerá a sus ángeles por la inflexión de sus voces y sus misteriosos pesares"».

La indudable y manifiesta superioridad espiritual de Allan sobre sus semejantes conlleva, como si fuera una compensación negativa de su ventaja, una extraña tendencia a la autodestrucción, pero no a la muerte directamente, sino a la perpetuación del sufrimiento. Esta característica, innata en ese tipo de individuo, es capaz de provocar una especie de admiración que, a menudo, deviene en pura envidia, por parte de aquellos individuos que no disfrutan de la suficiente fortaleza de espíritu para soportar la tensión, pero no pueden dejar de admirar el efecto que ese carácter posee con respecto a los demás.

Es en ese afán de emulación y en la imposibilidad de materializarlo, donde se ubica la circunstancia que convierte al sujeto en una naturaleza sobrehumana, localizada más allá del tiempo y con una existencia ancestral no sujeta a las mismas vicisitudes que el resto de los mortales, capaz de adueñarse no solo de la voluntad de sus acólitos, sino también de sus oponentes; es, en definitiva, la personalización del mismo Diablo.

«¿Me equivoco cuando, ante todo, veo en Allan (acostumbrado como estoy, de un modo seguramente arbitrario, a personalizar ideas y a idealizar personajes) una tentación, una prueba, el signo aglutinador de nuestro grupo para todo aquel que tienda a aniquilarse, a destruirse a sí mismo, a abrirse paso, en un arrebato tan breve y violento como un acceso de ira, a través de la red de posibilidades escasas y razonables que la vida nos concede?»

Tanto el hotel, incluidos sus huéspedes, como sus alrededores, van adquiriendo, para Gérard, un carácter onírico, irreal, en el que el transcurso del tiempo no es sucesivo y los hechos parecen acaecer simultáneamente, y donde se han extraviado las nociones de precedente y consecuente  en un remolino inestable e incalculable de ausencias y presencias concurrentes que obstaculizan la fijación de un patrón. La realidad se retira de forma progresiva e impredecible y la sensación ocupa el campo desatendido dejando a los protagonistas huérfanos de referencias. En tales circunstancias es la imaginación la que toma el control y, con esos cimientos tan poco firmes, la razonabilidad queda excluida de la ecuación, sustituida por la obsesión.

El mismo hechizo irracional bajo el que cae Gérard afecta también, con parecida intensidad pero con diferente carácter, a Christel; pero lo que en él es melodrama, en ella amenaza con convertirse en tragedia.

El clímax de la primera parte de la narración se alcanza en la entrevista entre Gérard y Allan, en la que aquel le exige a este una confesión de sus intenciones, poniendo a Christel como excusa, y le explique por qué su aparente apatía parece disimular su tendencia al mal, una especulación que el propio Gérard reconoce infundada, pero que Allan intenta hacer pasar como plausible. Esta entrevista finaliza el Diario de Gérard y un narrador anónimo, el mismo que presentó a Gérard al inicio, toma el relevo; este cambio supone un traspaso importante del punto de vista: el nuevo narrador no está implicado en la historia y su versión sobre Allan no está mediatizada por la fascinación ni por el repudio.

La despedida oficial de la temporada de verano se celebra mediante un baile de disfraces de personajes literarios. Allan y Dolorès van caracterizados de amantes de Montmorency, los protagonistas del poema de Alfred de Vigny que se suicidan después de pasar un último fin de semana juntos. La muerte y el deseo son las dos caras de una misma moneda, y ningún cambio será perceptible si, al lanzarla, cae de la una o de la otra porque ambas son letales. La fiesta es la última oportunidad para que cada uno muestre sus cartas, gestione sus asuntos pendientes y lleve a término las expectativas propias y ajenas; es bajo el anonimato que procura el disfraz paradójicamente, como cada uno debe mostrarse y comportarse con más fidelidad a su propio espíritu.

Sin embargo, una vez desveladas todas las estrategias, la tragedia no se desata de forma inmediata e irremediable, como sería de esperar, sino que se materializa mediante la renuncia a la grandeza y a la heroicidad para proceder paso a paso, de forma casi imperceptible, como la carcoma, para destruir desde dentro, sin asomo de piedad y sin ninguna razón ―si tuvo alguna en algún momento, lleva tiempo desaparecida por inanición―, la destrucción por la destrucción, más por puro deleite que por dejadez.

«Se sentó al borde del acantilado y, con las piernas colgando, se puso a mirar vagamente hacia el mar. Desde aquel abismo se elevaba un letargo que le fascinaba. Con las manos heladas aferradas a la roca, las piernas temblándole, sintió que en su cabeza se agolpaban unos remolinos de tinieblas, de frías ráfagas de viento. Su corazón latía de forma irregular. Cerró los ojos. Pasó largos minutos presa del vértigo, un delirio al que se abandonó, al que invitó. Era ya noche cerrada cuando volvió a abrir los ojos a la luz de la luna. Una misteriosa paz se extendía sobre el mar casi inmóvil. En tierra firme, un perro ladraba a lo lejos, tan tranquilizador, tan tranquilo. Empezaba a soplar una gélida brisa terrestre. Se sacudió con brío y volvió a poner en marcha el coche».

¿Pueden la valentía y la arrogancia intercambiarse los papeles? ¿Hasta qué punto son complementarias u opuestas? Se puede ser arrogante sin ser valiente, pero ¿es posible ser valiente sin ser arrogante? ¿Se puede aislar una de la otra? ¿Hasta cuándo puede mantenerse, si cabe, esa separación? ¿En qué medida puede sacrificarse la una a la otra?

«―Y ya ve, Christel, ahora conozco un secreto. Un secreto terrible. Sí, sabía que alrededor de un hombre en el momento de su muerte, cuando no lo decapitan de improviso y de inmediato, cuando no se trata de una muerte violenta, cuando esta le permite verla venir, siempre hay una multitud. Solo hay que ver los teatros y las ejecuciones. Pero lo que no sabía es que no es bueno dejar que la muerte se pasee mucho tiempo por la tierra con la cara descubierta. No me había dado cuenta... de que perturba, despierta la muerte aún dormida en lo más profundo de los demás, como un niño en el vientre de una mujer. Igual que cuando una mujer se encuentra con una embarazada, aunque gire la cabeza hacia otro lado, sí, en el fondo, si las miráramos bien, sentiríamos que son cómplices. ―La miró y asintió con la cabeza con una convicción infantil―. Sí, es su propia muerte la que repentinamente se revuelve dentro de ellos. Y no es fácil estar en contra de ella».

Otros recursos relativos al autor en este blog:


Notas de Lectura de La forma de una ciudad

Notas de Lectura de Capitulares

Notas de Lectura de Manuscritos de guerra