6 de octubre de 2017

Asesinato

Asesinato. Danielle Collobert. La Navaja Suiza, 2017
Traducción y epílogo de Pablo Moíño Sánchez
Un yo en pleno estado de descomposición, disolviéndose entre rayos de luz. Y, certificando ese desguace, dando voz a cada fragmento. Intervenciones que se solapan y se replican, repitiéndose en un eco infinito que reitera primero cada voz para hacer resonar finalmente cada silencio. Podrían ser gritos de alegría, pero también alaridos de terror. Cuando el volumen asciende hasta niveles ensordecedores, es imposible distinguir el júbilo del pánico. No es admisible depositar ninguna esperanza en la posibilidad de reunificación, únicamente dejarse llevar por la disolución.
"Cómo encontrarnos, en medio de qué camino."
La realidad se disuelve y se reorganiza en capas. El ojo ve partes en lo indivisible y el espejismo se mantiene incluso para los objetos sólidos, que dejan de ser puntos de apoyo para una conciencia en plena ebullición para des-integrarse también en fragmentos imposibles, irreconciliables, destinados ellos también a vagar enmedio de la nada sin identidad y sin objeto.

La posibilidad de elección entre varias alternativas es una falacia, una trampa que nos tendemos nosotros mismos para consolarnos con la ilusión de la libertad, de la capacidad para intuir las consecuencias futuras de nuestras acciones presentes cuando, en realidad, nada está en nuestras volubles manos, excepto el acceso al infierno del arrepentimiento, del recuerdo manchado por el error, de la conciencia conmocionada por unas convenciones que no precisan de ordenamiento penal porque llevan el castigo en su propia sentencia. Tal vez no optar no sea un síntoma de cobardía sino la valentía suprema que supone asumir el máximo riego, el de suspender el juicio a la espera de que el destino nos alcance en la espera.
"La magia nunca funciona hasta el final."
Siempre cabe la posibilidad de llevar una vida paralela, embozarse tras una máscara, romper los vínculos habituales y establecer nuevas ligazones, olvidar quiénes somos y estrenar un nuevo yo a medida, descubrir todo como si fuera nuevo, sin implicaciones, sin pasado, reconstruir una historia en la que no dé vergüenza reconocerse como protagonista, renunciar incluso al nombre y a sus connotaciones, nacer de nuevo. Y hacerlo cuantas veces haga falta, sin descanso, hasta encontrar la opción que, finalmente, resulte satisfactoria. O hallar la solkución en ese incesante cambio, en el simple hecho de cambiar, hasta confundirse y perder toda relación con el antiguo yo convirtiendo en la rotundidad de lo real la volatilidad de lo imaginario. Aunque siempre queda la posibilidad de la desaparición efectiva; no en forma de dejarse vencer lentamente, como quien se adentra serenamente en el mar, sino con un golpe efectivo, infalible, letal, una desaparición simultánea del ser y de la conciencia, sin posibilidad de arrepentimiento, de contrición, una muerte rotunda e inapelable, gloriosa.

Tal vez eso que llamamos vida, a la que accedemos sin que nadie nos pida permiso, no sea más que una trampa, un juego planteado por los dioses, aburridos en su omnipotencia, para entretener su eternidad; un ejercicio de lógica macabra sustentado en unas reglas impuestas en permanente cambio que impiden la victoria a todos los participantes que, bajo la ilusión de ese espejismo que llamamos libertad, buscan la imposible supervivencia en medio de la celada planteada por los amos del juego. También en este caso la muerte por propia mano es la única victoria posible, a esta opción se limita, realmente, aquel espejismo, el único poder que poseemos contra la supremacía de los dioses, una huida a la carrera para evitar que la enfermedad, el aliento de los todopoderosos, o la muerte accidental, su propia mano, nos impidan el gesto sublime.
"Hemos llegado hasta aquí para morir. Qué camino recorrido. Para todos nosotros, qué suma de caminos. Añadir países, orígenes, mares distintos, los cambios de sol, de vientos, de tierras - y las calles, en cada uno, los rostros, las miradas."
La despersonalización, para que no puedan seguir nuestras huellas, para no dejar ningún rastro visible, ni siquiera en el recuerdo de los que nos sucedan: borrar la frontera entre el yo y el mundo exterior, hacer que se confundan nuestros actos con los sucesos aleatorios, conseguir convertir en indistinguibles el azar y la contingencia. Sólo entonces nuestra desaparición podrá pasar desapercibida para nuestros semejantes y nuestro recuerdo disolverse en la vorágine de acontecimientos.
"Y cuando el juego termina, el fin del tormento, y la calma vuelve de nuevo, uno no está seguro de no haber, en realidad, perdido todo."
Deberíamos aprender del mar, siempre quieto y sin embargo siempre en movimiento, cuna de la vida y a la vez féretro insaciable, imperturbable ante nuestros requerimientos pero indómito y traidor a discreción, con la superficie reluciente y el fondo de lodo y putrefacción, capaz de asimilar todos los deshechos pero inflexible en sus rechazos.

Pensar que nuestra muerte cambia algo de los que nos rodeó en vida es tener un exceso de pretensión, imaginar que somos algo importante, imprescindible, en lugar de una inapreciable mota de polvo en la inmensidad de lo existente.
"Nos perdimos entre la multitud."
O renunciar al propio nombre, nuestra primera posesión y lo último que perdemos, aquello que nos distingue de los demás, que sirve para afirmarnos a nosotros mismos y para que los demás nos designen, que nos da vida social como individuos. Desistir de él, perder esa individualidad y pasar a ser un "tú", pero seguir huyendo, confundirse entre la multitud, cortar todo tipo de relación hasta que sólo se puedan referir a uno como "él"; y entonces, ya sin nombre, desaparecer en un exilio definitivo.
"El viejo se quedó allí, inclinado hacia atrás, un momento, y después se pasó la mano por la barba blanca meneando la cabeza. Regresó penosamente por el balcón. Volvió una vez más la cabeza hacia la calle antes de bajar tentando con el bastón para alcanzar el reborde la ventana."
Incluso la propia existencia de esos sujetos es una incógnita. ¿Existirán realmente, o son únicamente fruto de la imaginación doliente de los narradores? Las miradas ecuánimes son ya imposibles; en medio de la multitud, más vale no mirar a los ojos de nadie, dirigir la vista al suelo, ver únicamente el reducido espacio que ocupan los pies de cada uno, evitar todo contacto, ni siquiera la mirada de un niño puede alegar inocencia. Cerrar los ojos, mantenerse en pie, quietos, sordos a los ruidos de la multitud, inmutables a las arengas, o mejor, quedarse ciegos y, lentamente, dejarse consumir por el ataque de las vísceras propias, antropofágicas, y extinguirse pausadamente hasta la autoaniquilación total.
"Ellos dos, o, mejor dicho, ellos tres, no le concedían ninguna importancia. Estaban en otra parte, probablemente, pero juntos, de todas formas, tan vinculados entre sí, tan atrapados juntos en la misma red, en la misma trampa."
Llegado el momento, el consuelo sólo puede encontrarse en la muerte. Y también la belleza.
"Y yo, en el mundo, que leva anclas detrás de mí, sólo después tendré la fuerza para retenerte, después tan solo, tras los demás - perdóname - cuando me hayan enseñado cómo detener un trozo de tierra arrancado por el viento - un hombre acabado, fracasado, una sombra, un canto, un último canto - todo un mundo desconcertado, que se marcha desde el segundo muelle, hacia el mar."
Asesinato (Meurtre, 1964) no es una novela, ni un ensayo, ni un conjunto de relatos; su prosa desnuda, directa, es un martillo que golpea con fuerza inusitada el yunque del herrero. Haría bien el lector en tomar en cuenta esta advertencia a la hora de leer un libro que le va a remover las entrañas.
"Hay que inventar de nuevo todo, hasta el más mínimo átomo, descubrir también un imaginario nuevo."
Personajes encerrados en un mundo de tintes oníricos, cerrado, inaccesible, empeñados en tareas irrazonables, sin ningún tipo de comunicación con el exterior más que un narrador -con muchas voces y géneros distintos- atento que cuenta para nadie sus idas y venidas, sin intención, sin objeto, casi como los narradores beckettianos, sólo por no callar.

Sobrecogedor.

Calificación: ****/*****

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