18 de junio de 2015

Una danza para la música del tiempo IV. Tercera estación: Otoño


El valle de los huesos
"La mano del Señor vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu del Señor, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos, y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor, y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera." (Ezequiel, 37, citado por Powell).
Ha estallado la II Guerra Mundial y Nick, con la ayuda de las influencias de Widmerpool se incorpora a un regimiento galés de la reserva como subteniente; posteriormente, es enviado a Irlanda a un cuartel de formación del que se nutre el ejército regular y que es entrenado ante la posibilidad de que Alemania invada a Irlanda como cabeza de puente para, posteriormente, invadir la Gran Bretaña. Como es lógico, las incidencias que se producen entre los reclutas y los suboficiales, ninguno de ellos soldados profesionales en sentido estricto, son continuas y variadas.
"El ejército, a la vez, el mejor y el peor lugar para los egoístas."
Los cuarteles de la reserva actúan como niveladores de clase: puede que exista cierta conciencia de clase entre los suboficiales de la reserva, que no son militares de carrera si no profesionales y aristócratas a los que se dota de un cargo -militares diletantes sería una consideración bastante cerca a la realidad- por cuestiones que nada tienen que ver con el ejército ni con la guerra ni con la disciplina castrense; la tropa, en cambio, es de extracción popular, con lo que el choque entre clases es inevitable. Esta experiencia acaba significando un baño de realidad para el oficial, y la constatación de la existencia de otras clases sociales, con sus aspiraciones y su identidad perfectamente válidas.
"La guerra desvelaba a las personas que se estimulan con el desastre."
Naturalmente, ni la rígida cadena de mando ni la obediencia debida pueden evitar que el ejército sea ese lugar en el que se reproducen los mismos conflictos que en la vida civil, pero cuya resolución varía en función de su especificidad: la cadena de mando supone una dejación de las responsabilidades de los subordinados que, para un miembro de la clase dominante, lo alejan del mundo civi. Pero el ejército también puede ser una oportunidad para que anodinos ciudadanos con trabajos burocráticos se sientan importantes y asuman el reto de convertirse en héroes.
"Como Kedward me había explicado al principio, la mayoría de los oficiales del batallón eran empleados de banca. Éste era uno de los aspectos de la unidad que le conferían su peculiar sensación de uniformidad, de existir casi como dentro de una familia. Incluso cuando uno se hallaba personalmente fuera de este clan, su carácter homogéneo ofrecía en sí mismo una cierta cordialidad para el intruso, más que lo contrario. Hasta entonces, nadie me había dado la impresión de que le disgustara especialmente aquella actividad profesional en su vida civil; no más de lo que suele quejarse la gente de su propio trabajo, cualquiera que sea. Todos parecían pertenecer a una casta, claramente definida, poderosa en su terruño: casi a una sociedad se creta, entre cuyos miembros existía un perfecto entendimiento en lo tocante al mundo exterior. Los iniciados podían quejarse tal vez de inconvenientes específicos, pero sin que esas quejas implicaran jamás un deseo de dedicarse a otra cosa."
Nick regresa a Londres, de permiso, inmerso en la extrañeza de volver a casa; algunos reencuentros sirven para reubicar viejas amistades y alimentar el fuego de viejos rencores.
"Hablar con Barnby acrecentó la sensación que yo ya tenía de haber sido liberado de una prisión, pero a la vez me hizo sentir otra nueva: la de que yo estaba hecho precisamente para esa vida de prisión, y nada más."
Posteriormente, Nick visita a la familia en su exilio campestre, se suceden reencuentros inesperados y se actualiza el estado de amistades y conocidos a la vez que se manifiestan extrañas nuevas alianzas. La vida social sigue, a pesar de la movilización y de la guerra, por los mismos derroteros. Trasladado a un nuevo destino, Nick estrena paternidad. Debido a un incidente, se produce una reestructuración de la unidad donde sirve Nick, y mediante ese extraño modo militar de repartir recompensas y castigos, un compañero suboficial es degradado por una falta en el reglamento y Nick es enviado a un nuevo destino, donde servirá a las órdenes de un viejo conocido.
"-Un escritor francés que había sido oficial de carrera [Nick se refiere a Alfred de Vigny, cuya obra Servitude et grandeur militaires (1835) es citada en varias ocasiones a lo largo de la Danza... ] decía que lo esencial de la vida militar era su vertiente de terrible aburrimiento. Que su atractivo, si tal es, consiste sólo en un golpe de suerte excepcional que se te presenta en el camino."
El arte del soldado
"Cerré mis ojos y los volví  hacia mi corazón./ Como un hombre pide vino antes de combatir,/ pedí una bocanada de anteriores y más felices visiones/ que me infundieran la esperanza de estar a la altura de mi papel./ Pensar primero, combatir después: el arte del soldado;/ el sabor de los viejos tiempos pone todo en su sitio."   Childe Roland to the Dark Tower Came. Robert Browning, 1855, citado por Powell.
Nick es confundido con un actor por el dependiente de una tienda a la que va para adquirir un capote militar, confusión que le provoca una reflexión sobre la parecida naturaleza del teatro y de la guerra, metáfora que se extenderá a lo largo de todo el volumen.
"Se agotaba el tiempo. Ahora que se había levantado una vez más el telón de aquella vieja y aclamada representación -La guerra- en la que, por lo visto, me habían asignado en esta ocasión un papel de comparsa, los días que faltaban para que tuviera que incorporarme a mi unidad serían necesarios para los ensayos con vestuario. Tendría que aprenderme bien mis entradas. Cuanto más pensaba en ello, más adecuada me parecía la metáfora. Por otra parte, las ropas, si no todo el hombre, constituyen por lo menos una parte muy importante de él, especialmente cuando se trata de uniformes."
La guerra ha avanzado y la situación en el campo de batalla es desesperada: Francia ha caído y el resto de Europa ha sido ocupado, se prevé una inminente invasión de la Gran Bretaña y han comenzado los bombardeos sobre Londres y otras poblaciones.

La composición de la tropa no es precisamente un ejemplo de conjunto de individuos eruditos; la extracción social de los soldados rasos y de algunos de los suboficiales no corresponde a titulados universitarios, y por esa razón -conocido como es que, en el ejército, una de las peores conductas es hacerse notar o destacar en algo que rebase el testosterónico ámbito castrense- hay aficiones que más vale guardarse para sí.
"Yo no intentaba ocultar aquel hábito [la lectura] a pesar de sus indeseables implicaciones. El hecho de admitirlo lo colocaba a uno, como mínimo, en una rara pero reconocida categoría de personas de las que no cabía esperar grandes cosas."
La tarea de Nick, con el grado de subteniente, es asistir a Widmerpool, mayor, que es quien le ha reclamado como ayudante, con la doble intención de, manifiestamente, ofrecerle un cargo acorde con sus merecimientos -y hacer que se sienta en deuda con él, por supuesto-, pero también, dada la peculiar personalidad del sujeto, marcado por ese complejo de inferioridad que arrastra desde la época del college, hacerle evidente su progreso en la carrera militar.
"Aunque desde los tiempos en que habíamos ido a clase juntos yo le había seguido viendo intermitentemente -muy intermitentemente, de hecho- durante más de veinte años ya, trabajando a sus órdenes descubrí en Widmerpool muchos aspectos que yo desconocía. Como ocurre con la mayoría de las personas vistas a través de los ojos de un subordinado, su carácter se apreciaba con mayor agudeza desde abajo. Este nuevo ángulo de observación me reveló, por ejemplo, lo difícil que era trabajar con él, en particular por un secretismo nacido del perpetuo temor, casi obsesivo, de que las tareas completadas por él pudieran ser atribuidas al trabajo de algún otro."
Las intrigas de Widmerpool, servil con sus superiores, enfrentado a sus pares, a quienes considera manifiestamente inferiores a él mismo, y tiránico con sus subordinados, para que sea nombrado el candidato de su elección para un cargo que ha quedado libre da una medida precisa de todo lo que está dispuesto a hacer para poder mantener de ese modo su influencia e ir acumulando "capital" con fines, aun desconocidos, futuros.
"Widmerpool se adelantó con aquellos aires de tomarse a sí mismo muy en serio y de aparentar importancia que siempre daban una falsa impresión de sus capacidades y que a menudo estaban calculados para provocar la irritación de las personas que trataban con él, aunque no estuvieran ya particularmente enojadas."
Y ni siquiera, o precisamente por esa razón, el caso de la aparición de otro antiguo colega de escuela desempeñando un empleo degradante es capaz de remover su compasión.

Nick disfruta de un nuevo permiso en Londres: la vida militar es tan absorbente, y Nick se la toma tan en serio, que es dudoso dónde colocar el paréntesis, si en la vida castrense o en la vida civil. Inmerso en la guerra, el ambiente social en el que se desenvolvía Nick en tiempo de paz está tan descompuesto e irreconocible que el ejército, con su congruencia y su homogeneidad, ha tomado su lugar como ambiente dominante.

De vuelta al cuartel, el poco conocimiento del francés de Nick malogra la posibilidad de un ascenso y de su traslado al continente.

De vuelta a Londres, se producen algunos reencuentros, pero un bombardeo inesperado provoca una tragedia familiar.
"Los coches de bomberos se habían ido ya. La calle estaba desierta. Pensé en lo capaz que era Eleanor de manejar una situación así. Molly lo había sido también cuando ocurría un desastre. Me pregunté qué sería de Ted. Lo más extraordinario era que, viendo la casa desde fuera, todo parecía absolutamente normal. Los vigilantes habían pegado en la puerta una especie de aviso de que el edificio había sido dañado por una bomba; pero, por lo demás, nada indicaba que el lugar hubiera sufrido un ataque aéreo en el que habían muerto varias personas. Esta ausencia de manifestación exterior era comparable por la suerte sufrida por el [restaurante] Madrid horas antes, cuando el rumor de las conversaciones dentro de un restaurante había sido suficiente para ahogar el sonido de la alarma, el ruido de los cañonazos."
De regreso al acuartelamiento, Widmerpool aprovecha un incidente sin importancia para mostrar su verdadero rostro y llevar a cabo su largamente planeada venganza contra aquellos que lo infravaloraron y se mofaron de él en su edad adolescente.
"El egoísmo, igualmente rechazable en su aspecto exterior como en su esencia, es, sin embargo, necesario para la supervivencia del individuo. Aunque sólo fuera por esta razón, tal vez no debería mirarse con excesivo desprecio. Despreciable o no, rara vez hay que escarbar mucho para encontrarlo debajo de la superficie de las cosas." 
Los filósofos militares
"Pennistone ho había querido revelarme antes de su marcha cuáles eran sus planes para después de la guerra: sólo me había dicho que me reiría mucho cuando me enterara.
-Pienso que ese trabajo la atraerá -siguió Finn-. Necesita un cambio. Está cansado de tanta...
Hizo una pausa buscando la palabra justa.
-¿... labor de enlace?
-No, no -dijo Finn-. No me refiero a su trabajo aquí. De tanta... filosofía."
Avanza la acción en una Europa sacudida por una guerra cuya duración se subestimó, y que, con la implicación bélica del ejército imperial del Japón, ha acabado implicando a regiones alejadas del continente.
"Un cielo huraño se cernía sobre las filas de atestados autobuses que avanzaban penosamente hacia Whitehall. Singapur había caído hacía cinco o seos semanas. El temor de los medios oficiales al efecto desmoralizador que pudieran tener sobre la opinión pública había hecho que se restara importancia a los excesos de los japoneses, aunque quienes tenían acceso a una documentación que circulaba sólo con relativas restricciones estaban al tanto de lo que ocurría. La retirada de Birmania estaba a punto de llevarse a efecto. Los bombardeos sobre Londres, por más que habían disminuido en conjunto, rebrotaban de vez en cuando como una enfermedad incurable. La información de que a los polacos se les permitía por fin dejar Rusia era una buena noticia. Fue recibida como una nota esperanzadora. Tenía, además, especial importancia para mí en mis nuevas circunstancias."
Nick es ascendido a capitán, siguiendo a una "lógica militar" para los suboficiales que no están en el frente, y trasladado al cuerpo de inteligencia como oficial de enlace con el ejército polaco, para cuyo desempeño vuelve a estar bajo las órdenes indirectas de Widmerpool, un personaje, como ha quedado ya patente en los volúmenes anteriores del ciclo, cuya sobra es alargada.
"Cargaba en las dos manos con un gran fajo de documentos y a la vez hacía una serie de divertidos movimientos con la cabeza y los brazos en dirección al grupito de los que esperaban, dando a entender que estaba muy satisfecho de sí mismo: como un perro encantado de demostrar sus habilidades para traer el periódico en su boca."
En ese contexto se produce un  nuevo reencuentro con un colega del college: el tiempo ha pasado, y el posible progreso en el aspecto económico o puramente social siempre es en detrimento del personal.

Nick se detiene en el detalle del día a día en la sección: la pormenorización del trabajo, la importancia ineluctable del escalafón y su superioridad sobre la lógica; el implacable papel de la burocracia administrativa; las complejas relaciones con los oficiales polacos, con irreconciliables diferencias de criterio pero también de coordinación. Se trata de la guerra desde la retaguardia: un estado de suspensión cuyos interludios aprovecha para simultanear la lectura de literatura inglesa del siglo XVII con Marcel Proust:
"Como la muela dolorida de Finn [alude a un episodio en el que Finn, su superior jerárquico, sufrió la extracción de una muela sana en lugar de la dañada] durante aquella famosa marcha, la guerra seguía lanzando punzadas de dolor, jalonadas por interludios en los que, más de una vez, parecía que alguien había extraído apresuradamente la muela sana."
Un paréntesis familiar: reencuentros con conocidos a los que la guerra ha convertido en extraños; algunos de los sujetos que ejercían de nexo en la intrincada red de relaciones han desaparecido y los que han sobrevivido se ven obligados a obviarlos, inmersos en una situación de extraño aislamiento, como si dos islas contiguas hubieran perdido el istmo que las había unido. Nick es adscrito a la coordinación con los ejércitos belga y checo.

En el acuartelamiento, siguen las intrigas. Y, naturalmente, reaparece Widmerpool, que ha ido progresando en el escalafón y adquiriendo progresivamente más poder en la sombra, mientras que si vida personal, que guarda a buen recaudo, es altamente insatisfactoria.
"Su desprecio por los no educados en los principios morales era también nuevo: la clase de tema que, en principio, se sentía inclinado a evitar. Siempre había hecho un misterio de su vida sexual..., aunque esto no tenía nada de particular. La vida sexual de la mayoría de la gente es un misterio, sobre todo la de aquellos que parecen hacer mayor ostentación de ella. Esa es la conclusión a la que llega uno finalmente. Así y todo, Widmerpool había mostrado en ese aspecto una excepcional mezcla de vehemenciaa y de ineptitud [...]. Pocas cosas hay más fascinantes que los hábitos sexuales de los otros vistos desde fuera: la maraña en que se entretejen los hilos del deseo, de la ternura la conveniencia o la esperanza de algún provecho."
Llegan los últimos episodios de la guerra en Europa con la liberación de París; tiene lugar una expedición de oficiales aliados al continente, un incidente religioso y, en plena costa atlántica, Nick sufre una reminiscencia proustiana -al tiempo que Powell rinde el debido homenaje a la obra bajo cuya sombra se cobija Una danza para la música del tiempo-:
"En el momento de pronunciar la última letra, las escamas se desprendieron de mis ojos. Todo se transformó en un instante. Todo volvió a mí -como la magdalena mojada en el té- en un torrente de recuerdos... Cabourg... Acabábamos de salir de Cabourg..., del Balbec de Proust. Apenas unos minutos antes, y me encontraba de pie en la explanada en la que, luciendo su gorra de polo y acompañada por el grupito de chicas a las que él había supuesto las amantes de los ciclistas profesionales, Albertine había irrumpido en la vida de Marcel Proust. A través de los altos ventanales del comedor del Grand Hotel -que proporcionaba a los que estaban fuera la sensación de mirar al interior de un acuario- se podía ver a Saint-Loup, sentado a la misma mesa que Bloch, proclamando mendazmente su familiaridad con los Swann. Un poco más allá, siguiendo el paseo, se alzaba el Casino, con sus paredes llenas aún de tronados carteles como el que Charlus -luciendo su sombrero de paja negro- había fingido examinar, tras un intento concienzudo de valorar los atractivos físicos y las posibilidades del Narrador. Aquí había pintado Eltsir; allí jugaba al golf el príncipe Odoacro... Pero... ¿dónde estaba el pequeño ferrocarril que los había llevado a todos a la villa de los Verdurin? Tal vez discurría en una dirección distinta a la que ellos seguían ahora; o tal vez, más probablemente, no existiera ya."
Con el devenir de la guerra ya decidido, es la hora de las intrigas de los servicios secretos y de la gestión de la inminente victoria: donde hay vencidos hay pastel para repartir y el que llega primero se lleva la mejor parte; comprendiendo y aceptando que los rusos extenderán su influencia y se adjudicarán el dominio de la Europa oriental, los aliados europeos occidentales y los neutrales van tomando posiciones.

Muerto Stringham y desaparecido Templer -y definitivamente liquidada la sociedad de exalumnos del college-, Widmerpool ha seguido medrando y progresando profesionalmente,
"-He llegado a la conclusión de que disfruto teniendo poder -confesó [Widmerpool]-. Es algo que me ha enseñado la guerra. En este contexto, más de una vez se ma ha ocurrido que me gustaría gobernar...";
aunque parece que en el terreno sentimental ha acabado encontrado la horma de su zapato.


Otros recursos relativos a la obra, ya publicados:
Una danza para la música del tiempo I. Presentación
Una danza para la musica del tiempo II. Primera estación: Primavera
Una danza para la música del tiempo III. Segunda estación: Verano

Otros recursos relativos a la obra, en próximas publicaciones:
Una danza para la música del tiempo V. Cuarta estación: Invierno

16 de junio de 2015

Bloomsday

http://www.prospectmagazine.co.uk/arts-and-books/james-joyce-you-cant-ignore-the-bastard
"Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressinggown, ungirdled, was sustained gently behind him on the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned:
-Introibo ad altare Dei.
Halted, he peered down the dark winding stairs and called out coarsely:
-Come up, Kinch! Come up, you fearful jesuit!"

¡Feliz centésimo undécimo Bloomsday!

12 de junio de 2015

Una danza para la música del tiempo III. Segunda estación: Verano


I. En casa de lady Molly
"Uno aprende a su debido tiempo que, tratándose de personas y de emociones, la regla de cálculo del tiempo admite improbables ajustes."
La nostalgia es un sentimiento inútil y molesto. Nick presenta a la familia Tolland, su futura familia política, tan extensa y variada que es un mundo en sí misma.
"La vida está llena de íntimos ensueños, instantáneos y sensacionales, representados en atención a un único espectador."
Ya en la edad de tomar una decisión con respecto al matrimonio, Nick se da cuenta de que se trata de una cuestión esencialmente social; una aparición le servirá para apoyar su hipótesis. Pero las noticias que vienen del continente no son nada halagüeñas; estamos en los años 30 y el auge del fascismo comienza a verse como una amenaza en la propia Inglaterra. Nick ha publicado una novela, encontrando así, como de casualidad, una profesión para la que ni siquiera tenía vocación.

Gran parte de la novela se sitúa en casa de lady Molly, familiar de los Tolland, que se revela como el ombligo del mundo, el omphalós generador de las relaciones entre los hombres, los muertos y los dioses.

"A ninguno se le negó jamás, por así decir, un plato en la mesa de los Jeavons. Su hogar era un territorio libre, donde no parecían aplicarse las reglas normales y donde podías tropezarte con todo tipo de personas. Aunque tal vez esta descripción sugiera un exceso de compañía divertida. Lovell, ciertamente, no se refería a ella en términos tan elogiosos: "Difícilmente encontrarás allí personas inteligentes", solía decir, como dando a entender lo mucho que valoraba a semejante tipo de personas, aunque sin definir los rasgos que podían ayudar a reconocerlas. "Y rara vez verás alguna que, en mi opinión, merezca ser considerada elegante de veras". Dicho lo cual, solía suavizar un poco su crítica añadiendo: "Pero, aun así, en casa de Tía Molly encuentras absolutamente de todo".
La cercanía del conflicto, el segundo en lo que va de siglo, provoca un choque generacional, ahondando la brecha existente entre los que vivieron la I Guerra Mundial y los que no, ambos con muy diferentes visiones acerca del conflicto en ciernes.

Powell es preciso sin ser exhaustivo; en contra de la descripción enumerativa, utiliza la descripción restringida de características particulares. Por ejemplo, a la hora de presentar a Umfraville, un personaje secundario:

"Aunque ahora vestido de esmoquin, Umfraville no había cambiado gran cosa desde la noche en que nos conocimos en Foppa. Elegante, algo caballuno, perfectamente a gusto consigo mismo y con cuantos le rodeaban, se las arreglaba para sugerir a la vez la inminencia del abismo de escándalo y de bancarrota que amenazaba con tragárselo en cualquier momento a él y a quienquiera que tuviese la desgracia de hallarse cerca de él cuando sobreviniera el desastre."
En una determinada posición social -Una danza para la música del tiempo es una crónica, eminentemente, de la clase alta británica- el matrimonio es una necesidad: 
"Caminé por calles desiertas, pensando que yo también debería casarme pronto. Un cambio que se presentaba en términos de acción más que de reflexión, con el espíritu con que a menudo se casan hasta los más prudentes: en una crisis de placer y ansiedad, de excitación y de opresión."
en el caso de los hombres, para estabilizar su vida sexual -más que la sentimental- y para abandonar, al menos aparentemente, las conductas y compañías dudosas que se toleran en un joven pero que son socialmente mal vistas en un adulto.
"Un trasfondo de otros acontecimientos oscureció en gran medida los pasos que condujeron a mi compromiso con Isabel Tolland. De esta crisis de mi vida recuerdo sobre todo una sensación de tremenda inevitabilidad, el sentimiento de que el destino estaba resolviendo sus propios problemas y de que cualquier exceso de reflexión estaría fuera de lugar. El matrimonio, como ya he dicho, es una forma de acción, casi de violencia: una afirmación de la voluntad. Su órbita no puede ser trazada con precisión, si se trata de evitar equívocos y arrepentimientos. Sus hechos tal vez sólo puedan ser conocidos por deducción. Es un estado del que se ha eliminado toda objetividad."
Finaliza la novela con la psicoanalización de un personaje, Widmerpool, que a estas alturas ya se adivina como troncal, e incluso como némesis del propio Nick.

II. El restaurante chino Casanova


El texo comienza pulsando el ambiente artístico y musical en los prolegómenos de la II Guerra Mundial, y los ajustes de cuentas entre artistas, ese extraño deporte gremial.

"Yo escuchaba todo lo que se estaba diciendo sin sentir, como llegué a sentirlo más adelante, que de alguna manera yo también formaba parte de la misma comunidad, y que cuando la gente se hacía eco de las habladurías acerca de temas tales como el de Carolo y su chica, lo que uno estaba oyendo era un trozo, por infinitesimalmente pequeño que fuera, de su propia vida."
La casa de lady Warminster es la recreación de un mundo en miniatura. Nick se suma, con su matrimonio, a la numerosa y variopinta familia Tolland, regida con mano de hierro y guante de seda por su suegra.
"La mayoría de sus coetáneos admitían, en general, que Katherine Warminster, en lo concerniente a sus hijastros, merecía elogios por el buen trabajo realizado con ellos. Por mi parte, a mí me agradaba lady Warminster, aunque al propio tiempo tengo que confesar que nunca me sentía totalmente cómodo en su presencia. Estaba inmaculadamente libre de cualquiera de los defectos típicos de las suegras; agradable siempre, buena anfitriona, afectuosa incluso, a su manera; pero siempre un poco alarmante: un ave elegante, con muchas horas de vuelo..., quizá un ave de presa..., lista para precipitarse y atacar desde los helados picos de las montañas en que prefería vivir apartada."
Ha comenzado la Guerra Civil española, vista con cierta indiferencia política por la clase alta inglesa, pero con la curiosidad anecdótica por lo que sucede en una tierra exótica de la que se posee un conocimiento parcial y eminentemente folclórico; Erridge, un cuñado de Nick, personaje parcialmente inspirado en George Orwell, marcha a combatir con las Brigadas Internacionales.
"Cerró la tapa del gramófono, que empezó a difundir una vez más las sombrías y amenazadoras notas que sugerían su fondo español: cielos tostados, polvorientos llanos, serranías ásperas, sarcófagos de mármol negro de los difuntos reyes bajo techos artesonados con arabescos, bloques de pisos art nouveau frente a los que pasaban chirriando y tintineando achaparrados tranvías; tricornios de charol de la Guardia Civi; almohadillas de cuero lanzadas a la arena bajo carteles publicitarios anunciando remedios para la impotencia y la viruela... Éstas y un centenar más de cambiantes abstracciones cubistas, combinando sus elementos visuales con la pachanga de la música taurina..., y ahora -sobre este paisaje-, abrasados por el sol, camiones, destartalados como jamelgos de picador, subiendo cuestas en primera entre un olor a gasolina..., o ahora, ateridos por el viento helado y tapados hasta las cejas como el abrigado trío del Invierno de Goya, soldados moros conduciendo reatas de mulos por desfiladeros velados por la nieve..."
Asistimos a una velada literaria en Hyde Park Gardens: "Querido -pero imprescindible- enemigo mío": las relaciones entre los escritores.
"La relación mutua entre escritores, cualquiera que sea su edad, siempre es delicada, pero no tanto -como comúnmente se piensa- por cuestión de celos, cuando por la naturaleza intensamente personal de la cotización de la obra de un escritor."
En ese ambiente literario, el narrador reflexiona acerca de la creación y las relaciones literarias: los límites y condicionantes para hablar de uno mismo y de algunas de sus circunstancias:
"Un matrimonio futuro, u otro ya pasado, puede ser analizado y narrado en términos literarios por una cualquiera de las partes, pero es dudoso que ningún matrimonio existente pueda ser descrito en primera persona, directamente, de manera que el relato transmita sensación de realidad. Hasta los escritores que mejor han plasmado la sustancia de la vida matrimonial tienden a una estilización muy marcada y sacrifican la sutileza de la relación a cambio de narrar con detalle unos pocos aspectos aislados. Pensar con objetividad sobre el propio matrimonio es tarea imposible, casi tan difícil como hacerlo objetivamente sobre el matrimonio de otros, con tanta información disponible como tan escasamente digna de crédito. Cierto que la objetividad no lo es todo a la hora de escribir; pero, si uno tiene que dejarla a un lado, las dificultades de abordar el tema son descomunales, tan variadas y a la vez tan constantes son sus formas, tan variables y caleidoscópicas sus colores, aunque siempre los mismos."
Posteriormente, incluye otra reflexión acerca del paso a la posteridad, enfrentando el caso del escritor -personaje inspirado por John Galsworthy- que habría aceptado todo los honores que no le dispensaron que rechazó los que sí le concedieron; en esta discusión acerca de la literatura y de los escritores, Powell incluye una cita para la reflexión:
"-Lo mismo podrías decir que el Ulises tiene más "historia" que La cabaña del Tío Tom o El rosario -dijo Maclintik-. Y supongo que es cierto de alguna manera. Yo encuentro que todas las novelas pecan de improbables."
Aunque con la distancia que marca el estatus, la problemática política asoma a menudo en la trama, con visiones particulares de hechos diversos; por la parte que les toca debido a su posición, uno de los temas tratados es el de la abdicación de Eduardo VIII.
"Muy poco después de aquel encuentro con los Moreland se inició la crisis que condujo a la abdicación: uno de esos acontecimientos públicos que apasionan no sólo a los dedicados por temperamento a discutir eternamente lo que leen en los periódicos, sino a todo bicho viviente en el país, cualesquiera que sean su edad, sexo o clase social. El debate agotó por completo todos los aspectos constitucionales y emotivos del hecho [...]. Al final resultó que, una vez dado el paso, la abdicación se convirtió en historia y que todo volvió a la acostumbrada rutina con mucha mayor facilidad de lo que popularmente se preveía."
El suicidio de un personaje secundario provoca una reflexión interesante. A diferencia de una muerte natural, el efecto de la muerte por suicidio sobre los que rodean al suicida son mucho más devastadores porque aunque todos podemos morir en un momento determinado -y lo acabamos haciendo, finalmente-, la proporción de azar que interviene en la muerte natural nos procura la parte de esperanza que supone pretender que aun no nos ha llegado el momento. El suicidio, en cambio, posee un trazo de inevitabilidad que lo hace terrible -y son conocidas esas hipótesis del carácter contagioso del acto en sí-, a pesar de que depende, a diferencia de la muerte natural, de una decisión voluntaria. La paradoja está en que tememos más algo que depende de nuestra voluntad que aquello que depende del azar.

III. Los bondadosos

Situados temporalmente a finales de la década de los años 30, previa a la II Guerra Mundia, Nick inicia una larga digresión para volver a su infancia, en los prolegómenos de la otra gran conflagración mundial del siglo, con el fin de encontrar antecedentes, tanto personales como políticos y sociales, que ayuden a entender el entorno en que se desenvuelve. Recupera el mito de Las Furias -Las Erinias o Las Euménides, Las Bondadosas o Benévolas; es posible que exista un lapsus de género en la traducción al castellano del título- para relatar la amenaza que representaban para Albert, un servidor en casa de sus padres, las sufragistas, o para la doncella Billson -protagonista de un chistoso incidente- las apariciones de un supuesto fantasma; en todo caso, el capítulo le sirve para ejecutar un impresionante repaso a una servidumbre ciertamente peculiar.

Después de esta descompresión de la realidad presente, Nick reflexiona acerca de la dificultad de describir un hecho, sea cotidiano o excepcional, de la imposible neutralidad y de la deseable implicación:
"Pero la descripción verbal de cualquier hecho debe estar siempre infinitamente distante del hecho en sí, de manera que cuando exageramos o subestimamos algo, con frecuencia atinamos mejor con la verdad que cuando nos limitamos a declararlo lisa y llanamente. Teniendo en cuenta, además, lo desesperantemente difícil que es cualquier intento de expresar con exactitud las complejidades y recovecos del carácter y de las emociones humanas."
La digresión sigue con el relato detallado desde la visión de un niño del ejército -su padre es capitán- y de la vida militar, las visitas castrenses y una controversia acerca de la caridad hasta terminar con la muerte de Archiduque Francisco Fernando de Austria y los inevitables aires de guerra, para volver a los prolegómenos de la II Guerra Mundial.
"-Cualquiera de estas bellas mañanas, los alemanes se presentarán aquí o entrarán en Francia. Nadie podrá censurarles que lo hagan. Todos lo están buscando. Y nos encontrarán enzarzados en alguna discusión con los irlandeses, sufriendo una huelga de la industria del carbón o presenciando un partido de críquet. En Francia, los ministros del gabinete estarán desafiándose unos a otros en duelo, mientras sus esposas descargan sus armas contra editores de periódicos. Y, cuando lleguen los alemanes, tendremos un gran espectáculo: el de la Nación en Armas de Clausewitz."
 De nuevo aparece la vida artística, el medio en que profesionalmente se desenvuelve el protagonista, la relación con el arte de la gente común y de los propios artistas, sobre todo en la música y en la pintura. La asunción de mitos personales, inducidos por una educación orientada a una determinada carrera apoyada en una tradición familiar -en este caso, la militar y la musical- condiciona la visión del mundo.
"Desde temprana edad, Moreland había sido considerado por su tía, y por los demás de su círculo, un muchacho llamado a desarrollar una brillante carrera en la música. Su propia infancia había sido orientada hacia ese supuesto. Mi más modesta ambición -y, en realidad, no animada especialmente por mis padres- era llegar a ser militar. Eso comportaba, obviamente, una forma divergente de verse cada uno a sí mismo. En la medida en que alguna vez comparamos nuestras notas acerca de nuestros respectivos ambientes en la infancia, Moreland siempre sostuvo que el mío le parecía el más extraño de los dos."
La visión de la guerra desde las islas es ciertamente peculiar, como algo ajeno, como un enojoso engorro que afecta a algunos detalles de la vida cotidiana pero cuya influencia no va mucho más allá. En el Parlamento, reproducido en miniatura en una cena, se hacen patentes las diferencias a la hora de abordar la implicación británica en la guerra.
"Al igual que uno de los "fantasmas" de Stonehurst, la guerra se cernía a los pies de tu cama cuando despertabas por la mañana, y, a diferencia de otros espectros más pasajeros y acomodaticios, si gigantesca forma, lejos de disiparse de inmediato, permanecía como una sombra borrosa, amenazadora, cada vez mayor y de creciente densidad. Las grises y parpadeantes secuencias proyectadas en la pantalla mostraban con tenaz persistencia primeros planos de demagogos fornidos, coléricos, gesticulantes, que reforzaban sus frases con patadones en el suelo; océanos de brazos alzados; soldados con casco de acero desfilando en columna; carros blindados atronando el espacio al avanzar por el adoquinado de amplios bulevares. La crisis no remitía. El cataclismo ya no podía demorarse más."
Asistimos al reencuentro de Nick con Templer, Stringham y Widmerpool, los compañeros del college, presencias constantes en el ciclo, cuyas apariciones parecen el principal testimonio del paso del tiempo, como si esos reencuentros adquirieran el papel de hitos donde se reformulan las relaciones y se cierran y reabren etapas. En las sucesivas descripciones, tanto formales como de estatus, el narrador apoya en ellos su visión del paso del tiempo y de los cambios producidos.
"Vi que ya no se trataba de que Stringham y Widmerpool se hubieran equiparado como amigos en la mente de Templer; la realidad era que Widmerpool se hallaba ahora infinitamente por delante de aquél. Es lo que se desprendía del tono de Templer [...]. Lo que daba un matiz algo hiriente a aquella situación era ver cómo se yuxtaponían en Templer de un lado su completa aceptación de Widmerpool y, de otro, su casi también completa indiferencia por su viejo amigo Stringham. Probablemente Templer no había visto a Stringham desde el día en que se presentó en el cuarto que ocupaba éste en el college y después nos metió a todos en una cuneta con su flamante coche recién adquirido. Cierto que, para ser sinceros, yo también llevaba mucho tiempo sin ver a Stringham, en tanto que Templer, a fuerza de llevar mucho tiempo haciendo negocios con Widmerpool, había llegado a considerarlo un amigo."
Suceden cambios en la familia: la muerte de la suegra de Nick y Erridge intenta sentar cabeza; la vida en la familia refleja el tiempo de caos y cambios en Europa. Fallece el tío Giles, el verso suelto de la familia.

En un ambiente social cerrado y endogámico, era común que las parejas se intercambiaran, situación que provoca alteraciones en las relaciones personales.
"Duport, por lo que a mí respectaba, era un caso típico. Yo había amado a su mujer, Jean, y, aunque ya no la amaba, nuestra relación había segregado semejante ingrato residuo: un inalterable, por más que oculto, lazo con su ex marido. Como una especie de castigo. A mí podía no gustarme la forma como se comportaba Duport, con Jean o con el mundo en general, pero mis propios actos lo habían convertido, al menos en un pequeño aspecto, en parte de mi vida. Estaba ligado a él para toda la eternidad. Más aun, por la misma razón, yo no estaba en situación de poder censurarlo: había minado mi propia posición como crítico. Esa reaparición de Duport fue como un profundo tajo en el Tiempo."
Cierra el texto la firma del tratado de no agresión entre Alemania y Rusia, la confirmación de los malos augurios y el estallido de la guerra. 

Otros recursos relativos a la obra, ya publicados:
Una danza para la música del tiempo I. Presentación
Una danza para la musica del tiempo II. Primera estación: Primavera

Otros recursos relativos a la obra, en próximas publicaciones:
Una danza para la música del tiempo IV. Tercera estación: Otoño
Una danza para la música del tiempo V. Cuarta estación: Invierno

8 de junio de 2015

Una danza para la musica del tiempo II. Primera estación: Primavera


I. Un problema de formación

Más allá de la importancia relativa de la primera frase de una novela y de toda la mítica que se ha escrito acerca de cómo es capaz de condicionar el resto del texto o de la deriva que imprime al lector, la realidad es que, realmente, parece tratarse de una cuestió  anecdótica y, en cierta medida, más fruto de la casualidad -es decir, de la inspiración- o de la búsqueda de efectismo que del verdadero oficio. Es posible que “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta" anticipe la calidad incuestionable de Lolita, pero que una frase como "Longtemps, je me suis couché de bonne heure", con su titubeo gramático incluido, anticipe la grandeza de À la recherche du temps perdu es una ficción insostenible. En definitiva, parece que se puede sostener esa dudosa hipótesis cuando se trata de buenas primeras frases de buenas novelas -que, por cierto, son las que han hecho fortuna y han pasado al anecdotario de la historia de la literatura-, pero la existencia de malas novelas con aceptables primeras frases y de buenas novelas con primeras frases manifiestamente mejorables debería ser suficiente para rechazarla.

En cambio, si se amplía el ángulo de análisis y de lo que se trata es de examinar el primer párrafo, los hay que constituyen una implacable declaración de principios, un avance, más de estilo que de trama, de lo que se encontrará el lector a partir del segundo; y, para los lectores corrientes, puede llegar a justificar la decisión de si vale la pena seguir con la lectura o descartarla definitivamente, extremo al que difícilmente, al menos de manera justificada, se le puede atribuir a una sola frase. ¿Un ejemplo? Ahí va:
"Los hombres que trabajaban en la esquina se habían montado en plena calle una especie de campamento, cuyo perímetro parecía marcado por las luces rojas de unas lámparas de seguridad montadas sobre trípodes, al borde de una sima en la carretera que conducía a la red de desagües subterráneos. Y allí, reunidos en torno a un cubo lleno de ascuas de carbón colocado frente a la entrada de su refugio, se distinguían varias figuras humanas dedicadas a frotarse el cuerpo con los brazos y a restregarse las manos, como si fueran comediantes que, con sus exagerados gestos, estuvieran representando una pantomima para dar expresión formal a la idea del frío extremo. Uno de ellos, un tipo enteco enfundado en un mono azul, más alto que los demás, con la actitud jocosa y una nariz larga y puntiaguda como la de un bufón shakesperiano, se adelantó de pronto y, como si ejecutara algún ritual, arrojó a las brillantes ascuas de carbón cierta sustancia..., aparentemente los restos de un par de arenques medio envueltos en papel de periódico. Su acción provocó la erupción de una viva llamarada y después la de una columna que el viento del noreste arremolinó en su ascenso. Y mientras la oscura humareda flotaba por encima de los tejados, la nieve comenzó a caer suavemente del cielo grisáceo, con copos que se deshacían con un leve siseo al alcanzar el cubo. Las llamas remitieron de nuevo y los trabajadores se apartaron del fuego como si todas aquellas ceremonias hubieran concluido de momento; unos para descender dificultosamente al interior de la zanja y otros para retirarse a las sombras de su refugio de lona alquitranada. Los copos agrisados seguían cayendo indecisos, mansamente, mientras el aire se impregnaba de un olor áspero y amargo a gas. Despuntaba el día."
Nick Jenkins, el narrador y alter ego de Powell, estudiante, hace su presentación, muestra la vida en el college y a sus compañeros, personajes que irán apareciendo a lo largo de la obra. Asistimos a las fiestas y a las estancias en casa de sus colegas. Un primer enamoramiento adolescente desemboca en un viaje a Francia.
"No es bueno leer demasiado -dijo Widmerpool-. Te hace mirar la vida desde una perspectiva falsa. En todo caso, familiarízate un poco con autores normales. A eso no le pondría yo ningún reparo. Pero no es bueno embotarte la mente con el montón de basura que se encuentra en las novelas modernas."
Nick retrata con minuciosidad la vida académica, incluyendo algunas de las relaciones de los profesores con los alumnos, incluso fuera del ámbito escolar, como los tés compartidos en casa de Sillery, un particular profesor y, una vez acabados sus estudios de instituto, reflexionar sobre los fines de etapa, no sólo la escolar.
"Las relaciones humanas florecen y se marchitan rápida y silenciosamente, quizás para que los interesados se den cuenta de lo frágiles o insensibles que se han vuelto los lazos que los unen."
II. Un mercado de compradores

Focalizada, en su mayor parte, en el mundo del arte -el señor Deacon, un mediocre pintor enemigo de las academias, tiene un papel principal-, la segunda novela del ciclo, es seguramente la novela más "social", aunque la cuestión amorosa, ahora ya observada y padecida desde la edad adulta, y que sobrevuela toda la serie, toma ya forma de tema central.
"Esta relación con Bárbara, a pesar de que venía durando menos de un año, me daba la impresión de haber llenado ya una gran parte de mi vida, porque no hay nada que demuestre tanto la intemporalidad del Tiempo como determinados episodios de la temprana experiencia que, al rememorarlos posteriormente, vemos concentrados con increíble densidad en el espacio de unos pocos años, pero que, en cambio, durante los meses en que realmente sucedieron, crearon en nosotros la ilusión de extenderse infinitamente."
En toda obra que abarca un largo período de tiempo, y más si el narrador es el protagonista, se hace presente el papel integrador del recuerdo -pues la obra es, real o ficcionalmente, el resultado de la memoria-; en este caso, Nick especula con el recuerdo actual que posee del recuerdo que le provocó un determinado hecho, siempre ligado a la más íntima experiencia personal, cuando era joven, de algo que sucedió en su niñez.

Cenas y fiestas se suceden -estamos en los felices veinte- y componen el principal modo de relación de las personas de esta tan determinada clase social, y presentando a una aristocracia -recuerden que estamos en la Gran Bretaña- que va cediendo su lugar, a regañadientes aunque condescendientemente, a una burguesía emergente que avanza imparable hacia los centros de poder,
"En aquella época de mi vida, toda clase de cosas se mostraban cambiantes y parecían dar vueltas en torno a lo que sólo más adelante revelaría cierto significado y orden."
Independientemente de la formación académica, cuya época abarca Un problema de formación, es en esta segunda novela donde se refiere la verdadera formación del joven Nick, una formación en esa especie de edad-aluvión en la que se recogen experiencias inconexas cuya relación uno mismo es incapaz de descifrar, y que sólo revelarán su importancia y su conexión cuando sean procesadas a la luz de la edad y de ciertos  acontecimientos posteriores.

Es posible que el título de la novela, Un mercado de compradores, haga no sólo referencia la mundo del arte -la presencia de esta manifestación es continua, así como la del anteriormente mencionado señor Deacon-, si no que también haga referencia a la "exposición" del narrador en el mundo de las fiestas, un medio mediante el cual los jóvenes se dan a conocer, establecen alianzas -y enemistades- y obtienen una buena implantación en el mercado, indispensable tanto para conseguir una buena, bien remunerada y ausente de responsabilidad ocupación, como para colocarse con garantía en la primera fila de la carrera para un matrimonio conveniente.
"Nada en la vida puede estar aislado por completo de una infinidad de incidentes: y es notable, aunque sin duda lógico, que la acción determinada por innumerables causas, cada una de las cuales apenas la sugiere y pasa inadvertida las más de las veces, encuentre, al cabo, el momento aparentemente ideal para su expresión última. Tan cierto es esto que lo ocurrido antes, a todos los efectos y propósitos, desaparece a menudo como tragado por la oportunidad del clímax que, superficialmente por lo menos, se nos presenta como la sola causa de su cumplimiento. Las circunstancias que me habían traído al estudio de Barnby eran un buen ejemplo de esta complejidad de la experiencia. Pero todavía faltaba lo mejor."
Se trata, pues, de encontrar, por una parte, el lugar que corresponde en un mundo que parece huir del protagonista a cada intento de acercamiento, pero también de tener la capacidad -pues ésta sería una de las características inherentes a la madurez- e integrar todas las experiencias de diversa y a menudo opuesta índole en la conciencia del individuo sin que por ello perdiera la consistencia debida e imprescindible.

III. El mundo de la aceptación

Abocado ya al mundo profesional, Nick imagina malos presagios para su futuro. En contraposición, se cita un caso literario que le sirve al protagonista para plantear sus dudas ante el proceso de creación.
"¿Cómo podría un escritor -me preguntaba a mí mismo- tratar de describir en una novela a un joven como Mark Members, por ejemplo, que tantas cosas tenía en común conmigo mismo y que, sin embargo, era tan diferente? [...] Obervados desde cierta distancia, Members y yo podíamos ser vistos razonablemente como unidades casi idénticas del mismo organismo, apenas diferenciables incluso para un experto en sociología. [...] Igualmente difícil sería -me dije a mí mismo- transcribir algo que fuera más allá de un grosero esbozo de mi propia personalidad; algo, en todo caso, que no sonara un poco absurdo."
El mundo de la aceptación hace referencia al proceso de cobro contra documentos de exportación, una variante de crédito documentario consistente en un endoso de deuda que se basa en la confianza en que el exportador ha remitido, efectivamente, el envío de la mercancía, y en que el importador hará frente a su pago, una vez recibida; una terminología mercantil puesta a disposición del lector para definir relaciones humanas...
"Cuando, al describir el nuevo empleo de Widmerpool, Templer había hablado del "mundo de la aceptación", su frase me había llamado la atención. Hasta como definición técnica, parecía sugerir lo que todos hacíamos, no sólo en los negocios, sino también en el amor, el arte, la religión, la filosofía, la política..., en todas las actividades humanas, de hecho. El mundo de la aceptación era el mundo en el que el elemento esencial -la felicidad, por ejemplo- proviene, por decir así, del compromiso de pagar una letra. A veces los bienes han sido entregados e incluso has conseguido sacar algún provecho de ellos; otras veces no los has llegado a recibir, y viene el desastre; otras, en fin, te los han entregado, pero resulta que ha cambiado el valor de la moneda. En otro sentido, además, todo el mundo es el mundo de la aceptación cuando uno se aproxima a la treintena; por lo menos se han descartado algunas ilusiones. El mero hecho de seguir existiendo como ser humano es una buena prueba."
Nick relata una serie de reencuentros -que se hacen presentes a lo largo de la obra, tanto para informar al lector de qué ha sido de esos personajes que se relacionaron algún día con el protagonista como para fijar la posición del propio narrador- en el Ritz, un episodio cuyo hilo conductor no son las diversas historias en las que él estuvo presente si no las apariciones de su núcleo de viejos conocidos, que traen bajo el brazo su propia historia, y la ampliación de esas relaciones en forma ramificada con los conocidos de los conocidos, la mayoría de los cuales quedan incorporados a la historia principal en la medida en que entran en relación, por las causas más diversas, con el protagonista.
"Al evocar más adelante aquella cena en el Grill, me parecía ver en ella el carácter de un festín ritual, de una ceremonia de la que salimos los cuatro para asumir nuevas posiciones en la precisa coreografía de la danza con que tiene que ver la vida humana. Pero en aquel entonces, su encanto pareció residir en su diferencia con respecto al curso habitual de las cosas. Ciertamente el principal objetivo de la proyectada visita sería la ausencia de cualquier plan previo. Pero, en cierto sentido, no hay nada planeado en la vida -o lo está todo hasta el último detalle- porque en la danza cada paso es, en definitiva, el corolario del paso anterior: la consecuencia de ser la clase de persona que es uno."
Aparece, por fin, Jane, 
"Cuando te enamoras, siempre lo haces de dos personas: de una real y de otra imaginaria; a veces te sientes atraído sobre todo por la primera y otras por la segunda. En aquel instante yo amaba a la Jean real"
a lo largo de un extenso discurso acerca del tratamiento literario del mundo femenino en la literatura inglesa y de la adquisición práctica de algunas nociones de "psicología femenina". Cierran el texto una extraña sesión de espiritismo, una cena de antiguos alumnos, con sus correspondientes reencuentros, y una sublime demostración de la veracidad de la expresión in vino veritas.

Otros recursos relativos a la obra, ya publicados:
Una danza para la música del tiempo I. Presentación

Otros recursos relativos a la obra, en próximas publicaciones:
Una danza para la música del tiempo III. Segunda estación: Verano
Una danza para la música del tiempo IV. Tercera estación: Otoño
Una danza para la música del tiempo V. Cuarta estación: Invierno

4 de junio de 2015

Una danza para la música del tiempo I. Presentación

Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/A_Dance_to_the_Music_of_Time_(painting)#/media/File:
The_dance_to_the_music_of_time_c._1640.jpg
"A mí me impresionó por diezmilésima vez el hecho de que la literatura ilumine la vida sólo a aquellos para quienes los libros constituyen una necesidad. Los libros son bienes no convertibles, que sólo pueden ser transmitidos a aquellos que ya los poseen."
Una danza para la música del tiempo (A Dance to the Music of Time) es el título colectivo, inspirado por el cuadro de Nicolas Poussin La Danse de la vie humaine o La Danse des Saisons, ou l'Image de la vie humaine (1633-1634), con el que se conoce el ciclo narrativo de doce novelas que Anthony Powell publicó en un período de veinticinco años, de 1951 a 1975. La edición en castellano, en Editorial Anagrama, se realizó agrupando las novelas en cuatro volúmenes siguiendo la edición en inglés de Mandarin Paperbacks (Londres, 1997), que toman el subtítulo de cada una de las estaciones.

La estructura de la obra y la correspondiente traslación a la edición es castellano es la siguiente:

Una danza para la música del tiempo: Primavera (2000), agrupa las novelas
Un problema de formación (A Question of Upbringing, 1951)
Un mercado de compradores (A Buyer's Market, 1952)
El mundo de la aceptación (The Acceptance World, 1955)

Una danza para la música del tiempo: Verano (2001), agrupa las novelas:
En casa de Lady Molly (At Lady Molly's, 1957)
El restaurante chino Casanova (Casanova's Chinese Restaurant, 1960)
Los bondadosos (The Kindly Ones, 1962)

Una danza para la música del tiempo: Otoño (2002), agrupa las novelas
El valle de los huesos (The Valley of Bones, 1964)
El arte del soldado (The Soldier's Art, 1966)
Los filósofos militares (The Military Philosophers, 1968)

Una danza para la música del tiempo: Invierno (2003), agrupa las novelas
Los libros sí amueblan una habitación (Books Do Furnish a Room, 1973)
Reyes temporales (Temporary Kings, 1973)
Escuchando armonías secretas (Hearing Secret Armonies, 1975)

Afrontar la lectura de una obra con esta extensión -más de 2.500 páginas- requiere una buena disposición de tiempo para hacerlo en un plazo prudencial -y sólo entiendo su lectura seguida, sin interponer otros libros- e igualmente óptima disposición de ánimo, porque no se trata de un texto de acción trepidante, intrigas fabulosas y personajes multifacéticos; son también recomendables una libreta para tomar notas y una memoria prodigiosa para los hechos pero, sobre todo, para los nombres. De todos los recursos existentes en la red, tal vez uno de los más útiles en cuanto a información, sin entrar en el aspecto crítico, se encuentra en la sede de la Anthony Powell Society, que, entre otros, contiene una breve sinopsis, un documento que busca los modelos de los personajes principales y un útil índice. Pero si les da pereza sumergirse en la exégesis -pretender abarcar en unas pocas frases tomadas a vuelapluma la complejidad formal y de fondo de una obra de estas características es una pretensión que no está al alcance de este simple comentarista-, a continuación transcribo las habituales Notas de Lectura, más prosaicas y mucho menos profesionales, antes una guía para lectura que sesudas interpretaciones críticas, pero que espero que sirvan para estimular su curiosidad, al menos la de los lectores de grandes ciclos novelísticos y, por qué no, de los que disfrutan con la literatura cuya función es, simple y llanamente, describir la cotidianidad. Pocas veces la ambición de un escritor al plantearse una obra ha estado tan de acuerdo con el resultado obtenido.

Otros recursos relativos a la obra, en próximas publicaciones:
Una danza para la musica del tiempo II. Primera estación: Primavera
Una danza para la música del tiempo III. Segunda estación: Verano
Una danza para la música del tiempo IV. Tercera estación: Otoño
Una danza para la música del tiempo V. Cuarta estación: Invierno

2 de junio de 2015

Nominalia


"Ni los sabios ni los ignorantes pueden reflexionar sobre Dios sin introducir palabras con el fin de suplir su falta de ideas. Y es una desgracia que la única idea que se tiene de la divinidad sea la que ofrecen las palabras que se usaron como sustituto de las ideas."
Jean-Baptiste-René Robinet, De la nature, citado en: Sylvain Maréchal, Diccionario de ateos.

31 de mayo de 2015

Lecturas de mayo

El cuaderno perdido. Evan Dara. Pálido Fuego, 2015
Traducción de José Luis Amores
Independientemente del tiempo narrativo del que se trate -hay novelas que tratan el tiempo de forma lineal; otras, mediante saltos hábilmente programados; otras, se fundan en el desorden; algunas, incluso, retroceden hacia el principio-, la lectura es un proceso serial, y la comprensión de un texto extenso funciona por acumulación: acompañando o más allá del acostumbrado vuelo lineal del planteamiento, nudo y desenlace -que puede enmascararse en multitud de formas-, los textos narrativos usuales siguen una dirección de atrás hacia adelante y, por acumulación o por complementariedad, cuentan una trama que es comprendida en este mismo sentido: nuestra comprensión de la trama va completándose a medida que avanzamos en la lectura: cada nuevo dato amplía nuestra comprensión en una sola dirección. Otros textos, sin embargo, funcionan justamente al revés: la comprensión del texto retrocede, es decir, ocurre de delante hacia atrás, las justificaciones anteceden a los hechos, los protagonistas se disuelven en la trama y el proceso se invierte; se requiere del lector una memoria prodigiosa, pues los hechos que se narran no pueden recordarse en relación a la historia ya que su justificación se difiere, en ocasiones, a cientos de páginas posteriores; una atención esmerada, pues cualquier anécdota aparentemente irrelevante puede adquirir un papel predominante páginas después; y una capacidad de análisis eminente para advertir aquellos nexos existentes entre los distintos fragmentos y recomponer, posteriormente, esa trama disuelta. La dificultad no es un mérito, pero esa extraña satisfacción que sentimos cuando logramos algo que ha requerido esfuerzo, a menudo, no tiene precio. Si quieren distraerse leyendo, busquen por ahí alguno de los numerosos y bien dotados premios literarios patrios; si lo que quieren es disfrutar, deberían ustedes leer El cuaderno perdido. Deberían.
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Cuentos completos. Kingsley Amis. Impedimenta, 2015
Traducción de Raquel Vicedo
A pesar de ser uno de los componentes más representativos del grupo de los angry young men -verdadera reacción popular a los excesos cursis, afectados y pedantes de los pijos de Bloomsbury-, con el componente de lo que ahora llamaríamos anti-sistema, Amis, en mayor medida que la mayoría de sus compañeros, es la materialización de la elegancia de estilo, es el Saville Road de la literatura inglesa de mediados del siglo XX. Crítico con el sistema sociopolítico de una Gran Bretaña cuyas heridas de guerra no cicatrizaron para todas las clases sociales con la misma rapidez, Amis es un maestro del cinismo: una postura que puede ser muy peligrosas en manos de un político -tanto, que debería desterrarse como opción en cualquier sistema democrático-, es, en cambio, un punto de vista muy aconsejable para el analista; para el escritor sobre temas políticos o especialmente preocupado, aunque sea indirectamente por ellos, y manejado con habilidad, puede convertirse en la opción más aconsejable y fructífera. Si a ello se añade la contención no tanto como recurso estilístico si no como opción moral, y uno se maneja con destreza en este terreno, el resultado es uno de los escritores mayores de las islas del siglo pasado. Amis no cuenta, explica; tal vez por esa razón sus escritos incluidos en este volumen no deberían llamarse cuentos si no relatos. Un libro imprescindible.
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22 de mayo de 2015

Contrapunto CI

Voy a desterrar de mi vocabulario la palabra "creo" y sustituirla por, según corresponda, "pienso" o "me parece".

12 de mayo de 2015

El cuaderno perdido

El cuaderno perdidoEvan DaraPálido Fuego, 2015
Traducción de José Luis Amores
De autorías

Es innegable la fascinación que ejerce en el ánimo del lector, y puede que también, positiva o negativamente, en su valoración, el caso del escritor oculto, enmascarado o pseudonomizado: el retiro voluntario de J. D. Salinger, la desaparición de Thomas Pynchon, la ocultación de Cormac McCarthy, el enmascaramiento de Bern Traven, la reclusión de Miquel Bauçà; el trío Barth-Barthelme-Gaddis ha dado lugar a numerosas y jocosas especulaciones, algunas promovidas por ellos mismos, acerca de la autoría de sus libros; y, entre los casos irresueltos, el de el-escritor-que-dice-llamarse-Evan Dara, norteamericano residente en París autor de tres novelas, The Easy Chain (2008), Flee (2013), y este El cuaderno perdido (The Lost Scrapbook, 1995); y fue precisamente la aparición de este libro lo que disparó las especulaciones acerca de su existencia real, de si bajo ese nombre se ocultaban quien decía ser o se trataba de un pseudónimo adoptado por Richard Powers, otro autor fundamental de la narrativa postmoderna norteamericana, también prácticamente ignorado en castellano.

De conexiones 

El volumen editado por Pálido Fuego contiene una excelente y excesivamente corta introducción -adecuadamente titulada "El mundo real desde el otro lado de la soledad residencial", que en la cabeza de este lector dispara inmediatamente las conexiones con a) los relatos de John Cheever, y b) la magnífica Revolutionary Road, empezando a tejer la tupida red de conexiones, precursores y seguidores incluidos, que se ha hecho presencia ineluctable a lo largo de la lectura de la novela- entiendo que dedicado especialmente a esta edición, de Stephen J. Burns, profesor de la Northern Michigan University y editor de Conversaciones con David Foster Wallace (Conversations with David Foster Wallace, 2012). Aparte de otras consideraciones enormemente interesantes, recupera una cita de Edgar Allan Poe de mediados del siglo XIX cuya actualidad sorprende:
"Los escritores más "populares", más "exitosos" de entre nosotros (al menos durante un breve período) son, en noventa y nueve de cada cien casos, personajes meramente hábiles, perseverantes, osados: en resumen, entrometidos, aduladores, charlatanes. Gente que logró imponerse  con facilidad sobre editores aburridos [...], se adjudicó reseñas favorables escritas o mandadas escribir por partes interesadas [...]. De tal modo se fabrican "reputaciones" efímeras que, en su mayoría, sirven para sus propósitos específicos, o sea: llenar la bolsa del charlatán y del editor del charlatán."
"Cualquier parecido con la realidad..." , casi doscientos años después.

Posteriormente, centrándose en Evan Dara, propone una correspondencia -supongo que necesariamente abreviada debido al contexto, una breve introducción- interesante, si no por dogmática al menos como propuesta de debate:


James Joyce

|
T. S. Eliot
|
William Gaddis
|
Thomas Pynchon
|
Don DeLillo
______________|______________
|                                                                            |
Evan Dara                                                     A. M. Homes
|                                                                            |
Jonathan Franzen                                           Jhumpa Lahiri
|                                                                            |
Richard Powers                                            Jonathan Lethem
|                                                                            |
David Foster Wallace                                    Colson Whitehead

De méritos

La historia de la literatura a lo largo del tiempo ha dado y quitado razones, con la misma facilidad, a algunos lugares comunes que, cada cierto tiempo, renacen con la persistencia de las malas hierbas. Uno de los más letales es la supuesta correspondencia entre autor minoritario y calidad literaria; no hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que si hoy en día han desaparecido de todo tipo de cánones autores que en su tiempo fueron sumamente populares, con más razón se habrán esfumado la mayor parte de los que no lograron atraerse el favor del público. Desengañémonos directamente: no hace falta acudir a ninguna demostración para concluir que la inmensa mayoría de autores que no fueron, en alguna medida, populares en su tiempo, no han pasado tampoco la prueba de los años; ¿excepciones? Sí, algunas, muy pocas; una de las aproximaciones a la definición de clásicos habla de esos libros que perviven en el tiempo y que siempre tienen algo que decir; mínima  debe ser esa aportación si ya no dicen nada ni siquiera a sus contemporáneos.

Otro de los lugares comunes más concurridos, y con llenos espectaculares en estos tiempos donde parece que la nómina de reseñistas-a-la-última supera a la de escritores, y la de éstos a la de lectores -pobres lectores hasta que se dan cuenta de que ni el reseñista ha leído el libro ni el escritor lo ha escrito-, es la originalidad -o su equivalente contemporáneo, la transgresión-, como si se tratara de un recipiente sin fondo que acepta todo lo que se vierte en él, cuando es más bien una magnitud que se puede incrementar hasta un punto que conlleva la rotura de la vasija -ah, modernidad, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre... y los que se cometerán!-, malográndose todo su contenido: la innovación se transforma en una parodia de sí misma, acaba perdiendo todo su sentido y se convierte en irrelevante.

De tiempos

Ya que toda transgresión literaria se enmarca en un contexto temporal determinado y, comúnmente, consiste en un replanteamiento que anticipa escenarios literarios futuros -"una obra adelantada a su tiempo"-, lo peor que puede sucederle es que, una vez alcanzado ese escenario, acabe mostrándose superada, falaz o, en el peor de los casos, anticuada. Así, practicando una generalización sin ninguna intención de ejemplaridad y obviando el lugar en que puede fijarse el gusto general de los receptores, parece más usual la pervivencia de una obra anclada en un momento determinado y una estética contemporánea que aquélla que busca romper el statu quo. En el caso más extremo, la obra "adelantada a su tiempo" fía su valoración en un futuro ya que ni el público ni la crítica están preparados para juzgarla -y a uno le viene a la cabeza el verso que dedica al juicio diferido el burlador de Sevilla-; el riesgo que corre es, pues, doble: o una vez alcanzado ese futuro se demuestra irrelevante -lo más "moderno" sería, en ese sentido, lo primero que se queda antiguo- o, en el peor de los casos, la obra acaba disolviéndose en ese presente intemporal y ni siquiera alcanza ese futuro al que, presumiblemente, pertenece.

De cuadernos perdidos

En contra de lo que sostiene el tango, veinte años son un mundo -y los últimos veinte, si a eso vamos, un universo entero-. ¿Cómo se lee, en 2015, una novela que cuando se publicó por primera vez, en 1995, suponía, aun contando con sus deudas a algunos precursores -la sombra del Jota Erre de William Gaddis, publicada veinte años antes, en 1975, es alargada-, una innovación en el campo de lo que solemos llamar "novela"? Pues para este motivado lector, amante de los clásicos pero con mentalidad abierta a las innovaciones, se lee de maravilla; y si de algo puede quejarse, otra vez, es de la miopía del mundo editorial en castellano -segunda o tercera lengua del mundo; o cuarta, da lo mismo- que ha retenido esta maravilla en el purgatorio -"e canterò di quel secondo regno dove l'umano spirito si purga e di salire al ciel diventa degno"- de los "no-traducidos".

Ya que excede de las intenciones, de los conocimientos y de las capacidades de este lector escribir una reseña crítica de una novela para la que no basta una sola lectura, me limitaré a dos aspectos que, entre muchos otros, me han llamado la atención.

Del todo y sus partes
"Reconstruimos el cristal con fragmentos de vidrio dispersos."
También todo escrito, bien que lo sabía Zenón, puede dividirse en partes, sea un pastel o la distancia que tiene que recorrer Aquiles; secciones, capítulos, párrafos, en el aspecto formal, y narradores, episodios, diálogos, en lo que respecta a la trama. Sin embargo, comúnmente es un todo lo que es divisible en sus partes, y el límite de la divisibilidad sería el mantenimiento del sentido con respecto al conjunto: cada parte debe remitir a éste y sólo a éste y, además, debe tener sentido por sí misma. Pero existe otro proceso de división, que puede afectar por igual a la forma y al contenido, que es la fragmentación del discurso: una sola trama construida por medio por medio de fragmentos presumiblemente aislados o con una conexión tan débil que casi no existen referencias cruzadas entre ellos -y que cuando existen constituyen los hitos que el lector debe mantener bien presentes si no quiere perderse entre laS partes-. Esta fragmentación provoca curiosos efectos en la conciencia del lector ya que a la experiencia intelectual de la lectura y a la usual dificultad, de mayor o menor intensidad- para decodificar el mensaje escrito, se añade el escollo que supone el inconveniente de integrar esos fragmentos aislados para re-componer la trama única que ideó el escritor: se trata de acumular información para la que deberá, antes de integrarla en el conjunto, buscar el lugar al que pertenece. ¿De qué se trata, pues? ¿De una novela convencional escrita de un modo alternativo? No, no sólo; pero para responder a esta pregunta, deberían ustedes leer El cuaderno perdido. Deberían.

Del orden del discurso

Independientemente del tiempo narrativo del que se trate -hay novelas que tratan el tiempo de forma lineal; otras, mediante saltos hábilmente programados; otras, se fundan en el desorden; algunas, incluso, retroceden hacia el principio-, la lectura es un proceso serial, y la comprensión de un texto extenso funciona por acumulación: acompañando o más allá del acostumbrado vuelo lineal del planteamiento, nudo y desenlace -que puede enmascararse en multitud de formas-, los textos narrativos usuales siguen una dirección de atrás hacia adelante y, por acumulación o por complementariedad, cuentan una trama que es comprendida en este mismo sentido: nuestra comprensión de la trama va completándose a medida que avanzamos en la lectura: cada nuevo dato amplía nuestra comprensión en una sola dirección. Otros textos, sin embargo, funcionan justamente al revés: la comprensión del texto retrocede, es decir, ocurre de delante hacia atrás, las justificaciones anteceden a los hechos, los protagonistas se disuelven en la trama y el proceso se invierte; se requiere del lector una memoria prodigiosa, pues los hechos que se narran no pueden recordarse en relación a la historia ya que su justificación se difiere, en ocasiones, a cientos de páginas posteriores; una atención esmerada, pues cualquier anécdota aparentemente irrelevante puede adquirir un papel predominante páginas después; y una capacidad de análisis eminente para advertir aquellos nexos existentes entre los distintos fragmentos y recomponer, posteriormente, esa trama disuelta. La dificultad no es un mérito, pero esa extraña satisfacción que sentimos cuando logramos algo que ha requerido esfuerzo, a menudo, no tiene precio. Si quieren distraerse leyendo, busquen por ahí alguno de los numerosos y bien dotados premios literarios patrios; si lo que quieren es disfrutar, deberían ustedes leer El cuaderno perdido. Deberían.

2 de mayo de 2015

Los clásicos

"A veces los hombres se expresan a favor de que el estudio de los clásicos deje por fin paso a otro tipo de estudios, más modernos y prácticos, pero el estudiante aventurero leerá siempre a los clásicos [...]. Al fin y al cabo, ¿qué son los clásicos sino el registro de los mejores pensamientos de los hombres? Son los únicos oráculos que no han envejecido, y en ellos se encuentran respuestas a las preguntas más modernas."