Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
16 de febrero de 2009
Contrapunto XXX
14 de febrero de 2009
10 de febrero de 2009
Reducción de condena

Los escritores mediocres necesitan una gran historia para que aquello que escriben alcance alguna transcendencia. Los grandes escritores, en cambio, pueden convertir en una excelente novela el hecho más trivial, la anécdota más prescindible, mostrando cómo la excelencia no está tanto en lo que se cuenta como en la forma de contarlo.
El narrador y su hermano, dos niños, hijos de un padre viajero y de una madre artista de circo, ambos ausentes, son acogidos por una curiosa comunidad de personajes estrafalarios a los que, desde su punto de vista infantil, son incapaces de clasificar: extraños negocios, mujeres intimidantes, coches americanos, idas y venidas nocturnas en una casa sin puertas, risas estentóreas y cuchicheos secretos; y una frase, “la pandilla de la calle Lauriston” que, con su carácter misterioso, obsesiona al protagonista como si se tratara de una contraseña.
El relato avanza entre la memoria real de las calles de París y la memoria imaginada, o tal vez la fantasía, de los recuerdos de un niño incapaz de distinguir qué es real y qué imaginario de unos hechos a los que asiste como mero espectador y que no puede explicarse; al fin y al cabo, él sabe que no pertenece a ese mundo, él es un “imbécil feliz”al que no le está permitida según qué clase de interacción. Años después, el narrador visita de nuevo esos escenarios de su niñez pero, al igual que ésta, los personajes y los lugares son irrecuperables porque la huella que dejaron se encuentra solamente en su interior; todas aquellas cosas y también las personas han seguido el camino de aquellos objetos que “desaparecen de nuestra vida al primer instante de descuido”. Sólo queda por recuperar la memoria de aquella frase enigmática, y la pitillera de piel de cocodrilo regalada al protagonista, precisamente, para que no olvidara.
Patrick Modiano es un escritor de registros infinitos, uno de los grandes novelistas europeos hacia el cual este reseñante no tiene más remedio que confesar su rendida admiración, y que mediante su exquisita narrativa es capaz de llevar en volandas al lector hacia unos mundos que no por próximos son más conocidos. Es precisamente en esa proximidad donde Modiano expone su maestría, mostrando personajes verosímiles –un vecino, un conocido, el propio lector- en situaciones cotidianas; no hay fuegos de artificio en sus libros sino tenues llamas que, a pesar de su insignificancia, alumbran con una suficiencia asombrosa; ni prestidigitación para levantar exclamaciones de sorpresa, sino callada magia que revela lo insólita que puede ser, si sabe contarse, la realidad. Modiano es, en definitiva, como muchos de sus personajes, uno de los nuestros.
4 de febrero de 2009
30 de enero de 2009
Mendel el de los libros
Viena, a principios del siglo XX. El imperio austrohúngaro se encamina a su inevitable fin, pero aun no está muerto y posee todavía la capacidad de dar unos últimos coletazos; la ciudad del Danubio se resiste a una decadencia que lleva inscrita en su propia existencia y reluce aun con la gloria y el esplendor de la cultura. Es en ese entorno donde conocemos a Jacob Mendel, un librero, permanentemente instalado en su mesa del café Gluck, insólito personaje que sorprende a propios y extraños con su enciclopédico conocimiento del mundo de los libros y su total aislamiento del mundo real. Indiferente a cualquier motivo de distracción, es capaz incluso de ignorar una guerra que cambiaría la concepción del mundo; acusado por mantener correspondencia con “potencias enemigas” –cuando lo que hacía era escribirse con sus corresponsales-, es desterrado de su mesa del café y encerrado en la cárcel, confirmando las autoridades competentes aquel extremo de que, en la guerra, el peor enemigo es el traidor; o el sospechoso. Es un destierro momentáneo, pero de una importancia tal que acaba afectando a un equilibrio que no se suponía tan frágil. Aclarado el caso, regresa a su mesa del café, pero no lo hace indemne: ha sido derrotado por esa vida de la que él mismo se había excluido, y ya nada es lo mismo porque “Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo”.
Años después, ni siquiera su recuerdo permanece: el café ha cambiado de dueño -¿y qué no cambió de dueño en esos años convulsos?-, los parroquianos ya no son los mismos… Sólo conservan su memoria el narrador, que en su época de estudiante puso a prueba los conocimientos del librero, y la encargada de los aseos del café, una vieja analfabeta que, paradójicamente, conserva con todo el cariño del mundo el libro que Mendel estaba leyendo cuando fue expulsado del café, un objeto que reverencia, a pesar de no poder descifrarlo, seguramente porque, en su ignorancia, comprende que ha sido escrito, como cualquier libro, “para defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.
La historia de la exclusión, inaugurada por el mismísimo Yahvé con la expulsión del paraíso de los seres que él mismo había creado, es la historia de la humanidad; cualquier excusa ha sido válida para justificar el apartamiento, pero en la mayoría de ellas subyace un trazo común: el excluido lo es siempre en su cualidad de distinto, de particular, en definitiva, de Otro; e, invariablemente, el que dicta la exclusión es el más poderoso, el que posee la fuerza o, en su defecto, aquel que sabe vender con suficiente credibilidad la imagen de ese Otro como una amenaza a la homogeneidad del Nosotros.
Por otra parte, de hacer caso a George Steiner –y algunas veces no solo es razonable sino muy conveniente hacerle caso-, la historia de Europa, al menos de la Europa contemporánea, es la historia de sus cafés, esos reductos-refugio de l’esprit que se impone a la configuración geográfica de un continente, y de Viena a Lisboa y de Oslo a Nápoles forman parte de nuestra identidad y nos hacen, para bien y para mal, tal como somos.
Si a estos dos elementos acompañamos que la cultura –en su acepción más amplia y, por favor, sin confundir con “las culturas”- precisa ser comunicable, y que, a la espera de nuevas hipótesis, ese cometido lo ha desarrollado fundamentalmente el libro, tenemos los tres elementos principales, por no decir protagonistas, de Buchmendel, Mendel el de los libros, una exquisita fábula acerca del amor hacia todo aquello que nos hace irrepetibles.
26 de enero de 2009
20 de enero de 2009
Contrapunto XXIX
18 de enero de 2009
13 de enero de 2009
La jauría
Marina Tsvetaieva, Locuciones de la Sibila.





