30 de enero de 2009

Mendel el de los libros

Mendel el de los libros. Stefan Zweig. El Acantilado
“¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”.

Viena, a principios del siglo XX. El imperio austrohúngaro se encamina a su inevitable fin, pero aun no está muerto y posee todavía la capacidad de dar unos últimos coletazos; la ciudad del Danubio se resiste a una decadencia que lleva inscrita en su propia existencia y reluce aun con la gloria y el esplendor de la cultura. Es en ese entorno donde conocemos a Jacob Mendel, un librero, permanentemente instalado en su mesa del café Gluck, insólito personaje que sorprende a propios y extraños con su enciclopédico conocimiento del mundo de los libros y su total aislamiento del mundo real. Indiferente a cualquier motivo de distracción, es capaz incluso de ignorar una guerra que cambiaría la concepción del mundo; acusado por mantener correspondencia con “potencias enemigas” –cuando lo que hacía era escribirse con sus corresponsales-, es desterrado de su mesa del café y encerrado en la cárcel, confirmando las autoridades competentes aquel extremo de que, en la guerra, el peor enemigo es el traidor; o el sospechoso. Es un destierro momentáneo, pero de una importancia tal que acaba afectando a un equilibrio que no se suponía tan frágil. Aclarado el caso, regresa a su mesa del café, pero no lo hace indemne: ha sido derrotado por esa vida de la que él mismo se había excluido, y ya nada es lo mismo porque “Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo”.

Años después, ni siquiera su recuerdo permanece: el café ha cambiado de dueño -¿y qué no cambió de dueño en esos años convulsos?-, los parroquianos ya no son los mismos… Sólo conservan su memoria el narrador, que en su época de estudiante puso a prueba los conocimientos del librero, y la encargada de los aseos del café, una vieja analfabeta que, paradójicamente, conserva con todo el cariño del mundo el libro que Mendel estaba leyendo cuando fue expulsado del café, un objeto que reverencia, a pesar de no poder descifrarlo, seguramente porque, en su ignorancia, comprende que ha sido escrito, como cualquier libro, “para defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

La historia de la exclusión, inaugurada por el mismísimo Yahvé con la expulsión del paraíso de los seres que él mismo había creado, es la historia de la humanidad; cualquier excusa ha sido válida para justificar el apartamiento, pero en la mayoría de ellas subyace un trazo común: el excluido lo es siempre en su cualidad de distinto, de particular, en definitiva, de Otro; e, invariablemente, el que dicta la exclusión es el más poderoso, el que posee la fuerza o, en su defecto, aquel que sabe vender con suficiente credibilidad la imagen de ese Otro como una amenaza a la homogeneidad del Nosotros.

Por otra parte, de hacer caso a George Steiner –y algunas veces no solo es razonable sino muy conveniente hacerle caso-, la historia de Europa, al menos de la Europa contemporánea, es la historia de sus cafés, esos reductos-refugio de l’esprit que se impone a la configuración geográfica de un continente, y de Viena a Lisboa y de Oslo a Nápoles forman parte de nuestra identidad y nos hacen, para bien y para mal, tal como somos.

Si a estos dos elementos acompañamos que la cultura –en su acepción más amplia y, por favor, sin confundir con “las culturas”- precisa ser comunicable, y que, a la espera de nuevas hipótesis, ese cometido lo ha desarrollado fundamentalmente el libro, tenemos los tres elementos principales, por no decir protagonistas, de Buchmendel, Mendel el de los libros, una exquisita fábula acerca del amor hacia todo aquello que nos hace irrepetibles.

20 de enero de 2009

Contrapunto XXIX

Siento una extraña satisfacción cuando provoco la incredulidad de los demás. Más todavía si esa incredulidad se refiere a mis aseveraciones.

13 de enero de 2009

La jauría

“Cuando a la gente se la despoja de su rostro amontonándola, primero se convierte en rebaño y después en jauría.”
Marina Tsvetaieva, Locuciones de la Sibila.

25 de diciembre de 2008

Desafortunado

“El peor infortunio para un gran hombre es la admiración de los imbéciles”.
Léon Bloy.

18 de diciembre de 2008

Árbol de humo

Árbol de humo. Denis Johnson

"Esto no es una guerra, es una enfermedad".

Heredero de una antigua tradición de literatura bélica que podría remontarse a los griegos clásicos, Johnson sitúa la acción de Árbol de humo en el entorno de la guerra del Vietnam, aunque no se trata en este caso de una crónica bélica al uso, no hay descripciones de grandes batallas ni de grandes movimientos de ejércitos, nada que ver con los dioramas literarios ni con las sutilidades de la estrategia: el campo de juego es el ser humano, y la novela se limita a explorar la condición humana del soldado: mediante el seguimiento de unos pocos protagonistas a través del tiempo, desde los primeros 60 hasta finales de los 70, con una coda en los prolegómenos del cambio de siglo; y del espacio, desde los desolados paisajes de la rural América profunda hasta los cuarteles generales del ejército de ocupación, desde la playa recién conquistada hasta el campamento infiltrado en territorio del Vietcong; en definitiva, un tratado acerca de cómo la guerra transforma al hombre en depredador. Si, como dice el narrador, "la victoria final se compondrá de muchas derrotas", Árbol de humo es el relato frío, detallado y radical de cada una de esas derrotas; no en el plano bélico, sino en el humano.

Las guerras estimulan extrañas camaraderías... Es curioso que los hombres, puestos en una situación límite en la que está en juego su propia supervivencia, bajo unas relaciones reglamentadas hasta la saciedad, y en la que a menudo la separación entre la vida y la muerte es un segundo o un milímetro, lleguen a obviar los grados y la jerarquía. Tal vez ello sea debido a que esa camaradería no es provocada ni tan solo por una supuesta comunión de objetivos, sino que se trate más bien de una especie de camaradería de la desolación, que se alcanza cuando se comprende que la guerra no hace mejores a los hombres que participan en ella, por muy legítimo que se considere el objetivo -tal como suponíamos, expresiones como "guerra humanitaria" no agotan su carácter oximorónico en el terreno lingüístico, se trata de inmensos oxímoron conceptuales-; al contrario, saca a relucir sus peores instintos: la supervivencia no es un juego, en la guerre comme en la guerre.

La figura del perdedor es, en definitiva, la que adquiere el único protagonismo, y no precisamente porque su papel sea más literario: las guerras las ganan, si es que cabe hablar de vencedores en una competición que se basa en qué bando tiene menos bajas, las naciones, pero las pierden los hombres: uno de los bandos resulta vencedor y acaba subyugando al otro pero, individualmente, todos los soldados –esos hombres que “siempre que miran atrás ven a alguien llorar”- resultan perdedores

El vencedor no es, pues, el que derrota al supuesto enemigo, sino el que consigue derrotar al miedo. La verdadera conquista no consiste en expandirse en el territorio ni en eliminar al otro, sino que es el resultado de la cantidad de miedo que un bando es capaz de infundir en el otro. Y de la cantidad de humanidad que uno es capaz de mantener; no se trata tanto de sobrevivir a los ataques del enemigo como de mantener la sanidad mental. Como dice un soldado: "Yo empecé con un deseo ardiente de freírles la mente. Y ahora me paso el día intentando evitar que me explote la mente a mí."


5 de diciembre de 2008

L'étranger

-Qui aimes-tu le mieux, homme enigmatique, dis? Ton père, ta mère, ta soeur ou ton frère?
-Je n'ai ni père, ni mère, ni soeur, ni frère.
-Tes amis?
-Vous vous servez là d'une parole dont le sens m'est resté jusqu'à ce jour inconnu.
-Ta patrie?
-J'ignore sous quelle latitude elle est située.
-La beauté?
-Je l'aimerais volontiers, déesse et immortelle.
-L'or?
-Je le hais comme vous haïssez Dieu.
-Eh! Qu'aimes-tu donc, extraordinaire étranger?
-J'aime les nuages... les nuages qui passent... là-bas... là-bas... les merveilleux nuages!

Charles Baudelaire, Petits poèmes en prose, I (1869)