Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
28 de enero de 2011
19 de enero de 2011
12 de enero de 2011
El sabó
Un texto no tiene que ser única y exclusivamente la traducción de una idea a un sistema de símbolos cuya finalidad sea hacerlo comunicable y, por tanto, compartible; también puede ser un objeto en sí mismo. Bajo esta premisa, puede que la utilidad preferible de un texto no sea solamente su significación, sino su funcionalidad.
Teniendo en cuenta esta declaración de intenciones de Francis Ponge (Montpellier, 1899; Bar-sur-Loup, 1988), se entiende fácilmente que sus textos no sean textos literarios al uso -aunque la temprana adscripción del autor al surrealismo y los que han querido ver en su obra la influencia del simbolismo sólo han acertado en parte, debido a la manía clasificatoria-, exigiendo del lector una actitud diferente y deferente a la hora de enfrentar su lectura; actitud que debe consistir en:
"Que el lector llegeixi veritablement, és a dir, que es subrogui en el lloc de l'autor, al fil de la lectura, que faci, si voleu, acte de commutació, com es parla d'un commutador, que encengui el llum, que faci girar l'interruptor i que rebi la llum. És només el lector, per consegüent, qui fa el llibre, ell mateix, llegint-lo; i se li demana un acte."La cita pertenece a la entrevista realizada por Philippe Sollers al autor a propósito de El sabó (Le savon, 1967), incluida a modo de prólogo en esta edición, inclusión que no cabe sino celebrar para poder encuadrar correctamente al autor y al texto -"encuadrar" no en el sentido de encerrar y delimitar sino en el de facilitar una suerte de coordenadas de situación-, así como para conocer su génesis y las razones del autor.
La justificación de la elección del jabón como sujeto -la lectura de la obra conduce a esta denominación y descarta el más plausible "objeto"- está fundamentada, en palabras del propio autor, en que se trata de una realidad del mundo físico; aunque también porque durante más de veinte años una serie de notas destinadas a una futura obra que debería llamarse El sabó descansan en el interior de una carpeta de cartón. La obra acaba siendo la reproducción en un solo volumen de este conjunto de notas intercaladas entre unos extensísimos paréntesis donde se nos cuenta su propia génesis -con parecida intención pero diferente materialización a, por ejemplo, la celebrada Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d'inverno un viaggiatore, 1979) de Italo Calvino-, con notas marginales incluidas en el propio texto, concreciones, dispersiones, regresiones y digresiones, comentarios y salidas de tema que, como ha quedado dicho con anterioridad, requieren la participación de un lector más activo que nunca.
"El sabó té molt a dir. Que ho digui amb volubilitat, amb estusiame. Quan ha acabat de dir-ho, ja no existeix."Aunque pueda parecerlo, El sabó no es un ejercicio de estilo por más que, al menos para este contaminado lector, las reminiscencias de los integrantes franceses del OuLiPo, principalmente Raymond Queneau y Georges Perec, sean insoslayables, ni una acumulación por saturación de un tema susceptible de ser literaturizable, sino una exposición de diferentes "texturas" de las que, una vez descartadas las voluntarias repeticiones, que tienen una función primordial en el texto parecida a las variaciones sobre un tema establecidas en la historia de la música a partir del barroco, emerge un relato homogéneo y preciso.
Esa voluntad multiplicadora figura en el propósito del autor y recorre el texto desde el principio, pero no se agota en sí misma; por esa razón, apenas transcurrido la cuarta parte del texto, Ponge nos advierte:
"Potser ja m'has entès i podria aturar-me aquí. Però què vols! La naturalesa mateixa del meu subjecte m'autoritza a fruir i a fer-te fruir amb desenvolupaments més voluminosos, però lleugers i (com s'escau) efímers i purificadors."Aunque a primera vista el jabón no parece un tema literario con demasiadas posibilidades, para Ponge es un tema extremadamente adecuado a sus pretensiones, y las razones son variadas: el jabón pertenece al mundo físico, se trata de un objeto simple, la cercanía del objeto facilita la identificación de éste con su expresión; permite al autor la confección de un texto sin ambiciones, es el símbolo de su genio, y puede agotarse hasta su completa disolución, adecuándose así perfectamente a su propósito:
"Heu sentit parlar de l'adequació del fons a la forma?"Un libro magnífico para lectores que busquen algo más que entretenimiento banal e improductivo. En este tiempo de desafíos, búsquense unas horas libres, siéntense en una silla cómoda, y sumérjanse pausadamente en el baño de espuma que Francis Ponge, con la mediación de esta estupenda edición que Días Contados, un proyecto editorial singular al que habrá que ir siguiendo, les ha preparado.
"Pel que fa al paradís d'aquest llibre, quin és, doncs? Quin altre podria ser, lector, sino la teva lectura?
8 de enero de 2011
Las grandes familias III
Pocos individuos quedan al margen del alud del tiempo, que arrastra por igual a los potentados que a los desposeídos. Algunas de las que logran sobrevivir a la vorágine generacional, junto a las personas de más baja extracción, que no tienen ningún motivo para perdurar, y los que detentas cierta clase de poder acorde con los tiempos, insensible a las veleidades de la inmediatez, son las amantes, que consiguen la permanencia simplemente cambiando de favorito.
"Es el relevo, amigo mío [...]. Esos muchachos aprenden de nuestras amantes lo que ellas aprendieron en nuestras camas. Así es como se transmite la ciencia del amor desde la noche de los tiempos. Algún día ellos enseñarán a mujeres que ni siquiera han nacido caricias que creíamos haber inventado nosotros. Y nosotros ya estaremos disueltos en la tierra...".
Esas amantes, apenas adolescentes, que fueron poco más que damas de compañía para unos abuelos que debían limitarse a observar su insultante juventud, se convirtieron en compañeras sexuales, en su plenitud, de la generación de los padres, y ahora, con más edad de la que aparentan, y conscientes de sus desventajas ante la explosión de belleza de sus rivales más jóvenes, juegan con los nietos y, con la sabiduría y las experiencia acumuladas y cuando en verdadero atractivo hace años que las ha abandonado, se limitan a iniciarles " en la perversión".
Esos nietos crecen, se hacen adultos, y la versión del mundo que les habían explicado sus mayores, los últimos de los cuales van desapareciendo llevándose consigo su concepción de la existencia, se desvanece entre el ruido de los automóviles y el de los tambores de guerra que, nuevamente, retumban en la vieja y cansada Europa.
"Usted y yo nos parecemos a esos [...] arroyos de agua vieja que arrastran los detritus de los siglos y del mundo, y que serpentean entre el polvo sin mezclarse siquiera con él, que dibujan su pequeña geografía estéril y que van a terminar no se sabe dónde, sin utilidad para nadie. [...] Frutos averiados de una civilización decadente."
La pendiente que conduce a la degradación es insoslayable; no es tan solo que sea imposible seguir descendiendo; perdida la fortuna, el siguiente paso es pisotear el honor. La salvación es imposible porque se ha avanzado demasiado en el camino de la perdición, porque a veces el pecado no puede redimirse, porque hay ocasiones en las que es imposible rogar por una segunda oportunidad.
6 de enero de 2011
Las grandes familias II
Ha transcurrido cierto tiempo desde el final de Las grandes familias -y es de sobras conocido a cuan diferente velocidad ocurre eso: con una lentitud exasperante, "a paso de tortuga", para los niños, a un ritmo sostenido para los adultos, o tan deprisa que no da tiempo a percibir el transcurso para los ancianos- y el declive físico para los miembros de la primera generación se hace cada vez más evidente, pero el mantenimiento del estatus económico y, consiguientemente, social les proporciona la ilusión de que todo sigue "como en los buenos tiempos", sea en las relaciones con los criados y con los demás individuos ajenos a su clase, sea en el seguimiento de una cacería que hace un cegado Marqués de La Monnerie, incapacitado para tomar parte efectiva en ella, mediante una maqueta a escala de los campos de caza.
"Era como si el Marqués cazara realmente, tras la pista del animal fugitivo y astuto. Las palmas de sus manos y las falanges de sus dedos reinaban sobre millares de hectáreas de provincia. Sus dedos, agitados sin cesar por espasmos, descendían a los valles, saltaban por las colinas, le transmitían la textura afieltrada de una avenida verde, la polvareda de la tierra bajo el galope de los caballos y las salpicaduras de los vados. Escuchaba los ladridos de sus perros; medio alzado sobre los estribos, tocaba la trompa para mandar desemboscar o cambiar de bosque, y las notas de desplegaban tras él como banderolas doradas... Tenía tanto calor que hubiera querido sacar el pañuelo para enjugarse el cuello."
Pero la realidad es que la sociedad está sujeta a algo parecido al equilibrio homeostático: cuando las circunstancias, en su acepción más amplia, cargan contra la clase dominante derribándola de su sitial, encumbra también a una nueva clase hasta la posición que ha quedado libre. En la Francia de entreguerras, la antigua aristocracia va perdiendo terreno frente a la burguesía, frente a los nuevos profesionales liberales bien relacionados y a los advenedizos medradores: "tenacidad, astucia y egoísmo".
"[Sus aspiraciones] exigían borrar el recuerdo del padre borracho, instalar a la madre en una dignidad semiburguesa y hacer desaparecer al hermano idiota. [...] Simon sabía que el presente de un hombre afortunado se impone siempre a su pasado, y que el éxito incluso puede borrar el crimen."
Frente al injusto mérito legado por el nacimiento, el "democrático" mérito del hombre hecho a sí mismo:
"Tenía la impresión de ser su propio genitor, y no reconocía más antepasados que la universidad, las antecámaras de los ministerios, las salas de redacción y los gabinetes de gobierno."
Es posible que el certificado de defunción del ancien status quo lo acabe firmando el cercano auge del capitalismo especulativo. La posesión de los medios de producción ya no es ninguna garantía ante el especulador que con pequeños paquetes de acciones de grandes compañías, y debido a la dispersión del capital que cotiza en bolsa, no sólo tiene asiento reservado en los consejos de administración, sino que posee el derecho de decir la última palabra en cualquier proceso de toma de decisiones.
"[...] Hoy en día todo el capitalismo se basa en dos cosas: en primer lugar, lo que se llama el control, es decir, una situación de hecho que da la dirección absoluta de una sociedad anónima a aquel que no posee más que entre el diez y el quince por ciento de las acciones [...]; y en segundo lugar, la posibilidad de que una sociedad anónima tenga acciones de otra sociedad y, por tanto, pueda adquirir su control."
Esa nueva situación, la entrada en escena de esos nuevos actores que reclaman para sí el papel protagonista, es la que provoca, tras cien años de prosperidad, el hundimiento de las grandes familias industriales y financieras ancien régime y encumbra a los espías, los conspiradores, esos personajes intelectual y productivamente insignificantes cuya mayor virtud es saber cambiar a tiempo la sombra de un árbol por la sombra de otro: es el triunfo del arribismo y de la mediocridad. Estamos en 1929, y no sólo las grandes figuras de la economía y de la política desaparecen, también amanecen los días de un nuevo orden mundial.
"Una nueva generación, que había perdido un millón y medio de los suyos en los campos de batalla, se encaramaba al poder, pero en medio de la desorganización de la economía mundial, sólo tendría tiempo para preparar los nuevos desastres."
4 de enero de 2011
Las grandes familias I
"de la aristocracia, de las finanzas, del gobierno, de la literatura..."
se han congregado en una habitación de maternidad para compañar al nacimiento de quien está llamado a heredar de todo este brillo.
"Entonces, por encima de los cuellos postizos, rígidos y lustrosos, las cabezas se asomaron, inclinaron sus hinchazones, sus arrugas, sus párpados purpúreos, sus frentes moteadas, sus grandes narices grumosas, sus inmensas orejas, sus mechones amarillentos y sus cabellos erizados, y soplaron sobre la cuna el aliento de sus bronquios gastados, de sus cuarenta años de cigarro, de sus bigotes y de sus dientes arreglados, para observar los deditos que apretaban, que pellizcaban la piel fina del dedo del abuelo, parecida a la membrana de los gajos de la mandarina."
Una reunión de viejos y cansados dinosaurios al borde de la extinción, que contemplan asombrados al que adivinan el último ejemplar de la especie, vana esperanza de supervivencia, como si el equipamiento genético y mundano con que nace ese nuevo individuo fuera suficiente para sobrevivir en un mundo que enfilaba la senda del cambio inaplazable en el que el depósito del poder, por una cuestión de pura y simple adaptación pero también porque el poder es un ente autónomo, un parásito que busca siempre el huésped con mayores probabilidades de supervivencia, estaba a punto de pasar de las manos de esos individuos poderosos pero anquilosados e incapaces de adaptación a las de otras especies con menor carga genética, más rápidos, más moldeables, con no menos pero sí distintos escrúpulos y más capaces de hacer frente a las cambiantes expectativas, cuya llegada se adivinaba bajo las alarmas antiaéreas, el ruido de las hélices del Hindenburg, las cortinas corridas que protegían la tenue luz de las bujías, y la resistencia a aceptar la desaparición de un mundo exhausto. Este cuadro, a modo de prólogo, constituye el poderoso arranque de Las grandes familias.
Druon gestiona de forma magistral los tiempos narrativos, no sólo los que puntean el transcurso de la acción, de modo que no quede alterado el ritmo que parece preestablecido por la naturaleza de la trama, sino también el que regula el flujo de información que la lectura, que debe mantener un ritmo pausado para no perderse ningún detalle, ofrece al lector. Así, después del prólogo localizado en el hospital donde nace el heredero, y como si quisiera confirmar el relevo del que se ha hablado antes, el primer capítulo narra la muerte de Jean, el poeta de la familia La Monnerie, construyendo un magnífico contrapunto del prólogo y una adecuada introducción al universo de esas grandes familias a las que hace referencia el título, familias nada comunes que, como es natural, celebran funerales nada comunes.
"En los entierros pobres, en que sólo unos cuantos parientes siguen el coche fúnebre, el muerto parece mendigar piedad en su camino. Aquí, por el contrario, parecía rechazar el homenaje. Pasaba despectivo entre dos filas alineadas en su gloria, acostado bajo su sombrero de plumas, como un cadáver magro que ha vivido demasiado tiempo para dejar verdaderas penas."
Tal vez los jóvenes no lleguen a darse cuenta porque su experiencia del mundo es corta; o porque han estado tan inmersos en este mundo que no tienen referencias para hacer comparaciones; pero lo que es evidente es que los tiempos están cambiando, y cambiando a peor, o al menos esa es la opinión unánime de los ancianos esos que sí han conocido los tiempos de esplendor, en los que cada cosa y sobretodo cada uno estaban en su sitio. Y tal vez el síntoma más evidente de ese empeoramiento sea que ahora les suceden cosas que antes sólo sucedían a los individuos ajenos a su posición, a la plebe, como el embarazo no deseado de una virgen de la familia, o un intento de suicidio, cuando es tan evidente que
"En las familias como la nuestra no se suicida uno. ¡Eso se deja para los burgueses y los artistas!".
Aunque, en realidad, no todo está perdido, pues mientras esas excelentes y excelsas personas del pasado sigan con vida, seguirán existiendo los viejos remedios para afrontar los nuevos desafíos: así, si una sobrina casquivana queda embarazada de un don nadie, y sus estúpidos prejuicios modernos le impiden el "arreglo" que convendría para que la familia no sea el hazmerreír de todo París, siempre existirá el antiguo admirador, ahora un anciano solterón, con una buena renta, para echaer mano de él a fin de resguardar el honor del apellido. Y, para cerrar el círculo, que la amante del difunto tío de la embarazada acabe siendo la amante del desafortunado progenitor: la encinta de alta cuna con el solterón rico, y la ex-amante con el joven advenedizo, cada oveja con su pareja y todo en orden: cada uno en su sitio, como debe ser.
Sin embargo, mantener el estatus acostumbra a tener un precio; cuando el más impresentable pisaverde, sea éste un mero arribista o un bastardo que cree que su nacimiento le otorga las mismas prebendas que a la descendencia legítima, obtiene sus migajas de poder, es preciso volver a ponerle en su lugar, independientemente de las contrapartidas que la situación exija: un paso por el filo de la bancarrota o el suicidio de aquel hijo en que se habían depositado las esperanzas acumuladas de todas las generaciones anteriores, y cuyo error consistió en adelantarse al curso de los acontecimientos con la pretensión de dar por jubilado al patriarca que presume todavía de sus facultades.
Arriesgadas operaciones bursátiles, matrimonios de conveniencia, odios de generaciones soterrados bajo el disimulo de la coyuntura... El mundo de la aristocracia y de los grandes negocios reportado por unos de los personajes más influyentes de la escena cultural y política francesa, con un estilo narrativo directo y preciso, el estilo de la gran novela realista francesa -es inevitable la referencia a la balzaquiana Comedia humana (Comédie humaine)-, es decir, de la última gran novela europea.
24 de diciembre de 2010
22 de diciembre de 2010
La huella
Generalidades y particularismos
Bajo el título genérico de La huella (2010) el presente volumen recoge dos piezas breves del prolífico escritor francés de origen lemosín Pierre Bergounioux titulados Puntos cardinales (Points cardinaux, 1995) y La huella (L'empreinte, 2007). La edición original francesa de Fata Morgana de hizo en dos volúmenes, aunque el correspondiente a Points cardinaux incluía el texto Résignation, que no aparece en el tomo traducido.
Se trata prácticamente de la primera obra de Bergounioux traducida al castellano, cuando Bergounioux lleva publicando, desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, con una regularidad de metrónomo, al menos un volumen al año de una obra que se resiste a la clasificación: prosa filosófica, autobiografía, autoficción, carnets que abarcan una década, ensayos sobre temas escurridizos, numerosas colaboraciones en revistas y en publicaciones periódicas... Un conjunto de piezas, en suma, que bien podrían considerarse capítulos no consecutivos en el tiempo ni contiguos en el contenido, de una sola gran obra cuya temática podría ser su propia existencia, recreada mediante una especie de inspiración autobiográfica que busca, mediante la escritura de episodios breves y la reiteración en los temas, aquellos elementos que persisten inamovibles pese al transcurso del tiempo, y que solemos llamar individualidad.
El concepto de huella, primera acepción del diccionario, como señal material que ha dejado un objeto —en este caso, la concavidad que dejó el pulgar del creador, en la que está situado Brive-la-Gaillarde, el lugar de origen del escritor, como ejemplo, señala el comienzo tanto de La huella como de Puntos cardinales—:
«Una mano oficiosa había trabajado en ello desde la era permo-carbonífera, cuando estábamos aún en el limbo, esperando. Había dispuesto, en redondo, colinas iguales o quizás había cortado al bies el pie de la montaña lemosina, al borde de Aquitania y después había hundido el pulgar en sus junturas». La huella.
«Un pulgar que se hubiera apoyado en la juntura entre Aquitania y el Macizo Central, en la época permo-carbonifera, habría podido dejar esta depresión alargada en la arenisca. La mano que hizo aquello era de un palmo distinto al nuestro pero no desmesuradamente, no infinitamente distinto». Puntos cardinales.
Pero también como marca inmaterial —la huella que deja alguien o algo por su mera existencia o por algún hecho en concreto: el tiempo puede dejar huella, la lectura de un libro puede dejar huella en el lector; de hecho, algunas de las huellas que han condicionado la vida del autor no tienen consistencia física: son las recogidas oralmente o en los libros, en el cine, carentes de componentes con los que se haya estado en contacto—; además, es preciso tener en cuenta otras palabras que designan conceptos parecidos: señal, vestigio, impronta, rastro, impresión; cada una de estos sinónimos puede usarse en función del texto. Además, y para recompensar la semejanza fonética y conceptual, el catalán empremta —etimológicamente, siglo XIV, forma femenina sustantivada de empremt, participio del verbo, en desuso, emprémer, marcar una petjada— tiene un parecido al francés empreinte —etimológicamente, siglo XIII, forma femenina sustantivada del participe passé del verbo empreindre, imprimir—, procedentes ambas del latín imprimere.
«Era al Sur y, en un menor grado, hacia el Oeste, donde la vieja mano, el viejo pulgar —la huella del cual guardaba la concavidad— habían ubicado, si puede así decirse, nuestro Oriente».
«Su sombra maligna —la de la época entreguerras—se adhería a los vestigios de aquel tiempo».
«[…] el intervalo siniestro que lleva de un conflicto al otro no había podido, como el período anterior, dejar una impronta amplia, homogénea».
Incluso se permiten diferentes cualidades de huellas, como esas huellas prematuras que dejaron los antepasados que murieron antes de hora, debido a la guerra y a sus consecuencias, y que el autor no pudo conocer, cuando temporalmente, sí hubiera podido. O las huellas móviles, los cantos rodados que ha arrastrado el río Dordeña a lo largo de su curso y que se reúnen en las aguas tranquilas, unas huellas que no se superponen.
El texto: la forma es lo que importa
Unos motivos literarios tan particulares requieren, para su correcta exposición, un estilo narrativo poco común. Bergounioux es una referencia en la frase de largo alcance en cuanto a contenido, el estilo frío, cortante casi, en el que la precisión en la expresión es el reverso de una impresionante riqueza de significados. A menudo ha sido comparado con Pierre Michon y Pascal Quignard, pero esa comparación no es válida; la prosa de Bergounioux es mucho más esencial, sin la artificiosidad del primero ni la pretenciosidad del segundo —ambos complementos sin el menor sentido peyorativo. Las palabras de Bergounioux son las palabras justas, tanto en el aspecto numérico como en el de la precisión, para revelar un riquísimo mundo de significados, uno de los mejores regalos que pueden hacerse al lector inquieto: es tanto y tan variado lo que puede hallarse tras sus sugerentes frases que cada lectura es, necesariamente, un descubrimiento.
Analicemos algunas de las particularidades del estilo de Bergounioux que se manifiestan explícitamente en La huella.
Yo no soy siempre yo. En primer lugar, los frecuentes cambios del pronombre personal je, yo, por el indefinido on, se; a pesar de ser habitual en francés, no lo es tanto cuando el entorno es tan altamente autobiográfico; parece como si Bergounioux buscara una especie de disolución del yo en la ambigüedad de la tercera persona: al igual que en el castellano se, el pronombre personal indefinido conjuga el verbo en tercera persona del singular, aunque, a veces, la traducción hace más recomendable convertirlo en primera persona del plural, en cuyo caso el yo queda diluido por completo en un nosotros que casi es un impersonal.
El proceso de escritura como preparación de un texto que jamás existirá. Bergounioux escoge unos poco lugares con la intención de descubrir en ellos la huella que asociará a su propia biografía; busca el detalle, lo aisla y, sin agotar las posibilidades narrativas, crea un texto introductorio para cada lugar con el fin de ponerlo en contexto, un contexto que incxluye alguna relación —a vesces intrascendente, a veces relevante— con su biografía. El texto se amplía, crece, queda en manos de esa sintaxis alambicada, densa, generativa, hasta que el autor lo ha dotado de toda la significación que pretendía, y el texto introductorio acaba convirtiéndose en el texto final, un texto sin principio ni fin —o con un fin aparente que vuelve al principio.
El fragmento es lo que hace el todo. El tratamiento de los distintos motivos de que se compone el relato, algunos recurreentes, otros aislados, sacrifica la continuidad, que sería esencial en la narrativa convencional, en aras de la precisión, a veces obsesiva, que contrasta, de nuevo, con una sintaxis que, a fuerza de buscar la misma precisión, alcanza una complejidad notable. Esa discontinuidad, que puede llegar a la yuxtaposicióm, debe ser resuelta por el lector, que no solo debe apercibirse de la simultaneidad de motivos, sino también recomponer —o componer de principio a fin— la linealidad del relato.
«Quedaba algo de azul, cuando llegamos, como si la sustancia del cielo hubiera sido batida con la arena fina de las orillas, las hojas de los árboles, los guijarros. El agua mezclaba allí el verde especial, caso caqui, que posee en exclusiva».
Más es más —y menos es nada—. La prosa, aparentemente titubeante en la sintaxis, es tremendamente precisa en la nomenclatura de minerales o de vegetales, y es preciso subrayar también el uso habitual de un vocabulario enciclopédico; esa extraña combinación parece provocar un efecto de misterio, que se vería reforzado por los interrogantes que el pasado ha legado y que ni siquiera la modernidad ha sabido resolver.
Las características formales más definitorias podrían resumir en cuatro particularidades:
1.- Siempre narrador omnisciente en primera persona.
2.- Imposibilidad manifiesta de desligar al narrador del autor.
3.- La meditación suele ser consecuencia de una determinada experiencia sensorial que se impone de manera casi patológica.
4.- Se revela una discontinuidad —a veces en forma de paralaje —entre la realidad exterior y la percepción del narrador, que parece incapaz de solventar esa disonancia.
El texto: cartografiando el género
A pesar de su carácter innegablemente narrativo, tanto La huella como Puntos cardinales pertenecerían a un género que podría llamarse meditativo. Este calificativo englobaría los distintos planos en los que se mueve la narración —temporales y personales— y pondría de manifiesto la influencia, plenamente aceptada pòr Bergounioux, y la inspiración de un personaje histórico al que ha dedicado todo un libro: René Descartes.
En todo caso, La huella y Puntos cardinales serían el paradigma de gran parte de su producción escrita, desde los textos más meditativos —Le Bois du Chapitre, Verdun, 14-18, Back in the sixties— hasta los más narrativos —Un poco de azul en el paisaje, Miette—: de la investigación geológica a la indagación genealógica a través de un proceso no definido específicamente que comprende varios pasos: búsqueda, identificación, filiación y, como último estadio del estudio, la posibilidad de brindar una segunda vida. Cuando es producto es intelectual, mediante la asimilación en el presente del autor —y del lector: la búsqueda de Bergounioux no es arqueológica, sino social, comunitaria, utilitaria—, una asimilación que puede incluir antiguos libros del propio autor, con lo que el proceso de retroalimenta de su producción anterior —las huellas que él mismo ha ido dejando—, que adquiere nuevos significantes; cuando el elemento es material, mediante la construcción de objetos: Bergounioux mantiene una actividad consistente en reutilizar herramientas del ámbito rural —es decir, manipular huellas— para construir esculturas, dándoles una nueva utilidad y produciendo una nueva generación de huellas reinventadas, casi siempre con un carácter arcaico, como máscaras de inspiración africana; con referencia a esta actividad, Bergounioux escribió un libro que explica el proceso de búsqueda de objetos y planificación de la reedición, La casse —el desguace—, no traducido al castellano. En ambos casos, de lo que se trata es de descubrir el conjunto de huellas que han acabado por elaborar su identidad —en el último libro mencionado, junto con el proceso referido, existe una larga digresión acerca de su orfandad prematura—, que se revela mediante destellos —«éclats»—; de ahí la fragmentación intra e intertextual de los relatos, esa sintaxis con intención abarcadora, de un individuo dividido entre espacios y tiempos antagónicos cuya tarea es, desde su presente, exhumar las huellas —los restos— de sí mismo depositados en un pasado casi infinito.
El texto: lo que queda a la vista antes de excavar
La huella es un homenaje a Brive-la-Gaillarde, localidad natal del escritor; el narrador, si es que podemos desligarlo del autor en una obra de esta naturaleza, fantasea con la idea de la relación entre las particularidades del paisaje, tanto físico como humano, y el carácter de los nativos; así, igual que considera que «para tomar la medida del mundo hacen falta vastos horizontes», y cita como ejemplo a Descartes en la llanura alemana, los paisajes recogidos dan la sensación contraria
«Con la ayuda de la conformación natural del lugar, pude creer que éste encerraba el conjunto de la creación o, es igual, que la suma de lo existente cabía en su interior».
La memoria de la infancia está llena de olores, de sonidos, de sabores; de carreteras estrechas, «abombadas», con los juegos de sombra que producen los árboles en los márgenes, recorridas en un automóvil que parecía conocerlas de memoria; en cuanto al mar:
«Era inmenso y glauco, crestado de espuma e increíble. Era el mar»,
esa incógnita apenas desvelada por los libros de la infancia. Sensaciones, experiencias, recuerdos de un tiempo pasado y de un lugar al que no se puede volver.
Junto a los viajes reales, a otras poblaciones del entorno, primero; más lejos después, incluso al lejano París de las películas; y mucho más lejos más tarde, los viajes a la lectura, al interior de los libros:
«Tenía entre las manos uno de esos volúmenes que son, cuando se los abre, como un rincón escondido en la espesura del mundo».
Tal vez no sean los únicos recuerdos válidos, pero sí los más útiles, aunque utilidad no sea quizás el término exacto, aquellos que miramos a través del tamiz de la perspectiva. En todo caso, para observar, más vale detenerse en aquellos puntos elevados que alejan el horizonte. No se puede apreciar la grandiosidad de un valle desde la orilla del río que discurre por su interior, ni un episodio de la propia vida desde el momento en que es vivido; pero la corriente de agua, misteriosa, siempre ha entrado en los planes de huida, porque no se pueden dejar huellas en el agua.
«Sólo los conoceremos por lo que somos después de haber dejado de serlo. El exilio está en el principio de conocimiento y cualquier conocimiento es un exilio».
Puntos cardinales empieza donde acaba La huella. La mirada se abre y, al tiempo que se aleja, como esos objetivos angulares de las cámaras fotográficas, de «la concavidad» en la que se halla resguardada la región de Brive, abarca las regiones limítrofes desde los cuatro puntos cardinales. La llegada de un hermano del narrador, un coche más potente y el hecho de que la madre supiera conducir contribuyen a descubrir el mundo, antes sólo si acaso adivinado, situado más allá de donde alcanzaba la vista. Un mundo nuevo que facilita también el acceso a nuevas experiencias y, transcurrido el tiempo, a nuevos recuerdos.
Entre esos recuerdos, la excepcionalidad de la preparación de la excursión familiar semanal, con todo un horizonte por descubrir y la emoción que provoca la expectativa acerca de lo que puede deparar el viaje a lo desconocido.
«Tenemos la premonición de lo que no va bien, de los obstáculos, del Norte, del exilio que el tiempo nos reserva. La pura felicidad que nos confiere, al principio, adivinamos de forma confusa que es precaria. Cuán frágil y fugitivo es el buen momento, el lado bueno».
Pero no sólo por carreteras secundarias transcurre el viaje a los confines, para los ojos infantiles, de la región. También de ríos majestuosos, de bosques misteriosos, de cantos rodados que guardan la memoria, y las cicatrices, de múltiples siglos, y que nos hablan en su peculiar lenguaje, más inteligible cuanto más elemental.
«Había allí montones que no eran más que guijarros. Pero otros eran, al mismo tiempo, otra cosa -una mujer inclinada bajo sus velos de luto, mientras que la forma dominante era la del huevo o la del riñón, o bien la de la luna, cuya esfera de cuarzo lechoso, ligeramente rosado, brillaba a plena luz del día bajo algunos centímetros de agua».
La alusión reiterada a los puntos cardinales en ambos textos sugiere que la localización, casi la reclusión, viene determinada por esas coordenadas, pero que estas son, a su vez, cuatro posibles puntos de fuga a los que se asocian diferentes circunstancias:
El norte, impracticable, formado por el obstáculo de la muralla del Lemosín. No existió hasta que el protagonista alcanzó los veinte años.
El este, hostil, cargado de inquietud, es la pendiente suave que remonta el curso del río Corrèze; en él están enterrados, en el cieno, los combatientes de la IGM.
El sur, la apertura franca al mundo, el metafórico Oriente, el verano. Primero, la promesa, y después el recuerdo de la felicidad.
El oeste, el largo camino de la apertura hacia el mar, Burdeos, pero sin atractivo.
El texto: lo que desvela la perforación
Se presupone que la realidad tiene una espesura que la simple percepción sensorial no puede abarcar. Para conocerla, por tanto, se trataría de traspasar el paisaje para encontrar lo que oculta, que no es solamente historia —es decir, tiempo—, sino también existencia —espacio—.
Esta espesura tiene tres características que deben ser tratadas por separado:
Grosor: innumerables estratos de realidad superpuestos que es necesario excavar para reconstruir su historia a través de las huellas que han permanecido.
Densidad: presencia de multitud de elementos significativos en cada estrato.
Resistencia: el ser humano es incapaz de manipular un legado formado en unos intervalos temporales tan prolongados que quedan fuera de su alcance.
En este sentido, la relevancia, y no la cantidad, de las huellas no tiene por qué corresponder con la duración de los períodos históricos en las que se han impreso; por ejemplo, siguiendo ese recuento, se puede dividir la historia en tres períodos de muy distinta duración pero que han dejado huellas equivalentes:
Del neolítico al inicio de la IGM: del 6000m a.e.c. a 1914.
Del fin de la IGM al inicio de la IIGM: de 1919 a 1939.
Del fin de la IIGM al fin de la era de la Historia común: de 1945 a 1968.
El método: armonizando la disonancia
La disonancia, provocadora de una ansiedad que se manifiesta mediante una sintaxis particular, no puede ser aliviada mediante la actuación sonre la psique del narrador —la literatuira de Bergounioux no tiene ningún contacto explícitom con el psicoanálisis—, sino sobre el paisaje, entendido más como entorno que solo como territorio; pero no de una forma técnica ni descriptiva, sino morfológica: examinando sus huellas, tanto las que ha dejado el paso del tiempo como las que han impreso las sucesivas poblaciones; y siempre intentando evitar la mímesis —el mimetismo, confundirse con el medio—, que llevaría a la indeferenciación; la adaptabilidad, que significaría la aniquilación del ente más frágil, el ser huamno, ante la potencia del paisaje; y el contagio, que eliminaría la existencia de un criterio objetivo.
El método para llevar a buen término el análisis de la disonancia es el método, es decir, Descartes, es decir, a través de la capacidad de pensar: la reconciliación solo pùede alcanzarse a través de la capacidad cognoscitiva:
«Lo sensible es inteligible, esencia y fenómeno se confunden […] Ver es saber».
El análisis y desarrollo de este proceso cognoscitivo puede llevarse a cabo a través de diversos mecanismos; Bergounioux escoge la escritura.
La escritura tiene la misión de la representación; en La huella y en Puntos cardinales, investiga acerca de los lugares como espacios de representación a través del tiempo: del tiempo personal, biográfico, del propio autor, lo que lo retrotrae a su niñez, pero esta vuelta atrás soporta una laguna porque él abandonó el lugar en su adolescencia; y también el tiempo histórico, de cuyo transcurso desde el «Permo-Carbonífero» él solo ha sido testigo de una parte ínfima. Por tanto, ante la incapacidad para examinar todo aquello de lo que no pudo ser testigo, decide operar sobre las huellas que el tiempo ha impreso en el paisaje desde ambas perspectivas, la personal —en la medida en que estos lugares son depositarios de fragmentos de su biografía— y la histórica —los vestigios que han dejado los acontecimientos—.
El método: la estratigrafía
Entre los lugares en los que Bergounioux busca la huella, que también puede ser el rastro o los vestigios, predominan espacios que no pertenecen a nadie en particular, no son exclusivos de nadie ni tan solo del protagonista. El rastro, por tanto, tampoco será privado ni pertenecerá exclusivamente a la experiencia personal: lo que parece buscar Bergounioux es la huella del ritual [ejemplo rerquerido] colectivo que sirvió para fundarlos, con la expectativa de que exista, al igual que existió en algún momento del pasado fundacional, un vínculo entre ese ritual más o menos arcaico —en todo caso, anterior a nuestro tiempo— y la propia autobiografía.
Pero la huella tras la que deambula Bergounioux no es siempre un accidente geográfico o el vestigio dejado por la presencia humana, una huella material, una descripción morfológica: existe una huella moral, una impresión, una impronta, en la memoria del escritor que solo puede recuperarse mediante la escritura, ya que el tiempo no se puede reponer y ni siquiera el lugar conserva la misma configuración a lo largo de las épocas; una escritura, por cierto, que, una vez ha logrado imprimirse en un soporte material, pasará a formar parte de los estratos para que en un futuro sea tratada como un vestigio más; es decir, una huella inmaterial, la experiencia del mundo sensible en el sujeto. El objetivo del rastreo combinado sería la relación entre ambas, es decir, cómo y hasta qué punto un relieve, un color, una orografía, habrían condicionado psíquicamente al individuo, delineando sus sentimientos y sus nobsesiones.
Para ello, es imprescindible centrarse en un espacio definido —geográfico, la región adyacente a Brive, y temporal, una jornada en particular— delimitado por accidentes físicos y, principalmente, por obras de los hombres, carreteras, caminos, edificaciones que, abarcando los cuatro puntos cardinales, establecen unas fronteras infranqueables, unos puntos que, a la vez que geográficos, se convierten también en coordenadas que delimitan la propia identidad . La huella, en este caso, puede ser la excursión dominical que empieza con la salida «marcha atrás —toda una declaración de la dirección que va a tomar el relato— del garage oscuro, lleno de hoyos —y aquí, la naturaleza del viaje y lo que se espera de él— donde el cohe dormía»; y termina, antes de dar el cierre, con el almuerzo campestre y la voz de la madre llamándolos a la mesa, todo ello en dieciséis páginas. Es una lástima que la edición en castellano no incluya el relato «Résignation», en el que la huella no es aquello que se busca, sino la marca que ha dejado en uno mismo y a través de los objetos que se han manipulado.
Los estratos que deja visibles y analizables la excavación, son determinantes en su desigualdad temporal y circunstancial: la era permo-carbonífera, la Tercera República (1870) hasta la IGM, el período entreguerras como prólogo de la IIGM, cada uno con un estrato mineral específico; marchando hacia atrás, que es como sem produce realmente el proceso de excavación, en el que lo primero que aparece es lo más reciente, se encuentra «la toba oscura» de la IIGM encima de la «piedra blanda» de la IGM, y esta encima de la arenisca pobre, representante de «la precariedad de la vida en la Corrèze, de la que nosotros también éramos partícipes», que es la base sobre la que se asienta el resto de niveles.
El método: el inventario
De lo que se trata, pues, es de confeccionar un inventario del patrimonio personal que incluya el paisaje de la Corrèze, el mundo rural en trance de desaparición, los recurdos familiares —en particular los paternos, a los que dedica un libro en exclusiva, L’Orphelin, no traducido al castellano—. Sin embargo, este inventario estará sujeto a una limitación: así como una huella, para ser perceptible, precisa que el objeto que la causa ya no esté presente, su registro y evaluación solo pueden materializarse desde la distancia:
«El exilio está en la raíz del conocimiento, y todo conocimiento es exilio»,
un razonamiento que enlaza con otro texto de Bergounioux, Una habitación en Holanda, una de cuyas tesis es que Descartes no hubiera podido generar el Discurso del método desde su país natal, fue necesario el exilio para brindarle la oportunidad. Parece, pues, que solo puede inventariarse aquello que se ha perdido.
El método: evitar el paralaje
Hasta qué punto las huellas del pasado son asimilables desde la modernidad es una de las cuestiones subyacentes de la obra de Bergounioux y, en particular, de los dos textos en consideración, La huella y Puntos cardinales; examinar si la modernidad ha representado una ruptura sensible de la línea temporal que une pasado y presente, y si esta ruptura, cvaso de haberse producido, ha quebrado también la línea genealógica del individuo, aislándolo de su pasado que, como consecuencia, se convertiría en mito: beatus ille. Nada más lejos de esa idealización: el pasado siempre es hostil y, peor aún, nunca puede darse por terminado: las huellas imponen su sombra, y su permanencia hace que se confunda el presente y el pasado reciente.
A favor de esta tesis estaría el hecho de la pérdida de las palabras de los antepasados, una pérdida que no ha dejado ninguna huella: una de las consecuencias de la modernidad es la pérdida de la transmisión oral; esta desaparición no solo oscurece el pasado —limita la posibilidad de encontrar huellas—, sino que impide mantener los vínculos entre las sucesivas generaciones, provocando ese paralaje, es decir, la variación aparente de la posición de un objeto debido a la posición del observador.
Tal vez la muestra más patente de esa variación, de ese paralaje, sea la coincidencia de la primera y la última frase del relato La huella, «Yo soy de Brive»; teniendo en cuenta el recorrido del texto y la omnipresente presencia de esa desviación que en el plano psíquico hemos bautizado como disonancia y en el físico como paralaje, el primer «Yo soy de Brive» es la indicación, nada más comenzar el relato, de la vuelta al lugar de origen, mientras que la del final, que sigue a «Yo fui», puede representar la despedida, la liberación de un pasado que le ha mantenido esclavizado, pero también, al estar en presente de indicativo después del pretérito perfecto precedente, el eterno e insoslayable vínculo con el origen, que, a su vez, es tan irrecuperable como la frase que antecede a ese «yo fui»: «solo se es una vez». Esta ambivalencia es uno de los leit motiv más insistentes en toda su obra, y que es evidente, también, en Un poco de azul en el paisaje.
¿Y el futuro? Sencillamente, su obra pasará a formar parte del origen, con la esperanza de que acabe integrándose en la huella a disposición de generaciones futuras, no tanto en forma de monumento como de parte de las piezas que esas generaciones por venir podrán reajustar.
ANEXO 1. MAPA DE LA HUELLA
Referencia: La huella, Días Contados, Barcelona, 2010
11 La descripción geológica.
12 A resguardo gracias a estar protegidos por la concavidad, que también los encierra.
Solo se puede comprender cuando se ha dejado la tierra natal.
13 El autoengaño de pensar que el microcosmos contenía el macrocosmos.
14 Tulle, centro del mundo.
15 La descripción geológica del camino de Tulle.
16 El camino que será el de la huida.
17 La ausencia de cielo debido a la orografía.
Primera aparición explícita de la huella.
18 El río Corrèze desemboca en el Vezère.
20 El camino de salida más fácil es el más amenazador.
21 El viaje con el padre a las tumbas de los antepasados.
22 La propensión innata hacia el sur.
23 El cambio en el relieve significa una obertura.
24 La idea del mundo desde Brive difiere de su imagen real.
Es el propio Brive el que marcará la hora de marcharse.
25 Las dos estapas principales de la historia de Brive.
26 Y la tercera, que finaliza el tiempo común.
27 Nostalgia por la época pre-68.
28 El optimismo de El Gran Meaulnes, pre-1914, y las consecuencias en la población de la IGM post-1919.
El monumento a los caídos.
29 En la niñez, la historia como misterio o mal interpretada.
30 Una imagen para cada época: los materiales de construcción.
31 Evitar los lugares siniestros en los recorridos por Brive.
32 El mundo exterior se adivina pero está vedado.
33 El período entreguerras dejó una impronta indefinida.
34 La sencillez ficticia de la oposición entre dos períodos históricos consecutivos.
35 Los rodeos para evitar los enclaves de la insigencia.
36 Los puntos cardinales interiores y los exteriores: la oposición.
37 El río, la salida para huir del círculo.
38 El desconocimiento de lo que está más allá del círculo porque no se han podido examinar sus huellas.
39 Las frutas exóticas: la abundancia desconocida.
40 El recuerdo de el libro sobre el mar.
El tiburón enjaulado.
41 El reino vegetal interior contra el exterior.
42 El reino animal.
43 La nieve: el exotismo del exterior.
La omnipresencia de la naturaleza, que se impone a todo lo existente.
44 El descubrimiento de París a travéws de los noticiarios cinematográficos.
45 La nieve y los parisienses: ambos estacionales.
46 La Casa Labeche: escuela primaria, aula de música, dispensario sanitario, biblioteca.
47 Descripción de la biblioteca.
48 Los libros: la escapatoria.
49 Los lugares de los libros, replicados en la realidad de Brive.
50 Los lugares imaginarios solo pueden ser reales si tienen una réplica en el mundo inmediato.
51 Somos dobles: Descartes.
52 El exilio y el conocimiento.
ANEXO 1. MAPA DE PUNTOS CARDINALES
Referencia: La huella, Días Contados, Barcelona, 2010
55 La concavidad, el hueco de la huella del pulgar.
56 El coche nuevo.
57 La salida de excursión.
58 Los puntos cardinales.
59 Nunca al norte, hasta que llegue el momento.
61 «Yo existo con independencia de la carretera».
63 El río Dordoña como corte en el paisaje y frontera.
64 La angustia presente contra la felicidad prometida.
65 El carácter melancólico del padre le hace escoger la dirección más oscura.
66 La historia bélica: la campaña de César.
67 La serenidad, al final, del río Dordoña.
68 La acampada.
69 Los guijarros arrastrados por el Dordoña a través del espacio y del tiempo confluyen en un mismo punto.
70 La colección de guijarros.
71 Camino del norte.





