26 de abril de 2019

El mundo que Jones creó

El mundo que Jones creó. Philip K. DickEdiciones Minotauro, 2019
Traducción de Juan Pascual Martínez
Incluso en sus más abstrusas novelas, en algunas de las cuales eso que denominamos trama -por llamarlo de alguna manera- parece escurrírsenos entre los dedos, huidiza, y en las que es difícil encontrar la motivación -toda buena novela debe tener una motivación, igual que es conveniente que carezca de moraleja- que movió al autor a escribirla, puede hallarse un propósito. Los lectores de PKD sabemos que, a pesar de haber escrito algunos textos por razones alimenticias, Dick dio muy pocas puntadas sin hilo, y que por debajo de sus fantasías paranoicas siempre puede encontrarse un motivo. Este es precisamente el caso de El mundo que Jones creó (The World Jones Made, 1956), una novela que es incomprensible que permaneciera inédita -hasta donde conozco- en castellano.

Dick sitúa la acción en un supuesto escenario postbélico, con unas ciudades que han sucumbido al conflicto -una guerra contra "judíos, ateos y rojos"- y unas zonas rurales que, gracias a la pretecnología, sobreviven con cierta normalidad, y de las que parte el proceso de reconstrucción. En uno de estos lugares aislados, el Refugio, se hallan confinados unos "mutantes superiores", hipotéticas víctimas de la guerra, a los que se asegura que no podrían sobrevivir fuera de él debido a los daños genéticos provocados por la exposición a radiaciones -aunque, en realidad, forman parte de un experimento genético que consiste en  preparar a seres humanos para ser capaces de sobrevivir en atmósferas adversas-; sin embargo, existen otros especímenes libres cuyo destino suele ser las ferias de fenómenos.
"En la zona principal, los animadores estaban comenzando sus actuaciones. No eran simples fenómenos monstruosos, sino artistas legítimos con habilidades y talentos. No se exhibían ellos mismos, sino más bien sus capacidades inusuales. Bailarines, acróbatas, malabaristas, tragafuegos, luchadores, duelistas, domadores de animales, payasos, jinetes, buceadores, forzudos, magos, adivinos, muchachas bonitas... Características que habían sobrevivido a lo largo de miles de años. No había nada nuevo; solo aquellas anormalidades eran nuevas. La guerra había producido monstruos, pero no nuevas habilidades."
Un mutante en particular, Jones, llama la atención de la policía ya en su primera aparición: se trata de un precognitivo, "precog" en la jerga dickeana, un individuo que se jacta de conocer el futuro a un año vista. Pero ese poder choca con la ideología que rige el gobierno, el "relativismo de Hoff", una doctrina que no permite la profecía y proscribe la búsqueda de la verdad, sea esta filosófica, política o religiosa.
"-Porque la seguridad es el menor de dos males. He dicho males, pero, por supuesto, tú y yo sabemos que no existe el mal. Un vaso de cerveza es malo a las seis de la mañana. Un plato de gachas parece un infierno a las ocho de la tarde. Para mí, el espectáculo de los demagogos que matan a millones de personas destruyendo el mundo con guerras santas y derramamiento de sangre, o derribando naciones enteras por implantar alguna "verdad" religiosa o políticas es... -Se encogió de hombros-. Repugnante. Inmundo. Comunismo, fascismo, sionismo: son las opiniones de individuos absolutistas impuestas a la fuerza en continentes enteros. Y no tiene nada que ver con la sinceridad del líder. O de los seguidores. El hecho de que lo crean lo hace todavía más repugnante. El hecho de que podrían matarse unos a otros y morir voluntariamente por verbalismos sin sentido..."
Sin embargo, además de la violación de una ley tan imprecisa -las peores leyes son las ambiguas, las que admiten interpretaciones múltiples porque lo difuso de sus límites provoca su cumplimiento por exceso ya que no se puede precisar con exactitud la línea que separa lo legal de lo ilegal-, parece que la persecución y el encarcelamiento de Jones tiene otras motivaciones de carácter político.

En todo caso, existe acuerdo de que no se trata de un farsante, extremo que llevaría a afirmar que todo lo que le sucede en tiempo real, incluidas su detención e interrogatorio, ya lo tenía previsto; y si ha sido así y lo ha permitido, ¿cuáles han sido sus motivaciones? ¿qué busca en realidad permitiendo su arresto? Puede que se trate de un plan para un chantaje, pero también puede significar una llamada de auxilio de alguien que no ha aprendido a gestionar su don, que se va convirtiendo, paulatinamente, en una maldición.
"-Para mí, esto es el pasado -dijo Jones con voz ronca-. Este momento, con vosotros tres, aquí en este edificio, es para mí hace un año. No es tanto como poder ver el futuro; es más bien que tengo un pie atrapado en el pasado. No puedo soltarlo. Voy retardado. Estoy reviviendo un  año de mi vida para siempre. -Se estremeció-. Una y otra vez. Todo lo que hago, todo lo que digo, oigo, experimento, tengo que pasar por ello dos veces. -Alzó la voz, aguda y angustiada, sin esperanza-. ¡Estoy viviendo la misma vida dos veces!"
La precognición de Jones y su cuestionamiento de la legalidad impuesta es un problema menor -su influencia puede llegar a ser importante, pero involucra a una sola persona y su efecto sobre el orden social es muy reducido- si se compara con el otro desafío que debe afrontar el Gobierno Federal Mundial: la amenaza de invasión del planeta por parte de unos seres extraterrestres supuestamente inofensivos, los "derivos", pero cuyas intenciones reales son desconocidas. 
"-Quizá esto no sea tan malo. Los derivos no son personas, son burbujas sin conciencia. Supongamos lo peor. Supongamos que Jones logra comenzar una guerra. Acabamos con los derivos aquí y luego limpiamos los planetas uno por uno. Después de eso... -Kaminski hizo un gesto hacia el techo-. A las estrellas. Con grandes acorazados. Damos caza a esos cabrones y exterminamos la raza. ¿Bien? ¿Y luego qué? El enemigo ha desaparecido. Una raza de amebas gigantes ha perecido. ¿Eso es tan malo? Solo estoy tratando de ver todas las posibilidades. Iremos más allá de nuestro sistema. Y en ese momento, sin ese estímulo, sin el odio, sin la sensación de luchar contra un enemigo, simplemente nos quedamos sentados."
La sospecha de que la precognición de Jones pueda serles de ayuda para gestionar esa invasión -y la dificultad de probar su delito, más teniendo en cuenta que Jones ya conoce el desenlace del proceso- hace que le dejen en libertad, aunque bajo una discreta vigilancia. Jones es solo un síntoma; los derivos son solo un síntoma; pero lo cierto es que la impresión general es que el mundo conocido se está transformando a una velocidad inasumible para sus habitantes, que ven, impotentes, cómo los cambios inesperados se llevan consigo los puntos de referencia mediante los que podían definirse y reconocerse.
"-¿Y ahora qué? -preguntó Nina-. No puedes mantener tu mundo tal y como está... te das cuenta de que se ha terminado. Jones ha llegado. Tienes que reconocerlo. Él es el futuro; todo está entretejido, atado, mezclado. No puedes tener el uno sin el otro... Tu mundo no tiene futuro propio."
Una vez domesticado su don, Jones se apercibe del poder que atesora y se dispone a servirse del mismo: su habilidad encaja a la perfección, quizás mejor que en cualquiera de los casos sucedidos con anterioridad, incluidos los que registra la historia sagrada, con la de profeta. Su capacidad de prever el futuro, aunque en su caso se trata, en realidad, de vivirlo en primera persona con un año de antelación, le permite enrolarse en una secta de carácter religioso cuyas motivaciones profundas, como en el caso de cualquier religión, permanecen ocultas, pero cuya causa inmediata, también como en cualquier religión en sus inicios, es la subversión del orden social; en este caso, la abierta beligerancia contra el patrón filosófico adoptado por el poder: el relativismo.
"Utopía. La Edad de Oro. No la habían encontrado en la Tierra: la última guerra les había hecho ver que eso nunca llegaría.Desde la Tierra se habían vuelto hacia los otros planetas, habían construido una ficción romántica, se habían contado a sí mismos mentiras piadosas. Los otros planetas, se decían, eran mundos verdes y fértiles, con valles llenos de agua y colinas boscosas. El paraíso: la antigua y eterna esperanza. Pero los otros planetas eran infiernos de gas metano congelado, con kilómetros de roca descarnada, sin vida ni sonido, solo la muerte sibilante de rocas, gas y oscuridad vacía. Pero los seguidores de Jones no se habían dado por vencidos; tenían un sueño, una visión. Estaban seguros de que la Segunda Tierra existía. De alguna manera, alguien se las había ingeniado para ocultársela: había una conspiración. En la Tierra, era el Fedgov; el relativismo los estaba sofocando. Más allá de la Tierra, eran los derivos. Una vez que el Fedgov desapareciera, una vez que los derivos fueran destruidos... volvería la vieja historia. Pastos verdes más allá de la siguiente colina."
La preocupación del gobierno va en aumento a medida que el fenómeno Jones va adquiriendo más relevancia y comienza a suponer una amenaza real, más por el número de seguidores, en constante aumento, que por su poder instrumental. Con la intención de cortar el movimiebto de raíz, contrata a un asesino que acabe con Jones, pero cualquier intento en este sentido topa con la dificultad que supone la precognición de este, que le permite hacer fracasar todo atentado contra su vida.

En poco tiempo, suceden cambios radicales: la secta de Jones toma el poder y deroga el relativismo; por otra parte, los mutantes son enviados a Venus con la intención de que lo colonicen y establezcan en ese planeta un primer asentamiento humano compuesto por  individuos genéticamente modificados para poder sobrevivir allí.

La precognición puede dar a conocer el futuro pero no puede evitar que lo que tenga que suceder suceda. Igual que pueden anticiparse los éxitos, también las derrotas entran en su campo de influencia; y se pueden preparar las consecuencias, pero no puede evitarse su  suceso. Jones sabe, con un año de antelación, que va a ser derrotado y no puede evitarlo, pero sí que puede vender caro su fracaso.
"-Porque, incluso con su poder -respondió Nina, tras darle un sorbo a su café-, todavía está perdido. Puede ver la derrota y la muerte... puede ver su horrible final para mantenerse con vida, y puede ver que va a fracasar. Se podía ver eso en su cara. Esa terrible mirada cadavérica, como si fuera una cosa muerta. Ojos de pez. Sin vida, sin brillo. Se quedó de pie temblando; apenas podía ponerse en pie. Se movió, tartamudeó... Fue desgarrador. Y nos dijo que la Cruzada había fracasado, que en poco tiempo podríamos esperar que estallaran los disturbios."
La precognición de Jones es, sobre todo para él, un arma de doble filo. En realidad, no pone a su disposición, con un año de anticipación, el futuro en abstracto: solo conoce lo que llegará a conocer, solo sabe lo que llegará a saber.

¿Hasta qué punto conocer el futuro puede servir para modificarlo? Paradojas aparte, ¿qué utilidad puede llevar para el precognitivo? ¿Y si se tratara solo de un elemento de información de cuyo conocimiento puede sacarse provecho, pero sobre cuyos hechos no se puede actuar?

En realidad, el instinto hace que la principal preocupación del ser humano sea su propia conservación, pero, en el caso de aspirar a un bien mayor, la propia muerte podría significar el triunfo definitivo, el sacrificio del hombre que podría estar por encima de la muerte como prueba difinitiva de la validez de su doctrina.

¿Les suena algo ese tipo de razonamiento? ¿Alguna religión institucional que se base en el mismo equívoco? ¿Algún otro suicidio -pues de eso se trata si la víctima conocía el desenlace y, pudiendo, no hizo nada por evitarlo- ha sido más productivo que el de Jesús de Nazareth?

Calificación: ****/*****

23 de abril de 2019

La Comedia humana. Volumen VIII

La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VIII. Honoré de Balzac. 
Hermida Editores, 2018. Traducción y notas de Aurelio Garzón del Camino
En el ecuador del colosal proyecto de la publicación de la obra magna de Balzac, este volumen VIII de La Comedia humana está compuesto por una única novela, Las ilusiones perdidas, una de las obras mayores del autor, que se divide, a su vez, en tres grandes partes: Los dos poetas (Les Deux poètes, 1837), Un gran hombre de provincias en París (Un grand homme de province à Paris, 1839), y Ève y David (Ève et David, Les Souffrances de l'inventeur, 1839). La década de 1830 es la última en la que Balzac goza de plena salud y una de sus épocas más fructíferas.

El volumen contiene una dedicatoria premonitoria del autor a Victor Hugo, una de las últimas personas que vio a Balzac aún con vida ya en su lecho de muerte.

Los dos poetas

Séchard, un humilde cajista de una imprenta de provincias, se ve favorecido por los avatares de la Revolución y se convierte en dueño del negocio, una empresa antigua aislada de los últimos avances en materia de impresión. El sujeto es una fiel y despiadada caricatura del provinciano analfabeto -una caracterización en la que Balzac ronda la perfección- que valora su ignorancia por encima de la inteligencia de los demás por ser, pretendidamente, más útil para los negocios; con estos antecedentes, a la hora de su jubilación, traspasa la imprenta a su hijo, un joven con veleidades literarias, a quien envió a París a estudiar y a aprender el oficio en una imprenta importante, por una cantidad desmesurada. David no consigue reflotar el viejo negocio, con el lastre económico que suponen las cargas que le ha impuesto su padre, y se encamina hacia una inevitable bancarrota.

El otro poeta del título es su amigo Lucien, hijo de un desafortunado farmacéutico, que se halla en una situación financiera aún peor. El desengaño con sus respectivas aspiraciones, la gloria literaria por encima de las ciencias naturales en el caso de Lucien, la poesía por delante de las matemáticas en el caso de David, provoca el nacimiento de una fraternidad espiritual estrecha y cómplice.
"Los dos jóvenes juzgaban a la sociedad tanto más soberanamente cuanto más bajo se encontraban, ya que los hombres ignorados se vengan de la humildad de su situación por la altura de sus miradas. Pero también su desesperación era tanto más amarga cuanto que por ella iban más rápidamente allí donde les llevaba su verdadero destino."
La burguesía provinciana vuelve tomar el protagonismo del que disfruta en toda la serie y a la que Balzac no perdona ni uno de sus defectos: aislada y endógama, encerrada en su amurallada autosuficiencia, viviendo a costa de sus pequeñas rentas y otorgando patentes de ciudadanía al albedrío de su mezquindad.
"Este gentilhombre era uno de esos espíritus pequeños, cómodamente instalados entre la inofensiva nulidad que aún comprende y la altiva estupidez que no quiere aceptar ni dar nada. Compenetrado con sus deberes hacia la sociedad y esforzándose por serle agradable, había adoptado la sonrisa del bailarín como único lenguaje. Contento o descontento, sonreía. Sonreía lo mismo a una noticia desastrosa que al anuncio de un feliz acontecimiento."
La presentación en sociedad de Lucien, su bautismo poético, tiene lugar en una reunión en una de las casas notables de la ciudad y cuenta con la asistencia de la burguesía local, en cuya descripción Balzac despliega su amplio arsenal de recursos para dejar en evidencia a las personas, personajes y personajillos asistentes, un conjunto de paletos abrillantados por su dinero o por su posición social en la comunidad pero absolutamente ignorantes en cuestiones literarias y, peor aún, poéticas, pero que no pueden dejar pasar la ocasión de mostrarse en público y de compararse con sus semejantes: el terrateniente ocioso, el músico pretencioso, los representantes de la iglesia local, el dandi sobrado de años y de grasa corporal, el artista aficionado, el aristócrata venido a menos, el solterón hipocondríaco, el propietario opulento, todos exhibiendo a sus esposas como quien expone el botín de una conquista y a sus hijas como obras de arte producto de su inspiración y de su trabajo, y las autoridades locales, que no aportan distinción alguna a la reunión pero sí que le confieren  una seriedad a prueba de maledicencias y de sospechas, y que si bien callados como estatuas, con su simple estampa, son el retrato de la gazmoñería más odiosa, cuando abren la boca muestran el catálogo completo de la estupidez. Obviamente, la velada poética acaba, a la par que con la cortesía fría de la buena educación, con el menosprecio de los varones por unos poemas que ellos serían incapaces de componer y con la envidia de las mujeres por carecer de un aedo que las ensalce con sus versos.
"El poeta había quedado despojado de su aureola; los propietarios no veían en él nada útil; las personas que tenían pretensiones le temían como a un poder hostil a su ignorancia, y las mujeres, celosas de la señora Bargeton [la destinataria de los versos de Lucien], la Béatrix de aquel nuevo Dante, según el vicario general, le dirigían miradas fríamente desdeñosas."
Pero la velada poética conlleva otra consecuencia: Lucien, perdidamente enamorada de su anfitriona, una burguesa consentida de carácter volátil, y después de acallar las maledicencias de la sociedad local, consiente en escaparse a París, donde piensa explotar sus ambiciones literarias, con ella, para lo cual debe endeudar a su familia y a David, a punto de  casarse con su hermana, que consienten en financiar una ambición desmesurada para la que se adivina un incierto final.

Un gran hombre de provincias en París

El hecho que pone envidencia Balzac desde las primeras líneas de esta segunda parte es que esa huida a París tiene un significado muy diferente para ambos prófugos, y que Lucien, en realidad, no se ha dado cuenta de cuál es el papel que tiene asignado en esta evasión.
"Ni Lucien ni la señota Bargeton, ni Gentil, ni Albertine, la doncella, hablaron jamás de los incidentes de aquel viaje, pero es de creer que la presencia continua de extraños lo hizo muy desagradable para un enamorado que contaba con gozar de todos los placeres de un rapto. Lucien, que iba en coche de postas por primera vez en su vida, quedó muy espantado al ver derramar sobre el camino de Angoulême a París casi toda la cantidad que destinaba a su vida durante un año. Como les sucede a los hombres que unen las gracias de la infancia a la fuerza del talento, cometió el error de expresar sus asombros ingenuos a la vista de cosas nuevas para él. Un hombre debe estudiar bien a una mujer antes de dejarle ver sus emociones y sus pensamientos tal como se producen. Una amante tan tierna como grande sonríe ante las puerilidades y las comprende, pero por poca vanidad que tenga no le perdona a su amante el haberse mostrado niño, vano o pequeño. Muchas mujeres ponen tan gran exageración en su culto que quieren siempre encontrar  un dios en su ídolo, mientras que las que aman a un hombre por él mismo, antes de amarlo por ellas, adoran a sus pequeñeces en el mismo grado que sus grandezas. Lucien no había adivinado aún que el amor, en la señora de Bargeton, se insertaba en su orgullo. Cometió el error de no explicarse ciertas sonrisas que dejó escapar Louise durante aquel viaje, cuando Lucien, en lugar de contenerse, se abandonaba a sus gracias de ratoncillo que sale de su agujero."
La vida en París, tan distinta del lento transcurrir de los días en la provincia, supone un cambio radical tanto en la vida de los huidos como en su relación: para Louise, se abren las puertas de la sociedad que, aunque no sin reparos, la acepta en su seno; para Lucien, en cambio, casi abandonado a su suerte, la capital significa la puesta en evidencia de su insignificancia.

Pero la población de insignificantes en la capital es numerosa; sus miembros, que son capaces de reconocerse con una única mirada y que frecuentan los mismos lugares, desarrollan una especie de solidaridad que, entre los aspirantes a la gloria literaria, deviene una verdadera hermandad en la miseria; después de una mala experiencia con el intento de venta de un manuscrito, Lucien entra en contacto con una de esas hermandades, la de los puristas, y redobla sus esfuerzos literarios.
"¡El mundo y sus placeres te llamarán! Quédate aquí... Transporta a la región de las ideas todo lo que le pides a tu vanidad. Locura por locura, pon la virtud en tus actos y el vicio en tus ideas, en lugar de pensar bien y conducirte mal."
Sin embargo, Lucien tiene prisa por triunfar y, a pesar de las advertencias de sus nuevos camaradas, toma el camino más corto, el del periodismo, la peor de las opciones porque para alcanzar el éxito deberá poner su dignidad y su alma en venta. El concepto que tiene Balzac de esa profesión, así como del mercado y de las industrias del libro, sin duda apoyado en su propia experiencia con editores, impresores y libreros, es rematadamente pésimo; y la "santa crítica" no sale mejor parada: "la crítica es como un cepillo que no puede usarse con los vestidos ligeros, de los que se llevaría todo.".
"Desde hacía dos horas, a los oídos de Lucien todo se resolvía con el dinero. En el teatro como en la librería, en la librería como en el periódico, el arte y la gloria no contaban. Aquellos golpes de la gran catapulta que es el dinero, repetidos sobre su cabeza y sobre su corazón, se los martilleaban. Mientras la orquesta tocaba la obertura, no pudo dejar de comparar los aplausos y los silbidos de la galería alborotada con las escenas de poesía serena y pura que había gustado en la imprenta de David, cuando ambos veían las maravillas del arte, los nobles triunfos del genio y la gloria de blancas alas. Recordando las veladas del cenáculo, una lágrima brilló en los ojos del poeta."
El periodismo es poder, y con este en sus manos, con la posibilidad de crear y manipular a la opinión pública, Lucien accede a los círculos selectos en los que no tarda en hacer amigos -que le abandonarán cuando deje de serles útil, pero parece que resuelto a aceptar esa posibilidad mientras pueda sacar provecho- y, después de haber escrito una crítica fantasiosamente favorable, entra en contacto con una actriz tan bella como interesada.

Pero cada conquista de fama y poder conlleva una renuncia a la carrera literaria a la que aspiraba, y con el dinero relativamente fácil que consigue con sus crónicas corruptas, además de fortalecer el vínculo con su actriz, cobra también la renuncia a su integridad. Es cierto que se creía, en su ingenuidad, cerca del fin que tenía proyectado, por lo que los medios utilizados para llegar a él no le provocaban más que una ligera incomodidad... excepto cuando disfrutaba de su desahogada situación económica y sentimental.
"Él mismo había cambiado. Contento todos los días, sus colores habían palidecido, su mirada estaba bañada en las húmedas expresiones de la languidez; finalmente, según la frase de la señora Espard, "tenía un aire de amado" [...]. La conciencia de su poder y de su fuerza de traducía en su fisonomía iluminada por el amor y por la experiencia. Contemplaba al fin el mundo literario y la sociedad cara a cara, creyendo poder pasearse ante ella como dominador."
Pero lo que empezó siendo un juego literario se agravó cuando entró en escena la política y la pugna entre escritores se convirtió en una lucha feroz entre liberales y monárquicos. Quien no tiene nada que perder puede expresar su opinión sin ningún reparo, pero quien tiene una fama literaria que cuidar -y una amante que sostener- deja de disfrutar de su libertad porque ambas posesiones se convierten en flancos débiles que pueden ser atacados con facilidad; en esa situación, cada enemigo que se gana, con independencia del bando al que se pertenezca, es una batalla que se pierde porque, en definitiva, no existe el bando correcto, ya que las mismas facciones pueden actuar con manifiesta crueldad hacia uno de sus integrantes si prevén que con ese sacrificio pueden conseguir una ventaja estratégica para el próximo enfrentamiento.
"Lucien se paseó por los bulevares, semiinconsciente por el dolor, mirando pasar los carruajes y los transeúntes y encontrándose empequeñecido y solo entre aquella muchedumbre semejante a un torbellino agitado por mil intereses parisienses. Al ver en su imaginación las orillas de su Charente, sintió sed de los goces de la familia, experimentó entonces una de esas descargas de fuerza que engañan a todas estas naturalezas casi femeninas, no quiso abandonar la partida antes de haber descargado su corazón en el corazón de David Séchard y tomado consejo de los tres ángeles que le quedaban."
Ève y David

Para un hombre de provincias que se ha trasladado a París en busca de fortuna, no existe indignidad mayor que verse obligado a regresar al pueblo sin haber conseguido ni fama ni dinero; esta es la situación en la que se encuentra Lucien después de su fracaso en la capital: el regreso a casa sin el renombre literario que creía merecer y más endeudado que cuando marchó. En su pueblo -ese lugar que vuelve a la existencia solamente como puerto de refugio cuando la tormenta arrecia después de haber desaparecido cuando en París soplaban vientos favorables-, además y en parte por su causa, la situación es también desesperada.
"¡Ah!¡Ahí tenéis de qué modo vuelve de París! -respondió Postel-. ¡Pobre muchacho! Era inteligente, sin embargo, pero ¡tan ambicioso! Iba en busca del grano, y ha vuelto sin la paja. Pero ¿qué viene a hacer aquí? Su hermana se encuentra en la miseria más espantosa, pues todos esos genios, David lo mismo que Lucien, no saben una palabra de comercio. Hemos hablado de él al tribunal, y, como juez, he tenido que firmar su sentencia... ¡He pasado un mal rato! No sé si Lucien podrá, en las circunstancias actuales, ir a casa de su hermana; pero, en todo caso, el cuartito que ocupaba aquí está libre, y yo se lo ofrezco con gusto."
El traslado de las intrigas capitalinas ha alcanzado a David y a su esposa, lo que sumado a las malas artes de la competencia impresora, ha llevado a la bancarrota a la familia. El acaudalado padre de David no hace ni un movimiento a su favor -más bien al contrario-, y toda su esperanza descansa en el improbable invento, de forma parecida a la que su cuñado depositó en la huidiza fama literaria.
"Cuando la unión de las almas ha sido perfecta como lo fue en los comienzos de la vida entre Ève y Lucien, cualquier menoscabo que sufra este hermoso ideal del sentimiento es mortal. En tanto que los bandidos se reconcilian tras las puñaladas, los enamorados se enemistan de modo irrevocable por una mirada o por una palabra.  En ese recuerdo de la casi perfección de la vida sentimental reside el secreto de separaciones con frecuencia inexplicables. Se puede vivir con una desconfianza anidada en el corazón cuando el pasado no ofrece en cuadro de un afecto puro y sin nubes; pero, para dos seres perfectamente unidos en otro tiempo, una vida en que la mirada y la palabra exigen precauciones se hace insoportable [...]. En elogio de Ève y de Lucien, señalemos que los intereses, tan gravemente maltratados, no avivaban aquellas heridas. Tanto en la hermana irreprochable como en el poeta de quien procedían los golpes todo era sentimiento; por eso, el menor equívoco, el más pequeño enfado o una nueva desilusión causada por Lucien podría desunirlos o provocar una de esas riñas que enemistan irrevocablemente. Cuando se trata de dinero, todo se arregla; pero los sentimientos son despiadados."
El regreso de Lucien supone el remache del último clavo en el ataúd de su familia. Si bien es cierto que sus allegados se alegran de su vuelta y de que, a pesar de todo, haya conservado la vida y algo de la consideración que les debe, la presencia del principal causante de sus infortunios les pone en disposición de perdonarle sus desórdenes pero no de olvidarlos, a la vez que esperan de él, sin acabar de confiar plenamente, cierto resarcimiento, aunque solo sea moral.
"En los países devorados por el sentimiento de insubordinación social oculto bajo el nombre de igualdad, todo triunfo es uno de esos actos que, como algunos milagros, no se cumple sin la cooperación de hábiles tramoyistas. De diez ovaciones obtenidas por hombres vivos, y otorgadas en el seno de la patria, hay nueve cuyas causas son ajenas al hombre. El triunfo de Voltaire en el Théâtre-Français ¿no era el de la filosofía de su siglo? En Francia no se puede triunfar sino cuando todo el mundo se siente entronizado al ceñir la corona a las sienes del triunfador."
Las intrigas en París son más vistosas porque el público potencial es más numeroso y más  notables los implicados, pero acostumbran a tener una corta duración porque la cantidad de personas es ingente y, además, la sensación de novedad se agota con premura, y el público necesita novedades continuamente; por otra parte, debido a las mismas circunstancias, y exceptuando a las políticas, acostumbran a ser poco sanguinarias y menos cuanto más elevado se sitúe el sujeto implicado en la escala social. En provincias sucede todo lo contrario: carecen de vistosidad y son mucho más cruentas ya que suelen basarse en intereses económicos relacionados con el dinero o la posición social, y no acaban hasta el total aniquilamiento del objeto de la intriga. Y esto es posible porque cuando este individuo ha sufrido un número ingente de reveses de la fortuna, se agarrará al clavo ardiendo de la primera lisonja que reciba sin cuestionar ni su fondo ni su merecimiento, y quedará así desarmado y a merced de sus enemigos cuando el elogio muestre sus verdaderos carácter e intención.

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La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen III
La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen IV

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen V
La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VI
La Comedia humana. Escenas de la vida de provincia. Volumen VII

19 de abril de 2019

Las hijas de otros hombres

Las hijas de otros hombres. Richard Stern. Ediciones Siruela, 2019
Traducción de Laura Salas
"Merriwether llevaba años quejándose de que su esposa Sarah no hubiera remozado la casa de la tía Aggie. Según su opinión, aquello se debía a una forma de indolencia cantabrigense disfrazada de desdén ascético por las comodidades materiales. Aquel platonismo cantabrigense llevaba años uniendo las posaderas de los Merriwether con los muelles de los asientos que deberían servir para su comodidad."
Robert y Sarah Merriwether forman un matrimonio modélico; médico y fisiólogo él, especialista en el estudio de la sed, y profesor en Harvard; experta el lenguas romances ella, aunque formalmente retirada de la docencia después de haber aportado al fondo familiar cuatro hijos; conscientes ambos de la estructura ejemplar de su unión, aunque instalados en la comodidad de sus rutinas y de los sobreentendidos, representan el papel que la comunidad asigna a los grupos familiares de esa escogida extracción social.
"Las mujeres, pensó el doctor Merriwether, habían pasado por momentos difíciles, sobre todo las  mujeres que crecieron entre los años veinte y los años sesenta; olían una libertad nueva en el aire, veían que las mujeres jóvenes la disfrutaban, y sin embargo sentían que ellas no estaban preparadas. Aun en el plano académico, a las chicas de Nueva Inglaterra como Sarah se las había educado para ser atractivas y soñadoras. Si estaban casi satisfechas, sentían que no deberían estarlo. Como los nuevos negros de los sesenta -aunque la experiencia de Merriwether al respecto era casi toda de segunda mano-, achacaban todos los dolores a la misma herida conspicua, eran de una u otra manera porque eran mujeres, ser mujer era una desgracia, una desgracia infligida, y quién la infligía sino los hombres, y qué hombre en particular sino el marido, o, al menos, el marido al que una ya no quería, es decir, el hombre que ya no las quería. Esa era la progresión, y las mujeres con inteligencia y educación se dedicaban sobre todo a sufrir, a quejarse, a ser activistas, a cotillear, a odiar y corromper o a liberar a las demás. Merriwether temía por sus hijas. Sarah no se daba cuenta del odio que destilaba a su vez, pero la hostilidad se colaba gota a gota en las cabezas de los niños. Pobre Sarah, sí, pero también, sí, maldita Sarah, maldito su egoísmo ciego, maldita su santurronería y maldito su odio."
El verano que su esposa pasa en Francia significa para el profesor una liberación casi adolescente. Robert se ve libre de las obligaciones a las que nunca se había sentido sujeto -pero que Sarah le recordaba constantemente- y experimenta un renacimiento casi a nivel de gónadas, por más que la ausencia de sexo marital se remonta a mucho antes de la partida de su esposa. La asunción obligatoria de nuevas responsabilidades le provoca esa especie de resurrección como ser humano autónomo, y la celebración de esa liberación alcanza ámbitos casi olvidados: una botella de buen vino en cada cena, un desayuno sabroso y calórico, y la percepción de que el mundo, que ha avanzado a una velocidad inasumible, ha provocado cambios imperceptibles en su detalle pero que lo han dejado irreconocible.
""¿De qué va todo esto?", se asombraba el doctor Merriwether mientras caminaba absorto hacia la clase, el laboratorio, su casa o el centro de salud de Holyoke. ¿Por qué esta desesperada necesidad de parecer especial? ¿Es tan difícil ya ser uno más? ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué exigíamos tantísimo de los demás? ¿Era porque había tanta expresión en el mundo que uno se veía obligado a ir más allá, y aún más allá, para poder pensar siquiera en sí mismo como persona?"
Dada la situación anímica y familiar de Robert, el terreno parecía abonado para que sucediera -aunque, con toda probabilidad, no era la primera ocasión que se le presentaba, sí que era la primera a la que estaba dispuesto a atender- lo que acabó sucediendo: una estudiante y paciente insultantemente joven, Cynthia Ryder, se pone a tiro y Robert, con plena conciencia de sus actos, pica el anzuelo.
"La señorita Ryder preguntó que era la ABM. Summie. Aquel era un término cariñosamente despectivo para los estudiantes de los cursos de verano. La señorita Rider era summie; no pertenecía ni a Harvard ni a Radcliffe. La leyenda summie cuenta que las chicas son bonitas, ignorantes y fáciles. (Los catálogos de verano reforzaban la ficción). Al doctor Merriwether le parecía que no había ninguna diferencia entre las estudiantes de verano y las de invierno; solo que iban menos vestidas. (La verdadera promoción de Cambridge llegaba cuando diciembre desprendía la penumbra del invierno de Nueva Inglaterra)."
No solo las convenciones -cuarentón casado y adolescente hiperhormonada-, también las normas -profesor y alumna- y los usos y costumbres -un vecindario donde todos se conocen a la perfección- rechazan sin posibilidad de enmienda la relación. Robert es plenamente consciende de todas y cada una de estas contrariedades, pero lo que en realidad da la medida de su grado de implicación es que también es capaz de percibir el tremendo ridículo de su posición.
"Los minutos de separación hicieron más profunda su sensación de que lo que estaba ocurriendo era algo único. Qué ilusión humana tan primaria. Como si los seres humanos tuviesen la cabeza tan hueca como peces de colores que nadan alrededor del trópico, asombrados ante la perpetua novedad. Colones de bañera. De algún modo, así era. El sistema neuronal era tan abrumador que un caso estadístico podía dar cuenta de la absoluta singularidad de todos los acontecimientos y sentimientos humanos. No era verdad que los humanos se pareciesen entre sí en los momentos de pasión, como había dicho Eliot, poeta de Harvard. Todo era más o menos como cualquier otra cosa; pero solo hacía falta tener en cuenta el número inverosímil de sinapsis implicadas para considerar que los momentos de pasion correspondían a los mayores actos de intelecto. Quizá las palabras se viesen sustituidas por gruñidos, pero aquello no conllevaba una simplificación de la sensibilidad."
El devenir del mundo, el encadenamiento de sucesos no es previsible ni neutral, y a los mimos antecedentes no siempre siguen las mismas consecuencias. Cada experiencia, por más que controlada en todos sus aspectos, puede desembocar en toda una incontrolable variedad de desenlaces. Robert es consciente de que su relación con Cynthia no lleva a ninguna parte, de que está descendiendo a toda velocidad y sin ningún control por una pendiente de final funesto, pero, en lugar de intentar detenerse, sigue acelerando a cada paso. 
"Un oso viejo que se salía del camino de las fresas, con el hocico manchado de jugo color sangre, siguiendo las enredaderas. Esa era el canoso y resplandeciente Merriwether, con los ojos brillantes por la novedad, rebosante de turbación. La comodidad del amor moderno no era comodidad para él. No tenía sensación de "interludio" ni de relajación. De los noventa mil varones estadounidenses que en ese mismo momento firmaban en todos los registros del país, como mucho una docena podían hallarse tan violentos con la ilicitud."
La ceguera voluntaria, precisamente por serlo, no atiende a razones; ni las que el mismo Robert aduce -a la hora del análisis, su lucidez no tiene límites- ni las que le hacen evidentes, de buena fe, algunos allegados -que, curiosamente, son casi idénticas a las suyas- consiguen que reconsidere su decisión.
"Sé lo peligroso que es clasificar a los seres humanos, pero he conocido a muchas chicas así. Han sido mis compañeras. Sexo y ternura. Nada más, ni siquiera amistad. Así que tengo que conocer a muchas mujeres. En los últimos años he sentido un tremendo impulso hacia ellas. Quieren, desean, y nosotros, los que aún no tenemos la barba blanca, les damos más en menos tiempo. Les enseñamos, gastamos dinero en ellas, las exhibimos, les explicamos lo que significa todo. Somos su graduación. Lo que quiere decir que a través de nosotros es como si se graduasen. Y eso también quiere decir que puede haber un montón de lágrimas cuando llegue el día de la graduación."
Una relación de este tipo puede ser vista como una anécdota por aquellos que no tienen implicación personal con ninguno de los protagonistas, pero esa visión varía de forma gradual en función de esa connivencia y puede abarcar desde la envidia, no exenta de complicidad, de los colegas de Robert -todos de su misma edad y sujetos a circunstancias parecidas-, pasando por el rechazo de su esposa -aunque con una complicidad culpable por parte de sus hijas, alguna de una edad próxima a la de su amante-, hasta la abierta hostilidad del padre de Cynthia con una actitud próxima a la de quien es despojado, mediante alevosa traición, de su posesión más querida.
"Los sentimientos intensos convierten a la gente en máquinas; se vuelven mecánicos, repetitivos, farfullan mientras el nuevo sistema mental intenta controlar la lava que sale a borbotones de los miedos infantiles. La cara del señor Ryder se puso sanguinolienta, biliosa, luego pálida, recorrió la terraza para alejarse de aquella presencia que de repente le resultaba detestable, de aquella hija extraña y desconocida. Volvió vomitando su propia historia marital, que había cortejado a su madre durante años hasta que terminó la Facultad de Derecho y aprobó el examen para poder ejercer, que habían refrenado su pasión, que no habían ido contra el núcleo mismo de su educación. De acuerdo, el mundo estaba entregado a la juerga moral, las cosas habían cambiado un poco, pero las costumbres constituían una reserva de instrucción, del mismo modo que la herencia era una reserva ambiental, y ella había recibido dicha instrucción. ¿Qué se proponía yendo en contra del núcleo de su vida?"
Pero ni siquiera la animadversión más feroz, incubada en el vuelo transoceánico que emprende para rescatar a su hija, de la víctima de la sustracción puede con la corrección del profesor que ha seducido a su hija ni con el encanto de esta, que parece haber ingresado de golpe en la edad adulta en ausencia de un padre más preocupado por su carrera profesional que por el futuro de su hija.

Como cualquier culpable, aun reconociendo el delito, Robert está seguro de que lo que sucede no es tan grave como parece, o como les parece a alguno de sus hijos y, sobre todo, a su esposa. Esa tendencia a la autoindulgencia -tan poco religiosa en general, tan poco cristiana en particular- no persigue el perdón sino la plena e incuestionada aceptación de todos los implicados. Es, tal vez, consecuencia de su formación científica; un especialista en humanidades se resistiría a mostrarse tan autoindulgente; un filósofo no podría conllevarlo sin una grave crisis personal.

Aunque partiendo de una situación desigual, no solo con respecto a la edad, la relación progresa hacia un punto de equilibrio difícilmente presumible; sin que ninguno de ambos renuncie a todo aquello que le resulta importante, la relación va igualándose, sobre todo en el plano intelectual -en el que la grieta se presumía más profunda-, con respecto al cual Robert no ha tenido que realizar renuncia alguna y Cynthia parece haber madurado con increíble rapidez. Incluso las inevitables peleas ocasionales poseen el sello de las disputas entre adultos razonablemente responsables, como si sirvieran para devolver la situación a un punto de estabilización perdido en el camino.
"La doble visión de la mente que sabe pero no puede sentir ni actuar según su conocimiento, que, acurrucado tras sus propios huesos, lo mide todo desde detrás de esas contraventanas, que, a las cinco en punto, repasa sus propios problemas como un dios que supervisa, y a las cinco y cuarto se encoge formando un nudo de egoísmo; la doblez humana con sus cerebros crespusculares centelleantes, externos e internos, con su luz cortical deslumbrando por encima del viejo miedo opaco."
El efecto de la aventura de Robert y Cynthia sobre el resto de componentes de su entorno es altamente invasor; en todo caso, exige mucho más espacio y dedicación que aquello que, en principio, ha venido a sustituir, la vida familiar -que, sin embargo, sigue exigiendo su cuota-. Parte de ese espacio, aunque de forma indirecta, lo ocupan los preparativos para dar un fin conveniente a su matrimonio, con su carga de tristeza pero también de bilis, y con tantos buenos recuerdos como justificaciones para el odio más inclemente.
"No es que no hubiese sentido ternura, tristeza, pasión, amor, incluso desesperación, pero si le hubiesen preguntado si había experimentado los sentimientos de la gente sobre la que había leído, oído hablar o visto en los noticiarios de la guerra, habría respondido: "Por supuesto que no". Nunca se había casado con su madre ni se había sacado los ojos con un broche, ni, gracias a Dios, había perdido a ningún hijo (aunque el miedo a algo así era lo que más lo acercaba a sus profundidades). Había considerado los sentimientos de los Lear y los Antonio frenesíes emocionales, raptos, descargas alucinógenas en el lóbulo prefrontal, desbordamientos que no tenían relación con la vida real. Había chequeos y equilibrios fisiológicos que protegían el sistema de ese tipo de sentimientos (la manufactura atrasada de la angiotensión sin la cual se daría una hipertensión constante, que asesinaría cualquier corazón)."
Bellow y Roth alargan su sombra y la proyectan sobre Stern, pero sin la carga de culpabilidad que parece asignada a los autores judíos infieles: la autoinculpación tiene una intensidad parecida, pero la conciencia de Robert no actúa en contra de sus deseos. Tampoco aparece la sensación de inevitabilidad, de fatum, contra la que el sujeto está indefenso; al contrario, Robert parece disfrutar en todos los términos de su infidelidad, y si acaso tiene algún remordimiento de conciencia es por las consecuencias que su conducta conlleva -o debe conllevar, él se limita a especular sin entrar demasiado a fondo- para las únicas personas cuyo vínculo no quiere que desaparezca: sus hijos.

Calificación: *****/*****

15 de abril de 2019

Cuentos droláticos

Cuentos droláticos. Honoré de Balzac. Editorial Cabaret Voltaire, 2011
Traducción de Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas Altamira
"El Autor se puso a extraer de aquella escribanía fecunda donde había una especie de puré cerebral, hecho a base de esas virtudes que nos vienen de lo más alto, de manera talismánica. De un tintero salían cosas graves que se escribían en tinta oscura; y del otro, cosas picantes que rubricaban alegremente las hojas del cuaderno. El pobre Autor, por descuido, mezcló más de una vez las tintas, ora una, ora otra. Pero en cuanto las pesadas frases difíciles de lijar, pulir y barnizar quedaban por fin terminadas y convertidas en una obra al gusto del día, el Autor, con ganas de solazarse, a pesar de la poca tinta risueña que le quedaba en el tintero de la izquierda, seguía apurándola alegremente. Y de ahí salieron los Cuentos droláticos cuya autoridad no puede quedar bajo sospecha, pues son de fuente divina, según se desprende de la ingenua confesión del propio Autor."
Redactados con anterioridad a las primeras novelas que compondrían La Comedia humana, los Cuentos droláticos (Cent Contes drolatiques), fueron publicados simultáneamente a las primeras entregas de la serie en 1832, 1833 y 1837. Además de suponer una importante fuente de ingresos para el siempre necesitado Balzac, fueron planeados como un intento de componer un cuadro opcional, extraoficial, a la "alternativa al Registro Civil" que representaba La Comedia, en cuyo proyecto no encontraban lugar. La idea original fue una obra cuya referencia comenzara en el siglo XVI, siguiendo el modelo de los fabliaux medievales, compuesta de diez décimas que deberían contener diez relatos cada una, una especie de Decameron, y que llevara, a través de los cien cuentos previstos -de los que solo se publicaron treinta-, hasta principios del siglo XIX, momento en el que entregaría el testigo a su obra mayor, y que recogiera, asimismo, ámbitos anecdóticos y minoritarios que no cabían en la proyectada Comedia; es decir, redactar un compendio del cuento à la française que albergara desde el cuento ingenioso de Margarita de Navarra, pasando por el cuento goliardo de Rabelais -Balzac sentía verdadera devoción por el escritor turenés-, siguiendo por el cuento moral de La Fontaine y que desembocara en el cuento filosófico de Voltaire y de los Enciclopedistas; el proceso se completaba con el intento de parodiar las variantes arcaicas de la lengua francesa, adecuándola a cada época, y en añadir los temas y los recursos lingüísticos contemporáneos para convertir ese anacronismo en patente de corso a fin de poder tratar temas obscenos y procaces sin temer a las posibles consecuencias. Por supuesto, la mayoría de las variantes de esa lengua inventada por Balzac con propósito arcaizante se pierde en la traducción.

La intención del autor queda establecida con claridad en el párrafo incluido en la "Advertencia del editor", presuntamente redactada por el propio Balzac, que precede a la primera decena, y que no figura en la traducción:

"Il existe en France un gran nombre de personnes attaqués de ce cant anglais dont Lord Byron s'est souvent plaint. Ces gens, dont le front rougit des bonnes franchises que, jadis, faisaient rire les princesses et les rois, ont mis en deuil notre ancienne physionomie et persuadé au peuple le plus gai, le plus espirituel du monde, qu'il fallait rire décemment et sous l'éventail, sans songer que le rire est un enfant nu, un enfant habitué à jouer avec la tiare, l'épée et la couronne sans connâitre le danger."
El alcance, los temas y el tono general de los Cuentos son fácilmente deducible de los fragmentos que se transcriben a continuación.
"¡Atrás, pues, mastines! ¡Que suene la música! ¡Fuera de aquí todos los ignorantes! ¡Adelantaos, truhanes! ¡Lindos pajes, dad la mano a las damas, hacedles cosquillas en ellas a través de los mitones, diciéndoles con simpatía: "Leed para reíros!". Después añadiréis alguna palabrita más de esas bien graciosas, para que suelten alguna carcajada, ya que, cuando se ríen, abren los labios y así es imposible resistirse al amor."
Los corruptos jerarcas de la iglesia se muestran tan ávidos de poder celestial como de los placeres del sexo y de las mesas pantagruélicas.
"Era Imperia la más preciosa y antojadiza, aparte de que la consideraban la mujer más brillantemente hermosa, y la que mejor se las componía para engatusar a los cardenales y galantear con los más rudos militares y opresores del pueblo. Era dueña del corazón de bravos capitanes, arqueros y terratenientes, ansiosos por servirla en todo momento. No tenía más que susurrar una palabra para acabar con los que la enojaban. La derrota de un ejército no le costaba más que una gentil sonrisa, y a menudo, un señor de Baudricourt, capitán del rey de Francia, le preguntaba si ese día había que matar a alguien para ella, a modo de burla respecto a los abades. Salvo los potentados del alto clero, con los que la señora Imperia controlaba finamente sus ataques de ira, los tenía a todos bajo su férula, en virtud de su desparpajo y de sus gestos amorosos, con los que los más virtuosos e insensibles eran atrapados como en liga."
La astucia de la joven esposa, virgen e inocente, para conseguir quedar embarazada sin ofender el honor de su anciano e impotente marido.
"Durante la cena, al paje le sudaba la espalda cuando le llegó la hora de servir a su dama y a su señor; pero recibió una gran sorpresa cuando Blanca le dirigió la mirada más lasciva que jamás mujer haya lanzado, y fue tan agradable y potente que transformó a aquel niño en hombre valeroso. Así, aquella misma noche, como Bruyn se había quedado algo más de tiempo de lo que tenía por costumbre en su senescalía, el paje buscó y encontró a Blanca dormida, y consiguió que tuviera un bonito sueño. Le quitó lo que tanto le molestaba, y le procuró simiente para niños tan abundantemente, que hubiera podido perfectamente hacer otros dos más con lo sobrante."
Los trabajos de un necio abogado para yacer con su esposa, amante del rey y de las riquezas terrenales, y el amargo fin de tanta insistencia.
"Después se echó a llorar, como hacen todas las zorras que todavía no han sido herradas; porque después ya nunca más lloran por los ojos. El buen abogado tomó sus extraños modales por juegos e incentivos de esos que utilizan las chicas para encender aún más el fuego y transformar las devociones de sus pretendientes en pensiones de viudedad, mejoras testamentarias y otros derechos de desposada."
La astucia de un palurdo pastor para deshacerse de dos primos que habían planeado acabar con él para beneficiarse de una suculenta herencia.
"A él y a su hermano el soldado les parecía muy pequeña su parte, dado que, legalmente, por derecho, por justicia, por naturaleza y por realidad, debían dar la tercera parte de todo a un pobre primo, hijo de otra hermana del canónigo; heredero este, poco amado del buen hombre, que permanecía en el campo, donde era pastor cerca de Nanterre. Este campesino vulgar, guardián de animales, vino a la ciudad, llamado por sus dos primos, que le metieron en la casa del tío, con la esperanza de que con sus asnadas y torpezas, frutos de su falta de seso y de su falta de talento, resultaría desagradable al canónigo, y le borraría de su testamento."
Luis XI, apodado El Prudente, instaurador del absolutismo, es retratado com un personaje amante de las chanzas y las bromas, en especial en poner en ridículo a los grandes señores feudales y a los eclesiásticos.
"El rey Luis XI era un buen camarada al que le gustaba mucho bromear; y, aparte de los intereses de su estado de rey y de los de la religión, banqueteaba a menudo y lo mismo cazaba cabezas de chorlitos de las que se peinan, que conejos y caza mayor regia. Así que esos historiadores de tres al cuarto que lo presentan como un tipo solapado demuestran que no le han conocido, dado que era un buen amigo, muy mañoso y risueño como ninguno."
La infidelidad tiene muchas facetas, y cuando una esposa está decidida a adornar la frente de su marido, le sobrarán ocasiones y aspirantes por mucho que aquel la ate corto.
"Ya sabéis, por múltiples experiencias, que, durante la primavera del amor, cada uno de los dos amantes experimenta siempre un gran miedo por desvelar el misterio de su corazón; y tanto por flor de prudencia, como por la diversión que brindan los engaños de la galantería, juegan a ver quién lo oculta mejor. Luego, basta un día de olvido para enterrar todas las prudencias pasadas."
Un achacoso pero lujurioso señor feudal es ridiculizado en su lascivia por una inexperta virgen que le demuestra que la inocencia no va siempre pareja a la estupidez.
"... de tanto admirar otras cosas capaces de nublar el entendimiento de un santo, este buen hombre se había enamorado de ella con pasión de vejete, que aumenta en proporciones geométricas, al contrario que las pasiones de los mozos, porque los viejos aman con su debilidad que va creciendo y los jóvenes con sus fuerzas que van disminuyendo."
A la verdadera amistad no le duelen prendas por el uso de todos los recursos disponibles, incluida la mentira, para conservar la fidelidad debida y mantener las promesas empeñadas.
"Y la dejó para ir a casa de su bella Limeuil. Contad con que, como no podía rechazar el recibir las ardientes miradas de la dama, durante las horas de la comida y durante las veladas había un fuego avivado que les calentaba intensamente; pero ella estaba obligada a vivir sin tocar a su caballero, salvo con la mirada. Con esta ocupación, Marie d'Annebault se encontraba fortificada contra todos los ataques de los galanes de la Corte: porque no hay límite más infranqueable ni mejor guardián que el amor; es como el diablo: lo que posee lo rodea de llamas."
La lujuria no es pecado cuando no implica más que a los interesados que, puestos de acuerdo, pueden explorar todos sus matices sin otra limitación que sus propios deseos.
"La mula llegó a un claro en el que el pasto era bueno, la chica tropezó con unas hierbas y se sonrojó. El cura llegó hasta ella; luego allí, como había sonado la misa, la dijo; y los dos cobraron un adelanto sobre los goces del paraíso. El buen cura se empeñó en instruirla a fondo y encontró que su catecúmena era una auténtica joya, muy dócil y tan suave de alma como de piel."
El rencor es una espada de doble filo que, con frecuencia, hiere más al que al empuña que a su enemigo; si este es una mujer, las consecuencias del daño son imprevisibles.
"La hermosa lavandera de Portillon-les-Tours [...] era una joven dotada de tanta malicia que había robado la de seis curas o la de tres mujeres al menos."
Nunca tengas un pleito con un aprendiz de abogado, y menos si hay dinero de por medio; no porque puedan buscar excusas manipulando la ley sino porque la astucia siempre está de su parte.
"Pero si estaban desprovistos de dinero, no les faltaba el ingenio, y los tres se pusieron de acuerdo para desempeñar sus papeles como los ladrones en la feria. Fue una farsa en la que hubo de comer y de beber, dado que, durante cinco días, consumieron de lo lindo todo tipo de provisiones; tantas que una compañía de lansquenetes no hubieran comido tanto como ellos zamparon."
La rivalidad amatoria entre las francesas y las españolas es puesta a prueba en la bragueta real, y no sale vencedora una tierna doncella sino una mujer de larga experiencia.
"Pero recuperando su valor, tomó la defensa de las damas españolas, jactándose de que solo en Castilla se hacía bien el amor, porque era el lugar de la cristiandad donde había más religión, y que, a más miedo tuvieran las mujeres a la condena por entregarse a un amante, más intensamente lo hacían, sabiendo que debían sentir placer en la cosa para toda la eternidad."
Si la lascivia se encuentra bien hospedada en los monasterios masculinos, no se piense que la inocencia residente en las abadías de monjas no sabe buscar sus buenos frutos lujuriosos.
"La abadía de Poissy ha sido celebrada por los autores antiguos como un lugar de regocijo, donde comenzaron los excesos de las monjas y de donde proceden tantas buenas historias de esas que hacen reír a los legos a costa de nuestra santa religión. Además, la susodicha abadía se convirtió en materia de refranes que algunos eruditos no entienden ya hoy en día, aunque los machaquen y trituren lo mejor que puede para digerirlos."
Algunas veces once hacen una docena y lo que no pueden solventar las ciencias naturales puede remediarlo el ingenio, aunque carezca de la habilidad de contar hasta doce.
"Sabed que Santiago de Beaune podía realizar el trabajo de tres maridos, y también estar junto a una princesa sin causarle vergüenza, ya que tenía ese aire resuelto que gusta a las damas; y si estaba un poco bronceado por el sol de tanto corretear, su tez parecía que había de blanquearse bajo las cortinas de una dama. La mirada escurridiza cual anguila que le lanzó la dama le pareció más animada que la que hubiera podido lanzar a un misal."
No existe honestidad capaz de resistir los ardides bien tramados de un libertino hambriento de placer, aunque nadie puede gobernar las consecuencias sobre un alma noble.
"Lo que algunos no saben es la verdad relativa al óbito del duque de Orleans, hermano del rey Carlos VI, muerte que acaeció debido a un buen número de causas, una de las cuales servirá de argumento para este cuento. Este príncipe fue, con toda certeza, el más grande y desenfrenado calavera de toda la regia raza nacida de nuestro señor San Luis, en su día rey de Francia, sin por ello olvidar a otras buenas piezas de esta insigne familia, tan en consonancia con los vicios y virtudes de nuestra brava y jocosa nación que antes os representaríais el infierno sin monseñor Satán que Francia sin esos valerosos, gloriosos y rijosos bragueteros que le han tocado por reyes."
Nada bueno puede derivarse del matrimonio entre dos vírgenes e inexpertos, excepto para aquellos en los que recae la tarea de ejercer de maestros en aquellas artes que los pazguatos ignoran.
"Pero en aquella época tenía todo el mundo tantas vigas en el ojo propio que mal podía ver las del ajeno. De tal suerte que en todas las familias se iba camino de la perdición sin que nadie se sorprendiese de lo que hacía el vecino, yendo unos a paso de ambladura, los otros al trote, muchos al galope, los menos al paso, ya que este estaba en fuerte declive. Así, en aquel entonces, hizo el diablo su agosto en todo, visto que las tropelías se habían puesto de moda."
Atar en corto puede ser contraproducente porque la fiera así sujetada, ante la imposibilidad de ir a morder al que su atadura le impide, puede revolverse contra su dueño.
"El susodicho leguleyo tenía una esposa muy guapa, burguesa parisina, de la que estaba tan celoso que era capaz de matarla por un pliegue en la cama del que la pobre no supiera darle razón. Lo cual habría sido una felonía, ya que como es bien sabido hay pliegues de lo más honestos. Pero ella plegaba muy bien sus telas y así quedaba zanjada la cosa. Podéis imaginar que conociendo la maldad y la naturaleza asesina de aquel hombre, la burguesa le era fiel, siempre recta como un candelabro, y recogida como un baúl de esos que no se mueve y solo se abre por orden expresa de su amo."
El mismo Rabelais en persona relata las dificultades para mantener inviolada la bien proveída despensa de Gargantúa mediante una fábula en la que un musaraño dimite de su papel de guardián por las malas artes de una ratoncilla descarada y por las lisonjas de sus secuaces.
"Así sucedió que quiso hacerte justicia [a Rabelais] un pobre hijo de la alegre Turena, aunque modestamente, magnificando tu imagen y glorificando tus obras de eterna memoria, tan queridas por quienes aman las obras concéntricas donde el universo moral se halla encerrado, y donde se encuentran apretadas como sardinas frescas en su cesto todas las ideas filosóficas, las ciencias, las artes, elocuencias, además de todas las farsas teatrales."
Una insaciable sarracena está diezmando las filas de los cruzados y de reputados creyentes, incapaces de resistirse a sus diabólicos encantos. Juzgada en ausencia, se la halla culpable de mantener un pacto con el infierno.
"Vigilad bien, señor juez, encerrad bien a ese demonio, pues posee el fuego más ardiente de todos los fuegos terrenales: tiene en su regazo todo el fuego del infierno, la fuerza de Sansón en sus cabellos y apariencia de música celestial en su voz. Encanta para matar el cuerpo y el alma de un solo y certero golpe; sonríe para morder; besa para devorar; vamos, que se pondría a vestir a un santo y este renegaría de Dios."
Un joven y bello aunque desgraciado artista es manipulado por una burguesa que unicamente desea mantenerlo disponible sin permitirle culminar su deseo, y cuando por fin accede ya es demasiado tarde.
"Así que con el paso del tiempo el italiano acabó dándose cuenta de que aquel no era un amor noble, uno de esos que no cuentan los goces como un avaro sus escudos, sino que al contrario se trataba de uno de esos comercios donde la dama se lo permite todo menos el goce de los placeres del amor."
Un orfebre turonés, simplote y algo bobalicón, permanece en París conservando su bolsa y su virginidad. Enamorado de una sierva de la gleba, deberá vencer la resistencia del monasterio para consumar su propósito.
"Era, por así decirlo, uno de esos tipos hechos de una pieza, y que a ciencia cierta salen mejores que esos que están hechos a cachos, remendados y montados en varias veces y que no valen nada. En resumen, maese Anseau era un macho con cara de león y con una mirada bajo las cejas que habría fundido el oro si hubiera dado en faltar el fuego de sus hornillos. Pero tenía un agua límpida en esos ojos, puesta ahí por el Moderador de todas las cosas para temperar ese ardor, sin la cual se habría quemado con toda seguridad. En fin, nuestro orfebre era lo que suele considerarse un pedazo de hombre."
Un verdugo real, casado con una mujer muy vistosa que no merece, es cornamentado por un avispado cortesano que pone en evidencia su desconocimiento de la anatomía íntima de su esposa.
"Su única malicia era ser algo cornudo, su único vicio consistía en ir a las vísperas, su única sabiduría consistía en obedecer a Dios cuando podía; su única alegría era la mujer que tenía en su casa; la única diversión de su alegría residía en encontrar algún hombre a quien ahorcar cuando le daban la orden de ello, y siempre lo encontraba. Pero cuando dormía bajo el dosel de su lecho, no se preocupaba por encontrar ladrones. ¡A ver quién encuentra en toda la justiciera cristiandad un preboste con menos maldad!"
Un piadoso fraile es provocado por un cortesano anticlerical con el objetivo de hacerle perder su ecuanimidad. Pero la burla tan minuciosamente planeada se revuelve contra el burlador en la persona de su esposa.
"Y así la vengó el fraile muy monásticamente, con una gran venganza a la que se entregó golosamente cual borracho amorrado a la espita de un tonel, pues sabido es que cuando una dama se venga, o no empieza o se embriaga. Tanto se vengó la señora del castillo que no podía ni moverse pues nada remueve, deja sin resuello y agota tanto como un buen enfado y una mejor venganza. Y una vez vengada, archivengada, ultravengada, como no quisiera perdonar ni gota, decidió vengarse aquí o acullá, tantas veces como fuera necesario, con aquel fraile. Y por ser un amor por venganza, Amador le prometió que la ayudaría a revengarse mientras le durara el enfado, ya que le confesó conocer en su calidad de clérigo formado a meditar sobre la naturaleza de las cosas, un número infinito de modos, métodos y maneras de practicar la venganza."
Una inocente muchacha casada con un vejestorio descubre los placeres del amor de forma ilícita y acaba pagando las consecuencias en la persona de su amante, del hijo de ambos y en sí misma.
"Esa es la verídica historia de algunos pobres himeneos, según cuentan viejos y viejas, y la razón verdadera de la locura de algunas mujeres, las cuales ven ya tarde y no se sabe cómo que se las ha engañado, y se ponen a hacer en un día más de lo que se puede en ese tiempo, para que les salgan las cuentas al final de la vida."
No existe culpabilidad que no pueda convertirse en inocencia cuando se aguza el ingenio y se obliga al juez, corruptible como todo humano, a tomar parte.
"Era una de esas muchachas que tienen mucho cuidado de que no abusen de ella pero que, una vez embarcadas en una aventura, se deslizan por la pendiente, convencidas de que lo mismo hay que limpiarse por una mancha que por mil. Seamos indulgente con ese tipo de caracteres."
No existe amistad tan cómplice entre hombres que no pueda convertirse en enemistad cuando el poder, el dinero o, sobre todo, una mujer, toma cartas en el asunto.
"-He aprendido -respondió el francés- a no preocuparme por quienes no se inquietan por mí. He aprendido que, por muy alta que tenga un hombre la cabeza, siempre tiene los pies al nivel de los míos; además he aprendido también a no fiarme del calor en invierno, del sueño de mis enemigos ni de las palabras de mis amigos."
Un vagabundo es inculpado por violación y se salva de la horca por una apuesta planteada acerca de su fisiología, espoleada por su buena dieta y su incapacidad de dar golpe.
"El viejo cronista que ha proporcionado el cáñamo para tejer el presente cuento dice haber vivido en tiempos en los que acaeció el susodicho hecho en la ciudad de Rouen, en cuyos archivos ha quedado consignado. En los alrededores de esa hermosa ciudad donde moraba entonces el duque Richard, solía mendigar un buen hombre llamado Tryballot, pero conocido por su apodo "el Viejo pergamino andante", no por ser amarillo y seco como un pergamino, sino porque estaba siempre en caminos y sendas, montes y valles, dormía con el cielo por techo y vestía como un pobre. A pesar de lo cual era muy querido en el ducado, donde la gente se había acostumbrado a él tanto que si concluía un mes sin que hubiera aparecido a tender su escudilla, decían todos: "¿Dónde está el viejo?". Y respondían: "Pergamino anda por los caminos"."
Tres peregrinos viajan a Roma como penitencia por sus pecados de lujuria, pero en la posada en que se hospedan les hacen ver la inutilidad de la contención.
"Después de beber, se pusieron a charlar los tres compañeros, pues ya se sabe que el trago es el motor del discurso, y todos acabaron confesando que la causa de su partida había sido un asunto de faldas. La sirvienta que andaba mirando cómo bebían les comentó que de cada cien peregrinos que se detenían allí, noventa y nueve se habían echado a los caminos por la misma razón. Los tres sabios dedujeron que la mujer era perniciosa para el hombre."
La ingenuidad de los críos parece ser la prueba de que la instrucción ilustra a los seres humanos pero está en duda de que sea más provechosa que la inocencia original.
"¡Por la doble cresta de mi gallo, y por el forro rosa de la zapatilla negra de mi amada! ¡Por todos los cuernos de los bienamados cornudos, y por la virtud de sus sacrosantas mujeres! La obra más bella hecha por la mano del hombre no son ni los poemas, ni los cuadros, ni la música, ni los castillos, ni las estatuas, por muy bien esculpidas que estén, ni los barcos de vela o de remo, sino los niños. Entiendo por niños las criaturas hasta los diez años, porque después se convierten en hombres o mujeres, y al adquirir el raciocinio, dejan de valer lo que han costado: los peores son los mejores."
Una afamada cortesana deja sus oficios para casarse con un joven aristócrata que ha conquistado su gélido corazón; pero su infertilidad, debida a los excesos de su vida pasada, acaba con su gran amor.
""¡Ay! -exclamó ella una tarde en la que esas ideas le torturaban el corazón-, a pesar de la Iglesia, a pesar del rey, a pesar de todo, la señora de L'Isle-Adam sigue siendo la mala Imperia". Y de hecho a menudo se apoderaba de ella una rabia maligna al ver a ese floreciente hidalgo tener todo lo que pudiera desear: grandes bienes, favor real, amor simpar, mujer única, placeres como nadie, y fallar en el aspecto más importante para un cabeza de familia ilustre, a saber, el de la progenitura. Cuando llegaba a esos pensamientos, ganas le entraban de morirse, pensando en lo noble y grandioso que había sido él con ella, y cuánto había faltado ella a su deber, al no darle hijos."

Contes drolatiques, précedés de La Comedie humaine. Oeuvres ébauchés, II. Préfaces.
Honoré de Balzac. Bibliothèque de La Pléiade. Librairie Gallimard, 1959
Établissement du texte, notices et notes par Roger Pierrot
Calificación: Hors catégorie

8 de abril de 2019

Soledad y destino

Soledad y destino. Emil Cioran. Hermida Editores, 2019
Traducción de Christian Santacroce
"Siento náuseas ante un mundo en el que todo está aclarado, explicado y etiquetado."
Soledad y destino (un título muy adecuado a Cioran), inédito hasta ahora en castellano, es un volumen que recoge los escritos de corte periodístico publicados en diversos medios rumanos desde 1931, siendo estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de Bucarest, hasta 1944, cuando ya estaba instalado por primera vez en París.

Los motivos de interés de Cioran en época temprana configuran ya los temas que desarrollará a lo largo de su vida; sin embargo, aparece aquí un Cioran más mesurado, casi conciliador, más ocupado en desarrollar argumentos que en emitir juicios, afectado incluso por lo que podría considerarse cierta ingenuidad filosófica, aunque ya extremadamente crítico con Rumanía en los aspectos políticos, culturales y de carácter nacional, y con una extraña fijación, de signo variable, por España, en especial por su "inarticulación histórica".

Cualquier comentario a un libro basado en opiniones no puede pretender -de hecho, sería estéril- la reproducción, sin más, del criterio del autor, sino que debería basarse en las notas personales del lector referidas a los temas que trata aquel y en el contraste entre los pareceres de ambos mediante un diálogo realmente imposible; este es el ánimo que alienta estas Notas de Lectura.

El fenómeno religioso, en el mundo moderno, no responde tanto a la necesidad de transcendencia como a una voluntad de superar las limitaciones y a una necesidad de creer.
"Quien medita sobre la muerte no puede ser sino un resignado; quien medita sobre la vida, un escéptico."
El proceso de comprensión de una cultura no actúa por acumulación: no se entiende en función de la comprensión de sus fenómenos individuales sino que son estos los que son iluminados a partir de la comprensión del sistema complejo y total de una cultura.
"El carácter inorgánico de la cultura contemporánea hace que el hombre no viva de contenidos, sino de fórmulas que pueden cambiarse como nos cambiamos de camisa."
La existencia de un sistema intelectual autónomo es imposible en países en los que existe una conciencia nacional dominante: a más nación, menos cultura. La expresión cultura nacional dejó de tener sentido en la Ilustración; a partir del Romanticismo, se convirtió en un oxímoron.

Todas las naciones muestran su orgullo por los trazos distintivos de su cultura, por aquellos elementos que la hacen única, y subrayan este hecho diferencial, del que deriva su pretendida superioridad, en lugar de indagar y promocionar los rasgos que comparten con otras naciones y que constituyen lo que puede denominarse cultura universal.
"El verdadero intelectual es un hombre que se debate, que sufre, que ha renunciado definitivamente a la tranquilidad de una existencia burguesa. La vida burguesa es una vida sin conflictos interiores, una vida uniforme, sin perspectivas. En ella el intelectual es una caricatura. Lo que debe caracterizar al intelectual es el temor al equilibrio, a la tranquilidad, el miedo a entrar en formas y moldes inamovibles, que constituyen una muerte prematura."
De igual modo, cualquier compromiso personal, al margen del que se establece con uno mismo y que se denomina integridad, es un freno definitivo que impide el desarrollo intelectual, una parcelación que actúa en contra del conjunto, desviando el objetivo y extraviando el proceso. La máxima expresión de este deterioro tal vez sea el compromiso político, aunque el religioso le sigue pisándole los talones.

La sociedad moderna tiende a confundir las situaciones de desocupado -ocioso- y desempleado -sin empleo-: la concepción contemporánea del trabajo ha provocado que pueda haber empleados ociosos y desempleados profundamente ocupados. Es lícito, ampliando el foco, preguntarse en qué lugar de ese eje de coordenadas se sentirían cómodos los intelectuales orgánicos.
"El espíritu escatológico de la cultura contemporánea, además de tener su fuente en el agotamiento del fondo productivo de la cultura moderna, ha nacido en gran parte de la exaltación de los intelectuales desocupados. Hay, en su espíritu inquieto y atormentado, tristes presentimientos, presentimientos del fin. El espíritu escatológico nace siempre en el ocaso de las culturas, cuando estas han entrado en un proceso de agotamiento. Pero, mientras que en algunos el presentimiento del fin toma las formas melancólicas de la nostalgia, en los intelectuales desocupados este asume la forma, extraña y demoníaca, del amor al fin, el presentimiento exaltado y jubiloso del cercano hundimiento."
El esteticismo es tanto un enemigo de la belleza como el impedimento principal para valorar adecuadamente su importancia o su relevancia en el mundo de las ideas. Su falso aristocratismo es su mayor inconveniente para acceder al núcleo del contenido sustancial del arte así como a la jerarquía de las normas éticas que regulan su función en y para la sociedad.
"Si antes el fenómeno de la miseria se presentaba aisladamente, sin correspondencia en los diversos planos del espíritu, hoy está acompañado de un equivalente en el plano de la cultura. Ocurre que la inmensa miseria material que se desarrolla y extiende paulatinamente sobre el mundo se ve acompañada por el proceso de decadencia de la cultura moderna. No hay aquí un precedente que permita establecer relaciones de sucesión entre las diversas formas de la vida. La decadencia de la cultura se realizaría igualmente sin la miseria actual. La correspondencia de los diferentes planos, sin embargo, confiere al proceso de decadencia un carácter mucho más catastrófico que el que la historia nos ha presentado hasta ahora. El desencanto del hombre de hoy halla su explicación y justificación en este complejo de condiciones que dan a nuestro tiempo una configuración totalmente específica."
La cultura ofrece al hombre un marco general de reconocimiento y de autoafirmación, pero también posee el efecto adverso de diluir sus contribuciones en un marasmo indistinguible en el que la calidad, por ejemplo, siempre cede ante las ficciones de la audiencia o de la utilidad para fines incongruentes. En el caso de las culturas nacionales ligadas a un territorio o a una etnia, el efecto perverso se acentúa con la inclusión o exclusión, con la excusa de la homogeneidad, al acervo del grupo, que ve en cada aportación no confirmable en términos grupales un inaceptable ataque a su integridad.
"Una de las causas de la visión pesimista de la historia y de la cultura es que el hombre llega a darse cuenta, en un momento dado, de la independencia del curso de estas con respecto a sus exigencias. El individuo toma entonces conciencia de la nulidad de sus esfuerzos, de la vanidad de todo intento de modificar el sentido de la historia. En lugar del activismo generador de todo tipo de ilusiones, la contemplación serena sitúa las cosas en su encuadre normal."
La aparente infalibilidad del dogma, verdadero sistema doctrinario de raíz ontológica, no reside en la porción de verdad que contiene ni en su pertinencia al núcleo de la existencia humana sino que, a diferencia de su contenido, su formulación posee visos de racionalidad y de desarrollo sistemático. Este espejismo actúa sobre el discernimiento pobre de las inteligencias escasas ofreciendo justificación supuestamente homologable para las irracionalidades más insostenibles. La formulación racional no implica necesariamente la adquisición de un conocimiento racional.

La rotura contestataria de la cultura contemporánea y del arte en particular es aparente, de igual modo que lo es el cuestionamiento en forma de desprecio de todos sus antecedentes, filogenética y ontogenéticamente, una postura artificial que busca renegar de unos principios sin los cuales no hubiera tenido lugar. 
"Lo que caracteriza el momento histórico en que vivimos es la tendencia a presentar sobre un plano de actualidad la suma de valores desarrollados  históricamente en el decurso de la cultura moderna, a actualizar lo realizado mediante un proceso. La multiplicidad de direcciones y manifestaciones, surgidas de una vivencia ingenua, del enceldamiento en una esfera limitada de valores, de un angostamiento de la perspectiva, se presenta al hombre de hoy en toda su variada riqueza."
Es un error intencionado llamar revolución a lo que no es más que evolución. La pretensión de obra única, sin precedentes, solo puede provocar su aniquilación, como sucede con esos animales híbridos afectados de esterilidad reproductiva y que, ante la incapacidad de tener descendencia, se extinguirán.
"Si la historización de la conciencia y de la cultura ha constituido una relativización de los valores, la democratización de la cultura es una expresión de pobreza cualitativa. Los valores culturales que se difunden a una amplia esfera se homogeneizan, pierden la especificidad y diferenciación que les proporciona su estructura orgánica. La multitud los vive superficialmente porque los siente como algo externo. El criterio cuantitativo no sirve para valorar los fenómenos culturales. La abundancia con la que hoy se escribe no prueba nada en cuanto a su profundidad. Es el producto de un agotamiento del instinto creador."
En definitiva, la cultura o es elitista o no es cultura.

Buscar un sentido teleológico a los hechos individuales que componen el devenir de la vida es absurdo porque significaría que la vida individual posee un sentido más allá de la mera existencia; para que eso fuera cierto sería imprescindible la existencia de un sistema de valores universalmente aceptado. De igual forma, dada también la ausencia de una meta preestablecida, tampoco el curso de la historia, tomada en función de los hechos aislados, posee ninguna intencionalidad; como en el caso anterior, lo impide la ausencia de un sistema de valores inalterable al paso del tiempo.
"Al hombre no le queda sino darse cuenta de su propia insuficiencia, de la desproporción entre el esfuerzo y la realización. Es muy probable que los esfuerzos excesivos que suponen una limitación de la perspectiva e impiden todo impulso hacia la eternidad, que destruyen la contemplación y la comprensión intuitiva del mundo, hayan generado en el hombre ilusiones que han de ser destruidas. El entusiasmo ingenuo por el proceso histórico, entusiasmo que atribuye demasiados sentidos a un destino inmanente sin finalidades trascendentes, resulta de una concepción profundamente errónea del hombre, que ignora su desarmonía dolorosa y su trágico conflicto."
La vieja querella entre idealismo y materialismo -y de sus descendientes; y teniendo en cuenta que lo contrario del idealismo, en realidad, no es el materialismo sino el racionalismo- interfiere en la más actual discordia entre relativismo y absolutismo -se entiende que puramente intelectual-. 
"¿Qué puede decir el idealismo del hecho de que los hombres notables caigan y los mediocres se mantengan? ¿Comprenderá este alguna vez que el fenómeno humano la destrucción es más impresionante que la evolución? Solo una antropología trágica y pesimista puede lograr una comprensión del hombre, pues solo ella advierte la complejidad en la irracionalidad de la vida."
Es posible formular una secuencia lógica que aclare la situación:


Idealismo = Metafísica
Metafísica = Irracionalismo
Irracionalismo = Incuestionabilidad
Incuestionabilidad = Absolutismo

El cada vez más frecuente trasvase de intelectuales a la política desvela la paradoja de que las personas que deberían liderar el cuestionamiento de los valores establecidos y de los sistemas de pensamiento y reflexión son asimilados por la doctrina de verdades incuestionables y consignas imperecederas. Pierden así aquellos su capacidad crítica y de nada más que como propaganda les sirve a estos su fichaje, si es que los intelectuales pueden presumir todavía de algún tipo de crédito entre la muchedumbre a la que, por lo general, le importa un bledo la contribución de los intelectuales pero, en cambio, sí es receptivo al prestigio social de tales adscripciones.
"Te exigen que creas en una organización ridícula o milites hasta el sacrificio por un efímero ideal histórico cuando tú no crees en los valores, cuando te es absolutamente imposible decir qué está bien y qué está mal, cuando estás convencido de la irracionalidad orgánica de la vida y tus premisas escépticas y pesimistas te impiden extraer otras conclusiones sobre la sociedad que las que implican los principios y consideraciones metafísicas."
No existe una sola forma de escepticismo sino tantas como la naturaleza de la duda: no es el mismo el que corresponde a la duda racional -escepticismo calculador- o metódica que el que tiene que ver con una duda más personal -escepticismo sereno-; ni el que proviene de incógnitas relativas al pensamiento y el que deriva de problemas de lenguaje. Pero es erróneo calificar a esas distintas variedades según una supuesta escala de legitimidad porque la actitud escéptica no está sujeta a ninguna gradación sino que abarca a todos aquellos aspectos susceptibles de duda que puede concebir la naturaleza humana. La naturaleza de la certeza, incluso de la más sistematizada, la científica, es tan volátil que la postura más honrada es no apoyarse nunca en ninguna de ellas que, más pronto o más tarde, cederá ante el impulso de otra, complementaria o contradictoria. Lo único seguro es la imposibilidad de estar seguro de algo: un mundo sin afirmaciones categóricas sería un  mundo más vivible y, por descontado, mucho más seguro.
"Cada hombre lleva su destino sin que ningún otro pueda asumir responsabilidad alguna, igual que en el sufrimiento estamos solos, sin que ningún otro pueda tomarlo sobre sí. Aquel que se creyó el redentor del mundo fue más que iluso al concebir la redención de los pecados o la asunción del sufrimiento de los hombres. ¿Somos hoy más felices porque se haya sacrificado por nosotros? ¿La redención? La redención es una ilusión, una imposibilidad. La concepción cristiana del dolor está preñada de ilusiones, pues sufrir por los sufrimientos del mundo es tan ineficaz como alegrarse por las alegrías del mundo. No han entendido que no se puede sufrir por el otro y que es inútil sacar al hombre de la sociedad del dolor."
La fe es la forma que toma el idealismo en presencia del fenómeno religioso. Incapaz de asimilar la desesperación provocada por las preguntas sin respuesta que la condición humana plantea, el ser humano incapaz de asumir sus limitaciones, es decir, esa variante anterior al homo racionalis, el homo religiosus, encierra sus tesoros en el pozo sin fondo de la creencia; es, en definitiva, el triunfo de la irracionalidad sobre la capacidad de raciocinio, la dimisión de las posibilidades del pensamiento, la negación obstinada y radical de la temporalidad de la vida.
"Para entender la vanidad de las ambiciones y aspiraciones que cultiva el hombre de las grandes ciudades, para superar las ilusiones que nacen de la inserción en el ritmo demencial de la vida moderna, es estrictamente imprescindible retirarse temporalmente. Se escapa asi a la tiranía de la civilización, se trasciende el imperialismo vital e incluso la vida misma. No se trata aquí de esa sentimentalidad romántica cuyas eclosiones se disfrutaban en la soledad para lamentar la inadaptación del individuo, sino de la necesidad de comprender las funciones de la vida y de la cultura, no solo mediante la experiencia intensa, sino también desde una perspectiva exterior, a la que el hombre no puede acceder sino mediante el aislamiento."
"Experiencia mística" es el oxímoron con el que los incapaces de relacionarse con la realidad expresan sus limitaciones. Quien es capaz de extasiarse con una visión mística es que ha renunciado a la vida y a la naturaleza y está descalificado para apreciar la serenidad de una noche estrellada o de experimentar la grandeza de los horizontes abiertos. Nada existe en nuestro interior -menos aún en el suyo- que pueda superar a las obras de la naturaleza, al sosegado discurrir del tiempo o a la magnificencia de los grandes espacios, nada que nos ponga en el ridículo lugar que nos corresponde, nada que nos haga más conscientes de nuestra insignificancia; a menos que se padezca de una grave disfunción psíquica, la que satisface nuestro ansia de protagonismo, la que nos estafa con la ilusión de la trascendencia, la que delata el vacío intelectual más absoluto.
"Los actos de nuestra vida son banales e insignificantes cuando se consuman en las condiciones naturales de la vida. El hecho de vivir como tal no tiene ninguna significación. Vivir pura y simplemente es no conceder profundidad ninguna a los actos de la vida. Solo cuando vives cual si la vida fuera un bien que puedes sacrificar en cualquier momento, solo entonces deja esta de ser una banalidad, una evidencia. Es estúpido afirmar que la vida nos es dada para vivirla. La vida no es dada para sacrificarla, esto es, para que saquemos de ella más de lo permitido en sus condiciones naturales. No hay más ética que la ética del sacrificio."
Es triste morir por tus ideas, pero más triste todavía si solo tienes una.