8 de marzo de 2019

La esfera luminosa

La esfera luminosa. Cixin Liu. PRH, 2019
Traducción de Javier Altayó
Después del relativo éxito -en la literatura de género, y específicamente en la de ciencia-ficción, el hermano pobre de la familia literaria, el éxito editorial, al menos a corto plazo, siempre es relativo- de la Trilogía de Los Tres Cuerpos, el sello especializado Nova, bajo la reciente propiedad del grupo editorial Penguin Random House, publica La esfera luminosa, una novela escrita con anterioridad (2004) a aquella y de la cual podría considerarse el origen; en ese sentido, La esfera luminosa presenta a un personaje que aparecerá con posterioridad en novelas posteriores, y una de las hipótesis, tal vez la más consistente, que abre su conclusión entronca de forma directa con una oculta civilización extraterrestre bajo cuya supuesta mirada se desvelan algunos de los enigmas que esa resolución desencadena.

La esfera luminosa, también llamada rayo globular, "es un fenómeno natural relacionado con las tormentas eléctricas. Toma la forma de un brillante objeto flotante que, a diferencia de la breve descarga del rayo común, es persistente. Puede moverse lenta o rápidamente, o permanecer casi estacionario. Puede hacer sonidos sibilantes, crepitantes o no hacer ruido en absoluto" (Fuente: Wikipedia). Existen diversos informes registrados relativos a su existencia y varios modelos de explicativos que se ubican desde el puro mito hasta la mecánica cuántica; es precisamente a partir de esta hipótesis que Cixin desarrolla su trama.

Después de perder a sus padres debido a una esfera luminosa, Chen, el protagonista de la novela, planea dedicar su vida a investigar sobre ese fenómeno. Con ese proyecto, empieza a cursar estudios universitarios relacionados con la electricidad atmosférica, a recabar datos estadísticos de las apariciones registradas del hecho, a buscar testigos presenciales y a visitar lugares en los que haya ocurrido. Casualmente, su profesor y director de tesis es un científico cuya esposa murió persiguiendo una esfera luminosa que, derrotado por la improductividad de toda una vida dedicada a la investigación, le cede toda su documentación; Chen cuenta, además, con la colaboración de una resolutiva comandante del ejército, un estamento sumamente interesado por el fenómeno.

Pero para que la investigación proporcione algún fruto será precisa la colaboración de insignes especialistas, algunos de ellos afectados por una estrafalaria excentricidad, y de un cambio progresivo de paradigma, pues el problema parece irresoluble utilizando las técnicas conocidas y los métodos de razonamiento tradicionales.

Sin embargo, la participación del ejército disuade a Chen, contrario a las aplicaciones militares, y provoca su abandono del campo de investigación, centrándose en su uso civil, pero el inicio de un conflicto armado le hace regresar al campo bélico. Sin embargo, un hecho inesperado lleva a la conclusión a los contendientes de la posibilidad de la destrucción mutua asegurada y abre la contingencia, en unas vertiginosas veinte últimas páginas, de la existencia de algún contendiente que no acaba de estar del todo presente en el campo de batalla.

Calificación: ****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de El problema de los tres cuerpos
Notas de Lectura de El bosque oscuro
Notas de Lectura de El fin de la muerte

4 de marzo de 2019

Un futuro hogar para el dios viviente

Un futuro hogar para el dios viviente. Louise Erdrich. Ediciones Siruela, 2019
Traducción de Susana de la Higuera Glynne-Jones
A pesar del reconocimiento unánime de crítica y público en los Estados Unidos, de haber dado voz literaria a la comunidad indígena y de haber sido favorecida con numerosos premios -entre ellos, en National Book Award en 2012 por La Casa Redonda-, la obra literaria de Louise Erdrich no ha conseguido, ni aun con la insistencia de Editorial Siruela, que lleva publicando gran parte de su producción narrativa, el eco que se merece en sus ediciones en castellano. Su última obra publicada, Un futuro hogar para un dios viviente (Future Home of the Living God, 2017), ahonda en la brecha social que separa las comunidades americanas de distinto origen y esboza un futuro distópico centrado en la gestación, tanto más alarmante en función de la proximidad con que se percibe su advenimiento.
"Tengo el presentimiento de que, en vez del pasado, lo que nos atormenta es el futuro."
El texto que contiene Un futuro hogar para el dios viviente es el registro escrito por Cedar Hawk Songmaker, una mujer de origen ojibwe adoptada por una familia de origen británico con dimicilio en Minneapolis, dirigido al hijo de quien está embarazada, acerca de los extraños sucesos que parecen estar sucediendo y que se concretan en lo que se adivina como una involución social y biológica del estatus actual de la vida en el planeta. 
"""La evolución se ha detenido", declara el presentador de alguna tertulia radiofónica. "De hecho, ¡podría estar en plena regresión!". Si resulta ser cierto que cada partícula de lo que pueda ver y no ver, que todo lo que esté vivo, y quizá no vivo también, está ajustando las velas, virando y poniendo rumbo a puerto, ¿qué significa? ¿Adónde nos dirigimos? De hecho, ¿es muy diferente del lugar al que nos dirigíamos en un primer instante? Quizá todas las criaturas de la creación, desde la polilla de la manzana hasta el elefante, no fueran más que un pensamiento con todo lujo de detalles en que Dios estaba absorto para elaborarlas, cuando de pronto Dios se quedó dormido. Por lo tanto, solo somos una idea. Incluso en posible que Dios haya decidido que somos una idea en la que ya no merezca la pena pensar más."
A pesar de su relativa comodidad en su entorno social, Cedar, conocedora de su origen, vive en una permanente crisis de identidad étnica, en un sentimiento de extravío vital, de desubicación, de búsqueda de identificación grupal. 

La visita a su familia biológica residente en una reserva india, una visita harto incómoda para todos los implicados, despierta en Cedar multitud de sentimientos encontrados: la pena por la pérdida del origen, pero también la ira hacia quien la abandonó negándole unas posibilidades  que, aunque no podían competir con las que disfrutó con su familia adoptiva, le pertenecían. La entrevista con su madre, en este aspecto, es reveladora: el anhelo de conocimiento que la ayude a recomponer su historia personal y a integrar sus raíces -un pasado que considera robado por culpa de quien la dio en adopción-, y la nómina de agravios contra su madre, la responsable de su desubicación, no tanto por cederla en adopción como por haber regresado y haberse hecho presente cuando ya no hacía ninguna falta. Pero allí conoce también a Eddy, la pareja de su madre, un tipo que también parece desplazado no tanto en el espacio como en el tiempo, que se presenta situado muy por encima del nivel intelectual y social medio de la reserva, y cuya falta total de empatía, paradójicamente, la conduce a hacerle más confidencias de lo que parecería aconsejable.
"Se me ocurre que quizá mi identidad, el momento en que nos encontramos en el tiempo, el fangoso río de la realidad, todo eso está envuelto en sombras."
Parece que el embarazo ha provocado en Cedar un cambio, no ya de objetivos vitales, sino incluso en su percepción de todo aquello que la rodea. Sin ningún tipo de injerencia exterior, se apercibe de que la vida acomodada de estilo occidental puede haber actuado como una pantalla que la ha aislado de la realidad -o que le ha permitido acceder solo a una parte, la que tiene que ver con su entorno-; una situación que se le hace evidente cuando regresa a sus orígenes.
"Algo está destruyendo el modo de vida que existía. Todo ha cambiado mientras yo no estaba mirando y lo ha hecho sin previo aviso."
Esta regresión personal parece tener un reflejo en la naturaleza: algunos indicios conducen a la conclusión de que el proceso evolutivo se ha detenido. Nadie es capaz de formular una hipótesis definitiva, y se ignoran tanto las razones como la dirección, si la hay, de esa involución, pero la humanidad parece abocada a la extinción en unas pocas generaciones después de un imparable proceso de degradación. De forma paralela, a medida que la humanidad va acercándose a su extinción, el feto que gesta Cedar sigue su desarrollo.
"Hacemos planes para quedarnos, huir, escondernos, vivir con normalidad. Decidimos mantenernos vigilantes y después discutimos sobre si la vigilancia es una estrategia [...]. El intenso tono dorado y anaranjado del sol es pura nostalgia. Un fulgor antiguo ya muda de piel sobre esta hermosa vida que compartimos. Me siento cada vez más apesadumbrada, varada en la silla del jardín. Todo lo que yo diga, todo lo que mis padres digan, el ocaso de las amistades, el sabor fuerte a limonada, el vino en el paladar, los graznidos de los pájaros adormilados y los chillidos de las ardillas lanzándose sin miedo desde lo alto de las ramas de los viejos arces y acacias de tres púas, todo esto se acaba. No habrá otro agosto en la Tierra, ninguno como este; no habrá esta clase de naturalidad o precisión. Los pájaros cambiarán, las ardillas se caerán, y ¿quién recordará cómo hacer vino?"
Tal vez el ser humano adoptó como nueva divinidad a la tecnología cuando la religión ya no abarcaba lo suficiente como para procurar respuestas a las nuevas preguntas; pero el día que la tecnología, como hicieron los dioses antiguos, traicione la confianza que el hombre ha depositado en ella, quizás este busque, con la mirada ávida, de nuevo a los viejos dioses, reabra los templos, vuelva a los olvidados rituales y edifique, sobre las cenizas de los circuitos colapsados una nueva doctrina religiosa que le alivie de la soledad de su cueva. 

En todo caso, la religión, sean las creencias elementales de los habitantes de las grutas o los sistemas complejos de las religiones institucionalizadas, es siempre una excusa para la dominación, la detentación del poder y la represión; y en un mundo en el que la ciencia ha dimitido y la tecnología ha colapsado, los dioses recuperan todos sus atributos para ponerlo, como siempre, al servicio del poder. Y si alguna fijación posee este diabólico tándem, tiene que ver, de forma invariable, con la capacidad de gestación, de alumbrar una nueva vida: no existe peligro mayor para esa coalición que el cuerpo de la mujer y que ese acto de libertad suprema que es la concepción.
"Nos quedamos abrazados mucho tiempo, en silencio, respirando sin más. Al cabo de un momento le pregunté quién estaba al mando. Phil dijo que Dios. Le dije que esa era la cosa más aterradora que había oído, y él me contestó: "Sí, yo también. Por eso compre los fusiles de combate Bushmaster"."
Parecería que si el fin del mundo, inevitable, ha sido enunciado en multitud de ocasiones por los autores canónicos de la literatura judeo-cristiana -e incluso se diría que es ansiado por los verdaderos creyentes, pues va a ser en ese hecho supremo, cuando se va a aplicar la esperada justicia divina-, ante cualquier atisbo de acercamiento, los detentadores del poder terrenal y del religioso, procuran situarse en una posición favorable a sus intereses seculares, y dejando al grueso de la población en un atormentado sálvese quien pueda sin normas ni reglas, y que se convierte, de este modo, en una de las razones de su propia extinción: gestionar la escasez, implementar milicias que defiendan su provecho y manipular la religión para que actúe, una vez más, como sistema represivo incuestionable y universal. La democracia se convirtió en tecnocracia, y esta en teocracia: de la Constitución al logaritmo, y de este, vuelta a la Biblia. La tecnocracia y la teocracia no son tan distintas, ambas se basan en la dominación ejercida por un grupo que posee acceso reservado a una información con la que puede ejercer el control total; o sí, puede que sean diferentes, pero esto no quita que se complementen a la perfección.
"Al contemplar la densa y sonora vegetación detrás de la casa durante el día, pienso en lo felices que Phil y yo podemos ser físicamente. Cuando eso sucede, cierro los ojos y escucho el rugido y parloteo del mundo que pasa a mi lado como un torrente. Nosotros también pasamos a toda prisa. El viento nos azota a su paso. Duramos tan poco. Somos un diente de león de un solo día. Una semilla que se desliza por el hielo. Somos una pluma que cae del ala de un pájaro. No sé por qué nos fue dado ser tan mortales y tan sensibles. Es una broma cruel y gloriosa."
El poder, omnívoro pero invisible, pone en marcha toda su capacidad de comunicación y propaganda, de las cuales el eufemismo es la viga maestra, y el establecimiento de una neo-lengua para nombrar viejos conceptos con su denominación antagónica: el control de la natalidad se encarga a una "Sociedad Protectora de los No nacidos"; la tortura para conseguir delaciones se administra en unos "seminarios de la verdad" de inspiración claramente hispano-inquisitorial.
"Las únicas personas que conocen la verdadera definición de tortura son aquellas que han sido torturadas, dice. Es inútil y resulta abominable pedir a los torturadores que definan ese acto. A no ser, por supuesto, que accedan a someterse a lo que definen, no tienen ninguna autoridad para hablar del tema. No hay título académico que valga. Ningún doctorado. Ninguna placa de abogado. Ningunos estudios. Ninguna referencia a precedentes o principios. Lo único que vale en la definición es el verbo hecho carne. El cuerpo tiene la última y única palabra."
Parece que la última esperanza para detener la involución es la implantación de una variedad de eugenesia consistente en conservar los pocos bebés que nacen sin alteraciones en su ADN -como semillas no modificadas genéticamente-, quitándolos a sus madres recién nacidos, combinarlos con muestras clínicas de gestación antiguas, supuestamente libres también de modificaciones, y reclutar mujeres fértiles para la gestación de nuevos individuos.

El sistema es una máquina bien engrasada, un contenedor sin fisuras, una muralla inexpugnable, de modo que la única esperanza para sobrevivir es contactar con los pocos y aislados disidentes -cuidando de no confundirse y meterse sin querer en la boca del lobo; la confianza es un bien escaso en las dictaduras, y la delación el mejor método para alejar la sospecha de uno mismo- y aprovechar la menor oportunidad para huir. La realidad tal como era conocida ya no existe; una parte de ella está formada por las propias vivencias, esas en las que uno se reconoce como sujeto y que aparenta estar regida por concretas dosis de libertad, aunque ya no pueda reconocerse o, tal vez, se trate solo de un espejismo o de un delirio porque va perdiendo prevalencia y materialidad, convirtiéndose en lo que parece un puro constructo mental. Porque por encima de esa realidad personal, privada, se impone la construida mediante el relato generado por el poder, omnipresente, incuestionable, el definitiva, Real. La supervivencia, ante esa situación, depende o de la sumisión total a esa realidad impuesta o de la capacidad de hacerlas compatibles en función de la situación, en decir, de la adaptabilidad.
"¿Y qué clase de ser soy en realidad? Primero descubro que soy realmente hija de mi padre, descendiente de un linaje que se remonta hasta Ricardo Corazón de León. Después, averiguo que mi herencia también está relacionada con un siniestro hombre azul que impregnó a mi abuela en un sueño. Y tú, con Phil de padre, un hombre que causó daño cuando intentaba no hacerlo, llevas dentro de ti la paciencia de los antepasados que trabajaron la piedra. A veces pienso en la bolsa de sorpresas con etiquetas y fotografías que rescaté de la planta de reciclaje, la fascinante colección de imágenes y palabras impresas. Sin quererlo ni hacer nada para ello, estoy creando un collage de ADN y sueños, todas esas palabras hechas carne, y lo hago incluso mientrad duermo."
Calificación: ****/*****

1 de marzo de 2019

Le Dossier M

Le Dossier M. Grégoire Bouillier. Flammarion, 2017
Le Dossier M. Livre 2. Grégoire Bouillier. Flammarion, 2018
El exceso hecho libro, esa seria la definición más ajustada de Le Dossier M, una obra informe, a pesar de su sistematismo formal, e inalcanzable sin ingentes dosis de paciencia, que responde al empeño de decirlo todo, un perequiano intento de agotamiento de un relato de por sí bastante exiguo.

El suicidio de un hombre llamado Julien carga en la conciencia del narrador un sentimiento de culpa por la sospecha de haber sido responsable de esa muerte. En el primer volumen, subtitulado Después y durante el amor, Grégoire intenta recomponer, acronológicamente, la historia que llevó al suicidio de Julien, centrándose en su relación con M, una crónica que empieza en la reunión que tuvieron años atrás, y detallando -hasta la extenuación- la serie de episodios -el Dossier M- que rodearon su relación con ella.

En el segundo volumen, Después y mucho antes, Bouillier sigue con el experimento formal acentuando el carácter trágico del suceso hasta llegar a una comicidad tan inconsecuente que se torna culpable. Para ello, abre el abanico de posibilidades perdidas y consecuencias nefastas de su relación con M, una vez terminada, que abarca desde la obsesión hasta la paranoia, pero también la confesión mediante la cual el personaje, que se había ganado la simpatía del lector en el volumen I, cae definitivamente en su consideración.

Simultáneamente a la aparición del segundo volumen, se desveló un website, Le Dossier M, que recoge material multimedia -de ahí su publicación como página web- suplementario a la trama.

Un texto, 1.800 páginas -que hará bien el lector en seguir con atención, aunque le embarullen las digresiones, le apabulle la erudición literaria pero también cinéfila, artística y, mon Dieu, deportiva, y se pierda por los innumerables vericuetos de la trama, y así podrá acceder a la sorpresa final ("Ah, ¿hay sorpresa?" "Sí, por supuesto, hay sorpresa, pero no vas a adivinarla")- más los extras citados, audaz y desafiante que requiere una amplitud de visión por parte del lector y, tal vez, una redefinición de aquello que siempre se había considerado literaturalizable. Una verdadera fiesta del libertinaje lector.

Calificación: *****/*****



Entrevista a Grégoire Bouillier a cargo de Cécile Dutheil para la revista en línea En attendant Nadeau de Madiapart con ocasión de la publicación de Le Dossier M. Livre 2

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro

25 de febrero de 2019

Contra el sueño profundo

Contra el sueño profundo. Peter Handke. Nórdica Libros, 2017
Traducción de Cecilia Dreymüller
"Espero de una obra literaria una novedad para mí, algo que, aunque solo escasamente, produzca un cambio en mí; algo que me vuelva consciente de una todavía no pensada, todavía no consciente posibilidad de la realidad; una nueva posibilidad de mirar, de hablar, de pensar, de existir. [...] Espero de la literatura que rompa todos los aparentemente definitivos conceptos del mundo."
Contra el sueño profundo (Das Ende des Flanierens, 1980) recoge una selección de ensayos de crítica sobre arte, literatura y política publicados originalmente entre los años 1966 y 2006, que perfilan la biografía intelectual de uno de los escritores en lengua alemana más influyentes del último medio siglo.

El volumen está compuesto por más de una veintena de "escritos ocasionales" en los que, evitando las escuelas predominantes, los razonamientos estereotipados, los conceptos prefabricados y las opiniones oficiales, Handke expone su visión particular acerca de personas relacionadas con la cultura en general, ofreciendo, a pecho descubierto y de la manera más lúcida, una idea muy concreta y personal del fenómeno cultural. 

La nómina de creadores incluye, además de los escritores, pintores y cineastas que componen una relación de personajes en los que bucear en busca de sus propios referentes, otros  personajes como Niki Lauda, el piloto de Fórmula 1, y Kurt Waldheim, Secretario General de la ONU y Presidente de Austria, en un artículo en el que muestra que el compromiso de Handke en el campo político es permanente, honesto e independiente, aunque demasiado a menudo malinterpretado debido a la intoxicación informativa de aquellos mismos a los que censura.

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Los avispones
Notas de Lectura de La noche del Moldava
Notas de Lectura de Ensayo sobre el lugar silencioso
Fe de Lectura de Los hermosos días de Aranjuez
Notas de Lectura de Una vez más para Tucidides
Fe de Lectura de Lento en la sombra
Notas de Lectura de La Gran Caída
Fe de Lectura de Handke y España

22 de febrero de 2019

Le grand sylvain

Le grand sylvain. Pierre Bergounioux. Éditions Verdier, 1993
Pierre Bergounioux rastrea en su infancia y, con la excusa de una resplandeciente afición a la entomología, intenta confeccionar un registro de pérdidas y ganancias que abarque desde los cinco años hasta la edad adulta para buscar aquellas experiencias que, aun cambiando de objeto, han permanecido inmutables, visibles o encubiertas, en el espíritu del escritor: la liberación de un escarabajo que el niño no sabe cómo matar porque su deseo es preservarlo -y la mejor forma para conservarlo es dejarlo libre, no exponer su cadáver en una colección entomológica-, y la forma en que vuelve ese mismo insecto después de cincuenta años en forma de Limenitis populi -la Ninfa mayor, el grand sylvain del título-, saldando la deuda que se contrajo el día que se decidió no pincharlo, y que aparece posado sobre el depósito de un automóvil, metáfora intemporal de la persecución, a lo largo de la vida, de todo aquello que perdimos.

Calificación: *****/*****

La capture. Geoffrey Lachassagne. La Huit, 2017
Hipnótica cinta en la que una cámara indiscreta persigue a Pierre Bergounioux a través de los campos de la meseta de Millevaches, incrustada en esa Corrèze, un territorio privilegiado inseparable de la obra del francés, en la captura de algunos insectos, una búsqueda que se realiza a través del paisaje pero también de la historia, de la literatura y de la memoria, de la misma forma que su propio proceso creativo, que no reproduce un mundo tanto como lo crea -con unas impagables imágenes de un Lucanus cervus, un ciervo volante, evolucionando sobre las hojas de la papel escritas con la minúscula caligrafía del autor, dos procesos de creación enfrentados y, sin embargo, vinculados-. Una caza que debe adaptarse a cada animal y a cada momento: a veces rápida, para superar la velocidad con que se mueven; a veces lenta, con la paciencia del pescador, en función de las circunstancias, esperando la oportunidad; de ese modo, la entomología no es tan diferente de la misma escritura, que también debe buscar su cadencia para atrapar el instante preciso y trasladarlo al papel con la agilidad adecuada; concebida así, la literatura no sería únicamente una búsqueda sino también una espera.

Fragmento de la película en el que Bergounioux reflexiona sobre el sentido de culpabilidad de la captura de insectos.

L'enfance, les fondations. Entrevista radiofónica con Pierrer Bergounioux por parte de  Marie Richeux, perteneciente al programa Pas la peine de crier, France Culture


Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de El río de las edades
Notas de Lectura de La huella
Notas de Lectura de Un poco de azul en el paisaje
Notas de Lectura de Una habitación en Holanda

18 de febrero de 2019

Manuscritos de guerra

Manuscritos de guerra. Julien Gracq. Editorial Días Contados, 2018
Traducción de Anne-Hélène Suárez
Manuscritos de guerra, cuya edición por Días Contados sigue la edición francesa de 2011, es la recopilación de dos textos, fechados originalmente en 1942: Recuerdos de guerra (Souvenirs de guerre), que recoge las experiencias de la participación de Gracq en la IIGM, escritos de forma inmediata, contenidos en un cuaderno que firmó con su propio nombre, Louis Poirier, y cuya publicación descartó el propio autor; registrado en forma de Diario, abarca el período entre el 10 de mayo y el 3 de junio de 1940, en plena ofensiva alemana sobre Holanda y Bélgica y, finalmente, el noreste de Francia; y el cuaderno titulado Relato (Récit), firmado ya con su nom de plume, en el que elabora el contenido del primero bajo la forma literaria de relato. Ambos escritos fueron el germen de una de sus novelas mayores, Los ojos del bosque (Un balcon en fôret, 1958), escrita veinte años después.
"Navegamos a través de las brumas. Ni idea del rumbo. Formas mudas de barrotes oscuros -diques-, increíble dédalo de caminos."
Recuerdos de guerra relata el vagabundeo sin propósito de Poirier, al mando de un pequeño batallón, en la retaguardia del frente sin ningún cometido concreto, sin órdenes directas -o con órdenes contradictorias, cuando las hay- de participación. Desvelan, más que ningún tipo de interés de índole militarista, la preocupación por la vida cotidiana de un ejército ínfimo que no puede resolver por sí solo ninguna incidencia de carácter bélico, y ofrecen la sensación de que el Alto Mando o no sabe que existe o ignora qué hacer con él.
"Pasamos entre los altos muros de fábricas ciegas por calles completamente desiertas. Parece ser que los civiles llevan ocho días viviendo en los sótanos. Una visión de De Chirico exacerbada por el eco sordo y desconcertante de las bombas, que siempre dan la sensación de caer lejos y de jugar al escondite con nosotros. Continuos aullidos de sirenas. Al fondo de las calles distantes flota una bruma gris de final de un incendio. Esas bombas lejanas y el misterioso adormecimiento resultan extraños, como golpes torpes a la puerta del castillo de la Bella Durmiente del Bosque."
Poirier exhibe un tono escasamente beligerante, con descripciones de actitudes en realidad  poco marciales y que se detienen en los detalles rurales, del paisaje y de las gentes, como si los elementos relativos a la guerra no fueran con él, como si las batallas formaran parte de unos hechos que suceden muy lejos del lugar donde se encuentra su batallón, o en otro tiempo, y las pocas noticias que llegan del frente no fueran sino improbables leyendas que nadie se cree.
"Thielt -rica ciudad flamenca- es un hervidero de civiles y uniformes. Tiendas bastante lujosas; terrazas de cafés repletas, donde la vida civil vuelva a animarse. Los uniformes belgas deambulan ociosos por las aceras. Va instalándose la paz, ya tentadora, aún bajo las bombas. Diríase un gran centro de desmovilización. Atravesamos el tímido Edén mirándolo con envidia e ira. Todo nos expulsa, se aleja, se separa. En las aceras, los civiles se nos cruzan sin el menor reparo, apartando nuestra mísera columna silenciosa. ¡Vamos, fuera! Vencidos, estorbos, malos recuerdos. ¡Ah, ojalá lleguemos pronto a Francia, no importa lo que nos espere!"
Sin haber disparado ni un solo tiro ni haber sufrido ninguna baja -excepto la pérdida de un Mercedes Benz requisado y el dedo de un oficial- y ante el empuje de los alemanes cruzando sin apenas resistencia los Países Bajos, se les ordena regresar a Francia, donde la situación no es nada halagüeña, con la excusa de apoyar al ejército francés del interior, aunque Poirier y la mayoría de sus hombres saben a ciencia cierta que se trata de una inconfesable retirada.

Recuerdos de guerra contiene un episodio central, que resume a la perfección el desafecto de los soldados comandados por Poirier, relatado en las entradas correspondientes a los días 23 y 24 de mayo, cuando se encuentran ya de regreso en territorio francés, en el que destacan la ignorancia premeditada del curso de la guerra, la insubordinación de los soldados y parte de los suboficiales, las deserciones, todo ello enmarcado en un ambiente de desánimo general, de órdenes, contraórdenes y ausencia de órdenes, de resistencia pasiva ante la ofensiva del enemigo y, sobrevolando el campo de batalla, la certeza de la inutilidad de la guerra.
"Por mucho que me resista, en el fondo me doy cuenta de hasta qué punto, en pocos minutos y sin contacto directo, el enemigo ha establecido su brutal ascendiente sobre nosotros, y hasta qué punto, ahora, nos sentimos sobrepasados. Los haces de gruesas balas, la inmediata reacción de esa ráfaga de obuses contra el fusil antitanque, esa pirotecnia antiaérea... no necesitamos más para saber, en lo más íntimo de nosotros mismos, que el menor capirotazo de nuestra parte provocará instantáneamente un violento puñetazo del contrario."
La duda pone en cuestión la solidez del grupo, y cuando esto sucede la amalgama que mantenía la cohesión se volatiliza y cada hombre enfrenta su destino a solas; y la guerra, la de verdad, no está hecha para los héroes solitarios sino para los rebaños de animales camino del matadero cuya única esperanza es que los matarifes hayan abandonado su puesto de trabajo. 
"En camino, a la sombra de los árboles. Qué curiosa aventura. Qué joven me siento, vacío, ligero, despreocupado, qué bien respiro en esta noche cómplice y fresca, en la oquedad de lo imprevisible, como llevado por el agua. Mediocre, trivial y limitada en el tiempo, no deja de ser la aventura... y una de las sensaciones más embriagadoras de mi vida. Toda una noche de aventura."
La pérdida de ese espíritu de grupo afecta, sin duda, a la capacidad bélica de los soldados, pero también a su relación personal en la retaguardia, cuando la existencia de un supuesto enemigo parece un invento de los mandos, es decir, cuando puede olvidarse de que se es un soldado inmerso en una guerra terrible. Soledad, egoísmo, incluso una profunda misantropía, se adueñan de los reclutas que, en algunas ocasiones, preferirían caer prisioneros de los alemanes que tener que seguir soportando a sus compañeros.
"Todo es falso, y cada uno lo sabe, todo es simulacro, y cada uno hace "como si tal". Imita los gestos, las órdenes de lo que decentemente hay que hacer, según la tradición, en una "defensa heroica". Da la orden de hacerse matar in situ, de ejecutar alguna misión imposible (casi todas lo son a estas alturas) con la misma exaltación con que firmaría papeles en su oficina del cuartel. Después, cuando todos los gestos de "la defensa heroica" hayan sido llevados a cabo siguiendo el orden más académico, se rendirá dócilmente a los alemanes en Dunkerque. ¿Estoy calumniando? Vamos, es tan cierto que, para no olvidar nada, se comienza, con indecente prisa, por aquellos gestos que resultan más falsos, más inútiles, más convencionales (como quemar la bandera con ceremonia), pero al menos "lucen" y se señalan. Es el mismo malestar horrible que provocaría una misa dicha por un sacerdote ateo."
El enemigo se adivina, se oyen los que se suponen sus disparos y son una amenaza permanente pero, con frecuencia, la tropa de Poirier parece instalada en la fortaleza del desierto de los tártaros; como consecuencia, la atención se convierte en distracción, la predisposición en pereza, el convencimiento en escepticismo, el ánimo en desaliento. La tropa parece poseída por una inexplicable predisposición para evitar al enemigo, así como este, empeñado en una guerra que se diría ajena, parece ignorar al pequeño ejército al mando de Poirier. Aunque la batalla tan esperada como temida no tiene lugar, la impresión de que han sido vencidos aparece mucho antes de que la guerra finalice.
"Lo que sorprende en todas estas acciones es su total incoherencia. Al menos desde el rincón donde estamos. Esos alemanes que pasan, contra quienes abrimos un fuego infernal y que no responden ni con un disparo. Después, nada. Luego esa atención repentina del cañón antitanque. Después nos olvidan, nos abandonan, como el haz ciego de un proyector que se desplaza a bandazos por una extensión de campo."
Relato, el otro texto incluido en el volumen, consiste en la reelaboración literaria de los hechos ocurridos entre el 23 y el 24 de mayo, el episodio central de Recuerdos de guerra. El cronista en primera persona se convierte en omnisciente, el tiempo pasa de presente a pasado, el narrador se aleja del escenario pero desarrolla, en cambio, una cercanía con los protagonistas más estrecha y cómplice de la que consiguió Poirier en su diario, resultando, a la postre, más verosímil que este, aun cuando adopte un camino, el del relato literario, más artificioso. Aparte de su valor literario intrínseco como obra aislada, este Relato muestra el proceso de manipulación que Gracq aplica a unos materiales reales hasta convertirlos, formalmente, en una obra de ficción, constituyendo una impúdica mirada a través del ojo de la cerradura para ver al científico loco en su creación de un monstruo a partir de retazos de otro ser vivo.

Gracias a la omnisciencia del narrador, llegamos a adentrarnos más en la conciencia del teniente G -el trasunto literario del autor- de lo que el propio Poirier nos permitió en su diario. Una de las razones de esta paradoja puede que sea el hecho de que en Recuerdos de guerra el papel del narrador es tan omnipresente -ya que escribe sobre sí mismo- que, en realidad, se nos ofrecen dos escenarios independientes aunque relacionados: lo que piensa -lo que escribe que piensa- y lo que sucede a su alrededor -lo que escribe que sucede-, y aunque ambos hechos ocurran de forma simultáneas no conforman sino dos realidades paralelas; en Relato, en cambio, al extraer al narrador del escenario, lo que piensa el teniente G -lo que dice el narrador que piensa- si sitúa en el mismo plano que lo que sucede -lo que dice el narrador que sucede-, colocando ambos escenarios al mismo nivel y, además, provocando que se produzca un solapamiento de verosimilitudes que apoya la autenticidad del conjunto, pues una y otra se apoyan mutuamente.
"G había pasado los meses de esa drôle de guerre como todos, forjándose, sin atreverse a decirlo, un mundo en el cual la guerra pudiera  (con suerte, ¿quién lo sabía?) continuar de manera indefinida -ahora que las perspectivas se habían ensombrecido notablemente, procuraba meterse en un pequeño mundo de recambio, más estrecho, menos confortable: el mundo en el que ahora cualquier cosa podía ocurrir."
Uno de los efectos de ese cambio de narrador es el alejamiento del punto de vista -yo pasa a ser él- y la obertura del ángulo de visión, excesivamente centrado en Poirier en Recuerdos de guerra y ofreciendo una visión más general en el Relato. Sin embargo, Gracq juega con una paradoja que consiste, al contrario de lo que parecería evidente, en dotar al narrador de una visión aún más crítica hasta llegar al sarcasmo, de la aventura bélica en general y del personaje de G que, además, no puede defenderse de la censura del narrador.
"Una cosa era tomar contacto por primera vez con los alemanes el 10 de mayo, hacia Saint-Trond o hacia Bastogne, espoleado por las aclamaciones belgas, y otra muy distinta era avanzar al paso parsimonioso de la infantería, el 24 de mayo, debajo de Dunkerque, a cinco kilómetros delante del mar, sin aviones, sin pan, sin generales, sin esperanza en el corazón y sin hurras franceses, esa vez de ningún tipo (más bien al contrario: el teniente G recordaba la parada en la estación de Menen, y el ademán de cabeza delante del tren militar de los refugiados que regresaban del Somme ya cortado: "No pueden ustedes hacer nada, son demasiado fuertes", y los hombres, en los vagones, escuchaban, mudos y hoscos, y no contestaban: no había nada que contestar, más que aferrarse en medio del frío oscuro a lo que pudiera quedar del valor imbécil abandonado por todo), ante la apisonadora cuyos engranajes nada trababa, y que veinticinco años después de haber producido risa, se había propuesto aplastar, esta vez a buen ritmo de galope de carrera y con auténticas ganas, el asfalto impregnado de sudor de las carreteras nacionales."
A pesar de que Gracq tiene pocas esperanzas de doblegar a un enemigo que supone más fuerte y mejor preparado, el deseo casi pronunciado de caer prisionero -y, por tanto, no morir en el campo de batalla- parece prestarle cierta esperanza. En Relato, esa esperanza se ha evaporado, el tono es mucho más pesimista -el autor, a diferencia de cuando escribió Recuerdos de guerra, sabía más que aquel y, por añadidura, conocía el resultado de la campaña- y la visión de la guerra como un suceso sin sentido mucho más acentuada.
"Una vez en la carretera, pues ya era hora, cada cual hacía por su lado sus pequeños arreglos personales, trataba de inyectar un poco de desinfectante en aquellos profundos armarios suyos en los que no se atrevía demasiado a mirar. Para el teniente G, era más bien el cinismo: había momentos en que lograba tomarse el asunto casi con alegría. Había un lado jubiloso y necio en esa catástrofe, no cabía duda, donde el corazón flotaba y acababa distendiéndose en algo que se parecía bastante a la risa del idiota."
El narrador interpreta la pura relación de hechos que Poirier enunciaba, pone en correspondencia esos hechos con sus antecedentes y, dotado de una omnisciencia fuera del alcance de este, elabora los sucesos hasta el punto de procurarles un contenido literario del que el diario, por las limitaciones inherentes al género, carecía.
"El teniente G estaba realmente pasando por un mal momento. Se sentía la cabeza como violentamente atenazada, y todo el resto del cuerpo hueco y blando, fláccido, súbitamente vacío de todo influjo nervioso: un acumulador que de repente había quedado descargado. Habría querido dormir, aunque solo hubiera sido un cuarto de hora, dejar atrás esas jetas que rezumaban catástrofe, dejar atrás esa charca, ese sotobosque de foso de lobos donde le parecía haber caído como al fondo de una trampa. Se maldecía con amargura."
La edición de ambos textos viene precedida por un prólogo de Félix de Azúa, titulado con acierto El geógrafo, en el que pone en consideración la inusual calidad de la obra del francés, lamenta su poca vigencia en este iletrado siglo nuestro y remarca su relación con la verdad.

Calificación: Hors catégorie

15 de febrero de 2019

L'autofictif ultracondifentiel

L'autofictif ultraconfidentiel. Journal 2007-2017. Éric Chevillard. L'Arbre Vengeur, 2018
Éric Chevillard, un sorprendente y prolífico autor que cuenta entre su producción con obras difícilmente clasificables, se impuso en 2007 redactar, a diario, tres pequeños textos de temática variada -aforismos, ocurrencias, reflexiones y comentarios no forzosamente literarios en ningún caso, aunque casi siempre con suficientes dosis de ironía-, sin ninguna restricción ni de formato ni de materia, y publicarlos en un blog, L'autofictif, a la vez homenaje y caricatura de esa rama de la literatura que bautizó Serge Doubrovsky en 1977, con la pretensión de que constituyeran una autobiografía sin datos del autor pero que permitiera seguir los bandazos de la conciencia del escritor sin ninguna cortapisa. Posteriormente, y también mediante entregas anuales, fue publicando esos fragmentos en un libro -y borrando las entradas en el blog- bajo el supuesto que su lectura continuada procuraba una experiencia de orden distinto a la de la lectura diaria y en la pantalla. Coincidiendo con el décimo aniversario del blog, la insólita -tal para cual- editorial de L'Arbre Vengeur, que ya publicó los volúmenes anuales, recogió en este solo volumen los de los nueve años precedentes más el 2017, inédito, en este mamotreto de 1.209 páginas -que no es obligatorio leer de cabo a rabo- especialmente indicado para estómagos lectores fuertes, gourmets obelixianos y para todos aquellos que estamos convencidos de que la buena literatura no debe ser forzosamente circunspecta. 

Calificación: Hors catégorie

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Caer
Notas de Lectura de Zarza-Rosa

11 de febrero de 2019

El orden del día

El orden del día. Éric Vuillard. Tusquets Editores, 2018
Traducción de Javier Albiñana
"Las mayores catástrofes se anuncian a menudo paso a paso."
El 20 de febrero de 1933, mientras el mundo y sus habitantes siguen sumidos en la rutina que da sentido a sus vidas y se lo quita a sus conciencias, tiene lugar una reunión en el Reichstag entre veinticuatro de los más relevantes empresarios y financieros alemanes y el canciller de la república; pero esa reunión implica a mucho más que a veinticuatro personas de carne y hueso. 
"Pero para comprender mejor lo que representa la reunión del 20 de febrero, para captar hasta qué punto es eterna su esencia, en lo sucesivo deberemos llamar a esos hombres por su nombre [...]. Y así, los veinticuatro no se llaman ni Schnitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Fink, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve a creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. Con esos nombres sí los conocemos. Es más, los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno."
La colaboración activa de la gran industria y del capital se suma a la contribución pasiva de las grandes potencias, para quienes centroeuropa es más una molestia que un territorio que debe resguardarse. Los primeros por acción y las segundas por omisión son responsables en igual medida de los sucesos posteriores que tuvieron lugar en ese escenario y que ocasionaron la peor crisis humanitaria del siglo XX.
"Bayer utilizó mano de obra procedente de Mauthausen. BMW reclutaba en Dachau, en Papenburg, en Sachsenhausen, en Natzweiler-Struthof y en Buchenwald. Daimler en Schirmeck. IG Farben en Dora-Mittelbau, en Gröss-Rosen, en Sachsenhausen, en Buchenwald, en Ravesbrück, en Dachau, en Mauthausen, y explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura con ese nombre en el organigrama de la firma. Agfa reclutaba en Dachau. Shell en Neuengamme. Schneider en Buchenwald. Telefunken en Gross-Rosen y Siemens en Buchenwald, en Gross-Rosen y en Auschwitz."
El narrador de El orden del día (L'ordre du jour, 2017, Premio Goncourt del mismo año) especula con el poder recreador de la literatura para, acto seguido, denunciar a esa jurisdicción para centrarse en los hechos. En los hechos que conforman una novela, claro; es decir, para reunir unos incidentes falsos con los que construir un relato de ficción que puede ajustarse a la realidad en la misma medida que puede alejarse de la verdad.
"Se abruma a la Historia, se pretende que esta obliga a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No veremos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha de café. Tan solo nos mostrarán el perfil amable de los acontecimientos."
Una vez declarada esa intención, Vuillard desestima los lugares comunes de toda narración bélica y articula el relato en torno a las reuniones que tuvieron lugar justo antes del comienza de la contienda, intentando buscar en ellas las razones que desembocaron en la IIGM: la de los industriales con Hitler; de Halifax, futuro Secretario de Estado para la Guerra de Inglaterra, y Goering, Teniente General de las SA; de Schuschnigg, canciller austriaco, y Adolf Hitler; del mismo Schuschnigg con Seyss-Inquart, Ministro del Interior de Austria impuesto por Hitler; de Chamberlain, Primer Ministro del Gobierno de Su Majestad y Ribbentrop, Embajador oficiosos del Reich en Londres y su inquilino en la capital británica.
"Es curioso cómo, hasta el final, los tiranos más convencidos respetan vagamente las formas, como si quisieran dar la impresión de que no se saltan por las buenas los trámites administrativos mientras transitan abiertamente por encima de todas las normas. Se diría que el poder no les basta, y que experimentan un placer suplementario obligando a sus enemigos a cumplir, por última vez, los rituales del poder que ellos mismos están dinamitando."
Como sucede en aquellas fotografías cuyo reencuadre, al eliminar las imágenes del entorno en función del cual fueron disparadas y que otorgaban un sentido particular a la composición, cambia en su totalidad la imagen del sujeto retratado -por más que esta no haya sufrido modificación alguna-, Vuillard prescinde conscientemente del gran encuadre de la crisis europea de la década de 1930 y, al recortar ese fondo, al aislar al personaje de su entorno -en definitiva, una supresión de parte de la verdad-, ofrece una nueva imagen de este, un paso al primer plano, un relevo en el protagonismo que puede llegar a cambiar nuestra percepción con respecto a aquel.

Esta supresión del entorno resta, a la fuerza, volumen al relato, que se ve incapacitado para apoyarse en los antecedentes, entretenerse en las digresiones y extraviarse en las consecuencias, y le obliga a centrarse en su objetivo, obviar la especulación -o limitarla a los hechos pertinentes- y, mediante un proceso de poda riguroso y preciso, eliminar todo lo superfluo, extraer toda la literatura de la Literatura, y centrarse en el núcleo de sus intenciones.
"Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera tanto no volver a caer, que se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves."
Impresionante intento de síntesis, plenamente logrado.

Calificación: *****/*****

8 de febrero de 2019

El sacerdote ateo


Hoy me he enterado del fallecimiento a los ochenta y siete años de Rafa Juncadella, creador, a finales del siglo pasado, de la Xarxa d’Intercanvi de Coneixements en el Centre Cívic Ton i Guida del barrio de Roquetes, en Nou Barris, en Barcelona, tras media vida de servicio a los demás. 

Yo conocí a Rafa Juncadella en su otra media vida, allá por 1975, en sus últimos años como sacerdote salesiano, porque fue mi profesor de religión, tutor de clase y una de las personas a las que debo el rasgo intelectual del que estoy más satisfecho: el escepticismo.

En el verano de 1974, a mis quince años, camuflado en un expositor vertical de la colección Libro de Bolsillo de Alianza de la Papereria Roger de mi pueblo, vi un libro que me llamó la atención; se llamaba El Anticristo y su autor era un desconocido Friedrich Nietzsche. Sea porque en mi casa, gracias a mi abuelo, un anticlerical militante, se respiraba cierto ambiente antirreligioso, o porque, por la razón que sea, ya se estaba gestando en mi interior la rebelión anticristiana -el hecho de ser durante siete años alumno de una escuela religiosa seguro que tenía algo que ver-, compré el libro y lo leí de un tirón -escribiendo numerosas anotaciones en los márgenes; aún conservo el ejemplar-, y me di cuenta de que ese tal Nietzsche ponía en palabras algunas de las ideas que me llevaban rondando por la cabeza desde hacía unos años. Por supuesto, hice acopio de todos los títulos del autor que pude conseguir -algunos me interesaron mucho, como Así habló Zaratustra; otros más bien poco, como El nacimiento de la tragedia; con los más, La gaya ciencia, por ejemplo, no entendí nada- y así pasé el verano más antirreligioso de mi vida.

Rafa Juncadella, es decir, el Padre Juncadella, ya estaba en la escuela antes de mi sexto de Bachillerato -plan antiguo, Bachillerato Elemental, Bachillerato Superior, reválidas, COU, etc.; los que superáis los cincuenta y muchos sabéis de qué os estoy hablando-, pero en ese curso le tocó ser tutor de mi clase, sexto A, y profesor de religión. Envalentonado por mi descubrimiento -¡ay, qué osada es la ignorancia!-, el primer día de clase me reuní con él en su despacho, un cuchitril impresentable en el que para cerrar la puerta había que mover las sillas, y le expuse que no estaba dispuesto a cursar la asignatura de religión. Me dijo que, a pesar de ser una asignatura obligatoria, estaba dispuesto a satisfacer mi petición siempre y cuando se la justificara; le expliqué mi camino veraniego a Damasco -oportunamente antisaulista- y, con más osadía que razonamiento, puse a parir a la Historia Sagrada, a la Biblia, a los profetas y a los apóstoles, descalifiqué a la Iglesia Católica -de la cual formaba parte el Colegio Salesiano San Antonio de Padua de Mataró, del que yo era alumno y él profesor- y reprobé la Doctrina Eclesiástica y a toda la jerarquía. Fue casi una hora de entrevista, en la que él solo intervino para pedirme alguna aclaración -no me hizo ningún reproche ni ninguna rectificación- y, con toda seguridad, el mejor discurso que he podido dar en mi vida. Lo curioso fue que, al término de la entrevista, se me quedó mirando en silencio unos instantes -que a mí me parecieron siglos-, silencio que rompió cuando me dijo que estaba de acuerdo, que no hacía falta que cursara religión, que más valía un escéptico convencido que un católico borreguil; tenía que acudir a las clases, por supuesto, y estar atento a lo que allí se decía, pero no me examinaría de sus contenidos sino de los de una lista de libros que debía leer y comentar por escrito, entre los que se incluían el propio Anticristo, las Confesiones de San Agustín, el Cándido de Voltaire, las Cartas de San Pablo, Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, fragmentos de Hume, Berkeley y Kierkegaard que él mismo me facilitó, ciclostilados, y, entre algún otro que no recuerdo, una antología de los Ensayos de Montaigne -también de su propiedad-, el libro que, desde entonces, ha forjado, página a página, mi posicionamiento intelectual y no solo con respecto a la religión. Este pacto, por supuesto, era secreto: ni mis compañeros ni mis profesores podían saber nada, un secreto que guardé hasta final de curso y que es la primera vez que revelo en público. Ah, por cierto, mi nota en la asignatura de “Religión” de ese curso fue un Notable; así consta en la certificación de mi Libro de Calificación Escolar, firmada, por cierto, por un tal R. Juncadella.

Aparte de esta cuestión personal, cuya resolución ha permanecido en mi recuerdo como uno de los instantes fundamentales de mi vida, a él se debió que los alumnos de 6º pudiéramos ir sin bata; que se habilitara un local, en el bar del centro, para poder fumar en el recreo del mediodía, y que la asistencia a la misa semanal fuera voluntaria -por supuesto, yo no pisé la iglesia en todo el curso-. Pero ya por entonces, su idea del compromiso social pasó muy por delante de su compromiso con la comunidad salesiana; fue fundador del grupo Verderol, el germen de la posterior Coral Primavera per la Pau que lideró Genís Mayolas; a él se debió la creación, en locales de la escuela, de un Centro Juvenil Salesiano formado por alumnos de la escuela y por muchachos del barrio de Cerdanyola, un extrarradio de Mataró en el que, paradójicamente, se ubica el colegio, un gheto degradado por la delincuencia y las drogas ya en aquel entonces; la apertura de los patios de la escuela, que incluían campos de fútbol, basquet, hockey y balonmano reglamentarios, además de jardines y espacios de ocio los fines de semana para que los chavales del barrio pudieran jugar; y la creación de un precedente del Banco de los Alimentos, que debíamos sufragar los alumnos -ese era un colegio privado, una escuela para élites económicas y sociales, en el que nos colamos algunos que no cumplíamos ninguno de esos requerimientos- a beneficio de las familias más desfavorecidas del barrio de  Cerdanyola, todo ello en franca confrontación con la Dirección de la escuela y, me temo, con la jerarquía salesiana.

Poco después de terminar el Bachillerato, me enteré de que Rafa había colgado los hábitos, aunque en mi interior siempre he pensado que, para bien de mucha gente además de para el suyo propio, “se los colgaron”. Y no albergo ninguna duda de que Rafa, el Padre Juncadella, hizo mucho más por la comunidad desde su puesto en Nou Barris que diciendo misa domingo tras domingo.


Sit tibi terra levis

El diario de un hombre decepcionado

El diario de un hombre decepcionado. W. N. P. Barbellion. Alba Editorial, 2003
Traducción de Carmen Francí
"4 de marzo de 1915. La personalidad de cada hombre es un tesoro inagotable. Podría dedicarse a hurgar en ella toda la eternidad, si ese fuera su gusto y hallara placer en la introspección. Me gusta ponerme bajo el microscopio y, con todo el distanciamiento de que soy capaz, contemplarme vivir, anotar observaciones sobre lo que digo, siento, pienso. A falta de otros, soy mi espectador: ¡crítico, exigente, vigilante, indulgente! Mi propio Boswell, astuto y bobo a un tiempo. Este espectador que me observa, me parece a mí, debe ser un caballero de elevada moral y eminentemente superior. Sus atenciones incesantes, mientras yo sigo comportándome mal, me conducen algunas veces a algún estado de amargo malhumor, como le sucedía al doctor Johnson. No soporto que me sigan tan de cerca y hablen así de mí. Sin embargo, en conjunto -igual que le pasaba al viejo Samuel-, me gusta que describan con detalle todo lo que hago. Me halaga saber que por lo menos una persona se interesa constantemente por lo que hago."
Bruce Frederick Cummings, el nombre real del que W. N. P. Barbellion es seudónimo de pluma, escribió a lo largo de su vida un Diario que fue recogido en tres volúmenes: este Diario de un hombre decepcionado (The Journal of a Disappointed Man, 1919) fue el primero en publicarse, aún en vida del autor, y recoge la mayor parte de su obra memorialística; con posterioridad a su muerte, Enjoying Life and Other Literary Remains y el breve A Last Diary completan su producción literaria. 

"11 de junio de 1916. Lanzo estas páginas al rostro de las personas timoratas, furtivas y respetables y exclamo: "¡Aquí estoy! ¡Este soy yo! Os parecerá bien o mal, pero así son las cosas. Y os desafío a seguir mi ejemplo, a enfocar el reflector de vuestra conciencia en cada remoto rincón de vuestra vida, os invito a todos a la introspección. Sed francos, sinceros, tirad los tabiques de vuestro cubículo, salid de la madriguera, gusanos." Si somos gusanos, al menos seamos gusanos sinceros."
El diario de un hombre decepcionado comienza como un registro de notas de excursiones a la naturaleza y de la localización, búsqueda, observación y experimentación con diversos animales; el mismo autor, naturalista vocacional y relacionado profesionalmente con esta faceta a lo largo de su vida, lo califica como "diario de las observaciones de un naturalista"; sin embargo, ya en edad muy temprana, especula acerca de temas existenciales poco  comunes, entradas en las que parece emerger, por debajo de su vocación por la naturaleza, un intelecto humanístico de primer orden.
"15 de enero de 1905. Me parece que, en conjunto, soy un individuo muy descontento. Padezco ataques de lo que yo llamo la manía del "¿qué sentido tiene?". No paro de preguntármelo hasta que la pregunta me agota: "¿Qué sentido tiene ir al campo ha hacer de naturalista? ¿Qué sentido tiene estudiar tanto? ¿Adónde lleva todo esto? ¿Lleva a algún sitio?""
Esa mirada enfocada al exterior se redirige, de forma progresiva a medida que aumenta su edad, hacia el interior de sí mismo, también en función de las limitaciones que le impone la vida adulta y comienzan a ensombrecerse las ilusiones infantiles. 
"10 de enero de 1910. Mejor, pero todavía muy pachucho: un animal pálido: un gorgojo en una nuez. Tengo el corazón delicado y un sistema nervioso débil; no tengo dinero para seguir estudiando; odio el trabajo periodístico, especialmente el que carece de ingenio; y, por último, pero no menos importante, están las mujeres. Todas estas preocupaciones combaten por mi cuerpo como los chacales por la carroña. Y, sin embargo, lo único que me interesa es la zoología. ¿Por qué no querrá la vida dejarme en paz?"
Cuando es consciente por primera vez de los condicionantes económicos familiares y de los inconvenientes que representa su frágil salud, sus preguntas cambian de terreno y, aunque su interés por las ciencias naturales permanece intacto, sus reflexiones elevan el tono y se convierten en cuestiones más de supervivencia que científicas. 
"26 de septiembre de 1914. Mi vida ha sido una lucha continua contra la mala salud y la ambición, y no he conseguido dominar ninguna de las dos. Intento decirme que esta maldita mala salud no afectará a mi carrera. Azoto mi voluntad con la esperanza de ganar al final. Sin embargo, en el fondo sé que es muy improbable que viva lo suficiente para realizarme. Durante mucho tiempo no he tenido otra esperanza que convencer a los demás de lo que podría haber hecho de haber vivido lo suficiente. Eso ya sería algo. Pero ni siquiera tengo mucho tiempo para eso. Jamás he vivido con sensación de seguridad. Nunca me he sentido instalado permanentemente en esta vida, no soy más que un difuso sustituto, un espectro, un festón de niebla que desaparecerá en cualquier momento."
La alegría y la esperanza infantiles se ven sustituidas por un escepticismo adulto y por la formulación, por primera vez, de preguntas sin respuesta. De este modo, el diario del naturalista acaba convertido en un diario personal -el diario literario propiamente dicho- en el que el sujeto observado es el propio escritor.
"16 de marzo de 1911. Nadie entenderá nunca si no lo ha vivido que una criatura tremendamente tímida como yo, llevada a consumirse, se convierta en el más infeliz de los hombres. He llegado a odiarme a mí mismo: mi carácter minucioso, hipersensible, morboso, dedicado siempre a pensar, hablar, escribir sobre mí ¡como si el mundo exterior no existiera! Soy un anillo dentro de otro, círculos concéntricos y con intersecciones, un laberinto, un lío: observo si me comporto bien o mal, reflexiono sobre la impresión que causo a los demás o lo que piensan de mí."
A medida que Cummings va profundizando más en sí mismo se le revela la paradoja del egotista: la focalización de la mirada sobre uno mismo, la conversión del discurso hacia un amable solipsismo y la combinación de ambos con la percepción de la poca consideración personal, de la valoración sincera de las propias capacidades y de las taras físicas y psíquicas llevan al diarista a una contradicción que le provoca, al final de sus razonamientos, una valoración negativa que, en el caso de Cummings, deviene en una verdadera, solemne y sincera confesión.
"14 de julio de 1912. La mayoría de la gente, cuando se pone enferma y va a morir, se consuela un poco pensando en la notoriedad que obtendrá con su misma muerte [...]. Pero por nada del mundo puedo encontrar el menor atractivo en mi muerte inmediata: el discreto fallecimiento en una cama de huéspedes de West Kensington de un entomólogo rencoroso, decepcionado, morboso y prepotente. ¡Qué tragedia tan insignificante! Resulta duro no ser nadie, ni siquiera llegada la muerte [...]. Sea cual sea la desgracia que me ocurra, espero firmemente ser capaz de hacerle frente sin flaquear. No temo a la mala salud en sí misma, pero temo su posible efecto en mi cerebro y en mi carácter... ya estoy cambiando poco a poco. Por ejemplo, siento ya por mí una lástima quejumbrosa."
En contraste con el tono triste y pesimista de las entradas del diario en las que se refiere a sí mismo -excepto en aquellas en las que la zoología o el amor acuden al rescate-, en su vida social Cummings despliega una agradable simpatía y un perspicaz ingenio; es un hombre cultivado, a pesar de carecer de la titulación académica que le facultaría para ejercer su vocación, y extremadamente inteligente; en realidad, son estos destellos -y la gravedad fehaciente de su enfermedad- los que descartan la hipocondría en las referencias a su salud y  dotan al texto de una incuestionable verosimilitud en lo que respecta a su autorretrato.
"29 de mayo de 1913. Quizá, por primera vez en mi vida, he olvidado mis miserables ambiciones, he olvidado a los que triunfan, a los oportunistas, a los soberbios, a los altaneros, a los misericordiosos y a los condescendientes: en definitiva, a todos los que hasta la fecha han sido como espinas en mi piel y, sin saberlo, me han incitado a redoblar mis esfuerzos para triunfar. "Pobres -he dicho-, déjalos en paz. Que sean felices, si pueden." En un estado de ánimo sumiso, me he sentido dispuesto a incluirme entre las filas de los fracasados de este mundo y obviar cualquier idea de éxito. He perdonado, con gravedad olímpica, a todas las personas que, de un modo u otro, han frustrado mis propósitos. Y, lo que resultaba más raro todavía, no me habría costado nada fundir esta gélida rectitud moral con un interés sincero por la carrera profesional de mis combativos contemporáneos. Con total renuncia, les he tendido la mano y les he deseado a todos buena suerte."    
A pesar de sus limitaciones, de una salud en extremo precaria y de la imposibilidad de realizarse en el plano profesional -además de la permanente escasez de dinero-, Cummings evitar caer tanto en la autocomplacencia como en la indulgencia; consciente de sus carencias, incluso en el terreno amoroso, no cede en su ambición de una vida mejor y profesionalmente gratificante y, aunque todo lo que puede poner de su parte no es suficiente para alcanzarlas, ni las pierde de vista ni las descarta, al contrario, las fija como meta improbable pero no imposible.
"25 de octubre de 1914. Cuando un individuo casi inválido se ve obligado a vivir en un aislamiento social casi completo, en mitad de una ciudad bulliciosa como Londres, se sume en un estado similar al trance. Los días rutinarios se suceden tan deprisa como el movimiento de una lanzadera de una tejedora, aturdiendo el espíritu y convirtiendo la vida palpitante en una muda exposición de imágenes. En todas partes, las calles están siempre llenas de gente -millones de personas- que no conozco y que se desplazan  con prisa. No paro de mirar, bostezo, y un día como hoy me levanto y me lanzo a la carrera fuera de mí, como una bolsa hinchada a punto de estallar de esperanza, amor, tristeza, alegría, desesperación."
Cummings se ve aquejado, en sus últimos años, cuando la posibilidad de mejora ha dejado de ser contingente, de frecuentes crisis de melancolía, y ni es un tipo iluso ni propenso a dejarse llevar por falsas esperanzas. 
"Me pregunto por qué me pinto con tan horribles colores, por qué obtengo este morboso placer simulando, delante de las personas a las que quiero, que soy un bestia y un cínico. Imagino que padezco de un amor propio lacerado, de una dolorosa soledad, de la conciencia de lo ridículo que resulto y de que la mayoría de la gente, si lo supiera, me miraría con desagrado y repugnancia."
La resistencia a las adversidades se apoya en dos pilares fundamentales: la pura voluntad de vivir, aun cuando no existan razones concluyentes que la sostengan, y la tarea autoimpuesta de la redacción de su diario -al que no le falta cierto carácter terapéutico: "me repliego en este diario como cualquier otro pobre diablo se da a la bebida"-, que culmina la totalidad de sus ambiciones literarias -Cummings es un excelente lector, y las referencias literarias una constante a lo largo de la obra- y de posteridad.
"1 de enero de 1915. Si tuviera el coraje moral de desempeñar mi papel en la vida, ocupar el escenario y ser yo mismo, de disfrutar de la deliciosa sensación de hacer que se sienta mi presencia en lugar de esta representación evanescente, este diario sería prácticamente innecesario. Para mí, expresarme es una necesidad vital y lo que no puede expresarse de una manera, debe expresarse de otra."
A medida que pasan los años y se agrava su enfermedad, Cummings hace aparecer con más frecuencia a la muerte, y entabla con ella un diálogo que, descartado todo tipo de negociación, pone en evidencia una aceptación estoica del final que presiente próximo y para el que se confiesa preparado.
"20 de noviembre de 1916. El motivo de que no pase los días sumido en la desesperación y las noches llorando de abatimiento es que estoy enamorado de esa ruina que soy. Por ello no merezco compasión alguna y lo probable es que no la obtenga: ya basta con la compasión que siento. Estoy tan abominablemente interesado en mí que ningún detalle de esta tragedia, por pequeño que sea, se me escapa. Día tras día, acudo al teatro de mi propia vida y contemplo cómo se va acercando al final el drama de mi historia. Quiera Dios que el telón caiga en el momento oportuno, no vaya a decaer la obra en un largo y tedioso anticlímax."
 Aunque no se retiene de expresar dos grandes reparos: uno, humano, el pesar que siente por tener que abandonar a su esposa y a su hija recién nacida -incidiendo más en el futuro que les espera a ambas que en el propio hecho de su desaparición-; y otro, artístico, la pesadumbre por no sufrir una muerte heroica -o literaria- en lugar de consumirse lentamente hasta desaparecer sin dejar rastro.
"8 de noviembre de 1915. A pesar de las náuseas, aquí estoy tan contento hablando de mí y de mis contratiempos. Estoy harto de mí y de mis lamentos neuróticos, por ello de vez en cuando intento llevar una vida nueva y enviar al diablo este diario. Quiero destrozarlo, romperlo en pedazos. ¡Petulantes, hipócritas lectores! No tendréis más noticias mías. Sé que es cierto todo lo que decís, incluso antes de que lo digáis, y conozco ya, de antemano, todas las críticas que me haréis. De manera que podéis hacer el favor de ahorraros el trabajo. No podéis decirme nada nuevo sobre mí. Lo sé todo. Me disgusto profundamente y vosotros, vosotros, lectores, podéis iros al diablo junto con este diario."
Calificación: Hors catégorie