15 de febrero de 2019

L'autofictif ultracondifentiel

L'autofictif ultraconfidentiel. Journal 2007-2017. Éric Chevillard. L'Arbre Vengeur, 2018
Éric Chevillard, un sorprendente y prolífico autor que cuenta entre su producción con obras difícilmente clasificables, se impuso en 2007 redactar, a diario, tres pequeños textos de temática variada -aforismos, ocurrencias, reflexiones y comentarios no forzosamente literarios en ningún caso, aunque casi siempre con suficientes dosis de ironía-, sin ninguna restricción ni de formato ni de materia, y publicarlos en un blog, L'autofictif, a la vez homenaje y caricatura de esa rama de la literatura que bautizó Serge Doubrovsky en 1977, con la pretensión de que constituyeran una autobiografía sin datos del autor pero que permitiera seguir los bandazos de la conciencia del escritor sin ninguna cortapisa. Posteriormente, y también mediante entregas anuales, fue publicando esos fragmentos en un libro -y borrando las entradas en el blog- bajo el supuesto que su lectura continuada procuraba una experiencia de orden distinto a la de la lectura diaria y en la pantalla. Coincidiendo con el décimo aniversario del blog, la insólita -tal para cual- editorial de L'Arbre Vengeur, que ya publicó los volúmenes anuales, recogió en este solo volumen los de los nueve años precedentes más el 2017, inédito, en este mamotreto de 1.209 páginas -que no es obligatorio leer de cabo a rabo- especialmente indicado para estómagos lectores fuertes, gourmets obelixianos y para todos aquellos que estamos convencidos de que la buena literatura no debe ser forzosamente circunspecta. 

Calificación: Hors catégorie

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura de Caer
Notas de Lectura de Zarza-Rosa

11 de febrero de 2019

El orden del día

El orden del día. Éric Vuillard. Tusquets Editores, 2018
Traducción de Javier Albiñana
"Las mayores catástrofes se anuncian a menudo paso a paso."
El 20 de febrero de 1933, mientras el mundo y sus habitantes siguen sumidos en la rutina que da sentido a sus vidas y se lo quita a sus conciencias, tiene lugar una reunión en el Reichstag entre veinticuatro de los más relevantes empresarios y financieros alemanes y el canciller de la república; pero esa reunión implica a mucho más que a veinticuatro personas de carne y hueso. 
"Pero para comprender mejor lo que representa la reunión del 20 de febrero, para captar hasta qué punto es eterna su esencia, en lo sucesivo deberemos llamar a esos hombres por su nombre [...]. Y así, los veinticuatro no se llaman ni Schnitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Fink, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve a creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. Con esos nombres sí los conocemos. Es más, los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno."
La colaboración activa de la gran industria y del capital se suma a la contribución pasiva de las grandes potencias, para quienes centroeuropa es más una molestia que un territorio que debe resguardarse. Los primeros por acción y las segundas por omisión son responsables en igual medida de los sucesos posteriores que tuvieron lugar en ese escenario y que ocasionaron la peor crisis humanitaria del siglo XX.
"Bayer utilizó mano de obra procedente de Mauthausen. BMW reclutaba en Dachau, en Papenburg, en Sachsenhausen, en Natzweiler-Struthof y en Buchenwald. Daimler en Schirmeck. IG Farben en Dora-Mittelbau, en Gröss-Rosen, en Sachsenhausen, en Buchenwald, en Ravesbrück, en Dachau, en Mauthausen, y explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura con ese nombre en el organigrama de la firma. Agfa reclutaba en Dachau. Shell en Neuengamme. Schneider en Buchenwald. Telefunken en Gross-Rosen y Siemens en Buchenwald, en Gross-Rosen y en Auschwitz."
El narrador de El orden del día (L'ordre du jour, 2017, Premio Goncourt del mismo año) especula con el poder recreador de la literatura para, acto seguido, denunciar a esa jurisdicción para centrarse en los hechos. En los hechos que conforman una novela, claro; es decir, para reunir unos incidentes falsos con los que construir un relato de ficción que puede ajustarse a la realidad en la misma medida que puede alejarse de la verdad.
"Se abruma a la Historia, se pretende que esta obliga a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No veremos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha de café. Tan solo nos mostrarán el perfil amable de los acontecimientos."
Una vez declarada esa intención, Vuillard desestima los lugares comunes de toda narración bélica y articula el relato en torno a las reuniones que tuvieron lugar justo antes del comienza de la contienda, intentando buscar en ellas las razones que desembocaron en la IIGM: la de los industriales con Hitler; de Halifax, futuro Secretario de Estado para la Guerra de Inglaterra, y Goering, Teniente General de las SA; de Schuschnigg, canciller austriaco, y Adolf Hitler; del mismo Schuschnigg con Seyss-Inquart, Ministro del Interior de Austria impuesto por Hitler; de Chamberlain, Primer Ministro del Gobierno de Su Majestad y Ribbentrop, Embajador oficiosos del Reich en Londres y su inquilino en la capital británica.
"Es curioso cómo, hasta el final, los tiranos más convencidos respetan vagamente las formas, como si quisieran dar la impresión de que no se saltan por las buenas los trámites administrativos mientras transitan abiertamente por encima de todas las normas. Se diría que el poder no les basta, y que experimentan un placer suplementario obligando a sus enemigos a cumplir, por última vez, los rituales del poder que ellos mismos están dinamitando."
Como sucede en aquellas fotografías cuyo reencuadre, al eliminar las imágenes del entorno en función del cual fueron disparadas y que otorgaban un sentido particular a la composición, cambia en su totalidad la imagen del sujeto retratado -por más que esta no haya sufrido modificación alguna-, Vuillard prescinde conscientemente del gran encuadre de la crisis europea de la década de 1930 y, al recortar ese fondo, al aislar al personaje de su entorno -en definitiva, una supresión de parte de la verdad-, ofrece una nueva imagen de este, un paso al primer plano, un relevo en el protagonismo que puede llegar a cambiar nuestra percepción con respecto a aquel.

Esta supresión del entorno resta, a la fuerza, volumen al relato, que se ve incapacitado para apoyarse en los antecedentes, entretenerse en las digresiones y extraviarse en las consecuencias, y le obliga a centrarse en su objetivo, obviar la especulación -o limitarla a los hechos pertinentes- y, mediante un proceso de poda riguroso y preciso, eliminar todo lo superfluo, extraer toda la literatura de la Literatura, y centrarse en el núcleo de sus intenciones.
"Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera tanto no volver a caer, que se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves."
Impresionante intento de síntesis, plenamente logrado.

Calificación: *****/*****

8 de febrero de 2019

El sacerdote ateo


Hoy me he enterado del fallecimiento a los ochenta y siete años de Rafa Juncadella, creador, a finales del siglo pasado, de la Xarxa d’Intercanvi de Coneixements en el Centre Cívic Ton i Guida del barrio de Roquetes, en Nou Barris, en Barcelona, tras media vida de servicio a los demás. 

Yo conocí a Rafa Juncadella en su otra media vida, allá por 1975, en sus últimos años como sacerdote salesiano, porque fue mi profesor de religión, tutor de clase y una de las personas a las que debo el rasgo intelectual del que estoy más satisfecho: el escepticismo.

En el verano de 1974, a mis quince años, camuflado en un expositor vertical de la colección Libro de Bolsillo de Alianza de la Papereria Roger de mi pueblo, vi un libro que me llamó la atención; se llamaba El Anticristo y su autor era un desconocido Friedrich Nietzsche. Sea porque en mi casa, gracias a mi abuelo, un anticlerical militante, se respiraba cierto ambiente antirreligioso, o porque, por la razón que sea, ya se estaba gestando en mi interior la rebelión anticristiana -el hecho de ser durante siete años alumno de una escuela religiosa seguro que tenía algo que ver-, compré el libro y lo leí de un tirón -escribiendo numerosas anotaciones en los márgenes; aún conservo el ejemplar-, y me di cuenta de que ese tal Nietzsche ponía en palabras algunas de las ideas que me llevaban rondando por la cabeza desde hacía unos años. Por supuesto, hice acopio de todos los títulos del autor que pude conseguir -algunos me interesaron mucho, como Así habló Zaratustra; otros más bien poco, como El nacimiento de la tragedia; con los más, La gaya ciencia, por ejemplo, no entendí nada- y así pasé el verano más antirreligioso de mi vida.

Rafa Juncadella, es decir, el Padre Juncadella, ya estaba en la escuela antes de mi sexto de Bachillerato -plan antiguo, Bachillerato Elemental, Bachillerato Superior, reválidas, COU, etc.; los que superáis los cincuenta y muchos sabéis de qué os estoy hablando-, pero en ese curso le tocó ser tutor de mi clase, sexto A, y profesor de religión. Envalentonado por mi descubrimiento -¡ay, qué osada es la ignorancia!-, el primer día de clase me reuní con él en su despacho, un cuchitril impresentable en el que para cerrar la puerta había que mover las sillas, y le expuse que no estaba dispuesto a cursar la asignatura de religión. Me dijo que, a pesar de ser una asignatura obligatoria, estaba dispuesto a satisfacer mi petición siempre y cuando se la justificara; le expliqué mi camino veraniego a Damasco -oportunamente antisaulista- y, con más osadía que razonamiento, puse a parir a la Historia Sagrada, a la Biblia, a los profetas y a los apóstoles, descalifiqué a la Iglesia Católica -de la cual formaba parte el Colegio Salesiano San Antonio de Padua de Mataró, del que yo era alumno y él profesor- y reprobé la Doctrina Eclesiástica y a toda la jerarquía. Fue casi una hora de entrevista, en la que él solo intervino para pedirme alguna aclaración -no me hizo ningún reproche ni ninguna rectificación- y, con toda seguridad, el mejor discurso que he podido dar en mi vida. Lo curioso fue que, al término de la entrevista, se me quedó mirando en silencio unos instantes -que a mí me parecieron siglos-, silencio que rompió cuando me dijo que estaba de acuerdo, que no hacía falta que cursara religión, que más valía un escéptico convencido que un católico borreguil; tenía que acudir a las clases, por supuesto, y estar atento a lo que allí se decía, pero no me examinaría de sus contenidos sino de los de una lista de libros que debía leer y comentar por escrito, entre los que se incluían el propio Anticristo, las Confesiones de San Agustín, el Cándido de Voltaire, las Cartas de San Pablo, Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, fragmentos de Hume, Berkeley y Kierkegaard que él mismo me facilitó, ciclostilados, y, entre algún otro que no recuerdo, una antología de los Ensayos de Montaigne -también de su propiedad-, el libro que, desde entonces, ha forjado, página a página, mi posicionamiento intelectual y no solo con respecto a la religión. Este pacto, por supuesto, era secreto: ni mis compañeros ni mis profesores podían saber nada, un secreto que guardé hasta final de curso y que es la primera vez que revelo en público. Ah, por cierto, mi nota en la asignatura de “Religión” de ese curso fue un Notable; así consta en la certificación de mi Libro de Calificación Escolar, firmada, por cierto, por un tal R. Juncadella.

Aparte de esta cuestión personal, cuya resolución ha permanecido en mi recuerdo como uno de los instantes fundamentales de mi vida, a él se debió que los alumnos de 6º pudiéramos ir sin bata; que se habilitara un local, en el bar del centro, para poder fumar en el recreo del mediodía, y que la asistencia a la misa semanal fuera voluntaria -por supuesto, yo no pisé la iglesia en todo el curso-. Pero ya por entonces, su idea del compromiso social pasó muy por delante de su compromiso con la comunidad salesiana; fue fundador del grupo Verderol, el germen de la posterior Coral Primavera per la Pau que lideró Genís Mayolas; a él se debió la creación, en locales de la escuela, de un Centro Juvenil Salesiano formado por alumnos de la escuela y por muchachos del barrio de Cerdanyola, un extrarradio de Mataró en el que, paradójicamente, se ubica el colegio, un gheto degradado por la delincuencia y las drogas ya en aquel entonces; la apertura de los patios de la escuela, que incluían campos de fútbol, basquet, hockey y balonmano reglamentarios, además de jardines y espacios de ocio los fines de semana para que los chavales del barrio pudieran jugar; y la creación de un precedente del Banco de los Alimentos, que debíamos sufragar los alumnos -ese era un colegio privado, una escuela para élites económicas y sociales, en el que nos colamos algunos que no cumplíamos ninguno de esos requerimientos- a beneficio de las familias más desfavorecidas del barrio de  Cerdanyola, todo ello en franca confrontación con la Dirección de la escuela y, me temo, con la jerarquía salesiana.

Poco después de terminar el Bachillerato, me enteré de que Rafa había colgado los hábitos, aunque en mi interior siempre he pensado que, para bien de mucha gente además de para el suyo propio, “se los colgaron”. Y no albergo ninguna duda de que Rafa, el Padre Juncadella, hizo mucho más por la comunidad desde su puesto en Nou Barris que diciendo misa domingo tras domingo.


Sit tibi terra levis

El diario de un hombre decepcionado

El diario de un hombre decepcionado. W. N. P. Barbellion. Alba Editorial, 2003
Traducción de Carmen Francí
"4 de marzo de 1915. La personalidad de cada hombre es un tesoro inagotable. Podría dedicarse a hurgar en ella toda la eternidad, si ese fuera su gusto y hallara placer en la introspección. Me gusta ponerme bajo el microscopio y, con todo el distanciamiento de que soy capaz, contemplarme vivir, anotar observaciones sobre lo que digo, siento, pienso. A falta de otros, soy mi espectador: ¡crítico, exigente, vigilante, indulgente! Mi propio Boswell, astuto y bobo a un tiempo. Este espectador que me observa, me parece a mí, debe ser un caballero de elevada moral y eminentemente superior. Sus atenciones incesantes, mientras yo sigo comportándome mal, me conducen algunas veces a algún estado de amargo malhumor, como le sucedía al doctor Johnson. No soporto que me sigan tan de cerca y hablen así de mí. Sin embargo, en conjunto -igual que le pasaba al viejo Samuel-, me gusta que describan con detalle todo lo que hago. Me halaga saber que por lo menos una persona se interesa constantemente por lo que hago."
Bruce Frederick Cummings, el nombre real del que W. N. P. Barbellion es seudónimo de pluma, escribió a lo largo de su vida un Diario que fue recogido en tres volúmenes: este Diario de un hombre decepcionado (The Journal of a Disappointed Man, 1919) fue el primero en publicarse, aún en vida del autor, y recoge la mayor parte de su obra memorialística; con posterioridad a su muerte, Enjoying Life and Other Literary Remains y el breve A Last Diary completan su producción literaria. 

"11 de junio de 1916. Lanzo estas páginas al rostro de las personas timoratas, furtivas y respetables y exclamo: "¡Aquí estoy! ¡Este soy yo! Os parecerá bien o mal, pero así son las cosas. Y os desafío a seguir mi ejemplo, a enfocar el reflector de vuestra conciencia en cada remoto rincón de vuestra vida, os invito a todos a la introspección. Sed francos, sinceros, tirad los tabiques de vuestro cubículo, salid de la madriguera, gusanos." Si somos gusanos, al menos seamos gusanos sinceros."
El diario de un hombre decepcionado comienza como un registro de notas de excursiones a la naturaleza y de la localización, búsqueda, observación y experimentación con diversos animales; el mismo autor, naturalista vocacional y relacionado profesionalmente con esta faceta a lo largo de su vida, lo califica como "diario de las observaciones de un naturalista"; sin embargo, ya en edad muy temprana, especula acerca de temas existenciales poco  comunes, entradas en las que parece emerger, por debajo de su vocación por la naturaleza, un intelecto humanístico de primer orden.
"15 de enero de 1905. Me parece que, en conjunto, soy un individuo muy descontento. Padezco ataques de lo que yo llamo la manía del "¿qué sentido tiene?". No paro de preguntármelo hasta que la pregunta me agota: "¿Qué sentido tiene ir al campo ha hacer de naturalista? ¿Qué sentido tiene estudiar tanto? ¿Adónde lleva todo esto? ¿Lleva a algún sitio?""
Esa mirada enfocada al exterior se redirige, de forma progresiva a medida que aumenta su edad, hacia el interior de sí mismo, también en función de las limitaciones que le impone la vida adulta y comienzan a ensombrecerse las ilusiones infantiles. 
"10 de enero de 1910. Mejor, pero todavía muy pachucho: un animal pálido: un gorgojo en una nuez. Tengo el corazón delicado y un sistema nervioso débil; no tengo dinero para seguir estudiando; odio el trabajo periodístico, especialmente el que carece de ingenio; y, por último, pero no menos importante, están las mujeres. Todas estas preocupaciones combaten por mi cuerpo como los chacales por la carroña. Y, sin embargo, lo único que me interesa es la zoología. ¿Por qué no querrá la vida dejarme en paz?"
Cuando es consciente por primera vez de los condicionantes económicos familiares y de los inconvenientes que representa su frágil salud, sus preguntas cambian de terreno y, aunque su interés por las ciencias naturales permanece intacto, sus reflexiones elevan el tono y se convierten en cuestiones más de supervivencia que científicas. 
"26 de septiembre de 1914. Mi vida ha sido una lucha continua contra la mala salud y la ambición, y no he conseguido dominar ninguna de las dos. Intento decirme que esta maldita mala salud no afectará a mi carrera. Azoto mi voluntad con la esperanza de ganar al final. Sin embargo, en el fondo sé que es muy improbable que viva lo suficiente para realizarme. Durante mucho tiempo no he tenido otra esperanza que convencer a los demás de lo que podría haber hecho de haber vivido lo suficiente. Eso ya sería algo. Pero ni siquiera tengo mucho tiempo para eso. Jamás he vivido con sensación de seguridad. Nunca me he sentido instalado permanentemente en esta vida, no soy más que un difuso sustituto, un espectro, un festón de niebla que desaparecerá en cualquier momento."
La alegría y la esperanza infantiles se ven sustituidas por un escepticismo adulto y por la formulación, por primera vez, de preguntas sin respuesta. De este modo, el diario del naturalista acaba convertido en un diario personal -el diario literario propiamente dicho- en el que el sujeto observado es el propio escritor.
"16 de marzo de 1911. Nadie entenderá nunca si no lo ha vivido que una criatura tremendamente tímida como yo, llevada a consumirse, se convierta en el más infeliz de los hombres. He llegado a odiarme a mí mismo: mi carácter minucioso, hipersensible, morboso, dedicado siempre a pensar, hablar, escribir sobre mí ¡como si el mundo exterior no existiera! Soy un anillo dentro de otro, círculos concéntricos y con intersecciones, un laberinto, un lío: observo si me comporto bien o mal, reflexiono sobre la impresión que causo a los demás o lo que piensan de mí."
A medida que Cummings va profundizando más en sí mismo se le revela la paradoja del egotista: la focalización de la mirada sobre uno mismo, la conversión del discurso hacia un amable solipsismo y la combinación de ambos con la percepción de la poca consideración personal, de la valoración sincera de las propias capacidades y de las taras físicas y psíquicas llevan al diarista a una contradicción que le provoca, al final de sus razonamientos, una valoración negativa que, en el caso de Cummings, deviene en una verdadera, solemne y sincera confesión.
"14 de julio de 1912. La mayoría de la gente, cuando se pone enferma y va a morir, se consuela un poco pensando en la notoriedad que obtendrá con su misma muerte [...]. Pero por nada del mundo puedo encontrar el menor atractivo en mi muerte inmediata: el discreto fallecimiento en una cama de huéspedes de West Kensington de un entomólogo rencoroso, decepcionado, morboso y prepotente. ¡Qué tragedia tan insignificante! Resulta duro no ser nadie, ni siquiera llegada la muerte [...]. Sea cual sea la desgracia que me ocurra, espero firmemente ser capaz de hacerle frente sin flaquear. No temo a la mala salud en sí misma, pero temo su posible efecto en mi cerebro y en mi carácter... ya estoy cambiando poco a poco. Por ejemplo, siento ya por mí una lástima quejumbrosa."
En contraste con el tono triste y pesimista de las entradas del diario en las que se refiere a sí mismo -excepto en aquellas en las que la zoología o el amor acuden al rescate-, en su vida social Cummings despliega una agradable simpatía y un perspicaz ingenio; es un hombre cultivado, a pesar de carecer de la titulación académica que le facultaría para ejercer su vocación, y extremadamente inteligente; en realidad, son estos destellos -y la gravedad fehaciente de su enfermedad- los que descartan la hipocondría en las referencias a su salud y  dotan al texto de una incuestionable verosimilitud en lo que respecta a su autorretrato.
"29 de mayo de 1913. Quizá, por primera vez en mi vida, he olvidado mis miserables ambiciones, he olvidado a los que triunfan, a los oportunistas, a los soberbios, a los altaneros, a los misericordiosos y a los condescendientes: en definitiva, a todos los que hasta la fecha han sido como espinas en mi piel y, sin saberlo, me han incitado a redoblar mis esfuerzos para triunfar. "Pobres -he dicho-, déjalos en paz. Que sean felices, si pueden." En un estado de ánimo sumiso, me he sentido dispuesto a incluirme entre las filas de los fracasados de este mundo y obviar cualquier idea de éxito. He perdonado, con gravedad olímpica, a todas las personas que, de un modo u otro, han frustrado mis propósitos. Y, lo que resultaba más raro todavía, no me habría costado nada fundir esta gélida rectitud moral con un interés sincero por la carrera profesional de mis combativos contemporáneos. Con total renuncia, les he tendido la mano y les he deseado a todos buena suerte."    
A pesar de sus limitaciones, de una salud en extremo precaria y de la imposibilidad de realizarse en el plano profesional -además de la permanente escasez de dinero-, Cummings evitar caer tanto en la autocomplacencia como en la indulgencia; consciente de sus carencias, incluso en el terreno amoroso, no cede en su ambición de una vida mejor y profesionalmente gratificante y, aunque todo lo que puede poner de su parte no es suficiente para alcanzarlas, ni las pierde de vista ni las descarta, al contrario, las fija como meta improbable pero no imposible.
"25 de octubre de 1914. Cuando un individuo casi inválido se ve obligado a vivir en un aislamiento social casi completo, en mitad de una ciudad bulliciosa como Londres, se sume en un estado similar al trance. Los días rutinarios se suceden tan deprisa como el movimiento de una lanzadera de una tejedora, aturdiendo el espíritu y convirtiendo la vida palpitante en una muda exposición de imágenes. En todas partes, las calles están siempre llenas de gente -millones de personas- que no conozco y que se desplazan  con prisa. No paro de mirar, bostezo, y un día como hoy me levanto y me lanzo a la carrera fuera de mí, como una bolsa hinchada a punto de estallar de esperanza, amor, tristeza, alegría, desesperación."
Cummings se ve aquejado, en sus últimos años, cuando la posibilidad de mejora ha dejado de ser contingente, de frecuentes crisis de melancolía, y ni es un tipo iluso ni propenso a dejarse llevar por falsas esperanzas. 
"Me pregunto por qué me pinto con tan horribles colores, por qué obtengo este morboso placer simulando, delante de las personas a las que quiero, que soy un bestia y un cínico. Imagino que padezco de un amor propio lacerado, de una dolorosa soledad, de la conciencia de lo ridículo que resulto y de que la mayoría de la gente, si lo supiera, me miraría con desagrado y repugnancia."
La resistencia a las adversidades se apoya en dos pilares fundamentales: la pura voluntad de vivir, aun cuando no existan razones concluyentes que la sostengan, y la tarea autoimpuesta de la redacción de su diario -al que no le falta cierto carácter terapéutico: "me repliego en este diario como cualquier otro pobre diablo se da a la bebida"-, que culmina la totalidad de sus ambiciones literarias -Cummings es un excelente lector, y las referencias literarias una constante a lo largo de la obra- y de posteridad.
"1 de enero de 1915. Si tuviera el coraje moral de desempeñar mi papel en la vida, ocupar el escenario y ser yo mismo, de disfrutar de la deliciosa sensación de hacer que se sienta mi presencia en lugar de esta representación evanescente, este diario sería prácticamente innecesario. Para mí, expresarme es una necesidad vital y lo que no puede expresarse de una manera, debe expresarse de otra."
A medida que pasan los años y se agrava su enfermedad, Cummings hace aparecer con más frecuencia a la muerte, y entabla con ella un diálogo que, descartado todo tipo de negociación, pone en evidencia una aceptación estoica del final que presiente próximo y para el que se confiesa preparado.
"20 de noviembre de 1916. El motivo de que no pase los días sumido en la desesperación y las noches llorando de abatimiento es que estoy enamorado de esa ruina que soy. Por ello no merezco compasión alguna y lo probable es que no la obtenga: ya basta con la compasión que siento. Estoy tan abominablemente interesado en mí que ningún detalle de esta tragedia, por pequeño que sea, se me escapa. Día tras día, acudo al teatro de mi propia vida y contemplo cómo se va acercando al final el drama de mi historia. Quiera Dios que el telón caiga en el momento oportuno, no vaya a decaer la obra en un largo y tedioso anticlímax."
 Aunque no se retiene de expresar dos grandes reparos: uno, humano, el pesar que siente por tener que abandonar a su esposa y a su hija recién nacida -incidiendo más en el futuro que les espera a ambas que en el propio hecho de su desaparición-; y otro, artístico, la pesadumbre por no sufrir una muerte heroica -o literaria- en lugar de consumirse lentamente hasta desaparecer sin dejar rastro.
"8 de noviembre de 1915. A pesar de las náuseas, aquí estoy tan contento hablando de mí y de mis contratiempos. Estoy harto de mí y de mis lamentos neuróticos, por ello de vez en cuando intento llevar una vida nueva y enviar al diablo este diario. Quiero destrozarlo, romperlo en pedazos. ¡Petulantes, hipócritas lectores! No tendréis más noticias mías. Sé que es cierto todo lo que decís, incluso antes de que lo digáis, y conozco ya, de antemano, todas las críticas que me haréis. De manera que podéis hacer el favor de ahorraros el trabajo. No podéis decirme nada nuevo sobre mí. Lo sé todo. Me disgusto profundamente y vosotros, vosotros, lectores, podéis iros al diablo junto con este diario."
Calificación: Hors catégorie 

4 de febrero de 2019

Diario escrito en invierno

Diario escrito en invierno. Emmanuel Bove. Hermida Editores, 2019
Traducción de Alex Gibert
La estructura de diario, aparte de los diarios personales en sí mismos, es una de los formatos que pueden utilizarse para escribir una novela; La náusea de Jean-Paul Sartre, El diario de una camarera de Octave Mirbeau, Diario, una novela de Chick Palahniuk, Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza o, cruzando los límites entre ficción y no ficción, El quadern gris de Josep Pla son algunos ejemplos de la variedad de temas y de discursos para los cuales la forma de diario puede dar lugar a excelentes textos. Las razones por las que un escritor escoge ese desarrollo pueden ser tan numerosas como la voluntad de escribir una novela, pero una de los efectos que se consiguen con esta elección es proporcionar una ilusión de fiabilidad, de confianza del narrador y dotar de verosimilitud a la trama.

Louis Grandeville, el protagonista de Diario escrito en invierno (Journal écrit en hiver, 1931), es un personaje que mantiene una relación peculiar con su entorno y, en particular, con su esposa Madeleine: desde una posición de notable superioridad intelectual que pone en evidencia en cualquier ocasión, despliega una sobreprotección extrema en la relación de ella con el mundo a la vez que censura con acritud todo aquello que no le place.
"Me acusa de ser celoso y creer que el mundo es perverso, sin pararse a pensar ni por un instante en lo que pueda haber de cierto en mis observaciones ni en el profundo amor que revela esta voluntad mía de evitar que se convierta en el hazmerreír de nuestro entorno. No entiende que yo solo quiero protegerla. Prefiere creer que me encanta encontrarle defectos en los que nadie más se ha fijado."
Y es que parece que Louis vivió una niñez angustiada por un concepto desmesurado de la autoexigencia; como consecuencia, ahora sufre continuas decepciones porque el mundo no coincide con la idea que tiene de él y una envidia infantil con respecto a las posesiones y a las cualidades de los demás; no poseer familia le provoca una profunda decepción ya que le impide disfrutar de lo que todo el mundo disfruta, y aunque sin ninguna inclinación, se casa y forma una -aparte de valorar la adquisición de una esposa en términos de evitar las enfermedades venéreas-.

Pero en realidad Louis es un tipo que acumula una variedad de disfunciones de comportamiento dignas de un catálogo: fobia social, misantropía, misoginia, paranoia, ausencia tanto de remordimiento como de arrepentimiento, aislamiento...
"Me he sentido incómodo, como se siente uno cuando su interlocutor, por delicadeza, finge ignorar los motivos de sus actos, impidiéndole así justificarse."
Reducidas sus relaciones sociales a las imprescindibles, su carácter tiránico le lleva a esperar de los demás lo que él mismo no está dispuesto a brindar y, cuando percibe que esa relación es desigual, fantasea con la decepción del que se cree ignorado y tratado con la indulgencia que él jamás ha practicado con respecto a los demás. La medida de su amor es el grado de tormento con que es capaz de castigar a alguien, y cuando ese castigo ya no surte efecto, da la relación por terminada.
"Me pregunto si una vida despojada de afecto, una vida sin rumbo, que uno va llenando de mil naderías para aliviar la monotonía, una vida poblada de seres humanos que uno busca para no estar solo y de los que luego huye para no aburrirse, si una vida así no es ridícula, si no sería preferible cualquier otra."
A las pocas páginas, el diario de Louis huele a chamusquina incluso al lector con mejor predisposición hacia un personaje que se describe -atención a ese pronombre- como un sujeto tan desgraciado. Esa sospecha conduce a preguntarse acerca de la motivación y del destino que tiene pensado Louis para ese diario: ¿para dejar constancia solo ante sí mismo de lo que relata en él, o pensando que alguien lo va a leer? O más importante aún: teniendo en cuenta la disonancia entre los hechos que cuenta y las declaraciones que consigna, ¿son estas producto de la inocencia o del más imperdonable cinismo?
"¡La paz que ansío es tan difícil de encontrar! ¿De qué me sirve tratar de llevar una vida tranquila si cualquier minucia me perturba? Vivo retirado, pero ¿qué clase de retiro es este si me ofendo por naderías? El hecho de no tomar parte en la vida no garantiza la felicidad. Sigo sufriendo vejaciones. Me intereso hoy más por el prójimo que cuando salía. Y cuanto más envejezco, más sensible soy a la maldad."
El diario de Louis abarca del 7 de octubre al 2 de febrero, apenas cuatro meses de entradas que, no obstante, recorren todo el proceso de degradación de una vida en común que no partió con los mejores augurios y cuyo final, teniendo en cuenta su actitud, era más que previsible -si no deseado-.  Louis ansía la compañía de los demás solo para darse el placer de rechazarlos, tener así la ocasión para sentirse solo y volver a desear compañía, en una especie de movimiento pendular entre la neurosis y la paranoia, especulando con la idea del sacrificio altruista y desinteresado, con la justificación de una misantropía imperdonable y con una cordialidad que solo existe entre las páginas de su diario.
"Amo a Madeleine con locura, me pongo celoso y creo que mi vida se iría al traste si me abandonara. Pero al mismo tiempo algo en mí se rebela contra esta dependencia. En cuanto me quedo a solas ese "algo" despierta y desaparece el resto, y yo sufro. No puedo estar solo, pero aborrezco la compañía."
La inviabilidad del vínculo con el entorno, presente a lo largo del diario, se centra en la relación tóxica con su esposa, basada en los celos y en la sospecha constantes y mutuos, en mentir de la forma más descarada para ver cómo se toma el otro las mentiras, en levantar sospechas sobre hechos falsos a fin de provocar en el otro un comportamiento censurable por el solo gusto de ponerlo en evidencia, favoreciendo relaciones de amistad con el único fin de torturarse por o que podría suceder y de acusar al otro por algo que, si hubiera sucedido, hubiera sido únicamente responsabilidad propia. La capacidad de manipulación de Louis -a su entorno y al lector- se bate frente a la inocencia de Madeleine, pero incluso esta es percibida -o, al menos, así lo deja consignado en su diario- como la más inconfesable de las culpabilidades.
"He observado a menudo que en ocasiones a uno le complace el sufrimiento ajeno, a su pesar. Es humano. En el fondo uno se alegra, no hay manera de evitarlo. Pero también he observado que quienes intuyen esa alegría podrían sentirla a su vez. De otro modo no podrían percibirla, ya que, como he dicho, la disimula uno con tanto esmero que es imposible de detectar.
Un afán manipulador que no duda en aplicarse la peor de las censuras -con evidencia, impostadas- para ganar credibilidad y provocar la empatía del lector; pero que contrasta con la personalidad que subyace a lo escrito.
"Tal vez sea ese uno de mis peores defectos, por cierto: ese arrebato, esa precipitación para juzgar, para alabar o calumniar a quien sea y, al cabo de un momento, desdecirme y decir todo lo contrario. Es algo muy sintomático, que habla de quién soy, una persona sin claridad ni nobleza, incapaz de alzarse sobre un pasado repleto de despropósitos, tonterías e incoherencias. Mi pasado me horroriza. ¡Cómo me gustaría tener más voluntad, atenerme a mis opiniones y dejar de contradecirme! Mis actos y mis palabras serían los sillares de un edificio que podría ir erigiendo con los años. En vez de eso, me rodeo de medias verdades de las que seguramente me arrepentiré y de juicios malévolos que deberían ser benévolos. Cada vez que recurro a alguna de mis experiencias para desentrañar el presente, siento que dispongo de miles de experiencias distintas que me llevarían a una conclusión diametralmente opuesta. Sobre todo cuando el objeto del dilema es algo que deseo con todas mis fuerzas."
A medida que el lector va avanzando en la lectura va quedando en evidencia que el diario de Louis no tiene más objeto que la justificación por su indolencia y la coartada de una insolente indulgencia: Louis no duda ni un instante en adjudicar a los demás, en especial a su esposa, sus propios defectos -los celos, la intransigencia, la maldad en sí misma-, afeándoles su conducta y consiguiendo, a la vez, mostrar una buena capacidad de análisis y una envidiable, aunque fraudulenta, indulgencia para con las deficiencias ajenas.
"Está tan convencida [Madeleine, su esposa] de su inocencia que ni siquiera se ha mostrado más amable que de costumbre para hacérselo perdonar. Al contrario, tan segura estaba de llevar razón que representaba con total sinceridad su papel de mujer malhumorada, maldiciendo lo que una se ve obligada a hacer para quedar bien. Y no lo hacía para tranquilizarme a mí o disipar mis sospechas, sino para sí misma, como si tratara de convencerse de que, en efecto, no había en todo ello nada de malo."
El diario deja en evidencia el cinismo de quien anda buscando siempre las excusas más peregrinas que justifiquen sus disparatadas acciones y que, sin embargo, es capaz de declarar, ante lo que cree un desliz de su esposa y después de exigirle una explicación satisfactoria, que "yo siempre desconfío de las historias complicadas, cuyo narrador se ve obligado a remontarse tiempo atrás para dotar a su relato de cierta verosimilitud". En todo caso, no son tanto los celos que le despiertan las amistades de su esposa lo que provoca su ira sino la imposibilidad de hacerle confesar su crimen y regodearse, de este modo, en su autohumillación.
"Cuando uno ha logrado ceñirse a la línea de conducta que se había marcado y no ha fallado a su palabra durante un año entero, haciendo gala de una voluntad férrea, cuando uno se cree ya enmendado, transformado, y en un arrebato de ira lo echa todo por la borda, la sensación es angustiosa a más no poder. Es la misma angustia que tiene el trabajador que, tras una vida de ardua labor, ve cómo se evapora en un instante todo el fruto de su trabajo. Y luego hay que comenzar de cero. Hoy he vuelto a ser el hombre que fui. ¿Por qué ayer era un hombre feliz? Porque cada día que pasaba me apartaba más de mi antiguo yo, porque el tiempo afianzaba mi voluntad y la recaída era cada vez menos probable. ¡Qué difícil me será controlarme de ahora en adelante! A la menor tentación volveré a conducirme del mismo modo. "¿Para qué esforzarme -me diré- si ayer, o anteayer, o hace una semana, no logré refrenar mis pasiones?"."
La forma más eficiente de autoindulgencia, para Louis, es censurar siempre en los demás aquellas actitudes que no es capaz de percibir -o de confesar- en sí mismo. La misma situación, la misma exigencia que en su caso no es considerada más que una anécdota, un suceso sin importancia, es vista como un inalcanzable desafío cuando es otro quien lo plantea. 
"Cuando uno pierde los estribos y se topa con la indiferencia del adversario, una voz le insta a gritos a emplearse más a fondo. Las fuerzas que precisa se las suministrará la ira. Pero cuando, armado de todo su ímpetu, repara en que el adversario no ha resistido ni un embate y de ha desmoronado miserablemente, uno se encuentra a solas con su ardor desproporcionado, como quien se sirve de una catapulta para franquear un riachuelo. Y se siente cruel, malvado, avergonzado de tener al adversario a su merced. Por amor propio no osa pedirle perdón y conserva las posiciones estratégicas que tanto le ha costado tomar, aunque ya no las quiera. Solo entonces se percata de lo inhumano que ha sido."
Bove teje un retrato psicológico en el que cada manifestación está en su lugar, y al hacerlo en primera persona la inocencia impostada del narrador hace más precisa la descripción de su personalidad atribulada, de cuyo cuadro acaban formando parte también sus excusas, sus disculpas, sus omisiones y sus evasivas; en resumen, toda la sarta de mentiras autojustificativas que parece, a menudo, la única función del diario.
"He pasado largo rato pensando en Madeleine. Debería tener en cuenta que se halla ahora privada de afecto. Soy el único que puede comprenderla, justificarla, protegerla. Y en lugar de eso me conduzco como lo haría un hombre cualquiera con una mujer cualquiera. Me ensaño con ella a sabiendas de que está indefensa y llevo las de ganar. Tengo la sensación de obrar con vileza, pero no puedo evitarlo. Luego me acosan los remordimientos. Le pediría perdón, pero semejante alteración de mis costumbres la sorprendería más que otra cosa. Así las cosas, estoy condenado a hacerla sufrir sin posibilidad de enmienda."
Louis Grandeville de inscribe en la nómina de los personajes más odiosos de la historia de la literatura, no tanto por su conducta y sus convicciones como por el cinismo y la desfachatez con que las justifica. A pesar de esta evidencia, el retrato que compone Bove no está exento de cierta simpatía, y en este hecho reside una de las virtudes del texto, en las combinación entre la repulsión que despierta el protagonista en el lector y la impostada inocencia con que se autoadministra las imprescindibles dosis de indulgencia con las que no consigue engañar a nadie -ni siquiera, en especial, a sí mismo-.
"Todo lo que hay de detestable en el fondo de mi alma se había enseñoreado de mí. A pesar de la ira que sentía hacia mí mismo, hallaba en aquel modo de actuar una especie de consuelo. Quería llegar hasta el final, a riesgo de perderlo todo, solo para ver qué pasaba. Mi ardor me empujaba hacia las profundidades de mi maldad [...]. Al abandonarme así a mis instintos sentía una profunda satisfacción. Si tenía la fuerza de perseverar y querer sin menguas una sola cosa, por infame que fuera, podría comenzar una nueva vida, salir de mí mismo y convertirme en otro."
Calificación: ****/*****

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30 de enero de 2019

Prendre refuge

Prendre refuge. Zeina Abirached y Mathias Enard . Casterman, 2018
Ubicado en dos lugares y en dos tiempos distintos, en Afganistán en los años previos a la IIGM y en Berlín en la actualidad, el cómic de Abirached y Énard explora dos historias de amor marcadas por ambos condicionantes: la recreación del encuentro junto al acantilado del valle afgano de Bamiyan -el lugar donde se ubicaban las dos estatuas gigantes de Buda destruidas por los talibanes en 2001- entre Annemarie Schwarzenbach y Ella Maillart; y el encuentro en el Berlín contemporáneo entre Karsten, un ciudadano alemán, y Neyla, una refugiada siria que no acaba de encontrar su lugar fuera de su entorno y de una familia dejada atrás y de la que hace tiempo que no sabe nada.

28 de enero de 2019

Las lágrimas

Las lágrimas. Pascal Quignard. Editorial Sexto Piso, 2019
Traducción de Silvio Mattioni
El conjunto de la obra narrativa de Pascal Quignard sostiene una estrecha relación con la leyenda y con el mito aunque su formulación práctica, su plasmación material en forma de libro se manifiesta, por lo común, a través de la alegoría: tras una composición esencial se desarrolla un tema cuya complejidad intelectual hunde sus raíces en el origen de la vida humana, de la civilización o de las artes, el germen a partir del cual se desarrollan los mitos fundacionales. Pero a diferencia de la doble lectura que propone Todorov con respecto a la alegoría, Quignard añade a la lectura literal -la lectura po-ética- y a la lectura analógica -la lectura ética-, el espacio existente entre ambas -similar a la escritura "intersticial" de Peter Handke-, que expresa sin intermediarios y de forma simultánea el sentido de su discurso y su motivación con respecto al tema, un qué y un por qué fundamentales para acceder con todas las garantías a la obra del francés.

Es cierto que Quignard subvierte el fraccionamiento clásico de planteamiento, desarrollo y conclusión, con lo que exige al lector una atención que va mucho más allá del simple seguimiento de una trama más o menos compleja; se trata mucho más de acceder, en lo posible, a una erudición desbordante y de aceptar, desde el principio, una inferioridad intelectual, como lector, que puede llevar al hastío pero que, una vez asumida, predispone a una goce especulativo difícil de igualar. Es curioso que haya quien considere la obra narrativa del normando situada en la frontera con la poesía cuando, en realidad, su exigencia intelectual la convierte en una de las producciones más desafiantes de la literatura contemporánea, imposible de disociar de otros dos escritores de su generación cuyos planteamientos éticos y estéticos coinciden en gran medida: Pierre Michon y Pierre Bergounioux.

Las lágrimas (Les larmes, 2016, Premio de Literatura André Gide en 2017) se desenvuelve teniendo en cuenta todos estos parámetros, y aunque la excusa sea la recreación del primer documento registrado escrito en la lengua de los francos, su desarrollo abarca desde el origen del código oral, su relación con los sonidos de la naturaleza, el entorno cultural de la Alta Edad Media, la contraposicion del mundo intelectual, mantenido en esos oasis de paz y contemplación que fueron los monasterios religiosos, y del mundo material de guerras y conquistas, de los movimientos de las frágiles fronteras y de los dominios imperiales, en un mundo en perpetua contienda que intentaba encontrar su destino a través de la muerte del enemigo.

Mientras la utilidad de la comunicación oral tuvo que ver con la satisfacción de las necesidades primarias y con la relación con los animales, la lengua, en forma de canto, surgió de una necesidad más lúdica que utilitarista, y primó su efecto musical. Con posterioridad, cuando la necesidad la convirtió en un medio de comunicación compleja y tuvo que expresar conceptos abstractos -especula Quignard con la posibilidad de que la lengua se inventara para nombrar cosas que no existen-, precisó de una articulación más precisa y sacrificó su capacidad lúdica en aras de la funcionalidad; es muy posible que, en realidad, la primera palabra expresada derivara de una orden o de una interjección. 

Las teselas de ese mosaico en el que Quignard reproduce toda una época las constituyen  algunos de los personajes relacionados con la vida intelectual y pública de los siglos VIII y IX en la tierra de los francos, y se centra el Nithard y Hartnid -hijos de Angilberto (posteriormente, rechazado por Carlomagno, retirado de la vida pública y nombrado padre abad de la Abadía de Saint-Riquier, y que pasará a la posteridad cristiana como San Angilberto) y Berta, hija de Carlomagno, concebidos, según la leyenda, sin conocimiento ni consentimiento del emperador-, gemelos de carácter opuesto y vidas aisladas, destinados por nacimiento a habitar dos orbes separados de la infinidad de mundos posibles, y a hacerlos complementarios para conseguir, con su imposible unión, la creación del mundo moderno. 
"Hay una habitación oculta en la casa de las mujeres, donde duermen. Ningún hombre tiene derecho a entrar en ella. Allí es donde se renueva la sociedad de los francos. Las Madres, a las que también llaman las Fuentes, conservan celosamente su secreto. Ellas se lo comunican a las muchachas en su adolescencia, y a partir de ese día las muchachas dejan de ser muchachas, pasan y se vuelven mujeres."
Nithard permanece en la corte, en la que llegará a ser consejero real y abad laico de la Abadía de Saint-Riquier como su padre, y es encargado de diversas tareas diplomáticas y bélicas, en el transcurso de una de las cuales fallece víctima de un hachazo en la cabeza; Quignard, en un desafiante juego de espejos, asocia a su personaje el Hermano Lucius, un monje erudito cuya biografía es complementaria a la de Nithard. Y Hartnid, la némesis de su hermano, viajero y mercenario, alejado del poder familiar; también él posee un personaje complementario, Sar, la mujer desconocida cuyo rostro ha quedado impreso en su mente y que buscará a lo largo del mundo conocido, una adivina cassandresca que profetiza a tan largo plazo que cuando formula su vaticinio nadie se la cree y cuando se cumple lo que ha anunciado nadie recuerda su profecía.

Como integrante del séquito de Carlos el Calvo, Nithard asiste a la firma de los Serments de Strasbourg, que sellaron la alianza entre Carlos II el Calvo y Luis II el Germánico contra Lotario, su hermano mayor, los tres hijos de Luis el Piadoso y nietos de Carlomagno.
"Nithard, que era el más letrado entre ellos -que en todo caso fue el primero entre ellos ya que escribió por primera vez la lengua que ahora yo escribo, puesto que inventó esta lengua anotándola una tarde en el campamento levantado en la nieve sobre la orilla del Ill-, la recitaba con dificultad."
Es necesario tener en consideración la dificultad de datar el nacimiento de una lengua, aunque se conozca su origen y pueda reconstruirse el proceso por el cual una, la antecedente, se convierte en otra; asimismo, conviene no olvidar la razón por la que una representación simbólica deja de ser efectiva y es sustituida por otra, que traduce el mundo mediante un nuevo sistema de signos -primero verbales, solo después escritos- que significa una nueva concepción del mundo y estrena una nueva forma de relacionarse primero con él, después con los semejantes.

Más fácil es certificar el primer registro escrito -siempre que sea realmente el primero, no el más antiguo que existe sino el más antiguo que se ha encontrado; y que el registro esté fechado-. Este documento, redactado el latín, fue traducido al germánico, con el fin de que los soldados de Luis entendieran lo que juraban, y a la lengua romance que hablaban los francos, traducción destinada a las tropas de Carlos el Calvo ; el testimonio escrito del tratado, fechado el 14 de febrero de 842, es la primera huella de la lengua francesa escrita. Políticamente, ese tratado quizás también significó el origen de la idea de Europa.
"Gregorio tuvo como continuador a Fredegario, Eginardo tuvo como continuador a Nithard, tales fueron los cuatro primeros escritores que redactaron las maravillas que cuentan la historia de los francos. Pero es verdad que escribir no consiste en levantar la mano hacia el cielo. Escribir no consiste para nada en bendecir. Escribir es bajar la mano al suelo o a la piedra, o al plomo, o a la piel, o a la página, y es anotar el mal."
Sin embargo, una lengua no alcanza su estatuto unificado hasta que no es el vehículo del arte; este cambio de disposición también tiene, en el caso del francés, una fecha. Según la leyenda, un pájaro salió volando del cuello de la decapitada Eulalia, la mártir barcelonesa que no quemó en la pira a la que la había condenado Maximianus por hereje, igual que sale un niño del sexo de su madre, igual que salió el francés del latín. El primer poema escrito en esa lengua está compuesto por veintinueve versos que recrean ese milagro y que empieza con el decasílabo "Buona pulcella fut Eulalia"; el 12 de febrero de 881, el último verso del poema, "in figure de colomb volat al ciel", echó a volar la nueva lengua como instrumento de expresión artística.

Al final de su vida, presto a morir, Hartnid echa en falta a dos personas: a su hermano Nirthad, caído en batalla treinta y tres años antes, y a Sar, la chamana que amó, allá en su juventud; y sufre, perseguido por los fantasmas de sus contemporáneos muertos, que le reprochan su inacción.

¿Por qué gran parte de los actos más heroicos se realizan en la proximidad de la muerte? Porque ya nada importa; porque es más importante la heroicidad que la vida; porque ese acto será más recordado si es el último; porque la medida de la heroicidad es mayor si cuesta la vida; porque después del hecho heroico ya solo cabe la desaparición.
"Caminamos hacia los gritos que se oyeron en el vientre negro de las madres hasta el día en que empezamos a ponernos de pie y a titubear en dirección a lo que interpretamos como tiernas sonrisas, a lo que descubrimos como bellos rostros de labios pintados que se volvían como señuelos debajo de grandes cabelleras huecas, encima de grandes vestidos huecos, como letras extrañas, mágicas, que embrujan."
Quignard obliga al lector a replantearse el concepto de ficción y, sobre todo, el de narratividad, al mismo tiempo que le exige la atención plena de aquellas tareas que no permiten ninguna distracción. La recompensa es incalculable.

Calificación: Hors catégorie

Anexo I
Genealogía de los gemelos Nithard y Hartnid
(Fuente: Wikipédia: https://fr.wikipedia.org/wiki/Nithard)

Charlemagne
Hildegarde de Vintzgau
Angilbert
Berthe
Louis le Pieux
Hartnid
Nithard
Lothaire
Louis II de Germanie
Charles II le Chauve


Anexo II
Les Serments de Strasbourg
(Fuente: Wikipédia: https://fr.wikipedia.org/wiki/Serments_de_Strasbourg)
El texto pronunciado por Luis el Germánico fue:
«Pro Deo amur et pro christian poblo et nostro commun salvament, d'ist di en avant, in quant Deus savir et podir me dunat, si salvarai eo cist meon fradre Karlo et in aiudha et in cadhuna cosa, si cum om per dreit son fradra salvar dift, in o quid il mi altresi fazet, et ab Ludher nul plaid nunquam prindrai, qui meon vol cist meon fradre Karle in damno sit.»
Y este el juramento de las tropas de Carlos el Calvo:
«Si Lodhuvigs sagrament, que son fradre Karlo iurat, conservat, et Karlus meos sendra de suo part non lostanit, si io returnar non l'int pois : ne io ne neuls, cui eo returnar int pois, in nulla aiudha contra Lodhuvig nun li iv er.» 
Anexo III
Séquence de sainte Eulalie
(Fuente: Wikipédia: https://fr.wikipedia.org/wiki/Séquence_de_sainte_Eulalie)


Buona pulcella fut Eulalia.
Bel auret corps bellezour anima.
Voldrent la ueintre li d[õ] inimi.
Voldrent la faire diaule servir
Elle nont eskoltet les mals conselliers.
Quelle d[õ] raneiet chi maent sus en ciel.
Ne por or ned argent ne paramenz.
Por manatce regiel ne preiement,
Niule cose non la pouret omq[ue] pleier.
La polle sempre n[on] amast lo d[õ] menestier.
E por[ ]o fut p[re]sentede maximiien.
Chi rex eret a cels dis soure pagiens.
Il[ ]li enortet dont lei nonq[ue] chielt.
Qued elle fuiet lo nom xr[ist]iien.
Ellent adunet lo suon element
Melz sostendreiet les empedementz.
Quelle p[er]desse sa uirginitet.
Por[ ]os suret morte a grand honestet.
Enz enl fou la getterent com arde tost.
Elle colpes n[on] auret por[ ]o nos coist.
A[ ]czo nos uoldret concreidre li rex pagiens.
Ad une spede li roueret tolir lo chief.
La domnizelle celle kose n[on] contredist.
Volt lo seule lazsier si ruouet krist.
In figure de colomb uolat a ciel.
Tuit oram que por[ ]nos degnet preier.
Qued auuisset de nos Xr[istu]s mercit
Post la mort & a[ ]lui nos laist uenir.
Par souue clementia.

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Notas de Lectura de Sobre la idea de una comunidad de solitarios
Notas de Lectura de Pequeños tratados