21 de diciembre de 2018

Carbono alterado

Carbono alterado. Richard Morgan. Editorial Minotauro, 2005 (agotado)
Traducción de Marcelo Tombetta y Estela Gutiérrez
En pleno siglo XXV de nuestra era, la humanidad ha encontrado un remedo de la inmortalidad mediante la digitalización de los humanos, un proceso que consiste en el almacenamiento de la conciencia en un soporte digital que puede implantarse en otros cuerpos -aunque las personas pudientes pueden agenciarse un criadero de clones que reproducen su propio cuerpo en diferentes estados de maduración-, temporal o indefinidamente.
"Respiré hondo y me miré en el espejo. Es siempre el momento más difícil. Hace casi veinte años que lo hago y sin embargo mirarme en el espejo y encontrar en él a un completo extraño sigue sorprendiéndome. Es como estar ante un autoestereograma. Al principio lo único que se puede ver es a un extraño mirándote desde una ventana. Luego, ajustando el enfoque, te sientes flotar detrás de la máscara y adherirte a ella mediante un shock casi físico. Es como si te cortaran el cordón umbilical, pero en lugar de separar las dos partes, la sensación es que la otra parte resulta eliminada y tú acabas solo frente a tu propia imagen."
Takeshi Lev Kovacs, antiguo funcionario de la ONU en funciones de gobierno galáctico, es un humano digitalizado refundado y enviado a la tierra como detective privado para investigar la muerte de Laurens Bancroft -asesinato, según su versión; suicidio, según la policía-, un magnate de Bay City.

Con la estructura subyacente de la novela policíaca, Carbono alterado (Altered Carbon, 2002) especula acerca de una posible reformulación de la muerte, que desaparece del horizonte de posibilidades y que, por tanto, pierde incluso el carácter de castigo, para ser sustituida por el sufrimiento. Éticamente, la ley debe adaptarse a ese cambio de paradigma con el despliegue de una nueva filosofía acerca de las normas y los procedimientos. A pesar de esa constante reformulación y adaptación a los nuevos requerimientos, existen individuos cuyo poder les mantiene siempre unos pasos por delante de los sistemas de control o, incluso, les permite fijar sus directrices.

Con independencia de su trasfondo de cuestionamiento de la ética de los avances científicos y de las formas que utiliza el poder para perpetuarse, Carbono alterado es una excelente lectura de evasión.

Calificación: ****/*****

19 de diciembre de 2018

Moonglow

Moonglow. Michael Chabon. Casa Catedral, 2018
Traducción de Javier Calvo
La carrera imaginativa en busca de una trama original -partiendo del supuesto erróneo de que el ingente número de novelas escritas desde el nacimiento del género pueda llegar a agotar la fuente de lo novelable- ha provocado que la preocupación máxima de quien se reputa como novelista esté en hallar una historia inédita -el trasvase a la narrativa de género y su posterior e inevitable decadencia podría ser un síntoma-, olvidando u obviando todo aquello que tenga que ver con la técnica constructiva. Los cursos de escritura creativa facultan y legitiman a los alumnos -y los cargan de razones ante los editores- para escribir su Moby Dick; pero, una vez vislumbrado el cetáceo, la evidente fragilidad del brazo que empuña el arpón, bastante más enclenque que el del tatuado Queequeg, y el desconocimiento de los precursores, cuyos bogar debería acercarlo al monstruo blanco, acaban provocando la huida, más por aburrimiento que por temor, de la ballena y limitando el producto de la pesca a una cesta de intranscendente pescadilla -que el editor, en la subasta, intentará vender como langosta, pero esa es otra historia-. 

Moonglow (Moonglow, 2016) bucea en la memoria del abuelo del narrador mediante un relato no cronológico sino de carácter causal, en el que los episodios se suceden en función  del hilo del que tira el narrador -un ejercicio que dota al texto de una agilidad y cercanía notables-, y en el que se detallan, seguramente por primera vez ante el nieto escritor, acontecimientos de la vida de aquel que configuraron, en su conjunto, una familia tan peculiar como hilarante.
"A la hora de plasmar estos recuerdos tan tempranos que tengo de mi abuela, de momento he evitado citarla directamente a ella. Afirmar o representar que retengo un recuerdo exacto o incluso aproximado de lo que alguien dijo, hace tanto tiempo, sería cometer el mayor pecado del autor de memorias. Sin embargo, no he olvidado las dos palabras que me respondió mi abuela cuando yo le pregunté si la razón de que poseyera una baraja de naipes mágicos de adivinación para brujas era que ella era bruja: -"Ya no."."
Sin embargo, a pesar de no tratarse en absoluto de una apuesta original -las memorias, reales, ficticias o mixtas configuran en la práctica casi un subgénero literario-, Chabon consigue completar un texto inspirado porque, entre otros, utiliza dos recursos con una maestría envidiable: en primer lugar, el uso ejemplar del oficio de contar historias que, como es el caso, cuando es logrado, remite a la tradición oral -el uso de los diálogos sería una muestra formal-: las pausas para proveer de dramatismo a la acción se hacen casi materiales, y el lector es capaz de percibir, incluso, las inflexiones de voz, los énfasis y los silencios que procuran vida al relato; y, en segundo lugar, una acción más programática que formal, que tal vez no se hace evidente pero subyace a lo largo de la narración y constituye tan vez su seña de identidad frente a otras formulaciones de los textos memorialísticos -repito, reales o imaginarios-, la que postula la necesidad de ser fiel a los hechos siempre y cuando estos concuerden con el recuerdo que se tiene de ellos; cuando esa concordancia no tenga lugar, en imprescindible tomar partido por la imaginación.
 "-Pero todo lo que tú me has contado a mí es verdad, ¿no? -Bueno, es lo que yo recuerdo que pasó -me dijo-. Más allá de eso no puedo ofrecer garantías."
En todo caso, más allá de una factura impecable y de una historia enormemente interesante, Moonglow acarrea una moraleja -¡qué sería de la literatura norteamericana sin moraleja!- para la vida: es poco conveniente rebuscar en el contenedor de los recuerdos familiares, a menudo se pueden encontrar restos que obligan a cambiar la concepción que hemos tenido del pasado durante toda la vida; pero también una máxima poética: esa misma pesquisa puede ser, en buenas manos -y las de Chabon lo son- una fuente de  informaciones cuya relevancia o inconsistencia da alas a la creatividad.
"Aquel descubrimiento [...] supuso un transtorno. Uno a uno, empecé a someter a revisión formal de todos mis recuerdos sobre mi abuela, las cosas que ella me había dicho y la forma en que siempre se había comportado, una especie de análisis de fallos, una localización y un examen en busca de su contenido de engaño y de la presencia oculta de ellos de la verdad. No le conté nada de lo que había descubierto a mi mujer hasta que regresé de Mantoloking. No se lo conté ni a mi madre ni al resto del mundo hasta que empecé a investigar para estas memorias y a escribirlas, abandonando -repudiando- el tratamiento novelesco del material. A veces incluso a los amantes de la ficción solamente los puede satisfacer la verdad. Yo tuve la sensación de que necesitaba "restablecer" la verdad, por así decirlo, en mi mente y en mi corazón. Necesitaba averiguar, si podía, la relación entre las cosas que yo había oído y aprendido de chaval sobre mi familia y su historia y lo que ahora sabía lo que era la verdad."
Lucidez, ingenio, empatía y ese concepto tan americano en la literatura que es la compasión, hacen de Moonglow una de las novelas más sugerentes de las venidas del otro lado del Atlántico en los últimos años.

Calificación: *****/*****

17 de diciembre de 2018

La entreplanta

La entreplanta. Nicholson Baker.  La Navaja Suiza Editores, 2018
Traducción de Ce Santiago
"¡Era capaz de absorber cualquier estoicismo brutal que me plantaran delante!"
Un somero repaso a algunos de los textos más conocidos y reconocidos de la literatura del último siglo evidencia varios intentos de la que podría denominarse literatura de la totalidad, esas obras o fragmentos que pretenden abarcar diversos todos: todo lo que veo, en  Tentativa de agotamiento de un lugar parisino de Georges Perec; todo lo que pienso, en el capítulo (XVIII) del Ulises de James Joyce; todo lo que recuerdo, en Me acuerdo de Joe Brainard; todo lo que hay que hacer, en Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar. No es desacertado incluir en esa categoría, aunque con alguna prevención, la primera novela publicada del novelista y ensayista norteamericano Nicholson Baker, La entreplanta (The Mezzanine, 1998); posteriormente, el mismo autor ahondó en ese agotamiento, en esa obsesión por el detalle, en textos como Vox, en el que registra una conversación mantenida por dos solteros en una línea de teléfono erótico.

El motivo, la excusa, el tema -me resisto a denominarlo trama- de la novela es tan sencillo que parece irrelevante: Howie, un oficinista, recuerda -y transcribe, años después; esa dilación es fundamental para entender tanto la forma como el contenido del texto- el día que aprovechó su hora para el almuerzo para ir a comprar un par de cordones para sus zapatos ya que uno se le había roto esa misma mañana -el otro, casualmente, se le rompió el día anterior-; durante ese lapso de tiempo, le acompañamos en su recorrido físico pero sobre todo mental a través de las calles de la ciudad y siguiendo el proceso de conciencia y recuerdos que tiene lugar en su mente.
"No fue sino entonces, cerca de la base de las escaleras, mientras me fijaba en cómo mi mano izquierda se hacía tanto con el libro de bolsillo como con la bolsa de CVS, cuando consolidé la minúscula comprensión que casi había tenido quince minutos antes. Entonces no había sido etiquetada como conocimiento a retener para una posterior recuperación, y me habría olvidado completamente de ello de no haber sido por la visión de la bolsa de CVS, lo suficientemente similar a la bolsa del cartón de leche como para desencadenar leves vibraciones de comparación. Bajo el microscopio, incluso observaciones insignificantes como esta terminan casi siempre por revelarse como más incrementales de lo que más tarde uno se ve tentado a presentarlas. Habría resultado menos aparatoso, para el relato que estoy haciendo aquí de una hora de almuerzo específica de hace varios años, haber fingido que el pensamiento de la bolsa se me había ocurrido por completo y "de un tirón" al pie de las escaleras mecánicas de subida, pero lo cierto era que no se trataba sino de la última de una secuencia muy larga de experiencias parcialmente olvidadas, inarticulables, que alcanzaba finalmente un punto al que por vez primera le prestaba atención."

En ese doble escenario, Baker pone de manifiesto la descoordinación -inevitable, pero no siempre asumida; su misma naturaleza impide referirse a ella como disociación o disonancia- entre los pensamientos de Howie, que giran con un ritmo irregular, acelerados o ralentizados en función de los parámetros que marcan sus intereses o la casualidad, y los hechos que ocurren a su alrededor con la ilusoria independencia del azar y que se suceden en una ficción de movimiento cuyo punto de referencia, también aparentemente estático, es su mismo pensamiento. En este punto es donde toma importancia la demora entre los acontecimientos y su registro, y se manifiesta, entre otros recursos, mediante la inserción de hilarantes notas al pie -no es, pues, corriente de conciencia lo que registra Howie- que componen las digresiones de segundo nivel -si aceptamos que el texto principal es, todo él, una gran digresión encadenada- cuya función principal, en el texto, es remarcar el contenido extraconsciente del relato, o bien constituyen ampliaciones a posteriori, insertadas en su borrador de trabajo, es decir, en el recuerdo, la corriente principal.
"Así que ahora deseo hacer dos cosas: colocar las escaleras mecánicas hacia la entreplanta sobre un fondo claro mental en tanto algo hermoso y digno de mi tiempo adulto en lo que pensar, y declarar que si bien extraía un alto porcentaje de júbilo en las continuidades que el trayecto de adultez en escaleras mecánicas establecía con las escaleras mecánicas de mi niñez, procuraré no volar al ras sobre el tono de reminiscencia, como si únicamente los niños tuviesen la capacidad de maravillarse ante ese gran artilugio."
En efecto, la relación ininterrumpida del proceso mental de Howie, el propósito principal del relato, se ve suspendido, de forma impremeditada, por las sucesivas invasiones del recuerdo, que algunas veces cumple la función de ampliar o complementar el relato -un efecto deseado-, pero que a menudo interrumpe, mediante cortes asépticos, con el propósito  de que la objetividad de la narración se imponga a la subjetividad del contenido -un efecto perverso-, ya que el recuerdo lleva con frecuencia asociado un componente sentimental. Y es que se trata de evitar al gran enemigo del relato fundado en recuerdos: la nostalgia, al remitir a hechos acaecidos en la niñez, refiriendo la memoria a un recuerdo de recuerdos, posiblemente adulterados por circunstancias que tienen que ver con el transcurso del tiempo y con el desgaste inevitable, en lugar de un recuerdo nuevo, sin contaminar, suscitado por primera vez ya en la edad del discernimiento adulto.
"¿Será alguna vez el universo de todas las cosas posibles de las cuales pudiera acordarme un universo en su mayoría adulto?"
¿Y la fidelidad? Ah, bueno, eso no es relevante, ni siquiera sabemos para quién o para qué escribe Howie esas memorias de una hora; pero como lectores, inmiscuidos o no en un texto cuyo destino y objeto ignoramos, podemos encontrarnos con el desafío de pensar en sus pensamientos, una extraña redundancia autoreferencial que duplica los pasos intermedios y que abre la posibilidad de contaminación en los espacios vacíos, de inclusión de hechos sobre cuya autoría no existe plena seguridad y cuyo encadenamiento acaba resultando ficticio. Ese es el reto y la razón por la cual algunos libros no se agotan en el ejercicio de su lectura. 
"Gastaba un  montón de tapones para los oídos, no solo para poder conciliar el sueño, sino también en el trabajo, porque había descubierto que los sonidos amplificados Sensurround de mi propia mandíbula y de mis dientes, y la sensación de plenitud subacuática en los oídos, y la amortiguación de todo ruido externo, incluida la impresión de mi propia calculadora o cuando un papel se deslizaba encima de otro, me ayudaba a concentrarme. Algunos días, escribiendo apasionados memorandos para altos cargos, me pasaba toda la mañana y toda la tarde con los tapones puestos -los llevaba puestos hasta para ir al aseo de caballeros, y solo me quitaba uno para hablar por teléfono-. A la hora del almuerzo nunca los llevaba; y posiblemente aquello explicara por qué mis pensamientos poseían un tipo diferente de armonía superior durante el almuerzo; no era solo por la luz del sol y las gafas limpias, sino también porque por primera vez oía el mundo con claridad desde que me dirigiera al metro por la mañana. (También los llevaba en el metro)."
Y más cuando La entreplanta es la entronización literaria de la anti-trama, el principio del fin de la sucesión de hechos y de la causalidad que los enlaza, el aviso de muerte del "¿y qué sucedió después?", la cuestión sobre la que se edifica la novela tradicional; es la apoteosis de la sucesión inconexa, acientífica, de no-hechos que se suceden en la conciencia del protagonista, Howie, en la pausa para el almuerzo, un tiempo y una situación irrelevantes desde el punto de vista literario.

Calificación: *****/*****

12 de diciembre de 2018

Historia de una demencia colectiva

Historia de una demencia colectiva. Friedrich Reck-Malleczewen. Reino de Redonda, 2018. Traducción de Herman Mario Cueva. Epílogos de Q. Principe e I. Reck-Melleczewen
Las épocas de crisis, de cambios, cuando los viejos paradigmas han perdido su influencia y se produce un vacío que clama por su substitución, son especialmente sensibles a la aparición de ideologías, por lo general de inspiración milenarista, que intentan instrumentalizar la carencia de referentes válidos para la nueva etapa en función de sus intereses.

Entre febrero de 1534 y junio de 1535 -en plena reforma protestante y en vida de Martín Lutero, que había colgado sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg en octubre de 1517; y diez años después del conflicto de los campesinos alemanes- en la localidad de Münster, en la región histórica de Westfalia, al este del territorio de la actual Alemania, tuvo lugar una rebelión religioso-política provocada por una secta radical del anabaptismo holandés que estableció una teocracia bajo el liderazgo de Jan Matthys, un panadero de Harlem, y Jan Bockelson o Jan van Leiden, un sastre de esa ciudad holandesa, y que contó, en principio, con el favor de la población. Después de abolir la propiedad privada y suprimir la moneda, proclamaron su independencia de la iglesia oficial y validaron la poligamia, que llegó a ser obligatoria, contando con el tácito o expreso acatamiento de la mayor parte de la población. Con posterioridad, y debido a las carencias en víveres a causa del sitio a que fue sometida esa Nueva Jerusalén, para hacer frente a las deserciones de sus conciudadanos, instalaron un régimen de terror que diezmó a la población que no había perecido por las privaciones o las enfermedades. Finalmente, el 24 de junio de 1535, las tropas del arzobispo Waldeck, apoyadas por batallones enviados por varios príncipes alemanes, tomaron Münster y detuvieron, torturaron y ejecutaron a los cabecillas de la rebelión, cuyos cuerpos, para escarmiento público, fueron expuestos en tres jaulas metálicas suspendidas de la torre del campanario de la iglesia de San Lamberto.

Friedrich Reck-Malleczewen, el escritor alemán autor de Diario de un desesperado, publicó en 1937 Historia de una demencia colectiva (Bokelson. Geschichte eines Massenwahns; el libro fue inmediatamente secuestrado por las autoridades y no fue publicado de forma definitiva hasta 1946), en la que narra y analiza en clave de locura colectiva los hechos acaecidos en Münster cuatro siglos antes, combinando una acertada visión histórica centrada en el personaje de Jan van Leiden y un análisis tras el que se oculta un pensamiento conservador y reaccionario que, al menos para este lector, absolutamente ignorante en cuestiones historiográficas, echa a perder totalmente el texto.

Calificación: Sin calificación

10 de diciembre de 2018

Voss

Voss. Patrick White. Editorial Impedimenta, 2018
Traducción de Raquel Vicedo
"Las pequeñas mentiras son las más difíciles de decir."
Johann Ulrich Voss es un explorador alemán llegado a Australia para liderar una expedición a través del continente, el temido outback; Laura Trevelyan -una Elizabeth Archer condenada a un destierro geográfico e intelectual-, una joven inglesa huérfana adoptada por sus tíos, es la sobrina del empresario que financiará el intento. Entre ambos, a pesar del rechazo mutuo inicial, se establecerá una relación de reprimida admiración que no es difícil identificar con el fenómeno de la atracción de los polos opuestos y que adquirirá tonos metafísicos cuando la expedición parta en busca de su objetivo. Sobre estos dos pilares se sostiene Voss (Voss, 1957), la novela del único Premio Nobel australiano Patrick White. 
"Son pocas las personas de talento que se adaptan con facilidad a un plan para superarse. Algunas descubren muy pronto que su perfección no es capaz de tolerar el insulto. Otras advierten que su placer intelectual reside en la teoría, no en la práctica. Solo unas pocas tienen la terquedad suficiente para abandonar, con mucho esfuerzo, el exuberante mundo de sus pretensiones y adentrarse en el desierto de la mortificación y la recompensa."
Tras esa presentación, la novela  adquiere una configuración dualista, que puede ser interpretada incluso en términos religiosos -Laura ha apostatado y Voss ha perdido la fe-, explotada por el autor a diferentes niveles: la costa y el interior, perfectos representantes del paraíso y el infierno; los dos grupos que configuran la expedición, cada uno con un líder antagónico, que personifican la fuerza y la inteligencia; la vida en sociedad, tratada por el autor con un celo que limita con la condescendencia, y el día a día de los expedicionarios, condenado a una espiral de dramas que convergerán en la inevitable tragedia; las ideas de paternidad enfrentadas de Laura, que no duda en acoger a la hija de una criada fallecida, y sus tíos, que trajeron de Inglaterra los prejuicios y los convencionalismos; pero en ese contexto de mundos-espejo enteramente aislados, reserva una de esas dualidades, la principal, la del explorador y Laura, para que actúe como nexo de los antagonismos mediante una peculiar comunicación, también dualizada, a través de las cartas que no llegan a su destino y las visiones que experimentan ambos.
"Entonces el alemán, que seguía bajo el árbol, se sintió abatido por la mortificación a la que se estaba sometiendo a sí mismo. Pero se trataba de una forma de autodisciplina para las grandes pruebas y desafíos que aquella tierra, que lo había poseído por completo, le reservaba. La gente que no entendía nada caminaba por los senderos de tierra comiendo pan o se sentaba en su casa de frágiles cimientos de piedra frente a un plato de carne, mientras el raquítico extranjero, debajo de su árbol retorcido, se familiarizaba con cada brizna de hierba agostada que veía, e incluso con las articulaciones del cuerpo de las hormigas."
El escenario familiar muestra la vacuidad e irrelevancia de la vida de la burguesía, personificada en la procedente de la explotación de la tierra, la agricultura y la ganadería, y el comercio; es el intento colonial de reproducción de la vida de la metrópoli, pero sin corte ni aristocracia, y con la moral y las costumbres algo más relajadas. 
"Entonces, el mundo de la luz empezó a inundarlo todo, la brisa se convirtió en viento y el polvo de la tierra salió despedido en todas direcciones. La orilla empezó a astillarse en gravilla y mica mientras desde la ciudad llegaban varios carruajes de pintura y metal relucientes que traían a benefactores o a escépticos y a sus esposas. Estas iban expresamente ataviadas para proclamar su riqueza, y en consecuencia su importancia, a los cuatro vientos."
Como contrapartida, la atracción de lo desconocido, que actúa sobre los diferentes expedicionarios de acuerdo con sus particularidades y con lo que esperan obtener de su aventura, y cuyos medios reflejan también sus deseos más ocultos, acaba multiplicando la misma esencia del viaje, de modo que no de trata de una sola expedición sino de tantas como integrantes.

De esta manera, la travesía del continente adquiere la singularidad del viaje iniciático a través de los laberintos de las relaciones entre los expedicionarios y los desiertos de los desacuerdos y los inevitables enfrentamientos, una búsqueda que no parece tener más objeto que poner a prueba los límites de la voluntad, y que cuanto más se aleja del punto de partida -y, en particular, a Voss de Laura- más parece acercarse a aquellas cuestiones que transcienden el espacio. Entre ellas, asistimos a la transformación paulatina de un ser insociable que se aproxima más a la humanidad a medida que se aleja de sus congéneres y que comparte cada vez más intimidad el viaje con la persona de quien más se aleja, un viaje que, a pesar de que la distancia que separa ambos mundos es cada vez mayor, va perdiendo su carácter de huida para transformarse en un regreso; para muestra, la metamorfosis de Voss, cuyo endurecimiento exterior en el trato con sus compañeros -necesario para mantener el orden en la expedición, pero tal vez no imprescindible- parece compensarse con un relativo ablandamiento interior.
"Entonces se dio cuenta de que siempre había tenido un miedo terrible. Incluso cuando se encontraba en la cima de su poder divino, no era más que un dios frágil sobre un trono desvencijado, temeroso de abrir cartas, de tomar decisiones, temeroso del conocimiento instintivo que revelan los ojos de las mulas, los ojos inocentes de los hombres buenos, temeroso de la naturaleza elástica de las pasiones, incluso de la devoción que le había demostrado algunos hombres, una mujer y los perros."
La expedición se enfrenta a dos desiertos, a una especie de inhóspito gradual que hace que, cuanto más salvaje se vuelve el entorno, más difíciles se tornan las relaciones entre los expedicionarios pero, por contra, también se simplifican y convierten en más primarias, con lo cual todas pierden matices y tienen que plegarse al más primario de los principios, el de la autoridad. Autoridad que queda en cuestión cuando se produce la división del grupo: los que buscaban algo determinado, aunque eran incapaces de concretarlo, abandonan la expedición cuando se aperciben de que no obtendrán fruto alguno; los que no buscaban nada excepto ponerse a prueba, siguen adelante.
"Había empezado a apilar las cajas, que olían a madera fresca. Si solo se tenía en cuenta su fuerza física. Harry era un gigante. Y por un momento se sintió orgullosos de sí mismo. El ornitólogo, sin embargo, era bastante enclenque y, en comparación, insignificante. Mientras que la naturaleza animal del muchacho le permitía protegerse de la revelación mediante la fuerza física, el hombre se vio obligado a llevar sobre sus hombros la carga invisible del futuro impreciso que su alma había vislumbrado con aquella fugacidad."
Mientras tanto, la vida sigue en la ciudad y el tiempo transcurre con la placidez esperable cuando siempre va sucediendo lo esperado; en cambio, la expedición se sitúa fuera de la dimensión temporal, en un continuo en el que siempre es presente. El fin a medio plazo ha dejado de existir y el objetivo inicial de la expedición se ha olvidado: el plazo más largo lo constituye el mañana, y el único objetivo es sobrevivir.
"La noche se había disuelto en un vasto olvido. El gris había engullido la neblina verde de forma natural. Los hombres habían sido arrinconados contra las raíces del árbol, y cada uno contemplaba el rostro del otro con los ojos de un náufrago que divisa una balsa."
Todo el curso de la trama se sostiene mediante dobles tensiones entre elementos antagónicos, resueltos con una prosa meticulosa y febril; la mesura en el tratamiento de los diferentes escenarios, materializada mediante un procedimiento narrativo equitativo y cuidadoso y en absoluto moralizador -esta sería la gran diferencia entre el relato canónico de aventuras del siglo XIX y el escrito un siglo después-, convierte Voss en una novela literariamente extraordinaria.
"-Soy consciente, muy a mi pesar, de lo poco que he visto y experimentado de las cosas en general, y de nuestro país en particular -acababa de confesar la señorita Trevelyan-, pero me gusta pensar que lo poco que he visto es menos de lo que sé. El saber nunca ha sido una cuestión de geografía. Más bien al contrario, llena y desborda todos los mapas que existen. Quizá el auténtico conocimiento solo llegue con la muerte ocasionada por la tortura en la región de la mente."
Calificación: Hors catégorie

3 de diciembre de 2018

Los países

Los países. Marie-Hélène Lafon. Editorial Minúscula, 2018
Traducción de Lluís Maria Todó
La relación de los campesinos con la ciudad, esa mezcla de miedo y fascinación, el menosprecio como mecanismo de autodefensa para sobreponerse a su evidente complejo de inferioridad, podrían ser los cauces en los que circula Los países (Les Pays, 2012), la novela  de Marie-Hélène Lafon, una autora prácticamente desconocida en lengua castellana pero titular de una extensa obra narrativa que la ha hecho acreedora de multitud de premios literarios en Francia, su país de origen. 
"Con mujeres como Claire, que no querían cargarse con una familia, soportar un marido, unos hijos, y vivían en pisos atestados de libros, iban a los espectáculos o a ver pinturas en los museos, en París, en Austria o en Nueva York, en vez de criar niños y ocuparse de la casa, con mujeres como ella, que ganaban su dinero sin depender de los hombres, pronto llegaría el fin del mundo."
Es posible que, como en otros muchos y variados aspectos de la vida francesa, Balzac -su nombre estará presente a lo largo de estas Notas de Lectura; su presencia en la novela es igual de permanente- cubriera todo el abanico de posibilidades de forma tanto esquemática como exhaustiva, pero es probable también que la summa del turenés pueda aprovecharse de cierta actualización que no redundará en perjuicio sino, al contrario, en mejora de su versión del Registro Civil. A medida que avanza la acción, el rastro de Balzac, al que la literatura debe la caracterización canónica del provinciano en París, de las relaciones entre este y el habitante capitalino y el estatuto de ese relato como tema literario, se va haciendo más presente y acaba por iluminar la totalidad del cuadro pintado por Lafon que, más que una parodia, acaba constituyendo un homenaje que la autora utiliza en la parte central de la novela, cuando la acción parece requerirla.

La ciudad ha actuado, a lo largo de la historia, como polo de atracción para los habitantes de provincias por su oferta de oportunidades no solo para aquellos que se ven espoleados por la ambición sino también para los que ven amenazado su sistema de vida en la provincia, opulenta pero balzaquiana al fin y al cabo. Pero el trasplante del campo a la ciudad no es  posible siempre porque la fuerza magnética de la tierra, sobre todo para el campesino, es inevitable; aunque, roto el hielo por la generación anterior e inoculado el veneno bajo la excusa del progreso o de la prosperidad, el trasvase de la generación siguiente parece inevitable.
"[...] tenían menos de treinta años, cayeron en la cuenta, pues, supieron que no podrían vivir como habían vivido sus padres y los padres de sus padres y tantos otros antes de ellos. El viento de las ciudades soplaba, el mundo alrededor era extenso y empezaba a existir, en la televisión, en los periódicos, pero también en los papeles del banco, y los reglamentos las normas las primas los cargos, aquello se acababa, eran los últimos."
Para que esa mudanza sea provechosa, es imprescindible tejer una nueva red de relaciones que sirvan para la nueva situación, unos puntos fijos capaces de aguantar una caída desde una altura diferente y cualitativamente superior de la que se daba en la provincia, y con unos nudos capaces de formar una nueva malla. A pesar de ello, existe una amenaza permanente para el emigrado a la capital: la imposibilidad de asumir el fracaso en su empeño cuando se le ha concedido el papel de representante y depositario de la esperanza del clan familiar con respecto al progreso y al futuro. En todo caso, no solo cambia el marco de referencia sino que los apoyos con los que siempre se podía contar han desaparecido; es cierto que pueden buscarse otros, pero su naturaleza -la incondicionalidad, la autoridad, la proximidad, la costumbre- será distinta.
"Allá arriba habían empezado a segar, si el tiempo era bueno; cada vez empezaban más pronto; en ninguna granja, o casi, ya nadie se cuidaba de rastrillar en los rincones y recodos, avanzaban sin preocuparse de los detalles; ya nadie esperaba, como había hecho el padre, a que los niños salieran del colegio, los últimos días de junio, para atacar el trabajo rudo, la auténtica siega del heno, después del aperitivo, el ensilado, que se practicaba lo más tarde a mediados de junio en cuanto la hierba estaba preparada y el tiempo era más o menos el adecuado. En el parque de Luxemburgo, bajo las frondosidades galantes de aquel jardín urbano que ella estaba descubriendo, Claire pensó en eso. No tanto en los de allí, los que estaban atrapados en las redes de las grandes tareas estacionales, como en las cosas en sí, en el arce del patio, el río, la hierba, la hierba sobre todo antes de que la sieguen ellos, el padre o el hermano, la hierba como oleaje flexible."
Tal situación redunda en el desarraigo progresivo del emigrado a la ciudad, la pérdida de los referentes campesinos, más por dejación involuntaria que por empeño propio, la amputación del marco vital del pasado, la disolución del nexo físico y mental, el alejamiento del núcleo familiar, que va perdiendo influencia a medida que su presencia se hace esporádica, y las aspiraciones de la niñez, abandonadas con el cambio de residencia y canjeadas, a la fuerza, por otras socialmente más elevadas, pero cuya persistencia, aunque olvidada, consigue traerlas al presente cuando las nuevas se muestran esquivas o, a lo peor, imposibles de alcanzar.
"En la madriguera de las ciudades las cosas tienen un lugar, el territorio del interior está bajo control. El mundo enorme palpita en sus alrededores, golpea y bate al otro lado de las ventanas, de la puerta, de las paredes, del techo, del suelo."
Al cabo de veinte años de la llegada a la capital, Claire, en plena cuarentena, efectúa un repaso de su vida desde la niñez hasta la actualidad, relacionando etapas, lugares y experiencias. Sus dos tiempos, la infancia rural y la madurez capitalina; sus dos espacios, la provincia y la ciudad; y sus dos cuerpos, el de la joven provinciana que llega a la capital y el de la cuarentona asentada en la ciudad; todos ellos han acabado configurando dos países, geográficos, sí, Auvernia y París, pero también mentales, provocando en ella un fenómeno de disociación que intenta remediar a través de la escritura.
"Claire escuchaba a Alain, opinaba y daba la réplica, sorprendiéndose al encontrar en sus modos de decir unos giros cuyo uso ya había perdido en su vida nueva y segunda; pero sentía, más que saber, que algo se había perdido, había sido abandonado, algo que no remitía al luminoso paraíso de las infancias; no existía paraíso, de las infancias nos escapamos; en ella, en su sangre y bajo su piel estaban infusas unas impresiones fuertes que formaban paisaje y componían el mundo, eso lo tenemos dentro, había que ampliar la vida, ganarla y ampliarla gracias a la mediación única y muda de los libros."
Lafon despliega una prosa ramificada y envolvente, con ausencia de diálogos, que avanza en pos de los personajes que, además de protagonizar los diversos episodios, son utilizados para caracterizar situaciones relacionadas con la trama de forma directa o que cumplen su función ampliando la información proporcionada por el autor; un encadenamiento no tanto causal como posicional que más que describir, expone, y en el que los hechos pierden sus diferentes grados de preponderancia para presentarse en toda su amplitud en una sucesión ininterrumpida de cuadros. Se trata de una p rosa sin duración en la que el tiempo es un elemento accesorio, pues pasado y presente se muestran de forma simultánea como si el conjunto de relaciones que los conectan fueran exclusivamente de forma biunívoca, cuando el pasado es capaz de influir de forma inevitable en el presente deja de ser pasado para convertirse en parte del mosaico existencial inscrito en un solo plano, el que configura ese presente continuo que denominamos hoy.

La importancia de la geografía en la obra de Lafon, esa Auvernia que se erige casi en un personaje, trae a la mente la obra de otro escritor de la región central de Francia, el lemosín Pierre Bergounioux, algunos años mayor de Marie-Hélène pero, sin discusión, perteneciente a la misma generación geográfica, temática y de estilo.

Calificación: *****/*****

28 de noviembre de 2018

Un vespre al paradís

Un vespre al paradís. Lucia Berlin. L'Altra Editorial, 2018
Traducció de Josefina Caball
"El cas és que, si hagués d'explicar la història de la Lucia, fins i tot des del meu punt de vista (objectiu o no), s'entendria com a realisme màgic. És impossible que ningú s'arribi a creure la seva història." Del pròleg "La història és el que compta", de Mark Berlin, fill de Lucia.
Després de la sorpresa que va representar la publicació del recull Manual per a dones de fer feines (A Manual for Cleaning Women, 2015), aquest 2018 han aparegut vint-i-dos contes més de Lucia Berlin -sembla que s'han rastrejat un total de setanta-sis contes publicats en vida de l'autora- aplegats en un altre recull, Un vespre al paradís (Evening in Paradise: more stories, 2018). Més llenya al foc, doncs, mentre esperem la traducció de Welcome Home, el volum que inclou, a més de documentació vària, les memòries -ara sí- en les que estava treballant Lucia Berlin quan va morir, l'any 2004.

El lectors que vam disfrutar de la fascinació del seu primer llibre pòstum tenim un altre motiu d'alegria perquè els contes d'aquest recull no són restes de sèrie ni la seva publicació ha estat el resultat d'una hàbil operació comercial: tota la Berlin que hi havia al Manual hi està present i, a primera vista, la qualitat dels relats no desmereixen de cap manera els inclosos a l'antologia prologada per Lydia Davis -tot i que jo hagués triat per donar-li títol el conte "A vegades a l'estiu", un relat extraordinari que, tot i la seva mesura, com sempre amb la Berlin, deixa el lector sense alè-; en especial, els que fan referència a la infantesa de la protagonista  barregen una sensibilitat impressionant amb una profunditat psicológica d'una certesa espaordidora. Tota una geografia real -les històries estan ubicades a llocs tan remots, variats i descentrats com Santiago de Xile, Manhattan, Mèxic i Oakland- que va aparellada amb una igualment variable geografia humana, però amb un centre permanent: les seves protagonistes que, preses com a conjunt, no solen estar gaire lluny de la seva pròpia persona. 


Segueix la precarietat vital de les protagonistes dels relats, que continuen amb l'aire d'autobioficció present a la totalitat de la seva obra, igual que segueix la seva mirada, alhora lúcida i innocent, el vital sentit de l'hum+or i una intel·ligència notable. Però el que destaca, sobretot -i això és el que fa a Berlin diferent- es una veu narradora que aconsegueix fer compatible la negror amb l'afabilitat, l'angúnia amb l'esperança, la sordidesa amb la generositat, la lletjor amb la bellesa, la vida ordinària amb l'exemplaritat, la possessió amb el despreniment, la perversitat amb la benevolència i l'espontaneïtat amb la versemblança.

"De vegades, al cap dels anys, mires enrere i dius això va ser el començament de.. o bé, que n'érem de feliços llavors... abans de... després de... O penses tornaré a ser feliç... quan hagi... si nosaltres..."
Qualificació: *****/*****

26 de noviembre de 2018

Vorrh. El bosque infinito

Vorrh. El bosque infinito. Brian Catling. Ediciones Siruela, 2018
Traducción de Pablo González Nuevo
"A veces pensaba que la realidad era una quimera de su propia creación, el producto de un sueño que ahora lo eludía continuamente."
Tras la muerte de su esposa y después del cumplimiento de algunos extraños rituales con su cadáver, Unodeloswilliams, el protagonista de la historia -y le adjudico ese papel porque es el único personaje referenciado con voz en primera persona del relato-, emprende un viaje iniciático con el objetivo de atravesar un bosque, el Vorrh, sobre el que pesa la leyenda de de inviolable. Unodeloswilliams, el nombre con el que es conocido por los aborígenes, posee un pasado oscuro condicionado por su deserción del ejército inglés. El escenario principal de la novela, compartido con los Estados Unidos de América y la metrópoli londinense, es un país africano recién descolonizado tras las Guerras de Posesión en el que aún conviven la civilización europea, representada por los supervivientes blancos, dueños de la gran compañía maderera que explota el bosque, y los habitantes originarios, de raza negra, cuya relación con el bosque se sitúa entre la indiferencia y la superstición. 

Pero el verdadero protagonista de la novela es el Vorrh, el bosque, como encarnación de lo desconocido, el misterio que el hombre no ha podido desentrañar, el enigma que ejerce su poder hasta que pueda ser desvelado; pero también el último reducto de la resistencia nativa  frente al omnipotente poder de la metrópoli, un mecanismo de defensa ante la posibilidad de invasiones indeseadas, pero con una autonomía que no acepta órdenes de nadie, y ni siquiera los aborígenes obtienen un trato especial, aunque pueden aprovecharse de su poder como colectividad si el objetivo es común. El bosque tiene un significado distinto para cada individuo que intente atravesarlo, como también son distintas las pruebas a las que se verá sometido, pero todo el que se enfrente a su travesía deberá arriesgarse a padecer su efecto más doloroso -que es, también, su sistema de protección frente a las amenazas del exterior: el drenado de su alma y borrado de sus recuerdos.

Vorrh. El bosque infinito (The Vorrh, 2012), primera parte de la trilogía The Vorrh, que se completa con The Erstwhile: The Vorrh II (2017), y The Cloven: The Vorrh III (2018), podría adscribirse con facilidad en el género de la literatura fantástica, pero esta clasificación pecaría de simplista teniendo en cuenta la complejidad de la trama, formada por episodios aislados en apariencia de la acción principal, y el ambiente mítico, fundacional, que mezcla elementos, ideas y clichés de la fantasía épica con ingredientes de la ciencia-ficción contemporánea y con la aparición de hechos y personajes históricos directa o colateralmente relacionados con la acción: aparte del mismo Vorrh, el bosque imaginario aparecido en Impresiones de África, deambulan por la narración el propio Raymond Roussel, perfectamente caracterizado; William Gull, el médico inglés a quien la leyenda ha atribuido la autoría de los asesinatos adjudicados a Jack el Destripador; Sara Winchester, la heredera del imperio del inventor del rifle; y Eadweard Muybridge, el fotógrafo inventor del zoopraxiscopio. Todos esos elementos, y las combinaciones entre ellos ideadas por Catling, hacen de la lectura de Vorrh una experiencia extremadamente gratificante, esas que sustituyen la voluntad de seguir leyendo por la necesidad de seguir leyendo.

Calificación: *****/*****

23 de noviembre de 2018

Diario de París 2018 IV

"Siéntese, por favor"

Una de las cosas que sorprende viajando por Francia en motocicleta es la consideración extrema de la mayoría de conductores con respecto a las normas de circulación -uso de los intermitentes, respeto a las distancias de seguridad, consideración a las preferencias-, a las velocidades máximas y, en general, a la cortesía de los automovilistas hacia los motoristas. He comentado este hecho con otros conductores de moto o con peatones, y la opinión general es que los importes de las multas de tráfico y las condenas por conducción indebida deben ser más disuasorios que en otros lugares; yo, en cambio, tiendo a pensar que ese comportamiento tiene una raíz más profunda que no tiene nada que ver con las restricciones sino con la educación.

Conducir por las calles de París se parece mucho a hacerlo en cualquier capital superpoblada, con un parque de automóviles excesivo para lo que podrían soportar las infraestructuras ciudadanas; una red de vías no diseñada especialmente para los automóviles, sobre todo en sus calles de trazado antiguo; y la existencia de unas horas punta de circulación que hacen del caos su estado habitual. Sin embargo, existen algunas condiciones que distinguen el movimiento por París en automóvil de lo que sucede en otras ciudades: la existencia de una red importante de carriles exclusivos para bicicletas y el respeto de la mayoría de los automovilistas por los ciclistas; el numeroso parque móvil de motocicletas, que disminuyen la densidad de tráfico; el respeto absoluto de los conductores por los semáforos y las preferencias; y, en cuanto a los peatones, la existencia de multitud de zonas exclusivamente peatonales; la restricción, en las calles de menos de dos carriles, para los automóviles, de circular a menos de 30 Km. por hora; y los semáforos de preferencia peatonal, en los que la luz para el conductor siempre está en ámbar porque el peatón siempre tiene preferencia. Parece, pues, una cuestión más relacionada con la educación que con las sanciones. 

Pero limitar esta cuestión al tráfico no justificaría mi aseveración anterior; hay otros ejemplos en los que sustentarla.

Sorprende, y más a los fumadores, la casi nula cantidad de colillas en las calles; y es que todas las papeleras, varias por cada tramo de manzana, tienen un suplemento metálico para apagar el cigarrillo y un pequeño depósito para dejarlo una vez apagado. La mirada que me lanzó una parisina cuando me vio tirar una colilla me advirtió, sin decir una palabra, de lo inadecuado de mi conducta; por supuesto, hice uso, en lo sucesivo, de las papeleras, y cuando no había ninguna a mano, apagué el cigarrillo en la acera y guardé la colilla dentro del propio paquete de tabaco.

Los restaurantes parisinos son el ejemplo más claro de cómo gestionar el espacio: en general, pero  particularmente los situados fuera del núcleo turístico de la capital, suelen estar ubicados en locales de medidas reducidas, pero ello no es óbice para que el número de mesas que mantienen parezca inviable, si no fuera porque las distancias de separación entre ellas casi nunca supera los 20 cm. En esas condiciones, se agrupan en locales bastante pequeños tal cantidad de comensales que uno esperaría un nivel de ruido alarmante, pero nadie habla por encima del volumen necesario para que sus acompañantes puedan oírlo, lo que redunda en beneficio de las conversaciones del resto de las mesas y en un ambiente bullicioso pero para nada molesto.

La conducta de los viajeros en transporte público se distingue también de forma notable de lo que estamos acostumbrados al sur de los Pirineos: el orden absoluto y respeto a las preferencias para bajar y subir; la colocación junto a los pies de mochilas y carteras y el levantarse de los asientos plegables cuando los vagones se llenan por encima de la que parecería su capacidad habitual; el relativo silencio -me refiero a las conversaciones a través de teléfonos móviles, a los mensajes de voz emitidos y recibidos, a las conversaciones hormonadas de las pandillas de adolescentes y a la música sin auriculares- de un lugar tan concurrido sorprende a los habituados al transporte público en España, pero lo que me fascinó de veras fue la facilidad con que cualquier viajero -en mi caso, un adolescente de raza negra, gafas de sol tamaño máscara y auriculares más grandes que su cabeza- cede su asiento al pasajero con la movilidad reducida o, simplemente, de más edad.

Los habitantes de la península padecemos de un inefable complejo de inferioridad con respecto a lo extranjero que hace que nuestra visión de todo lo que está más allá de nuestras fronteras se nos aparezca profundamente sesgada; y todo parece indicar que ese sentimiento se acentúa con la proximidad. La antipatía hacia lo francés es paradigmática -ser afrancesado era casi un delito en tiempos de Jovellanos-, tal vez debido a la envidia inconsciente de haber menospreciado a nuestros Ilustrados, por habernos perdido la Revolución, o acaso por la invasión de la armada napoleónica que dio lugar a una guerra que, haciendo uso de la inquina más cateta, no dudamos en calificar de independencia. Esa antipatía ha sido, desde antiguo, una de las razones por las que siempre se ha considerado a los franceses los seres más groseros, desagradables, descorteses y maleducados del orbe; y tal vez no faltara razón al que, con una moderación que excluye esas descalificaciones, se haya visto algo menospreciado por su origen peninsular, pero esta situación, vivida en propia carne en los años 80 del siglo pasado, ha ido cambiando con el paso del tiempo, y en la actualidad el viajero es tratado en igualdad de condiciones -a menudo, con corrección; extraordinariamente, con excelencia o con displicencia- con independencia de su origen; el parisino contemporáneo no hace ninguna distinción a la hora de pronunciar sus "por favor", "disculpe", "muchas gracias", "no hay de qué", "¿me permite?"; es más, los pronuncia con una frecuencia que en nuestro país, dependiente del turismo y baluarte del gracejo y la simpatía, es desconocida.

Y no es por miedo a las sanciones porque en Francia no existen las multas por tirar una colilla en plena calle, por dar alaridos en una aglomeración, por no ceder el asiento en el metro, ni siquiera por ser grosero; todo parece indicar que algo que tiene que ver con la educación se gestiona mejor en el país vecino que a este lado de los Pirineos.

21 de noviembre de 2018

Diario de París 2018 III

Banderas y otros trapos o dónde se encuentra la identidad



Siempre me ha llamado la atención la relación de los franceses con su bandera, sobre todo cuando se intenta correlacionar con lo que sucede en otros países, por ejemplo, con España o con las diversas así denominadas identidades nacionales existentes en el territorio español. Es muy común que cualquier edificio oficial, por pequeño e insustancial que sea, luzca al menos una tricolor, y que en festividades relacionadas con la República pero también en otras de signo político menos nacional, la bandera forme parte inseparable de la celebración.

Mi viaje a París coincidió con la celebración del Centenario del Armisticio que dio fin a la Primera Guerra Mundial. El día 11 de noviembre gran parte de los mandatarios -esos que se autodenominan líderes- mundiales se dieron cita en la capital para llevar a cabo la conmemoración oficial del cierre del conflicto; se dieron discursos, se hizo un amago de desfile militar y un homenaje al pie del Arco de Triunfo. Gran parte de la ciudad estaba literalmente tomada por la Gendarmería y el Ejército y algunos de los monumentos cerrados por motivos de seguridad. No es extraño que la conmemoración tuviera lugar en París, pues Francia fue tal vez el principal escenario del conflicto y el que sufragó con más muertos la factura de la contienda, y que toda la ciudad luciera, uno diría que con algo parecido al orgullo, la enseña común a la mayoría de los franceses.



El paisaje urbano ese 11 de noviembre estaba pues dominado por los cuerpos de seguridad, no tan solo presentes sino muy visibles, pero cuando la reunión de mandatarios había llegado a su fin, quedaron una serie de restos de celebración que son los que provocaron, por el contraste mencionado con anterioridad, mi desconcierto. No solo el Ayuntamiento, el impresionante Hôtel de Ville, lucía el azul, blanco y rojo en sus fachadas, sino que también todos aquellos edificios públicos con cierto valor arquitectónico estaban iluminados con la tricolor.  Mientras la bandera francesa se mostró omnipresente en la celebración oficial, en la Plaza de la República, el Pole de Renaissance Communiste en France convocó una manifestación contra el imperialismo -Donald Trump fue uno de sos asistentes a la conmemoración- que, por cierto, acabó con cargas policiales, en la que la mayoría de banderas eran rojas con la hoz y el martillo, pero también había presencia notable de banderas de Francia. ¿La misma enseña para la cumbre del imperialismo global y para la revolución que quiere acabar con él? Pues sí, la misma.



No quiero especular acerca de ese hecho; ni tengo la capacidad para hacerlo ni dispongo del tiempo que debería dedicarle para llegar a conclusiones fiables; pero mi primera impresión relaciona, casi involuntariamente, esa identificación con un símbolo, el "trozo de tela triste" de Chicho Sánchez Ferlosio, con el hecho de que ninguna facción se haya apropiado con la suficiente solidez de esa bandera como para hacerla extraña a la gran mayoría de ciudadanos. Una bandera, por cierto, cuyo origen fue la Revolución de 1789 y que, paradójicamente, une los colores de la enseña de la ciudad de París, el origen de la Revolución, el azul y el rojo, con el blanco de los Borbones que la propia Revolución desbancó. Pero en Francia no tuvieron una dictadura como la española, que se apropió de la enseña, provocando el rechazo de gran parte de la población hacia el símbolo; ni, en otro orden de cosas, un grupo de burgueses acomodados en busca de promoción personal, los que llevan años apropiándose de la bandera catalana hasta que consigan hacerla extraña a una parte considerable de la población del principado.

Aunque tal vez el origen del sentimiento de identidad no sea una bandera, sino que se funde en otros hechos no tan simbólicos pero más convincentes. Durante los primeros años de este siglo, el Estado francés colgó en todas las escuelas de París que ya existían en los años 40 del siglo pasado un placa de homenaje a los alumnos "nacidos judíos" deportados y asesinados por los nazis durante el exterminio -y reconociendo, de manera pública, la responsabilidad del régimen colaboracionista de Vichy, una parte del Estado francés de la época-.


Al mismo tiempo que en los Campos Elíseos tenían lugar los fastos protagonizados por la República, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, inauguraba, en el muro exterior del Cementerio de Père Lachaise, un homenaje a todos los parisinos fallecidos durante los años de la Primera Guerra Mundial, detallando nombre y apellido y año del fallecimiento; un listado ejemplar casi cien metros que sobrecoge el corazón más pétreo y emociona al más insensible.



Todo ello lleva a a uno, refractario por principios tanto a los símbolos como a las identidades colectivas, a pensar que tal vez las filiaciones comunitarias y las banderas no tienen nada que ver con el lugar de nacimiento o con supuestas -o, directamente, inventadas- razones históricas sino con la identificación con los hechos palpables de quienes tienen en su mano agitar ambas cosas. Me parece que esta es la razón por la que cada vez que visito Francia me siento más francés, y cada día que vivo en España y en Cataluña menos español y menos catalán.