24 de agosto de 2018

El paseo del escéptico

El paseo del escéptico. Denis Diderot. Editorial Laetoli, 2016
Traducción de Elena del Amo. Prólogo y notas de Roberto R. Aramayo. Apéndice de Mario  Bunge
El paseo del escéptico es una alegoría filosófica, presuntamente escrita hacia 1747 e inédita en vida del autor, en la que Diderot, abandonando los planteamientos deístas, se escora definitivamente hacia un materialismo ateo apoyado en el escepticismo y dirigido hacia el entronamiento definitivo del librepensamiento que compartirá con el ala más radical de los philosophes. Subtitulado Conversación sobre la religión, la filosofía y el mundo, representa la transcripción por parte de Ariste -etimológicamente, "el mejor"- de su conversación con Cléobule -nombre con el que es conocido uno  de uno de los siete sabios de Grecia-, quien, con el fin de iluminar la razón humana, le acompaña en un paseo a fin de indagar acerca de "la extravagancia de las religiones, la incertidumbre de los sistemas filosóficos y la vanidad de los placeres mundanos" a lo largo de tres Avenidas: La Avenida de los Espinos, La Avenida de los Castaños y la Avenida de las Flores. Esta edición de Laetoli es su primera publicación en castellano.

La Avenida de los Espinos es un recorrido a través de la religión -principalmente, las tres religiones del Libro, y de forma particular, el cristianismo-. Cléobule la describe  en términos militares, incluído el escalafón y el sistema de premios y castigos; muestra su perplejidad acerca de la arbitrariedad de algunas normas y por la permanencia de otras, por el fanatismo por el sufrimiento, por la hipocresía de los mandos, por los sofismas de los teólogos, por las estupideces del Antiguo Testamento, por los cambios en las normas de Jesús y por el charlatanismo de los apóstoles, por las apologías de los Doctores de la Iglesia, por las fantasías de los mártires. Considera a los cristianos cegados por una venda que han adoptado por indicación de sus superiores, y se admira de que solo los que son capaces de librarse de ella de forma definitiva pueden abandonar la Avenida de los Espinos para recorrer caminos más reconfortantes.

En su recorrido por la Avenida de los Castaños, los paseantes descubren a unos habitantes de trato amistoso y cuyas diferencias no provocan violencia alguna sino un sano razonar y discutir: "se construyen sistemas, se escriben pocos versos", y cuyos únicos enemigos son los soldados que provienen de la Avenida de los Espinos. Allí, Cléobule y Ariste se encuentran con partidarios de varios sistemas filosóficos, pero solo de aquellos cuya herramienta de reflexión es la razón: los pirronianos, que dudan incluso de su propia existencia, y que fueron los primeros habitantes; los ateos, escindidos de los anteriores; los deístas, organizados como una secta pero con un soberano muy transigente; los panteístas, que ven a su autoridad en todas las cosas existentes; los idealistas, que niegan toda existencia exterior al individuo; los cínicos, que no se toman en serio ni a sí mismos; y los anticlericales, empeñados en ofender y reprender a los creyentes.

Finalmente, los paseantes se encaminan a la Avenida de las Flores, en la que todo parece dispuesto para halagar los sentidos y perseguir el placer, un jardín encantado reservado para el deleite de la mesa, las conversaciones irrelevantes, la galantería, la seducción, los juegos eróticos; pero en el que también tienen lugar, por contra, las infidelidades amatorias, las mentiras y la doble moral, la sospecha y la desconfianza.

Calificación: Hors catégorie

22 de agosto de 2018

La derrota

La derrota. Confesiones. Pierre Minet. Editorial Pepitas de Calabaza, 2018
Traducción y prólogo de Julio Monteverde
Aunque es cierto que existe tanta variedad de ejemplos como obras que se recojan bajo esta  denominación, el género literario de las Memorias suele referirse a aquellos textos que recogen los recuerdos y los acontecimientos de la vida del autor; visto desde ese punto de vista, La derrota (La Défaite, 1947), podría ser incluido en ese epígrafe. Pero el texto de Pierre Minet no es solamente un libro en el que el autor exponga su vida -o una parte de ella, la niñez y la juventud-, sino también el relato de lo que sucede alrededor de su vida. Minet habla consigo mismo como quien busca la redención o una absolución que solo él mismo puede otorgarse. ¿Pide perdón? Tal vez, pero no a los lectores; esas Confesiones, subtítulo con el que ha circulado La derrota, no consiste en un relato inculpatorio sino en la mera enumeración de las circunstancias que rodearon la huida de la casa de sus padres y el establecimiento en París, la capital de los sueños... y de las pesadillas.
"Lo titularé La derrota. Si de algo es toy seguro, es de esto. Soy un derrotado. Peor aún, un desertor. Mi idea, mi argumento, es que hemos desertado. Naturalmente, para desertar es necesario primero haber servido a una causa, haber creído en ella. Eso no está al alcance de todo el mundo. Los hombres de los que hablo no son numerosos, pero son los únicos que cuentan, o más exactamente aquellos que, en un momento dado, han contado [...]. Voy a hablar por tanto de una raza que muere. Puedo enumerar a sus últimos representantes. Seguramente los nombraré. Hace mucho tiempo que les perdí de vista. Los mejores han muerto. Tanto mejor para ellos. Pero su desaparición me pesa; pues vuelve mi soledad más aterradora."
Pero toda confesión -que sería el paso siguiente a la insolencia, igual que esta sigue al enfrentamiento-, y más si es voluntaria, tiene algo de pacto; uno confiesa no solo con la esperanza de ser perdonado y absuelto, sino también con el requerimiento tácito o explícito  de obtener algo a cambio: la convalidación de una mentira, la recuperación de una posición perdida o, simplemente, la finalización del rechazo.
"La derrota o el rechazo de ser. En el fondo, este es el título de este libro."
¿Cómo desembarazarse de alguien a quien se odia? Ignorándolo, acabando con él. ¿Y si ese alguien es uno mismo? Analizando los motivos de ese odio, aislándolos de todo aquello que se puede salvar, y empezando de nuevo; de lo contrario, ese personaje odiado impedirá cualquier intento de alcanzar los objetivos propuestos. La confesión de la derrota puede constituir el primer paso de esa liberación, aunque esa disociación conlleva el peligro del extrañamiento, de que el ser confeso no sepa reconocerse en su nuevo avatar, a menos que deje constancia de ese yo anterior. La derrota es el acta levantada como certificación fehaciente e incontestable de esa existencia.
"Después de todo, es la experiencia de toda una vida. En la época de La derrota realizar un balance, querer detenerse, representaba un suicidio. El arma estaba cargada. El tiro había salido, pero aún no me había alcanzado."
Es posible que la conquista de la libertad no sea más que una ilusión, una trampa que nuestra mente nos tiende para fijar un objetivo con que satisfacer el vacío existencial; es posible, incluso, que esa misma libertad actúe como anzuelo para logros más importantes, y que no se trate del paraíso prometido sino de una decoración que no resiste el más mínimo indicio de vida.
"¿Qué más puedo decir sobre aquella vida? Mi memoria está llena de hechos y personas. Pero no quiero escribir un libro de memorias. Intento dar sentido a todo esto. He tomado la palabra en nombre de la poesía y del deseo. En el fondo, en esta multitud de antaño hay pocos rostros sobre los cuales continúe agitándose dulcemente, como la sombra de una hoja sobre un muro, el reflejo de mis antiguos sueños."
El paso siguiente al reconocimiento de haber cometido errores es el intento de subsanarlos, y cada época de la vida conlleva su especificidad; en la juventud, suele aducirse como excusa la inocencia cuando no es posible adjudicar la equivocación a un factor externo que descargue de la culpa, pero esa atribución suele producirse siempre en la edad adulta, cuando ya se han experimentado las consecuencias de la conducta errónea; en cambio, casi nunca se adjudican a la inexperiencia, que acostumbra a ser la causa más plausible y más persistente; esa descarga se convierte, de este modo, en una excusa sin fecha de caducidad.
"¡Oh! ¡Impagable ingenuidad! Yo ignoraba todo acerca de quién era, pero no admitía la posibilidad de ser otro."
El peligro de la hipersensibilidad es que suele hacer pasar por experiencias sublimes los hechos más insignificantes; ese efecto distorsionador actúa como un dintel móvil que maximaliza también los efectos de esas experiencias en la mente del sujeto, que desarrolla una especie de tolerancia adiccional de modo que cada vez precisa de una dosis mayor de sublimidad para que surta el mismo efecto, so pena de caer en la depresión de lo cotidiano; es bajo esa alteración cuando la decisión más irrelevante se convierte de declaración de principios, la relación más fugaz en pacto de por vida,  la renuncia más intrascendente en solemne abdicación y la más mínima contrariedad en irremediable catástrofe.
"Yo estaba fascinado. Morir joven me parecía deseable. Me horrorizaba aquello que se conoce como experiencia, la exasperante madurez, y tenía pavor a esa traición de la que estaba seguro que me mantendría a salvo en caso de envejecer. La profecía de mi amigo sublimaba mi destino."
Es bajo esa disposición de ánimo que el más ínfimo fracaso se transfigura en irremediable derrota y se acentúa el carácter heroico de la deserción más exigua: cada dificultad se convierte en un desafío, cada revés de la fortuna en una prueba de templanza, cada reto en un motivo de heroicidad, cada fracaso en una lección vital, cada sueño irrealizable en una aspiración vital, cada necesidad en un motivo para la renuncia. Dotado de una experiencia trascendente, el individuo se cree el elegido del destino para sufrir los martirios más crueles, a los que enfrentará con la mejor de las disposiciones, convencido de que de este modo pasará a los anales de la vida como ejemplo de entereza y de carácter insobornable: un adalid de la rebelión.
"Con mi padre tomé inmediatamente una actitud muy clara: rechazaba todo trabajo y me dedicaba a no perder, a no ceder nada de lo que había conquistado. En la casa me convertí en el extraño cuya presencia crea un constante malestar, pero al que se tolera por miedo al drama, porque su mirada, sus silencios, su frialdad, parecen contener una amenaza que ningún arma podrá vencer. Yo era un monstruo y los monstruos dan miedo. Por otra parte, no me contentaba con fijar mis ideas y mis gustos, y me lanzaba sobre los suyos como un toro se lanza sobre la muleta. "¡Sabed bien que me niego a parecerme a vosotros! ¡No reconozco a ningún maestro, no respeto ninguna ley! ¡Qué estúpida es vuestra moral! ¡Qué oscura es vuestra vida!".
La juventud es también el tiempo de las amistades inquebrantables, de las complicidades inconfesables y, cómo no, de las traiciones imperdonables. La volubilidad de los principios y, paradójicamente, la fortaleza de los prejuicios, convierten la relación con los semejantes en un vaivén insostenible de puro volátil cuyas diferencias quedan desveladas al primer desacuerdo, que provocará un rompimiento irremediable y una enemistad eterna.
"Ya en la calle saboreé mi victoria. Porque sin duda era una victoria. Recobraba mi libertad. Levaba el ancla. El dinero recibido no me llevaría muy lejos. Pero me parecía como si, para acceder realmente a la vida, fuese necesario empezar por perder aquello que los hombres se afanan por adquirir, y lo primero, y más importante, era no preocuparse por el mañana que proyecta sobre el instante presente la sombra del miedo. Era necesario abandonarse a la vida como uno se abandona al sueño."
Cuando no se está dispuesto a asumir las responsabilidades que, de forma incuestionada, se esperan de un adulto, la convivencia con los semejantes se complica, entre otras razones, porque se altera el código que rige el comportamiento de estos. Si en la edad inmadura se cree que todas las necesidades han de ser cubiertas por ese fenómeno denominado vida, la madurez suele conllevar un cambio en esa exigencia. Pero ese cambio puede ser rechazado -dando lugar a un individuo inadaptado- mediante un truque de reivindicaciones y la autocomplacencia de quien piensa que puede seguir exigiendo a la vida que siga cubriendo sus necesidades, aunque estas hayan cambiado.
"Este libro es una larga confrontación. Por un lado el gordo campesino que he presentado al comienzo de estas páginas. El personaje cotidiano, abonado a la esperanza. Por otro... ¿cómo llamarlo?... Es una confrontación difícil, penosa. El campesino siempre está gordo, es dominante. Pero está atrapado, obligado a rendir cuentas. En cualquier caso, ¡ha recibido un buen golpe! ¿No cojea un poco? Sí, un libro como este es una liberación."

Calificación: ****/*****

20 de agosto de 2018

Un amor imposible

Un amor imposible. Christine Angot. Editorial Anagrama, 2017
Traducción de Rosa Alapont
"Anoche, al teléfono, cuando te dije que me sentía sola desde que André tiene problemas, tú replicaste: "Estamos solos". Yo contesté: "Es verdad, aunque a veces creemos que no es así."
Una tormentosa y desigual historia de amor entre un parisino de buena familia y una chica humilde de ascendencia judía, en la que la posición dominante -física, económica, social, sexual, decisoria...- queda establecida y es aceptada desde el primer encuentro y, como consecuencia, con una asimetría evidente,  termina con un embarazo -el que da origen al nacimiento de la narradora- con respecto al cual él declina toda responsabilidad posterior, y finaliza con el desgarro esperable debido al carácter de relación no asumida, por una parte, y con ninguna esperanza de duración por la otra.
"Durante el camino de vuelta se hicieron fotos en la campiña. Ella le sacó una foto y él le hizo la misma. Apoyados en el mismo poste, en idéntica postura. Tanto una como otra estuvieron tomadas desde lejos. Ella llevaba un jersey de manga corta, pantalones de tubo, bailarinas y un fular alrededor del cuello. Él una camisa blanca remangada y unos pantalones con cinturón que le hacían bolsas en las caderas. No se distinguían bien sus rasgos. Se veía la postura de los cuerpos, el encuadre y la campiña circundante."
En los recuerdos de la infancia de la narradora se mezclan la despreocupada vida de la niña con el progresivo apercibimiento de pertenecer a una familia peculiar, pero en la que la falta del padre representa, a sus ojos infantiles, antes una cuestión anecdótica que la manifestación explícita de una carencia, incluso ante el hecho de que casi todos los compañeros de escuela o de juegos poseen uno:
"Me hablaba [mi madre] de él. Todos los niños tenían un padre. El mío era un intelectual. Sabía varias lenguas. Se habían amado. Fue un gran amor. Fui una hija deseada. No un accidente. Ella se había sentido orgullosa de llevarme en su vientre durante nueve meses. Pese a las pullas y los comentarios hechos a su espalda. Ahora yo estaba ahí. Eso la hacía feliz. Dónde estaba mi padre, a qué se dedicaba, era algo que a la gente no le incumbía. Si me lo preguntaban, estaba muerto, o de viaje";
circunstancia que sí que afecta, en cambio, de un modo más vivo a la madre, condenada a una existencia precaria en lo económico, limitada en lo familiar y descabezada en lo sentimental, incapaz de comprender la conducta del padre no solo con respecto a sí misma sino, sobre todo, con respecto a su hija, a pesar de la relativa normalidad con la que vive esa carencia.
"-Y, sin embargo, esa niña tiene un padre. Todo el mundo lo tiene. Lo sabes, Christine. Ya hemos hablado de ello. Tal vez su mamá no se lo ha dicho. Pero lo tiene. Todo el mundo lo tiene. Yo también. No he vivido mucho con él, pero es mi padre. Lo tengo. También tú lo tienes. Y la tía. Todo el mundo. Tú también. No lo conoces. O más bien no te acuerdas de él. Lo viste. No lo recuerdas pero lo viste. Lo viste por primera vez cuando tenías dos años, durante las vacaciones. La segunda vez tenías tres años. Lo viste una tercera vez, a los seis. Nunca has estado con él mucho rato, eso es verdad. Y también vino a verte cuando eras un bebé. Estabas en la cuna, no lo recuerdas. También esa niña tiene un padre. Aunque no lo haya visto nunca. Todo el mundo lo tiene."
El reencuentro, que coincide con la llegada de la primera menstruación, conlleva el reconocimiento de paternidad, tras la insistencia de la madre, y la adopción por parte de Christine de un nuevo apellido. Un reconocimiento que, no obstante, acentúa el sentimiento de insuficiencia de la madre, a la vez que hacen aflorar diversos síntomas de depresión, el principal de los cuales, que acarreará toda su vida, es la infravaloración.

Madre e hija acaban por componer una vida relativamente encarrilada en lo económico pero que no puede sustraerse de cierto trasfondo de provisionalidad, como si estuvieran a la expectativa de algo, cuya naturaleza no saben concretar y cuyo origen es también desconocido, que debe suceder y asentarse definitivamente. Aunque es posible que ese advenimiento no sea exactamente el mismo para la madre que para la hija, la expectativa sí que es compartida.
"Ella estaba feliz de haberlo visto. Triste por verlo marchar. Siempre era igual, una llegada, una partida. No había nada estable. Nos quedamos plantadas detrás del coche que arrancaba, ella lloraba en silencio. Alargué la mano hacia ella. Y le apreté la muñeca."
La frecuencia del contacto con el padre provoca el alejamiento de Christine de su madre. Sin embargo, ese progresivo acercamiento paterno, lleno de reproches por la rusticidad y la mala educación de Christine, provoca también una consecuencia nefasta sobre ella, cuyas secuelas arrastrará toda su vida, debido a la conducta sexual del padre. El efecto de esa revelación sobre su madre, a pesar de reconocer que no le extrañaba, es demoledor.
"El timbre de su voz no era el mismo de antes. Las palabras parecían salir de una caja antigua, tras haber permanecido allí guardadas varios años, salir de una en una, desligadas las unas de las otras, sin fluidez, como viejos papeles que se pulverizaran entre sus dedos a la luz."
La destrucción de los restos de las relaciones familiares fue la consecuencia lógica de las diversas incidencias que tanto Christine como su madre tuvieron que afrontar, cuyo desenlace fue el aislamiento definitivo de los tres lados de ese triángulo que nunca acabó de cerrarse porque los tres tipos de amor que representaban los vértices fueron, a lo largo de su existencia, tres amores inviables que marcaron de tal forma la vida de los integrantes que la reunificación se tornó inviable.
"En los años que siguieron empecé a atribuirle [a su madre] mis fracasos. La acusaba de no haberse cuestionado nada, de no haberse psicoanalizado más que tres años, de haber encontrado en mi padre a un culpable fácil, de no haber reflexionado sobre su propia responsabilidad en lo que me había ocurrido. En consecuencia, le aconsejé que no se sorprendiera de las dificultades por las que atravesaba nuestra relación. Le dije que yo era la víctima del egoísmo de ellos dos. Que en ese sentido eran parecidos. Preocupados únicamente por la mirada que cada cual dirigía al otro. Que la famosa foto sacada en el campo, en idéntica postura, apoyados en el mismo poste, lo atestiguaba. Que cada uno se había tomado por el espejo del otro. Que me habían sacrificado a eso."
Tras la muerte del padre, las comunicaciones entre ambas mujeres van reduciéndose, los encuentros se hacen más esporádicos mientras crecen los reproches y reaparece un sentimiento de rechazo profundo e ineludible; este distanciamiento hace aparecer la culpa y el remordimiento, que se adjudican a cualquier nimiedad porque ninguna de las dos se atreve a verbalizar la causa real. Sin embargo, la imposibilidad de acarrear con esa pesadumbre las lleva a retomar el contacto, años después, para  completar los espacios en blanco de su relación y para intentar reactivar la existencia, en último término, como última opción y cerca ya de la muerte, de ese amor imposible entre madre e hija que dejaron que se autodestruyera cuando más falta les hacía.
"-¿Sabes, mamá?, hay cosas de las que tampoco me diento orgullosa. ¡¿Durante cuántos años te denigré, eh!? ¿Durante cuánto tiempo le seguí el juego a mi padre? A partir del momento en que lo conocí, empecé a devaluarte. A ti. A despreciarte. A criticarte. Con lo mucho que te quería. Mucho, mamá. Es un desastre. Un desastre. He sido un desastre. Es lamentable. Hoy me avergüenzo. Me avergüenzo de haber hecho eso. De haberte desacreditado. Durante toda esa época, y por tanto tiempo. ¿Crees que no lo lamento? ¿Crees que no me lo reprocho? Menuda vergüenza."
Se trata, en definitiva, de la crónica de tres vidas que se arrastran cada una hacia su fracaso particular, producto de haber escogido la opción errónea de entre todas las posibles; pero también de un revés aún peor que acarrea la culpa por el daño provocado cuya consecuencia es la infelicidad de aquellas personas que más quieren.

La prosa desnuda y palpitante y la temática contundente y descarnada de la literatura de Christine Angot, autora de más de una veintena de libros y merecedora de varios reconocimientos en el país vecino. ha tenido muy poca incidencia en el mundo editorial en castellano. Profundamente controvertida en el ámbito literario y en el personal, es difícil que su obra pueda sustraerse del género de la autoficción, aunque la misma autora reniega de esa atribución, pero la potencia de sus textos, desgarradores y punzantes, es capaz de provocar en el lector un sentimiento de desazón -cuando no de amplio rechazo- difícilmente sorteable.

Calificación: ****/*****

Disponible també en traducció al català
Un amor impossible. Christine Angot. Pagès Editors, 2017
Traducció, pròleg i notes de M. Carme Figuerola

17 de agosto de 2018

Contar es escuchar

Contar es escuchar. Ursula K. Le Guin.  Círculo de Tiza, 2018
Traducción de Martín Schifino
"El cuento es la manera de contar el cuento."
Contar es escuchar (The Wave in the Mind. Talks and essays on the writer, the reader and the imagination, 2004), la antología de artículos, conferencias y ensayos de la escritora de fantasía y ciencia-ficción Ursula K. Le Guin, es una apología de la imaginación tanto en la creación literaria, la escritura, como en la recreación, la lectura. Incluye también algunos artículos de cariz más personal que no tienen que ver con el proceso de creación, de interés más relativo.

Es especialmente penetrante e inspirada su concepción de la ficción, su correspondencia con la verdad, la no-ficción y la realidad, y la relación entre esos cuatro ámbitos, siempre presentes aunque mediante distintas modalidades, y la honestidad en la invención.

Es apasionante la relación que expone, a lo largo del libro, entre la oralidad y la escritura, la inmediatez y la dilación, y las diversas relaciones entre los roles del emisor y del receptor en las diversas correspondencias con las modalidades mediáticas de la diversidad de mensajes.

Expone también, en varios ensayos, las diferencias conceptuales y funcionales entre el autor y el narrador, y la formulación y el mantenimiento del punto de vista.

Finalmente, se incluyen variadas e interesantes referencias al oficio de escribir, al cuestionamiento de leyendas y lugares comunes sobre la inspiración y sugestivas insistencias con respecto al método; y, por cierto, a pesar de haber formado parte de innumerables convocatorias, varios repasos inmisericordes a los talleres de escritura.

13 de agosto de 2018

El ocaso de los dioses

El ocaso de los dioses. Élémir Bourges. Defausta Editorial, 2018
Traducción de Susana Prieto Mori. Prólogo de Manuel Alvargonzález  Fernández
“¡Cuervos, volad a casa!
¡Contadle a vuestro señor 
lo que oísteis decir junto al Rin!
¡Id a la Roca de Brunilda
y decidle a Loge, 
que aún arde allí,
cuál es el camino del Walhalla!
¡Ya se acerca 
el fin de los dioses!
¡Así... en la orgullosa fortaleza 
del Walhalla arrojo esta antorcha!”
Richard Wagner, El ocaso de los dioses, 1874
La década de 1860 fue una época -otra- convulsa para el Viejo Continente. Como preludio a la unificación de Alemania, en 1866 Prusia, de la mano del Canciller Von Bismarck, invadió la parte occidental del Imperio Austríaco y, mediante un movimiento estratégico y económico, acabó con la vieja aristocracia que mantenía el régimen. 

La familia protagonista de El ocaso de los dioses (Le Crépuscule des dieux, 1884; la homonimia con la ópera de Richard Wagner, que realiza un cameo doble, primero en el palacio de los d'Este y después, en el estreno de la última parte de El Anillo del Nibelungo, es totalmente intencionada), los d'Este, duques de Blankenburgo, forma parte de los afectados por esa peculiar -tanto más cuanto se piensa en su equivalente francés- revolución. La novela se enmarca, pues, entre los textos relativos al fin de una época, en concreto ese ancien régime que tantas veces se dio por muerto y enterrado y que otras tantas revivió con el tesón de los invencibles, en todo tiempo y lugar, en circunstancias parecidas o comparables -¿por qué si no, en 1792 se dio por finiquitado pero hizo falta rematarlo en 1830 y en 1848? Jamás un muerto fue tan perseverante-; o a lo mejor es que, a pesar de ser un fenómeno global europeo -si es que lo fue-, su aniquilación debía producirse territorio a territorio. En todo caso, parece que esa circunstancia denominada Imperio Austríaco -expresión prepotente donde las haya: ni fue un imperio, un concepto anacrónico ya en la época, ni fue austríaco, un concepto geográfico tan improcedente como el anterior- dio sus últimos coletazos, llevándose por delante a todos sus componentes justo antes de la (pen)última revolución de los nacionalismos europeos que daría lugar a la también (pen)última configuración de la Europa de los estados nacionales -y de cuyos polvos se originaron unos lodos que persistieron casi un siglo, pero esa es otra historia...-. En todo caso, fue una fiesta que, tras un clímax irrepetible, no fue languideciendo poco a poco mientras avanzaba la madrugada, cuando los propietarios hacía tiempo que se habían retirado y dejaban el terreno abonado a los borrachos y a los buscones, sino que terminó abruptamente, con una huida de sálvese-quien-pueda que no dio tiempo ni a recoger los abrigos del guardarropa.

Empujado a la fuerza, en una evasión instantánea aunque no por eso menos planeada, por las tropas prusianas en plena invasión, Charles d'Este, su extensa familia y gran parte de sus cortesanos huyen de su ducado y se instalan en París, donde son acogidos por Napoleón III. Afincados en un palacete de su propiedad, intentan reproducir en la Francia imperial su vida alemana, con todo lo que ello implica, pero las intrigas de su propia corte, los problemas con la prole, legítima e ilegítima y el desarraigo de su ducado hacen difícil pero no imposible esa reproducción.

Pero la guerra y el consiguiente exilio conllevan no solamente el fin del ducado -consecuencia cuya lógica es implacable- sino también la degradación paulatina del grupo familiar y cortesano, como si el haber abandonado su lugar de origen hubiera desatado el proceso de corrupción del que nadie podía considerarse a salvo, pues se trataba de un curso imparable que sólo podía finalizar con la descomposición total del grupo; la disgregación de la familia a semejanza de lo sucedido al imperio.

Un chambelán rastrero, una amante ambiciosa, un mayordomo codicioso, unos hijos enemistados, una sombra de incesto, un ayuda de cámara maquinador; un amplio catálogo de conjuras, diversiones, intrigas, perversiones, traiciones, sobrentendidos, resentimientos, hastíos, extravagancias, vanidades y corrupciones, para componer una tragedia que se acaba convirtiendo en farsa en una muestra de literatura de la más alta calidad.
"Y así, la soberbia raza que había tenido antaño a Alemania entera bajo su yugo y brillado por toda clase de grandes hombres, reyes, emperadores, santos, acababa en un abismo de barro sangriento con bastardos, incestuosos, ladrones y parricidas."
Calificación: ****/*****

10 de agosto de 2018

Proust a Catalunya

Proust a Catalunya. VV. AA. Editorial Arcadia, 2016
Edició de Xavier Pla 
Amb motiu de la fundació de la Associació Catalana d'Amics de Marcel Proust, alguns dels promotors, amb la col·laboració d'altres plumes directa o col·lateralment relacionades amb l'autor de À la recherche du temps perdu, amb l'assistència editorial d'Arcàdia, van publicar aquest Proust a Catalunya, un volum que intenta trobar la petxa del francès en l'art i la literatura catalanes.

El llibre està dividit en varis apartats: les experiències de lectura de Pere Gimferrer, Antoni Marí i Oriol Ponsatí Murlà; la recepció de la Recerca a la premsa de l'època; tres contribucions crítiques; les influències proustianes a l'obra de Villalonga, Rodoreda, Miquel Àngel Riera, Dalí, Fortuny i Gimferrer; y, finalment, tres articles dels traductors Lluís M. Todó, Josep M. Pinto i Valèria Gaillard.

6 de agosto de 2018

La ciencia no respeta nada

La ciencia no respeta nada. Alphonse Allais. La Fuga Ediciones, 2018
Prólogo de Francisco Ferrer Lerín. Selección y traducción de Laura Fólica
Asunto complejo encasillar a Monsieur Alphonse Allais en una profesión concreta; aunque en esta ocasión nos interesa en su faceta de escritor, de entre las varias ocupaciones estuvieron también la de  periodista, con colaboraciones en varias publicaciones periódicas, en una de las cuales llegó a ser redactor jefe; farmacéutico, por imposición familiar, y con no demasiado éxito profesional; humorista, con multitud de pequeñas piezas tanto escritas como monólogos dramáticos; pintor, fue uno de los precursores de las telas monocromas; compositor, con varias operetas y piezas musicales; e inventor, a él se deben las primeras investigaciones sobre el café liofilizado, por ejemplo.

La ciencia no respeta nada es una antología que recoge algunos ejemplos de sus artículos humorísticos en los que la ironía (tercera acepción del DRAE: "expresión que da a entender algo contrario o diferente a lo que se dice, generalmente como burla disimulada") sirve de herramienta para poner en cuestión algunos temas candentes en su época, y con el empleo, en numerosas ocasiones, de la reducción al absurdo que, años después, recogerían los surrealistas y autores de la talla de Boris Vian.

Por una cuestión de coherencia intelectual, la ironía solo es válida si se concibe desde dentro de su objeto; de lo contrario, se convierte en simple burla. Así, la ironía de tema religioso adquiere sentido cuando quien la formula pertenece a la comunidad de adeptos, por ejemplo; y la científica, si es un científico el encargado de desvelarla.

Aunque farmacéutico -la profesión del padre- fracasado, la relación de Allais con la ciencia y la técnica le permiten poseer una mirada ácida no sobre la ciencia en sí sino sobre el cientifismo, que disfrutaba a finales del siglo XIX de su primera edad de oro. Humorista mordaz, Allais no dejó escapar esa circunstancia para escribir, desde diversas tribunas, una serie de textos breves que intentaban poner en cuestión la omnipresencia de la ciencia y hacerlo, en lugar de mediante artículos eruditos, a través de la ironía y el humor; esta elección, tan válida como cualquier otra, consiguió brindarle el favor del público y, a posteriori, la consideración de precursor de más de una de las corrientes artísticas de vanguardia en la primera mitad del siglo XX.

Allais arremete, con la excusa de la ciencia, contra la mayor parte de los ámbitos en que se desenvuelve la especie humana, y lo hace desde una época que, la mayoría de las veces, tiene fiel correspondencia con la nuestra: la propia ciencia, pero también la religión, puesta ya en cuestión por  primera vez de forma racional por la Ilustración un siglo antes pero con un reflujo contemporáneo representado por el extremismo islámico o el cristiano; el higienismo, una corriente pseudosanitaria en boga en su época que podría considerarse precursor de las omnipresentes e hipermodernas  intolerancias alimenticias de nuestros días; la medicina, que vivía un renacimiento con los progresos de la anestesia y la cirugía; la farmacopea creativa, cuya correspondencia actual serían las medicinas alternativas y las elucubraciones homeopáticas, de la que Allais podía hablar por experiencia; la Exposición Universal, perfecto reflejo del gabinete de curiosidades a cuál más absurda; la taxonomía botánica recreativa, emulando a Linneo, y no tan lejana conceptualmente de los distintos DSMs; el automovilismo, recién inventado en 1896, y que en esa época, como en la actual, era motivo de fuertes controversias; la cirugía estética, parodiada por el autor pero con respecto a la cual ni su afilado ingenio pudo vislumbrar el auge en nuestros días; los animalistas, los vegetarianos, las ligas antialcohólicas, en otra demostración de clarividencia, que la realidad del futuro especulado ha convertido en profecía lo que no era más que una hipérbole humorística; la supresión del papel, otra estupidez con su correspondiente versión contemporánea; la criogenización de embriones humanos con vistas a revivirlos cuando sea necesario con fines políticos; y el incipiente psicoanálisis, en uno de los textos más inspirados de la antología, en el que se mofa sin piedad de la teoría del inconsciente.

Un soplo de aire fresco, punzante y mordaz, con una lectura, más de cien años después, absolutamente actual.

Calificación: ****/*****

3 de agosto de 2018

Notas desde un manicomio

Notas desde un manicomio. Christine Lavant. Errata Naturae Editores, 2018
Traducción de Nieves Trabanco
"Vivo aquí hace semanas, entre locas, y tengo todo el derecho a servirme de sus rarezas."
Christine Lavant (seudónimo de Christine Thonhauser), fue la novena hija de un minero y una modista austríacos -un origen que marcaría el resto de su vida- que, tras una infancia problemática por cuestiones de salud, escribió varios libros de poemas hasta ser reconocida, poco antes de su muerte, con el Großen Österreichischen Staatspreis für Literatur (1970). Aparte de esa cuantiosa obra poética, escribió estas Notas desde un manicomio (Aufzeichnungen aus dem Irrenhaus, 2001, póstumo), basadas en su estancia de seis semanas en el sanatorio psiquiátrico de Klagenfurt en 1935, después de su ingreso voluntario tras un intento de suicidio. El libro se inscribe, pues, entre los testimonios de estancias en instituciones psiquiátricas, un tema que recoge grandes obras como Uno voló sobre el nido del cuco, como obra de ficción, o Memorias de un enfermo de los nervios, este sí un testimonio de primera mano como el caso de Lavant; mientras que el hecho de esa reclusión voluntaria trae a la memoria la autorreclusión del suizo Robert Walser.
"Uno se vuelve tan terriblemente ridículo cuando está solo consigo mismo y quiere descansar de los esfuerzos interiores que con demasiada facilidad echa mano de estrategias que carecen de todo gusto."
Materializada mediante un narrador en primera persona imprescindible, la protagonista enumera las dificultades de integración en la comunidad de internas así como la constatación de la deficiente profesionalidad de algunos de los sanitarios; después de varios intentos fallidos de asimilación, la acomete una sensación de desubicación, de no pertenencia, que dificulta su día a día en la institución hasta el punto de comprometer, de forma real, su entereza mental. 
"Aquí me convenzo cada vez más de que, en realidad, todos los médicos deberían ser sacerdotes, y todas las enfermeras, monjas. Porque todo el sufrimiento que aquí hay está tan por encima de todo lo humano que es imposible que pueda ser afrontado solo con medios humanos."
Efectivamente, la indiferencia de los enfermos, organizados en una jerarquía cerrada, a la que se suma la humillación a la que es sometida por algunos miembros del estatus clínico, en parte, por su origen humilde y por ser aceptada en la institución a cargo del municipio, hacen que se sienta excluida de cualquier grupo; además, ni su estado puede asimilarse al de la mayoría de internos ni tampoco se siente habilitada para reintegrarse en el mundo exterior. Lo peor de su intento de suicidio, comprende ahora a la vista de los desórdenes mentales de sus compañeras, fue que cuando se recuperó todo aquello que la había empujado a atentar contra su propia vida seguía allí, inmutable e indiferente a su propósito; lo único que había cambiado, si acaso, era su interpretación de ese entorno.
"Pero si hay cosas que pueden ser invisibles, entonces seguro que algunas de ellas nos sobrevivirán y yo, visto racionalmente, me volví loca al hacer lo que hice. ¿Para qué sirve interrumpir una vida si existe algún tipo de continuación? Dios míos, ¿es que ya he cruzado la frontera y hace tiempo que sigo aquí no solo como invitada sino que soy una de ellas, de estas que me miran con extrañeza y llenas de desconfianza?... ¿Qué ha sucedido?"
Pero a pesar de todos los inconvenientes de su estancia en la institución, Christine es capaz de especular con la idea de una permanencia más prolongada, de dominar las estrategias que le permitirían rehusar para siempre la vida familiar y las posibilidades que debería ofrecerle un futuro nada halagüeño; de retirarse definitivamente de un mundo que siente como ajeno y, remedando a los monjes de clausura, renunciar a una realidad que no le conviene para fabricarse una a su medida; nada de lo que hay afuera representa tanto apego como para que la huida pueda sentirse como una verdadera abdicación. 
"Sí, me puedo imaginar que aquí podría alcanzar una cierta paz, si se diera el caso de tener que quedarme aquí para siempre. Seguro que pasaría de un ataque de llanto al otro, pero cuando una consigue superarlos, ya se sabe de qué lugar no puede ser expulsada. Y eso sería mucho. Se podría utilizar todo pensamiento en tratar de adaptarse aquí para siempre y no habría que pensar en "después", con un dispendio de fuerza que a cualquiera le parecería imposible, ni en cómo ese "después" exigiría otro nuevo esfuerzo, del que con seguridad nadie sería capaz."
Que ese hecho se pueda llamar inadaptación requeriría una larga discusión acerca del significado de ese concepto.

Calificación: ****/*****

30 de julio de 2018

Decir vivo a quién

decir [yo] vivo a quién. Danielle Collobert. Kriller 71 Ediciones, 2017
Traducción y nota preliminar de Antonio F. Rodríguez Esteban
La poesía es el único género literario capaz de activar todos mis prejuicios; muy raramente leo poesía, como no sea la de algunos grandes clásicos universales, principalmente anteriores al siglo XIX, porque el engolamiento, la transcendencia y el sentimentalismo no son platos de mi gusto. Realmente, y como todo prejuicio proviene de una limitación, ni tan solo me veo capacitado para valorar ninguna obra de ese tipo; digamos que mi sensibilidad, mucha, poca o ninguna, jamás se ha visto afectada por un poema. Más raro es, todavía, que aparezca aunque sea una triste y lacónica Fe de Lectura de un libro de poesía en este blog.

Hoy voy a hacer una excepción. La razón es que uno de los libros que he leído recientemente, y que me dejó una huella que todavía persiste, me pareció no tanto una obra maestra excepcional como una de las novelas -¿novela?- más viscerales con las que me he enfrentado jamás, y mira que a lo largo de mi vida lectora he leído libros de todas clases. La autora de ese libro era una tal -para mí, completamente desconocida- Danielle Collobert, y el texto se llamaba Asesinato; redacté unas Notas de Lectura, a las que remito para más detalle, pero que no fueron capaces ni de acercarse a la estupefacción que me provocó su lectura. La posterior búsqueda de más obra traducida de esta autora me llevó a esta antología de Kriller 71, que contiene fragmentos de Asesinato; de Dire I y II, dos obras de género híbrido entre la narración, el diario y la poesía; y de las obras de completan su legado literario principal, Il donc y Survie, estas sí -¿sí?-, poesía.

Constreñida -aunque relativamente; la libertad que reivindicaba admitía limitaciones, pero las concernientes a la forma no se hallaban incluidas- por el modo narrativo, Collobert se libera de la estructura cerrada a la que se sometía en Asesinato para abrirla en los dos volúmenes de Dire, y acabar  subvertiendo toda clasificación en las dos obras restantes.

Quitamos la red de las convenciones y, sin distinguir las fuentes, nos dejamos caer al abismo. Allá vamos.
"je parole s'ouvrir bouche ouverte dire je vis à qui"
Ante la extrañeza por unas ciudades y un mundo que nose  reconoce como propios, y ante la inutilidad manifiesta de todo intento de resistencia -y no digamos ya de rebelión-, sólo cabe rendirse y, si acaso, intentar imponer una condición: hacerlo en los propios términos.
"Dejarse ir. Al fin. Fin de toda resistencia. Estar bien. Estar en el fondo. Los ruidos se hinchan en la oreja, se extienden hasta los pliegues profundos de la locura, del aislamiento."
Que el último esfuerzo sea para alcanzar ese punto elevado que se atisba a lo lejos, arrogante y solitario, para dejarse caer, inerte, por la pendiente que se adivina al otro lado. Soltar todo el lastre antes de lanzarse, ignorar la pérdida, saldar el balance, romper amarras, acallar los gritos, enmudecer las justificaciones, dejar audible solo el último jadeo; y después, solo silencio.
"simple articulación, fin de las palabras, del esfuerzo, un sonido grávido de su propio eco - la resonancia de una ola sobre otra - la ondulación hasta el infinito."
El lenguaje es el gran traidor, el código que exige sometimiento para que nada se llame por su nombre; la frase, la manipulación del tiempo, la imposibilidad del presente, la unidad de lo in-decible, el espejismo, la mentira, el engaño de la estructura; las palabras, el instrumento de represión, polivalentes y rigurosas; la voz, el último hálito, grito o susurro, el intento de imponer la confusión y el desorden, el desajuste por la amenaza del silencio, que es la muerte.
"ese momento - nunca apresado - intentar por ahí - para ver - todas esas palabras escritas hasta ahora - repetir de una palabra a otra - para ver cómo - lo negro de ese lado - dónde ir - por ahí - negro ya disuelto - negro disuelto - escrito por dolor-calambre - dolor zarcillo - en la cabeza - o diferente - apenas escrito - el dolor desaparecido - una especie de esfuerzo para resistir - un asidero - un lugar de palabras - trazar una línea - recta si es posible - seguramente eso tan solo bastaría - una línea recta - si es posible"
El cuerpo es el contenedor del dolor; nada distingue un cuerpo de otro más que la tolerancia al dolor. La amputación no es la negación del cuerpo sino la manifestación del dolor, más allá del cual todo es metáfora o anécdota. El dolor -que no se repite, persiste; que no se pierde, cesa; que no nombra, define; que no se anuncia, hiere; que no desea, toma- son las palabras mediante las cuales el cuerpo comunica y hace saber de su existencia, palabras puras, verdaderas, la única expresión que respeta al silencio, que es incomunicable, que se experimenta en soledad. Y que detiene el tiempo.
"cuerpo golpeando - mutilando sus miembros por el dolor punzante - qué cuerpo de repente vaciado - qué violencia contra - más o menos vacío - dolor fijado al fin - queriendo alcanzarlo para fijarlo de una vez por todas - conservarlo ahí inmóvil - o colocarlo ante sí - él mismo - hacerlo surgir bien a la vista - en sus imágenes múltiples infinitamente - sin cesar"
No se puede explorar el abismo sin sumergirse en él. Muerte debería ser una palabra prohibida a los vivos. El silencio no es la ausencia de ruido sino de palabras. La hoja en blanco no debería ser el punto de partida sino el final; fundido a blanco en lugar de fundido a negro. La muerte no es un renacer, es el verdadero nacimiento.
"entrar nacido en escombros apenas reconocido el terreno / emergido del cieno hinchado el feto surgido de la alcantarilla / plexo solar corroído angustia exhalando pulmones aliento jadeante"
Calificación: ****/***** 

23 de julio de 2018

Huida en la noche

Huida en la noche. Emmanuel Bove. Editorial Pasos Perdidos, 2017
Traducción de Mercedes Noriega Bosch
Las situaciones complejas, aquellas en las que incluso la propia vida puede hallarse  comprometida, suelen provocar relaciones de complicidad que raramente se darían en la cotidianidad; la comunidad de sufrimiento es un aliciente para facilitarlas, pero también, quizá en mayor medida, la búsqueda de copartícipes que hagan posible la evitación de esa excepcionalidad. 

Pero ese compañerismo destinado a alcanzar un determinado objetivo suele ser demasiado finalista, intencional, y su fragilidad se pone de manifiesto en cuanto existe alguna disparidad, por leve que sea, relativa al proceso. El común acuerdo que había suscitado la búsqueda del objetivo final se hace trizas en cuanto surge la primera diferencia, convirtiendo a los antiguos cómplices en enemigos declarados.

Después de algún intento fallido de evasión provocado por las actitudes insolidarias de algunos presos, las primeras brechas en el edificio de la determinación debidas a diferencias personales sin relación alguna con el objetivo final, un grupo de prisioneros franceses consigue escapar de un campo de concentración alemán con la idea de volver, por sus propios medios, a su país.
"Ahora, en el momento de actual, saltaba a la vista que lo que contaba, lo que tenía un valor real, no era lo que estaba al alcance de todos, sino la determinación más firme y la inquebrantable voluntad de arriesgar la vida antes que fracasar. Al cabo de unos minutos comprendimos que nos faltaba esa voluntad."
Pero una vez alcanzado el primero de los objetivos, en el comienzo de su huida hacia Francia, una situación en la que la solidaridad debería ser la conducta más eficiente por encontrarse todos con una meta común, es cuando surgen las primeras diferencias, las incipientes pugnas por el poder y las rencillas personales, algunas derivadas de sucesos ocurridos durante su reclusión, otras provocadas por la tensión por hallarse en terreno enemigo y los peligros derivados de ese hecho. Y al mismo tiempo que se rompe la unanimidad, afloran la desconfianza y los recelos, los intentos de abandono y las tentaciones de traición, sumando a la dificultad de la tarea la vigilancia de cada uno de los huidos, el intento de no caer bajo el pesimismo de los pusilánimes ni el ansia de los descerebrados evitando, al mismo tiempo, la cobardía de los traidores.
"Pensé que subirnos a un árbol para vigilar los alrededores sería una buena medida de seguridad, pero mis camaradas no acogieron demasiado bien la idea por considerarla exagerada. Respondí que nada era exagerado cuando se trataba de defender nuestra vida y nuestra libertad. Se encogieron de hombros. Es verdad. Incluso cuando nuestra vida está en juego, no somos demasiado exigentes. Me acordaba de aquel soldado gravemente herido en una calle de Amiens. Si se hubiesen dado prisa quizá habrían podido salvarlo. Pero no pudieron darse prisa. La gente corría de un lado a otro y siempre surgía algún pequeño incidente, algún contratiempo que les entretenía más de la cuenta. Aquí, en este descampado, pasaba lo mismo. Todos queríamos tomar precauciones, aprovechar al máximo todas las oportunidades, pero siempre había algo que nos lo impedía."
La elección correcta a cada momento, por fuerza escogida entre la temeridad de los inconscientes y la paranoia de los eternamente indecisos, no implica garantía de éxito, y menos cuando la decisión debe ser consensuada por un grupo numeroso con elementos incapaces de sopesar las dificultades y las ventajas de las opciones que se plantean. Ante esa situación, lo más común es que aparezca la figura del líder, alguien que tome una decisión, y que los incapaces de arriesgarse la apoyen, no en función de su conveniencia sino por el simple hecho de rehusar la obligación de arriesgarse.
"Las privaciones y el cansancio empezaban a hacer mella en nosotros. Cada vez estábamos más divididos. Unos se arrepentían de haberse fugado. Los había que pretendían entrar en la primera granja que encontrásemos sin preocuparse de lo que pudiera pasar. Otros deseaban probar suerte en solitario. Otros se negaban porque preferían que no nos separásemos y que corriésemos la misma suerte. Durutte y Momot pensaban en algo mucho más drástico: parar un coche, echar al conductor y salir pitando sin mirar atrás. Roberjack nos suplicaba que tuviésemos paciencia. "Pronto llegaremos a Grigau, pronto llegaremos a Grigau", repetía sin cesar."
Pero tal vez, sin que ello suponga restar importancia a los peligros objetivos, y a pesar de que la meta sea común y no haya perdido ni un ápice de importancia, el mecanismo que puede afectar de una forma más efectiva a la complicidad colectiva, incluso hasta llegar a provocar su destrucción, es la sospecha por las motivaciones inconfesables de aquellos elementos en quienes recae -aunque esa atribución contara con la unanimidad inicial del grupo- el poder de decisión. Y más aún cuando cualquier opción alternativa levanta, a su vez, la misma desconfianza; y que aquellos que ven sospechosa cualquier decisión son incapaces de aportar ninguna alternativa.
"Reanudamos la marcha. Por supuesto, yo seguía decidido a darles esquinazo a la menor oportunidad. Me sentía como un  prisionero. Tenía la clara impresión de que todo el mundo sabía dónde estaba Durutte, que me habían tendido una trampa, que nos detendrían a todos al despuntar el día, pero que a mis compañeros les habían garantizado que no sufrirían ningún tipo de represalia. Me habían traicionado para salvarse. Ese era el motivo por el que no habían querido perder el tiempo en búsquedas innecesarias, precisamente ellos, que eran tan susceptibles cuando de solidaridad se trataba."
El otro peligro, inevitable cuando la situación excepcional se prolonga, es el de la deserción. Es cierto que el hecho de abandonar el grupo y, por lo tanto, reducir su número, favorecería la homogeneidad  de los que se quedan, pero provoca dos acontecimientos que pueden socavarla: la búsqueda de la oportunidad para desertar de cualquiera de esos y la sospecha por la conducta posterior de los desertores.
"Me di cuenta de que, en efecto, estaba llevando un poco lejos la prudencia. Por muy necesaria que esta sea, hay que saber asumir ciertos riesgos por razones tales como la camaradería, o la buena impresión que queremos dar de nosotros mismos, aunque en el fondo de nuestros corazones, dichas razones no tengan demasiado peso en comparación con nuestra propia vida. Me sentía un poco avergonzado. Estaba arrepentido de lo que había dicho, sobre todo porque el estupor de mis compañeros era absolutamente sincero. No entendían que se pudiese carecer hasta ese punto de espíritu de solidaridad. Si por cualquier razón Bisson no hubiese regresado, lejos de esconderse o de salir corriendo, ellos, por el contrario, habrían acudido en su auxilio, porque en ningún caso habrían imaginado una traición, sino un acto de violencia perpetrado contra uno de nosotros."
La única forma de huir con garantías de los peligros inherentes a la evasión en grupo, un conjunto heterogéneo de hombres a quienes solo une, si caso, un objetivo común, es abandonarlo y seguir solo. Pero esta opción tampoco está exenta de riesgo: el desánimo, que puede llegar a la desesperación; el silencio, compañero infatigable; y cierta sensación de culpa, a medida que se acerca el objetivo sin ningún contratiempo, por haber abandonado a los compañeros de fuga.

Emmanuel Bove, un autor redescubierto a finales del siglo pasado y visitante asiduo de este blog, es poseedor de una prosa transparente cuya simplicidad, esquematismo y falta de artificio parecen acercar a la verdad; en algunas de sus novelas, como es el caso de esta Huida en la noche (Départ dans la nuit, 1945), una de sus últimas producciones, la presencia de un narrador en primera persona realza y acentúa un realismo ejemplar.

Calificación: ****/*****
Otros recursos relativos al autor en este blog:
Henri Duchemin y sus sombrasEmmanuel BoveHermida Editores, 2016
Bécon-les-Bruyères. Emmanuel Bove, Editorial Minúscula, 2011
ArmandEmmanuel BoveHermida Editores, 2017
La trampa. Emmanuel Bove, Pasos Perdidos Barataria, 2011
Mis amigos. Emmanuel Bove. Editorial Pre-Textos, 2003
Un padre y su hija. Emmanuel Bove. Hermida Editores, 2018