7 de agosto de 2017

Ensayo sobre el hombre y otros escritos

Ensayo sobre el hombre y otros escritos. Alexander Pope. Cátedra, 2017
Edición de Antonio Lastra. Traducción de Antonio Lastra y Ángeles García Calderón
"Nunca he buscado el homenaje de la raza que escribe."
Los avances de la civilización en su conjunto hasta finales del siglo pasado, y la disponibilidad de información a partir de la creación y popularización de la red pueden dar la impresión de que el campo del conocimiento a nuestra disposición del que podemos alardear los humanos del primer mundo es prácticamente infinito, aunque ciertamente inabarcable, pero ¿sabemos realmente lo que queríamos saber? A esta pregunta, contraponiendo a la inútil acumulación de conocimientos a la Bouvard y Pécuchet el conocimiento útil, es a la que intenta dar respuesta Alexander Pope, otro de los deudores de Montaigne aunque al otro lado del canal, en su Ensayo sobre el hombre (An Essay on Man, 1732-1734), al que la Editorial Cátedra ha añadido otros escritos para esta edición.

Pope pertenece a la época del Gran Pensamiento y sólo anecdóticamente a la de los Grandes Pensadores; únicamente hay que echar un vistazo a algunos de sus coetáneos, Kant (Historia General de la Naturaleza y teoría del Cielo), Lessing (Escritos filosóficos y teológicos), Voltaire (Cándido), La querella de los antiguos y los modernos, Johnson (Vida de los poetas), Swift (Los viajes de Gulliver); de hecho, podría decirse que cierra una verdadera Edad de Oro, dando paso a la Ilustración, la época en la que el Pensamiento Puro empezó a concretarse y dejó de tratar al Hombre para centrarse en la Humanidad.
"Todo cuanto es, está BIEN".
"Oda a la soledad" es una obra programática de juventud bajo la forma de égloga de inspiración virgiliana, una especie de Beatus ille, mediante la que desarrolla un programa filosófico relativo a la recepción de las obras del pensamiento y las literarias, a los prejuicios ligados a la época, a las diferentes facciones académicas y a las guerras libradas entre sí para conseguir imponer sus postulados y perpetuar sus influencias.

"El bosque de Windsor" consiste en una descripción mítica del paraje de la que se sirve para contraponer el esplendor del reinado de Ana Estuardo -Pope provenía de una familia de tradición católica- con la rusticidad de la casa real de Tudor.

"El robo del rizo" es una parodia satírica de un poema heroico con tintes arcaizantes. Conviene recordar que Pope fue contemporáneo y estuvo ligado personal y profesionalmente con el príncipe de los satíricos de la lengua inglesa, Jonathan Swift.

"De Eloísa a Abelardo" especula con la respuesta, por lo demás inexistente, de la dama después de que haya llegado a sus manos un escrito de Abelardo con su versión de la historia de su infortunio. El mismo tema, con pequeñas variaciones, fundamentalmente en los personajes, es el objeto de "Elegía en memoria de una dama desdichada".

Completan el volumen sendos prefacios a la Ilíada y la Odisea y, en la línea de Samuel Johnson, un prefacio para una edición de las Obras de Shakespeare que se publicó en 1724; finalmente, se incluyen algunas epístolas y fragmentos de correspondencia que brindan un efectivo acercamiento al Pope particular y una demostración de su clara apuesta a favor de la imaginación y del ingenio, aunque si alguno debe prevalecer sobre el otro debe ser el segundo.

Pero el texto central del volumen es el "Ensayo sobre el hombre en cuatro epístolas". El objetivo de Pope es redactar una summa ética apartándose de los casos particulares, pues su múltiple variedad los convierte en poco representativos, y centrándose en la Humanidad, es decir, en aquellos trazos comunes que pueden ser aplicados a todos los individuos y que son representativos de la especie; según sus propias palabras, se trata de "un mapa general del HOMBRE." El destino final de las epístolas, que debían ser una introducción a una manga obra sobre la condición humana, se vio truncado porque Pope jamás la escribió. A continuación, algunos de los parámetros teóricos enunciados por el autor:

1.- La categoría "Hombre" como particularidad en relación con el universo, puesta bajo el criterio de razonar únicamente a partir de fenómenos conocidos, y siendo consciente de que razonar es aceptar la sumisión a las propias limitaciones.

2.- La Naturaleza es la moderadora de las ambiciones humanas, la que pone los límites tanto a su fragilidad como a su ambición. Nuestras acciones deben fundamentarse en el estricto balance entre el amor propio, que genera pasiones, y la Razón, que procura argumentos.

3.-  La Razón está en el origen de la vida en sociedad, cuando se impuso sobre los instintos y reveló el concepto de bien común. Esa socialización es la que provocó que surgieran las distintas formas de gobierno, la monarquía la primera de ellas por asimilación a la religión.

4..- Debe exigirse al Estado, como fin último, la felicidad del hombre; para ello es imprescindible que el ser humano se aplique a la virtud, ya que sólo esta "constituye una felicidad cuyo objeto es universal y cuya perspectiva es eterna." El hombre debe tomar la senda de la Naturaleza, que es quien reparte bienes con más probidad y más imparcialmente.

Calificación: Hors catégorie

4 de agosto de 2017

Carta sobre el Entusiasmo & "Sensus communis"

 Carta sobre el entusiasmo; "Sensus communis". Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor. Shaftesbury. Acantilado, 2017
Traducción de Eduardo Gil Bera
"Un tema que no tolera la broma es sospechoso, y una broma que no soporta el examen serio una muestra de falso ingenio."
Anthony Ashley-Cooper, Tercer Conde de Shaftesbury, fue un político y pensador inglés del siglo XVII y uno de los primeros y principales representantes de la Ilustración en las islas británicas. Sus ensayos se centran en el estudio del ser humano como animal social, y dos de sus textos más representativos son Carta sobre el entusiasmo (A Letter Concerning Enthusiasm, 1707, en forma anónima) y "Sensus communis", Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor (Sensus Communis, an Essay on the Freedom of Wit and Humour, 1709, publicado conjuntamente con el anterior, firmado). En ambos, Shaftesbury se erige como uno de los primeros apóstoles laicos, siguiendo la senda marcada por Montaigne, de la amistad y la sociabilidad, dos de los pilares que sostienen el frágil edificio de la tolerancia. A continuación, un breve examen de algunos de los principios que aporta el autor a la genealogía de la Ilustración.

Siendo la verdad el verdadero motor del mundo, se hace extraña la insistencia del hombre no ya en engañar a sus semejantes sino en traicionarse a sí mismo.

La ideología, que proteje como el bien más preciado a su canon de cualquier desviación, es el mayor impedimento para la libertad y la crítica; al encerrar el razonamiento en la jaula de la norma y echar a perder la capacidad autocrítica, nuestra visión del mundo queda también contaminada y, consecuentemente, falseada.

Para dejar en evidencia la impostura de una ideología, mejor que un ataque directo -para cuyas consecuencias la ideología ha desarrollado todo un sistema de defensa basado en falsos silogismos y en pruebas espurias- es la burla -porque ahí, falta de sentido del humor, se muestra indefensa- contra sus convenciones y formalidades. Debemos estar en guardia contra las actitudes entusiastas (“entusiasmo”, del latín “enthusiasmus”, procedente del griego “enthousiasmós”: estado de intensa excitación espiritual en que estaban las sibilas al pronunciar sus oráculos. Inspiración divina de los profetas. Diccionario de uso del español, María Moliner), y con las estrechas relaciones entre la demencia (privación de entendimiento) y el fanatismo (posesión por un espíritu o fervor divino, delirante y frenético). Contra la superstición y el entusiasmo, ingenio y burla.

El mayor respeto hacia uno mismo se demuestra aceptando con buen humor las críticas jocosas y las bromas sobre las propias opiniones. La solemnidad de una opinión no presupone ningún grado de validez; en cambio, aquella que aguanta una crítica irónica acostumbra a demostrar su fortaleza. En todo caso, la capacidad para argumentar seriamente parece ir pareja con la de razonar con humor; generalmente, quien no es capaz de la primera, confundiendo la seriedad con el envaramiento, no lo es tampoco de la segunda, tomando como humor lo que es simple zafiedad. En todo caso, se debe mantener una cierta templanza en el humor: si bien es cierto que no todas las cosas pueden ser motivo de broma, también lo es que cada una, sin excepción, posee partes que pueden ser risibles.

El poder de la conversación libre es fundamental para contrastar argumentos y enriquecer el entendimiento. No se razona ni con arengas ni con monólogos, sino mediante la interlocución.

Se extraña Shaftesbury de la poca importancia que le conceden a la amistad ideologías como el cristianismo, que con tanta insistencia se refieren al prójimo, y de por qué no aparece como virtud fundamental en la vida en grupo o en comunidad. Así como la amistad debe ser el bien más preciado en las relaciones interpersonales, la persecución del bien común debería ser el objetivo compartido en las relaciones de los gobiernos con sus administrados.

Un texto con cuatrocientos años a sus espaldas que puede leerse desde la más rabiosa actualidad.

Calificación: Hors catégorie

31 de julio de 2017

Cuentos escogidos de Joy Williams

Cuentos escogidos. Joy Williams. Seix Barral, 2017
Traducción de Albert Fuentes
Conocida en el ámbito literario en castellano por la relativamente reciente traducción de tres de sus cuatro novelas por la editorial Alpha Decay, Joy Williams es autora también de varios volúmenes de relatos, ahora recogidos en la antología Cuentos escogidos (The Visiting Privilege. New and Collected Stories, 2015). Aparte de las diferencias técnicas entre el relato largo y el relato corto, ampliamente documentadas por la crítica y sobre las que no es objeto de este artículo pormenorizar, los relatos de Williams poseen un carácter propio debido fundamentalmente a dos razones, el estilo narrativo y el carácter de sus protagonistas, y es sobre estos dos aspectos sobre los que intentaré incidir.

Los protagonistas de Williams son personajes a los que la vida parece pasar por encima sin tocarles. No es sólo que un hastío vital les corroa la existencia, un día tras otro, indistinguibles, sino que todas las referencias a las que podrían asociarse desaparecen del conjunto de opciones a su disposición: madres incapaces de representar su papel, amantes inconstantes, hijos despiadados con sus progenitores, amigos traidores. Tal vez por ese desapego existencial, los sentimientos que ponen en juego son invariablemente de baja intensidad: un amor que si se observa de cerca no es más que comprensión; un odio que se limita a ser una simple ojeriza; una amistad que no va mucho más allá de la costumbre; una vida cotidiana dominada por la grisura y el hastío. Las grandes desgracias no son más que malas rachas pasajeras, y el más deseado golpe de fortuna una agradable casualidad.

Instalados en lo que parece una espera permanente, apenas si son conscientes de la ausencia de objeto, como si el estado de demora fuera su aspiración máxima, como si estuvieran haciendo uso de un privilegio que no habían reivindicado y que ni siquiera merecieran.
"El mundo no es un nido ni tampoco un patio de recreo."
Como si salieran en persecución del futuro, de los hechos antes de que ocurran, se mueven a una velocidad distinta de la que se mueve el tiempo; a veces más rápidos, lo adelantan y se quedan sin referencias; más a menudo, su velocidad de crucero es más lenta, de modo que los acontecimientos les superan y no disponen de la oportunidad de reaccionar; perdidos en la corriente, no les queda más que dejarse llevar y buscar remedios a sus conflictos sin posibilidad alguna de previsión ni de programación.
"El tiempo no se movía lateralmente, como siempre había pensado, sino que trepaba hacia arriba y luego caía y empezaba a dar tumbos como un animal envenenado y herido."
A esa descoordinación tratan de ponerle remedio mediante el recurso de deconstruir su vida en una doble cara de signo contrario, separadas y sin solución de continuidad: la vida habitual, con sus familias, sus vecinos, sus filias y sus fobias; y la vida que transcurre en su interior, hecha de aspiraciones malogradas e intenciones irrealizables, una vida de frustraciones y sueños, absolutamente imaginaria, pero que es la encargada de mantener a la vida real.

Una vida real en la que el cometido que ocupa todos sus recursos es la gestión de la ausencia: de un hermano fallecido, de un consorte huido, de un trabajo perdido, de una vida soñada. Siempre intentando soslayar una carencia de algo no imprescindible pero sí necesario. El trabajo requerido  para olvidar un recuerdo no es el mismo ni en dirección ni en intensidad que el que demanda reclamar el regreso del recuerdo que se perdió involuntariamente.
"Ocurrirá algo, una cosa inusual para la que estamos preparados desde el primer día. La vida de tu papá ha dado un giro, y es para peor, es obvio. Es como si ahora fuera un desconocido que avanza por un camino equivocado. ¿Entiendes lo que quiero decir? O más bien es su vida la que se parece a un desconocido que se ha quedado completamente inmóvil. Un desconocido en el margen de un camino oscuro esperando a que pase tu padre."
Como sucede en todo tipo de relación interpersonal, adquieren suma importancia las palabras no pronunciadas en su día cuyo recuerdo hiere, quema a la mínima ocasión en que su omisión queda manifiesta; las disculpas rechazadas en un instante de tensión por un mal entendido sentimiento de ofensa; el perdón no concedido cuando hubiese revelado que el error propio era mayor que aquel que solicitaba la clemencia. El peso de todo aquello que debimos decir y no dijimos, que debimos hacer y no hicimos, nos inmoviliza y nos impide avanzar, y nuestros desesperados movimientos por escapar no hacen más que ahondar en pozo en el que estamos confinados.
"La gente no es de mucha ayuda en casi ninguna circunstancia, eso es lo que he descubierto."
Al final, la sensación que sobrevuela por encima de la acción es una tristeza profunda, ineluctable, acentuada por la imposibilidad de redención, incapacidad que los personajes conocen a la perfección aunque hayan aprendido a convivir -ese aprendizaje es, tal vez, su única esperanza de supervivencia- con esa carencia, como quien se conforma a vivir con una minusvalía y es capaz de organizar su vida como si aquélla no existiera.

Williams utiliza en su narrativa corta, a diferencia de sus novelas, un estilo cortante y desprendido, objetivo y frío, con pocas concesiones al sentimentalismo, y caracterizando a sus personajes de forma externa, por sus acciones. Williams nunca penetra en las conciencias de sus protagonistas para elaborar complejas hipótesis psicológicas ni juzga en ningún momento ni las acciones ni las intenciones de sus protagonistas: expone, mediante sucintas pinceladas, el objeto del relato, dejando parta el lector el relleno de los huecos que, fruto de deliberada decisión, ha ido dejando por el camino. 

Los parámetros principales entre los que se desarrolla son la economía expresiva, las descripciones restringidas a delimitar simplificadamente los escenarios y los personajes, sin digresiones que amplían o entorpezcan la trama; una trama que se limita a hechos incidentales, a acción sin intriga. Aun resaltando la importancia de las intervenciones de los personajes, y aunque técnicamente sean diálogos, cada uno se dedica únicamente a exponer su posición con ánimo de imponerla. La interlocución no existe aunque existan intervenciones sucesivas; sus conversaciones son la muestra de que, a menudo, la incomunicación está llena de palabras.
"Los recuerdos felices pueden ser muy engañosos."
Material adicional: 
Entrevista realizada por Laura Fernández a Joy Williams, publicada en El Cultural
Otros recursos relativos a la autora en este blog:

Notas de Lectura: El hijo cambiado.
Notas de Lectura: Estado de gracia
Fe de Lectura: Los vivos y los muertos..

28 de julio de 2017

El libro más peligroso

El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises. Kevin Birmingham.
Es Pop Ediciones, 2016. Traducción de Óscar Palmer Yáñez
El libro de Kevin Birmingham sigue detalladamente las peripecias de uno de los textos literarios fundamentales del siglo XX. En su primera parte, analiza los antecedentes personales de James Joyce y describe el ambiente familiar, la huida de Irlanda junto con su esposa, Nora, y el establecimiento en Trieste, para posteriormente examinar el contexto de la situación social, económica y política del continente con el cambio de paradigma que significa la Gran Guerra. La segunda parte se centra en los avatares de "la Biblia de los desterrados", primero para su publicación y, una vez editado, da razón de los problemas legales que tuvo en Inglaterra y, sobre todo, en los Estados Unidos, desde su prohibición hasta su definitiva autorización.

El texto se muestra sumamente interesante a la hora de detallar los problemas que sostuvo con la censura en el ámbito lingüístico anglosajón, pero adolece de la consistencia exigible tanto a la hora de ciertas interpretaciones del texto, arriesgadas cuando no claramente desacertadas, y en el detalle de las peripecias vitales de Joyce; la biografía de Richard Ellmann pesa como una losa para cualquiera que pretenda acercarse a la vida del irlandés.

Calificación: ***/*****

24 de julio de 2017

El nombre del mundo

El nombre del mundo. Denis Johnson. Penguin Random House, 2016
Traducción de Rodrigo Fresán
Después de una vida profesionalmente errática en la que ha alternado la docencia en escuelas secundarias y el cargo de redactor de discursos de un senador, Michael Reed recala en el Departamento de Humanidades de una oscura universidad del Medio Oeste en la que se dispone a vegetar, vencida ya la época de las grandes ambiciones académicas, y a esperar una cada vez más cercana jubilación. Su esposa y su hija fallecieron en un accidente de automóvil, momento a partir del cual Reed, en pleno proceso de dejar de ser el hombre que perdió a su familia para convertirse en el hombre sin familia, tiene la sensación de haber dejado de ser protagonista de su vida para pasar a ser un simple espectador. 
"Esta dimensión extraordinaria de la soledad, este asco por el mundo y, al principio, hasta por todo aquello con lo que estaba hecho el mundo, me pareció por entonces algo único e invalorable. Pero ahora puedo ver que se trataba de algo de lo más común, y que lo que me daba asco era comprender que todo llega a su fin."
Transcurrido un período de duelo mayor incluso de lo que fuera prudente, algunos de sus amigos, con la mejor intención, hacen intentos por emparejarlo de nuevo, pero este es un tema que Reed da por cancelado; su "disponibilidad" no tiene nada que ver con su decisión de pasar página: no es que ninguna nueva relación no sea capaz de hacer olvidar a su familia sino que nada puede poner remedio al dolor de la separación, a la parálisis de quien ve cómo, de pronto, sus circunstancias sufren un cambio radical con el que no contaba.
"Por mi parte, yo continué igual que había sido durante años. Acudía a donde me invitaban. Leía mucho en la biblioteca. Iba solo al cine. Miraba a los patinadores en la laguna del campus. Y, más de lo que me gustaría admitir, mantenía conversaciones imaginarias con un hombre llamado Bill en las que hablaba una y otra vez de lo mismo que había venido hablando desde la muerte de mi mujer y de mi hija. Mientras andaba por ahí como paralizado o ajeno a todas las cosas, mis pensamientos giraban una y otra vez como esos perros que persiguen a una liebre mecánica."
Sin ambiciones académicas, con un grupo de amigos restringido a su actividad y con una vida personal a nivel de subsistencia, Reed se encuentra en esa situación anímica, reforzada por su edad, que es el campo favorable -para él, que sólo debería acentuar ligerísimamente, su apariencia de desvalimiento, y para ella, a quien bastaría exhibir un ligero atisbo de admiración- para un affaire entre profesor maduro y alumna post-adolescente.

Pero no todo es tan fácil. Reed se debate entre su intención de dejar de pensar en su mujer y el hecho cierto e insoslayable de la presencia continua de su recuerdo. Es tal vez en esa doble circunstancia, que realmente se le viene impuesta, en la que debe considerarse la atracción que siente por la muchacha, como una válvula de escape para descomprimir una situación que amenaza con explotar y de cuya resolución no se pueden prever las consecuencias.
"No diría que yo estaba loco por ella. Sentía cosas claras pero también perfectamente dominables por su persona, desamparados sentimientos lujuriosos, y sentimientos paternales, y la tranquila y resentida envidia de quien se sabía no lo suficientemente joven para una mujer tan lleva de vida. Sentimientos muy parecidos a los que dedicaba a toda mujer joven aunque diferentes en intensidad: más poderosos."
Todo parece indicar, por tanto, que lo que atrae a Reed de la chica, Cannon, es la vertiente femenina, es decir, el papel de sustituta de su esposa muerta; pero esa atracción, al tratarse de una chica extremadamente joven, choca con que el personaje se pueda asimilar a su hija, lo que convertiría la relación en un deplorable remedo de incesto. La vertiente erótica se mezcla con la filial sin que Reed parezca capaz de aislarlas.
"Todo se convirtió en Elsie [su hija] y, de algún modo, todo sigue siendo Elsie. Al perder a Anne, perdí a la mujer de mi vida. Pero al perder a Elsie, perdí a todos nosotros."
A partir del momento en que conoce a Cannon, parece que el azar se ponga de su parte porque coincide varias veces y en los lugares más insospechados. Naturalmente, y a pesar de los intentos de Reed en remarcar lo contrario, existen muchos más parámetros que los separan de los que los unen; el contraste de sus biografías, además de los veintisiete años de diferencia, no hace más que remarcar esa desigualdad.
"Ahora, frente a mí, aparecía otro vívido paisaje -juventud, frescura, vigor, el mismísimo aliento de la vida brotando de sus bocas-, la visión cinematográfica, viniendo hacia mí y saliendo de entre la niebla, ganando sustancia hasta convertirse en algo asombroso. Colores brillantes, el vapor de sus respiraciones, sus palabras y sus risas, el gemido de los filos de sus patines, todo eso no era nada."
Reed es incapaz de gestionar la ambivalencia de sus sentimientos, y tampoco puede afrontar el carácter más que salvaje indómito de Cannon. Es precisamente ese salvajismo el que pone a Reed frente a su pasado, haciendo revivir a los fantasmas que le mantienen encadenado al mismo.

A pesar de la aparente inmovilidad de la trama, la narración de El nombre del mundo avanza a golpes; no incluye ninguna descripción fútil: vemos lo que ve el narrador, pero éste no nos describe cuadros sino que concentra su visión en aquellos elementos que distinguen su mirada de la que podría tener cualquier otra persona, vemos su propio ángulo de visión ya que omite aquellos elementos que podrían considerarse neutrales para concentrarse en los que son susceptibles de tener algún efecto sobre él, sean materiales o inmateriales: su visión, en definitiva, condicionada por su estado de ánimo. 

Para que nos entendamos, salvando las diferencias y con todas las prevenciones con respecto a las comparaciones, El nombre del mundo es una novela que combina la maestría estilística del mejor Richard Ford con pinceladas de la ironía triste de Saul Bellow y la omnipresente sombra del pesimismo "antropológico" de Philip Roth. Johnson es un autor que siempre pone en juego una prosa tan precisa como potente; en este sentido, es de notar la capacidad para concentrar en 140 páginas una historia que daría para 400. Las historias de Johnson, excepto en el caso de Árbol de humo, son como esos humildes minerales que se han convertido en cristales preciosos a fuerza de presión.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos al autor en este blog:
Je dis ce que j'en sens: Lecturas de febrero: Que nadie se mueva
Je dis ce que j'en sens: Sueños de trenes

Je dis ce que j'en sens: Los monstruos que ríen
Je dis ce que j'en sens: Hijo de Jesús
Je dis ce que j'en sens: Árbol de humo

21 de julio de 2017

George Orwell fue amigo mío

George Orwell fue amigo mío. Adam Johnson. Seix Barral, 2017
Traducción de Carles Andreu Saburit
El campo del relato literario norteamericano es tan vasto en extensión y de tal variedad de matices que siempre que llega un nuevo autor a este lado del Atlántico se suscita la duda de si este "el último descubrimiento" es fruto de la calidad literaria del escritor o se trata simplemente del último hype promovido por un avispado agente a la reconquista del apetecible mercado hispanohablante. Existen, no obstante, algunos hitos para desentrañar esa madeja; las críticas en medios honestos y las reseñas de articulistas íntegros, y los honores en forma de premios de prestigio consolidado. Adam Johnson podría ser uno de estos casos: de sus cuatro libros publicados en el período que va de 2002 a 2015, una novela, El huérfano (The Orphan Master's Son, 2012), mereció el Premio Pulitzer de Ficción (2013), y un libro de relatos, George Orwell fue amigo mío (Fortune Smiles, 2015), el National Book Award de Ficción (2015). ¿Qué hace distinto a Johnson de la ingente cantidad de escritores norteamericanos que le haga merecedor de esos reconocimientos? ¿Se puede trasvasar a Europa el éxito y el prestigio conseguidos en su continente natal, a pesar de que sus relatos son inequívocamente americanos? El punto de partida es responder afirmativamente a ambas cuestiones, y una de las razones que podrían aducirse es que los temas que trata, a pesar de la óptica local, tienen su equivalente en cualquier lugar del mundo civilizado: las relaciones humanas viciadas por los convencionalismos y la conflictividad con un entorno que no acabamos de reconocer como nuestro.
"La vida está llena de sucesos: pasan y tú te adaptas, te apañas como puedes y sigues adelante."
Mientras disfrutamos de una vida concentrada en factores externos, en nuestra interacción con objetos y con personas, cercanos o lejanos, existe una sub-vida de procesos mentales y físicos que tienen lugar en nuestro cuerpo y en nuestro entorno cuya existencia no alcanza el umbral de nuestra percepción pero que influye extraordinariamente en nuestros actos conscientes. Los personajes de los relatos de Johnson parecen moverse a lo largo de esa frontera, a veces a un lado, a veces a otro: han sido víctimas involuntarias de algún suceso no previsto, y esa exposición les ha provocado una disociación que no han sido capaces de asimilar. El resultado no los ha situado al otro lado de la realidad pero sí que ha provocado la imposibilidad de discriminar dónde está la frontera entre aquélla y la ficción. De ahí sus dificultades para manejarse en el mundo real y sus continuas escapadas a lo imaginario.

La mítica relativa al ser humano, acentuada por las doctrinas de ese batiburrillo de pretensiones trascendentes que ha dado en llamarse "psicología humanista" y cuyo testigo ha recogido esa versión post-moderna del psicoanálisis que es la autoayuda, pretende que nos crecemos ante las dificultades y que ofrecemos la mejor versión de nosotros mismos cuanto mayores sean éstas. Los protagonistas de Johnson no se encuentran en situaciones-límite sino que ven su existencia alterada por desviaciones que parecen afectar únicamente a sus vidas cotidianas, no a los grandes hechos ni a las decisiones vitales; pero su vida cotidiana incluye unas características tan particulares -los seres humanos corrientes solamente tienen una vida cotidiana- que cualquier incidencia que les afecte constituye un reto insalvable.

Una lucha sorda y constante con la inevitabilidad de lo real cuando esto se percibe como solamente una de las opciones posibles de relación entre el sujeto y lo que le es externo. Es justamente esa característica de inevitable lo que lleva a los personajes de Johnson a una extraña, por incuestionable, aceptación de todos los reveses con los que tropiezan, casi como si se tratara de una predestinación. Cualquier reacción, cualquier decisión, es incontestablemente errónea pero suele ser la única que tienen a su alcance.

A su manera y por distintas razones los personajes de Johnson arrastran un estigma que condiciona todas reacciones y sus reflexiones, aunque ninguno de ellos parece consciente de lo que significa ni en qué medida su conducta está siendo mediatizada por esa marca. La complejidad de su situación es de tal calibre que toda excusa que no proceda de la ignorancia traspasaría los límites de la verosimilitud, y los sujetos se verían impedidos de superar la disonancia que la aceptación les provocaría.

Sus rebeliones, por tanto, no suponen grandes renuncias ni cambios fundamentales, no significan giros importantes en su vida ni atisbos de reinicio, solamente tienen que ver con ligeras modificaciones para unas vidas con el sendero fijado de antemano al que únicamente pueden aplicarse, si acaso, ligeros cambios de rumbo que, en definitiva, no podrán alterar sustancialmente un destino prefijado por unas fuerzas externas cuyas motivaciones nadie puede adivinar.

Definitivamente, un libro electrizante; el jurado del National Book Award no da puntada sin hilo.

Calificación: *****/*****

17 de julio de 2017

Oso VS Tiburón

Oso VS Tiburón. Chris Bachelder. Automática Editorial, 2017
Traducción y notas de Enrique Maldonado Roldán
Extensas urbanizaciones horizontales de viviendas clónicas con gran salón comedor con chimenea y cocina de concepto abierto, televisor inmenso y sótano por terminar. 

Otrosí digo: la omnipresencia de la electrónica y la hiperconexión que posibilita el contacto directo y continuo con El Mundo sin necesidad de salir de casa.

Otrosí digo: el consumo como paradigma que envuelve las relaciones.

Otrosí digo: la programación de la televisión es indistinguible de la publicidad.

Otrosí digo: la disponibilidad absoluta con su percepción de elegibilidad -"siempre puedes"-: el día es una sucesión ininterrumpida de posibilidades de elección, aunque sea sobre dilemas aparentes y cuestiones accesorias.

Otrosí digo: no existe incomunicación en la vida familiar, aislamiento comunicativo, silencio, sino descomunicación, una sucesión de monólogos que se interrumpen continuamente unos a otros sin conexión ni posibilidad de interlocución alguna.

La familia Norman gana, gracias a la habilidad de uno de sus hijos en una redacción, un viaje a Las Vegas para asistir al espectáculo "Oso VS Tiburón", una lucha real, aunque no con animales reales, inspirada por un videojuego, que tiene que celebrarse en el anfiteatro Charles Darwin de la ciudad. Se sustituye la verdad (el oso y el tiburón animales) por la realidad (un oso y un tiburón generados por ordenador), y ese relevo pasa a convertirse en el nuevo estándar a partir del cual se reordena la experiencia del mundo. La nueva sociedad del espectáculo, sustentada en los pilares que el consumo edifica sobre los cimientos del ocio. Ese road trip de 812 millas se convierte en una experiencia alucinante; en primer lugar, porque conlleva que los cuatro miembros de la familia tengan que sumergirse en una convivencia forzada que no han experimentado nunca; pero también porque la distancia a recorrer los pondrá en contacto con una nómina de individuos a cuál más excéntrico.

Una cadena de televisión retransmitirá la no-pelea, porque ésta se pondrá en antena en régimen de exclusiva, sino la asistencia al espectáculo de la familia Norman, en directo e íntegramente. Los últimos kilómetros del viaje serán narrados por un locutor y por el "experto" que le acompaña, porque los Norman se han olvidado un hijo en una parada; así pues, ese retroceso que había puesto al locutor al borde  de la histeria, no ha sido más que un contratiempo sin importancia; todo vuelve a s u lugar y los Norman, de nuevo al completo, retoman su particular viaje al Paraíso: "Las Vegas: toda la diversión de Estados Unidos sin ninguna de sus noticias", la Suiza del desierto, para asistir al evento del siglo.

Adrenalínica y ballardiana novela de ¿anticipación? que se recibe con la sorpresa -¿la ironía puede ser desasosegante?- de que el futuro, ese estadio que a menudo se percibe tan lejos, nos está pisando los talones.

Calificación: ****/*****

14 de julio de 2017

Vidorra

Vidorra. Jean-Pierre Martinet. Underwood, 2017
Prólogos y apostillas de Javier López González. Traducción de Rubén Martín Giráldez
"A decir verdad, no deseaba grandes cosas. Mi norma de conducta era simple: vivir lo menos posible para sufrir lo menos posible."
Madame C., un elefantiásico ejemplar de hembra humana,
C. de Cerbera, madame Cerbera, C. para los amigos 
es la portera del edificio 
infierno vecino del cementerio de Montparnasse; 
a los muertos debe facilitársele el tránsito al inframundo, 
no están para muchos trotes, los pobres
Dormons, dormons
en el que vive Adolphe
¡Adolfito, Adolfito mío, qué va a ser de ti cuando yo no esté!
un extraño espécimen de macho humano.
Orphée!
En su extraño papel simultáneo de Electra, Eurídice y Afrodita, 
Vive le vin! Vive Pluton!
se debate entre el acoso sexual insistente y explícito a su Orfeo
La femme dont le coeur rêve
 y el temor a escurrirse por el agujero del vater.
Ne regarde pas en arrière!

Este pequeño no-resumen ya da al lector una idea de la apología del exceso, el encomio de la incontinencia verbal, el panegírico de la hipérbole. La muerte antes que el silencio, la resistencia verborreica, la comparación hasta el límite del sentido, la violencia de la carne rasgada. Evidenciando la absurdidad de las relaciones personales revela las carencias de las correspondencias que se etiquetan como "normales", como el alienado que, con su conducta alterada, pone en evidencia la locura presente en todo aquello mediatizado socialmente.
"Uno se acostumbra a todo."
¿Catálogo de desviaciones? Tal vez, aunque no necesariamente, la línea que separa la normalidad de la anormalidad no es que sea tenue, que no lo es, lo que sucede es que es móvil, no ya para distintos sujetos sino también para el mismo sujeto en diferentes situaciones. No nos arriesguemos, pues, con un diagnóstico. Muerte al DSM n+1. ¿Inventario de transgresiones? Tampoco parece el camino acertado: si la necrofilia es la conducta sexual con cadáveres humanos, ¿es necrofílica la seducción de personas directamente relacionadas con difuntos recientes? Cuanto mayor es el dolor de la vida, más potente la erección y más irrefrenable la libido. ¡La línea, la línea! ¿Cuándo una provocación se convierte en transgresión? ¡Mueve esa línea, muchacho!
"No hay drama entre nosotros, señores, ni tragedia, no hay más que ridículo y obscenidad. Uno no es feliz, pero se parte de risa."
Honestamente, creo que Orfeo (y Eneas, y Psiqué, y Hércules, y Hermes) firmaron un pacto con Cerbero la naturaleza del cual ningún poeta ha logrado desentrañar. A ver si Adolphe...

Calificación: Inclasificable

10 de julio de 2017

Un pueblo de Oklahoma

Un pueblo de Oklahoma. George Milburn. Sajalín, 2017
Traducción de Ana Crespo
Una comunidad de habitantes es tanto más endogámica cuanto mayores sean sus hechos diferenciales con las comunidades de su alrededor y cuanto más efectivo sea su aislamiento, geográfico o moral; en la primera mitad del siglo pasado -y, probablemente ahora mismo, aunque en menor medida- el inmenso territorio de los Estados Unidos de América contenía una buena cantidad de esa clase de asentamientos. Un pueblo de Oklahoma (Oklahoma Town, 1931) es el retrato minucioso de una de esas agrupaciones -inevitable la relación con Winesburg, Ohio- realizado por un ciudadano procedente de una ciudad, Coweta, que podría ser un reflejo exacto de la localidad en la que sitúa la acción.

Visto con la perspectiva actual y desde la cultura urbana europea, el pueblo del texto se asemejaría a la pista central de un circo en la que tiene lugar la exhibición de las más sorprendentes atrocidades; ese extrañamiento no se produce, como es lógico, cuando el punto de vista es interior porque, además de la absoluta falta de referencias, se genera un fuerte sentimiento de pertenencia entre sus habitantes cuya naturaleza es difícilmente fijable o delimitable, pues es claro que existe un "nosotros" claramente aceptado pero cuya definición es tremendamente difícil: ¿incluye a los negros? ¿Y a los alemanes? ¿Y a los no cristianos? ¿Hasta qué punto se pueden ir quitando capas a la cebolla para lo que nos reste siga siendo cebolla?

Lo que sí parece más claro es la relación de esos hechos diferenciales: racismo sin freno y sin arrepentimiento; religión, con visitas personalizadas del Espíritu Santo y las supersticiones más increíbles: disputas vecinales por cuestiones de límites con sus correspondientes ajustes de cuentas;  personajes situados entorno a la linde de la cordura; venganzas que, provocadas por cualquier nimiedad, pasan de padres a hijos; jóvenes guapos de buena familia e inmejorable futuro que se meten a curas y las bellas y decentes damiselas que pierden su honor en dudosas relaciones con el desarrapado pero ingenioso de turno. En definitiva, una colección de sujetos con reacciones primarias de cuya influencia sólo sobre puede escapar largándose, aunque el villorrio parece actuar como una especie de imán que impide la evasión o que, caso de lograrlo, mantiene aun en la distancia su área de influencia.

Ahondando en las similitudes estilísticas con la obra de Sherwood Anderson, de la cual sería un perfecto complemento, la voz narradora es en tercera persona, y el punto de vista tiene una intención de objetividad -aunque en unas cuantas y deliciosas ocasiones se traiciona- que, en un estilo casi periodístico, se limita a tomar nota de aquello que observa, sin calificar ni enjuiciar. La estructura toma la forma de un mosaico en el que cada cuadro posee significación por sí mismo pero que adquiere otra dimensión cuando se considera como parte de un conjunto, a pesar de la dispersión, perfectamente homogéneo.

Un texto antropológicamente interesante y literariamente sugestivo, que muestra un modo de narrar que se ha ido olvidando con el tiempo pero que mantiene la intensidad y la eficacia de la buena literatura.

Calificación: ****/*****

7 de julio de 2017

Adiós a los padres

Adiós a los padres. Peter Weiss. Alpha Decay, 2017
Traducción de Juan de Sola
Antes de que otros autores de su ámbito lingüístico escandalizaran a los espectadores de teatro o a los lectores, Peter Weiss instaló en ambos frentes dos bombas incendiarias que acentuaron la inevitable crisis de la tradición literaria del siglo XX y que ayudaron a que ambos, a la vez, reflexionaran acerca de los límites de la obra de arte y de su propia consideración; una, en el terreno teatral, fue su obra dramática Marat/Sade; la otra, en el campo novelístico, la monumental Estética de la resistencia.

El ajuste de cuentas con los progenitores, reales o ficticios, individual o colectivamente, con mejor o peor fortuna literaria, comprende un amplio fondo de obra escrita. Peter Weiss, ya en plena madurez -parece prudente esperar a esa edad para emprender una tarea como esa-, publicó ese Adiós a los padres (Abschied von den Eltern, 1964) para relatar, con su estilo oscuro e introspectivo en la forma pero grandioso en el contenido, algunos episodios de la juventud de un protagonista con el que guarda grandes semejanzas, una especie de Retrato del artista adolescente que es tanto un repaso autobiográfico a una de sus etapas vitales más conflictivas como un ajuste de cuentas familiar con todas las letras. Para ello, y teniendo en cuenta que Weiss no es un escritor convencional -como muestra, los dos títulos citados anteriormente-, hizo uso de un texto comprendido en un solo párrafo que se lee perdiendo el aliento, y mediante la técnica del stream of conciousness, no tanto una "corriente" como un "torrente" emocional que desborda la afectación y la corrección política para ubicarse en el resbaladizo terreno de la revuelta.

La distancia del protagonista con los padres es consecuencia de la incomprensión mutua labrada a lo largo de su existencia y del hecho de que el principio de autoridad ejercido por ellos, en lugar del de racionalidad, fue el paradigma que rigió su vida en común.
"¿Por qué hemnos malgastado esos días y años, si somos personas que viven bajo el mismo techo, sin haber sido capaces de hablarnos y escuchar? ¿Qué enfermedad era esa que nos enturbiaba, que nos había llenado de tanta desconfianza, de tanta esquivez, que ya no éramos capaces de mirarnos a los ojos?"
¿En qué momento el sentimiento de protección y de salvaguarda que se experimenta en la niñez con respecto a los progenitores se troca en indefensión? ¿Quién es el responsable de este cambio? ¿Cómo afecta a la relación posterior? ¿Cuál es el efecto del acto de recordar sobre ese cambio, y cómo le influyen las experiencias posteriores, sean ligadas a ellos o no? ¿Qué valor tiene, y qué credibilidad, examinar ahora, transcurrida toda una vida, las decisiones que aventuramos a recordar que tomamos entonces? ¿Cómo pueden defenderse ahora esos personajes que contrajeron deudas con nosotros en el pasado? ¿Cuál es la diferencia entre el pasado de personas que no se conocieron, reconstruido mediante fragmentos de textos, imágenes y recuerdos ajenos, y el propio pasado vivido en primera persona pero tan remoto que debe reconstruirse también mediante fragmentos, algunos de los cuales de dudosa autoría?
"Todo era fachada y ardía por dentro."
El miedo y la indefensión infantil van cediendo a medida en que nos damos cuenta de nuestra solemne individualidad, de que con nuestra conducta podemos desencadenar sucesos, de que existe una vida que podemos llamar propia más allá de la prisión familiar y de su arquitectura totalmente jerarquizada.

La llegada a la pubertad, con su potente trasfondo sexual, coincide con el primer acoso serio acerca de qué hacer en el futuro por parte del padre; demasiadas vidas impuestas a un cuerpo que se revela pero que no acaba de sentirse como propio, y para una mentalidad en formación, demasiado sujeta a los vaivenes de la existencia, sin forma aun definitiva. Y una sola forma de evasión, recién descubierta, que da acceso a un mundo alternativo lleno de posibilidades: la lectura.
"Y así fue cómo aprendí a vivir, sé que falta algo, ando a tientas y busco a mi alrededor, gimo y chillo y no lo encuentro, crezco, maduro, y la libertad de movimiento es cada vez más reducida, apenas me atrevo a seguir buscando, en todas partes me topo con restricciones y termino por esconderme."
Pero ese extrañamiento provocado por la adolescencia no es el único parámetro que sitúa al protagonista fuera del sistema: desde el mundo adulto, aunque con una aplicación específica para los jóvenes, acaba de nacer el movimiento político que se adueñará del futuro pero del que él estará excluido debido a su procedencia, por la vía paterna, de la raza maldita.
"Pensé en Friederle, que algún día habría de convertirse en el modelo de la defensa de la patria, y de pronto me vi del lado de los vencidos y excluidos, aunque no comprendía que aquello era precisamente mi salvación. No percibía más que mi desamparo, mi desarraigo, estaba todavía lejos de asumir las riendas de mi propio destino y de convertir esa falta de pertenencia en la fuente creadora de una nueva independencia."
Todo lo que había significado estabilidad desapareció, la autoridad paterna sufrió su primer cuestionamiento serio porque tuvo que plegarse a otra jurisdicción de rango superior, y comenzó el exilio, momento que marcó la muerte de una hermana y que significó el comienzo de la desintegración familiar pero que también supuso, seguramente, el desencadenante principal del que acabaría siendo su oficio: la escritura.

Al final, como una etapa más de formación, y provocado por la súbita aparición y repentina ausencia de un amigo -ese personaje imprescindible en la vida de todo adolescente-, el protagonista sufre un fenómeno de disociación entre su vida "oficial", el trabajo, las relaciones familiares, y su vida "real", esa en la que intentará que sus aspiraciones puedan cumplirse. Una vez establecida esa dicotomía, será cuestión de tiempo y afán, de pura determinación, el que la segunda vaya ocupando, progresivamente, el espacio de la primera hasta hacerla desaparecer. Ese nuevo intento de iniciación  al mundo exterior es apadrinado por Harry Haller, el personaje que, abriéndole las puertas a sí mismo, rompe su enclaustramiento y le muestra un mundo de posibilidades que sólo podrán cumplirse si se atiende a su vocación.
"Lo que sucedió entonces se venía fraguando desde hacía mucho tiempo, era el momento en el que, después de tantos años de opresión, caían las rejas que tenía a mi alrededor. Cogí mis pertenencias y me planté fuera con mi maleta y el espíritu abierto a más no poder."
Pero el intento de independencia fracasa: el mundo está en guerra y las condiciones no son las mejores, así que se impone el regreso al hogar, en otro país, al exilio, a la fábrica del padre y al cobijo de la madre. 
"Mi derrota no era la derrota del emigrante ante las dificultades de la vida en el exilio, sino la derrota de quien no se atreve a librarse de sus ataduras."
Pero el veneno de la libertad corretea ya por las venas del protagonista, y aunque de forma diferida, sabe que desde aquel momento, todo lo que piense o haga se dirigirá hacia esa evasión definitiva "en busca de una vida propia."
"Libre de padres y de profesores, asumía personalmente la tiranía sobre mí mismo."
Calificación: ****/*****