24 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo VIII. Apuntes sobre el suicidio

Apuntes sobre el suicidio. Simon Critchley.  Sobre el suicidio. David Hume
Alpha Decay, 2016. Traducción de Albert Fuentes
"Quizá lo más cercano que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos."
Critchley, autor de un estimulante ensayo sobre la relación entre la filosofía y la literatura y el nihilismo, dedica este breve pero intenso texto al que podría considerarse un daño  colateral de esta corriente filosófica. Intentando una deconstrucción del par causa-efecto, es partidario de aislar el acto del suicidio de las connotaciones negativas que la ley -la antigua y todavía actual penalización, en algunos países-, la moral -la discusión sobre el derecho a la vida o a la muerte-, la medicina -la psiquiatría y el psicoanálisis, en la consideración de producto de una disfunción mental que hay que tratar farmacológica o mágicamente- y la religión -la vida es un don de Dios contra el que no podemos atentar- han dictado sobre el hecho, y contemplarlo como la respuesta plenamente individual y privada a la pregunta: "¿debo vivir o morir?".

Los reparos que acompañan inevitablemente a las conversaciones sobre el suicidio y el silencio circunspecto o la interminable verborrea sobre anécdotas o experiencias próximas, tal vez sean debidas a la incomodidad que provoca en personas que jamás han sufrido la tentación de acabar con su propia vida, pero también pueden tener que ver con el temor irracional a verse "atacado" por esa tendencia, como si constituyeran una especie de exorcismo por anticipado.


Después de citar los casos de Sócrates y Séneca, en la antigüedad clásica, Critchley, en su repaso histórico de la apología del suicidio, se detiene en John Donne -Blathanatos, 1664-, Spinoza -Ética, 1675-, Radicati -Una disertación filosófica sobre la muerte, 1732- y David Hume -Sobre el suicidio, mediados del siglo XVIII-, y recupera las tesis del librepensamiento histórico para rebatir todas las doctrinas legales y religiosas que lo han estigmatizado, pero cuestionando también cualquier tipo de argumento basado en los conceptos de derechos y deberes, y discutiendo incluso la existencia de tesis racionales. Más que conclusiones, el conjunto del texto parece apuntar al testimonio de que el suicidio más justificable, precisamente por carecer de motivación, sea también el más aterrador, el que no tiene otro estímulo que el deseo de morir, haciendo uso del último y más privado reducto de la libertad personal.


Cierra el volumen un interesante capítulo acerca de las notas de suicidio, tal vez la aportación más original e intelectualmente excitante del volumen; incluye también, como apéndice, el citado ensayo Sobre el suicidio de Hume, una excelente muestra del librepensamiento ilustrado.


Calificación: ***/*****

22 de febrero de 2017

Levantar la mano contra uno mismo VII. Biathanatos


Biathanatos. John Donne. Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2007
Traducción de Pablo Sáiz Gómez 
Verdadera anatomía del suicidio, por ponerlo en comparación con la obra de su coetáneo Robert Burton, Biathanatos (Biathanatos, expresión resultante de la contracción de biaios thanatos, "morir de forma violenta", texto concluido en 1608 y publicado póstumamente en 1647) es también un formidable testimonio de carácter autobiográfico escrito por Donne en sus años más difíciles en el que traza, a la vez, un extenso tratado sobre la muerte voluntaria y también una especie de confesión, a modo de nota de suicidio, de su relación con éste. Su particularidad fundamental, y más teniendo en cuenta que se trata de un futuro clérigo, es su defensa del suicidio como un acto autónomo que no atenta ni contra la naturaleza, ni contra la Razón ni contra la ley de Dios. Así, antes de emitir ningún razonamiento, Donne considera el suicidio como una escapatoria que siempre está a su disposición para evitar situaciones extremas; incluso ante el convencimiento de que jamás hará uso de ella, su existencia, su latencia, es un auxilio para sus tiempos de aflicción.

Donne divide analíticamente su ensayo en tres grandes capítulos temáticos: "Del Derecho y de la Naturaleza", "De la Ley de la Razón" y "De la Ley de Dios", después de buscar una definición consensuada de cada uno de estos conceptos, para incluir en cada uno diversos apartados -"Distinciones"- que tratan de cuestiones puntuales pertenecientes al tema en cuestión.

"Del Derecho y de la Naturaleza"

Para empezar, Donne cuestiona la pecaminosidad del suicidio, poniendo en entredicho las razones que aducen los que sostienen esa consideración: los que afirman que proviene siempre de la desesperación, los que sostienen que en esta vida es imposible el arrepentimiento, y los que aducen que la muerte del suicida hace imposible la contrición; Donne aboga por una nueva definición de pecado más relacionada con la violación de un mandamiento y, después de identificar a la Razón como máxima ley natural -un término cuyo alcance es imprescindible precisar y ajustar a la conciencia y a la libertad del hombre-, concluye que el suicida no la viola más que cualquier otro pecador: ciertas muertes provocadas, como el martirio, no deberían ser sobrevaloradas ya que no son enteramente ajustadas a la Razón.

"De la Ley de la Razón"

Donne amplía el concepto de "Razón" a "las conclusiones extraídas y deducidas de la Razón Primera -la Ley de la Naturaleza"- a través de nuestro discurso y nuestro raciocinio" para, posteriormente, denunciar el carácter utilitarista de muchas leyes civiles contrarias al suicidio. En lo que se refiere a la ley canónica, ocupada en descubrir y combatir la herejía, el suicidio no figura como tal en ninguna disposición. En cuanto a las leyes locales, que acostumbran a ser las más alejadas de la Ley Natural, su dispersión y su limitación a las particularidades las hacen difícilmente objetivables -Donne considera las leyes procedentes de la costumbre de rango inferior a las basadas en la Ley Natural, y pone como ejemplo la pena de muerte, contraria al precepto divino de "no matarás"-: un acto no es necesariamente malo sólo porque esté prohibido, y menos cuando esta prohibición se dicta y se deroga en función de condicionantes temporales. Finalmente, Donne pone en evidencia la disparidad de criterios a la hora de juzgar la licitud del suicidio que se puede encontrar en los textos clásicos, y deduce que la falta de unanimidad debería ser indicativa de que, en ocasiones concretas, es legítimo procurarse la propia muerte.

"De la ley de Dios"

La prohibición del suicidio no figura explícitamente en ningún precepto de la ley mosaica; por tanto, cualquier doctrina sobre el tema debe ser producto de la especulación o la interpretación sesgada de los textos sagrados; y es en razón de la pertenencia a diferentes sectas que esas opiniones difieren diametralmente y es imposible hallar ningún asomo de acuerdo. Esta debilidad de los argumentos y la falta de unanimidad es aprovechada por Donne para rebatir, razonadamente, las manifestaciones tendenciosas, para intentar apoyar su tesis: que el suicidio no atenta contra la Ley de Dios. 

Teniendo en cuenta que ni siquiera existe acuerdo para delimitar el mal, Donne se pregunta si es lícito hacer un mal para provocar un bien; si es así, tal vez esa opción podría incluir al suicidio, al evitar mediante éste la comisión de males futuros. El precepto de que "el buen pastor da su vida por las ovejas" es un aclaro exponente de disculpa para el suicida que se encuentre en esta situación, tanto si el bien que se busca es el propio, como en el caso de los mártires, o el ajeno, como en el sacrificio personal que beneficia a la comunidad.

Por otra parte, es sospechoso que en ningún lugar de las Escrituras se censure gravemente a quienes levantaron la mano sobre sí mismos (Sansón, Saúl, Judas...) y, en cambio, la mayor parte de la patrística lo condene como el peor de los pecados; Donne afirma que se trata más de un exceso de celode los Padres, por su afán exageradamente didáctico, o, simplemente, para ofrecer una versión que se pueda distinguir sobre las demás.

Calificación: Hors catégorie

20 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo VI. La campana de cristal

La campana de cristal. Sylvia Plath. Edhasa, 2012
Traducción de Elena Rius
Conocida y reconocida en su vertiente poética, Plath escribió también literatura infantil y, aparte de unos Diarios de reciente publicación en su versión completa, algunas obras en prosa de las cuales la más celebrada es esta autobiografía psicológica, La campana de cristal (The Bell Jar, publicada en 1963 bajo pseudónimo), en la que mezcla la ficción con algunas de sus experiencias emocionales de juventud.

Esther Greenwood, narradora, protagonista y alter ego de la autora, una joven de pueblo, se ha trasladado a Nueva York con una beca de estudios; allí conoce la vida de la juventud despreocupada entre fiestas, citas con chicos y complicidades femeninas, una vida muy distinta de la su lugar de origen a la que asiste, aunque participante, con el estupor del visitante de otro planeta. Se trata de lo que podría denominarse síndrome del sujeto desubicado, sin existencia física en el medio al que pertenece y en el que se reconoce, y transplantada a un lugar cuyas reglas desconoce, aunque intenta imitar, pero al que es incapaz de asimilarse.

Esther es una mujer que relata sus aventuras de juventud con una mezcla de la nostalgia que han añadido los años y la experiencia -aunque ignoremos desde qué punto temporal está escribiendo- y la indulgencia con que se contemplan en la edad madura los pecados de juventud. Sin embargo, su tono y la forma con que trata ciertos temas ponen en guardia al lector con respecto a la existencia de algún conflicto subyacente, y el hecho de que sus recuerdos parezcan abarcar unos motivos determinados y no otros y ciertas fijaciones en aspectos muy concretos revelan algún tipo de turbación psíquica,  derivada o relacionada con aspectos sexuales.
"Hay algo de desmoralizante en observar a dos personas que se excitan más y más locamente entre sí, especialmente cuando la única persona que sobra en la habitación es uno mismo."
El tono oscila entre lo que podría tomarse por prosa poco elaborada: despreocupada, con implicación leve y vocabulario reducido, y la exageración de esa misma prosa, con repeticiones, uso de lugares comunes e intervenciones excéntricas que descubririan la existencia de alguna afectación psíquica. En todo caso, tanto el tono como la temática plantean la incógnita del lugar desde donde está hablando la narradora, desde qué tiempo transcurrido desde que tuvieron lugar los hechos y desde qué situación anímica.

Esa mezcla de indiferencia y candidez -imposible averiguar cuál de ambas prevalece- provoca que se torne imposible establecer la veracidad de las situaciones, por lo demás bastante arquetípicas, que la narradora relata, bien en su totalidad, bien en el recuerdo que parece conservar de ellas.
"Pero entonces pensé que en parte podía ser verdad, así que traté de separar lo que probablemente fuera verdad y lo que no [...]."
Esa dificultad de distinción entre lo que puede ser verdad y lo que no, incluso la incapacidad para llevar a cabo la discriminación, puede ser soslayada mediante el uso de recursos a favor de la verosimilitud: por ejemplo, citar un hecho importante que hubiera tenido lugar en esas fechas; obviamente, ese hecho y no otro puede ser una pista para el lector, a la hora de caracterizar a la protagonista. El hecho de que se cite la ejecución del matrimonio Rosenberg es determinante para comprender a Esther y prestar verosimilitud a algunas de sus reacciones más excéntricas.
"Se hacía cada vez más y más difícil decidirme a hacer cualquier cosa en aquellos últimos días. Y cuando finalmente sí decidía hacer algo, como la maleta, no hacía más que arrastrar toda mi desaliñada, cara ropa fuera de la cómoda y del ropero y esparcirla sobre las sillas y la cama y el suelo, y entonces me sentaba y me quedaba mirándola, totalmente perpleja. Parecía tener una identidad propia, separada, obstinada, que se negaba a ser lavada y doblada y ordenada."
Es la neurosis y no la depresión o el sentimiento depresivo lo que provoca en Esther la pulsión suicida: decide cómo va a llevarlo a término y se procura los efectos necesarios, pero aplaza el acto mediante excusas peregrinas. Realmente, no quiere morir, sólo se siente atraída por la mecánica, por el ceremonial pertinente; le seduce la idea de matarse, pero le aterra la imagen de la muerte. Sin embargo, de este modo comienza la escalada, el proyecto va tomando forma, se adueña de su mente y se convierte en una obsesión que, finalmente, encuentra su realización.
"Vi los años de mi vida dispuestos a lo largo de una carretera como postes telefónicos, unidos por medio de alambres. Conté uno, dos, tres..., diecinueve postes telefónicos, y luego los alambres pendían en el espacio y por mucho que lo intentara no podía ver un solo poste más después del decimonoveno."
Es a partir de ese intento que la condición psíquica de Esther se va deteriorando progresivamente, pero el suicidio deja de ser una obsesión, como si ese camino ya recorrido no necesitara ser revisitado, independientemente del fracaso del intento -un caso bastante común entre los suicidas: el intento ya es suicidio, por lo que, caso de no haber muerto, no se insiste de nuevo-. Siguen las muestras de inadaptación, pero la responsabilidad se traslada a la sociedad -las amigas, los médicos, incluso la madre-, y de ahí la belicosidad de su postura.
"Sabía que debía estarle agradecida a la señora Guinea, sólo que no podía sentir nada. Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque dondequiera que estuviera sentada -en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok- estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado."
Calificación: ***/*****

17 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo V. Levantar la mano sobre uno mismo

Levantar la mano sobre uno mismoJean Améry (Hans Mayer). PreTextos, 1999
Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar
Continuación natural de Sobre el envejecer, Levantar la mano sobre uno mismo (Hand an sich Legen. Diskurs über den Freitod, 1976) retoma el concepto de Discurso -el subtítulo del libro es: Discurso sobre la muerte voluntaria- procedente de la literatura del Renacimiento, del Barroco y, particularmente, de la Ilustración, para redactar un texto en el que los argumentos subjetivos tienen preferencia sobre cualquier otra consideración científica, técnica o estadística. Se trata, por tanto, de un intento de mirada desde el punto de vista del suicida, del ser humano que opta por la muerte voluntaria -el propio subtítulo alude a ella-, y no de un tratado de "suicidiología". La calificación de "voluntaria" excluye, en principio,  los suicidios reactivos, aquellos que se basan en una razón médica, psicológica o social, para centrarse en las decisiones que se toman sin ninguna constricción, en absoluta libertad, aun bajo las presiones más insoportables; por esa razón Améry descarta el término "suicidio" para optar por el más preciso "muerte voluntaria", cuya traducción se ajusta mejor al término alemán del título, "Freitod", muerte libre, más cercano a "Selbsmord", autoasesinato, que el genérico "Suizid", literalmente, suicidio.

La lógica de la vida implica envejecer y esperar la muerte y la muerte voluntaria rompe esa lógica; sin embargo, el sendero que lleva a ambas es parecido, aunque en la segunda opción  se podría hablar de un atajo. En todo caso, la decisión consciente impone otra lógica, basada en unos parámetros distintos, que eluden los dictados de la ley de la sociedad, basada en normas que abominan del suicidio aunque se violen conscientemente, y de la ley natural, que aboga por la conservación a ultranza de uno mismo.

El lenguaje acude con premeditación para aceptar o rechazar una actitud determinada; por ejemplo, con el uso que se hace de la expresión "muerte natural", calificativo que se emplea solamente en el caso de fallecimiento debido a la edad avanzada cuando, en realidad,  debería incluir también la muerte por enfermedad, un caso totalmente natural -el virus, la bacteria, el cáncer, son fenómenos plenamente "naturales"- o la muerte por propia mano, resultante del ejercicio de la libertad por parte del ser humano, y de un sistema de decisiones de base orgánica y, por tanto, "natural"; tan sólo el asesinato -la interferencia en la realidad de otro y la acción contra su libertad- y la muerte por accidente podrían ser consideradas muertes "no naturales" por ser intromisiones artificiales en el curso natural.

Améry ahonda, en su tesis, en la distinción entre el cuerpo y el yo, ambos en armonía en situaciones habituales: el yo reconoce su parte material y el cuerpo se ajusta a aquél. Sin embargo, pueden darse situaciones disociativas, cuando uno u otro se sienten extraños: el cuerpo no reconoce el yo y se producen fenómenos divergentes; la situación de muerte voluntaria procedería de una de esos desajustes: el yo ya no siente el cuerpo como su manifestación, y esa rotura le lleva a prescindir del cuerpo.

En lo que hace referencia al aspecto social de la muerte voluntaria, Améry profundiza en la paradoja de que la misma sociedad que es incapaz de procurar el bienestar de sus componentes, llegando, en casos extremos, a exigirles que sacrifiquen su vida, estigmatiza el suicidio no ya como una conducta insocial sino también, directamente, como un atentado contra su esencia. Una prohibición por imperativo humano que, igual que en el caso de los creyentes, éstos por imperativo divino, impide el ejercicio de libertad supremo: decidir sobre la propia existencia.

Calificación: ***/*****

13 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo IV. Ebrio de enfermedad

Ebrio de enfermedad. Anatole Broyard. La  Uña Rota, 2013
Prólogo de Oliver Sacks. Edición de Alexandra Broyard. 

Traducción de Miguel Martínez Lage
"Lo único que espero es estar vivo cuando muera."
Ebrio de enfermedad (Intoxicated by My Illness (And Other Writings on Life and Death, 1992) es un conjunto de textos relativos a la enfermedad y a la muerte escritos por Broyard después de habérsele diagnosticado un cáncer de próstata, enfermedad que le provocaría la  muerte catorce meses después. Broyard reacciona ante el diagnóstico fatal con lo que él entiende que no es valentía sino deseo: su vida tiene ya un plazo concreto, y su empeño es  emplearlo en hacer todo aquello que desea y que, de no haber habido la enfermedad de por medio, seguramente habría pospuesto. 
"Mi experiencia inicial de la enfermedad fue la de una serie de sacudidas sin relación unas con otras, e instintivamente pensé que lo primero que debía hacer era tratar de controlarla dándole la forma de una narración. En las situaciones de emergencia siempre inventamos relatos [...]. El relato, la narración, parece ser una reacción natural a la enfermedad [...]. Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor [...]. Al principio me inventaba microrrelatos. La metáfora era uno de mis síntomas."
Al tratar de convertir la enfermedad en un relato Broyard busca humanizarla, interiorizarla, desproveerla de su carácter externo, más amenazante por desconocido que por el peligro que pueda conllevar, y traerla al campo propio, donde poder desenmascararla y, parcialmente desarmada, combatirla: quien logre imponer su relato, vencerá.
"La escritura es un contrapunto de la enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí."
Es un error dejar que la enfermedad se adueñe del cuerpo porque en ese caso es ella la que marca los tiempos y decide qué hacer y cuándo; en definitiva, impone su relato, la mayoría de las veces en un lenguaje, el dolor, que no podemos comprender y que nos imposibilita para cualquier tipo de reacción. Deberíamos ser capaces de apropiarnos de ella, de hacerla nuestra y así imponer nuestras condiciones; sólo en este caso seremos capaces de dominarla, de conjurarla cuando nos apetezca e, incluso, de utilizarla contra ella misma.

En todo caso, es imprescindible mantener una actitud eminentemente belicosa: ni rendirse, o estás perdido porque te dejas en sus manos; ni pactar, porque su posición de dominio le facilita el imponer sus condiciones:; sólo cabe la confrontación.
"Lo que un enfermo crítico necesita, sobre todo, es que le entiendan. Morir es un malentendido que es preciso aclarar antes del fin. Y a uno es imposible que se le entienda, su situación no se puede apreciar del todo hasta que su familia y sus amigos, que lo miran a uno con una mezcla de amor y de vergüenza, sepan, y lo sepan de una manera íntima y absoluta, cómo es la enfermedad que tiene."
Uno de los textos más interesantes del volumen es el denominado "La literatura de la muerte", en el que Broyard pasa revista, someramente, a lo que se ha escrito sobre el tema y distingue las diferentes épocas, incluso las décadas en los últimos años, que han dado lugar a distintas orientaciones. Por supuesto que aprovecha para poner a caer de un burro -aunque, al final, acabe cayendo en la trampa- a la tanatoescritura del tipo Kübler-Ross y, en general, a los escritores hiperventilados que, en su afán por dar una respuesta a Tolstoi -"no entiendo qué se supone que tengo que hacer ahora", dicen que fueron sus últimas palabras-, se pierden entre doctrinas pseudoreligiosas y elucubraciones submentalistas.

Sin embargo, el texto literariamente más potente es "Lo que dijo la cistoscopia", un  concentrado relato en el que el protagonista cuenta, con un verismo escalofriante, los últimos días de la vida de su padre, aquejado de un cáncer terminal: la precisión progresiva de los diagnósticos, la peregrinación por diversos hospitales, las relaciones con otros enfermos, y la formación y posterior desestimiento de la estrategia del avestruz: mientras el enfermo verbaliza sus ya inútiles propósitos de enmienda tras la imposible curación, su esposa, abandonada a la inevitabilidad del desenlace, queda inmovilizada por un dolor que nadie le ha enseñado a soportar, y el hijo, incapaz de reaccionar a la situación, se siente extraviado entre las nuevas responsabilidades que se ha visto obligado a asumir. Son sentimientos que van siguiendo su evolución, paralela al progreso de la enfermedad y al agravamiento del padre, hasta converger gradualmente hacia la inevitable y despiadada realidad.
"¿Por qué han llegado tan tarde toda esta sabiduría, toda esta belleza?"
Calificación: ***/*****

10 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo III. Mi suicidio

Mi suicidio. Henri Roorda. Trama Editorial, 2014
Traducción de Miguel Rubio
"Por otra parte, mi motor esencial -denominado "instinto vital"- debe encontrarse en muy mal estado, puesto que sin estar enfermo prefiero la muerte a una existencia en la que, como ocurre en casi todas las existencias, tendría que enfrentarme a cotidianas cargas, preocupaciones y privaciones."
Henri Philippe Benjamin Roorda van Eysinga es uno de los ejemplos que aduciríamos aquellos que pensamos que se puede llegar al suicidio no únicamente desde la tristeza y la desesperación -una especie de suicidio reactivo-, sino también desde la alegría y, paradójicamente, las ganas de vivir, como si el disfrute total de la vida incluyera, inseparablemente, la posibilidad de ponerle fin de forma voluntaria. No serían ni el hastío ni el pesimismo, por tanto, los únicos estados anímicos que desembocarían con la muerte por propia mano, sino que también la alegría y el optimismo podrían ser caminos igual de válidos: para apoyar esa afirmación, Mi suicidio (Mon suicide, 1925), sería la prueba concluyente.

Afirma el autor que el libro debería haberse llamado El pesimismo alegre, pero que le cambió el título por razones puramente comerciales: el público es muy melodramático y se inclinará más por comprar un libro de nombre Mi suicidio. El tono del prólogo del autor da ya una idea de la orientación del texto, alegre, irónico y vitalista. El suicidio, en su caso, no es tanto una huida para escapar de un presente insoportable como para ahorrarse las desgracias futuras que, inevitablemente, acaecerán; es decir, una especie de suicidio preventivo.

Firme partidario de la vida sin preocupaciones, Roorda no es capaz de ser previsor ni con las provisiones ni con el dinero que debería acumular para procurarse una vejez desahogada; ha vivido una vida relajada contrayendo deudas económicas y morales, y el futuro que le espera no es nada halagüeño; pero también alude a una razón de carácter altruista: dada su inadaptación a los requerimientos de una vida ordenada, la cantidad de males que podría provocar en el futuro superaría ampliamente el de los bienes. El Estado, y su capacidad conminatoria para imponer una determinada moral desde la infancia, y la religión, con la imputación del sentimiento de culpa, tampoco facilitan la vida. De hecho, Roorda se autocalifica como mala persona y confiesa que todo lo que hay en él de bueno lo debe a la sociedad; sin embargo, después del proceso de socialización, cuando ya te tiene entre sus garras, es esa misma sociedad la que, con sus sistemas de represión -las leyes- y de control -la moral-, la que se encarga de sustraernos nuestras conquistas individuales. Y salir de este círculo infernal sólo es posible mediante una reacción individual, que no egoísta.
"Amo enormemente la vida. Pero para gozar del espectáculo hay que ocupar una buena butaca. Y en la tierra la mayoría de las butacas no son muy buenas. Si bien es verdad que, en general, los espectadores no son muy difíciles de contentar."
Calificación: ***/***** 

6 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo II. Agencia General del Suicidio

Agencia general del suicidio. Jacques Rigaut. Ático de los Libros, 2017
Traducción de Sarai Herrera. Prólogo de Noni Meyers. Epílogo de Enrique Vila Matas
"Sólo me siento vivo a partir del instante en que contemplo mi inexistencia."
Agencia General del Suicidio es una antología que recoge textos en prosa del escritor dadaísta -abandonó el surrealismo al trabar conocimiento con Tristan Tzara- cuyo punto en común es la referencia al suicidio, hecho con el que dio fin a su vida a los 30 años, después de una vida de excesos.
"Olvidaba para beber."
Igual que los psiquiatras pueden, en multitud de casos, detectar en los sujetos una tendencia a la muerte por propia mano, estoy convencido de que, en el caso de los escritores, también es posible revelar esa misma tendencia en forma latente, explícita o implícitamente, rastreando sus textos con la suficiente profundidad. Rigaut es uno de los escritores que, sistemáticamente, destruyó todo aquello -en realidad, poco- que escribía; acaso esa pulsión destructora hacia su propia obra, supuestamente en razón de su exigencia, podría interpretarse como uno de esos signos que, como decía más arriba, anticipaban que moriría por su propia mano: el destino de la vida, su obra suprema, fue también retenido en sus manos hasta que, en la cama de la clínica de desintoxicación de Châtenay-Malabry, la famosa Vallée-aux-Loups, y después de una meticulosa preparación, acabó con su vida. Para Rigaut, el objeto final de cualquier pensamiento es, forzosamente, la muerte; para escapar de esa trampa, la existencia debería de cualquier tarea que obligue a pensar.
"Esa emulación de inventar caminos más legítimos hacia una muerte que guardamos en el bolsillo desde la edad de la razón."
En cualquier caso, parece que las razones para suicidarse son las mismas que para vivir, y que dependerá de la predisposición del sujeto seguir una vía -pues cualquiera que fuera la elección se tomaría incuestionablemente desde el hecho de estar vivo- o desviarse por la vía alternativa. Aquejados por una enfermedad incurable, escogemos seguir viviendo porque mantenemos la esperanza en una improbable curación y, por tanto, en la cesación del dolor; o decidimos acabar con ella con la misma intención. 
"Intentad, si podéis, detener a un hombre que viaja con el suicidio en el ojal."
La valentía que supone, parece ser, acabar con la propia vida, no debe implicar una valoración moral superior a la que supone afrontar la situación gravosa. Así pues, obviando excusas y cualquier enfoque que requiera algún recurso al submentalismo, Rigaut, en un alarde de humorística franqueza, concede validez a tres razones: la venganza, hacia alguien que le ha rechazado; la pereza, para cumplir sus obligaciones, principalmente las laborables; y el hastío.
"Un hombre que evita los hastíos y el tedio puede encontrar quizás en el suicidio la realización del gesto más desinteresado, ¡con tal de que no sienta curiosidad por la muerte! No reconozco en absoluto cuándo y cómo he podido pensar así, lo cual, por otra parte, no me importa. Pero he aquí, sin embargo, el caso más absurdo, la fantasía en su máximo estallido, la desenvoltura más lejana que el sueño y el compromiso más puro."
La ironía con que Rigaut habla de la muerte, que consigue restar gravedad al suicidio, define una visión con cierto tono surrealista: parece que al hablar de ello abiertamente conjura el peligro, por más que ya lo intentó una vez y, a última hora, la vieja pistola no estuvo a la altura de lo que se le requirió.

Acostumbrados a asociar suicidio y demencia, aunque sea instantánea -la sombra de la religión es alargada-, sorprende la lucidez y la serenidad con que Rigaut razona acerca del suicidio y de la muerte, y cómo se resigna a su propia vulnerabilidad.

Completa el volumen un texto de Pierre Dieu la Rochelle -L'Adieu à Gonzague- en forma de carta dirigida a Rigaut, cuando éste ya había fallecido, en la que se culpa por no haber creído que las amenazas de suicidio eran ciertas y le pide perdón por no haberlo impedido. 
"Tan sólo se puede escribir sobre la muerte, sobre lo pasado. No he podido comprenderte hasta el día que supe que habías muerto."
Es un texto que desborda sinceridad y que incide en ese remordimiento tan común entre los cercanos al suicida: la sensación de no haber hecho lo suficiente para impedir el hecho. Es uno de los mejores textos del volumen, y su inclusión, más que pertinente, da el contrapunto trágico al conjunto de escritos del propio suicida, insólitamente irónicos y desenfadados.
"Morir es lo más bello que podías hacer, lo más solemne, lo más."
Calificación: ****/***** 

3 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo I. Paradojas y devociones

Paradojas y devociones. John Donne. Cuatro Ediciones, 1997
Traducción de Andrés Rubin
Paradojas y devociones (Paradoxes, procedentes del volumen Paradoxes, Problemes, Essayes, Characters, primera edición conjunta en 1652, póstuma; y Devotions, incluidas en Devotions Upon Emergent Occasions and Death's Duel, 1623) recoge un conjunto de textos pertenecientes a la obra ensayística de John Donne, reconocido poeta del barroco inglés contemporáneo de Shakespeare y Marlowe pero también de Burton y Bacon, los autores que con Anatomía de la melancolía y Ensayos, respectivamente, trasladaron a las islas la forma literaria que unos pocos años antes había inaugurado Michel de Montaigne en Francia.

Se presume que ambas obras fueron escritas en dos momentos muy diferentes de la vida de Donne, y que ésta es la razón de la diversidad de sus temas y de su tono general. Mientras que Paradojas sería una obra de juventud, de ahí su tono irónico y su forma desenfadada, Devociones, en cambio, correspondería a su época de madurez, y, como consecuencia, sus preocupaciones, más profundas, denotan una mente cultivada, a la vez que una ruptura con los vínculos exteriores -su mujer ha muerto y ha perdido el favor de los poderosos- acentúa la introspección y el retraimiento hacia sí mismo.

A continuación, algunas de las ideas que subyacen a ambos trabajos.

"Paradojas"

Donne usa de la dialéctica para justificar algunas aseveraciones que, a primera vista, podrían parecer absurdas.

Todo existe para morir, y es en la muerte donde la vida halla su plena perfección.
Si siempre juzgamos por las apariencias, no deberíamos abominar de quien se preocupa por la suya.
La experiencia no es ninguna vacuna contra la insensatez.
Dejarse guiar por las inclinaciones es la forma justificadora de negar la civilización.
Desear la muerte es la suprema cobardía de quien renuncia a superar las adversidades.
El cuerpo y lo sensible son la medida de todas las cosas.
La risa, facultad exclusiva del hombre, es un síntoma de sabiduría.
Para que la vida sea posible, es preciso que la cantidad del bien en el mundo supere la del mal.
La discordia es el motor que mueve el mundo.
Las mujeres son como los venenos: a pequeñas dosis pueden ser hasta beneficiosas.

"Devociones"

A través de la metáfora de la enfermedad, Donne analiza las relaciones del hombre con el universo, con Dios y con sus propios semejantes.

La enfermedad nos enfrenta a nuestra fragilidad y es un aviso que nos efectúa la muerte para que no olvidemos nuestro final.
Los efectos de la enfermedad tienen por objeto alejarnos de la vida, nublando las sensaciones y obnubilando el razonamiento.
Incluso la postración en la cama es un anticipo de la residencia en la tumba.
Es tan grave la afectación y tan inconsistentes nuestros recursos que en la enfermedad somos inferiores a otras criaturas, cuyo instinto les facilita los remedios que están a su alcance.
La reserva del mundo hacia el enfermo añade a la dolencia el más terrible y menos humano de los estados: la soledad.
El miedo a la muerte acentúa los efectos de la enfermedad y contamina hasta tal punto los síntomas que su diagnóstico se hace más difícil.
Por mucho que se intente suplir todo aquello que quita la enfermedad, ésta no puede repartirse entre todos aquellos que nos asisten.
De las alegrías somos sólo inquilinos, mientras que las desdichas nos pertenecen totalmente.
En la prisa por liberar de los síntomas se olvida el origen de la enfermedad.
El mundo, todo lo existente, es un juego de muñecas rusas que va desde los cielos a la decadencia y la ruina; la única incógnita es cuál de los dos extremos prevalecerá.
Aun cuando la enfermedad ataque directamente a órganos periféricos, deben tomarse precauciones para salvaguardar el órgano principal, el corazón.
El peor enemigo es el que no se ve: es más peligrosa la afectación por un vapor que por una flecha, también porque nosotros mismo podemos producir el primero con mucha más facilidad y discreción que la segunda.
Es necesario estar atento a los signos de la enfermedad, y comprender que cada nuevo síntoma es un reflejo de su agravamiento.
No se puede sostener la dicha en el tiempo, pues cada instante desaparece justo al haber dado comienzo.
Es necesario aprender a morir.
No se debe rehuir nada que nos recuerde nuestra mortalidad.
No envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
La incertidumbre acerca del destino de nuestra alma no debe distraernos del polvo en que se convertirá nuestro cuerpo.
Es inútil apresurar la llegada de aquello que nos apetece y retrasar la de aquello que abominamos: cada cosa llegará a su tiempo.
Es tan frágil la condición humana que la falta de un solo elemento que auxilie para conseguir  la felicidad hace que esa consecución sea imposible.
El único centro del único punto inmóvil que puede hallar el hombre es la desdicha.
El cuerpo humano es una ruina incapaz de regeneración; se pueden curar los síntomas, incluso las dolencias, pero el cuerpo seguirá generando caos.
Caos que nosotros mismos, por dejadez o por ignorancia, acabamos provocando.

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1 de febrero de 2017

Pynchon en los anaqueles

Caso 1

Dos chicos muy jóvenes, uno diría que universitarios de primer año, recorren los anaqueles del pasillo de Narrativa Anglosajona Traducida, siguiendo el orden alfabético, y hacen comentarios referentes a algunos autores, si bien es cierto que solamente comentan aquellos que están representados por una cantidad numerosa de títulos: se detienen en Amis, en Barnes, en Faulkner... Como acostumbra a suceder en los casos de estos paseos colectivos, uno de los chicos es el Lector Experto, el leído, el que sabe dar razón de cualquier autor, y el otro el Lector Discípulo, que acostumbra a hacer preguntas y demandar opiniones. Cuando llegan al final de la “P”, se detienen en “Pynchon”.
El Lector Discípulo: “Ah, mira Pynchon”.
El Lector Experto: “Sí, Pynchon”.
El Lector Discípulo: “¿Qué tal, Pynchon?”.
El Lector Experto: “Bueno, es como muy urbano, ¿me entiendes?”.
A continuación, el Experto echa una mirada sonriente, de clara suficiencia, al librero, que se halla en su mesa, cerca de Pynchon; es decir, cerca de donde están los libros de Pynchon, y que, forzosamente, ha debido oír su veredicto.

Si hay un autor que hay que recomendar con la misma cautela que descartar es el maldito Pynchon, Dios lo tenga en su gloria más tarde que pronto a pesar de todo. El norteamericano es un novelista que a todo lector que se precie le encantaría haber leído; aún más, que moriría porque le hubiese gustado, con mesura, eso sí, lo suficiente como para verse recomendándolo a sus amistades, pero no lo bastante como para justificar dos o tres carencias que ha descubierto en sus celebradas novelas y que dan la medida de hasta qué punto es conocedor: una reseña en suplemento cultural de un periodista que tampoco lo ha leído, un concepto de crítica literaria mal asimilado, un cliché desubicado, y el prestigio de disentir, sutilmente, de la opinión unánime. Poco puede hacer el Librero ante el Lector con Tamaño Prejuicio, excepto recomendarle que no compre otro Pynchon y que lea de nuevo -o que, simplemente, lea- ese título al que ha encontrado tan evidentes carencias.

Caso 2

Un lector ha pedido consejo al librero acerca de “literatura norteamericana de vanguardia”; inquirido por éste acerca de su definición de este voluble vocablo, el lector balbucea fórmulas académicas indescifrables y el librero, además de apercibirse de dónde vienen los tiros y de la  bisoñez del lector, deduce que lo que anda buscando son autores considerados “difíciles”, aquellos que otorgan una pátina de calidad lectora a los descerebrados que se atreven a leerlos. Siguiendo su discutible pero asentada lógica, propone:
El Librero: “¿Has leído Faulkner?”.
El Lector Bisoño: “¿Faulkner? Huy, no, querría algo más vanguardista”.
Ya… Subamos la apuesta.
El Librero: “¿Y el “Ulises”?”
El Lector Bisoño: “Un poco antiguo, ¿no?”
Ah, con que esas tenemos…
El Librero: “Más actual… ¿Don DeLillo?”
El Lector Bisoño: “Uh, no, he visto varias películas y no me han gustado”.
¿Varias películas? ¿Varias películas? ¿VARIAS PELÍCULAS?
Quiere la casualidad que el Librero tenga en exposición, en la mesa de efemérides, algunos libros de Thomas Pynchon; el Lector Bisoño se acerca a la mesa, echa un vistazo a los títulos, y sentencia:
El Lector Bisoño: “Y este Pynchon, ¿qué? Un rollo, ¿no?”

El hecho de que las asignaturas de Literatura, cuando las había en los programas educativos, comenzaran el estudio de las obras literarias pertenecientes, como muy tarde, al Renacimiento o al Barroco -exceptuando a los clásicos griegos y latinos, que componen un género por sí mismos-, no significa que los pedagogos que confeccionan los programas de la asignatura tengan una obsesión con el orden temporal: la Literatura es un continuum temporal en que, salvo contadas excepciones, nada se explica sin tener en cuenta lo que se ha escrito antes. Naturalmente, existen tantas literaturas como lectores, y si bien es cierto que nadie está obligado a recorrer en su totalidad estos itinerarios, cualquier lector que quiera tener una visión amplia de la historia no debería saltarse ninguna etapa. Calíope me libre de dar lecciones en este sentido, pero si es evidente que la novela popular ha sufrido pocos cambios en los últimos trescientos años y sería posible leer con el mismo equipaje a Wilkie Collins que a Eleanor Catton, no lo es menos que para valorar justamente las obras de las distintas vanguardias es imprescindible conocer contra qué se rebelan. Pynchon, como tantos otros, no tiene atajos.

Caso 3

Una pareja joven, chico y chica, de estética skate sostienen una acalorada discusión en medio de la sala de narrativa de la librería; por el acento y por el volumen de voz, de origen argentino. El Lector que lo ha Leído Todo (una variante del Lector Experto) está dando una clase de cortejo pre-sexo de Literatura Norteamericana Postpostmoderna a la Lectora Fornicable (una variante femenina del Lector Discípulo).
Lector que lo ha Leído Todo: “Mirá, David Foster Wallace, por ejemplo, es un escritor terriblemente sobrevalorado”.
La Lectora Fornicable: “¡No me digas!”
Lector que lo ha Leído Todo: “Lo que sucede es que los yankies se saben vender muy bien”.
La Lectora Fornicable: “Pues sale en todas las antologías de escritores postmodernos”.
Lector que lo ha Leído Todo: “Bah, eso de la posmodernidad es un invento yankee”.
La Lectora Fornicable: “¿Y Gaddis? ¿Y Barth? ¿Y Pynchon?”
Lector que lo ha Leído Todo: “Ta, ¿Pynchon? Donde esté Borges…”

Es tan común como injustificable la idea de la competición entre escritores; en la mayoría de los casos, sabemos a ciencia cierta que, si fueron contemporáneos, sostuvieron unas magníficas relaciones de amistad -los casos de Woolf con Joyce, de Gide con Proust o de Twain con varios escritores serían la excepción- o, en su caso, de profundo respeto -aunque en el caso de Pynchon, dada su desaparición, sea más difícil encontrarle complicidades con escritores vivos-; aún más, no hay pocos autores que reconozcan explícitamente sus deudas con escritores del pasado y menos todavía que consideren estas deudas un verdadero honor; en la hiperinformada sociedad actual, numerosas entrevistas dan cuenta de esos homenajes y de la confesión de muchos autores de éxito de ser enanos a los hombros de gigantes. Sin embargo, la disposición competitiva, simplificadora y sectaria del lector común (un ente que no existe más que estadísticamente) insiste en rivalidades inexistentes y en competencias imaginarias. Así que me atrevo a dar un consejo: que los prejuicios de los lectores no tengan más peso que el respeto común de los escritores entre sí. Ah, y que todo el mundo debería venir a la librería ya follado.

Nota: los casos citados en este escrito son rigurosamente ciertos.