19 de diciembre de 2016

Diario Literario

Diario literario. Paul Léautaud. Fuentetaja, 2016
Selección de Pascal Pia y Maurice Guyot. Traducción de Cecilia Yepes.
“Mi patria es la lengua francesa.”
La edición completa de los Diarios (Journal Littéraire, de 1956 a 1966) de Paul Léautaud abarca  el período comprendido entre los años 1893 y 1956, y se extiende a lo largo de dieciocho  volúmenes, más de 6.000 páginas, más un tomo-índice debido a la cantidad exorbitante de entradas, el decimonoveno. Ante tamaña desmesura, Pascal Pia y Maurice Guyot realizaron una selección de entradas que se publicó bajo el título de Choix de Pages (1968) cuya traducción es este volumen editado por Fuentetaja Libros.

La vida como fenómeno literario

Paul Léautaud. Crédito de imagen Roger-Viollethttp://www.lefigaro.fr/livres/2012/04/18/03005-20120418ARTFIG00679-paul-leautaud-journal-particulier-1935.php
Léautaud es un individuo permanentemente desubicado, que no se siente comprometido con ninguna causa excepto con su propia supervivencia -y la de su “zoológico”, la ingente cantidad de gatos y  perros, además de una mona y varias tortugas, entre otros animales que acogió en su casa; ningún ser humano en ninguna circunstancia merece los sentimientos y las palabras que Léautaud dedica a sus animales de compañía; el deceso de ninguna persona le sume en un pesar tan profundo como la muerte de alguno de sus perros y gatos-:
“En el fondo, sólo he querido, verdaderamente, a estos seres [sus perros y gatos]. El amor a una mujer nunca ha sido muy profundo en mí. Mis cartas de amor sólo expresan deseo físico”; 
ese desplazamiento, en lugar de actuar en su contra, es utilizado para no fijar ningún aspecto de su vida y aprovechar el nomadismo que permite la ausencia de referencias fijas, intelectuales incluídas. Su única fidelidad, a lo largo de su vida, es a la escritura, la única posibilidad de interacción de la que no cabe temer traición alguna. Y ya que la escritura no es más que otra parte de la vida, se debe escribir “silenciosamente”, evitando la retórica -y, por supuesto, la poesía, el culmen de la pomposidad-; todo el esfuerzo que se invierte en callarse redunda en beneficio de lo escrito.
“La fortaleza reside en no admirar nada”.
La omnipresente precariedad de su situación económica jamás fue razón suficiente para obligarle a tomar ninguna decisión que implicara la renuncia a su máxima aspiración: su obra. Relativamente joven, desiste de su relación con una amante por esa misma razón, si bien es cierto que después de haberla utilizado a conveniencia; eso es por lo menos lo que declara repetidamente, aunque conociendo al personaje al lector pueden quedarle dudas razonables acerca de ese motivo. A pesar de su juventud su personalidad profundamente egoísta y misógina empieza a dar señales de vida. Todos aquellos aspectos que no tengan relación directa con la escritura deben considerarse forzosamente en función de ella; incluso la elección de su compañera debe supeditarse a ese empeño: a los treinta años, y a pesar de haber convivido con una mujer, Léautaud mantiene un romance con otra mujer joven; el fin de la relación, impuesto por ella ante la desidia de él -que parece más bien una forma velada pero miserable de provocación para la ruptura- tiene como espoleta el convencimiento de que mantener la relación en forma estable es lo mejor para su tarea literaria.
“Las mujeres son unos seres viles, sin sentido moral, capaces de las peores invenciones en sus momentos de celos o de maldad, capaces de no retroceder ante nada para hacer daño al hombre que les importa, aunque vengan luego y cuenten que estaban locas y pidan que se olvide.”
Esa soledad en la que se recluye ya en su juventud, fruto de un carácter individualista y misántropo hasta la exageración que irá acentuándose con la edad, tiene una finalidad hartamente explícita: restringir la vida social cerca de los grupos literarios para conservar su individualidad, de manera que jamás pudiera considerarse como perteneciente a uno de ellos: los escritores y hombres de letras, en general, sobre todo los más influyentes, acostumbran a ser la diana preferida de sus peores invectivas:
“Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada ni por nadie.”
Cualquier forma de convivencia es para Léautaud un castigo: un trato demasiado frecuente con colegas de profesión afecta de manera negativa, por influencia, a su obra: es una cuestión cualitativa que no está dispuesto a permitir. En cuanto a la convivencia doméstica, si bien tiene la ventaja de facilitarle lo esencial para su supervivencia, sexo incluido, también genera distracciones y turbaciones que le restan un tiempo que debería ocupar en escribir.
“He pasado toda la tarde con Bl…, corrigiendo las pruebas del Stendhal. Esta lectura pone de nuevo mi mente en movimiento. Lo hemos interrumpido un momento para ir a hacer el amor.”
Una ambivalencia poco edificante que contradice las firmes convicciones de que hace gala Léautaud a lo latrgo del Diario, se manifiesta explícitamente en todas las vertientes de su vida. Por ejemplo, la búsqueda de la aprobación general de las personas afines y de los cenáculos literarios, principalmente los relacionados con el Mercure y el grupo de los Goncourt, y las repetidas y enfáticas manifestaciones de independencia y de no querer formar parte de ellos. Pero también en lo referente a la vida personal asoman muestras de cierta disonancia; a pesar de que sus aspiraciones literarias no buscan el éxito de público, pues reconoce que sus libros son minoritarios, el miedo al fracaso y a la irrelevancia, alcanzados ya los cuarenta años, le atenaza y le produce la mayor desazón. Preocupado seriamente porque a su edad aún no ha conseguido nada, duda incluso de perseverar en su programa literario ya que no está seguro de si el público lector estará, en un futuro próximo, a la altura de saber apreciar su producción literaria.
“¿Dónde estaré, qué haré, cómo viviré a los 50? Cuando no se ha llegado más lejos a mi edad, apenas cabe esperar nada después. Mi caso será únicamente un tanto particular, dadas todas las ocasiones por las que habré pasado, por falta de reacción, por la dificultad para interesarme por las cosas, por falta de deseo, de ambición. Lo he anotado cientos de veces. Sin embargo, cuántos jóvenes escritores, a mi edad…”
El Diario está repleto de continuos reproches a su carácter, principalmente a su timidez, a su insociabilidad, pero incluye también una extraña satisfacción por mantenerlo incólume. A los cuarenta años, vislumbra con lucidez un futuro personal nada halagüeño, pero se diría que lo acepta pasivamente, que no sería capaz de cambiar de rumbo, ni literaria ni personalmente, y que, probablemente, si pudiera, tampoco lo haría. No existe ningún propósito de enmienda y, más que conformarse con ese futuro sin posibilidades, hará cuanto esté en su poder para que estos desesperanzadores augurios terminen cumpliéndose.

La vida doméstica es fuente de todo tipo de inconvenientes; el más citado es el de la convivencia con mujeres de extracción social desigual, con las que no puede compartir nada excepto un sexo -si se puede llamar “compartir”- pulsional y urgente, y con respecto de las cuales siempre acaba quejándose por las turbaciones que representan y por el tiempo que roban a su vida intelectual. No obstante los repetidos reparos, la muerte de su amigo y marido de su amante le obliga, ante el rechazo de ésta desde su viudedad, a nuevos cambios domésticos y habitacionales; entre esos cambios, reemprende una relación con A., virgen y treinta años menor, no sin reparos, no tanto morales como referentes al efecto sobre su trabajo literario.

La amistad más inocente, la de la niñez, desaparece cuando crecemos y alcanzamos el uso de razón adulto; la amistad de la juventud, la más cómplice, se va al llegar las preocupaciones de la maduez; las connivencias de la edad adulta son completamente interesadas, y sobreviven mientras existan réditos comunes; incluso el matrimonio, en cualquiera de sus variantes, es un contrato eminentemente utilitario. Así pues, más allá de las apariencias, la realidad es que siempre acabamos solos, así debemos vivir y así moriremos.
“Por supuesto que siempre he situado mi trabajo por encima de todo. Me decía: algún día. Cuando iba al teatro, por ejemplo, a la Comédie, donde me pasaba media vida, y veía a las mujeres, me decía: algún día. Hoy ya no tengo ese pretexto. Todo esto no es muy divertido. En el fondo, soy como esa gente que no ha vivido. Desde luego, he conocido placeres muy grandes, muy grandes, con los libros, escribiendo, pero no he vivido. Hoy, los libros ya no me interesan. No pueden enseñarme nada. Nunca me enseñaron gran cosa. Y es demasiado tarde para lo demás.”
Así pues, todas las relaciones que mantiene con mujeres se convierten, al poco tiempo, en tormentosas, sean sus medio-estables parejas o las protagonistas de encuentros esporádicos, sean sus admiradoras o simples lectoras, sean, sencillamente, desconocidas con las que coincide en un espectáculo. Afectado por una irredenta misoginia, se mueve entre la ignorancia -aunque la culpable, sostiene, sea la timidez- y el más absoluto desprecio. Y tampoco es que la proximidad aliente cambios de actitud, pues cuanto más cercana -la “amiga” que cita continuamente, con la que sostiene una larga relación basada en cierta afinidad sexual y belicosidad irredenta en el resto-, más sujeta a la incomprensión e, incluso, al odio más explícito.
“¡Que sinvergüenza! ¡Qué no habré visto, en estos quince años! ¡Por qué momentos no me habrá hecho pasar! Pensaba esta tarde en ciertos momentos, en Pornic. ¡Dios! ¡Los momentos de espantosa tristeza que me habrá hecho sentir! Momentos en los que uno sólo puede poner la cabeza entre las manos, asqueado de todo. Y aún sigo aquí, hoy, sin tener el valor de coger mi sombrero y adiós muy buenas. ¡Que el diablo se lleve el día en que la conocí! En el fondo, no me perdona haber conservado siempre mi juicio sobre ella. Prueba de que en cuestión de amor, para ser feliz, hay que ser un imbécil.”
El Diario está repleto de las circunstancias que facilitan, con un margen de error mínimo, la perfecta caracterización del personaje; su relación con el dinero y con la forma de conseguirlo -y de acumularlo y de no gastarlo- fue siempre conflictiva, principalmente si se mezclaba dinero y literatura. El caso del desencuentto con el Grupo de los cincuenta y cinco es tal vez el mejor ejemplo: esa asociación filantrópica formada por escritores de éxito y editores concedían una subvención anual a fondo perdido a escritores con dificultades económicas, pensión para la que Lérautaud es propuesto como beneficiario. La cantidad facilitada, incondicional, sin que tenga que aceptar ningún compromiso ni ejecutar nada a cambio, desahogaría su situación económica, pero Léautaud se resiste a aceptarla, tiene escrúpulos con el qué dirán sus colegas y sus enemigos, e inicia un tira y afloja sin sentido: sólo la mitad, sólo para pagar el alquiler, siempre empeñado -a diferencia de lo que perciben sus próximos- en que sus necesidades no son perentorias. Finalmente, acaba aceptando, medio a regañadientes, con la excusa de sus animales y del previsible aumento del alquiler, y obviando todos los reparos que adujo para autojustificarse y, en definitiva, dejar en el Diario una imagen más coherente con el personaje que va labrando en él que con su propia persona, mucho más miserable y avariciosa de lo que él mismo se retrata.
“Me vuelvo novelesco al envejecer. Me paso el tiempo leyendo novelas de amor. Es para reemplazar lo que había amado y la vida no me ha consentido. Me doy cuenta de que no soy tan seco como se podría creer. Parto con mis héroes en sus aventuras. Sueño, río, deseo, sufro con ellos. Cuando cierro el libro, tengo como un pellizco en el estómago y contengo con esfuerzo la necesidad de llorar. Al menos por unas horas he escapado a mi vida mediocre, han tenido objketo mis sueños inútiles.”
Léautaud es un inadaptado, incapaz de encontrar su lugar en el mundo y en los tempos que le han tocado vivir, pero con un espíritu tan perverso y contradictorio que ninguna circunstancia, incluso si fuera establecida por él mismo, contaría con su aprobación. 
“Es difícil tener ingenio con gentes estúpidas.”
Disiente por naturaleza, abjura de la disidencia cuando ésta es aceptada por la mayoría, y aunque de firmes e inalterables convicciones, es incapaz de sumarse a ninguna causa colectiva.
“Cajas de cerillas, una botella de farmacia para la Barbette [una gata]. Mi cama, que hago aproximadamente cada dos meses, y el orinal en la antecámara para no tener que bajar a orinar, y yo allí dentro, en medio de todo eso, con el pantalón agujereado, las viejas zapatillas, la chaqueta rota, el gorro de algodón, las gafas sobre la nariz, un fular amarillo en el cuello, una manta de lana anudada por delante y sujeta por encima con dos cintas.”
Preocupado por los efectos de la guerra sobre la vida cotidiana y, particularmente, sobre su vida literaria, Léautaud deja filtrar su posición política, a pesar de todo difícil de fijar: furibundo antinacionalista, una ideología a la que achaca los mayores desastres de la humanidad -“el patriotismo crea decididamente muchos imbéciles”- y todas las guerras, especialmente la I Guerra Mundial, oscila entre un anarquismo de extrema derecha y una neutralidad trabajosamente defendible. Muy crítico con el papel de Francia al inicio del conflicto -y con la dirección del Estado a cargo de un judío-, parece querer ignorar, aunque ello no signifique comprenderlo, el propósito de Hitler; caso de tener que decantarse por alguna de las partes en conflicto, no lo haría ni por Francia ni por Alemania y sí por su adorada Inglaterra. A medida que avanza la guerra, critica con dureza la censura y la intoxicación informativa por parte de las autoridades, siempre dirigidas ambas a mantener la iniciativa en el aspecto mediático, uno de los campos de batalla que devendrán principales, igual de cruento que el real pero menos sanguinario. Pero, como siempre, Léautaud, primero: su mayor preocupación es salvaguardar la integridad de sus papeles y buscarles un refugio para el caso de que los alemanes conquisten París. En cuanto a sí mismo, no encuentra razones suficientes para huir: está su trabajo y el cuidado de los animales que tiene recogidos, pero también la convicción de que ni tan solo el asedio a la capital será tan grave después de la claudicación de Vichy; se diría que la angustia de la huida es peor que el peligro que asume quedándose.
“No es valor. Es cuestión de sangre fría, de razón, de indolencia, de indiferencia.”
En esta situación de éxodo masivo, Léautaud vive la ocupación de París y, a pesar del revuelo correspondiente, su vida doméstica apenas se ve afectada, aunque la situación le sirve para confirmar el mal concepto en que había tenido a las autoridades gubernamentales francesas.
“La derrota me es totalmente indiferente. Tan indiferente como la primera visión de un soldado alemán la otra mañana. Es el precio por demasiadas necedades, incapacidades, imprevisiones, súbito montaje. Esto es lo que cuenta para mí. Esto se paga. Llevo quince días diciéndolo, cuando puedo hablar con gente de confianza: “Hitler está en su papel. Nosotros teníamos que hacer el nuestro. La estupidez se paga en la vida de las naciones como en la de los particulares”.”
A pesar de las incomodidades a las que se ve sometido por la ocupación, incomodidades prácticas de orden doméstico, como el desabastecimiento o el efecto sobre el transporte público, Léautaud sobrevive, profesionalmente, con relativo confort ya que la censura que aplican los alemanes es más de carácter político, que a él le tiene sin cuidado, que moral, que sí podría afectar a su obra. Sus reparos son, principalmente, contra la estupidez de las autoridades, y en este punto, los gobernantes franceses no tienen nada que envidiar a los invasores. 
“Comprendo todo, disculpo todo, me rindo ante todo. No ante la estupidez.”
Con el fin de la ocupación a la vuelta de la esquina, el Diario deja en un segundo plano las referencias literarias para convertirse, gradualmente, en un Diario personal.
“No me siento apegado a nada, a no ser algunos animales que tengo, a los que tanto me cuesta en este momento alimentar, dándoles mi carne, compartiendo mi pan, mis pastas, mi mantequilla, y Dios sabe al precio al que la pago. No espero nada de agradable, ni siquiera en el terreno espiritual, aún menos en el terreno social, de la sociedad que se anuncia. He llegado al límite del asco y del desprecio.”
Ese límite, inmerso el autor en la última parte de su vida, parece provocar una acentuación de aquellas características personales más censurables; sirva como ejemplo su incurable avaricia: Léautaud confiesa al lector, no a sus contemporáneos, poseer fondos suficientes para vivir con cierta holgura los años que le resten de vida, pero regatea el precio de un colador o de cualquier otra compra insignificante, siempre que no esté destinada a su “zoológico”. Se acentúa también, debido al aislamiento al que le obliga su estado de salud, su misogonia y su misantropía, cerrando toda relación social hasta el aislamiento definitivo.
“A veces me entretengo contemplando lo que habrá sido de mi vida. ¿Mi infancia? Todo lo que debía ser la continuación, en más pequeño. ¿Mi literatura? Una serie de victorias considerables sobre mí mismo, de tanto como me ha faltado siempre la ilusión en mí mismo, la ambición, cualquier ideal. ¿Mi hogar? Estoy en mi casa, en mis habitaciones casi vacías como un hombre que acaba de mudarse esa misma mañana. ¿Mis amores? Me habría gustado la belleza, la ligereza, la elegancia, la aventura: he tenido siempre una especie de guiso ilegítimo. ¿El dinero? Siempre he tenido que trabajar. Aún sigo trabajando para ganarme la vida, pasando mis jornadas enteras entre las cuatro paredes de un despacho. ¿Los placeres de la mesa, los buenos platos, los buenos vinos, con alegres comensales, todo lo que dicen que despereza todo el ser? Bebo agua, como yo qué sé qué cosas en una esquina de la mesa, como una tarea que hay que cumplir. ¿Los amigos? No sé demasiado…. si los tengo, y si lo soy para alguno, a no ser para Rouveyre, un gracioso espécimen como yo. La verdad es, más bien, que el mundo entero podría desaparecer sin que me afecte. Veo encantado a este, al otro, pero si no los viera, sería lo mismo. Lo que me gusta, lo que me place, lo que habría deseado, lo que lamento, lo que anhelo, lo que me apasiona, creo que a todo eso puedo responder: nada.”
La última anotación del Diario lleva fecha de 17 de febrero de 1956; cinco días más tarde, después de pronunciar sus famosas últimas palabras -“Maintenant, foutez-moi la paix”-, murió.

La literatura como forma de vida

Paul Léautaud en el sanatorio de su amigo el doctor Le Savoureuxhttps://fr.wikipedia.org/wiki/Paul_Léautaud
“En literatura, hay […] dos formas de alcanzar la originalidad. Están los escritores que examinan primero lo que se hace alrededor de ellos, y que, hecho esto y planteado, cogen el ámbito no explorado, no utilizado, o el menos utilizado. Es la mala forma, la que equivale a nada. Está también la que consiste en examinar todo lo que se hace y, al examinarlo, relacionarlo con uno, para medir lo que contiene de uno mismo, en qué medida se adhiere a uno, y en rechazarlo, naturalmente, pues ya se ha hecho, para agotar todo lo conocido, lo ya hecho. Se procede así a una especie de eliminación de todo lo que no es estrictamente uno mismo, […] que hace que uno triunfe al fin […] puesto que, en realidad, es su yo, en tanto que pudiendo ser expresado, lo que se ha encontrado. Para decirlo todo, la originalidad es un cálculo, el resultado de una operación, y una operación en la que uno se repliega sin cesar, lo que supone una gran cultura, una gran adquisición, y una clarividencia, y una posesión de sí extremas.”
Hijo de unos padres -ambos pertenecientes al mundo del espectáculo- que le abandonaron a su suerte, la escritura de Léautaud, sin caer en la trampa de la terapéutica, sí parece poseer este efecto rehabilitador sobre el propio autor: condenado por las circunstancias a vivir una vida provisional, la escritura de un Diario sería, entre otras cosas, una forma literaria de fijar el pasado.

Aún sin haber consenso total al respecto, parece que la forma literaria de diario mantiene, pese a su ambigüedad, unas características propias que le diferencian de cualquier otro producto literario y que, aunque fuera por eliminación, se podría llegar a un acuerdo sobre su definición. En el caso de Léautaud, el hecho de que esta obra abarque más de sesenta años le otorga una gran variedad de registros, desde los puramente enumerativos hasta largos e intrincados planteamientos teóricos, desde entradas en las cuales la fecha es fundamental hasta las que podrían carecer de ella sin que se resintiera ni la unidad de la obra ni su carácter sucesivo. Incluso la eterna discusión acerca de si un Diario debe ser para uso exclusivo de uno mismo o si piensa hacerse público está fuera de toda duda: Léautaud se retrata sin complejos hasta tal punto de que su Diario podría calificarse de confesión, y no pone más límites a la privacidad o a la consideración del prójimo que las abreviaturas de los nombres de algunas personas cuyo retrato no es demasiado halagüeno -iniciales que, naturalmente, han sido perfectamente descifradas por sus exégetas-; en cuanto a la publicación, la misma obra relata los avatares de la edición de los primeros volúmenes, aquellos cuya conversión en libro para el público tuvo lugar durante su vida. Teniendo en cuenta esta consideración, es posible cuestionar la sinceridad y la fidelidad de la obra, pero el propio autor facilita las claves suficientes para, incluso, descartar las afirmaciones más vehementes o los reparos más críticos.
“No soy nada brillante, en literatura. Primero, no consigo involucrarme del todo. Lo que se hace en torno a mí no me interesa lo suficiente. Lo noto cada vez más: sólo me interesa una cosa: yo, y lo que me pasa, lo que he sido, en lo que me he convertido, mis ideas, mi recuerdo, mis proyectos, mis temores, toda mi vida. Tras esto, pierdo fuelle. Lo demás sólo me interesa si tiene relación conmigo.”
Una de las preocupaciones más insistentes de Léautaud es la referente al estilo; firme partidario de la espontaneidad, considera a ésta el mayor mérito a tener en cuenta a la hora de juzgar una obra literaria, característica que debe situarse muy por encima de la elaboración: lo peor de un texto es que contenga “un exceso de arte”.
“Esa diferencia que a menudo se ve en un mismo autor, entre el estilo de sus cartas, el estilo de su Diario, si es que tiene uno, y el estilo de sus artículos, de sus libros, es no obstante algo curioso. No se puede negar que el primero es superior al segundo, con todo el interés de lo natural, de lo verdadero y de la espontaneidad. No se puede negar que desde el momento en que escribimos un artículo, un libro, para el público, en una palabra, todos utilizamos más o menos la retórica, tenemos todos algo de afectado, incluso aquellos de nosotros que somos más sencillos. Lo he pensado esta mañana por mi experiencia personal: el estilo de mi Journal, y el estilo de mis crónicas.”
Para ilustrar esa elección, Léautaud enfrenta a dos gigantes de la literatura francesa: Stendhal y Flaubert. Adjudica al primero un estilo natural y espontáneo, que siempre ofrece un resultado invariablemente mejor que los textos que han padecido una trabajosa elaboración, que acaba desnaturalizando el texto original. La búsqueda flaubertiana de le mot juste no sería, para Léautaud, más que dotar al texto de ese sobrante de arte que abomina: “acoger, organizar lo imprevisto, es stendhalismo”; rechazar, recortar, elaborar, flaubertismo, el exceso a evitar.
“Escribir tiene que ser como hablar y no una mera construcción de frases.”
Sobreviviendo en una supuesta carencia de medios económicos realmente triste, pues sus ingresos se limitan a lo que cobra por los derechos de sus libros, todos con ventas mediocres, y de algunas colaboraciones en revistas, se le ofrece, en 1908, incorporarse a la plantilla del Mercure de France, relación laboral que durará prácticamente toda su vida. A pesar de que el Mercure es, junto con la Nouvelle Revue Française, uno de los centros de influencia más importantes a nivel literario, sorprende el poco beneficio que parece sacar de su relación con los escritores y el mundo literario más relevante de la época. Por una parte, parecería que el celo con que guardaba su obra le impidió unas relaciones más estrechas; sin embargo, y dada la separación estricta que mantenía entre su vida social y su actividad intelectual, más parece que la razón principal fuera mantener su obra inmune a las influencias que esas personalidades pudieran ejercer sobre su producción literaria.
“La influencia de las gentes que frecuentas. Schwob, acostado, débil, de vida tan fina, encontrándolo todo vano, sin interés, viviendo dentro de una débil luz, obligado a pedir ayuda para moverse, con unos “¿para qué?”, acerca de todo. Uno sale de allí diciéndose: “¿Para qué?” Así como, por el contrario, el espectáculo, la proximidad, la frecuentación de un hombre activo, alerta, de humor vivo, ardiente, te anima e incita al trabajo. Hay sin duda una higiene en lo social como la hay en la lectura -esos libros que hay que guardarse mucho de leer, por muy admirables que sean, o que digan que son-.”
Una de las numerosas manifestaciones del carácter egoísta de Léautaud viene declarada  por su aseveración de que, incluso literariamente, al no existir objeto de interés mayor que él mismo, puede afirmar que no existe ningún libro que haya ejercido una influencia relevante en su obra. Es más, ni siquiera le merecen ninguna consideración -apenas diez, dice- los libros cuyo sujeto es el propio escritor; no es extraño, por tanto, que dos de las obras más admiradas y más repetidamente citadas sean Recuerdos de egotismo y Vida de Henry Brulard de, otra vez, Stendhal. Este enfermizo interés por sí mismo es considerado por Léautaud como un signo de madurez y de altura moral, que se ha visto completada por sus experiencias de su vida familiar.

A pesar de su repetido rechazo al reconocimiento público, Léautaud pretende el Premio Goncourt, para lo cual intenta mover, en esta ocasión, toda la influencia de sus relaciones con editores y miembros de la Academia para que le concedan el galardón, e intenta que se publique su libro, Amours, justo para que el Jurado lo tenga en cuenta, y caso de no ser posible por cuestión de fechas, presentar como alternativa un texto anterior. En ese episodio detalla a la perfección y sin ningún tipo de censura el proceso para la presentación de los textos, las influencias a que puede someterse la Academia, la búsqueda de mayorías, las presiones dirigidas al Jurado y el juego subterráneo de afinidades y diferencias. En todo caso, la importancia del Premio, ya en aquella época pre-mediática, era mayúscula, y podía significar la consagración definitiva del escritor. Finalmente, el galardón se concede a los hermanos Jerôme y Jean Tharaud por Dingley, l’illustre écrivain
“Cuando se es escritor, el temperamento está por encima de la emoción.”
De su pobre ambición dan ejemplo numerosos casos citados en el texto, pero tal vez la mejor muestra sea el rechazo de la oferta que le plantea André Gide en persona para cambiar su trabajo en el Mercure por otro en la Nouvelle Revue Française. Léautaud aduce mil excusas, a cuál más increíble -incluída la afirmación de que su trabajo en la N.R.F. no sería útil, tal vez la más peregrina-, pero lo cierto es que está acomodado en un trabajo que le exige poco y al que dedica menos, y no está dispuesto a perder esta conquista ni aún cuando el cambio le reportaría más prestigio y sería, seguramente, mucho mejor remunerado. No obstante, acepta hacer colaboraciones esporádicas, no tanto por el pestigio ni -asegura- por el dinero, sino porque el Mercure ha cancelado por razones poco claras una colaboración periódica, aunque sigue pensando que su remuneración en la N.R.F. es exagerada.
“Hoy, tengo cincuenta años, estoy enfermo, tengo menos entusiasmo, sólo deseo la soledad y el silencio. Las cosas que me ofrecen no tienen atractivo para mí. Me río de todas esas bellas palabras que me dicen por todos lados, y si lo agradezco, dando la impresión de aceptar todas las ofertas que se me hacen y prometer una respuesta, es sabiendo bien que no sucederá nada por mi parte.”
Pero la independencia tiene un precio que Léautaud siempre aceptó pagar: dimitió de la N.R.F. por diferencias con la dirección respecto de una crítica teatral adversa y la consiguiente negativa a edulcorarla. Poco tiempo después, dimitió también de Les Nouvelles Littéraires por no respetar la libertad de redacción que le habían prometido, aunque con ello perdía dinero y, aunque no lo confiese explícitamente, el reconocimiento de los mandamases del mundillo literario y, quién sabe, tal vez un sillón en la Academia.
“No escribo para los lectores. Escribo para mí.”
A medida que, más debido a su pasado trabajo en el Mercure que a su propia producción literaria, va trabando conocimiento con más escritores y aumentan sus relaciones profesionales con los demás agentes de la escena literaria francesa -en la Francia de entreguerras Léautaud ha sobrepasado ya la cincuentena, y sigue en la misma precariedad-, menos incluído se siente en la sociedad literaria y más se acentúa su censura a los diversos cenáculos, verdaderos grupos de presión que alcanzan, incluso, el nivel polítioco. Léautaud, íntimamente desengañado con respecto  a un reconocimiento literario que sabe que no va a alcanzar, se refugia en su independencia y en lo que centrará los años que le quedan de vida: su “zoológico” doméstico.
“Y hay gentes que se toman un trabajo del demonio para establecer relaciones, hacer amigos, hacer hablar de ellos, de lo que escriben, que frecuentan a unos y a otros, con zalemas y que prodigan cumplidos. Yo nunca hice nada de todo eso, he permanecido apartado, sin ir a ningún sitio ni pedirle nada a nadie, y poco adulador más bien hacia mi persona, como en mis escritos, y resulta que soy conocido, que se me aprecia, que despierto simpatías, y que incluso la gente a quien he fustigado se interesa por mí, y eso siendo además un escritor sin volúmenes, un escritor que sigue siendo un escritor de revista.”
Preocupado por las malas críticas que, realmente, nadie le hace, mostrando cierta paranoia con respecto a comentarios inocentes referentes a su vida, que le son bastante indiferentes excepto cuando tratan de su “zoofilia”, o a su obra, ante la que es mucho más celoso, tendiendo a malinterpretar todo aquello que se publica, sea favorablemente -“el crítico no ha entendido nada”- o desaprobadoramente -“el crítico no está capacitado para juzgarla”-, su trabajo y el contacto continuo con el medio literario no son nada favorables para permitirle huir de esa persecución.
“Esta mañana, al levantarme, he lamentado bastante haberme dejado atrapar por este asunto de la ayuda. Y es incluso decir poco: siento una especie de fastidio. Me he levantado cada mañana con la idea de escribir (al ministro) que estoy muy sorprendido, que he pasado por un momento difícil, que unos amigos lo han sabido, que me hablaron de la posibilidad de una ayuda, que ya se ha solucionado todo, que se lo agradezco infinitamente, y que no necesito nada. La dificultad de darle la vuelta, aun cuando Saltas, intérprete de Laubreaux, me habló de una subvención, es lo que me desconcierta. Digo hoy lo que siempre he dicho: cualquier dinero que no me permita cambiar de vida -e, incluso, ¿la cambiaría?, estoy muy instalado en la rutina- no me interesa. Esto es también la verdad, que es lo que cuenta. Sólo tengo que trabajar, escribir, en vez de sumirme en el marasmo, en mi desencanto de espíritu, de soñar con lo que tengo que hacer en lugar de hacerlo, y el dinero vendrá.”
En 1841, a los 69 años, sus diferencias con la dirección del Mercure llegan al máximo y es despedido, después de 45 años de relación profesional; más que un problema, al menos en cuanto a que va a dejar de tener un ingreso fijo, ve la solución definitiva a su eterna falta de tiempo: ahora podrá disponer del necesario para escribir y para ocuparse de su obra. En cuanto a asegurar su supervivencia, Léautaud busca los ingresos de las fuentes que le quedaban por explotar: pensiones, subvenciones, premios, tal vez algún trapicheo; ninguna solicitada, todas aceptadas un poco “a la contra”, algunas a regañadientes, otras rechazadas por el desprestigio personal que representaría vivir subvencionado, además, por unas autoridades que aborrece; pero aprovechadas para asegurar su manutención. 
“¿Qué es la literatura” ¿Qué es escribir, se trate de verso, de prosa? Una enfermedad, una locura, una divagación, un delirio -¡¡¡sin contar con la pretensión!!!-. Un hombre sano, de espíritu sano, firmemente asentado, firme en la vida, no escribe, ni siquiera pensaría en escribir. Contemplándolo más de cerca, la literatura, escribir, son puros infantilismos.”
El Diario literario de Léautaud es un hito de la literatura memorialística al nivel de los mayores representantes del género; esta edición de Fuentetaja, a la que cabe adjudicar  únicamente algunos reparos en cuanto a la traducción, es la oportunidad para los lectores en castellano para acceder a uno de los autores más llamativos de la literatura francesa.

Calificación: Hors catégorie 

Otros recursos relativos al autor en este blog:
14 Ago 2011 ... Paul Léautaud, Editorial Días Contados. Traducción de Imma Falcó. Prólogo de Arcadi Espada. Edición de Edith Silve. "Maintenant, foutez-moi ...
30 Abr 2015 ... Paul Léautaud. ... els protagonistes arribin a estar orgullosos del seu retrat-Léautaud, paradigma de la misogínia, redacta aquestes memòries ...

9 de diciembre de 2016

La cacería

Traducción de Lola Bermúdez Medina
Continuación y conclusión de El sabbat, que se cerraba justo antes del inicio de la II Guerra Mundial, La cacería (La Chasse à courre, Gallimard, 1949) abarca las últimas etapas de la vida de Maurice Sachs, desde finales de 1940 hasta otoño de 1943, un año y medio antes de su ejecución, cerca de Hamburgo, en abril de 1945. Se trata de su época más oscura, marcada por una progresiva e imparable degradación personal y por la faceta más cuestionable, históricamente, de su vida, el colaboracionismo con el invasor nazi, un final nada insólito teniendo en cuenta los antecedentes del personaje.

El valor literario que sostiene la vigencia de esa autobiografía que constituyen ambos textos, aparte de la fidelidad del retrato de una época históricamente apasionante -y vergonzosamente ocultada por las autoridades francesas-, es la franqueza con la que están redactadas, su estilo directo y desprejuiciado y la mirada entre satírica y cínica sobre su propia vida. Sachs no es solamente un embaucador en sus hechos, también lo es en su estilo, manipulando el interés del lector con la facilidad del encantador de serpientes, consiguiendo incluso hacerse simpático y convirtiendo hechos repugnantes en sabrosas anécdotas.


Sachs sigue buscándose la vida con las mismas intenciones que mostró en El sabbat: el trabajo mínimo imprescindible para conseguir el dinero suficiente para ir tirando; siguen también, naturalmente, los sablazos a los conocidos y la escalada de deudas.


Su trabajo en la radio le permite trabar conocimiento con personajes influyentes, pero sobre todo mantenerse puntualmente informado del progreso de la guerra; es precisamente gracias a esa circunstancia que es testigo de la deserción del gobierno ante la inminente entrada en París del ejército alemán.

"Uno se imagina que las horas críticas de una nación son vividas por el público en un ambiente de seriedad y excepción: nada más lejos de la realidad."
Es en esta situación excepcional en la que resurge el Sachs más cínico, el más egoísta, como si la desgracia ajena excitara sus peores instintos, mucho más allá de la pura supervivencia, su mal genio y su lubricidad. Que no busque el lector la menor dosis de empatía, la conmiseración esperable en una situación excepcional que llega a comprometer la supervivencia  de seres inocentes, la piedad para con aquellos que se han visto obligados a dejar atrás toda una vida: Sachs centra su atención en los miembros del gobierno y de la alta sociedad que han abandonado París a toda prisa y vierte su veneno sobre ellos, acentuando el carácter patético de los exiliados y de su repentino cambio de parámetros. Sachs ve venir el tiempo para la venganza, y esta vez no va a dejar pasar la oportunidad.
"Y en aquel gran drama histórico que se representaba, no cabía sino reír de todo lo que de maldita estupidez, vanidad, creencias ilusorias e innoble pánico se desplegaba por la ciudad."
La ocasión hace al ladrón, sentencia el dicho, y Sachs, aclimatado al infierno por sus descensos esporádicos, está preparado para caer hasta el noveno círculo.

Pero primero huye de París y se instala en Burdeos; deja pasar la oportunidad de embarcarse hacia Marruecos -sin especificar la razón: la excusa que aduce, la falta de fondos, viviendo de quien viene, se antoja una coartada poco creíble- y, una vez ocupada y estabilizada la capital, regresa, retomando como si nada su modus vivendi de negocios oscuros, cuando no directamente estafas; después de varios cambios de domicilio, se traslada al campo con la mujer que le mantiene.

En ese retiro campestre, Sachs especula con escribir una novela picaresca, una obra de teatro... Mientras tanto, llevado por un inexplicable altruismo, adopta a un huérfano de diez años -celebra que no le hayan concedido uno mayor, ya que la tentación de hacerlo su esclavo sexual habría sido irresistible- y hace un leve intento de asentarse en esa parodia de vida familiar; pero las demandas sexuales de su patrocinadora, la acostumbrada carencia de fondos y la apenas sugerida equívoca relación con su ahijado le obligan a abandonar un exilio que, contra lo que le pareció en un principio, se ha tornado insoportable, y a regresar a París.

La capital bulle de actividad debido al mercado negro, una situación excelente para individuos sin escrúpulos como Sachs, que se aprovecha de cualquier suceso en beneficio propio; 
"Todas nuestras carencias, todos nuestros defectos se pagan muy pronto, antes incluso de que valoremos el total, y por eso es por lo que, obstinada e inconscientemente, se ignoran de por vida las debilidades";
es una época buena para traficantes, especuladores e intermediarios con una visión amplia de los negocios, y Sachs no deja pasar la oportunidad de conseguir grandes beneficios en el mercado negro del oro que invierte concienzudamente en grandes comilonas, alcohol e interminables orgías de sexo pagado con jovenes "acostables".
"La aventura con Henry, terminada en un cansancio recíproco, me dejó durante algún tiempo sólo el gusto de los amores de pago. Es sencillo, cuando se tienen los medios, pero costoso y sin verdadera excitación para la mente. Se piensa que los chicos fáciles, de rostros diferentes, son también de alma diversa. No es así. Como las chicas, pero mucho menos codiciosos, sólo existen para una cena, una corbata, una salida, un traje o un reloj. Siempre sorprendidos de que no se les tenga más apego ni se esté con ellos por más tiempo. No son conscientes de lo poco que dan. Es así: chicos inteligentes que rechazan dar su cuerpo, ignoran que este último presente colmaría todos nuestros deseos; y chicos lelos que se ofrecen de buen grado ignoran que este primer regalo es poco inteligente. Círculo vicioso, ¡cómo ser feliz así!"
Pero los tiempos cambian con tal rapidez que Sachs, ocupado con sus trapicheos y abducido por un nuevo amante, no consigue restablecerse. Sus apoyos en el hampa y en la alta sociedad ceden, el ambiente permisivo con respecto a los actos ilegales se endurece, todo se ensucia y se pudre, y ese descenso se lleva a Sachs con él, en una espiral sin fin hacia lo irremediable. Al río revuelto de la situación política, Sachs echa las redes de la ambición y pesca nuevos llegados llenos de aspiraciones y ambición; y sabiéndose impune, eleva otro escalón sus ambiciones sociales, económicas y sexuales: todo está permitido si sirve para alcanzar los fines propuestos, aunque sabe que su situación -por ser judío, pero también por sus negocios claramente ilegales- es peligrosamente precaria, y al percibir que es más tolerado que aprobado y que su sentencia está dictada a la luz de todo su pasado, no se abstiene de nada que pueda permitirse, más fruto del hastío que de la ambición.

El ímpetu juvenil ha cedido, los amigos -lo cierto es que hartos de sus estafas- le han abandonado, ya sólo puede conseguir sexo a cambio de dinero, y su alma se debate entre seguir trampeando, siempre a pequeña escala y con beneficios mínimos, o darse definitivamente por vencido.
"El complejo de superioridad no es menos necesario para el hombre que el complejo de inferioridad, sin el que apesta de vanidad. Uno y otro deben balancearse armoniosamente para fijar el carácter. Acababa de pasar por demasiados despreciables contratiempos como para no desear que otro yo mismo se me apareciera, a mí y a los demás. Si uno no deja nunca de ser el mismo, se es grande ante todos por lo que todos creen de uno."
La autobiografía se interrumpe en la primavera de 1942 con Sachs en París, aliado con un nuevo amante y con la intención de reclutar fugitivos para pasarlos a la Francia Libre, e incluye un conjunto de cartas redactadas desde Hamburgo en otoño del mismo año y enviadas en marzo de 1943 a su amigo Yvon Belaval. Sachs, acuciado por las deudas, se ha enrolado a finales de 1942 en el Service de Travail Obligatoire, un grupo de trabajadores franceses deportados a Alemania como mano de obra barata para contribuir al esfuerzo teutón en la guerra; debido a su mala conducta es recluido en la prisión de Fuhlsbütell y, llegados ya los ataques aliados a Hamburgo, es excarcelado y, aunque existen versiones contradictorias acerca de su muerte, parece ser que fue asesinado por el oficial nazi que les conducía a una zona segura. 

Calificación: ****/***** 

Anexo: Los libros que Sachs se llevaría a una isla desierta:

"Casanova, Las mil y una noches, Gaspard de la noche, Las flores del mal, una selección de la correspondencia de Stendhal (A las almas sensibles), Grandeza de los romanos de Montesquieu, La imitación, las poesías completas de Verlaine, Alcoholes de Apollinaire, el Diario de Gide, la Biblia, las Fábulas de La Fontaine, Los maestros de antaño de Fromentin, los Sonetos de Shakespeare, los poemas de Edgar Allan Poe y Hojas de yerba de Walt Whitman pero, pensándolo bien, si no pudiera coger nada de todo eso, me llevaría el Littré y viviría sólo veinte años."

5 de diciembre de 2016

El sabbat

El sabbat. Maurice Sachs. Cabaret Voltaire, 2016
Traducción de Lola Bermúdez Medina
"Uno se hunde como en un pozo hasta la hondo para encontrar un manantial de agua clara. Y mientras más se desciende por las paredes negras, mejor se comprende la soledad infinita en la que se oye resonar, en el silencio del universo, el eco de nuestra voz a la que, al principio, nadie responde. Un paso más y el primer sonido que se percibe ¿no será el lejano rumor del universo que reenvía el eco de nuestra propia soledad?"
Maurice Sachs es la disidencia salvaje hecha literatura: judío colaboracionista, homosexual homófobo y moralista estafador. Frente a los collabo "utópicos", personas de supuesta buena fe que vieron en Hitler la encarnación de un Nuevo Orden Mundial en el seno del cual Francia podría recuperar la grandeza de antaño, surgió una corriente colaboracionista "práctica", sostenida por aquellos que vieron en la ocupación la oportunidad de medrar, de conseguir una buena posición personal y, de paso, saldar deudas contraídas desde la época de la Tercera República; aunque injustificables ambas, la primera facción pudo llegar a hacerse disculpable, no así la segunda, en la que militó, consciente e intencionadamente, Maurice Sachs. Autodeclarado culpable de todas las perversiones, el parisino asumió su responsabilidad casi con indiferencia, y en lugar de escribir unas confesiones en el más puro estilo cristiano del término, redactó una especie de pliego de cargos bajo la forma literaria de una falsa falsa confesión: el resultado se materializó en dos libros, El sabbat (Le Sabbat. Souvenirs d'une jeunesse orageuse, redactado en 1939 y publicado póstumamente en 1946, un año después de su muerte por ejecución), y La cacería (La Chasse à courre, 1997). Este ciclo autobiográfico no es tanto un intento de  justificación ética de una vida que traspasó todos los límites como una declaración estética cuyo peso reside en su incuestionable calidad literaria puesta al servicio del más inexcusable odio hacia el ser humano.
"Imaginar que los pequeños detalles de la propia vida merecen ser contados es dar muestras de una bien mezquina vanidad. Tales cosas se escriben para transmitir a los demás la teoría del universo que uno lleva dentro." Cita de Ernest Renan incluida como epígrafe.
Es posible que por mala intención, por pereza mental, porque funciona como excelente excusa, o por una hábil combinación de todas, atribuyamos parte de nuestro carácter, sobre todo en el ámbito social, a la influencia de nuestros antepasados -exagerando hasta la extenuación, podemos incluir a aquellos que no conocimos-, cuando lo que deberíamos averiguar es la realidad o realidades a la sombra de las que hemos crecido y cómo la totalidad de experiencias del período formativo ha influido en nosotros. Renegar de los antepasados es el primer paso para alcanzar la autonomía psíquica personal.
"Heredé de mi padre la pereza, de mi madre su falta de equilibrio y su pasión, de mi abuelo Sachs la curiosidad y el amor por las letras, de mi abuela la frivolidad, un cierto buen gusto y una curiosa forma de egoísmo (la más dura) que es, en el fondo, una especie de indiferencia; y de todos ellos, la necesidad del lujo, del desorden, una vena de loco y gran robustez de esqueleto, de los órganos y del alma." 
El hecho es que la temprana sensación de ser diferente -pobre entre ricos, judío entre gentiles- provoca en Sachs, en lugar de la búsqueda de la aprobación de sus colegas, un exacerbado rechazo a la mayoría y la firme disposición a exagerar esa diferencia mediante una reactiva respuesta de diferenciación que la confirme. Enfrentado al mundo por características de las que no es directamente responsable, acepta el reto y combate sin importarle la derrota, revolcándose en el fango del fracaso y esperando llegar a la liberación por medio del autocastigo de forma parecida a los mártires cristianos, esos masoquistas a quienes el castigo elevaba a su máxima realización y que, por tanto, jamás abjurarían de su fe, pues la mortificación había devenido su alimento espiritual.
"Hijo maldito de la hija maldita de la rama maldita de una familia sobre la que pesaba la doble maldición del divorcio y de la ruina, estaba sediento de nuevas maldiciones."
En el otro extremo, en el papel de contrapeso para equilibrar la balanza, se halla el descubrimiento del arte, esa factura exclusivamente humana que eleva al bípedo erecto a la cúspide del reino animal, esa creación inútil desde el punto de vista evolutivo pero fundamental en el desarrollo del homo sapiens y que es el único intento conseguido de contacto entre la humanidad y la naturaleza, la única transcendencia posible no condicionada por la moral ni reprobable éticamente, el único indicio de libertad plena del ser humano. Cómo compaginar ambas ambiciones, la autodestructiva y la artística, es la tarea a la que Sachs dedica su vida. La falta de moral de personajes como el francés no se sustenta en el desconocimiento de las reglas de la interacción humana ni tampoco en un afán enfermizo por la transgresión, incluso ignorando las consecuencias y la motivación, digamos profunda, para subvertir el orden en que se basa la convivencia, sino en la consideración del acto inmoral como éticamente neutro, cuando no aceptable o, en su máxima expresión, digno. No se trata tanto de cometer actos inmorales o de ignorar el juicio moral sobre un acto concreto como de dotar de cualidad moral un hecho claramente punible: ni inmoralidad ni amoralidad, sino un paso más allá, desligando el concepto de moralidad de las nociones del bien y del mal, que podría denominarse transmoralidad.
"Nacido niño varón stop mal educado stop desgraciado stop abandonado familia stop entrado comercio viajó regresó conocido gente stop echado a perder arrepentido entrado seminario stop salido seminario militar licenciado stop busca el orden." 
Si bien la educación de un joven y la forja de su carácter son procesos que se alargan en el tiempo y que vienen condicionados por multitud de factores -entre los cuales, el propio y aparentemente neutro devenir no es de los accesorios-, es probable que exista un hecho, una fecha, una coincidencia a partir de los cuales se pueda considerar que el camino tomado es la primera manifestación de un nuevo ser que surge de la indeferenciación y al que se podrá atribuir una conciencia  unitaria y cerrada; es decir, la manifestación de un individuo concreto suficientemente indemne al posterior paso del tiempo y a la posibilidad de afectación de cambios fundamentales.
"El Maurice Sachs que dejó lamentables recuerdos en muchas memorias (y algunas buenas impresiones en otras, y una mezcla de bien y de mal por algún sitio), el Maurice Sachs turbio, huidizo, amigo de tejemanejes, borracho, pródigo, desordenado, curioso, afectuoso, generoso y apasionado, ese Maurice Sachs se ha ido formando siempre un poco a mi pesar, pero con mi complicidad, y ha dado lugar a ese personaje a veces repugnante, con frecuencia afectuoso, al que doy tanta importancia porque, a fin de cuentas, soy yo, ese Maurice Sachs al que desde entonces apaleé, humillé y del que me alejé, y al que luego animé para hacerlo mejor, del que intenté canalizar los peores defectos y desarrollar las cualidades, ese hombre al que nunca (porque me era más querido que ningún otro) renuncié para encontrar la dignidad humana con su cortejo de virtudes, ese hombre que no lleva mi verdadero nombre, pero del que ya no puedo cambiar su estado civil para darle el mío, porque ya habíamos hecho demasiado camino juntos, ese Maurice Sachs del que espero que con la mano que es la suya y la mía escriba en estas páginas la confesión que cierra un ciclo de nuestra vida, data realmente de aquellos primeros días del año 1922, cuando volví de Inglaterra."
A los dieciocho años Sachs conoce al hombre que ejercerá la mayor influencia en su vida, Jean Cocteau, y es seducido al instante por su mezcla de localismo y cosmopolitismo:
"Siempre estaré en deuda con Jean Cocteau, pues fue el primero en hacerme experimentar esa profunda voluptuosidad del alma en la que se mezclan la amistad, el sentido religioso, la devoción por lo bello y la veneración por la grandeza, que son una especie de amor que sólo puede florecer en nosotros a una cierta edad, pero que en esa edad es más necesario que el agua y el pan, fervor sin el que la juventud no merece la pena ser vivida";
Cocteau está en el cenit de su gloria y Maurice tiene la edad adecuada para rendirse a los pies de lo que aquél representaba. Es cierto que posteriormente percibió con claridad sus sombras, pero efecto ya se había producido y la huella había quedado estampada:
"En definitiva, ¿qué aprendimos con él? No mucho, sólo algunas palabras de un léxico que resultaba grotesco en cualquier otra boca que no fuera la suya. ¿Qué recuerdo guardamos de él? El de un espantoso ilusionista que sabía birlar los corazones y sólo devolvía un conejo."
También por mediación de Cocteau, cuya influencia en la juventud que le rodeaba era inconmensurable, Sachs conoce al Dios cristiano. Fanático de forma casi innata, vive una época de fervor religioso, aunque no tanto creyente, deslumbrado por la idea de un ser omnipotente, por la imagen de Cristo y, sobre todo, por la hagiografía cristiana y la historia sagrada: la parte mítica del cristianismo le conquista porque halla en ella la confirmación de parte de sus ideas sobre la impureza y la redención. Pero también el sentimiento de pertenencia a un grupo -¡con dos mil años de antigüedad!- en el que disolver la responsabilidad sobre actos e ideas individualmente cuestionables. Para una personalidad arrebatada y excesiva, el cristianismo, a diferencia del judaísmo, mucho más estático, es un excelente campo de juego.
"Yo no creía en Dios ni firme, ni agresiva, ni virilmente como hay que creer en Dios o en cualquier otro, yo me abandonaba a la idea de Dios, deliciosamente transformaba un quizás reflexivo en un voluptuoso probablemente."
Pero Sachs nunca hace nada a beneficio de inventario: es una cuestión personal de la que saca una enorme satisfacción desde una triple perspectiva: por haber sido admitido en su seno, por haber permanecido fiel el tiempo que se lo propuso y haber sacado de esa experiencia los beneficios privados que buscaba cuando ingresó -pasó una época en el seminario, aunque no está claro si fue por vocación o por huir de sus numerosos acreedores-, y por haber desarrollado la firme convicción, una vez fuera, de no regresar a la disciplina cristiana jamás.
"Espero, en efecto, no conocer nunca otro templo que el de la naturaleza, no adorar sino al sol, no venerar sino el clamoroso miembro que hace al hombre y el vientre profundo que lo lleva, no alabar a otro Dios sino al confuso e indeterminado que es la esencia de la vida material, pues la materia es todo el espíritu."
Y es que la misma convicción que aduce cuando habla de la paz, del retiro espiritual y del deseo de abstención sexual le sirve para echarse atrás en sus propósitos cuando llega, en unas vacaciones del seminario, la primera tentación.

Es cuanto menos curioso el placer y la recompensa que halla un sujeto tan individualista y misógino en organizaciones tan gregarias como el seminario y el ejército. Es cierto que la alta jerarquización libra al individuo de la responsabilidad en la toma de decisiones, que se diluye entre las órdenes de los rangos superiores y el sujeto colectivo de quien no tiene más tarea que obedecer, pero la predilección de Sachs parece motivada, ante todo, por las posibilidades de un homosexual en tales ambientes, así como por la posibilidad de disentir y desobedecer, mediante un complejo sistema de sobreentendidos y conductas equívocas, a una superioridad omnipotente pero difusa, como si se tratara de una competición consistente en transgredir las órdenes sin la posibilidad de ser reprimido por falta de pruebas, a pesar de ser posible una atribución indudable de la transgresión.

En el fondo, la relación de Sachs con su homosexualidad es altamente conflictiva: intenta ocultar bajo la máscara de una supuesta justificación metafísica una homosexualidad absolutamente instintiva y procaz; teoriza, en un fragmento que dedica a las mujeres, con la supuesta superioridad del amor inter pares, pero se muestra completamente arrebatado, sin que quepa aducir ninguna justificaciuón, ante la primera oportunidad homoerótica con que tropieza. Atribuye a las mujeres con las que ha mantenido relaciones sexuales una serie de carencias afectivas, morales e intelectuales que se guarda muy mucho de exigir a sus amantes masculinos. Aunque es cierto que las tres personas decisivas en la vida del joven Sachs fueron tres hombres: Jean Cocteau, Max Jacob y André Gide; y que no se trata únicamente, que también, de admiración, sino de una cierta búsqueda de aprobación de esos personajes públicos de notoriedad -a quienes, con toda seguridad, aspiraba a parecerse- con los cuales compartía más pretensiones personales que literarias, un espejo en el que le huibiera gustado verse reflejado.
"Nunca me sentí peor que cerca de Cocteau, nunca mejor que cerca de Gide (y sin embargo, y estas son las contradicciones del ser, estuve mucho tiempo empleado al servicio de Cocteau con la habilidad de que era capaz, mientras que nunca supe ser útil cerca de Gide)."
En su búsqueda de reconocimiento se traslada desde los notables hombres de letras, dado que Sachs parece sospechar que el acceso por esta vía le está vedado, hasta la sociedad del faubourg Saint-Germain, donde podrá añadir a la consideración profesional la notoriedad social de la rive gauche, donde existe la mayor concentración de guapos, ricos y famosos de nuevo cuño de todo París. Sachs no busca tanto un ascensor social para acceder a una sociedad, unas relaciones y unas maneras que le procuren grandes beneficios, sino hacer coincidir su situación en la escala social con la ambición natural de estar destinado desde su nacimiento a grandes alcances. Pero tampoco ese intento de trasvase tuvo éxito: el orgullo de Sachs no resistió el grado de servilismo que la alta sociedad exige a quien, desde otra posición de partida claramente inferior, pretende acceder a ella. Abandona, pues, el intento, pero con la clara determinación de triunfar socialmente por su suenta para poder vengarse con posterioridad desde una posición que habrá alcanzado sin necesidad de renunciar a su vanidad.
"En mi caso, me hizo el mencionado favor de animarme a escribir un libro, que nunca publiqué, pero que me sentó muy bien escribir. (¡Es extraordinario cómo la composición de una novela le vacía a uno de humores! Se sudan las amarguras exactamente igual que se transpiran las acideces al hacer gimnasia. Probablemente es por lo que todo el mundo escribe hoy en día: por higiene, nuestra época es la más higiénica que haya conocido nuestra civilización; pero una vez escritos, es recomendable no publicarlos, pues toda publicación genera nuevos humores.)
Y para satisfacer esa aspiración, cualquier camino, desvío o atajo son válidos: robo, estafa, engaños y abusos legitimados en nombre de un bien superior. El periplo hacia el éxito -secundario- y el reconocimiento -principal- de Sachs rinden destino hacia América, lugar en el que se dedica a gestionar una exposición y a dar una gira de conferencias sobre temas acerca de los cuales su competencia es más que discutible -pero que los norteamericanos sobrevaloran por provenir de la vieja Europa-. Tampoco obtuvo los frutos esperados esta huida, tuvo que verse desenmascarado como impostor y forzado a escapar de nuevo de regreso a Europa tras una desgraciada y falaz aventura matrimonial mal planeada y pésimamente materializada. El regreso a París, en compañía de un amante americano, no significa más que volver a la situación altamente precaria que dejó atrás cuando viajó a América, a pesar de los nuevos sablazos a los amigos y conocidos y al empleo en la Nouvelle Revue Française que le consiguió André Gide.
"Es agradable, cuando se sale de la prisión de un vicio -de una locura o algo así- y cuando se sabe que la libertad sólo serviría para, de nuevo, lanzarle a uno a esa espantosa cárcel - es agradable ser prisionero de la razón."
Pero Sachs no parece hecho para la estabilidad; la holgazanería, el dispendio constante, la prodigalidad y la recaída en el alcoholismo siguen condenando cualquier propósito de enmienda, y las contadas oportunidades para enderezar su vida acaban invariablemente fracasadas.
"¡Curioso testamente el de este libro! Un pobre libro que describe a un personaje bien miserable. Me hubiese gustado retratar otro hombre: un ejemplo a seguir y no a evitar. También me hubiese gustado que el trabajo literario hubiese sido superior, oculto entre las preocupaciones del artesano. Pero todo me ha fallado. He fracasado en todo. ¿Esta obrita podría escapar a mi destino? ¿Me liberaré de la mala suerte? Quizás sólo me vaya para intentar, de nuevo, escapar a la ronda infernal del sabbat."
Alta literatura para estómagos resistentes.

Calificación: ****/*****

2 de diciembre de 2016

Luces del norte

Luces del Norte. Antología de ciencia ficción finlandesa. Osuuskumma, 2016
Varios autores. Varios traductores. Edición de Magdalena Hai y Anne Leinonen
Por más que el finés sea un idioma con pocos hablantes, su literatura puede hacer gala de un músculo que la dejaría en igualdad de condiciones frente otras lenguas de más difusión. En su origen, las historias que componen el Kalevala, recopiladas de la tradición oral del folklore finés, ya poseen, de forma parecida a los cantares de gesta, abundantes dosis de mítica y fantasía; en la actualidad, el vivero de autores de literatura fantástica juvenil parece inagotable; con esos antecedentes, no resulta extraño que una joven generación de escritores contemporáneos se hayan lanzado a la literatura de ciencia ficción, especulativa y fantástica, claramente deudora de la tradición pero mezclando los tópicos de los géneros citados con otras corrientes más recientes, particularmente el retrofuturismo y el steampunk.

Luces del Norte es una excelente muestra, editada por una cooperativa finlandesa que agrupa a los propios autores directamente en castellano, de por dónde anda la máquina de vapor de la ciencia ficción suomi. En ella podemos encontrar a un autómata a vapor y cuerda que sustituye a una novia despechada asegurando un amor eterno del que es imposible zafarse; un extraordinario piano de cola que "armoniza" a sus propietarios; un extraño gremio de recopiladores ambulantes de leyendas que llevan sus relatos de aldea en aldea; una bicicleta que anda sola con una extraña predilección por las telarañas; el rescate de un pecio de un navío pirata del siglo XVIII que despierta la ambición del cazatesoros por un candelabro homicida; una investigación sobre la longevidad en las ballenas que lleva al descubrimiento de extrañas localizaciones submarinas; la construcción de una nueva máquina a vapor con funciones de regla de cálculo infinita capaz de responder a todas las preguntas; una pugna entre chamanes en horas bajas que se resuelve con la más terrenal de las soluciones; y el por qué la inmortalidad puede llegar a ser una carga insoportable cuando no pueden escogerse las condiciones.

Autores incluidos en la antología: Magdalena Hai, Janos Honkonen, Saara Henriksson, Taru Kumara-Moisio, Anne Leinonen, J.S. Meresmaa, Anni Nupponen, Sari Peltoniemi y Kari Välimäki.

Traducción y corrección:  Yasna Bravo, Outi Korhonen and Sergio Prudant Vilches, Clara Petrozzi, Tanya Tynjala, Laura Villella, Layla Martinez

Calificación: ***/*****

30 de noviembre de 2016

Fat City

Fat City. Leonard Gardner. Underwood, 2016
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Billy Tully, ex-boxeador, ex-promesa, vio cómo su vida se torcía cuando dejó los combates; desde que le abandonó su esposa, malvive en hoteles de tres al cuarto y saca el dinero para su supervivencia de trabajos ocasionales. A pesar de haber entrado en el circuito profesional, a sus veintinueve años siente que está acabado, aunque mantiene la esperanza -la ilusión- de poder reactivar su carrera no tanto para recuperarse deportivamente como para restablecer todo aquello que le acompañó en sus años de éxito. Pero el alcohol y la mala vida han dejado su huella hasta tal punto que ni siquiera es capaz de convencerse que el remedo de entrenamiento al que se somete en una mierda de gimnasio suburbial sirva para algo más que para mantener viva la ilusión del regreso al ring. De hecho, la intención de mejorar económicamente, de dejar de beber, de volver a entrenar duro, siempre se ve "afectada" por circunstancias ineludibles, como si fueran fruto de una conspiración lo suficientemente poderosa como para llevarse por delante cualquier propósito de enmienda; ese fatum al que no se puede combatir en el cuadrilátero, sin embargo, es el que acaba noqueándole día tras día. Ernie Munger, un joven de diecinueve años a quien se le notan cualidades innatas para el boxeo y que, a diferencia de Tully, se encuentra en pleno viaje de ida, prueba en un gimnasio y despierta el interés de algunos avispados mánagers, atentos a cualquier oportunidad de hacer negocio con el primer pardillo con una buena izquierda que caiga en sus manos. Ernie puede ser uno de ellos si se le saben organizar algunos combates y se le ata corto en el gimnasio: ¿quién no cambiaría el poste de una gasolinera de mala muerte por la gloria del cuadrilátero? Rubén Luna es el tercer miembro del triángulo protagonista, el que cierra la figura, el que le da sentido: antiguamente vinculado al ring, cuando termina su jornada como estibador se dedica a la búsqueda de promesas, esperando alcanzar como secundario tanto el reconocimiento del que no disfrutó como protagonista como, por qué no, una situación económica más desahogada. Independientemente de su posición de salida, los tres, o aquellos a quienes representan, depositan en el boxeo la misma aspiración: un golpe de suerte. La búsqueda de este golpe de suerte es, en esencia, la trama de Fat City (Fat City, 1969), una de las novelas emblemáticas de la literatura de boxeo con la que la nueva editorial Underwood comienza su primer asalto.

Las urgencias de la vida no se detienen ante nada, no saben de vocaciones ni de aspiraciones. ¿Qué les mantiene en pie, entonces? ¿Por qué siguen luchando? Porque creen que el destino les tiene reservado un golpe favorable; de hecho, a veces la vida no les parece sino una sucesión de golpes favorables, lo malo es que, a pesar de su incipiente apariencia, ninguno es el definitivo; pero no cabe preocuparse demasiado, será el próximo, seguro; solamente es necesario librarse de esa fatalidad sin límite, insistente, terca, responsable de todos los males.

Envolviendo una trama cuya intriga es mínima -los antecedentes de los personajes, el desarrollo de la acción y el trayecto lector a través de otras obras relativas a la temática boxística, sin olvidar el cine, dejan pocas posibilidades para la sorpresa-, Gardner echa mano de su oficio en las descripciones de las diversas tesituras a las que enfrenta a sus protagonistas y, sobre todo, en el manejo del ritmo de cada escena; por ejemplo, ralentiza y dilata las escenas con los mánagers y acelera cuando relata un combate, como si quisiera pasar por alto esa circunstancia y dar solamente la información precisa para seguir la historia que le interesa, la que no se desarrolla en el ring, y dejando claro que el verdadero boxeo es el que se practica fuera del cuadrilátero.

A diferencia de otros autores del sub-género, para quienes la descripción de la sordidez se realiza siempre a través de la economía de estilo, de un método elemental y cortante, Gardner se recrea mediante la utilización de descripciones detalladas y en un tono culto y depurado -que el traductor convierte en un castellano académico- que trasciende las plantillas y los clichés del género para, como todas las buenas novelas, poder ser considerada gran literatura sin etiquetas.

Calificación: ****/*****

Bonus track:
John Huston rodó una estupenda película, Fat City (1972), con guion del propio Gardner, basado en la novela.

28 de noviembre de 2016

La bella Annabel Lee

La bella Annabel Lee. Kenzaburo Oé. Seix Barral, 2016
Traducción de Terao Ryukichi
"It was many and many a year ago,
In a Kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me."
Annabel Lee (1849), Edgar Allan Poe
Kenzaburo, escritor japonés, Premio Nobel, y un conocido, Komori, productor de cine y de programas televisivos, se reencuentran después de treinta años, cuando estuvieron participando, junto con Sakura, una actriz que debe su fama a su época infantil, en la planificación de un rodaje. Esa amistad a tres bandas, vista desde tres momentos concretos, la infancia de la actriz y del narrador protagonista en la época en que ella rueda una adaptación cinematográfica del poema de E. A. Poe; el proceso de producción de la película con que Japón debía contribuir al segundo centenario del nacimiento de Heinrich von Kleist, basada en el Michael Kohlhaas, que Sakura debía protagonizar; y la reanudación de la relación en la actualidad, con objeto de rodar una adaptación de La batalla de la Madre de Meisuke, una obra teatral cuya trama cita Oé en otra de sus novelas, Muerte por agua (2014), que la madre de Kenzaburo dirigió en plena posguerra, con más que evidentes conexiones con Michael Kohlhaas, y que también debía protagonizar Sakura; y el propio proyecto, los vínculos personales que se establecieron, particularmente con respecto a la actriz, es el tema en torno al cual gira el argumento de La bella Annabel Lee (2007).

El conocimiento entre Kensaro y Sakura se remonta a la época de estudiante de aquél, cuando visiona la película basada en el poema de Poe cuya protagonista, una preadolescente de diez años, es Sakura. Esa filme, concretamente su escena final, ha provocado en la actriz una pesadilla recurrente, que no sabe discernir si fue debida a un sueño o a una experiencia real, que ha marcado su vida posterior hasta extremos intolerables. De hecho, la película fue dirigida por su tutor -Sakura era huérfana de guerra-, un oficial norteamericano que después se convirtió en su esposo, y contenía alguna escena sexualmente explícita, que se rodó previa anestesia de la actriz-niña, que no figuró en la versión final.

Oé, Premio Nobel de Literatura 1994, es tal vez el más occidental de los escritores japoneses contemporáneos; a pesar de que la localización de sus novelas se ubique en las islas y que sus personajes sean inequívocamente nipones, su estilo, la forma, remite claramente a Occidente. En el caso de La bella Annabel Lee, se registra una particularidad esencial: el narrador va contando la historia reproduciendo los diálogos sostenidos con los personajes implicados en ella, aportando únicamente comentarios ubicados en el presente, como si abriera paréntesis explicativos; el propio protagonista ofrece una explicación de su método para abordar el guión que se le encarga, que es a la vez el modo como está escrito La bella Annabel Lee:
"Carezco de conocimientos cinematográficos. Sólo estoy aplicando al guion, un género desconocido para mí, el método que he venido perfeccionando en mi trabajo como escritor y novelista. Mi método consiste en imaginar primero una escena clave que sirva de núcleo de la obra que quiero emprender, y luego mover en planos concretos tanto a los protagonistas como a los personajes secundarios para obtener un relato verosímil."
Ese fraccionamiento, no obstante, no conduce a que todo el abanico de historias que componen la trama tejan vínculos interdependientes entre ellas -de hecho, lo único que poseen en común es que son relativas a los protagonistas-, sino a un cierto anidamiento, conteniéndose las unas a las otras y relacionándose mediante ciertos puntos en común, ciertas áreas de intersección que, sin embargo, no alteran su naturaleza, de modo parecido a como varios motivos musicales aparecen en la obertura de una ópera, pero este hecho no altera su presentación posterior.

Varios son los temas, más allá de la trama propiamente dicha, que subyacen en La bella Annabel Lee. Por un lado, la discusión acerca de en qué medida afecta la ética de una determinada época histórica a la obra de arte: ¿podría publicarse hoy en día en todo el mundo Annabel Lee sin levantar polémica y las iras de las facciones de la crítica sectaria? Miramos con la condescendencia que se apoya en la supuesta superioridad moral a ciertos países que han prohibido la publicación de Lolita, pero ¿estamos seguros de que se pudiera publicar sin reparos si fuese escrita hoy mismo? La corrección política ¿no será, al final, una limitación a la libertad? ¿En qué medida la sobreexposición no es un acicate para las actitudes sectarias? Pero también está presente la otra cara de la moneda, la actitud de los vencedores de todo conflicto con respecto a los vencidos, la consideración de tierra quemada de los territorios conquistados, el abuso a mujeres y niños como demostración de la supremacía del ganador, aspecto que reflejan tanto Michael Kohlhaas como La batalla de la Madre de Meisuke.

Cada libro de Oé provoca en el lector la extrañeza del neófito; envuelto en una trama engañosamente elemental, su punto de vista, con la complejidad de lo múltiple, es capaz de desafiar la comprensión hasta el punto de que la lectura resultante abre numerosas posibilidades de interpretación. Oé, tal vez por su procedencia cultural, tal vez por su inmenso talento, puede que aun no comprendido del todo, es un autor de difícil comparación con sus colegas occidentales contemporáneos: cuando el lector tiene la convicción de haberse situado en la historia, un leve giro, a menudo representado por apenas un comentario de un personaje, por un silencio donde debería haber ruido o por el sonido que rasga el silencio esperado, o por la finalización en suspenso de un párrafo, le obligan a replantearse todo lo que lleva leído y creía haber asimilado a la luz de esa nueva revelación. Esa lectura múltiple y la sensación de inabarcabilidad es una de las razones por la que la literatura del japonés emana ese halo de excepcionalidad.

Calificación: ****/*****

25 de noviembre de 2016

Por último, el corazón

Por último, el corazón. Margaret Atwood. Salamandra, 2016
Traducción de Laura Fernández
Stan y Chermaine son una pareja joven que duermen en el coche, arruinados por la crisis, cuyas esperanzas para tener una vida normal de esfumaron cuando perdieron su trabajo y su casa; sacan el dinero, poco, de donde pueden, aunque se resisten al que podría proceder de actividades ilícitas, a pesar de que el hermano de Stan, que está metido en asuntos no turbios, les ayuda esporádicamente. Cuando más desesperada parece su situación, les llegan noticias de que una organización, Consiliencia, propietaria del proyecto Positrón, está buscando voluntarios para participar en un experimento social consistente en recluir a una cierta cantidad de individuos en una colonia experimental para llevar a cabo una alternativa a la vida degradada en la que gran parte de la población se ha visto envuelta. El experimento consiste en mantener a la mitad de la población de su ciudad disfrutando de la vida de clase media que han perdido durante un mes, y el mes siguiente recluirlos en la prisión del complejo trabajando para mantener el sistema; cada pareja tendrá otra pareja Alterna que invertirá los períodos, de modo que tanto la población reclusa como la que disfruta de su mes de libertad siempre será la misma.

"Consiliencia = Concesión + Resiliencia
¡Entregamos tiempo en el presente, ganamos tiempo para nuestro futuro!"

En realidad, Consiliencia es una organización de carácter sectario dedicada a la ingeniería social, adscrita al ideario poscapitalista de individualismo estricto y ultrarreligioso, aunque aconfesional, y que, naturalmente, tiene su lado (más) oscuro, más allá de la manipulación y las técnicas de control social. El paradigma inicial es que la iniciativa privada -los poderes públicos hace tiempo que han perdido su oportunidad, revelándose inútiles e ineficaces- debe tomar el control para detener la deriva en que ha caído el mundo civilizado, amparando y facilitando un nuevo diseño de la trama social real: la libertad es un bien preciado pero que las circunstancias no permiten disfrutar, y las prisiones pueden ser centros de rehabilitación real pero también fuentes de riqueza; Consiliencia es el paradigma para, combinando ambas hipótesis, proporcionar a los participantes "una vida con sentido".

Sin embargo, y a pesar de la estricta planificación, ambas situaciones conservan vestigios de lo que serían si no estuviesen intervenidas: la naturaleza humana, con sus virtudes y, especialmente, sus defectos, aflora tanto en prisión como en el exterior, y el control, por más férreo que sea, puede contener esas pulsiones pero no puede erradicarlas. Charmaine, que mantiene una relación prohibida con su Alterno, es descubierta; aparte de la infidelidad, ha transgredido varias normas, y ha puesto al descubierto una de las estrategias principales de la Organización: la laxitud con que los dirigentes trataban a los huéspedes era sólo una ilusión para que pensaran que no había vigilancia y para que se relajaran en el cumplimiento de las normas a fin de poder atraparles con más facilidad: la represión leve es más efectiva que la prohibición constante; incluso la duda entre si de ha transgredido la ley o no es más efectiva que una legislación estricta. Es ante estas muestras de disonancia que los huéspedes pueden llegar a plantearse la cuestión principal: si se les facilita una vida aparentemente libre, con trabajo, comida, bebida, sexo, y con las necesidades primarias cubiertas, ¿dónde está la trampa? 

Como toda ideología totalitaria que se precie, la Organización tiene un recurso que ha probado suficientemente su utilidad, el eufemismo: el mismo control, la programación, los castigos -que incluyen la pena de muerte para aquellos casos irrecuperables bajo el principio de separar las manzanas podridas para evitar que malogren el resto- son redefinidos mediante nombres neutros descargados de su significación original. Otra táctica, tomada prestada de los regímenes totalitarios, es la de la amenaza exterior: la Organización advierte de intentos de sabotaje informativo contra Consiliencia, es decir, emplea la táctica de desvelar un reto externo para compactar mejor al grupo y, de paso, justificar algunas medidas represoras; la Organización no puede permitirse desafíos a su orden social. Sin embargo, sí existe una amenaza real: uno de los fundadores mantiene contacto con el mundo exterior para denunciar algunas carencias de Consiliencia; esa conspiración interna es la responsable de los extraños  sucesos que acaecen a Stan, lleva planificándose mucho tiempo, e implica a los principales protagonistas.

La sociedad que muestra Por último, el corazón es una variedad de la sociedad del simulacro: la sustitución hecha norma, el eufemismo llevado a lo tangible. El modelo más explícito sea tal vez la política oficial de la Oganización con respecto a los robots, los prostibots, un simulacro de compañeros sexuales que se intenta que se parezcan a los humanos -se puede incluso escoger el parecido, siendo los más demandados las réplicas de Elvis Presley y Marilynn Monroe- pero sin las complicaciones de éstos, y destinados a satisfacer unas necesidades específicas. Y así hasta llegar al mayor de los simulacros: la creación de una realidad alternativa que primero es impuesta pero después va siendo adoptada gradualmente por la población, parecería casi voluntariamente, y que llega a sustituir a aquélla; al final, la verdadera resistencia es reivindicar lo real.

Atwood, autora de una obra contrastada, alguna de temática parecida, posee un completo dominio del ritmo narrativo; la forma escogida para materializar ese efecto es el uso de la dilación y la espera cuando el episodio está a punto de concluir mediante diferentes recursos: las especulaciones de los protagonistas anticipando posibles consecuencias de sus actos bajo el recurso de "qué pasaría si...", la descripción detallada de alguno de los procedimientos internos de la Organización o las entrevistas con los gestores. Atwood maneja la intriga con mano firme; la novela es una muestra de oficio desde cualquier punto de vista, y la variedad de registros la convierte en un modelo incuestionable de novela bien planteada y mejor desarrollada. La trama avanza y se detiene, como si dudase, se enrosca sobre sí misma, y cuando parece a punto de agotarse, abre argumentos secundarios que avanzan al unísono o, gracias a una hábil sucesión de capítulos, y una vez dispersas, vuelven a unirse gradualmente hasta regresar a la trama principal, con todos los cabos atados, preparándose para un final no conclusivo que deja al lector atónito.

Si Por último, el corazón es desasosegante es porque Atwood tiene la habilidad de convertirla en una réplica de la sociedad real -o en una visión de futuro de hacia dónde se encamina-, en la que todos somos ciudadanos con plenos derechos, reconocidos legalmente, pero también prisioneros, o rehenes, de las convenciones, de las deudas o de nuestras esclavitudes privadas. Atwood retrata a la perfección el ambiente general de desesperanza y desolación, con cierto carácter postapocalíptico, con barrios arrasados por la crisis, delincuencia residual e individualismo extremo, y se sitúa temporalmente en un futuro indeterminado, al más puro estilo ballardiano.

Una distopía es tanto más terrorífica cuanto menos especulativa -y vuelvo a Ballard, el maestro indiscutible del género-, cuanto más similar a la nuestra sea la sociedad que describe, cuanto más cercano a nuestros días sea el futuro previsto; cuantos menos sean los intervalos que nos separen, más aterradora. Es la inquietud que proporciona la posibilidad de que lo que se describe sea posible; es decir, con altos visos de verosimilitud.


Calificación: ****/*****