30 de diciembre de 2016

Pequeños tratados

Pequeños tratados. Pascal Quignard. Sexto Piso, 2016
Traducción Miguel Morey
Pascal Quignard, el prolífico y multifacético escritor francés, es probablemente uno de los autores contemporáneos que ha sabido combinar mejor un estilo personalísimo con la elección de temas candentes en la actualidad de la cultura y del pensamiento europeos. Autor de una cantidad ingente de títulos, encuadrables en los más variados géneros literarios, escribió, a lo largo de varios años, un conjunto de ensayos y discursos que se agruparon editorialmente bajo el nombre común de Pequeños tratados (Petits traités), en los que reflejó su mirada acerca de un conjunto heterogéneo de temas; se trata de una obra fundamental en la producción del escritor francés que amplía e ilustra ciertos objetos de su interés, algunos de los cuales son tratados en más profundidad en otras de sus obras.

Excediendo la intención de estas Notas de Lectura -y la capacidad de quien las redacta- el hecho de entrar en profundidad en este proceloso mar, me he limitado a enumerar los Tratados; adjudicarles a cada uno una Tesis que no es más que una de las visiones, la propia, bajo la que "perspectivizar" su contenido; e incluir, a modo de ejemplo y cebo para la lectura completa, una cita que considero pertinente, algunas veces por el contenido, otras por la pura belleza de su forma.

Tomo I

Tratado I. Tratado sobre Cordesse
Tesis: la amistad es la única forma de trascender el tiempo, es decir, la muerte
"Nicole decía: "somos como pájaros que están en el aire, pero no pueden permanecer en él sin movimiento, porque su apoyo no es sólido". Y lo comentaba de este modo: "el pasado es un abismo sin fondo que se traga todas las cosas pasajeras; y el porvenir es otro abismo que nos es impenetrable. Uno de estos abismos desaparece continuamente en el otro. Sentimos la desaparición del porvenir en el pasado, y es lo que constituye el presente, como el presente constituye toda nuestra vida"."
Tratado II. Dios
Tesis: el únco Dios creíble sería un Dios de la alegría
"La palabra que se tiene la costumbre de traducir por "difícil" es praeclarus, que quiere decir "muy claro, resplandeciente". Rarus significa "disperso sobre la tierra". El pensamiento es algo tan claro que está esparcido sobre la tierra. Luego la palabra rarus pasó a significar "distante en el espacio", "poco frecuente en el curso del tiempo"."
Tratado III. El misólogo
Tesis: el yo que escribe no es el mismo que el yo escrito; existe una cadena de dependencias, que va de la conciencia del escritor hasta la mancha de tinta sobre el papel, en la que cada elemento se define, como un eslabón de una cadena, en función de los vecinos, y que no es el mismo que cuando se considera independientemente. El nexo de unión, el cemento que le da consistencia, es la lengua, soberana e insoslayable.
"El cuerpo no es salvaje, desnudo, franco, primero, primitivo: es una ficción material que una lengua ha construido sobre el patrón de su fantasma; su víctima legendaria, o también, una construcción más o menos orgánica a imagen del modo en que la lengua lo ha plegado al mundo del que ella es la ocasión."
Tratado IV. Sobre una bolita de plomo
Tesis: la relación entre las cosas y su nombre es unívoca; a veces, el nombre existe antes de que exista lo que designa.
"Los niños que flotan en el agua oscura de su madre, cuando abren la boca, comen. Están sin aire, al que desconocen, e incapaces de voz, a la que oyen."
Tratado V. Taciturio
Tesis: la independencia del intérprete que alcanzó la forma-libro se hizo a costa de perder la voz: la letra se hizo permanente pero se convirtió en inanimada; pero esa limitación abre infinitas posibilidades al silencio.
"El libro es un pedazo de silencio en las manos del lector. Quien escribe calla. Quien lee no rompe el silencio." 
Tratado VI. Pagina
Tesis: la página es la unidad mínima a partir de la cual un libro genera un mundo; señuelo y trampa a la vez.
"Las palabras que se pronuncian no son las palabras que se escriben. Otra sintaxis, otro mundo. La página es impronunciable."
Tratado VII. Sobre las relaciones que el texto y la imagen no mantienen
Tesis: el camino que sigue un objeto desde su imagen a su descripción no puede desandarse: una vez convertido en palabras, cualquier imagen posterior desvirtuaría la conversión.
"No hay vínculo entre el texto y la imagen, más que la imagen del texto mismo. La escritura -como todo modo de expresión, busca lo que no puede trasponerse, y los signos que están ahí tienen como función suplir el objeto que han dejado de mostrar y que ha desaparecido. Lo propio de los signos escritos es no mostrar lo que designan; significan; reinan en lo que no puede mostrarse."
Tratado VIII. El libro de las luces
Tesis: el libro es mudo y la lectura sorda; sin embargo, a veces se percibe música al leer: se llama puntuación.
"El sonido que los libros entregan no es un sonido y yo lo oigo. A medida que le presto atención y que mi cuerpo se pliega a su poder, al vacío en mí gracias al cual suena, reconozco que esta voz no existe."
Tomo II

Tratado IX. Las lenguas y la muerte
Tesis: las lenguas son inanimadas; por tanto, hablar de lenguas vivas y lenguas muertas es una simplificación que no significa nada.
"Siento una verdadera satisfacción al cerrar los libros. Los libros que ya no se leen, no reeditados hace dos o tres o cuatro siglos. Que la negligencia, o el desprecio o bien el abandono vencen. Que el olvido preserva. Leer conduce a la ausencia, obliga al cuerpo a un cierto parecido con la muerte. Pero una vez abiertos, la ausencia total de la muerte, la vida absurda y la mediocridad que están ocultas en su interior, que están "embutidas" en ellos, angustian. Y por ello conducen a la muerte."
Tratado X. Vida de Lu
Tesis: es imposible definir el concepto "vida" excepto para aquel que la experimenta.
"Lu llevó así una tranquila y larga existencia de retiro, declinando uno tras otro, con una disimulada risa loca, todos los cargos oficiales que se le proponían."
Tratado XI. La biblioteca
Tesis: las verdaderas bibliotecas no son esos contenedores donde se almacenan los libros, sino los cuerpos de quienes los leen.
"Los libros son cosas muy ambiguas, y bastante risibles. De modo paradójico, diría que así como acompasan su paso a órdenes diversos, y los consolidan, igualmente los socavan y arman contra su poder. Sojuzgan en su letra, pero defienden contra el imperio que ésta ejerce, a fuerza de jugar, a fuerza de inventariar sus rodeos y sus trampas; nunca lo suficiente, pero alejan de la fe otorgada a las pseudofunciones que estas órdenes reivindican y al sentido mentiroso y muy frecuentemente innoble que no dejan de afirmar."
Tratado XII. La palabra "objeto"
Tesis: el "objeto" es la parte de lo que existe fuera de nosotros que está en oposición del sujeto que lo percibe.
"Hay en la desnudación mágica una fuerza imperiosa que obliga so pena de muerte. A partir de ahí, en la nada [rien] de lo real se destacan unos fragmentos y se ponen por delante. Es así como la tierra se convierte en un mundo y como este mundo se puebla poco a poco de objetos. La nada de lo real deja entonces de existir. Es un inmenso velo de imágenes, una gran tapicería de ilusiones lo que la sustituye. Estos velos, estos tejidos alucinatorios, esta mâyâ se remangan. Es el objeto del objeto."
Tratado XIII. La E
Tesis: no existe un lenguaje común a las diferentes lenguas; tampoco existe un silencio común, pero sí un deseo de ausencia de lengua.
"El sentido no tiene la capacidad de conocer su operación durante  el tiempo de esta operación. Así como el ojo no sabe que ve, ni la mano que toca, ni la oreja conoce que oye, ni la nariz conoce que huele, ni la boca que degusta. [...] La lectura no conoce la naturaleza del sentido que ejerce durante la operación de leer."
Tratado XIV. Noesis
Tesis: el pensamiento exige un vacío -físico- en la cabeza en el que ubicarse, un vacío que vuelve a manifestarse cuando el pensamiento ha muerto.
"Haya lo que haya en el mundo, no hay nada que no pueda ser pensado, designado o descrito. Pero una vez pensado, designado, descrito, no queda "nada" que sea pensable, designable, descriptible. Nadas indescriptibles, imprevisibles, ininterpretables, irreferentes. Puro azar y negación de un pensamiento que se destruye."
Tomo III

Tratado XV. Un lipograma de Appius Claudius
Tesis: apartar la muerte del camino puede hacerla invisible, pero no acaba con ella.
"Lechón, chivo, katharmos, cordero expiatorio por dos veces. Una, por la propuesta de un sacrificio material, aunque sea probable que los motivos de esa controversia hayan sido enteramente míticos. Luego, por su repudio imaginario. Expulsión de la muerte al final del abecedario. Posición simbólica del dominio de una "boca de muerte" soberana en la escatología de las letras que se usan." [Sobre la expulsión de la letra zeta al final del abecedario].
Tratado XVI. Los primeros códices
Tesis: trasciende la casualidad el hecho de que el primer libro en forma de codex del que tenemos noticia sea los Epigramas de Marcial.
"Es en los volumen de Marcus Valerius Martialis donde se encuentra mencionado por vez primera un libro en forma de codex. (Por lo menos el azar, las condiciones de conservación de los manuscritos antiguos, los juegos de traspasos de imperios, las destrucciones debidas a los ejércitos romanos -el juicioso desprecio en el que se tiene por lo general a las cosas escritas-, la malignidad y la voluntad de aniquilación de los cristianos hicieron que los primeros testimonios antiguos del libro moderno -del codex- se conservaran en un libro de Marcus Valerius Martialis).
Tratado XVII. Liber
Tesis: el libro es aquel objeto manejable cuya causa final es la lectura.
"En cuanto se escribe una palabra cualquiera, de inmediato tiene lugar un increíble desgarro del flujo sonoro, una incalculable "descontextualización", disidencia, abstracción tiene lugar al momento. Una especie de ciclón, una especie de avalancha, una especie de vertiginosa precipitación en el espacio de la cabeza de los hombres. Hagamos lo que hagamos estamos todos escritos."
Tratado XVIII. Una rana de Ulubres
Tesis: se vive tan encerrado en una época que nadie es consciente de poder trascenderla.
"[Gayo Trebacio Testa] veía la sombra de la muerte en sus rasgos. Al abrigo de una columna de mármol, en la esquina de una calle, sacaba un pequeño espejo de cobre que había introducido en un pliegue de su toga. Impaciente, examinaba los progresos de esta sombra sobre las líneas de su rostro."
Tomo IV

Tratado XIX. Las reliquias de los granos
Tesis: a medida que el hombre se aleja de la naturaleza, espolea a la lengua para evitar "confusiones".
"Parece que no hubo nunca, desde los milenios que hace que los hombres pululan, una época, una sociedad, una lengua, un rostro, un segundo, una hora, más envidiables que otros. Se ha señalado que aquellos que creen en alguna cosa, sea lo que sea, presentan unas manos que están siempre enrojecidas."
Tratado XX. Lengua
Tesis: la lengua es un fenómeno tan próximo al cuerpo de cada uno que es imposible compartirla; sólo puede compartirse su producto.
"Cualquier consideración que se haga sobre el lenguaje está hecha a partir de él. Esta impostura no puede reducirse. Es destacable y es ilimitada. Aquel que trata de liberarse de las formas de su lengua y de su conciencia se ayuda de ellas y se ata más estrechamente a sus hechizos en el momento mismo en que tiene el sentimiento de que se desprende de ellas para describirlas. No existe metalenguaje porque el lenguaje posee por sí mismo esta propiedad de convertir en sí mismo todo lo que se le acerca. Si pasara por encima de su sombra, su cuerpo, al pasar por encima, todavía proyectaría una sombra de su cuerpo."
Tratado XXI. Jesús inclinado para escribir
Tesis: el acto de escribir, exclusivamente humano, abomina, sin embargo, de cualquier tipo de relación interpersonal.
"Al principio, silencio paradójico y cuerpo curvado, silencioso, a dos pasos del desprecio. Este cuerpo está cerrado sobre sí mismo y a este sorprendente "enroscamiento" le añade la soledad y la desatención al mundo que lo rodea. Es en un "círculo de silencio" donde tiene lugar la escena de escritura."
Tratado XXII. Tratado del petirrojo
Tesis:el hecho más nimio puede acarrear consecuencias cuya relevancia somos incapaces de imaginar.
"Jesús abre los ojos, gira su rostro hacia el pequeño pájaro gris, ve cómo se obstina. En voz muy baja le murmura que como recuerdo del socorro que ha intentado darle quedará marcado con su sangre hasta el fin de los tiempos, hasta la extinción del mundo, hasta la desaparición de los pájaros en el espacio." [Sobre el origen del color del pecho del petirrojo, que ha intentado quitar un clavo de la cruz y se ha manchado con sangre del crucificado].
Tratado XXIII. La garganta degollada
Tesis: el hecho de tener escritura no le añade ningún mérito a la lengua en cuestión.
"De todos los sonidos del mundo, los sonidos más fútiles son los de las lenguas. Y son también los más perniciosos: hacen creer que van a dar sentido al mundo."
Tratado XXIV. Del vino peleón
Tesis: la expresión oral es un intento de superar la belleza de todo aquello que no habla.
"Las palabras de los hombres son el agua y el azúcar que mezclan con el concentrado de arak más puro. Las obras son las pequeñas cucharas que sirven para mexclar el agua, el arak y el azúcar en el vaso. El vaso son las ciudades del mundo. A esta mixtura desleída la llaman -en su extraña mixtura desleída- con el nombre extraño de lengua. Y se toman esa bebida aguada y azucarada que les cierra los párpados y que les separa menos de lo que piensan de la crueldad y de los estratos superpuestos de lo que los precede y del silencio."
Tomo V

Tratado XXV. Un montoncito de sal reservado para los bueyes muertos
Tesis: la lectura en silencio aparece como una excentricidad de seres asociales, apolitikos.
"A partir de la época imperial, la iniciación espiritual dejó de ser colectiva. La lectura muda, solitaria, atenta, y la meditación que la acompaña, la influencia del texto y el bordón interior (1) retenido, (2) rumiado, (3) tragado, (4) reprimido y ocultado, se desarrollaron. Relevos que pasaron primero por la autoridad de la voz, luego por el murmullo, para desembocar finalmente en el silencio. La iniciación de los jóvenes se volvió secreta, cada vez más interior, y cada vez más aislada. La lectura se convirtió en la cadena iniciática.
Tratado XXVI. Chien de Lisart
Tesis: la lectura es enajenación; por eso es prohibida por quienes no aceptan el libre albedrío.
"Montaigne dice que los libros son municiones. Dice también, de un modo sin duda algo excesivo, que son las mejores municiones que pueden llevarse en el viaje de la vida. En el siglo XVI esta palabra debe entenderse como todo lo que sirve para resistir un asedio: armas, municiones, provisiones, fortificaciones, las mismas murallas." 
Tratado XVII. Augustinus
Tesis: la lectura silenciosa es un salto evolutivo en la historia de esa actividad.
"Hablar está afectado por la infancia cuando leer y escribir se hacen mudamente. Son cancioncillas de niños que juegan. La palabra oral se vuelve canción infantil cuando el éxtasis se vuelve silencioso."
Tratado XXVIII. Anagnosis
Tesis: la lectura es reconocimiento.
"El lector es esa vieja sirvienta que toma un "caldero reluciente" y mezcla el agua caliente y el agua fría. La mirada del lector no busca la visión de la página sino su lección. La mirada de Euriclea no busca lo visible sino que percibe lo no-espectacular: percibe a Ulises en Ulises en el instante mismo en que vuelve la espalda al fulgor del hogar. El lector es Euriclea, quien en su fuego interior y en el silencio del fondo de su memoria, en el acto, "reconoce" el nombre de Ulises y los recuerdos que este nombre despierta por la cicatriz que tiene en la pierna."
Tratado XXIX. Tratado de Monsieur Hamon
Tesis: la lectura no es una ocupación: es una forma de vida.
"Monsieur Hamon, yendo a visitar a sus enfermos montado sobre un asno, había ideado fijar un pupitre levantado sobre su silla por medio de un bastón. De este modo leía de camino su libro abierto sin necesidad de sostenerlo."
Tratado XXX. Lectio
Tesis: la lectura nos conecta con la eternidad.
"El scriptum de hace liber y un liber de hace lectura. Pero la lectio (que es la enunciación del libro) es una actualidad física, una concretización, un intercambio y una solidaridad violenta, más o menos fácil, que suscita un significado que no preexiste en el "texto" o en la página imaginaria. Es una tensión entre un objeto del que un cuerpo se ha sustraído y un objeto al que un cuerpo viene a añadir su existencia, la singularidad de su deseo, los medios de su pensamiento y los sedimentos de su memoria."
Tratado XXXI. El miedo a volverse ciego
Tesis: la lectura es una celda de aislamiento en una prisión de alta seguridad.
"El ejercicio de la lectura requiere de nosotros mucha humildad, olvido, renuncia a nosotros mismos, para hacer sitio en nuestro espíritu a la obra, a la actividad de sus argumentos o a las pasiones de sus héroes."
Tomo VI

Tratado XXXII. Liré
Tesis: leer es como volver al útero materno; no, mejor aún, como volver a nacer.
"Es así como iba a leer [lire] a Liré. Había un lugar que me gustaba que era el futuro del verbo de lo que iba a ser mi vida. Había un nido, un puente, una música grave en la iglesia fría que podía verse de lejos, y un río magnífico en el que la gente se ahoga y que había que atravesar precipitadamente. A veces se toca un poco con el dedo el sueño de otro. Pero no se entrevé. Porque uno no ve nunca más que su sueño. Pero se siente su resistencia, su presencia, su tibieza, su piel. Así son las orillas también."
Tratado XXXIII. De taciturnis
Tesis: el diálogo silencioso que se establece entre el lector y la página escrita es el más comunicativo, como el del espectador con una estatua o como el que se mantiene, con tal vez unos 300 siglos de por medio, entre el visitante del abrigo y las pinturas murales de Lascaux.
"Allí donde hay silencio, aquel que calla le pertenece. El silencio acarrea, por parte de quien se sostiene en él, la pérdida de dominio. Porque él mismo carece de dominio. Sin que pueda decirse de él: "Yace", o bien: "Padece", está sometido  sin embargo a una pasión. Calla: no se hace con el silencio. El silencio no se hace con él. En el silencio, se deshace en silencio."
Tratado XXXIV. Escenas de lectura ambrosiana
Tesis: la lectura ambrosiana tiene un fundamento rítmico que no es ni acústico ni fónico.
"Estelas del antiguo Egipto suplican a quienes pasan que no lean mudamente el nombre de los cadáveres que evocan. La tibieza del aliento es la sangre que irriga los nombres propios."
Tratado XXXV. Sobre una tapa de piano
Tesis: tal vez la eterna enemistad entre la música y los escritores se deba, en parte, por la imposibilidad e inutilidad de la ejecución musical "ambrosiana".
"Para un romántico o un naturalista (son lo mismo), el lector ambrosiano es un burgués. "No escribía para los ojos, para el lector que lee con la mirada, junto al fuego; escribía para el lector que declama, que lanza las frases en voz alta; incluso todo su sistema de trabajo consistía en ello. Para probar sus frases, las "gritaba" [guelait], solo en su mesa, y no estaba contento de ellas hasta que no había pasado por su "garganta" [gueuloir], con la música que buscaba. En Croisset, este método era bien conocido, los criados tenían orden de no molestar cuando oían gritar al señor, únicamente los burgueses se paraban en el camino, por curiosidad, y muchos lo llamaban "el abogado", creyendo sin duda que se ejercitaba en la elocuencia"."
Tratado XXXVI. Oídos prestados
Tesis: es posible oír sin que lo oído pase por el oído.
"Leer es pretar oído [oreille]. Todas las orejas [oreilles] que rodean nuestras cabezas son rosas y sin fecha."
Tratado XXXVII. La pasión de Guy Le Fèvre De la Boderie
Tesis: la búsqueda de la palabra, del nombre decible, legible y audible que dice el mundo.
"("Cuando yo haya pronunciado la palabra, los ojos de los supervivientes se volverán del revés en sus órbitas y cada uno de estos hombres y cada una de estas mujeres mirarán cara a cara el fondo de su suerte. [...] Cuando yo haya cerrado la boca, sus ojos se volverán hacia el mundo, llenos de la luz central; verán entonces que el afuera es a imagen del adentro")".
Tratado XXXVIII. Un largo silencio de Ariosto
Tesis: cada palabra dicha silencia al resto que podrían ser dichas y que han visto tomado su lugar.
"Aquello de lo que uno se acuerda es una cierta forma engañosa que toma aquello de lo que uno no se acuerda. Todos aquellos que escriben, en lo referente a la voz, tienen la garganta cortada. La necesidad de escribir una frase a cualquier precio es la necesidad imperiosa de callar otra, silenciosa."
Tratado XXXIX. El tabú melusiniano del lenguaje
Tesis: el silencio preserva el mundo incontaminado.
"Si hablo, todo desaparece. Es la noche, y es la muerte lo que se abre a partir de ella. En el silencio que se rompe, la mujer amada desaparece de la vista. Si el libro es visible, no lo leo. Lo veo."
Tratado XL. Sobre el meñique
Tesis: toda la ceremonia alrededor de la muerte es una escaramuza en el combate contra el olvido.
"El olvido es el océano. El olvido es más vasto que lo real porque los animales, las plantas y los astros lo conocen. El más bello de los libros de Ovidio son las Tristes."
Tomo VII

Tratado XLI. El signo deleatur
Tesis: la muerte es una intromisión del destino que borra el futuro.
"El pasado es allegro. El porvenir: un movimiento andante que se rezaga un poco."
Tratado XLII. Una escena de novela suprimida
Tesis: nada distingue el sueño de la muerte, excepto el despertar.
"-Después de nuestra muerte -dice el viejo-, ya no estamos bajo el imperio de un príncipe por encima nuestro. Después de nuestra muerte, ya no sufrimos por el calor ni por el lenguaje ni por el hambre, tampoco por el miedo ni por la verdad ni por la sed. [...] Tenemos la misma edad que el cielo, tenemos la misma edad que la tierra, tenemos la misma edad que las montañas que la dominan."
Tratado XLIII. La oreja de María
Tesis: la lengua es el objeto de la voz; la voz esclaviza a la oreja. Quien habla, domina; quien escucha, se somete.
"Se admira a quienes se odia. Sus defectos son trofeos. Se desconfía en exceso de aquellos a quienes se ama mientras que abrazamos en cuerpo y alma las causas y los atributos de nuestros odios, hasta el punto de revestirnos enteramente con aspectos que no son sino su contrario. Oído de la lengua y oído de la voz difieren. Annaeus Cornutus tiene razón al definir a "aquellos que no se fían de sus orejas". Aquel cuya oreja no se fía enteramente de la oreja atiza con la punta de una especie de atizador un sonido silencioso."
Tratado XLIV. La almohada de Sei
Tesis: la literatura siempre es un híbrido de literaturas; para alcanzar el fin que se propone, debe, además, extinguirse en ella misma, ser un híbrido infecundo.
"Los japoneses son como las estaciones: con ellos todo vuelve como las flores. Nosotros somos como la historia: todo muere con nosotros. No hay segundo que no sea para nosotros una piedra que cae en el abismo."
Tratado XLV. Mujeres fragmentadas en 1536
Tesis: al no poder entender el cuerpo, imaginamos que fragmentándolo podremos traducirlo, sin darnos cuenta de que troceado ya no es el mismo cuerpo.
"Los espejos y los libros atraen y no satisfacen jamás a aquellos que vuelven su rostro hacia ellos. Leemos más en la mirada de otro que en el reflejo que repercute un espejo ante nuestros ojos."
Tratado XLVI. Froberger y Grimmelhausen
Tesis: la novela fundacional de Grimmelhausen demuestra que, en épocas de zozobra, el simple es el mejor pertrechado para sobrevivir.
"El novelista alemán Grimmelhausen escogió como tema de novela lo simplicísimo. Es el título de un cuento en el que nacen las novelas: lo simplicísimo y lo sordidísimo. Se precisa una casa en el universo que albergue los desechos sobrantes que los géneros literarios, los cursos, los discursos, los diarios, los ensayos, los sermones abandonan tras de sí como cosas infecciosas o sucias. Este albergue se llama "novela"."
Tratado XLVII. Invierno del año 412
Tesis: la muerte sólo es temida por los pobres de espíritu; en cambio, es el final lógico y deseado para el ilustrado, una vez ha llegado al final del camino de la erudición.
"El taciturno trae a la memoria lo desapropiado de los órganos y las tallas desacostumbradas de las bestias antiguas que salieron del agua las primeras y subieron por las orillas. Todavía hacen brotar miembros y dientes en nosotros. El centro de nuestros cuerpos procura un divertido e inconstante testimonio de ellas."
Tratado XLVIII. Tigres que vuelven a la jungla
Tesis: el arte es, por definición, una actividad no sujeta al escrutinio de la moralidad.
"F. Mathieu en su Vie de Louis IX, aparecida en 1610, describe una escena tan guerrera, a pesar de las apariencias, como la de Justino. Renato de Anjou está ocupado pintando una perdiz. Se le anuncia la pérdida de Nápoles. El rey levanta el pincel -"hasta tal punto su espíritu sentía placer"-, toma de la salserilla en la que se ha mezclado el polvo un poco de color amarillo y se aplica a retocar el relieve del ala."
Tomo VIII

Tratado XLIX. El vocablo contemporáneo
Tesis: lo "contemporáneo" trasciende el carácter temporal que lo define.
"Se ha conservado una carta de monsieur La Maître al pequeño Racine en Port-Royal encargándole que ponga agua en unas escudillas de tierra para impedir que los ratones roan los in-quarto de Crisóstomo y de Tácito. ¿Quiénes son los contemporáneos? ¿Racine, que estudia? ¿El Tácito que lee? ¿Los ratones que lo comen? ¿El agua que corre cerca de allí desde hace cientos de siglos y a la que el niño Racine se dirige para llenar la escudilla?"
Tratado L. Girolamo Fracastoro
Tesis: dar nombre a alguna cosa no es solamente individualizarla sino también dibujar las coordenadas que definen su campo de acción y el de sus posibles relaciones. Contra lo que pudiera parecer, dar un nombre nunca es impremeditado.
"El lenguaje es un gehena. No es un hospital. Lo peor desciende de la estantería de una biblioteca. Las palabras no visten las cosas con un cuerpo que sea de gloria. Los libros no aseguran redención y perpetuidad más que a los órdenes de los discursos que, dirigiendo las más graves amenazas, las más incontrolables subversiones, sacan de ellos en proporción a su potencia, una astucia y una maestría tanto más implacables."
Tratado LI. Los tres viajes de Maximilien Littré
Tesis: cualquier intento de fijar una lengua en un propósito vano, ese retrato es anacrónico justo después de establecido.
"Impuso a una nación la ficción de una lengua mítica. Inventó un viejo francés admirable y falso. Se desveló por establecer filiaciones de sentido gratificantes y alfombrar el suelo quimérico e ilusoriamente continuo de la lengua con un sentido perfecto y cerrado. [...] Creó una "lengua legendaria". Lengua ni muerta ni viva: anacrónica. En otros términos: proivada de la muerte. Privada de la vida. Fuera del tiempo."
Tratado LII. Lo que Remigio dice a Clodoveo
Tesis: todo dilema esconde una trampa lógica.
""Incende quot adorasti". Es mi vida. Es una frase a fin de cuentas extraña. El pontífice Remigio opuso adorar y quemar, y despachó espalda contra espalda a quemar y adorar. ¿El medio para distinguir entre pasión y combustión? Sin duda quería decir: adora a la iglesia a la que prendiste fuego. Quema el odio y a tus dioses precedentes. Quema incluso la misma palabra franco. El rey Chlodovechus no adoraba tan sólo el fuego, adoraba también romper los vasos."
Tratado LIII. El tribunal del tiempo
Tesis: el juicio del tiempo es tan inapelable como indescifrable.
"Los libreros, los críticos, los editores, los bibliotecarios, los estadistas que elaboran los estudios de mercado, los profesores que establecen los programas ministeriales, los académicos o los universitarios que confeccionan la antología de las gratitudes, los fieles de las sectas religiosas, los partidarios de los gangs de doctrina no tienen como objeto leer. Su deseo, su beneficio y su interés son diferentes. Pero, ante el propósito de leer, remitirse al juicio de seres para quienes leer no es un deseo es seguir los bastones de los ciegos. El juicio final, la balanza infernal, el tribunal de la historia son imágenes de grandes delirantes. El apetito de lectura mismo conoce metamorfosis y, sumándose los siglos a los siglos, está condenado a no conocer sino cada vez menos el fondo del que dispone, Ya no dispone de él."
Tratado LIV. Unas placas blancas sobre fondo amarillo
Tesis: todo enamorado de los libros es titular de la más grande historia de amor.
"Bellos libros que volverán. Que hacen pensar en ciertas piezas de laúd o de clavecín que entonces se componían. Música enfática y dulce, sin sorpresa narrativa, muy articulada, solemne y prolija. Frase lenta, razonadora, monótona, mojigata, civil, tediosa y tranquilizadora."
Tratado LV. La oración de Damasipo
Tesis: la eternidad no contiene ningún consuelo.
"Escribimos libros. Me surpite morti!"
Tratado LVI. Longino
Tesis: el cuerpo humano no es la prisión que sostenían, malintencionadamente, los místicos, sino el campo en que se bate la totalidad de la experiencia, material e inmaterial, que lleva acumulándose desde hace milenios y que, por convención, llamamos Humanidad.
"Las experiencias de la infancia nos balancean, así como los nombres nos bautizan. Maceramos algunas decenas de años. Finalmente hacemos agua por todas partes y un buen día nos hundimos. [...] ¿Qué se dirá de nosotros? Amasaban dinero. Comían caliente. Se apareaban bruscamente. Morían en la inquietud."
Un compendio de sabiduría, a veces excesivamente pretenciosa (no es ningún reparo; ¿no es lo normal?), una increíble lección de escritura y de vida, un texto al que volver de vez en cuando para, como en los grandes clásicos, encontrarse con nuevas sorpresas a cada vuelta de página. Un libro inmenso, imprescindible, que empieza justo cuando se acaba de cerrar la última página. 

Calificación: Hors catégorie

23 de diciembre de 2016

Los jardines estatuarios

Los jardines estatuarios. Jacques Abeille. Sexto Piso, 2014
Traducción de Lluís Maria Todó
Lo imperceptible puede contener tanta realidad como lo evidente, sólo es cuestión de levantar el velo de lo manifiesto y mostrar los espacios que dejan libres los diferentes estratos en los que se ha sedimentado lo real para investigar de qué están hechos esos no-espacios y cuál es su función. Puede que su utilidad se limite a cimentar las capas, impidiendo la mezcla de materiales; o, al contrario, pueden ser los espacios que, conteniendo elementos de la capa inferior y la superior, den sentido a la estratificación. La mal llamada literatura realista tiende a centrarse no en lo real sino en lo evidente; el campo de lo real es mucho más amplio, y Jacques Abeille explora sus límites en el que ha denominado Cycle des Contrées, del cual Los jardines estatuarios (Les jardins statuaires, 1982) es el primer volumen.

Un viajero, después de atravesar una misteriosa zona de transición, llega a la provincia de los jardines estatuarios. Acompañado de un guía aborigen, un personaje misterioso que parece acarrear un pasado tenebroso, visita una propiedad que, cercada por un muro prácticamente infranqueable, encierra una zona boscosa con árboles de grandes dimensiones y, a continuación, unos campos de cultivo, en diferentes estados de crecimiento, en los que el propietario del dominio cultiva estatuas. Ante el estupor del viajero, el guía y el jardinero le informan de algunas de las peculiaridades del cultivo: el espacio que necesita cada estatua para crecer en condiciones, los plantones que deben sacrificarse por su poca viabilidad cuyos restos se destinarán a abonar el suelo en beneficio de los viables; el proceso de poda  mientras dura el crecimiento, que corrige las anormalidades replanteando la estatua en cada fase: por más que la piedra contenga ya el germen de su configuración final, el jardinero debe escoger, a cada momento, entre el numeroso abanico de posibilidades, aquella que considere más viable, pero procurando dejar abierto el mayor número de alternativas posibles. Entre otras peculiaridades, tal vez la más sorprendente es la sima de las estatuas enfermas, un barranco en el que se tiran aquellos ejemplares que han resultado infectados por una especie de lepra de la piedra, altamente infecciosa; y la existencia, a razón de una por generación, de estatuas con un enorme parecido con algún jardinero muerto recientemente, a la que se otorga un trato diferencial, alejándola de los edificios de uso común. Posteriormente, asiste al desarraigo de una estatua ya finalizada, siendo testigo de todo el proceso y habiéndosele informado de los diferentes oficios de jardinero.

A pesar de la aparente buena disposición de sus huéspedes, de sus amplias explicaciones y de su total disponibilidad, el visitante tiene la sensación de que quedan lagunas en la información que le transmiten, como si ocultaran intencionadamente datos que les pudieran comprometer a ojos de su invitado.

Transcurrido el primer día, el visitante se retira a descansar y decide poner sus experiencias por escrito; es en ese momento cuando se apodera de él la sensación de que el país no es tan idílico como parece, como si, entre todos los habitantes, escondieran algún secreto relativo a su organización social, un enigma inconfesable cuya revelación cambiaría la percepción del visitante; no están justificados los cambios de actitud del posadero que le alberga, es incapaz de descifrar el extraño rastro que descubre en los libros que lee, y no se explica la invisibilidad de las mujeres. Para intentar aclarar esas dudas y seguir con su libro sobre la región, el viajero emprende una expedición a las diferentes localizaciones del país, a veces acompañado de un guía y a veces en soledad, en la que es testigo de las diferentes relaciones de los habitantes con las estatuas y de los diferentes asentamientos. A medida que se aleja del centro del país y contacta con los habitantes de localidades remotas, se da cuenta de que parece encarnar antiguas y oscuras leyendas de tiempos inmemoriales, todas relativas a misteriosas profecías de destrucción y liberación, entre las cuales hay una referente a los habitantes de la estepa y a una supuesta invasión del mundo que representan, absolutamente ajeno a los jardines estatuarios, y que se adivina como única posibilidad de renovación para un mundo civilizado que ha llegado al colapso, que tiene una estructura tan rígida que no permite ningún tipo de evolución, y cuya única posibilidad de supervivencia es dejarse abrazar por la anarquía de los bárbaros y, si acaso, renacer de los restos.

Libro extraño donde los haya, Los jardines estatiuarios es una gigantesca metáfora en la que no cuesta ningún esfuerzo ver reflejada la historia reciente de la Humanidad, y que vislumbra un futuro tan poco halagüeño como probable. Un libro inquietante, absorbente e hipnótico, lectura de altos vuelos para lectores escogidos.

Calificación: ****/*****

19 de diciembre de 2016

Diario Literario

Diario literario. Paul Léautaud. Fuentetaja, 2016
Selección de Pascal Pia y Maurice Guyot. Traducción de Cecilia Yepes.
“Mi patria es la lengua francesa.”
La edición completa de los Diarios (Journal Littéraire, de 1956 a 1966) de Paul Léautaud abarca  el período comprendido entre los años 1893 y 1956, y se extiende a lo largo de dieciocho  volúmenes, más de 6.000 páginas, más un tomo-índice debido a la cantidad exorbitante de entradas, el decimonoveno. Ante tamaña desmesura, Pascal Pia y Maurice Guyot realizaron una selección de entradas que se publicó bajo el título de Choix de Pages (1968) cuya traducción es este volumen editado por Fuentetaja Libros.

La vida como fenómeno literario

Paul Léautaud. Crédito de imagen Roger-Viollethttp://www.lefigaro.fr/livres/2012/04/18/03005-20120418ARTFIG00679-paul-leautaud-journal-particulier-1935.php
Léautaud es un individuo permanentemente desubicado, que no se siente comprometido con ninguna causa excepto con su propia supervivencia -y la de su “zoológico”, la ingente cantidad de gatos y  perros, además de una mona y varias tortugas, entre otros animales que acogió en su casa; ningún ser humano en ninguna circunstancia merece los sentimientos y las palabras que Léautaud dedica a sus animales de compañía; el deceso de ninguna persona le sume en un pesar tan profundo como la muerte de alguno de sus perros y gatos-:
“En el fondo, sólo he querido, verdaderamente, a estos seres [sus perros y gatos]. El amor a una mujer nunca ha sido muy profundo en mí. Mis cartas de amor sólo expresan deseo físico”; 
ese desplazamiento, en lugar de actuar en su contra, es utilizado para no fijar ningún aspecto de su vida y aprovechar el nomadismo que permite la ausencia de referencias fijas, intelectuales incluídas. Su única fidelidad, a lo largo de su vida, es a la escritura, la única posibilidad de interacción de la que no cabe temer traición alguna. Y ya que la escritura no es más que otra parte de la vida, se debe escribir “silenciosamente”, evitando la retórica -y, por supuesto, la poesía, el culmen de la pomposidad-; todo el esfuerzo que se invierte en callarse redunda en beneficio de lo escrito.
“La fortaleza reside en no admirar nada”.
La omnipresente precariedad de su situación económica jamás fue razón suficiente para obligarle a tomar ninguna decisión que implicara la renuncia a su máxima aspiración: su obra. Relativamente joven, desiste de su relación con una amante por esa misma razón, si bien es cierto que después de haberla utilizado a conveniencia; eso es por lo menos lo que declara repetidamente, aunque conociendo al personaje al lector pueden quedarle dudas razonables acerca de ese motivo. A pesar de su juventud su personalidad profundamente egoísta y misógina empieza a dar señales de vida. Todos aquellos aspectos que no tengan relación directa con la escritura deben considerarse forzosamente en función de ella; incluso la elección de su compañera debe supeditarse a ese empeño: a los treinta años, y a pesar de haber convivido con una mujer, Léautaud mantiene un romance con otra mujer joven; el fin de la relación, impuesto por ella ante la desidia de él -que parece más bien una forma velada pero miserable de provocación para la ruptura- tiene como espoleta el convencimiento de que mantener la relación en forma estable es lo mejor para su tarea literaria.
“Las mujeres son unos seres viles, sin sentido moral, capaces de las peores invenciones en sus momentos de celos o de maldad, capaces de no retroceder ante nada para hacer daño al hombre que les importa, aunque vengan luego y cuenten que estaban locas y pidan que se olvide.”
Esa soledad en la que se recluye ya en su juventud, fruto de un carácter individualista y misántropo hasta la exageración que irá acentuándose con la edad, tiene una finalidad hartamente explícita: restringir la vida social cerca de los grupos literarios para conservar su individualidad, de manera que jamás pudiera considerarse como perteneciente a uno de ellos: los escritores y hombres de letras, en general, sobre todo los más influyentes, acostumbran a ser la diana preferida de sus peores invectivas:
“Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada ni por nadie.”
Cualquier forma de convivencia es para Léautaud un castigo: un trato demasiado frecuente con colegas de profesión afecta de manera negativa, por influencia, a su obra: es una cuestión cualitativa que no está dispuesto a permitir. En cuanto a la convivencia doméstica, si bien tiene la ventaja de facilitarle lo esencial para su supervivencia, sexo incluido, también genera distracciones y turbaciones que le restan un tiempo que debería ocupar en escribir.
“He pasado toda la tarde con Bl…, corrigiendo las pruebas del Stendhal. Esta lectura pone de nuevo mi mente en movimiento. Lo hemos interrumpido un momento para ir a hacer el amor.”
Una ambivalencia poco edificante que contradice las firmes convicciones de que hace gala Léautaud a lo latrgo del Diario, se manifiesta explícitamente en todas las vertientes de su vida. Por ejemplo, la búsqueda de la aprobación general de las personas afines y de los cenáculos literarios, principalmente los relacionados con el Mercure y el grupo de los Goncourt, y las repetidas y enfáticas manifestaciones de independencia y de no querer formar parte de ellos. Pero también en lo referente a la vida personal asoman muestras de cierta disonancia; a pesar de que sus aspiraciones literarias no buscan el éxito de público, pues reconoce que sus libros son minoritarios, el miedo al fracaso y a la irrelevancia, alcanzados ya los cuarenta años, le atenaza y le produce la mayor desazón. Preocupado seriamente porque a su edad aún no ha conseguido nada, duda incluso de perseverar en su programa literario ya que no está seguro de si el público lector estará, en un futuro próximo, a la altura de saber apreciar su producción literaria.
“¿Dónde estaré, qué haré, cómo viviré a los 50? Cuando no se ha llegado más lejos a mi edad, apenas cabe esperar nada después. Mi caso será únicamente un tanto particular, dadas todas las ocasiones por las que habré pasado, por falta de reacción, por la dificultad para interesarme por las cosas, por falta de deseo, de ambición. Lo he anotado cientos de veces. Sin embargo, cuántos jóvenes escritores, a mi edad…”
El Diario está repleto de continuos reproches a su carácter, principalmente a su timidez, a su insociabilidad, pero incluye también una extraña satisfacción por mantenerlo incólume. A los cuarenta años, vislumbra con lucidez un futuro personal nada halagüeño, pero se diría que lo acepta pasivamente, que no sería capaz de cambiar de rumbo, ni literaria ni personalmente, y que, probablemente, si pudiera, tampoco lo haría. No existe ningún propósito de enmienda y, más que conformarse con ese futuro sin posibilidades, hará cuanto esté en su poder para que estos desesperanzadores augurios terminen cumpliéndose.

La vida doméstica es fuente de todo tipo de inconvenientes; el más citado es el de la convivencia con mujeres de extracción social desigual, con las que no puede compartir nada excepto un sexo -si se puede llamar “compartir”- pulsional y urgente, y con respecto de las cuales siempre acaba quejándose por las turbaciones que representan y por el tiempo que roban a su vida intelectual. No obstante los repetidos reparos, la muerte de su amigo y marido de su amante le obliga, ante el rechazo de ésta desde su viudedad, a nuevos cambios domésticos y habitacionales; entre esos cambios, reemprende una relación con A., virgen y treinta años menor, no sin reparos, no tanto morales como referentes al efecto sobre su trabajo literario.

La amistad más inocente, la de la niñez, desaparece cuando crecemos y alcanzamos el uso de razón adulto; la amistad de la juventud, la más cómplice, se va al llegar las preocupaciones de la maduez; las connivencias de la edad adulta son completamente interesadas, y sobreviven mientras existan réditos comunes; incluso el matrimonio, en cualquiera de sus variantes, es un contrato eminentemente utilitario. Así pues, más allá de las apariencias, la realidad es que siempre acabamos solos, así debemos vivir y así moriremos.
“Por supuesto que siempre he situado mi trabajo por encima de todo. Me decía: algún día. Cuando iba al teatro, por ejemplo, a la Comédie, donde me pasaba media vida, y veía a las mujeres, me decía: algún día. Hoy ya no tengo ese pretexto. Todo esto no es muy divertido. En el fondo, soy como esa gente que no ha vivido. Desde luego, he conocido placeres muy grandes, muy grandes, con los libros, escribiendo, pero no he vivido. Hoy, los libros ya no me interesan. No pueden enseñarme nada. Nunca me enseñaron gran cosa. Y es demasiado tarde para lo demás.”
Así pues, todas las relaciones que mantiene con mujeres se convierten, al poco tiempo, en tormentosas, sean sus medio-estables parejas o las protagonistas de encuentros esporádicos, sean sus admiradoras o simples lectoras, sean, sencillamente, desconocidas con las que coincide en un espectáculo. Afectado por una irredenta misoginia, se mueve entre la ignorancia -aunque la culpable, sostiene, sea la timidez- y el más absoluto desprecio. Y tampoco es que la proximidad aliente cambios de actitud, pues cuanto más cercana -la “amiga” que cita continuamente, con la que sostiene una larga relación basada en cierta afinidad sexual y belicosidad irredenta en el resto-, más sujeta a la incomprensión e, incluso, al odio más explícito.
“¡Que sinvergüenza! ¡Qué no habré visto, en estos quince años! ¡Por qué momentos no me habrá hecho pasar! Pensaba esta tarde en ciertos momentos, en Pornic. ¡Dios! ¡Los momentos de espantosa tristeza que me habrá hecho sentir! Momentos en los que uno sólo puede poner la cabeza entre las manos, asqueado de todo. Y aún sigo aquí, hoy, sin tener el valor de coger mi sombrero y adiós muy buenas. ¡Que el diablo se lleve el día en que la conocí! En el fondo, no me perdona haber conservado siempre mi juicio sobre ella. Prueba de que en cuestión de amor, para ser feliz, hay que ser un imbécil.”
El Diario está repleto de las circunstancias que facilitan, con un margen de error mínimo, la perfecta caracterización del personaje; su relación con el dinero y con la forma de conseguirlo -y de acumularlo y de no gastarlo- fue siempre conflictiva, principalmente si se mezclaba dinero y literatura. El caso del desencuentto con el Grupo de los cincuenta y cinco es tal vez el mejor ejemplo: esa asociación filantrópica formada por escritores de éxito y editores concedían una subvención anual a fondo perdido a escritores con dificultades económicas, pensión para la que Lérautaud es propuesto como beneficiario. La cantidad facilitada, incondicional, sin que tenga que aceptar ningún compromiso ni ejecutar nada a cambio, desahogaría su situación económica, pero Léautaud se resiste a aceptarla, tiene escrúpulos con el qué dirán sus colegas y sus enemigos, e inicia un tira y afloja sin sentido: sólo la mitad, sólo para pagar el alquiler, siempre empeñado -a diferencia de lo que perciben sus próximos- en que sus necesidades no son perentorias. Finalmente, acaba aceptando, medio a regañadientes, con la excusa de sus animales y del previsible aumento del alquiler, y obviando todos los reparos que adujo para autojustificarse y, en definitiva, dejar en el Diario una imagen más coherente con el personaje que va labrando en él que con su propia persona, mucho más miserable y avariciosa de lo que él mismo se retrata.
“Me vuelvo novelesco al envejecer. Me paso el tiempo leyendo novelas de amor. Es para reemplazar lo que había amado y la vida no me ha consentido. Me doy cuenta de que no soy tan seco como se podría creer. Parto con mis héroes en sus aventuras. Sueño, río, deseo, sufro con ellos. Cuando cierro el libro, tengo como un pellizco en el estómago y contengo con esfuerzo la necesidad de llorar. Al menos por unas horas he escapado a mi vida mediocre, han tenido objketo mis sueños inútiles.”
Léautaud es un inadaptado, incapaz de encontrar su lugar en el mundo y en los tempos que le han tocado vivir, pero con un espíritu tan perverso y contradictorio que ninguna circunstancia, incluso si fuera establecida por él mismo, contaría con su aprobación. 
“Es difícil tener ingenio con gentes estúpidas.”
Disiente por naturaleza, abjura de la disidencia cuando ésta es aceptada por la mayoría, y aunque de firmes e inalterables convicciones, es incapaz de sumarse a ninguna causa colectiva.
“Cajas de cerillas, una botella de farmacia para la Barbette [una gata]. Mi cama, que hago aproximadamente cada dos meses, y el orinal en la antecámara para no tener que bajar a orinar, y yo allí dentro, en medio de todo eso, con el pantalón agujereado, las viejas zapatillas, la chaqueta rota, el gorro de algodón, las gafas sobre la nariz, un fular amarillo en el cuello, una manta de lana anudada por delante y sujeta por encima con dos cintas.”
Preocupado por los efectos de la guerra sobre la vida cotidiana y, particularmente, sobre su vida literaria, Léautaud deja filtrar su posición política, a pesar de todo difícil de fijar: furibundo antinacionalista, una ideología a la que achaca los mayores desastres de la humanidad -“el patriotismo crea decididamente muchos imbéciles”- y todas las guerras, especialmente la I Guerra Mundial, oscila entre un anarquismo de extrema derecha y una neutralidad trabajosamente defendible. Muy crítico con el papel de Francia al inicio del conflicto -y con la dirección del Estado a cargo de un judío-, parece querer ignorar, aunque ello no signifique comprenderlo, el propósito de Hitler; caso de tener que decantarse por alguna de las partes en conflicto, no lo haría ni por Francia ni por Alemania y sí por su adorada Inglaterra. A medida que avanza la guerra, critica con dureza la censura y la intoxicación informativa por parte de las autoridades, siempre dirigidas ambas a mantener la iniciativa en el aspecto mediático, uno de los campos de batalla que devendrán principales, igual de cruento que el real pero menos sanguinario. Pero, como siempre, Léautaud, primero: su mayor preocupación es salvaguardar la integridad de sus papeles y buscarles un refugio para el caso de que los alemanes conquisten París. En cuanto a sí mismo, no encuentra razones suficientes para huir: está su trabajo y el cuidado de los animales que tiene recogidos, pero también la convicción de que ni tan solo el asedio a la capital será tan grave después de la claudicación de Vichy; se diría que la angustia de la huida es peor que el peligro que asume quedándose.
“No es valor. Es cuestión de sangre fría, de razón, de indolencia, de indiferencia.”
En esta situación de éxodo masivo, Léautaud vive la ocupación de París y, a pesar del revuelo correspondiente, su vida doméstica apenas se ve afectada, aunque la situación le sirve para confirmar el mal concepto en que había tenido a las autoridades gubernamentales francesas.
“La derrota me es totalmente indiferente. Tan indiferente como la primera visión de un soldado alemán la otra mañana. Es el precio por demasiadas necedades, incapacidades, imprevisiones, súbito montaje. Esto es lo que cuenta para mí. Esto se paga. Llevo quince días diciéndolo, cuando puedo hablar con gente de confianza: “Hitler está en su papel. Nosotros teníamos que hacer el nuestro. La estupidez se paga en la vida de las naciones como en la de los particulares”.”
A pesar de las incomodidades a las que se ve sometido por la ocupación, incomodidades prácticas de orden doméstico, como el desabastecimiento o el efecto sobre el transporte público, Léautaud sobrevive, profesionalmente, con relativo confort ya que la censura que aplican los alemanes es más de carácter político, que a él le tiene sin cuidado, que moral, que sí podría afectar a su obra. Sus reparos son, principalmente, contra la estupidez de las autoridades, y en este punto, los gobernantes franceses no tienen nada que envidiar a los invasores. 
“Comprendo todo, disculpo todo, me rindo ante todo. No ante la estupidez.”
Con el fin de la ocupación a la vuelta de la esquina, el Diario deja en un segundo plano las referencias literarias para convertirse, gradualmente, en un Diario personal.
“No me siento apegado a nada, a no ser algunos animales que tengo, a los que tanto me cuesta en este momento alimentar, dándoles mi carne, compartiendo mi pan, mis pastas, mi mantequilla, y Dios sabe al precio al que la pago. No espero nada de agradable, ni siquiera en el terreno espiritual, aún menos en el terreno social, de la sociedad que se anuncia. He llegado al límite del asco y del desprecio.”
Ese límite, inmerso el autor en la última parte de su vida, parece provocar una acentuación de aquellas características personales más censurables; sirva como ejemplo su incurable avaricia: Léautaud confiesa al lector, no a sus contemporáneos, poseer fondos suficientes para vivir con cierta holgura los años que le resten de vida, pero regatea el precio de un colador o de cualquier otra compra insignificante, siempre que no esté destinada a su “zoológico”. Se acentúa también, debido al aislamiento al que le obliga su estado de salud, su misogonia y su misantropía, cerrando toda relación social hasta el aislamiento definitivo.
“A veces me entretengo contemplando lo que habrá sido de mi vida. ¿Mi infancia? Todo lo que debía ser la continuación, en más pequeño. ¿Mi literatura? Una serie de victorias considerables sobre mí mismo, de tanto como me ha faltado siempre la ilusión en mí mismo, la ambición, cualquier ideal. ¿Mi hogar? Estoy en mi casa, en mis habitaciones casi vacías como un hombre que acaba de mudarse esa misma mañana. ¿Mis amores? Me habría gustado la belleza, la ligereza, la elegancia, la aventura: he tenido siempre una especie de guiso ilegítimo. ¿El dinero? Siempre he tenido que trabajar. Aún sigo trabajando para ganarme la vida, pasando mis jornadas enteras entre las cuatro paredes de un despacho. ¿Los placeres de la mesa, los buenos platos, los buenos vinos, con alegres comensales, todo lo que dicen que despereza todo el ser? Bebo agua, como yo qué sé qué cosas en una esquina de la mesa, como una tarea que hay que cumplir. ¿Los amigos? No sé demasiado…. si los tengo, y si lo soy para alguno, a no ser para Rouveyre, un gracioso espécimen como yo. La verdad es, más bien, que el mundo entero podría desaparecer sin que me afecte. Veo encantado a este, al otro, pero si no los viera, sería lo mismo. Lo que me gusta, lo que me place, lo que habría deseado, lo que lamento, lo que anhelo, lo que me apasiona, creo que a todo eso puedo responder: nada.”
La última anotación del Diario lleva fecha de 17 de febrero de 1956; cinco días más tarde, después de pronunciar sus famosas últimas palabras -“Maintenant, foutez-moi la paix”-, murió.

La literatura como forma de vida

Paul Léautaud en el sanatorio de su amigo el doctor Le Savoureuxhttps://fr.wikipedia.org/wiki/Paul_Léautaud
“En literatura, hay […] dos formas de alcanzar la originalidad. Están los escritores que examinan primero lo que se hace alrededor de ellos, y que, hecho esto y planteado, cogen el ámbito no explorado, no utilizado, o el menos utilizado. Es la mala forma, la que equivale a nada. Está también la que consiste en examinar todo lo que se hace y, al examinarlo, relacionarlo con uno, para medir lo que contiene de uno mismo, en qué medida se adhiere a uno, y en rechazarlo, naturalmente, pues ya se ha hecho, para agotar todo lo conocido, lo ya hecho. Se procede así a una especie de eliminación de todo lo que no es estrictamente uno mismo, […] que hace que uno triunfe al fin […] puesto que, en realidad, es su yo, en tanto que pudiendo ser expresado, lo que se ha encontrado. Para decirlo todo, la originalidad es un cálculo, el resultado de una operación, y una operación en la que uno se repliega sin cesar, lo que supone una gran cultura, una gran adquisición, y una clarividencia, y una posesión de sí extremas.”
Hijo de unos padres -ambos pertenecientes al mundo del espectáculo- que le abandonaron a su suerte, la escritura de Léautaud, sin caer en la trampa de la terapéutica, sí parece poseer este efecto rehabilitador sobre el propio autor: condenado por las circunstancias a vivir una vida provisional, la escritura de un Diario sería, entre otras cosas, una forma literaria de fijar el pasado.

Aún sin haber consenso total al respecto, parece que la forma literaria de diario mantiene, pese a su ambigüedad, unas características propias que le diferencian de cualquier otro producto literario y que, aunque fuera por eliminación, se podría llegar a un acuerdo sobre su definición. En el caso de Léautaud, el hecho de que esta obra abarque más de sesenta años le otorga una gran variedad de registros, desde los puramente enumerativos hasta largos e intrincados planteamientos teóricos, desde entradas en las cuales la fecha es fundamental hasta las que podrían carecer de ella sin que se resintiera ni la unidad de la obra ni su carácter sucesivo. Incluso la eterna discusión acerca de si un Diario debe ser para uso exclusivo de uno mismo o si piensa hacerse público está fuera de toda duda: Léautaud se retrata sin complejos hasta tal punto de que su Diario podría calificarse de confesión, y no pone más límites a la privacidad o a la consideración del prójimo que las abreviaturas de los nombres de algunas personas cuyo retrato no es demasiado halagüeno -iniciales que, naturalmente, han sido perfectamente descifradas por sus exégetas-; en cuanto a la publicación, la misma obra relata los avatares de la edición de los primeros volúmenes, aquellos cuya conversión en libro para el público tuvo lugar durante su vida. Teniendo en cuenta esta consideración, es posible cuestionar la sinceridad y la fidelidad de la obra, pero el propio autor facilita las claves suficientes para, incluso, descartar las afirmaciones más vehementes o los reparos más críticos.
“No soy nada brillante, en literatura. Primero, no consigo involucrarme del todo. Lo que se hace en torno a mí no me interesa lo suficiente. Lo noto cada vez más: sólo me interesa una cosa: yo, y lo que me pasa, lo que he sido, en lo que me he convertido, mis ideas, mi recuerdo, mis proyectos, mis temores, toda mi vida. Tras esto, pierdo fuelle. Lo demás sólo me interesa si tiene relación conmigo.”
Una de las preocupaciones más insistentes de Léautaud es la referente al estilo; firme partidario de la espontaneidad, considera a ésta el mayor mérito a tener en cuenta a la hora de juzgar una obra literaria, característica que debe situarse muy por encima de la elaboración: lo peor de un texto es que contenga “un exceso de arte”.
“Esa diferencia que a menudo se ve en un mismo autor, entre el estilo de sus cartas, el estilo de su Diario, si es que tiene uno, y el estilo de sus artículos, de sus libros, es no obstante algo curioso. No se puede negar que el primero es superior al segundo, con todo el interés de lo natural, de lo verdadero y de la espontaneidad. No se puede negar que desde el momento en que escribimos un artículo, un libro, para el público, en una palabra, todos utilizamos más o menos la retórica, tenemos todos algo de afectado, incluso aquellos de nosotros que somos más sencillos. Lo he pensado esta mañana por mi experiencia personal: el estilo de mi Journal, y el estilo de mis crónicas.”
Para ilustrar esa elección, Léautaud enfrenta a dos gigantes de la literatura francesa: Stendhal y Flaubert. Adjudica al primero un estilo natural y espontáneo, que siempre ofrece un resultado invariablemente mejor que los textos que han padecido una trabajosa elaboración, que acaba desnaturalizando el texto original. La búsqueda flaubertiana de le mot juste no sería, para Léautaud, más que dotar al texto de ese sobrante de arte que abomina: “acoger, organizar lo imprevisto, es stendhalismo”; rechazar, recortar, elaborar, flaubertismo, el exceso a evitar.
“Escribir tiene que ser como hablar y no una mera construcción de frases.”
Sobreviviendo en una supuesta carencia de medios económicos realmente triste, pues sus ingresos se limitan a lo que cobra por los derechos de sus libros, todos con ventas mediocres, y de algunas colaboraciones en revistas, se le ofrece, en 1908, incorporarse a la plantilla del Mercure de France, relación laboral que durará prácticamente toda su vida. A pesar de que el Mercure es, junto con la Nouvelle Revue Française, uno de los centros de influencia más importantes a nivel literario, sorprende el poco beneficio que parece sacar de su relación con los escritores y el mundo literario más relevante de la época. Por una parte, parecería que el celo con que guardaba su obra le impidió unas relaciones más estrechas; sin embargo, y dada la separación estricta que mantenía entre su vida social y su actividad intelectual, más parece que la razón principal fuera mantener su obra inmune a las influencias que esas personalidades pudieran ejercer sobre su producción literaria.
“La influencia de las gentes que frecuentas. Schwob, acostado, débil, de vida tan fina, encontrándolo todo vano, sin interés, viviendo dentro de una débil luz, obligado a pedir ayuda para moverse, con unos “¿para qué?”, acerca de todo. Uno sale de allí diciéndose: “¿Para qué?” Así como, por el contrario, el espectáculo, la proximidad, la frecuentación de un hombre activo, alerta, de humor vivo, ardiente, te anima e incita al trabajo. Hay sin duda una higiene en lo social como la hay en la lectura -esos libros que hay que guardarse mucho de leer, por muy admirables que sean, o que digan que son-.”
Una de las numerosas manifestaciones del carácter egoísta de Léautaud viene declarada  por su aseveración de que, incluso literariamente, al no existir objeto de interés mayor que él mismo, puede afirmar que no existe ningún libro que haya ejercido una influencia relevante en su obra. Es más, ni siquiera le merecen ninguna consideración -apenas diez, dice- los libros cuyo sujeto es el propio escritor; no es extraño, por tanto, que dos de las obras más admiradas y más repetidamente citadas sean Recuerdos de egotismo y Vida de Henry Brulard de, otra vez, Stendhal. Este enfermizo interés por sí mismo es considerado por Léautaud como un signo de madurez y de altura moral, que se ha visto completada por sus experiencias de su vida familiar.

A pesar de su repetido rechazo al reconocimiento público, Léautaud pretende el Premio Goncourt, para lo cual intenta mover, en esta ocasión, toda la influencia de sus relaciones con editores y miembros de la Academia para que le concedan el galardón, e intenta que se publique su libro, Amours, justo para que el Jurado lo tenga en cuenta, y caso de no ser posible por cuestión de fechas, presentar como alternativa un texto anterior. En ese episodio detalla a la perfección y sin ningún tipo de censura el proceso para la presentación de los textos, las influencias a que puede someterse la Academia, la búsqueda de mayorías, las presiones dirigidas al Jurado y el juego subterráneo de afinidades y diferencias. En todo caso, la importancia del Premio, ya en aquella época pre-mediática, era mayúscula, y podía significar la consagración definitiva del escritor. Finalmente, el galardón se concede a los hermanos Jerôme y Jean Tharaud por Dingley, l’illustre écrivain
“Cuando se es escritor, el temperamento está por encima de la emoción.”
De su pobre ambición dan ejemplo numerosos casos citados en el texto, pero tal vez la mejor muestra sea el rechazo de la oferta que le plantea André Gide en persona para cambiar su trabajo en el Mercure por otro en la Nouvelle Revue Française. Léautaud aduce mil excusas, a cuál más increíble -incluída la afirmación de que su trabajo en la N.R.F. no sería útil, tal vez la más peregrina-, pero lo cierto es que está acomodado en un trabajo que le exige poco y al que dedica menos, y no está dispuesto a perder esta conquista ni aún cuando el cambio le reportaría más prestigio y sería, seguramente, mucho mejor remunerado. No obstante, acepta hacer colaboraciones esporádicas, no tanto por el pestigio ni -asegura- por el dinero, sino porque el Mercure ha cancelado por razones poco claras una colaboración periódica, aunque sigue pensando que su remuneración en la N.R.F. es exagerada.
“Hoy, tengo cincuenta años, estoy enfermo, tengo menos entusiasmo, sólo deseo la soledad y el silencio. Las cosas que me ofrecen no tienen atractivo para mí. Me río de todas esas bellas palabras que me dicen por todos lados, y si lo agradezco, dando la impresión de aceptar todas las ofertas que se me hacen y prometer una respuesta, es sabiendo bien que no sucederá nada por mi parte.”
Pero la independencia tiene un precio que Léautaud siempre aceptó pagar: dimitió de la N.R.F. por diferencias con la dirección respecto de una crítica teatral adversa y la consiguiente negativa a edulcorarla. Poco tiempo después, dimitió también de Les Nouvelles Littéraires por no respetar la libertad de redacción que le habían prometido, aunque con ello perdía dinero y, aunque no lo confiese explícitamente, el reconocimiento de los mandamases del mundillo literario y, quién sabe, tal vez un sillón en la Academia.
“No escribo para los lectores. Escribo para mí.”
A medida que, más debido a su pasado trabajo en el Mercure que a su propia producción literaria, va trabando conocimiento con más escritores y aumentan sus relaciones profesionales con los demás agentes de la escena literaria francesa -en la Francia de entreguerras Léautaud ha sobrepasado ya la cincuentena, y sigue en la misma precariedad-, menos incluído se siente en la sociedad literaria y más se acentúa su censura a los diversos cenáculos, verdaderos grupos de presión que alcanzan, incluso, el nivel polítioco. Léautaud, íntimamente desengañado con respecto  a un reconocimiento literario que sabe que no va a alcanzar, se refugia en su independencia y en lo que centrará los años que le quedan de vida: su “zoológico” doméstico.
“Y hay gentes que se toman un trabajo del demonio para establecer relaciones, hacer amigos, hacer hablar de ellos, de lo que escriben, que frecuentan a unos y a otros, con zalemas y que prodigan cumplidos. Yo nunca hice nada de todo eso, he permanecido apartado, sin ir a ningún sitio ni pedirle nada a nadie, y poco adulador más bien hacia mi persona, como en mis escritos, y resulta que soy conocido, que se me aprecia, que despierto simpatías, y que incluso la gente a quien he fustigado se interesa por mí, y eso siendo además un escritor sin volúmenes, un escritor que sigue siendo un escritor de revista.”
Preocupado por las malas críticas que, realmente, nadie le hace, mostrando cierta paranoia con respecto a comentarios inocentes referentes a su vida, que le son bastante indiferentes excepto cuando tratan de su “zoofilia”, o a su obra, ante la que es mucho más celoso, tendiendo a malinterpretar todo aquello que se publica, sea favorablemente -“el crítico no ha entendido nada”- o desaprobadoramente -“el crítico no está capacitado para juzgarla”-, su trabajo y el contacto continuo con el medio literario no son nada favorables para permitirle huir de esa persecución.
“Esta mañana, al levantarme, he lamentado bastante haberme dejado atrapar por este asunto de la ayuda. Y es incluso decir poco: siento una especie de fastidio. Me he levantado cada mañana con la idea de escribir (al ministro) que estoy muy sorprendido, que he pasado por un momento difícil, que unos amigos lo han sabido, que me hablaron de la posibilidad de una ayuda, que ya se ha solucionado todo, que se lo agradezco infinitamente, y que no necesito nada. La dificultad de darle la vuelta, aun cuando Saltas, intérprete de Laubreaux, me habló de una subvención, es lo que me desconcierta. Digo hoy lo que siempre he dicho: cualquier dinero que no me permita cambiar de vida -e, incluso, ¿la cambiaría?, estoy muy instalado en la rutina- no me interesa. Esto es también la verdad, que es lo que cuenta. Sólo tengo que trabajar, escribir, en vez de sumirme en el marasmo, en mi desencanto de espíritu, de soñar con lo que tengo que hacer en lugar de hacerlo, y el dinero vendrá.”
En 1841, a los 69 años, sus diferencias con la dirección del Mercure llegan al máximo y es despedido, después de 45 años de relación profesional; más que un problema, al menos en cuanto a que va a dejar de tener un ingreso fijo, ve la solución definitiva a su eterna falta de tiempo: ahora podrá disponer del necesario para escribir y para ocuparse de su obra. En cuanto a asegurar su supervivencia, Léautaud busca los ingresos de las fuentes que le quedaban por explotar: pensiones, subvenciones, premios, tal vez algún trapicheo; ninguna solicitada, todas aceptadas un poco “a la contra”, algunas a regañadientes, otras rechazadas por el desprestigio personal que representaría vivir subvencionado, además, por unas autoridades que aborrece; pero aprovechadas para asegurar su manutención. 
“¿Qué es la literatura” ¿Qué es escribir, se trate de verso, de prosa? Una enfermedad, una locura, una divagación, un delirio -¡¡¡sin contar con la pretensión!!!-. Un hombre sano, de espíritu sano, firmemente asentado, firme en la vida, no escribe, ni siquiera pensaría en escribir. Contemplándolo más de cerca, la literatura, escribir, son puros infantilismos.”
El Diario literario de Léautaud es un hito de la literatura memorialística al nivel de los mayores representantes del género; esta edición de Fuentetaja, a la que cabe adjudicar  únicamente algunos reparos en cuanto a la traducción, es la oportunidad para los lectores en castellano para acceder a uno de los autores más llamativos de la literatura francesa.

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