21 de noviembre de 2016

Éxodo

Éxodo. Lars Iyer. Pálido Fuego, 2016
Traducción de José Luis Amores
“Estamos aquí para irnos.”
W., un personaje acerca de cuya identidad podría especularse casi indefinidamente -aún cuando esa inicial parece facilitar pistas que igual sirven solamente para despistar al lector-,  expulsado de la Universidad pero readmitido a la fueza debido a un tecnicismo legal; y Lars, su inseparable acompañante, que comparte con Iyer, entre otras cosas, el nombre de pila, marchan en esta tercera entrega a realizar una gira de conferencias por Reino Unido para conmemorar la definitiva e irrevocable desaparición de las Humanidades de las universidades británicas. La Filosofía es una disciplina inútil que debe esfumarse de los programas de estudios para dejar sitio a los conocimientos útiles, prácticos, a la economía y a la tecnología. La Universidad, esa institución benéfica de los tiempos de abundancia, con su espejismo de igualdad, debe reciclarse para pasar de formar ciudadanos a fabricar súbditos y, llegados los tiempos de escasez, buscarse socios privados que la sostengan, la dirijan y bajo cuyo mecenazgo se adoctrine a las élites destinadas a sucederlos.
“El cadáver de la universidad flota bocabajo en el agua, eso es lo que siempre le digo, dice W. Nosotros lo empujamos con palos. Ninguno de los dos se lo puede creer. ¿De veras está muerta, la universidad?, me pregunta W. ¿De veras ese cuerpo hinchado y de rostro azul es su cadáver? Sí, está muerta de verdad y ahí flota, bocabajo, le digo. De nada sirve fingir lo contrario, ya no. La universidad ha muerto y ese es su cuerpo.”
Alumnos sobreentrenados en tareas competitivas, espoleados para progresar indefinidamente, excitados por el olor del éxito y persiguiendo inasequibles al desaliento la excelencia, habrán perdido la capacidad de degustar el sabor de la derrota, a lucir el aura del vencido, a recorrer el peregrinaje de la pérdida, a degustar la poética del fracaso. Atléticos y anabolizados, sobrealimentados, sonrosados como el culo de un mandril, llamarán a nuestras puertas, no, las echarán abajo sin llamar, y se colarán en nuestras estancias como la humedad, como las ratas, para ocupar nuestros sitios, tomando el timón para la irrastreable singladura hacia el futuro. Perfecto.
“Los tiempos están cambiando, dice W. Toda una época termina. Su temor es que seamos nosotros sus enterradores, dice W. Que el foso que hemos cavado para nosotros -el desastre de nuestras carreras, la ridícula pose de nuestras vidas como pensadores- sea la sepultura en la que la filosofía sea depositada… Platón se revuelve en su tumba, dice W. Kant da vueltas como un trompo en su tumba. ¿Vio Cohen lo que se avecinaba? ¿Lo vio Cassirer?”
Todos los ataques a la Humanidades han sido entablados porque diversos, aunque coincidentes en los fines, agentes las han considerado un enemigo a batir. Siendo así, las Humanidades han desplegado sus ejércitos, diseñado sus estrategias, y planteado batalla. Este último ataque, el definitivo, sin embargo, no se ha proyectado desde la hostilidad manifiesta sino desde la desconsideración, relegándolas al campo de la irrelevancia; y contra esa acometida no existe defensa posible. W. especula con que tal vez la única protección sea la autodestrucción, y que la Filosofía vuelva a las calles desde donde una nueva generación de pensadores cínicos puedan escupir al poder, siempre que sean capaces de encontrarlo personalmente.
“Pensadores con mentes como cepos de acero.”
Mientras tanto, en el mundo exterior, la desolación se adueña de todo lo existente; no es la destrucción, pues ésta ya ha tenido lugar, es un paso más allá, porque los cascotes ya han desaparecido, cubiertos por una capa del polvo de la irrelevancia, y la ignorancia ha rellenado, en un avance lento pero constante, los antiguos socavones. En la pausa de una conferencia en Manchester, mientras W. deja el atril a Lars, el silencio de la sala queda roto por el pitido de un vehículo de la construcción maniobrando en la calle: el signo de los tiempos, una conferencia crítica con el capitalismo interrumpida por la máxima expresión de éste, la construcción desenfrenada, el epítome de la especulación:
“¿Siguen construyendo?, dice W. Siempre, le digo. Noche y día. Ahora están empezando una nueva excavación, le cuento. Los sótanos ya han sido cavados -muy profundos, casi hasta el centro de la Tierra- y colocados los cimientos, le cuento. La estructura progresa, así como los encofrados y la maquinaria de elevación. Han cavado zanjas enormes para tuberías de servicio, en largas hileras, como fosas comunes…”
Ya no quedan ni siquiera grietas, testimonio mudo de que algún día incierto existieron paredes; las certezas han sido sepultadas bajo toneladas de relativismo, y los tiempos verbales que expresan pasado han sido borrados de los manuales de conjugación; incluso el presente se ha convertido en un tiempo ficticio que ha sido sacrificado en beneficio del único tiempo verbal que conjugaremos: el futuro perfecto.
“Estos no son nuestros tiempos, coincidimos. Pero, ¿de quién son? Son tiempos de inversores y financieros, concluimos, de promotores urbanísticos y especuladores. Tiempos de asociación público-privada y urbanizaciones cerradas. Tiempos de monumentos de palcos de acero al crédito. Tiempos de emprendedores mercantiles, que venden su alma al capital para recomprarla de inmediato.”
La nuestra no es una generación perdida sino una generación exterminadora: hemos decepcionado las esperanzas que nuestros antepasados pusieron en nosotros, de nuestros ancestros que vivieron y murieron con la certidumbre de que podía mejorarse la vida en este mundo y de que nosotros estábamos, por primera vez en la Historia, preparados para llevarla a cabo; amputaremos las posibilidades a nuestros descendientes, legándoles una civilización agotada asentada en un mundo esquilmado e inerte. La desertización de la naturaleza no es más que el síntoma externo de la desintegración del pensamiento, la unificación de lo peor, la nivelación por lo inferior. La pérdida de la biodiversidad nada más que la sustitución del razonamiento por las consignas: el fin, sin remisión posible, el escape inviable.
“La idiotez no es absoluta, dice W. Hay clases de idiotez. Tonos de idiotez. Su idiotez deleuziana es muy distinta de su idiotez rosenzweigiana, dice W. ¡Muy distinta de su idiotez kierkegaardiana! ¡W. experimenta los límites del pensamiento de manera distinta con cada filósofo que lee! ¿Y no es esa la única razón para leer?, dice W.: ¿experimentar tus límites de otro modo? ¿Experimentar tu idiotez?”
El capitalismo salvaje no es solamente un cambio de era, es también un cambio de paradigma:
“Estamos en los inicios de una nueva era, dice W. Una era resplandeciente. Una era de acero y ventanas. Y vendrán hombres y mujeres de esa nueva era, más altos que nosotros, de ojos brillantes y dientes blancos. Más altos, más esbeltos, con mejores conjuntos de habilidades.”
La evolución natural comete a veces errores en forma de callejón sin salida, como el caso del dodo, felizmente desaparecido, o del ornitorrinco, híbridos monstruosos sin ninguna finalidad evolutiva. La evolución social, en cambio, hábilmente corregida y redirigida, posee un cometido inexcusable: la supervivencia del más capaz, de aquel que puede realizar valiosas aportaciones a la preservación y al progreso de la clase a la que pertenece con el fin de alcanzar un próspero y brillante futuro. Perfecto.

Contra esa conspiración de las élites utilitaristas sólo cabe oponer la lucidez del demente. No es que un demente -como un niño o un borracho, como reza el dicho- diga siempre la verdad, es que es el único capaz de alcanzarla. ¿Pues qué han sido todos los grandes filósofos, desde los presocráticos, los primeros, hasta los situacionistas, los últimos, sino dementes a causa de su clarividencia? No se puede pensar y conservar la serenidad sin una pizca de locura en forma de inadaptación, de marginalismo. Sólo el loco puede alertar con libertad acerca del porvenir sin suicidarse inmediatamente, sólo el vate puede profetizar el apocalipsis sin pactar, sea con Dios, sea con el Diablo, la salvación individual. Tampoco la religión nos va a salvar del Apocalipsis, Dios dejado en manos de los verdaderos instrumentos de poder, sean órdenes mendicantes o altas jerarquías del Vaticano; su omnipresencia repercute negativamente en su función supervisora, y la dispersión de las confesiones religiosas impide la concentración de esfuerzos. No será ninguna de estas la razón de su supervivencia, a diferencia de la Filosofía, sino su capacidad de plagio, su camaleonismo y la insistencia por mantenerse siempre al lado del poder, lo ostente quien lo ostente. El loco “abre la mente demasiado”, no está sujeto a religión, la autoridad ni a los prejuicios, de ahí su peligrosidad para el sistema. En el mismo pozo en el que el cuerdo ve un agujero negro, impenetrable y letal, ve el loco la brillantez del futuro. Imperfecto.
“Hubo un tiempo en que W. pensó que había una especie de libertad en nuestra ligereza. Que la bufonería era una especi de liberación, una evasión de la falsa gravedad. Al menos no éramos pomposos: ¿no es eso lo que se decía? Pero ahora sabe que la inanidad no tiene fin, que es como deslizarse como el hielo, dice W. Que no hay fricción, nada que te detenga… y que hace tiempo que hemos dejado atrás a nuestros amigos (a los amigos de W.) en nuestro deslizarnos.”
El pensar ha dejado el campo libre al deducir, la actividad especulativa a la productiva; un razonamiento muestra su validez en función de su utilidad: la Tecnología ha suplantado a la Ciencia, la Sociología a la Historia, la Escritura a la Literatura y la Ética Aplicada a la Filosofía. La última gran época de la filosofía británica transcurrió cuando los filósofos empezaron a beber y a fumar, dejaron las islas y viajaron a París y al Mediterráneo, cuando se convirtieron en europeos; el sol, el mar y el vino les abrieron la mente, y les permitieron ampliar la perspectiva del pensamiento. Esa fue la última Época Dorada. Después regresaron a su niebla y a su lluvia, su cerebro se embotó, volvieron al provincialismo y a la introversión, desterraron cualquier destello de especulación intelectual, se insularizaron de nuevo, y de aquellos polvos vinieron estos lodos.
“Algunos escaparon. Algunos fueron a otra parte. Pero otros volvieron a caer en la britanicidad; cayeron en la asfixiante charca de la britanicidad. Se ahogaron, boqueando, faltos de aire, en Bretaña. ¿No habían visto demasiado? ¿No habían aprendido aquello de lo que carecían? ¿No tenían ahora una idea del gran pensamiento, de la gran política? ¿No habían estado sus cielos llenos de luz, llenos del fuego celestial?”
El regreso de la Filosofía sólo puede materializarse a través de la violencia; es preciso volver a lanzar adoquines a la policía, escandalizar a los biempensantes, atracar los reductos en los que se hace fuerte el capitalismo, pero, ¿quién comandará las huestes vengativas? ¿Los estómagos agradecidos de la Filosofía Académica, que comen de la mano de las grandes corporaciones? ¿Dónde están los situacionsitas de mayo del 68? ¿Sentados en un McDonalds, comiendo panecillos sin gluten y hamburguesas veganas, bebiendo Coca-Cola Zero y abjurando de los fumadores?

Pero aunque la Revolución tal y como la conocemos sea imposible, habrá que buscar nuevos campos de batalla, porque el enemigo no acude a la cita, la Política, la Economía y la Regeneración, los tres grandes adversarios de nuestro tiempo, ya no precisan luchar cuerpo a cuerpo, y sin enemigo no hay lucha ni posibilidad de triunfo: es, de nuevo, la condena a la irrelevancia; toda la preparación, la estrategia, la táctica, han sido inútiles. Y no podemos vencer por incomparecencia del adversario porque el arma que creíamos letal no sirve contra fantasmas. No nos queda más que rendirnos, retirarnos a lamer las heridas que no nos han infligido y desaparecer: ese es el exilio que nos han dejado.
“Nunca hemos vivido: W. está obsesionado con esa idea. ¡Nunca hemos vivido! ¡Nunca estuvimos vivos, ni siquiera un momento!”
La Escritura podría constituirse como el único antídoto contra la infección de la Utilidades, pero una Escritura que trascendiera las escrituras habituales -de las cuales serían un buen ejemplo los cementerios de elefantes edificados sobre los cimientos de las tesis doctorales, las comunicaciones académicas, las publicaciones en revistas especializadas y los papers-, que no consistiera solamente en poner negro sobre blanco un pretendido pensamiento; no debería ser su reflejo ni su materialización, sino una Escritura de pensamiento en acción, la mente retratándose a sí misma en el acto de pensar. Esa es una de las razones por las que la verdadera Filosofía no puede comunicar fielmente en toda su potencia, porque la expresión de un pensamiento, sea en forma oral o escrita, siempre da un resultado estático, fijo, ante la imposibilidad de reproducir la dinamicidad de la mente.
“No debemos tanto buscar ideas, dice W., como dejar que las ideas nos encuentren. No es cuestión de ‘esfuerzo mental’, sino de ‘aflojamiento mental’, dice.”
Si el pensamiento necesita movimiento, los peripatéticos tenían razón: nada mejor para pensar que caminar. Si cuanto más se anda más profundidad de pensamiento se puede alcanzar, la marcha continua llevaría al pensamiento total, y ya que no se puede andar en círculos, como los hindúes, porque en este caso no se hace más que pensar circularmente, el caminar en huida es la única alternativa posible: para escapar del presente de esclavitud, hay que tomar el ejemplo del pueblo judío: el éxodo.

Cuando el pensamiento ha agotado todas sus posibilidades, siempre queda la acción. Y después de que la acción de unos pocos muestre también su inutulidad, sólo queda la acción contra uno mismo, que no es un síntoma de la cobardía escapista sino el del compromiso personal bajo el paradigma de que si la sociedad nos ha condenado a la irrelevancia tampoco notará nuestra ausencia, como no sea ese Éxodo la manifestación de su fracaso -es decir, la misma razón que tiene la religión para abominar del suicidio y considerarlo uno de los peores pecados-.
“Catorce. Estupidez estúpida. Los estúpidos son invariablemente estúpidos en lo referente a ser estúpidos, dice W. ¡No tienen ni idea de su estupidez! Los demás ríen ante el idiota y éste se ríe con ellos. ¡Todo el mundo está riendo!, piensa. ¡Qué divertido! El estúpido no sufre realmente su estupidez, dice W. Deja que otros lo hagan por él.”
O tal vez ese éxodo no consista, realmente, en una traslación en el espacio -Egipto, Sinaí, Canaán- sino en un traslado en el tiempo, un regreso al tiempo de la tierra virgen no hollada por el hombre, a la naturaleza primordial con la intención de comenzar de nuevo y, con la experiencia acumulada, evitar los errores cometidos la primera vez. Aunque, en realidad, ese éxodo sería mucho menos numeroso que el del pueblo hebrero porque a día de hoy nadie querría abandonar el Egipto de la sociedad de consumo, de la estulticia y la hiperconexión, y apostar por el futuro incierto de una travesía del desierto de cuarenta años. W. sí se marcharía; Lars lo seguiría, pero no habría muchos más peregrinos. Sin embargo, no hay conservación sin movimiento, no hay progreso sin exilio, sin abandonar las comodidades domésticas y surcar los mares en busca de una nueva luz.
“¡Maldito sea el mundo!, dice W.. ¡Malditos sean nuestros tiempos!”
Lars Iyer concluye la estupenda trilogía sobre la asfixia de la razón, después de Magma y Dogma, con este Éxodo. Después de pasear a W. y Lars por Europa y Estados Unidos de América, los devuelve a las Islas Británicas para acompañar al sepelio de la Razón; un curioso periplo, teniendo en cuenta su lugar de procedencia, que termina con esa escapada justamente a su propio país, como si el único éxodo posible fuera el repliegue al lugar de origen, como si el único exilio realmente verosímil fuera, después de recorrer el mundo civilizado, el exilio interior. Pero no sólo la triple ubicación de los protagonistas justifica que Iyer haya abordado sus aventuras en tres novelas; es inevitable percibir una evolución -o involución- tanto en los personajes como en el tono a lo largo de la trilogía: lo que en Magma era franca sonrisa, se convertía en Dogma en una leve mueca, para revertir, finalmente, en Éxodo, en una sorprendente tristeza que sobrepasa el tono pretendidamente irónico. W. y Lars han ido perdiendo la esperanza, se han amargado, y han llevado con ellos al lector hacia la pista de despegue de ese futuro tan perfecto como inevitable. 

Éxodo es la escapada hacia la verdad por el camino de la caricatura; el sentido del humor -el cinismo es el sentido del humor llevado a su máximo exponente- descubre mejor y más rápidamente las vergüenzas del poder que el sesudo ensayo crítico, pero además limita la capacidad de respuesta del enemigo, desenmascara su estrategia, y ya no puede echar mano de la demagogia ni del sofismo; ni del propio sentido del humor, por supuesto: el poder carece de tal facultad.


La Trilogía respira un aire indudablemente bernhardiano que recuerda constantemente esa obra maestra que es Maestros antiguos; W. asume el papel del estricto y cascarrabias Reger, dejando para Lars, cuya presencia física no siempre se corresponde con presencia intelectual, el rol de Atzbacher. Las Humanidades adoptarían el papel de El hombre de la barba blanca, mientras que las autoridades académicas representarían a la perfección al staff artístico del Kunsthistorisches  Museum. Incluso en el caso de la forma se dan varias coincidencias, como el uso del discurso indirecto, “dice W.” es un recurso plenamente berhardiano, cuya utilización por parte de Iyer  siembra en el lector la duda acerca de la veracidad de las declaraciones de Lars. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la furibundez de W.; detrás de sus hiperbólicas diatribas se esconde la crítica más feroz; no se extrañe el lector que, en mitad de cualquier andanada dialéctica se le congele la sonrisa. Si Magma era un jab preparatorio que nos señalaba la distancia, y Dogma el uppercut al mentón que nos hacía relajar la guardia, Éxodo es el definitivo straigth-left que nos deja tirados en la lona. Un verdadero Manual de la Subversión.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos a la Trilogía sobre la asfixia de la razón en este blog:
Notas de Lectura: Magma
Notas de Lectura: Dogma

18 de noviembre de 2016

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. I: del siglo XIX a la Revolución

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. 1: Del Siglo XIX a la Revolución. Nevsky, 2016. Introducción de James Womack. Varios traductores.
Obviando a los autores clásicos de la antigüedad cuyas obras podrían incluirse en la clasificación de ficción especulativa, la ciencia-ficción europea y, por inclusión, la rusa, empezaron su andadura a mediados del siglo XIX, coincidiendo con el comienzo del desarrollo científico y con la percepción  de que la ciencia contenía en sí misma el germen para ser una disciplina sujeta a evolución; lo que habían sido intentos aislados y anecdóticos se convirtió, por acumulación de títulos, en una corriente que desembocó en la configuración de todo un género literario.
"Con el cambio de los gustos había cambiado la concepción de la belleza, y con la transformación de la lengua se había esfumado el encanto convencional: las palabras sonoras, como un eco vacío, se habían apagado en el aire, y las imágenes se habían desvanecido como las sombras al aparecer los rayos del sol. Tan solo había quedado la altura de los pensamientos, la fuerza de los sentimientos, el hondo conocimiento del siempre constante corazón del hombre, el luminoso amor a la patria y la verdad sublime de la naturaleza; y la poesía meliflua, formada exclusivamente por palabras e imágenes, se había hecho añicos."
Los autores rusos que se adscribieron a este naciente género, a diferencia de los franceses y del mundo anglosajón, no fueron demasiado conocidos ni sus obras pasaron a formar parte de la literatura popular; es posible que el peso específico de los novelistas realistas en esa verdadera Edad de Oro de la literatura rusa relegara al desconocimiento a los que cultivaron la ciencia-ficción, pero tuvo también su parte de responsabilidad, de forma parecida a lo que sucedía en el resto de Occidente, la infravaloración de este tipo de novelas comparadas con la literatura realista.
"-¡Pues me encantaría creer en algo!- dijo Pavel, animado por sus palabras-. Creer algo en verdad, con inocencia y pasión, como describen en esos libros. Pero me lo robaron todo cuando aún estaba en la cuna. Me envenenaron con su cinismo. Ahota todo me sabe a cenizas. Cómo envidio a esas antiguas familias, con padres y madres, en lugar de ciudadanos numerados."
La idiosincrasia política rusa, tanto en el tiempo de los zares como en los albores de la Revolución de Octubre, señala otra diferencia fundamental en las obras de ciencia-ficción: el reflejo, la crítica o el enfrentamiento abierto con la situación política presente o futura, referencia que será fundamental en el devenir del género a partir del triunfo del bolchevismo. De hecho, existe una vaga pero interesante correlación entre la época histórica y la naturaleza de muchas de esas obras, la que relaciona a las producidas en la época zarista, que acostumbran a ser utopías que desvelan un mundo mejor, y las escritas en época pre-revolucionaria, que adquieren un carácter distópico nada esperanzador.
"Las ensoñaciones científicas de nuestro camarada al principio me provocaban una sonrisa;: pero las teorías se pegan, como la fiebre pútrida, y tal es el efecto de los estudios agudos o especiosos en una inteligencia humana débil, que precisamente las cabezas que antes que nadie alardean de incredulidad, habiéndose impregnado poco a poco de su principio volátil, se convierten en seguidores empedernidos y están dispuestos a defenderlas con fanatismo musulmán. Yo todavía discutía y sonreía cuando de pronto sentí que, entre tanta discusión amistosa, ese condenado alemán me había inoculado su teoría; que ésta se distribuía por todo mi cuerpo junto con la sangre y que se deslizaba por mis venas; que su calor se me había subido a la cabeza; que estaba enfermo de teoría."
En cuanto a los temas tratados, no difieren en esencia de los comunes del género, aunque es cierto que existen algunas particularidades locales que los distinguen del resto de la ciencia-ficción occidental.  La antología no sólo incluye una representativa variedad de autores sino también una diversidad de enfoques, que incluyen un humor tremendamente ácido, y una selección de temas que ofrecen una visión general de una exhaustividad muy interesante: un viaje en el tiempo a un futuro modélico de progreso científico y humano; un viaje a una región mítica, una shangri-la de la naturaleza exenta de la intervención humana, que ha seguido un desarrollo progresivo debido a su evolución natural sin ninguna alteración; el descubrimiento de un pasado común en el origen de todas las civilizaciones de la Tierra, extintas y supervivientes, y de la contribución de la paleontología al conocimiento del pasado; un intercambio epistolar entre dos corresponsales en un futuro lejano, después de un viaje en el tiempo de uno de ellos, entre diversos adelantos tecnológicos y con el ejemplo prestado por el pueblo ruso al frente de todos los avances sociales; un viaje onírico de alto tono didáctico a la Luna en el que se explica con todo lujo de detalles los efectos, al nivel conocido en la época, de la vida humana en el satélite; una distopía que, a pesar de estar fechada en 1906, anticipa la crítica al sistema comunista, a la colectivización y al pretendido paraíso en la Tierra que prometía el sistema soviético; la invención de una máquina azotadora de alumnos díscolos que no supera la fase de demostración; el apogeo y destrucción de la República Antártica de la Cruz del Sur, trasunto terrestre de la colonización de otros planetas, organizada en torno a un sistema colectivista y bajo un régimen dictatorial de apariencia democrática, que sucumbe a una epidemia de "contradicción", una variedad de disonancia cognitiva; y, finalmente, en el que es tal vez el mejor de los relatos, se muestra cómo el avance de la ciencia ha conseguido una sociedad modélica, y la medicina la inmortalidad, y cómo, al final, después de milenios de vida, los sujetos caen bajo el hastío vital, considerando el suicidio como única alternativa posible a la inmortalidad.
"-La vida eterna es una tortura insoportable... Todo se repite en el mundo, así de cruel es la ley de la naturaleza... Mundos enteros cobran forma gracias a la materia del caos, brillan, se extinguen, chocan con otros, regresan al estado de dispersión de la materia, y, de nuevo, cobran forma. Y, así, sin fin... Se repiten los pensamientos, los sentimientos, los deseos, los actos. Incluso es posible que la idea misma de que todo se está repitiendo nos venga ahora a la cabeza por milésima vez... ¡Es horrible!"
Autores incluidos en la antología: Faddéi Bulgarin, Ósip Senkovski, Vladímir Odóievski, Konstantín Tsiolkovski, Nikolái Fiódorov, Alexander Kuprín, Valeri Briusov y Alexander Bogdánov

Traductores: Vladímir Aly, María García Barris, Enrique Moya Carrión, Fernando Otero Macías y Marta Sánchez-Nieves Fernández.

Calificación: ****/*****

16 de noviembre de 2016

Tradiciones


A finales de los 80 estuve en una misión salesiana del norte de Tanzania, una misión que consistía en un cercado que protegía tres chozas: una que hacía las funciones de capilla, otra era un ambulatorio de asistencia primaria, y la última un pequeño hospital para unos pocos internos cuyas enfermedades pudieran gestionarse desde la misión y para partos. Aparte de la asistencia primaria para las numerosas tribus nómadas que pastoreaban cerca de allí, se encargaban de gestionar las diferentes campañas semi-gubernamentales –habría que discutir mucho sobre eso: las tribus nómadas eran un estorbo para ambos países, ya que no sabían de fronteras ni de límites, rebeldes por propia decisión, con lo que su adscripción a uno de ellos o el otro era una cuestión irresoluble que los gobiernos respectivos no tenían prisa en solucionar…- de vacunación y prevención para toda la variedad de enfermedades endémicas de la sabana de África oriental. El hecho de que fueran los salesianos los que gestionaran ese centro, aparte de que el estado tanzano no llegaba a cubrir esas funciones en un lugar tan remoto de cualquier ciudad –la más próxima estaba a más de sesenta kilómetros; había otra más cercana pero situada en territorio keniano y, en aquella época, las relaciones institucionales entre ambos países no eran muy fluidas- se debía a que el cristianismo era la "religión" extranjera mayoritaria en el país, y religión oficial junto con las creencias animistas tradicionales; de hecho, casi todas las personas tenían dos nombres, el swahili y el cristiano.
El elenco asistencial estaba compuesto por un médico y un enfermero pertenecientes a la congregación salesiana, ambos procedentes de Cádiz, dos enfermeros aborígenes, un intérprete que dominaba el masai, el swahili y el inglés, y una médico también tanzana. Ésta, una chica de veintipocos años, estaba efectuando una estancia temporal en la misión, y acostumbramos a sentarnos al fresco, los días que coincidimos, después de cenar para charlar sobre lo divino y lo humano, fundamentalmente de África y Europa. Me contó que había estudiado Medicina en los Estados Unidos gracias al programa para universitarios del gobierno: en Tanzania la educación primaria y algo parecido a nuestra secundaria era obligatoria y completamente gratuita, pero el Estado no tenía posibilidad de cubrir toda la demanda nacional de universitarios, principalmente debido a la dispersión geográfica de las pocas ciudades e innumerables poblados desperdigados por todo el territorio. La solución para esa disfunción era que, a los alumnos que destacaban por sus notas -el número era, necesariamente, muy reducido- se les mandaba a universidades extranjeras con todos los gastos pagados, con el compromiso de volver a su país por un plazo fijado a ejercer su titulación; una vez transcurrido, podían emigrar; este plazo contributivo con quien había corrido con sus gastos universitarios era el que estaba cumpliendo en aquellos momentos, pasado el cual volvería a los EE. UU., donde ya tenía trabajo comprometido en un hospital privado de la ciudad de Boston y, por lo que entendí, un chico, también tanzano y de su misma etnia, que le estaba esperando.
Cuando hablábamos del peso de las tradiciones en las culturas africanas, que yo tendía a maximizar con la ignorancia supina del extranjero, me confesó que aprovecharía su estancia en Tanzania para practicarse la clitoridectomía, una intervención que sus padres no quisieron que se le practicara en su día; ya tenía apalabrada la fecha con el consejo de mujeres de su etnia para que se la realizaran por el método tradicional, es decir, mediante una hoja de navaja mellada, sentada sobre la manta ceremonial, y sin ninguna garantía sanitaria. Por supuesto, me dejó estupefacto; sobrepasando la confianza que nos teníamos, me parece que incluso llegué a faltarle al respeto, le pregunté cómo una mujer universitaria, con un expediente académico brillante de su titulación en Medicina –precisamente-, una persona culta y vivida, absolutamente occidentalizada, aceptaba someterse a esa mutilación… Recuerdo que me miró con algo parecido a la compasión, y me dijo: “Tú no lo entiendes, tú eres europeo, tienes tu documento de identidad y tu pasaporte, y allí dice quién eres y de dónde eres, y eso te basta. Yo no necesito ningún documento para saber quién soy y de dónde soy, pero lo que sí necesito es ese sentimiento de pertenencia, para ser aceptada como uno de los míos pero sobre todo para aceptarme a mí misma, que solamente se puede conseguir con esa ceremonia."
De regreso a Barcelona, recuerdo que busqué información acerca de la ablación aquí -era la época de las primeras corrientes migratorias desde África-; me entrevisté con un cargo de la Cruz Roja local, que me comentó que era una ceremonia prohibida por la ley, pero que existía un piso, en los alrededores del Fossar de les Moreres, donde se toleraba su práctica. Pero esto es otra historia.

14 de noviembre de 2016

J

J. Howard Jacobson. Sexto Piso, 2016
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
J (así, con la letra tachada), es la penúltima novela publicada por el prolífico novelista, periodista y autor de novela gráfica de origen británico; la obra fue Finalista del Man Booker Prize 2014, premio que obtuvo con anterioridad, en 2010, por The Finkler Question (2010), la única, hasta ahora, de sus obras traducida al castellano.
"¿Qué país no era un osario de su propia historia?"
J es una historia tejida alrededor de tres protagonistas principales, dos personas y un hecho, complementada por una serie de personajes que, en algún momento, se cruzan en las vidas de aquéllos, y encuadrada en un tiempo histórico y un tipo de sociedad altamente insólitos de los cuales el autor se guarda bien de ofrecer datos concluyentes. Ailinn Solomons -artesana de flores de papel- es una huérfana adoptada, con una infancia, pues, olvidada, que mantiene una vida gris, monótona, regida por la niebla, la humedad y la oscuridad; Kevern Cohen -tallador de "cucharas de amor" en una sola pieza de madera- es un joven retraído, dominado por la presencia ausente de su padre, autoinfravalorado, transparente, obsesivo. Ailinn y Kevern traban conocimiento y, en este improbable encuentro de dos soledades, como si dos repulsiones pudieran dar como resultado una atracción, establecen un vínculo de naturaleza extraña basado en un sentimiento principal, la compasión, pero que les permite sobrevivir al tedio de unas vidas sin objeto en una sociedad aparentemente disfuncional. 
"No era feliz, pero aceptó que ahí, en la infelicidad, era todo lo feliz que podría llegar a ser nunca."
De hecho, ambos arrastran un pasado oscuro que, a pesar de no poder ser objeto de detalle, ha condicionado su existencia posterior de manera definitiva: la educación familiar de Kevern fue tan estricta y exigente como poco funcional, y al inconveniente de tener unos padres mayores se le suma el haber sido hijo único; Ailinn, por su parte, desconocedora de los hechos a causa de una amnesia funcional, debe cargar con la sospecha, alentada por su madre adoptiva, de haber sido víctima de abusos en su niñez, antes de ser abandonada en un hospicio.
"¿Qué tenía de bueno el amor, cuando tocaba a su fin? Alguien se enamoraba y de inmediato pensaba en morir. Ya fuera porque la persona de la que una se había enamorado tuviese idea de matarte, o porque excepcionalmente no la tuviese y entonces temieras verte separada de ella."
El suceso que comparte protagonismo con ambos es "LO QUE SUCEDIÓ, SI ES QUE SUCEDIÓ" (las mayúsculas son del original), un suceso de naturaleza violenta, una época de confrontación, de caos, de desorden, en el que hubo una ruina de los bancos, una cruda crisis y un empobrecimiento general, siempre presente pero siempre excusado, cuya existencia se acepta históricamente -pues parece demasiado reciente para negarla- pero se elude como algo inevitable, que provocó una época de autoritarismo y de restricciones de la libertad con el fin de instaurar una política del olvido: 
"El pasado existe con el fin de que nos olvidemos de él";
a guisa de ejemplo, no se pueden realizar llamadas interurbanas, entre otras restricciones a la comunicación, no se puede conservar en casa más de un objeto que supere los cien años, y la expresión de los sentimientos en considerado como no conveniente. La degradación es más evidente en Necrópolis, la capital, donde los barrios más elegantes y las mansiones más exclusivas, en visible decadencia, son ahora habitados por inmigrantes y personas desubicadas.
"Aquello de lo que no te acuerdas podría perfectamente no haber sucedido. Recuérdalo todo y no tendrás futuro."
A medida que avanza la acción, aparecen ciertos personajes que, aparte de los familiares  directas de ambos protagonistas -progenitores determinantes, especialmente las líneas maternas, como va quedando establecido a lo largo del libro y como quedará patente en la conclusión-, un policía, un artista, una compañera de piso, cuyo oscuro papel parece reservado a los comparsas, pero que van adoptando un papel principal, casi cabría hablar de directivo, en la vida de la pareja. 
"Era una manera de desenvolverse en la vida: asentir y no decir nada."
Cuando citaba la excepcionalidad de la sociedad en la que se desenvuelve la trama lo hacía porque su naturaleza condiciona hasta tal punto el devenir de la historia y los sucesos que acarrean ambos protagonistas que, más que el medio en que se desenvuelven, adopta el papel de co-protragonista principal y acaba transformándose, tal vez, en el desencadenante de los suesivos giros que adopta la trama, atributo que la convierte en uno de los principales atractivos de J, un manual de la sociedad autoritaria post-moderna. 
"Muchos de los males de la sociedad eran el resultado de que el tipo equivocado de personas con el tipo equivocado de creencias encontraban maneras de reciclarse a sí mismas, sin importar el esfuerzo que suponía su eliminación."
El miedo por la ignorancia del límite sería una de las facetas que adopta ese autoritarismo de baja intensidad. En lugar de la sociedad con infinidad de leyes represoras, a pesar de poseerlas, con un código de estricto cumplimiento y unas fuerzas hostigadoras, se dictan leyes difusas que favorecen un simulacro de libertad, y un sistema de vigilancia oculto que siembra dudas acerca de su efectividad. 
"¿Qué es lo que temo haber hecho?"
La falta de concreción (qué está prohibido, hasta dónde puede llegar el incumplimiento tolerado) provoca una autocensura en los propios súbditos que, al no saber con certeza si están transgrediendo la ley o no, reprimen acciones permitidas por el miedo a quebrantar lo prohibido; se trata, pues, de un miedo difuso, más efectivo que la represión directa porque sus efectos son mucho más opresivos; por ejemplo, no existen libros prohibidos, pero sí indisponibles.

Un caso parecido sucede con el grado de cumplimiento de la ley. La aplicación de la norma es relajada, de modo que se permiten leves incumplimientos -aunque el relajamiento es discrecional-. El hecho de que el súbdito -en J no existen ciudadanos, solamente súbditos- ignore hasta qué punto se le va a permitir la transgresión provoca un estado de alerta y una hipersensibilidad al control cuya consecuencia resulta ser un sobrecumplimiento de las leyes. 
"Eso era lo que tenían de cruel los cambios superficiales: ponían de manifiesto aquello que no podría cambiar nunca." 
Las sociedades autoritarias acostumbran a ejercer la autarquía; en el caso de J es tanto "espacial" como "temporal". No es que esté prohibido salir del país -lo que sí es es ilógico, ya que en el país de encuentra todo lo que se puede necesitar-, lo que está prohibido es entrar. También está prohibido investigar el pasado:
"Mirar hacia el pasado y pedir perdón es lo más procedente. El peligro acecha en la nostalgia";
para borrar este pasado indeseable se dicta la "Operación Ishmael" -"Llamadme Ishmael"...-, que consiste en el cambio de todos los apellidos para hacer imposible el rastreo de los antepasados.
"[La OPERACIÓN ISHMAEL] Concedió una amnistía universal, la dispensación de una vez por todas de odiosas distinciones entre los perpetradores y las víctimas. El tiempo debe plegarse sobre los sucesos, y no hay mejor manera de asegurarse de ello que unir a todos con carácter retroactivo. Ahora que somos una familia y no podemos recordar cuando éramos otra cosa, está descartada la repetición de lo sucedido, si es que sucedió, porque no queda nadie para hacerlo, fuera lo que fuera lo que se hizo o no se hizo."
La sociedad de la sospecha se fundamenta en la delación, y ésta se instaura estableciendo una red difusa de vigilantes no institucionalizada: cada individuo puede ser un delator, y si la duda de si es o no es ese amigo, ese pariente o tu propio esposo provoca una desazón y una desconfianza que hace que calles lo que piensas, omitas lo que pensabas hacer o actúes siempre con prevención, o que se convierta uno también en delator con la esperanza de contar con la confianza de las autoridades o de que se le consientan pequeñas desviaciones.
"Es curioso cómo el destino -ese divino malabarista- equilibra las fortunas de los hombres con tal precisión que con cada subida o bajada dejamos libre un espacio, no sólo para cualquier viejo rival, sino para alguien a quien podamos odiar con razones fundadas."
Esta vigilancia sutil, presuntamente laxa, es la que aplica el sistema a Kevern con la intención de que se sienta observado pero sea incapaz de identificar a los informadores o de saber a ciencia cierta la razón por la que le están sometiendo a vigilancia.
"Había algunas preguntas que uno no podía plantearse, ni siquiera a sí mismo. Había algunas preguntas que no podía comenzar a moldear a partir del caos negro de la ignorancia, por miedo a lo que pudiera traer la definición. Porque... porque una vez que hubieses delimitado la pregunta, le habrías dado casi forma a la respuesta."
Ante un hecho histórico luctuoso de grandes dimensiones perpetrado por toda una nación es lógico que los responsables intenten olvidar y borrar todos los registros que pudieran incriminarles, esgrimir el negacionismo como único criterio válido, y excusarse mediante pseudo-razonamientos filosóficos, sociológicos o científicos. Sin embargo, la represión alcanza la perfección cuando ese olvido es promovido también por los descendientes de las víctimas, cuando son ellos mismos los que abrazan el negacionismo.
"Que no hubiera Götterdämmerung no significa, estúpido, que no hubiese nada. Primera ley de la investigación criminal: todo el mundo exagera. Segunda ley de la investigación criminal: sólo porque todo el mundo exagere no significa que no haya nada que investigar. En mi profesión [policía], señor Kroplik, no decimos que no hay humo sin fuego. El rumor es también un crimen. Una falsa acusación... de eso sabe usted mucho. Pero dicho esto, siempre hay un incendio. En algún lugar, algo está siempre ardiendo. Ésa es la razón por la cual ninguna acusación es siempre inútil del todo. Finalmente encontraremos un culpable para cualquier crimen."
El paso siguiente a la adopción del negacionismo por parte de las víctimas es la asunción por su parte de que tuvieron parte de culpa, que con su actitud provocaron a los represores cargando con una supuesta parte alícuota de responsabilidad, y que ese sentimiento se transmita de padres a hijos, salte generaciones, incuestionada, y se instale en el código genético social de los represaliados con el único fin de marcarles de forma indeleble y castigarles eternamente con una autoinculpación ante la que no caben ni el perdón -¿a quién pedírselo?- ni el olvido. La clave es que no se pueda distinguir a los culpables originarios y que quede sin respuesta la cuestión principal: ¿quiénes son los otros?
"Lo que hemos perdido es la experiencia de un antagonismo profundo. No es un antagonismo informal, de o lo tomas o lo dejas, de familia o entre vecinos, o algo absolutamente menos accidental y arbitrario que eso. Un antagonismo cultural bien formado y digerido, en el que todo, desde a quién adoramos hasta lo que comemos, se tiene en cuenta y queda completamente claro. Somos quienes somos porque no somos ellos."
"Soy lo que soy porque no soy ellos", coincide Kevern.

Ante esa confusión entre criminales y damnificados, las víctimas sufren un proceso de despersonalización, de desindividuación, una de cuyas consecuencias es la casi voluptuosa fascinación del sacrificado por el verdugo, la ambivalencia espoleada por la obsesión: la cordura es la única defensa, pero cuando ésa se ha perdido, se abandona también toda posibilidad de exculpación. 
"Yo mismo he estado a la vanguardia de los que piden disculpas, con tal de que no pidamos disculpas por algo que en realidad hayamos hecho."
La eliminación total del enemigo es contraproducente, y más si el enemigo es interior, porque se acaba con el antagonista necesario que da coherencia a la sociedad. Por tanto, habrá que buscar otro con toda urgencia.
"La simple reiteración de una idea previamente descartada fue lo que puso a la comisión de Esme sobre una nueva pista. La idea de que, sea lo que sea LO QUE HUBIESE SUCEDIDO no se podría haber destruido a todos. Ninguna operación podría haber tenido tanto éxito. Algunos, por supuesto, habrían escapado. Pero algunos, también, seguramente se habrían escondido. No todo el país había estado en pie de guerra. Había lugares donde no se le habían tomado tan a pecho y la sangre no habría sido tan abundantemente derramada. Debido a la bondad de corazón, a los principios morales, a la piedad, o simplemente al empecinamiento que florece lejos de las grandes ciudades y capitales -esa tozuda negativa a ir con la mayoría-, la gente habría ofrecido ayuda, dado refugio, recogido por lo menos a un niño atemorizado. No tenía sentido ser demasiado optimista. La oportunidad de encontrar familias enteras que vivieran pacíficamente en afloramientos rocosos donde hubiersen estado escondidas durante generaciones era exigua. Pero en su defecto, ¿podría ser que no hubiera en algún lugar un solo hombre y una sola mujer de ascendencias pura por descubrir, entre una población de casi cien millones de personas? Pues no hacía falta más: únicamente un solo hombre y una sola mujer, sujetos a rigurosa autentificación y con una salud razonable, y todo podría empezar de nuevo."
Y si no se encuentra, se inventa, el poder tiene instrumentos suficientes para señalar a un grupo, atribuirles todas las barbaridades que se le ocurran, azuzar a la población contra ellos y conseguir convertirlos en el "opuesto necesario". Una vez completada la restitución, sólo hay que dejar que pase el tiempo para que los mecanismos sociales se pongan en funcionamiento y alcancen la meta planeada.
"Somos los autores de nuestras consecuencias, si no siempre de nuestras acciones."
Es evidente, por más que no se cite ningún dato concreto, la relación de cuanto sucede en J con la shoah, la triste historia europea del siglo XX -aunque el tiempo de la narración se sitúe en el XXI-, las represalias y los sucesivos éxodos del pueblo judío; incluso la cuestión de la matrilinealidad parece una referencia directa a la tradición hebrea. Uno de los desencadenantes del suceso parece haber sido una Twitternacht, cuya relación con la Kristallnacht parece más que evidente. La familia de Kevern, los Cohen, son judíos, la mayoría de apellidos de la clase sojuzgada son de procedencia judía -y sospechosamente alemana los de los represores-. Y tal vez la pista más concreta, esa jota tachada del título, ese sonido que cada vez que era pronunciado por el padre de Kevern iba seguido del gesto de ponerse dos dedos en los labios, como quien pide... ¿silencio?

La ubicación temporal es otro enigma en el que Jacobson sumerge al lector. ¿En qué tiempo tiene lugar lo sucedido en la novela? ¿En el pasado? ¿En el futuro? ¿En el pesente? A pesar de que la datación incompleta de unas cartas sitúan la acción en un inmediato futuro en nuestro propio siglo, ¿es esa indefinición temporal lo que la hace tan terrible?

J es una historia lúgubre que se rige por sobreentendidos, triste, desangelada, deplorable; Jacobson consigue tejer, en una novela estupenda, una historia terrible y reflejar una sociedad enferma que, y eso es lo atroz de la novela, no puede evitar sus semejanzas con algunos de los episodios más tristes de la historia de la Humanidad.

Calificación: *****/*****

11 de noviembre de 2016

Destellos de luna. Pioneros de la ciencia-ficción japonesa

Destellos de Luna. Pioneros de la ciencia-ficción japonesa. Daniel Aguilar.
Satori Ediciones,  2016
Volumen destinado a dar a conocer al público a los precursores de la narrativa de ciencia-ficción japonesa en la doble vertiente escrita y audiovisual; el género, en su vertiente contemporánea, da comienzo, stricto sensu, a principios del siglo XX -obviando la literatura antigua tanto japonesa como china que contiene trazas de lo que podría considerarse una mezcla, muy habitual, por otra parte, de SF y fantasía- con la publicación de traducciones de Jules Verne y las aportaciones del que podría considerarse padre literario del género, Shunro Oshikawa.

Durante la decada de los años 20 se produce el despegue definitivo, gracias a las publicaciones en revistas periódicas aún no especializadas, bajo cuatro grandes modalidades derivadas del corpus occidental del género: las guerras futuras, libradas entre terrícolas o entre estos e invasores extraterrestres, con el común denominador de armas evolucionadas, inspirada en La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells; los viajes espaciales o space opera, deudores de De la Tierra a la Luna (1865), de Jules Verne; los científicos megalómanos, muy influenciados por la obra de Stevenson, El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, 1886); y las novelas de robots, recogiendo un grupo de obras encabezadas por la obra de teatro R.U.R. (1921) del checo Karel Capek.

Pero ese despegue se vio abortado durante la década de los años 30 y los años anteriores a la IIGM, período en el que el género decae debido a una férrea censura dictada por las autoridades niponas y por el predominio del género bélico; durante la IIGM y la capitulación de Japón, el género prácticamente desaparece.

No es hasta finales de los años 40 cuando parece que el género renace de sus cenizas: se produce una fractura con los precursores debido al auge súbito de la especulación científica, se registra el primer manga de la historia y, a primeros de los años 50, se inaugura el subgénero Godzilla

Es a mediados de los años 50 cuando surge la literatura de superhéroes, la televisión se suma a la literatura y al cine, y se genera el subgénero particular de las series televisivas.

Los años 60 representan el comienzo de la Edad de Oro de la SF japonesa, sentándose las bases de lo que será el futuro del género, gracias a las aportaciones de tres escritores fundamentales: Shunro Oshikawa, Shigeru Kayama y Juzo Unno, del cual el volumen incluye tres relatos cortos inéditos en castellano.

Destellos de Luna es un volumen muy interesante para conocer una literatura poco habitual, a diferencia de la SF rusa, pre y post-soviética, por ejemplo, que cuenta, aparte del conocimiento exhaustivo del tema por parte del autor, con documentación completa y, en el aspecto gráfico, con impagables reproducciones de pósters y carteles cinematográficos de las obras más representativas del género.

Calificación: ****/*****

7 de noviembre de 2016

Caín

Caín. El último manuscrito. Gregor von Rezzori. Sexto Piso, 2016
Traducción de José Aníbal Campos
"Porque quien resucita un suceso para ponerlo en relación con el pasado y el futuro -al final, incluso, con la eternidad-, lleva a cabo un acto moral... Pero ¡¿qué digo?! Lleva a cabo el acto moral por excelencia. Porque ¿acaso nuestra conciencia no procede del mismo modo cuando mide lo que hemos hecho o dejado de hacer con el rasero de actos positivos o negativos del pasado de cara a los actos futuros, teniendo en cuenta, además, que todos están relacionados con un absoluto atemporal, es decir, con la eternidad? La historia, por lo tanto, es la madre de la moral, y la narración de la historia es un ejercicio moral. Y por eso, a fuerza de ejercer la moral, acabaremos todos en la cruz, al menos todos los que nos tomamos en serio las historias que contamos."
Debe ser un problema de gran calibre encarar la publicación de material referente a una obra maestra; el ojo crítico del lector, escamado de tanta "recuperación" por parte de viudas, editores, investigadores, albaceas y oportunistas de toda laya, tiene tendencia a mirar con recelo cualquier publicación póstuma porque, excepto en inhabituales ocasiones, no acostumbran a aportar nada ni en beneficio del corpus literario del autor ni en el del ánimo del obsesivo lector, ávido por satisfacer su apetito de más papel de su autor favorito. Es precisamente ese escepticismo lector el que hace exclamar, ante un libro como éste, que qué necesidad había de apostillar una cumbre literaria como La muerte de mi hermano Abel, máxime cuando el propio autor no lo publicó en vida; estas y otras consideraciones de carácter prejuicioso parecidas caen por su propio peso tras la lectura de las primeras páginas, cuando se da cuenta de que se halla otra vez ante un Grisha en plena forma... y que Caín sigue siendo, a pesar de todo, el hermano de Abel.
"Un libro no puede contener más que su historia, que para él no es únicamente la continua anotación de sucesos y experiencias cotidianas, sino 'la fatal imbricación de presente y pasado: la presencia constante de todo lo vivido alguna vez', o, en otras palabras, 'el tormento de no poder existir privado de historia'."
La última novela publicada de von Rezzori, Caín -la apostilla El último manuscrito no es una inclusión del autor, aunque es dudoso que no la hubiera aprobado- (Kain. Das letze manuskript), publicada en 2001, tres años después del fallecimiento de von Rezzori, no es tanto una continuación de La muerte de mi hermano Abel como una conclusión, no tanto en lo referente a la trama como de carácter ético, no tanto un epílogo como un estribillo de aquel maravilloso resumen de la historia europea de la posguerra hecho novela. Von Rezzori recupera a algunos de los personajes, incluido el protagonista, resucita a otros, y también, cómo no, al devastado continente europeo, cuyas ruinas más execrables no son precisamente las provocadas por las bombas sino las originadas por la ruina y el derrumbe moral del continente que había liderado el progreso, en todos los sentidos, de la civilización.

El contenido de Caín, aparte de un par de impagables intentos de prólogo de dos personajes relacionados con el manuscrito, son los documentos hallados en una carpeta C, que complementa las A y B de La muerte de mi hermano Abel, aunque su material se supone redactado con posterioridad y en otro tramo existencial de Aristides, y extraviada -u ocultada- debido a la desaparición de varias personas relacionadas con su custodia; incluso la propiedad de la carpeta ha sido objeto de controversia, tal como se deduce de las manifestaciones de uno de los prologuistas. No hace falta afilar mucho el ingenio para adivinar toda la bandada de aprovechados, entre los cuales la gente relacionada con el cine merece mención aparte, buitreando los documentos y arrimando las ascuas de la propiedad a la sardina de sus espurios intereses.
"La 'realidad literaria', por ficticia que sea, parece estar más próxima a la auténtica verdad de lo que acontece que la facticidad probada -siempre susceptible de ser interpretada de manera diversa- de los hechos concretos."
Muerto Aristides, queda desvelada su falta de fondos, y el que debía ser promotor del filme en cuyo guión "estaba trabajando" aquél, intenta recuperar una parte de las pérdidas -lógicamente, la película no se produjo, ni se filmó ni se exhibió- que sufrió debida a los anticipos al escritor, mediante la publicación de una parte del material excedente bajo el título de "La hija pródiga". Hasta aquí la mise en scène, las diferentes razones, motivaciones e intereses relativos a la controvertida carpeta C; pero, como siempre, después de los prolegómenos, viene la molla, y viene bien apetitosa; von Rezzori separa el hueso de la carne con el dominio de los cubiertos al que nos tiene acostumbrados.

Quien rija los destinos de Alemania debe ser un especialista en desórdenes intelectuales; el estado mental en que han quedado los alemanes después de la IIGM, incluso el propio país tomado como individuo, requiere a alguien experimentado en lidiar con disfunciones psíquicas -y con las producidas por las terapias freudianas en su vano intento por curarlas-.
Psicoanalista: "Un examinador de calzoncillos educado en la escuela de papá Freud."
Aristides se mofa de la discordancia entre las grandes intenciones y mastodónticos proyectos de la pequeña burguesía alemana -quien "menos" perdió la guerra, si no la ganó- con respecto a la reconstrucción de su país y las ridículas metas conseguidas; esos mismos pequeñoburgueses que favorecieron la llegada del horror y que debieron cargar con la responsabilidad de lo sucedido, pero que salieron del conflicto tan campantes: la habilidad del funambulista no consiste en no caerse sino en que cuando caiga lo haga de pie. Probablemente hacía falta un amplio consenso entre las fuerzas políticas y los indicadores de la sociedad que apuntaba alto para después, a la vista de lo conseguido realmente, la decepción no impidiera el acuerdo.

Esta burguesía, en cuyas manos va a estar Alemania el resto de siglo, tiene prisa: hay grandes negocios que emprender, muchos beneficios que producir, y las grandes potencias extranjeras permanecen a la espera: depredador por depredador, mejor el de casa. Así que recuperemos cuanto antes la ficción de normalidad, vayamos a la ópera aunque tropecemos con los cascotes, evitemos los cráteres pero localicémoslos todos: la tierra necesaria para rellenarlos nos devolverá su peso en oro, y podremos mostrar con orgullo las credenciales de reconstructor de Alemania, que prenderemos en la misma solapa en la que lucíamos las condecoraciones civiles del Reich. Siempre es más conveniente que quien redacta las leyes sea el mismo que se beneficiará de su aplicación; Principio de Economía Legislativa, podría llamarse, y su pertinencia es indiscutible.
"'¿Hace cuánto tiempo que vivo aquí?', se preguntaba. Ya no lo sabía. La flor de la reconstrucción, surgida de entre las ruinas de la era glacial, le había borrado el recuerdo. Y con el deshielo, apareció la niebla. Veía el mundo a través de un velo. Un ininterrumpido goteo de vehículos de latón recorría las calles que hasta hacía muy poco no eran más que un descampado con vistas a las superficies de ruinas; aquel riachuelo titilaba ante una imagen de la ciudad resurgente, causándole confusión. Algo inquietante estaba sucediendo allí. Los rascacielos se elevaban como hongos de los cráteres dejados por las bombas. Sobre las superficies arrasadas por el fuego, una bandada de grúas estiraba sus cuellos semejantes a esqueletos de dinosaurios: monstruos construyendo sus propios nidos (diseño de Paul Klee). Los encofrados sepultan las ruinas de ayer."
Primero la ruina y después la reconstrucción han avanzado al mismo ritmo sobrehumano, más rápido de lo que el cerebro, que está hecho para la repetición y la costumbre, puede asimilar. Este ritmo frenético ha deslocalizado al ser humano, que ha dejado de reconocerse como integrante de esa corriente temporal, afectando a su aclimatación y perjudicando incluso su percepción. El cambio en el espacio ha provocado una desubicación en el tiempo, parecido a ese efecto que se experimenta al visionar una película acelerada, o al asistir a una sesión de prestidigitación, la mano es más rápida que el ojo, no, no es cierto, pero en la confusión que crea la velocidad de las manos del mago, pura habilidad, se esconde el truco: esa moneda que no está donde debería, esa carta que ha desaparecido. Fíjate bien, presta atención, espectador pasivo, que en el próximo pase tendrás una Coca-Cola en la mano, fumarás Lucky Strike, beberás bourbon y, sin darte cuenta, estarás en manos del prestidigitador: la verdadera invasión no es la que se mueve en carros de combate, fragatas y bombarderos sino en camiones de mercancías.
"Ahora ella se inclina hacia ti, la bella y refrescante granada del consumo, con su tersura de cereza, su pulcra fragancia y su forma agradable al tacto, empañada por las perlas de la refrigeración, fuente borboteante que sacia placeres sintéticos, extraída del desierto y esterilizada en confines estelares: savia de los meteoritos..."
El "milagro" alemán es, sobre todo, un milagro económico, una brutal inyección de capitales al enfermo desahuciado que, primero, le permite sobrevivir y, posteriormente, ser cebado y puesto a disposición de los suscriptores a punto de ser sacrificado y engullido.

Y es que arruinar y reconstruir es mucho más barato que rehabilitar y tiene la ventaja de que no queda ningún vestigio visible anterior. Empezar de cero, borrón y cuenta nueva, vamos a olvidar el pasado y centrarnos en el brillante futuro que vamos a alcanzar.
"Aquel hombre que con tal petulancia se hacía llamar Hertzog (con T y Z) tenía en sí algo que era capaz de amalgamar todo mi odio, ese odio hacia todo lo que, como una maldición, pesaba sobre este país, sobre este pueblo: mi odio hacia todo lo que ahora vendría de nuevo, paso a paso, implacablemente, hacia lo que de un día para otro, con un repentino cambio del mundo, había ocurrido definitivamente."
El juicio de Nuremberg sacudió a la sociedad alemana, y su legitimidad generó serias dudas en personajes libres de toda sospecha; también Aristides se nos presenta profundamente afectado, ha perdido parte de su chispa, ya no es el enfant terrible, mujeriego y transgresor de Mi hermano Abel, su ironía se ha trocado en cinismo y su socarronería en seriedad; ha perdido parte de su optimismo, y su dolce far niente se ha convertido en lucha por la supervivencia. Sigue manteniendo trazos de personaje encantador, pero ahora parece resentido, y su actitud ante el lector, y la consideración que éste le mereció, ha empeorado hasta el punto de atribuirle la responsabilidad de parte de sus males.

La postguerra y los fastos de la reconstrucción han acabado con la piratería de los intelectuales y les han inculcado el espíritu del directivo de empresa. Incapaces de verse en el espejo y de no reconocerse, juegan a recuperar sus uniformes de clase -el hábito del monje- para vivir la ilusión de que nada ha cambiado, y se sienten moralmente superiores a los plebeyos que han sufrido en carne propia los desastres del conflicto. En cuanto a las ruinas y a los cráteres de las bombas aliadas, antes que testigos de la destrucción, qué mejor monumento podría erigirse a su airada conformidad.
"De los antiguos militantes del Partido a los existencialistas nihilistas de hoy, todos ciudadanos archidemocráticos, corre un camino parejo. Cuando lo pienso, no puedo librarme de la impresión de que todo esto se ha consumado casi sin nuestra participación consciente, se ha hecho con nosotros, pero por encima de nuestras cabezas. A eso lo llaman destino colectivo. El tiempo está preñado de ello."
Es posible que La Gran Alemania fuera algo más tangible que transcendiera los desvaríos de un loco suicida, pero a partir de 1945 deben ser los propios alemanes los que salden cuentas con el sueño del legendario Reich, aireando las miserias de todo aquello de lo que La Gran Teutonia se ha sentido siempre más orgullosa, empezando por el socio-pequeño-burguesismo de la dorada y adorada Viena, "the bloody fucking middle class", que oculta sus vergüenzas bajo la pátina áurea de la cultura -para ampliación y actualización, véase Thomas Bernhard-.
"El poeta, como se sabe, canta como canta el ave; hoy dice: "¡pío, pío!", inclinado al oído de Vuesa Merced, y mañana suelta un "¡peo, peo!" sobre el montón de guano de la literatura universal."
"Superar el pasado" es uno de los estribillos más utilizados en los intentos de descargar la conciencia, a veces como penitencia, a veces como propósito de enmienda. Esa indefinición es fundamental -tanto como para dejar vacía de contenido la cantinela- porque el estribillo acostumbra a estar en boca de unos personajes que no precisan qué pasado -¡ah, el pasado, ese saco terreno tan útil para contener los disparos- es el que hay que superar. Personajes pretéritos, ellos mismos, parecen referirse a esos años fatídicos de la era glacial, en los que todos apostaron también por "superar el pasado" aferrados con uñas y dientes al amanecer dorado del III Imperio, y no tanto al pasado del que provenían, cuyas sinecuras, beneficios y estatus andaban locos por recuperar. Pero incluso ese pasado cargado de culpabilidad merece algunas consideraciones que le hagan perder definitivamente ese carácter trágico que se le quiere, errónea y malintencionadamente, adjudicar. Y luego está la justificación, claro:
"En efecto, se trata de una falsificación histórica que confunde: el motivo para ello -un motivo, si se quiere, legítimo- viene de la representación del nacionalsocialismo como la encarnación de todo lo malo e inhumano. En sus comienzos, sin embargo, el nazismo no se destacó especialmente por ser un movimiento criminal. Por el contrario: era portador de grandes promesas [...] Los actos violentos de la fase inicial eran un producto típico de la propia época, que mostraba, a priori, cierta inclinación a la violencia. De modo que las pandillas de SA que merodeaban por las calles repartiendo golpes eran la expresión de un gamberrismo que acechaba como potencial en cualquier colectivo humano y que, en aquella época, se volvió especialmente virulento. Si esos actos violentos tuvieron lugar con el pernicioso y abierto beneplácito de muchos, fue porque entonces de había producido un embrutecimiento general que derivó en amargura, todo provocado por las secuelas de la Primera Guerra Mundial: el desmoronamiento fue entonces, después de 1918, más estremecedor y dramático que el que siguió a 1945";
porque, y esto hay que decirlo pese a quien pese, el nacionalsocialismo es una ideología inspirada en el Zeitgeist, en el espíritu de la época, absolutamente válida; lo que no estuvo a la altura fue su puesta en práctica, dejada en manos de pequeñoburgueses -"los espíritus más inmundos"- incapaces. Falló el aspecto estético cuando el ético era fundamentalmente válido.
"El llamado Muro de la Infamia, en Berlín, me parecía la mar de bien; encontraba lógico que si los judíos tenían un Muro de las Lamentaciones los alemanes tuvieran un Muro de la Infamia."
 También, para fortuna de los lectores, la literatura se convierte en diana de la diatribas cainitas, tanto en lo referente a la literatura "imposible":
"¿Sobre qué debería escribir? -me pregunta A.- ¿Qué podría decirse aún hoy en día, después de Beckett? Lo mismo, pero de un modo más banal [...] ¿Conventirme en el lamentable epígono de grandes mediadores de la realidad que ya escribieron en el pasado: Proust, Joyce, Musil, Broch? Está bien que nos arrodillemos ante ellos, pero ¿también hemos de emularlos? [...] Un persona dotada con un mínimo sentido del pudor no se permite enriquecer los vastos océanos ya existentes de tinta y letras impresas con sus personalísimas y originalísimas meadas";
como, por oposición, al verdadero papel que debería tener la literatura:
"¿Es para eso para lo que hemos sido elegidos los que escribimos? ¡¿Para no decir la verdad jamás?! ¡¿Tejiendo siempre el velo de Maya, el cual, cuanto más espeso, hará tanto más viva la manera en que describimos los horrores en el mundo de los hombres?!" 
A pesar de ser un libro con entidad propia, la lectura de Caín no tiene mucho sentido si no ha ido precedida por la de Mi hermano Abel, a la que complementa y da un excelente broche final. Para el afortunado lector de su obra anterior, Caín provoca la sensación de reencuentro con un amigo -el inefable Aristides Subicz, uno de los personajes más entrañables de la historia de la literatura, pero también Gregor von Rezzori, su padre putativo- al que hacía tiempo que no veías, con el que te unió una estrecha amistad y con el que, a pesar del tiempo transcurrido y las vicisitudes vividas, te sigue uniendo el nexo de una insoslayable proximidad intelectual, de una complicidad forjada en acciones compartidas que significaron ciertas transgresiones a los usos en vigencia. Un poco menos irónico y un poco más cínico, pero, ¿a quién no vuelven cínico los años?

Caín no es tanto una novela autónoma como un Apéndice, un primer Apéndice de los infinitos apéndices posibles, de Mi hermano Abel. Inseparable e ininteligible de su obra-patrón, lo cierto es que la amplía ni la explica ni la complementa, ni tan solo por lo que podría interpretarse por el título. De lo que se trata, seguramente, en de que von Rezzori, por una parte, se resistía a despedirse definitivamente -¿y quién no?- de Aristides y del conjunto de personajes que le acompañan en sus a/des/venturas; pero también de que la sensación de que Mi hermano Abel es un libro al que es imposible adjudicarle un final y, más todavía, dar su escritura por acabada.

El efecto sobre el lector es parecido. Sin entrar a fondo en las consideraciones teóricas, la peor muestra de las cuales, la identificación de Aristides y el autor, fue una y de las peores críticas justo después de aparecer Mi hermano Abel; cualquier acercamiento, desde cualquier punto de vista, que no tenga en cuenta los tres pilares sobre los que edifica el autor su obra magna, guerra, memoria y sátira, no merece siquiera ser tenida en consideración; es decir, especular acerca de cuáles podrían ser las razones, el carácter fragmentario y desordenado de los episodios que, a lo largo de ambas obras, va desgranando von Rezzori, es una tarea infructuosa porque la verdad es que da la sensación de que se podría seguir leyendo indefinidamente ya que cada episodio aporta algo nuevo a la inasible trama.

El hecho de que von Rezzori se dedique durante más de veinte años a compilar material para escribir una novela y de que su protagonista, Aristides, haga exactamente lo mismo -de hecho, esto es lo que leemos, el material destinado a convertirse en la novela de Aristides- es el juego formal que nos propone Grisha. Si ese aspecto lúdico, fundamental en la obra, no es comprendido, es la crítica la que tiene el problema, no el autor.

Caín no es la continuación de Abel, es una de las muchas posibilidades narrativas, no excluyentes, cuya semilla germinó en ésta, uno de los muchos multiversos desplegados a partir de una novela que, más que cerrar una trama, abre, para cada línea argumental, un abanico de infinitas posibilidades.
"Lo que yo buscaba era el sentido, ¿me entiende? Tanto ayer como hoy lo que busco es eso, el sentido."
Calificación: conjuntamente con Mi hermano Abel: Hors catégorie

Lectura recomendada
En la página web de Iletrado pero cuerdo hay una excelente entrevista con José Aníbal Campos, traductor y rezzoriólogo titulada "Una Torre Eiffel con mondadientes" en la que entrevistador y entrevistado charlan sobre el autor y sobre el proceso de traducción.

Otros resursos relativos al autor en este blog:
Notas de Lectura: Edipo en Stalingrado
Notas de Lectura: Sobre el acantilado y otros relatos
Notas de Lectura: La muerte de mi hermano Abel

4 de noviembre de 2016

Lejos de Rueil

Lejos de Rueil. Raymond Queneau. Ediciones del Subsuelo, 2016
Traducción de Pablo Moíño Sánchez
"Enfermedad existencial: se sabe el nombre pero de todas formas no se cura."
Queneau es un escritor especialista en juegos verbales, pero también en juegos literarios. La mayoría de sus obras, encabezadas por Cent mille milliars de poèmes (1961) y los Exercices de Style (1947), son la materialización de diversas hipótesis alternativas de naturaleza experimental -con cierto carácter científico, por cierto- que detentan siempre un componente lúdico; su pertenencia al Collège de Pataphysique y al célebre OuLiPo, Ouvrier de Littérature Potentielle, institucion de la que fue fundador, dan fe de estas intenciones especulativas. Incluso sus obras menos experimentales, como este Lejos de Rueil (Loin de Rueil, 1944), contienen ese componente recreativo que las convierten en un desafío para el lector más avezado.

Queneau es capaz, por ejemplo, de convertir un intrascendente diálogo entre tres personajes, A, B y C, en una suerte de juego combinatorio que explora todas las posibilidades de intervención de los elementos tomados de dos en dos (A-B, A-C, B-C... ), sosteniendo tres líneas dialogales, una por cada pareja; o de enunciar la enumeración, detallada y por orden, de los órganos afectados por un colapso circulatorio; o, en el aspecto puramente formal, subvertir las normas de puntuación para desplazar el centro de gravedad- y, como consecuencia, el centro de interés- de una frase al punto deseado.

Toda la obra de Queneau está escrita en función de una o varias hipótesis formales que predeterminan  el producto final. En algunos casos, el experimento formal domina el desarrollo hasta tal punto que la obra tiende a desaparecer; en otros, como sería el caso de este Lejos de Reuil, esa obra acabada puede ser tomada en consideración mediante los parámetros usuales.

En todo caso, hay que leer a Queneau para confirmar que la experimentación no es cosa de cuatro norteamericanos imberbes del final de milenio, a pesar de haberse llevado consigo la fama. Hay que leer más a Queneau; hay que leer a Queneau siempre.
"-Me pregunto cómo le viene la inspiración.
-En general reteniendo la orina.
-¿Hay alguna relación?
-Una relación indistutible. De retención."
Calificación: ****/*****