10 de octubre de 2016

Mumbo Jumbo

Prólogo de Juan Francisco Ferré. Traducción de Inga Pellisa



sátira

Del lat. satĭra, este de satŭra 'sátira', 'composición literaria arcaica en verso y prosa, acompañada de danza'; propiamente 'plato de muchas viandas', y este de satur, -a, -um' repleto, recargado, abundante', infl. por el gr. σατυρικός satyrikós 'relativo a los sátiros'. 


1. f. Composición en verso o prosa cuyo objeto es censurar o ridiculizar a alguien algo.
2. f. Discurso o dicho agudopicante y mordazdirigido a censurar o ridiculizar. 


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La existencia de la literatura paródica hunde sus raíces en la historia de la escritura, Sterne y Cervantes, serían dos casos muy conocidos; se trata de imitar una obra determinada maximizando sus defectos. La sátira, en cambio, va un paso más allá, ya que actúa como obra autónoma, sin necesidad de referencia. Cuando Ishmael Reed escribe Mumbo Jumbo -después hablaré del contexto- (Mumbo Jumbo, 1972), no sólo satiriza a la sociedad norteamericana de la década de los años 20 del siglo pasado sino que también aplica su modelo a la misma literatura que corresponde a la facción dominante, la novelística WASP, como señala Juan Francisco Ferré en el iluminador prólogo:
"La operación subversiva de Reed consiste en reinventar la mitología negra a fin de liberar a los negros de la mitología de los blancos. Mientras los negros participen de la mitología de sus amos, la mitología de la cultura occidental, parece decir Reed, no sirve de nada la supuesta libertad política o moral que desde el fin de la esclavitud se les prometió como derecho inalienable."
Es decir, si es imprescindible separar la "literatura sobre negros" de la "literatura negra", esta segregación no puede asentarse en la hipótesis de que los libros sobre negros escritos por escritores negros son mejores que los escritos por blancos; en este sentido, La cabaña del Tío Tom, Las aventuras de Huckleberry Finn y la última novela del escritor africano más afamado -o escritora, para doblar la apuesta- adolecerían del mismo defecto de fabricación, defecto que sí salva, por ejemplo, Ralph Ellison en El hombre invisible (Invisible Man, 1952). 
"Creo que cuando la gente como usted, Sr. Von Vampton, dice eso de "La Experiencia Negra" está afirmando que todos los Negros experimentan el mundo del mismo modo. Así pueden aislar al puñado de inadaptados que quizás incitaría al resto a atravesar el techo de esta jaula que usted y sus acólitos han instaurado en el país. Este techo que ningún esclavo podría cruzar sin excitar los ánimos de sus sabuesos... Me temo que no me va a ser posible ayudarle, Sr. Von Vampton. Estoy dando clases a los jóvenes de Harlem para que no les influyan personas como usted."
En el mismo sentido literario pero con un cambio de forma diametralmente opuesto, novelas que reflejen el enfrentamiento cultural -JFF hablaba de mitología, una de las múltiples facetas humanas eminentemente literarias: la mitología o es narrativa de ficción o es religión (comúnmente, ambas cosas), es decir, jamás logra expulsarse el marchamo literario- entre los blancos norteamericanos y los negros descendientes de africanos, existen multitud, pero la palma en cuanto a desvergüenza y desconsideración se la lleva, sin lugar a dudas, la inclasificable obra de Reed.


"Mumbo Jumbo
[Mandingo: ma-ma-gyo-mbo, mago que ahutenta los espíritus atribulados de los antepasados: ma-ma, abuela + gyo, tribulación + mbo, abandonar.] 

The American Heritage Doctionary of the English Language"
 Mumbo Jumbo se asienta sobre tres pilares: la negritud frente a la palidez; la música, con el jazz como revolución cultural; y el vudú, los ritos originarios de África pasados por el tamiz de un cristianismo caribeño muy elemental, contrapuesto a un cristianismo oficial extrañamente tolerante con la segregación. Una epidemia de Jes Grew -el nombre no es fútil, ningún nombre lo es; permítanme que no desvele su origen- se adueña de la ciudad de Nueva Orleans; sus efectos consisten en que los dolientes, presos de un incontrolable frenesí, no pueden parar de bailar, afectados por un sublime éxtasis. Ante la amenaza de propagación imparable, los Atomistas de la Orden del Cardo, guardianes de las tradiciones -blancas, por supuesto- de Occidente, se plantean acudir a la Orden de los Caballeros Teutónicos en busca de ayuda.

La propagación de la epidemia es, por supuesto, involuntaria e incontrolable, pero existen una serie de elementos facilitadores; uno de ellos es el "Reverendo" Papa Labas, responsable de la Katedral Mumbo Jumbo, quien, en el papel de Juan el Bautista, prepararía la llegada del virus. Sin embargo, los viejos oficiantes, los precursores, los casi-sacerdotes que importaron su sistema de creencias desde el África negra, el vudú y los cultos animistas -y que, interesados, ven en la epidemia a un aliado-, sospechan que los tiempos de las religiones, por llamarlas de alguna manera, populares se están agotando; los mormones parecen el ejemplo a seguir: fuerte jerarquización, un Libro que recoja toda la normativa, una solvente estructura financiera y proselitismo puerta a puerta.


Mientras los blancos lanzan la ofensiva para conseguir El Texto Único y poder contrarrestar el Jes Grew, una brigada de negros asalta los museos para devolver los objetos saqueados a sus lugares de origen. La resistencia es abatida, pero El Texto Único podría ser perfectamente la especulación doctrinal de la conexión del culto egipcio a Osiris con el Jes Grew y la oposición de la iglesia católica, cuya represión es prefigurada en Egipto por Set, el enemigo de Osiris; es a partir de esa conjetura, de una lógica tan demencial como aplastante, como Reed hunde las raíces de la epidemia varios milenios antes de la Era Común, con un detalle agudo de los principales personajes implicados en la conspiración y con un retrato impagable de un Moisés como un aprovechado hijo de puta.


En una novela basada en un determinada época histórica, el contexto es importante: Mumbo Jumbo se desarrolla bajo la presidencia de Warren G. Harding (1921-1923, falleció durante su mandato, y promulgó una estricta legislación anti-inmigración), un trienio caracterizado por varios escándalos de corrupción y los denominados sucesos de Haití (la isla estaba bajo la ocupación norteamericana desde 1915). No es extraño Reed exprima el rédito de esos hechos para mostrar la estupidez de una administración pública que es capaz de identificar la epidemia de Jes Grew como un recurso  de la resistencia haitiana, técnica que se basa en la concepción maniquea, que tantos frutos sigue dando a la política exterior de diversas administraciones, particularmente de signo republicano,el partido de Harding,  de cualquier hecho en que se vea implicado su país y la tendencia a considerarlo como anti-norteamercano. Por otro lado, la novela data de 1972, el año de la victoria de Richard Nixon en las elecciones presidenciales y del recrudecimiento de la guerra de Vietnam; poco podía suponer Reed en 1972 que EE. UU. llegaría a tener un presidente negro y que su sucesión estaría en manos de una cornuda y de la encarnación del Androide Parlante de los Atonistas de la Orden del Cardo. La novela es incomprensible, o, al menos, inverosímil, si no se tienen en cuenta las diversas versiones norteamericanas de la teoría conspirativa: los soviéticos, los italianos, los negros -precisamente los principales afectados por las medidas anti-inmigración de Harding-, como origen de todas los males que aquejan al centro del Universo, a veces mediante la táctica de ataques sucesivos, a veces asociadas bajo distintas coaliciones del mal, siempre contra el estilo de vida norteamericano, es decir, blanco, anglosajón y protestante. Existen muchas clases de inmigrantes, que se resumen en dos: los asimilados y los no asimilados; para los movimientos de resistencia, los primeros son los traidores; los segundos, los leales, y exactamente a la inversa para las mentes represivas. Parte de la originalidad de Reed reside en la hábil combinación de referencias históricas reales con otras completamente falsas; y en dotar a las primeras de un carácter a menudo tan fantástico y a las segundas tan veraz que no parecería insólito que las reales fueran falsas y verdaderas las inventadas.


Tal vez no sería exagerado otorgarle a Reed el merecido título de Swift negro, y considerar Mumbo Jumbo como un torpedo en la línea de flotación del poder blanco, no por disfrazado de espanta-suegras menos efectivo. Una lectura gratificante como pocas.

Calificación: ****/*****

7 de octubre de 2016

Drop City

Drop City. T. C. Boyle. RHM, 2004
Traducción de Isabel Núñez
¿Qué busca un lector recreativo en un libro de narrativa de ficción? ¿Busca siempre lo mismo o, al contrario, busca ser sorprendido? A la hora de valorar, aunque sea privadamente, la lectura, ¿son siempre los mismos parámetros los que tiene en cuenta, o varían? Si varían, ¿en función de qué? Después de leer, por poner un ejemplo clásico, Guerra y Paz, ¿bajo qué cualidad puede valorar como "satisfactorio" o "insatisfactorio", por ejemplo, el último Premio Booker? Tal vez sea que debemos aplicar varios baremos teniendo en cuenta lo que leemos, y que el que nos señala que Guerra y Paz es una obra maestra y Ana Karenina apenas un folletón bien resuelto, no deba ser el mismo que acredita la máxima calificación a Brújula y desdeña La isla de los condenados como un libro de excelente planteamiento pero de desigual desarrollo. ¿A qué viene esta elucubración? Pues, principalmente, a que algunas veces uno encuentra novelas que le devuelven el puro placer de la lectura y que, a la hora de hablar de ellas, encuentra a faltar palabras y conceptos porque esas novelas se explican solas y nada, nada, nada puede no ya substituir sino incluso complementar su lectura. Drop City (Drop City, 2003) es una de ellas; cómo tiene que ser de apasionante un libro para que alguien que toma notas mientras lee acabe sus más de quinientas páginas habiendo rellenado de frases inconexas apenas una página...
"Era extraño, todos eran tan ingenuos, tan ilusos y simplistas, con la cabeza llena de nociones descabelladas sobre todas las cosas, desde los orígenes del universo a la hermandad de los hombres y cómo vivir el ideal vegetariano. Eran como niños, definitivamente confiados e ignorantes."
Drop City, la epopeya de una comunidad de hippies de principios de los años 70 desde la soleada California a la inhóspita Alaska, ahonda en la lejanía entre la teoría y la práctica del intento de vida comunitaria, la disonancia cognitiva entre el deseo y su materialización, el fracaso de la promesa de redención y la pérdida definitiva de la inocencia y de su compañera, la esperanza.
"Pero Lester se estaba sirviendo zumo, Lester estaba cogiendo huevos y galletas. Cogió lo suficiente como para tres personas, lo puso en una bandeja en la que todo se derramaba y se la pasó a Franklin, luego se sirvió él, y nadie dijo una palabra. Una cucharada de huevos, dos, tres. Se tomó su tiempo, y mantuvo una sonrisita en los labios que hizo sentir a Star triste y avergonzada. ¿Realmente habían caído tan bajo? ¿Se estaban peleando por la comida? ¿O era algo más, algo feo y sucio, algo que convertía Drop City en la mayor payasada del mundo?
California, la meca del sectarismo y lugar de nacimiento del movimiento new age, fue el remedo de la vida natural -la naturaleza domesticada-, a diez minutos en coche de la tienda proveedora, para alternativos en busca de sensaciones; 
"El aire se endulzaba con el olor de hachís. Los pájaros cantaban en la barandilla de madera y les miraban como si ellos sólo fueran una prolongación de los árboles, un fruto inesperado, una nuez sin cáscara, o tal vez una protuberancia enfermiza surgida de la corteza. Ella se echó hacia atrás, disolviéndose en sí misma mientras los sonidos de la comunidad despertándose (murmullos, chapoteos de piscina, música en la radio) derivaba flotando hacia ellos como si vinieran de muy lejos";
en el polo opuesto, Alaska, la naturaleza salvaje, inclemente, el aislamiento real, un lugar hostil poblado por individuos extraños entrenados para sobrevivir en la más absoluta soledad, un emplazamiento inhóspito en el que la llegada de un forastero, vista como una intolerable intromisión, desata las enemistades contenidas. 
"La gente le decía que estaba loca por irse a vivir al fin del mundo, a quince o veinte kilómetros de la tienda más próxima, de la iglesia, del restaurante o de la estafeta de correos más cercana, y a unos cien kilómetros de un asentamiento que sólo de lejos se parecía a la civilización, si es que Fairbanks podía considerarse civilizado. Y aún más loca por echarse en los brazos de un trampero de pelo gris, probablemente loco, hambriento de sexo, con las arterias atrancadas por la grasa y la cabaña tapizada de fusiles."
Es imposible llevar la civilización a lo salvaje; la única manera de amansar lo indómito es destruyéndolo o dejándose destruir. Los grandes espacios invitan a la tragedia.

Lo dicho, el puro placer de la lectura.

Calificación: ****/*****

Otros recursos relativos a T. C. Boyle en este blog:
10 Feb 2016 ... T(homas) C(oraghessan) Boyle es una escritor cuya corrección ha impedido que su obra se ganara la consideración de la mayor parte -en ...
jediscequejensens.blogspot.com

30 de septiembre de 2016

Gestarescala

Gestarescala. Philip K. Dick. Ediciones Cátedra, 2016
Edición  traducción de Julián Díez
"Nuestra sociedad tiene una forma de gobierno perfecta. Todo el mundo acaba por quedar fuera de juego."
Intentar, a estas alturas, aportar algo nuevo relativo a la contribución de Philip K. Dick a la literatura de ciencia-ficción desde el punto de vista de simple lector es una tarea tal inútil en sí misma como inalcanzable para quien escribe estas Notas de Lectura. 

Perteneciente a la etapa más mística del autor -su adicción a los psicofármacos y su admiración por la "psicología profunda", esa que no es psicología ni, mucho menos, profunda, es decir, los desvaríos de Jung y sus secuaces, transpiran por sus páginas- , Gestarescala (Galactic Pot-Healer, 1969) es uno de los libros más herméticos, empezando por el polisémico e intraducible título, y, por tanto, más "interpretables" de Dick, una epopeya de viaje a otro planeta pero también un roman à clef en el que cada suceso y cada intervención de los protagonistas, incluido el mero reparto de personajes, puede ser leído mediante un abanico de posibilidades semánticas tan amplio que debería hablarse, propiamente, de varias novelas dentro de una misma novela.

Por encima de sus carencias estilísticas -a diferencia de la mayoría de su literatura breve, algunas de las novelas de Dick adolecen de una falta de compromiso entre su argumento y su plasmación escrita-, de la ambigüedad de su planteamiento, de una trama errática y fraccionada y de la debilidad de sus personajes, Gestarescala es una fiesta en la que PKD demuestra una vez más que su literatura es el sustituto más saludable, aunque igualmente adictivo, de cualquier tipo de sustancia alteradora de la conciencia.

Calificación: ***/*****

26 de septiembre de 2016

El hombre que cayó en la tierra

El hombre que cayó en la tierra. Walter Tevis. Contraediciones, 2016
Traducción de José María Aroca
"Hay veces que se nos aparecen ustedes [los terrícolas] como monos sueltos en un museo, portando cuchillos, rasgando las telas, rompiendo las esculturas a martillazos."
Tras un largo período de preparación y cuatro meses de viaje, un habitante de Anthea, un pequeño planeta del Sistema Solar que ha colapsado después de varios enfrentamientos nucleares, desciende a  la Tierra con el propósito de construir una nave transbordadora para trasladar a nuestro planetas a los supervivientes del holocausto. Para poder financiar esa construcción, pone en el mercado algunas patentes derivadas de la evolucionada tecnología antheana que facilitan algunas técnicas existentes en la época (1985) pero pueden poner en cuestión el equilibrio del terror entre las potencias bélicas, ya de por sí inestable. Este es el argumento de El hombre que cayó en la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1963), la segunda novela del norteamericano Walter Tevis.

A pesar del éxito en las primeras fases de su propósito, el visitante comienza a padecer problemas de adaptación, aparte de los puramente físicos, para los que venía advertido desde Anthea. La soledad y la desubicación se apoderan de su espíritu mientras empieza a percibir que su entrenamiento no le preparó para las disfunciones inherentes a la naturaleza humana, y que su proceso de adaptación ignoró las pasiones a las que, como humano, estaría sujeto.
"Empezó a sentir lo que había sentido ya otras veces: un gran cansancio, una profunda fatiga de este mundo atareado y destructivo y de todos sus chirriantes ruidos. Tuvo la impresión de que podría renunciar a su empresa, de que era una locura imposible haberla iniciado, hacía más de veinte años. Volvió a mirar a su alrededor, cansado. ¿Qué estaba haciendo aquí, en este otro mundo, el tercero con respecto al sol, a casi doscientos millones de kilómetros de su hogar?"
Esa inadaptación provoca que cuanto más se acerca a su objetivo, más lejos se halle éste, que se va diluyendo, desdibujando, hasta amenazar con perder su carácter finalista.
"Y él, el antheano, un ser superior de una raza superior, estaba perdiendo el control, convirtiéndose en un degenerado, un borracho, una criatura perdida y estúpida, un renegado y, posiblemente, un traidor a los suyos."
El visitante queda sometido al conflicto que se establece entre sentirse "demasiado humano" y, progresivamente, menos antheano; es la pugna del apátrida, el que no se siente pertenecer a ningún lugar:
"Era humano, pero no propiamente un humano",
para acabar ejemplificando la paradoja suprema: el extraterrestre que, preso de algo parecido al Síndrome de Estocolmo, acaba siendo más humano que los humanos.
"Durante más de un año le había resultado cada vez más difícil saber cómo se sentía acerca de muchas cosas. Esto no era una dificultad característica de su pueblo, sino algo que él había adquirido. Durante aquellos quince años que había pasado aprendiendo a hablar inglés, a abrochar botones, a atar un cordón de zapato, aprendiendo los nombres de marcas de automóviles y otros incontables detalles y menudencias que en su mayor parte habían resultado innecesarios, durante todo aquel tiempo nunca había dudado de sí mismo ni había dudado del plan para cuya realización había sido elegido. Y ahora, después de cinco años de vivir realmente con seres humanos, era incapaz de saber qué sensación le producía un hecho tan claro como el ser puesto en libertad. En cuanto al plan en sí, no sabía qué pensar, y en consecuencia apenas pensaba en él. Se había convertido en muy humano."
El hombre que cayó en la Tierra es una novela multifacética que admite gran cantidad de lecturas, desde la política -fue escrita en los peores momentos de la Guerra Fría- hasta la psicológica -eran tiempos del conductismo más radical-; que, como multitud de otras novelas de la época, desde ambos lados del telón de acero, trasciende la ciencia-ficción, género en la que se la ha encasillado; y que parecería dar la razón a aquellos expertos que señalan a la década de los años 50 y 60 del siglo pasado como la edad de oro de la ciencia-ficción.

Calificación: ****/*****

Al igual que otras dos novelas de Tevis, El buscavidas (The Hustler, 1959) y El color del dinero (The Colour of Money, 1984), El hombre que cayó en la Tierra fue adaptada para la pantalla en 1976 por Nicolas Roeg, con un soberbio David Bowie en el papel del antheano Thomas Jerome Newton.

23 de septiembre de 2016

La gracia de los reyes

La gracia de los reyes. Ken Liu. Alianza Editorial, 2016
Traducción de Francisco Muñoz de Bustillo
Confieso que, al contrario de lo que sucede con la ciencia-ficción, un género que sigo, aunque con irregularidad, desde donde alcanza mi memoria lectora, y que me sirve, al igual que la novela negra, para oxigenarme después de la lectura de algún libro especialmente denso, me aburren soberanamente las fantasías épicas; he comenzado tres veces la multireconocida Juego de Tronos (el libro, no la serie de televisión) y no he logrado pasar de las primeras páginas, y que yo recuerde el único título que logró cautivarme, y que conste que han pasado un montón de años, fue El Señor de los Anillos. Pero al igual que con la novela negra, caso en el que me dejo aconsejar por un librero experto en este género y que, además, conoce mis gustos, alguien que sabe mucho de literatura anglosajona en general y de géneros alternativos en particular me recomendó este volumen, y acepté el consejo preparado para renunciar a las pocas páginas y confirmar mi incapacidad para según qué tipo de novela de aventuras, para acabar devorando -este tipo de libros no se leen, se devoran- en apenas cinco días sus más de seiscientas páginas.

La gracia de los reyes, cuyo título original es The Grace of Kings (2015), es el primer volumen de La Dinastía del Diente de León (Dandelion Dinasty), saga de la que ya se ha publicado en inglés su segundo volumen, The Wall of Storms; su autor, un desconocido Ken Liu, es un escritor y traductor al inglés de obras de ciencia ficción y de relatos chinos; de hecho, esta es su primera novela original, y cuenta en su haber con la traducción de El problema de los tres cuerpos, la última sensación en ciencia-ficción, ganadora del Premio Nebula 2015, que será publicado próximamente por Ediciones B.

La gracia de los reyes es literatura de pura evasión, una muestra de la literatura popular de siempre, una fantasía épica ubicada en unas islas desconocidas -las guardas del libro reproducen los mapas- en las que un emperador tirano tiene sometidas a las poblaciones por la fuerza de las armas y con el miedo a la represión como principal aliado. En esta situación, el heredero de una familia noble represaliada por el emperador y el jefe de una cuadrilla de bandidos unen sus fuerzas y su ingenio para derrocar al sistema e implantar una sociedad más justa. Acción trepidante y multitud de camaleónicos personajes son sus señas de identidad, y una curiosidad, unas ejemplares notas de exotismo, al menos para el lector occidental, ya que las costumbres, los usos bélicos y los regidores de la acción, un heterogéneo grupo de dioses locales, corresponden a la tradición oriental.

Pero La gracia de los reyes no es solamente una novela de capa y espada, es también una reflexión sobre la ambición y el poder, es decir, sobre la política y la guerra, sobre el peso de la tradición y sobre los cambios imprescindibles que deben asegurar el futuro a los hombres y a las sociedades; un libro que desvela la ilusión de los humanos, ahítos de sueños de libertad, pero que no son más que meros figurantes en la coreografía que imponen unos dioses sujetos a las mismas inclinaciones que los seres humanos. Una lectura apasionante y divertida.

Calificación: ****/*****

19 de septiembre de 2016

La familia real

La familia real. William T. Vollmann. Pálido Fuego, 2016
Traducción de José Luis Amores
Cuatro:
"Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y se lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que había hecho su hijo más joven, y dijo: "Maldito sea Canaán; siervo de siervos será a sus hermanos"." (Génesis, 9:20-27)
Tres:
 "Y Abraham era viejo y bien entrado en días; y Jehová había bendecido a Abraham en todo. Y dijo Abraham a un criado suyo, el más viejo de su casa, que era el que gobernaba en todo lo que tenía: "Pon ahora tu mano debajo de mi muslo, y te juramentaré por Jehová, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que no has de tomar mujer para mi hijo de las hijas de los Cananeos, entre los cuales yo habito; sino que irás á mi tierra y a mi parentela, y tomarás mujer para mi hijo Isaac"." (Génesis, 24: 1-4)
Dos:
"Cuando Jehová tu Dios te hubiere introducido en la tierra en la cual tú has de entrar para poseerla, y hubiere echado de delante de ti muchas gentes, al Hetheo, al Gergeseo, y al Amorrheo, y al Cananeo, y al Pherezeo, y al Heveo, y al Jebuseo, siete naciones mayores y más fuertes que tú; y Jehová tu Dios las hubiere entregado delante de ti, y las hirieres, del todo las destruirás: no harás con ellos alianza, ni las tomarás á merced. Y no emparentarás con ellos: no darás tu hija á su hijo, ni tomarás á su hija para tu hijo." (Deuteronomio, 7: 1-3)
Uno:
"Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida. Antes del todo los destruirás: al Hetheo, y al Amorrheo, y al Cananeo, y al Pherezeo, y al Heveo, y al Jebuseo; como Jehová tu Dios te ha mandado: porque no os enseñen á hacer según todas sus abominaciones, que ellos hacen áasus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios." (Deuteronomio, 20: 16-18)
Cero:
"No será así; si alguien mata a Caín, será vengado siete veces. Y Dios puso una marca en Caín para que quien quiera que se encontrase con él no lo matara." (Génesis, 4:15-16) 
La Familia Real (The Royal Family, 2000) es el tercer volumen de The Prostitution Trilogy, y cierra el ciclo empezado con  Para Gloria (Whores for Gloria, 1991), y continuado por Historias del Mariposa (Butterfly Stories. A Novel, 1993).
“Eres como el lobo que no para de lamer la hoja de la navaja; se bebe su propia sangre y muere desangrado porque le gusta su sabor.”
Aunque con breves incursiones en otros lugares de parecida consideración, y particularmente en Las Vegas, Vollmann sitúa la acción de La Familia Real en algunos de los barrios marginales más deprimentes de la ciudad de San Francisco, un escenario que había aparecido ya en las novelas anteriores de la serie, principalmente en Historias del Mariposa. Brady, un tipo impresentable, especulador, extorsionador y fullero, en cuya mente se halla la construcción de un peculiar parque temático, El Circo Femenino, contrata a Henry Tyler, detective privado, 
“Decir que había momentos en que Henry Tyler adquiría consciencia de que su vida estaba arruinada sería un eufemismo a la inglesa. A quienes carecen por completo de determinación (y preferiblemente también de cerebro) se les puede agradar con facilidad, como a los niños con un helado; de dónde viene el helado y bajo qué condiciones lo reciben -por no mencionar el sanguinario destino de incluso la más milagrosa de las vacas color vainilla-chocolate- jamás traspasa las barreras de su vacuidad victoriosa”, 
para encontrar a un personaje legendario, una supuesta Reina de las Putas, bajo cuyo reinado se desarrollaría gran parte del mercado de la prostitución y del tráfico de drogas de San Francisco. Tyler, enfrentado a su hermano John, abogado de un prestigioso bufete, por, entre otras cosas, la esposa de éste, una coreana llamada Irene, se sumerge en el remolino de los bajos fondos para llevar a cargo su encargo. Al final, resulta que los hermanos acaban trabajando, en menesteres diferentes, para el mismo empleador. Posteriormente, la muerte de Irene, embarazada, y el descubrimiento por parte de Henry de la realidad de la existencia de la Reina de las Putas, desencadenará la tragedia -las tragedias- que forman el tronco principal de la novela. 
“Levantó la tapa y experimentó la alegría de encontrar encima del montón unas bragas de Irene de la noche anterior. Como por Irene sabía que ella y John ya no hacían el amor, no receló de encontrar la huella de su hermano. A lo largo de aquella delgada tira blanca de poliéster que había estado entre las piernas de Irene encontró aquello por lo que Dan Smooth habría muerto: una diminuta marca de sangre. Pero ni siquiera tras llevarse las bragas a la cara e inhalar profundamente detectó a Irene, sino sólo un débil tufo a perfume que enmascaraba todo aroma humano posible. Casi enfurecido, olió las bragas repetidas veces. Pero allí no había nada.”
Ambos personajes, La Reina e Irene, acaban configurando dos avatares para un mismo personaje, -lo mismo podría decirse de los hermanos- siempre bajo la visión de Tyler, a pesar de las insalvables diferencias aparentes que las separan: cuando una muere, la otra le sustituye; las semejanzas y las disimilitudes, en apariencia tan evidentes, se desdibujan en la mente de Tyler. Ausentes de la trama los giros argumentales efectistas, el relato toma, esquemáticamente, una forma circular, como cualquier referencia obligada a la imposibilidad: empieza con la búsqueda de una persona que no se sabe si existe y termina con la búsqueda de la misma persona cuando se supone que ya no existe.

La Reina de las Putas es la protectora, el remedo femenino del proxeneta sin las dosis de violencia física, trocadas por chantajes emocionales. Es el personaje que parece indispensable para las prostitutas; realmente, una figura del poder que ejerce su imperio con mano blanda y guante de hierro a la vez, la verdadera autoridad
“Bueno, había dicho la Reina al principio, unas me seguiréis y otras no. A las que no, no os causaré problemas si vosotras no me los causáis a mí. La mayoría la siguieron, desmintiendo a los chulos que miraban a las chicas que hacían la calle y se burlaban: esas no saben nada de unidad, macho. Cada una intentaba por su parte respetar el silencio de la Reina. Esta se tumbaba con el pelo recogido en un moño gigantesco entremezclado de hilos de lana negra, la cabeza hundida en el pecho, los brazos rodeados de largas cuentas rojizas y en el cuello un rosario que las putas le habían regalado, hecho de cuentas de cristal de colores de botellas rotas.  Cada noche salían amparadas por el encanto protector de la Reina, cada amanecer regresaban a la guarida de la Reina con la esperanza de obtener salvación y descanso e incluso placer. Enseguida pareció que siempre habían vivido de aquella manera, pues ¿por qué no podía ser que Dios hubiera creado para ellas, como para otros, un oasis?”,
que junta a su alrededor una peculiar corte: una Reina plenipotenciaria; Justin, un negro alto, traficante y chambelán, el protector, el único miembro de sexo masculino; Domino, Beatriz, Chocolate, Strawberry, Marta, Ave Amarilla, Bernardette, Lily, Sapphire, un elenco representativo de su profesión; es decir, La Familia Real, una asociación eminentemente defensiva con ánimo de lucro moderado en la que putas independientes se someten a la voluntad de la Reina; esta especie de corte posee una sede, que puede cambiar de lugar rápidamente y sin aviso en función del peligro que pueda presentarse.

Gran parte de las obras de Vollmann, incluso alguna de no-ficción, exploran los diversos mecanismos mediante los cuales se ejerce la autoridad; en el caso de La Familia Real, y dado el ambiente en el que se desenvuelve, no se trata tanto de la autoridad institucional cuanto del poder que otorga la posesión de los recursos económicos, del poder político no establecido, de la procedencia de un personaje o de la mera disposición de voluntades individuales derivada de una posición de fuerza.
“El milagro de la autoridad siempre me ha asombrado más que el estrambótico milagro del dinero mediante el cual una promesa eternamente diferida impresa en un pedazo de papel es digna de crédito para personas no más confiadas o desinteresadas que las hijas de la Reina. En el caso de la autoridad, muchos siguen a uno. De nuevo, ¿por qué? Tolstoi escribió Guerra y Paz a fin de responder a esta pregunta. El escritor concluyó que la autoridad (al menos en su variedad secular) es una ficción dañina; aunque Napoleón se creyera al cargo de sus hormigas-soldado cuando saquearon las colmenas rusas, su poder de mando venía de algo ajeno a sí mismo. O, dicho aún más claro, el egoísmo del Emperador francés le llevó a creer que había hecho historia, cuando en realidad la única hacedora de historia es la propia historia. Yo no termino de aceptar esto, por la sencilla razón de que podrían haberse ahorrado miles de vidas si Napoleón no hubiera llegado a detentar el poder. La historia se expresó en él, sin duda, pero sin él la historia se habría visto obligada a hacerlo de otra manera.”
Aunque con una trama principal perfectamente delimitada y un racimo de acciones secundarias perfectamente definibles -se encuentran muchas novelas en una misma novela, con una estructura y una pluralidad de personajes que recuerdan a las grandes novelas rusas-, La Familia Real toma, ocasionalmente, forma de novela negra, aunque sin utilizar los tropos usuales del género ni los recursos que la distinguen: el detective que recibe el encargo de partir en busca de una persona desaparecida; al no quedar demasiado clara la existencia de ésta, la búsqueda se plantea de modo tangencial centrada en las personas con las que se supone que ha tenido contacto el buscado y mediante el auxilio de los métodos clásicos en los bajos fondos, los sobornos monetarios y no monetarios y las extorsiones; y el recurso a una incipiente tecnología digital: el acceso a bases de datos privadas.

En un mundo contemporáneo condenado a sucumbir por culpa de los desperdicios que genera y a los que no es capaz de dar salida, Vollmann ejerce de ingeniero encargado de los canales de evacuación: toda sociedad, a semejanza de cualquier organismo vivo, posee unos canales de evacuación a través de los cuales se libera de sus detritus, de las sobras del sistema, de los elementos procesados cuyos restos ya no poseen utilidad alguna, sean éstos materiales, inmateriales e incluso humanos; un submundo de carácter infernal y dantesco visitado por el protagonista pero sin la ayuda del poeta. 
“De todas las multitudinarias arterias de San Francisco, la calle Geary es quizá la más importante de las ignoradas. Sí, las ignoradas, ¡menuda categoría! Detectives privados de oídos envidiosos, pederastas autocompasivos que desean “explicarse” a cada extraño de cada bar, prostitutas sin clientes, abogados que aún no han sido nombrados socios principales, y yo mismo, descrito en la introducción a la traducción japonesa de una de mis novelas como “un escritor menor” -¡ah, cómo pica!-, y tú mismo, lector, cuyas cualidades son escasamente reconocidas en este mundo, y ya puestos todos los que seguimos con vida, pues hasta el momento hemos sido groseramente ignorados por la muerte, lo cual me recuerda a los muertos, pues éstos no sólo padecen nuestro olvido sino que además se ignoran entre sí… En suma, la omisión afecta a todo el mundo salvo al afortunado Caín, el cual huye de una jungla a la siguiente, perseguido por el reconocimiento de su Marca inmortal.”
En razón de esa procedencia, sus personajes pertenecen a la estirpe de Caín, expulsados del Paraíso por un pecado en el que no tienen ninguna responsabilidad, castigados arbitrariamente por un tribunal inapelable: la maldición de Caín no se produce cuando mata a Abel sino mucho antes, en el momento de su nacimiento, hijo de padres malditos con el estigma original. En la caracterización de esos personajes, Vollmann no se limita a registrar únicamente sus acciones sino que les dota de una vida adicional, complementaria ("Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo; aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen"), que si bien no parece tener trascendencia en el desarrollo de la acción, sí que amplía su caracterización ofreciendo datos que puedan explicar su conducta en un momento determinado. Del mismo modo, las descripciones acostumbran a ser indirectas y también por saturación: para describir un determinado estado -lo mismo un matrimonio que un despacho de abogados- se limita a centrarse en los individuos que forman parte del mismo, y relatando sus acciones y sus aspiraciones consigue un retrato fiel del entorno en cuestión.
"Aquella noche Tyler soñó con una máquina de exterminio con forma de cara cúbica de acero cuya boca era un trapezoide con cuchillas. Los condenados entraban en la boca uno a uno. Agachaban las cabezas, lo cual le recordó la manera en que todos se quedaban mirando los zapatos que pasaban tamborileando en la clínica de enfermedades venéreas. (En una ocasión se había reunido con un cliente allí. En otra había ido como paciente). Las cuchillas los maceraban. Soñó lo mismo toda la noche, logrando ocasionalmente despertar tras esforzarse, pero era como si el arquitecto de esta máquina no parara de arrastrarle de vuelta para que mirase. Cuando amaneció estaba triste y nervioso.”
Esa saturación, una constante en las obras de Vollmann, se consigue también mediante la multiplicación de personajes por ramificación, personajes cada vez más alejados de la acción principal, el tronco, pero unidos a ella por un nexo de n relaciones.

Tanto la longitud de la novela como las digresiones, esa ya mencionada saturación y los diversos e insólitos recursos que pone en marcha -algunos extendidos a la totalidad de su obra y también al propio Vollmann como escritor- convierten la escritura del autor en una especie de “escritura contra el lector”: con una extensión desmesurada, un medio narrativo  sórdido y unos personajes deleznables, un lenguaje desacomplejado y soez, Vollmann parece buscar el rechazo en lugar de la atracción, le perturbación el lugar del deslumbramiento, el horror en lugar del sosiego, el realismo en lugar del idealismo, la brutalidad en lugar de la mansedumbre, la repugnacia en lugar de la seducción, la aparatosidad en lugar de la mesura. Todo ello da lugar a lo que podría denominarse como “narrativa del exceso” que podría estar, formalmente, en línea con el Pynchon de sus novelas voluminosas o el David F. Wallace de La broma infinita, un exceso que es fruto de una decisión consciente del autor como opción tanto estética como ética, ese afán de contarlo todo que lleva estéticamente a la saturación y éticamente al callejón sin salida de la imposibilidad de trascender el caos; a uno le vienen inevitablemente a la memoria otros escritores del exceso como Sade, Bukowski, Huysmans y los decadentistas.
“Ella adelantó el cuerpo mirándole de un modo que le lastimaba y confundía, y su cara descendió, los ojos reluciéndole de un modo casi maligno, y entonces su boca comenzó a abrirse, la luz de la linterna la iluminó, el labio inferior empezó a destellar de humedad y de éste comenzó a resbalar una larga y delgada hebra de saliva, con la misma velocidad con que una araña desciende de su hilo, y Tyler se sorprendió al descubrir cuánto la anhelaba en su boca. Ni siquiera sabía por qué. Cálido y espeso, el líquido comenzó a enroscarse en su lengua. Lo sintió antes de saborearlo. Ella se acercó más, ahora su cara se cernía sobre él como un planeta y estaba casi besándole. Entonces un torrente espumeante de saliva se derramó en su boca mientras ella exhalaba sobre su rostro. El aliento le olía a coño. Su saliva olía a coño.”
Parte de esa repulsión viene dada por la inusual atracción por lo sórdido que muestra el autor y el detalle con que describe sus mecanismos. ¿Es esa atracción por la degradación la expresión de una supuesta superioridad moral? ¿Es necesario tener en cuenta y distinguir la diferencia entre quien debe limitarse a lo sórdido porque no tiene alternativa y el que, teniendo la posibilidad de escoger otras opciones, se zambulle en ella? ¿Cuál es el sentido de ese viaje voluntario al infierno, sabiendo que posiblemente no podrá escapar? No es lo mismo no poder sustraerse a la propia degradación que sumergirse voluntariamente en ella.
“Ella abrazaba orgullosamente su propia degradación, como un cristiano la cruz.”
Algún tipo de desequilibro psíquico debe padecer quien es capaz de abrazar voluntariamente el instrumento de su propia tortura, a menos que la motivación sea religiosa -opción que refuerza la posibilidad del desequilibrio mencionado-, o ese movimiento se realice desde la superioridad moral anteriormente mencionada, opción que anularía el carácter desinteresado y solidario con el que alguien más favorecido por las circunstancias mostraría por el outsider; si acaso se revela algún signo de solidaridad, éste se limita a la de aquellos que saben que jamás encontrarán aquello que están buscando, sin que la extracción social de partida posea ninguna ventaja.
“¿Qué significaban esos platos pálidos y vacíos que no estimulaban ningún deseo en él? Sin duda Irene sentía lo mismo respecto a las vaginas de las calles Turk o Capp. No se trataba de la clase de artículo sino que existieran en tal variedad, cada uno disponible, cada uno con su propio distintivo y precio, de tal modo que la elección devenía agotadora. Se preguntó qué efecto tendría esto sobre una persona acostumbrada a pensar que la alegría consistía en la selección y colección de placeres adquiridos. Esta manera de vivir se le antojaba a veces monstruosamente perversa. Y sin embargo Domino y la puta transtornada apenas eran más felices. No era que objetase el hecho de que la gente disfrutara de su vajilla; era el saber, el conocimiento sin disfrute, el desperdicio que implicaban lo que le deprimía.”
La cuestión subyacente al recorrido personal que realiza Tyler es hasta qué nivel de degradación puede llegar un ser humano sin perder la dignidad. Si la frontera entre la dignidad y la vileza es una línea fija, tan sólo se debe decidir  el lugar donde colocarla; pero si es móvil, flexible -una opción, a la larga, peor-, a lo que se debe atender es a no situarla en ningún momento más allá del precipicio, superando el punto desde el cual el regreso no es posible.
“El quid es la mujer asustada que ya no quiere enfrentarse sola al hombre porque cuando lo hace, cuando se desprende del vestido flácido, exhibiendo ante aquél unos pechos marchitos cada uno tan grande como la cabeza de él, o ningún pecho, o tejido cicatricial masectomizado con un remedo de curvas hecho con cinta adhesiva sobre pelotas de tenis viejas; cuando, vendiendo su carne, aguarda a pie o acuclillada, coagulando el aire primeramente con el hedor a queso mantecoso de pies desaseados confinados en calcetines de una semana, en segundo lugar con el aroma a leotardos y bragas también de una semana, incrustados de semen y orina, lubricados con la inmundicia parda de los callejones; en tercer lugar con la pestilencia del vestido igualmente de una semana, engalanado con manchas de cerveza y ceniza de cigarrillo y sazonado con el tufo del sudor a sexo, miedo, fiebre, adicción; cuando se enfrenta a un hombre y es aceptada por éste, cuando se ha despojado de todas estas capas hediondas (ya sea rápidamente, para acabar con el asunto, y tan despacio como un camión en el acto de colocarse sobre una balanza industrial porque está agotada), cuando presenta su alma envejecida desnuda, exhalando por cada poro físico y ectoplasmático un cuarto y supremo olor que hace lagrimear más que cualquier reina de las cebollas rojas: olor ceroso a podrido entre los pechos, olor a sangre, pis y mierda entre los muslos, olor a sudor y olor a sobaco, todo ello mezclado en un halo, olor dulzón generalizado a carne sucia; cuando se agacha dolorosamente con su cliente sobre una cama o el suelo o en un callejón: es entonces cuando anticipa su propia muerte. Su olor basta para que el hombre no desee conocerla a fondo, y con todo este no es el fondo de la cuestión. El fondo de la cuestión es que está asustada.”
Otra particularidad del estilo desplegado por Vollmann la constituyen las constantes roturas del ritmo: en medio del avance constante pero reposado, ritmo al que obligan las descripciones y los diálogos, Vollmann detiene lo que parece la trama principal, toma un desvío y, sin avisar, lo ralentiza, ofreciendo información acerca de esa desviación, se vuelve detallado, conciso, diletante; a continuación, acelera, toma velocidad de crucero y despacha en unos pocos párrafos gran cantidad de información; posteriormente, ralentiza de nuevo, extendiéndose en descripciones aparentemente irrelevantes o detallando pormenorizadamente un diálogo, directo y sin intromisión del narrador, absolutamente marginal, o se demora en un travelling automovilístico nocturno por Broadway, detallando todos los comercios y locales que se va encontrando siguiendo el sentido de la marcha.

Haciendo incapié en el carácter postmoderno de la novela y explotando alguno de los recursos que han caracterizado las novelas escritas desde esta perspectiva, merecen especial atención las intervenciones en primera persona del narrador -¿o del escritor, igual que sucedía aunque con más peso específico, en forma de notas al pie, en Historias del Mariposa?-, las razones de esas intervenciones y los momentos en los que se insertan en la trama; a veces, se justifican porque habla de hechos históricos que no atañen directamente a ninguno de los personajes, pero también para exponer una opinión o un pasado personal no imprescidibles, pero también porque desea introducir un nuevo tema o una nueva línea argumental. En todo caso, la aparición del narrador brinda la posibilidad de que sea un personaje que ha sido testigo en primera persona a algunos de los episodios que relata quien los explique, como si se tratara de un reportaje periodístico, mientras que los otros episodios le han llegado de oías o, sencillamente, son producto de su imaginación. 
“Puede que tales episodios anexos sean flojos y mecánicos, como las tramas secundarias en las obras de Shakespeare, pero el hecho es que en ocasiones  la realidad cambia furtivamente el dial de nuestro destino.”
Es el mismo narrador quien advierte de que “esto es una novela” y que, como tal, puede ahorrarse explicaciones y justificaciones, igual que tampoco es necesario sentir piedad o conmiseración por los personajes. Esta aclaración a modo de advertencia contrasta con la temática de la novela, con el tratamiento que da a los personajes y con el abanico de opciones al que los enfrenta. Si el narrador demuestra ese desapego y parece censurarnos por nuestros sentimientos de lectores de ficción hacia sus personajes, debería poder aceptar nuestra censura y nuestro deseo de que hubiera relatado no la historia que compone La Familia Real sino otra; en todo caso, el narrador no es nadie para decirnos cómo debemos recibir su obra ni qué sentimientos debe despertarnos: en todo caso, señor narrador, no vamos a fiarnos de usted, no parece usted trigo limpio, ni de las discriminaciones entre los hechos que usted afirma haber vivido como testigo y aquellos que parece haberse inventado.
“(¿Serían tan amables de permitirme un pequeño comentario de autor en este punto? Únicamente quiero hacer constar cuánto me avergüenza introducir un nuevo personaje a estas alturas de la novela; un personame, además, sin nombre. Tanto Dan Smooth como el FBI saben quén es, pero su identidad es irrelevante: él no es más que un títere, un procurador de nuestra trama, un proveedor de la gran máquina conocida como Circo Femenino. Dudo hasta de necesitarle, y si se me escapara su nombre, cabría que terminase ocupando más espacio que el necesario, o que llegáramos a prendarnos de él. La mayoría de los pollos y cerdos que me he comido no tenían nombre.”  
Esas intervenciones, algunas veces esporádicas y limitadas a un comentario aclarativo, otras tan extensas que pueden ocupar varios capítulos, ya aparecían, como ha quedado dicho, en Historias del Mariposa. En este caso, parecen responder a una estrategia dilatoria para cuando la intriga aparenta haber decaído, alguno de los interrogantes planteados ya tienen respuesta y el diseño y caracterización parecen acabados.
“Lo real no existe.”
Vollmann trabaja a dos niveles: el terreno a cartografiar y el mapa que resulta de su representación. A nivel geográfico fija su atención en la orografía de los arrabales, los barrios desahuciados por donde la ciudad evacúa sus desechos, el canal excretor de las sustancias sobrantes: Tenderloin, Mission y lugares parecidos. Una vez delimitadas las coordenadas geográficas, que se convertirán en los escenarios principales de su novela, focaliza su atención en la geografía humana que albergan, es decir, traza el contenido del mapa: ajusta las cotas, localiza los símbolos, adjudica las leyendas, es decir, cierra la representación; y esto lo ejecuta mediante los personajes y sus acciones e interacciones. Naturalmente, el terreno condiciona, concreta y delimita esa representación: personajes de pasado turbio y presente tenebroso: putas, chulos, delincuentes, traficantes de drogas, pedófilos y sus víctimas, borrachos, gente sin hogar, o con hogar no digno de ese nombre, extorsionistas y prestamistas, chamarileros y cortadores, policías corruptos, seres que han traspasado todas las fronteras y de más allá. Una vez trazado y rellenado el mapa, Vollmann planea el itinerario, la trama, dota de contenido a la acción, y es en este punto desde el que despliega los recursos del gran novelista contemporáneo, del contador de historias capaz de desenvolverse en ese mundo con el hermetismo del confidente de la policía, que tiene que ofrecer información a las autoridades para mantener su estatus pero sin alterar su circunstancia en el hampa para poder sobrevivir y seguir contando con la confianza de los bajos fondos.
“Adoramos, veneramos lo que tenemos. ¿No son todas las cosas divinas,. en cualquier caso? Al igual que en algunos pueblos pesqueros italianos las estatuas de la Santa Virgen en sus hornacinas están rodeadas de conchas de almejas, en el Tenderloin he visto toscos dibujos de la reina enmarcados por fragmentos de cristales rotos.”
Todos nos imaginamos a veces viviendo vidas que jamás viviremos, cumpliendo fantasías tan alejadas de nuestras posibilidades como los viajes interestelares para el hombre del Neanderthal. En qué medida esas fantasías son únicamente huidas de una realidad manifiestamente mejorable o simples especulaciones febriles de carácter puramente lúdico únicamente pueden decidirlo las circunstancias personales de cada uno en cada momento dado. Es decir, la fantasía será más o menos fantástica según sea la realidad actual: los sueños de riqueza del heredero de un magnate son menos fantásticos que los del hijo de un inmigrante; es, efectivamente, el punto de partida el que otorga el nivel de fantasía de esas aspiraciones: cuanto más lejos se hallen ambas situaciones, más se acentúa la imposibilidad, y la fantasía acaba convirtiéndose en puro delirio.

Cuando uno de los personajes de La Familia Real afirma que “lo real no existe”, no expone el punto de partida de una nueva formulación fenomenológica ni especula acerca de las últimas tendencias de la teoría de la literatura; únicamente intenta sustraerse a una realidad nada halagüena mediante el simple mecanismo de negarla. Vollmann aprieta, una vez más, una vuelta más, las tuercas de la empatía del lector, y cierra un acercamiento a las cloacas -tan deleznables, tan necesarias- de la sociedad norteamericana mediante una extensa novela que sacude a partes iguales la conciencia y el estómago del que se atreve adentrarse en su laberinto de tristeza, amargura y degradación: el canto de la rendición incondicional de Eros ante Thanatos.
“Y esta piedra es mami y este palo eres tú y este palo soy yo. Somos la familia real. Y ahora está nevando y un monstruo grande -un monstruo ENORME- va a matar a todo el mundo. Primero mata a papi, luego a mami, luego a la reina, luego a ti y luego a mí. Ahora voy a revivir a todo el mundo, pero el castillo está demasiado revuelto. Inventemos otro juego.”
Abróchense los cinturones, que el vuelo va a ser convulso.

Calificación: *****/*****

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