“Semant icy un mot, icy un autre, eschantillons dépris de leur piece, escartez, sans dessein, sans promesse : je ne suis pas tenu d'en faire bon, ny de m'y tenir moy-mesme, sans varier, quand il me plaist, et me rendre au doubte et incertitude, et à ma maistresse forme, qui est l'ignorance.”
Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
2 de septiembre de 2016
Pereza
"La idea de Dios, al menos su introducción en la dialéctica, no es más que un signo de la pereza del espíritu [...]. La idea de Dios es un mecanismo psicológico. En ningún caso podría ser un principio metafísico. Puesto que mide una incapacidad del espíritu, jamás podría ser el principio de su eficiencia."
El Aldeano de Paris, Louis Aragon, 1926
31 de agosto de 2016
Conservación
Tienen más posibilidades de permanencia las anécdotas que Los Grandes Conceptos Filosóficos, cuyo estatismo les condena, paradójicamente, a ser efímeros.
29 de agosto de 2016
En cuestión
Se puede contradecir la realidad, cuestionarla, negarla, manipularla o subjetivarla; de hecho, el arte procura numerosos y excelentes ejemplos. Lo que no se puede contradecir es la verdad.
26 de agosto de 2016
Amarás a tu enemigo
Toda ideología que se precie contiene en su seno el germen de la ideología opuesta, y ambas se retroalimentan mutuamente dando lugar a una sucesión de altercados que pueden preverse pero que jamás serán evitados porque la subsistencia de ambas depende de esa confrontación.
24 de agosto de 2016
Boxeo

Mi padre era aficionado al boxeo, y yo también lo fui durante mi adolescencia y juventud, cuando en la localidad vecina a la que residía, en Pineda de Mar, hubo un cierto florecimiento de este deporte: se instaló una escuela, se contrataron exboxeadores como profesores y se organizaron diversas veladas en el recién estrenado pabellón cubierto; era una época pre-Rocky y pre-Hurricane, pero no era raro que se retransmitieran combates en la única televisión de que se disponía -la estupidez de la corrección política aún no había llegado y los fundamentalistas se recogían bajo las carpas de la política y del catolicismo, que es de donde nunca debieran de haber salido-, y, además, estaban a disposición del público los grandes clásicos en blanco y negro del género, que pasaban por televisión con cierta regularidad, y una película excepcional, "La gran esperanza blanca", que junto con la afición de mi padre contribuyó a mi inclinación por ese deporte.
Un día, después de acabar el trabajo en la empresa de transportes de mi padre y mi tío, a la que yo acudía, con catorce o quince años, tal vez menos, para echar una mano -era a la vez una manera en que se me tenía recogido y controlado y de empezar a acostumbrarme al mundo del trabajo- en verano, apareció por allí uno de los profesores de la escuela, Modesto Benjumea, viejo amigo de mi padre y hermano de un vecino del almacén de Transportes Flores-Flores, que venía del gimnasio de dar sus clases a los aspirantes a boxeadores, con tres pares de guantes de entrenamiento; medio en serio medio en broma, se puso unos, y uno de los trabajadores de la empresa, Joaquim Febrer, exbaloncestista profesional, metro noventa, cien kilos, en una forma increíble aunque ya retirado –era la época en la que la UDR Pineda jugó en la División de Honor de Baloncesto-, otro par, e improvisaron unas fintas. Estuvimos charlando un poco, y Modesto se comprometió a venir una vez a la semana para “darnos unas nociones”; aparte de mi padre y Quim Febrer, participamos también Pep “Barris”, jardinero, el hombre más fuerte que he conocido; Joan Gabaldón, conductor de furgoneta, un tipo alto como una torre y bastante fuertote, aunque no demasiado ágil; un par de trabajadores, creo recordar que soldadores, de Tallers Comas, una empresa que había al lado de Transportes Flores-Flores, uno de los cuales ya se entrenaba “oficialmente” con Modesto; y yo, claro.
Así que una vez a la semana, después de llenar los camiones y liberado de cajas, el muelle de carga del almacén se convertía en un improvisado cuadrilátero; Modesto nos daba primero una charla teórica, explicando cómo utilizar un jab para preparar el ataque, la manera más efectiva del directo de izquierda y, particularmente a mí, debido a mi baja estatura en aquellos años, cuál era la mejor preparación para un “definitivo” uppercut; nos enseñaba a “bailar” y a coordinar manos y piernas, según él, la principal virtud del boxeador de peso medio para abajo, y toda la variedad de defensas. Después de la charla teórica había “combate”: Quim contra Joan, mi padre contra Pep “Barris” –mi tío Martí nunca quiso participar, igual porque llevaba gafas-, y cualquier otra combinación siempre que coincidieran los pesos de los luchadores; los asaltos duraban un minuto, bajo la atenta mirada de Modesto, que iba corrigiendo lo que hacíamos mal y espoleándonos a variar nuestros golpes y a defendernos con destreza. Yo también participaba, bajo la promesa exigida por mi padre de no decírselo jamás a mi madre –promesa que cumplí, ni aún a día de hoy mi madre sabe nada de esas veladas-, generalmente boxeando contra alguno de los semi-profesionales, que eran los que podían boxear conmigo sin dañarme precisamente porque dominaban la técnica básica; los demás eran unos bestias de mucho cuidado. Nunca hubo ningún K.O., por supuesto, porque lo que es pegar, casi no nos pegábamos, de hecho, estaba prohibido; Modesto hacía de árbitro, los asaltos se resolvían a los puntos, y el acuerdo era que llegar a tocar la cara –al hígado no apuntábamos y el diafragma creo que no se había descubierto aún- del adversario era ya un golpe computable; solamente una vez hubo sangre, fue un día en que estaba yo especialmente inspirado y, aprovechando la cancha que me daba uno de los profesionales –lo cierto es que eran muy considerados conmigo-, que me chuleó en plan Cassius Clay bailoteando con la defensa baja, le metí un crochet tan desconsiderado en todos los morros que le hice sangrar la nariz; el combate se interrumpió inmediatamente y fui descalificado por dar golpes ilegales –es decir, por golpear-.
Seguimos con nuestros entrenamientos semanales, con las clases teóricas, con los comentarios post-combate durante todo el verano; cuando empecé el curso académico, dejé de ir por la empresa, y no recuerdo cómo acabó el plan de preparación aunque sí que el boxeador al que hice sangrar la nariz, tiempo después, ganó el campeonato de Cataluña de su peso; quiero pensar que se defendió de manera ortodoxa, como debe ser –en esas categorías y en esa época, acostumbraban a ganar los combates los boxeadores que se defendían mejor-, dejando el revoloteo de mariposa –las picaduras de avispa tampoco estaban a su alcance- para Cassius Clay, posteriormente Muhammad Alí, El Más Grande.
22 de agosto de 2016
Rugby
Hace unos días TV3 retransmitió en directo la final de la Liga Francesa 2015-2016 de Rugby, un partido que se celebró, por la coincidencia con la Eurocopa de Fútbol, el gran torneo veraniego para los adictos al balón pateado, en el Camp Nou de Barcelona entre los equipos de Toulon y Racing de París; fue uno de los mejores partidos entre equipos europeos que he visto últimamente, y el tanteo, 29 a 21 a favor de los lutecios, un fiel reflejo de la calidad de ambas escuadras y de lo disputado de la final. Justo en el descanso del partido, llegaron a casa mi hermana y mi sobrino de doce años, éste armado con el omnipresente teléfono móvil y enfrascado en su juego online -de cuya estrategia quiso hacerme, infructuosamente, partícipe, pero el comienzo de la retransmisión del segundo tiempo llamó su atención hasta tal punto que dejó el móvil y se puso a mirar el partido. Estuvimos viéndolo hasta el final; me tocó explicarle los rudimentos del reglamento, las jugadas, y otros aspectos relevantes del juego. Cuando le comenté que los jugadores ni fingen faltas hi provocan al contrario, la antigua regla cuando era deporte amateur de que los cambios por lesión debían ser pactados por ambos entrenadores, que no protestan al árbitro, agachando sus cabezas en signo de aprobación de sus decisiones que, además, se oyen por la megafonía del estadio, y lo del tercer tiempo, él, acérrimo aficionado al fútbol, se mostró tan sorprendido como maravillado. Es posible que ese día el deporte de villanos jugado por caballeros ganara un nuevo aficionado.
Mi abuelo es, con toda seguridad, la persona más antifutbolera que he conocido; y cuando digo antifutbolera extiendo la calificación a cualquier deporte que se juegue con una pelota. Mi padre seguía la mayoría de partidos que retransmitía Televisión Española, tiempos de blanco y negro y solamente dos cadenas, particularmente los del R.C.D. Español, el club de sus amores y de toda su familia, y alguno de los que jugaban el Barça o el Real Madrid, para verlos perder; yo, seguidor en aquellos tiempos del Athletic de Bilbao, compartía algunas de esas sesiones futboleras de sábado por la tarde. El aparato de televisión estaba en el comedor, en un lugar de paso entre el corredor y lo que llamábamos la galería, que era la habitual sala de estar en una casa con una distribución si más no curiosa y, en todo caso, distinta de las últimas tendencias arquitectónicas; mi abuelo acostumbraba a llegar a casa a medio partido; cuando pasaba por el comedor murmuraba: “Què fan? Un altre cop la pilota dels collons?”, y soltaba una interminable rastra de palabrotas; “no entenc com us pot agradar això”, concluía, y sin esperar respuesta pasaba ostensiblemente por delante de la pantalla y seguía hacia la cocina y la galería farfullando incomprensibles maldiciones. Pero el día en el que daba rienda suelta a su futbolofobia era cuando, debido a algún ajuste del campeonato de liga o porque retransmitían algún encuentro de competición europea, la hora del partido coincidía con el Telediario, el único programa televisivo capaz de sentarlo delante del aparato -las personas mayores, mi abuelo debía pasar de los ochenta años, acostumbran a ser muy metódicas: la sucesión habitual era llegar a casa, cenar -horario europeo pero no dieta europea- y ver el Telediario; en estas ocasiones, el vocabulario blasfemo alcanzaba unas cotas de originalidad y versatilidad increíbles; le oíamos desde la galería maldiciendo en voz alta, siguiendo ordenadamente la totalidad del árbol genealógico de Jesús de Nazareth, incluyendo familia política, colateral y apostolar, y no paraba hasta que no se daba cuenta de que aquel día no habría Telediario. Regresaba refunfuñando a la galería, repetía algunas de las maldiciones para hacernos partícipes de la injusticia a que había sido sometido y, sin dirigirnos la palabra directamente ni a mí ni a mi madre ni a mi hermana, cuyos ojos infantiles lo contemplaban desde el fondo del parque con una sorpresa indescriptible, se iba a la cama sin más comentario ni más dilación.
Un sábado a primera hora de la tarde yo estaba mirando un partido del torneo Cinco Naciones de Rugby, en las míticas, al menos para mí, retransmisiones de Celso Vázquez para TVE, que nunca me perdía -de hecho, esas emisiones fueron el germen de mi afición posterior al rugby-, y mi abuelo, a pesar de que era una hora en que acostumbraba a estar fuera, jugando a cartas en “La Barraca” del parque o discutiendo de política con otros jubilados, ese día estaba en casa; cuando pasó por delante del aparato de televisión, soltó su “Més pilota, mecagondéu?” -la palabra "pilota" siempre iba acompañada de algún exabrupto como si fuera una expresión completa-, pero yo, en lugar de callarme, que era lo más aconsejable para mantener cerrada la Caja de Pandora de las maldiciones, le dije que no era fútbol sino rugby. “Rugby?”, exclamó con desprecio, pero echó una mirada a la pantalla; quiso la casualidad que, en aquel momento, se iniciara una jugada de ataque desde campo propio que acabó con ensayo. “Però toquen la pilota amb la mà!”, se extrañó. Le expliqué por qué tocaban la pelota con la mano, y no sé qué fue lo que le llamó la atención, pero cogió una silla y se sentó; entre mis explicaciones y las de Celso Vázquez, lo entretuvimos hasta el final del partido y, aunque dejó patente su desagrado, no sólo no abrió la caja de los truenos sino que vi en su mirada un disimulado atisbo de interés. Al finalizar el partido, soltó un “Quina collonada!” y se fue sin más a sus quehaceres cotidianos de sábado por la tarde.
A partir del sábado siguiente, a la hora del partido, las cuatro en punto de la tarde, y hasta el final del torneo, me tocó explicar las jugadas, interpretar el reglamento y corregir algunos tópicos, pero ya no vi más rugby solo. Jamás lo reconoció, pero el balón ovalado había ganado un aficionado.
19 de agosto de 2016
La isla de los condenados
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| La isla de los condenados. Stig Dagerman. Sexto Piso, 2016 Traducción de Carmen Montes Cano |
Una isla desierta -declaraciones de algunos de los testigos parecen aseverar que es de gran extensión y de que está habitada, en unas zonas alejadas de donde se desarrolla la acción, pero no existe comprobación de este hecho- es el escenario donde recalan, después un naufragio, siete personajes de distinta procedencia y condición; la isla está rodeada de arrecifes, y el sonido del mar rompiendo contra las rocas inunda el espacio insular con un ruido ensordecedor, constante, pulsátil. Su vida cotidiana y las relaciones entre ellos, pero también puntuales episodios de su vida anterior, son el tema de La isla de los condenados (De dömdas ö, 1946), tal vez la novela más conocida del prometeder escritor sueco Stig Dagerman, autor de varios ensayos, artículos, cuentos y textos para teatro, una obra relativamente extensa teniendo en cuenta que falleció a los 31 años, suicidándose en su propia casa.
La culpa
"Sed, todo es sed. Culpa, temor, todo tipo de remordimientos de conciencia, la crueldad y la mentira, todo es sed; la huida y la humillación, las proezas y el deseo de compañía: todo es sed y sólo sed."
Uno de los náufragos está cumpliendo una pena, acerca de cuyo origen solamente puede especular; viene de una infancia conflictiva con un padre rudo que le propinaba castigos físicos. La muerte accidental de un caballo desata las iras de su progenitor, que le reconviene por su piedad, advirtiéndole de lo desaconsejable de pensar y de sentirse culpable. En un ambiente onírico en el que el pasado llama constantemente a su puerta e invade un presente en recesión, escapa de ese ayer pero también de un hoy que no augura porvenir alguno.
"Qué mundo más condenado aquel en el que alguien recibe una patada cada vez que otro levanta el pie, y donde cada vez que otro pone el pie en el suelo aplasta a alguien."La conversión de la culpa en venganza libera el espíritu de ese roedor insaciable, pero instaura un nuevo cepo en el que, preso en él, cada intento de escapar profundiza más en la herida.
La huida
"¿Dónde estaríamos sin nuestros muertos, que sería nuestra salud sin los enfermos, nuestra felicidad sin los fracasados, nuestro valor sin los cobardes?"La incapacidad para huir bloquea la comprensión de cualquier conflicto y condena al inmovilizado a sufrir una piedad que no está dispuesto a soportar porque le hace consciente de su limitación: para el orgulloso, ningún sentimiento afecta más negativamente que la piedad ajena; más todavía cuando siempre se ha sido al que se reclamaba esa piedad y tenía en sus manos la decisión de otorgarla o denegarla.
"Para el que huye, es tan inútil morir como vivir."La huía más difícil es la de sí mismo; otro nombre, otro lugar, otras relaciones, pero la imposibilidad de ignorar esa voz interior que no cesa de dirigirse a uno mismo recordando quién es.
"Di, después de todo, ¿era posible convertirse en un ser totalmente nuevo, despojarse de esa persona odiosa que ya no tienes fuerza para sobrellevar?"Lo malo de la memoria es que lleva siempre al pasado, a ese lugar del que se intenta, inútilmente, huir.
La duda
"¿Quién soy yo?, pensaba entonces, ¿quién soy yo? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a sacrificarme por todos estos, ninguno de los cuales está dispuesto a sacrificarse por mí? ¿Acaso no somos todos náufragos?"La apariencia de fuerza presupone más capacidades para reaccionar ante la adversidad aunque, a menudo, solamente son figuradas. Del mismo modo en que los otros pueden sentirse protegidos por quien aparenta poseer todos los recursos, la capacitación y la disposición para responder a los retos supuestamente inasumibles, el gusano de la duda puede, primero imperceptiblemente, pero de forma continua, empezar a corroer la confianza, a cuestionar las capacidades, a asaltar la muralla del convencimiento, a asediar al sentido de responsabilidad con una pregunta terminal: "¿Seré capaz?", y paralizar la posibilidad de respuesta. El organismo se bloquea, se angustia, entra en estado de ansiedad, y se ve imposibilitado para hacer frente al reto. La capacidad invasiva de esta situación queda asociada el hecho y ante desafíos futuros no es la peligrosidad lo que bloquea la respuesta sino la duda.
A partir de ese momento, sólo cabe dimitir de las responsabilidades y refugiarse en la comodidad de la niebla de la obediencia.
La tristeza
"La sitió la tristeza, esa tristeza deliciosa en la que uno puede dejar que se disipe todo; la que, con la misma ansia voraz, devora anhelos perversos y deseos desvergonzados, odio y amor, tan placentera para sumergirse en ella con la esperanza de salir sano y salvo cuando todo haya culminado, cuando el arrepentimiento esté satisfecho, cuando la ansiedad haya cedido."La tristeza es el preludio de la desesperación. Nuestras interacciones con los demás están dominadas por el tedio y, al no ser capaces de actuar con el nivel de decisión que requiere cada situación, tendemos a la desconfianza, a la sospecha infundada, a la imposibilidad de reconocer los códigos del trato interpersonal, y de ahí a ver en cada sujeto una amenaza, en cada situación un peligro, en cada decisión que debamos tomar un dilema irresoluble.
Cuando la lógica del amor es reemplazada por la lógica de la crueldad, cuando un monstruo toma el mando de nuestro sistema de decisiones, especulamos con la ilusión de no ser responsables de nuestros actos obviando que ha sido nuestra renuncia lo que le ha permitido asaltar nuestra voluntad. Entonces, si sus actos contradicen nuestro sistema de valores, si en un instante de lucidez alcanzamos a medir el verdadero valor de nuestras acciones, desaparecen las excusas prefabricadas; si durante un solo momento somos capaces de valorar los hechos, la locura deja de ser un castigo para convertirse en el único consuelo.
La obediencia
"-Son mis heridas, ¡déjeme tranquilo, déjeme en paz! Ah, yo conozco bien a los de su clase. Yo sé bien lo que pasó en cierta biblioteca de la guarnición Brosto, poco antes de medianoche, cuando se había apagado el fuego en la chimenea y juntaron los sillones por parejas y se oían los susurros y los jadeos detrás de la puerta cerrada. A cuenta de qué le interesan a usted mis heridas; ay, se lo puedo asegurar, aquí no hay nada que ver, no son más que dos heridas normales, para qué quiere usted verlas, deje que sufra con ellas yo solo, son mías, mías, no suyas; acaricie sus heridas, deje las mías."La obediencia es la excusa de los cobardes, la forma de adjudicar a otros los errores propios, es decir, de no cometer equivocaciones. De disolver las responsabilidades en el mar de las órdenes, de cubrirse siempre las espaldas. De pasar por persona disciplinada cuando en realidad se es indecisa. La obediencia es la aceptación de la servidumbre voluntaria, la renuncia a la capacidad de decisión, el escamoteo de la libertad: nadie en su sano juicio, excepción hecha del pusilánime, puede estar orgulloso de ser obediente. Al final, las consecuencias psíquicas de la renuncia se convierten en remordimientos que toman el lugar de los recuerdos y cuya presencia constante contamina la relación con la realidad.
El miedo
"Ay, cuántos ratos pasé sola debajo de la cama a lo largo de los años hasta que venían a sacarme de allí y me dejaban otra vez con gesto huraño, como si hubiera sido un bicho asqueroso que mancha las manos de quien lo sostiene. Es díscola la niña, decía la gente que pasaba por las habitaciones, es díscola de verdad. Y era verdad: yo era díscola, me había construido un cuento en el que me deslizaba todas las noches y desde el que podía desafiar al mundo entero. Era el cuento del anhelo del anochecer, que era un gran cuento rebelde. Me acurrucaba en él como si fuera una gigantesca caracola azul, y allá arriba, en el cenit, había una cálida estrella grande y roja. Y cada noche que papá aparecía en el umbral de cuarto de Nicky y mío y decía con esa voz metálica: Es hora de dormir, niñas, ya ha caído la noche, yo me ponía encima de la caracola nocturna y allí ocurrían cosas prodigiosas."El silencio es el enemigo de todos aquellos que no desean oír la voz de su interior, de los que desean acallar las manifestaciones de su conciencia. El silencio es la plasmación de la soledad, la constatación del aislamiento, la confirmación de nuestros peores miedos.
La inseguridad acerca de las consecuencias de nuestras decisiones, incluso de aquéllas cuyo último recurso no está en nuestras manos, puede llevarnos a la paralización de nuestras acciones; si, además, una figura representante de la autoridad censura indiscriminadamente cualquiera de nuestros actos, incluso los claramente inocentes, en etapas aún carentes de madurez, el miedo a la inconveniencia arrastra a la parálisis total y a que este pánico afecte a los órdenes más diversos de la vida.
La soledad
"Añoras los momentos de autoanulación absoluta, de la soledad más brutal y sublime con toda la intensidad de la esperanza que abrigas, con todo el fuego de los sueños que alimentas; te has hecho partícipe de un secreto peligroso, te has iniciado en el uso de un veneno peligroso que se llama soledad y, como un morfinómano, ahora divides la vida en dos períodos: el delirio y la recuperación."Nacimos y morimos solos, pero también vivimos solos, recluidos en la campana de cristal de nuestros prejuicios, incapaces de renunciar a nuestros errores, voluntariamente aislados de cualquier contaminación que pudiera mostrar algún atisbo de nuestra debilidad.
La sociedad, como no podría ser de otro modo, aborrece de los solitarios por lo que tienen de indomables; ninguna justificación altruista moverá jamás a un solitario, más bien al contrario: éste cuestionará a la autoridad siempre su decisión, su orden, tanto si interfiere en el aislamiento como si significa compartir; el solitario marchará a la muerte con la alegría del inadaptado porque verá en ella, en lugar de un sacrificio, una forma de suicidio.
Que asuma cada uno sus responsabilidades, sin excusas altruistas, pero tampoco escudándose en los demás ni en el bien común, la mentira suprema, la manipulación voluntaria: si todo el mundo se cuidara de sus propios intereses la civilización sería más justa e igualitaria.
El Señor de las Moscas
"Dios nos proteja de los falsos enemigos, en cuya enemistad uno no puede confiar."Los pecados cometidos en la vida de todos y cada uno de los náufragos acaban aflorando en la isla; es una mentira, ni siquiera eso, un burdo intento de engaño suponer que se puede renacer limpio de las culpas del pasado, con el alma impoluta como un recién alumbrado. Al contrario, sólo es necesaria una señal de conflicto para que la personalidad aflore y quede desvelado lo peor de cada uno. En todo caso, una vez resueltas las primeras necesidades, que tampoco han estado libres de provocar diferencias, aparece un enemigo inesperado e insoslayable: la isla.
El odio se manifiesta en la búsqueda de una víctima propiciatoria para aplacar la ira de la isla; una vez señalada -la procedencia o improcedencia de esta designación no es relevante pero sí imprescindible para descargar responsabilidades-, la frontera entre sueño y vigilia se difumina, llevándose consigo la distinción entre pesadilla y realidad y legitimando para la vida real, librada ya de reglas, los instintos más primarios.
Recluidos en un entorno hostil y con graves problemas de subsistencia, trabajar colaborativamente brinda más posibilidades de éxito frente a los desafíos que presenta la adversidad y lo desconocido. Sin embargo, el individualismo acostumbra a vencer en el caso del ser humano -al contrario que en la mayoría de organismos-, y a menudo la rivalidad llega, con su efecto destructor, donde la hostilidad del entorno no podría alcanzar.
¿A dónde huir cuando la fuga es imposible? Al interior de uno mismo, es el único camino. Sustituir el miedo al exterior, cuando la reclusión es el estado más tranquilizador, el único en el que se tienen controladas todas las amenazas -¿para qué están los guardias de las prisiones, si no es para mantener el control de las amenazas?-, por el miedo a los peligros que se agazapan en nuestro interior, ante los cuales estamos absolutamente indefensos y contra los que no podemos sumar aliados, la única manera de soportar todo aquello de lo que se huye, y explotar un único mecanismo de defensa para no perecer en el combate: la locura.
"No hay nada que sea tan terrible que no pueda ocurrir."Ante la imposibilidad de la convivencia, la muerte es la única salida viable: el valiente, atentará contra la vida de los otros, lo que no es más que aplazar su propio final; el cobarde, incapaz de este gesto supremo, se quitará la vida.
"De repente veía con claridad meridiana la inmoralidad infinita de la existencia. Vivir era como corretear por un laberinto enorme, uno de esos que hay para los niños en ciertos parques de atracciones cultos, y en el centro, sobre una piedra, brillaba aquella perla tentadora; y sonrojado y con una fe inquebrantable en la honradez del laberinto, te adentrabas en él corriendo cuando eras joven y cubrías la primera vuelta con la certeza jubilosa de que pronto llegarías a la salida. Y así transcurría la vida entera, mientras corrías sin cesar, aún convencido de la buena voluntad del mundo para con todos aquellos que corrían ansiosos y únicamente cuando ya era tarde sin remedio te dabas cuenta de que el camino que estabas recorriendo conducía al centro del laberinto sólo en apariencia; el constructor ha trabajado con varios caminos de los cuales tan sólo uno desemboca en el lugar donde se encuentra la perla, de modo que es la ciega casualidad y no la justicia que todo lo ve quien guía los destinos de los corredores, y sólo cuando ya es demasiado tarde para darse la vuelta, en el mejor de los casos, te enteras de que aquello a lo que has dedicado todas tus fuerzas únicamente tenía cierto valor en términos de esfuerzo, pero que nunca habría podido conducir a un resultado concreto."La isla de los condenados es un libro irregular: tras una primera parte excelentemente planteada pero que adolece de un tratamiento narrativo más concreto y se resiente de un lenguaje excesivamente hiperbólico, aparece una segunda en que la acción, soberbiamente contenida en los primeros capítulos, se desata con la potencia de una explosión, el conflicto toma el mando con la fuerza de las grandes tragedias y avanza, lenta pero inexorablemente, hacia el único final posible. En todo caso, una lectura sobrecogedora.
Calificación: ***/*****
17 de agosto de 2016
15 de agosto de 2016
Las sirenas de Titán
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| Las sirenas de Titán. Kurt Vonnegut. Minotauro, 1987 Traducción de Aurora Bernárdez |
"Winston Niles Rumfoord había conducido su nave espacial privada hasta el corazón de un infundibulum crono-sinclástico inexplorado, situado dos días más allá de Marte. Sólo un perro lo había acompañado. Ahora Rumfoord y el perro Kazak existían como fenómeno ondulatorio, al parecer vibrando en una espiral torcida que empezaba en el sol y concluía en Betelgeuse."Este es el punto de partida de Las sirenas de Titán (The Sirens of Titan, 1959), la segunda novela de Kurt Vonnegut, el periplo de un viajero en el tiempo que, en sus estancias periódicas en la Tierra, exactamente cada 59 días, interviene con la ventaja de conocer el pasado y el futuro, un porvenir que no incluye augurios demasiado favorables para ciertas personas con las que le une una estrecha relación.
Segunda novela, decía, pero enteramente Vonnegut. En sus personajes como Malachi Constant, un multimillonario descendiente de un especulador bursátil que realiza sus inversiones guiándose por la Biblia. En los giros de la trama -que, como siempre y con posterioridad, se escurre por momentos simulando una digresión para no volver sino para encontrársela con posterioridad-, increíbles, que retuercen la acción abriendo las puertas a reorientaciones de la trama; la inventiva de KV Junior parece no tener límites, como ese caso de la Iglesia del Dios Absolutamente Indiferente, cuyo atributo mejor valorado es la Apatía. La irrevocabilidad del destino, guiado por el azar e indiferente a los deseos humanos, a sus aspiraciones o a sus reparos, enfilado por una mano invisible que ordena el despliegue del futuro. Referencias concretas a su propia experiencia: tal vez el episodio con el ejército de Marte, tremendamente anti-militarista, tenga algo que ver con la época que él mismo pasó en la milicia, y la referencia al control mental de los soldados, aquí mediante un dispositivo y unas antenas instaladas en el cráneo.
"El gran lío con los estúpidos de mierda es que son demasiado estúpidos para creer que se puede ser inteligente."La originalidad de la trama no se encuentra tanto, que también, en el planteamiento inicial como en los constantes giros que tienen lugar y que ,disimulada bajo la forma de novela de ciencia ficción, se encuentra una profunda y certera reflexión acerca de la Humanidad, de su futuro y de la absurdidad de gran parte de sus preocupaciones.
"Lo único que he aprendido es que algunos tienen suerte y otros no."Cuando se tiende a considerar un mérito el hecho de que un novelista sea capaz de "crear mundos" con y en los que se desenvuelven sus novelas, KV Jr. debería ser considerado un modelo de la máxima expresión de esa capacidad. Vonnegut no es solamente un optimista enfermizo, es también un escritor inteligente que hace más inteligentes a sus lectores.
"No hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es cuestión de organización. Si existen lo que se llama ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la Mafia."
Calificación: *****/*****
Otros recursos relativos a Kurt Vonnegut en este blog:
Je dis ce que j'en sens: Lecturas de septiembre: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis
30 Sep 2014 ... Kurt Vonnegut, Malpaso Ediciones, 2014 ... En el caso de Vonnegut, un escritor cuya vida fue tanto o más apasionante que su obra, tiene todo ...
20 May 2014 ... Kurt Vonnegut luchó como soldado en el ejército norteamericano en la II Guerra Mundial, fue capturado por los alemanes y fue testigo, como ...
2 Mar 2016 ... La intoxicación por plomo vuelve a la gente estúpida y perezosa. ¿Cuál es tu excusa?" Cronomoto. Kurt Vonnegut. Malpaso Ediciones, 2015
6 Oct. 2014 ... Kurt Vonnegut, Males Herbes, 2014 ... Jr., anomenades "Les confessions 'en Howard W. Campbell, Jr.", editades per un tal Kurt Vonnegut, Jr., ..
Je dis ce que j'en sens: Lecturas de Noviembre: La cartera del cretino
30 Nov 2013 ... Kurt Vonnegut · Malpaso Ediciones, 2013. Traducción de: Ramón de España Los relatos de Vonnegut son inquietantes como la espera en un ...
30 May 2013 ... Kurt Vonnegut Traducción de Rubén Masera y F. Abelenda Editorial Minotauro, 2009. La mirada de Vonnegut hacia la especie humana, ...
Je dis ce que j'en sens: Lecturas de agosto: Pájaro de celda
31 Ago 2015 ... Kurt Vonnegut. ... Como siempre en los protagonistas de Vonnegut, Walter es un obstinado optimista incapaz de concebir el mal, a pesar de su ...
12 de agosto de 2016
Autobiografía de un búfalo pardo
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| Autobiografía de un búfalo pardo. Óscar Zeta Acosta. Dirty Works, 2016 Introducción: Hunter S. Thompson. Prólogo: Carlos Velázquez. Traducción: Javier Lucini |
"Un hombre debe exponerse por completo, airear todas sus vergüenzas, si pretende acceder a la verdadera gloria."Óscar Zeta Acosta, el Búfalo Pardo, es tal vez uno de los personajes más insólitos y fascinantes de la historia de los chicanos, titular de una vida alucinante de drogas -anfetaminas y LSD-, sexo -mucho en potencia y poco en acto, si hacemos caso a sus propias declaraciones; las relaciones frustradas en su mayor parte con las mujeres son una constante, incluso con la variedad de especímenes (otro Amante de las cicatrices, vamos) con los que se encuentra:
"La besé en la boca y recorrí sus brackets con mi lengua. Hasta el día de hoy nada hay que me la ponga más dura que una lisiada. Cualquiera con unos brackets, una escayola o un vendaje me tendrá bajo su hechizo. Cada vez que veo una chica con brackets, no importa lo gorda o fea que sea, se me derriten las entrañas"-y alcohol -cualquier bebedizo que superara los 40º servía-, referenciado por algunos de los gurús más santificados de la contracultura norteamericana, aunque ignorado como consecuencia de su origen; en la contracultura oficial también había clases; claro que también Acosta tenía su opinión acerca de los beats:
"Hablo como historiador, como cronista aquejado de ardor de estómago. No siento el menor aprecio por el pasado. Ginsberg y aquellas cafeterías rebosantes de guitarristas muertos de hambre siempre me la sudaron bastante. Nunca se tomaron en serio lo de beber. Y lo cierto es que se agarraron a lo que les cayó encima. Era su mala suerte lo que les llevaba a salir corriendo para toparse en la carretera con zánganos del calibre de Kerouac, para regresar años después con el pelo más largo y puestos de puta marihuana hasta el culo al grito de Paz, Amor y Mota. Igual de arruinados que siempre."Siendo abogado del Programa Contra la Pobreza del Centro de Servicios Sociales de Oakland y Los Ángeles, en una de sus muchas "ausencias", decidió abandonar el trabajo y sus círculos de amistades y de cómplices, es decir, el sistema y se echó a la carretera con unos pocos dólares y su Plymouth verde del 65; el fruto de este viaje, con esporádicos flashbacks a un pasado en el que incluso de convirtió en misionero baptista en la selva centroafricana durante dos años -y, lo peor, sin blasfemar, sin fumar, sin beber y sin follar- es su Autobiografía de un Búfalo Pardo (Autobiography of a Brown Buffalo, 1972); justo antes de su primera publicación, realizó un viaje de placer con Hunter S. Thompson a Las Vegas, que éste inmortalizó en Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1971), uno de cuyos protagonistas, el Doctor Gonzo, es precisamente Acosta. Posteriormente, en 1973, Acosta publicó La rebelión del Pueblo Cucaracha (The Revolt of the Cockroach People), para desaparecer sin dejar más rastro que una llamada a su hijo, un año después, en México, cuando "estaba a punto de subir a un barco lleno de nieve blanca".
Desmadre absoluto, ésa es la palabra clave de la Autobiografía, unas pocas y excepcionales ocasiones de lucidez -quiero decir de sobriedad, no necesariamente de lucidez- entre nebulosas de alcohol de diversas concentraciones, desde Budweiser en tandas de 12 latas hasta whisky home-made
"Sí, señor, nos habíamos ventilado una caja enterita de Budweiser. He aquí a uno de los míos. En los tiempos que corren es difícil dar con un buen bebedor, todo el mundo anda con lo de las putas flores y el fumeteo",de LSD-25 camuflados como aspirinas, anfetaminas y todo un catálogo de estupefacientes -ahí sí está la lucidez, deslumbrante-. Todos estos EAC -Estados Alterados de Conciencia para los académicos- le proporcionan una rica y variada vida interior: la presencia continua del comecocos judío, que acostumbra a aparecer cuando menos se lo espera, comúnmente en el lavabo y en el asiento del copiloto del Plymouth, y sin tener que hacer frente a insaldables minutas de honorarios; la posibilidad de consultar con el viejo Bogey, con su sonrisa aviesa, algunas dudas puntuales; o incluso concertar húmedos encuentros en la ducha con la vecina.
"¿Otro accidente? ¿Qué coño estoy haciendo con los dedos metidos en la boca? ¿Y por qué Edward G. Robinson me está mirando de este modo? ¿La que desciende desde el techo es de verdad Shirley Temple? ¿Y quién le está clavando agujas a Nixon en los ojos? ¿Por qué va a tener los ojos llenos de sangre si no es a causa de unos cuchillos hirvientes? Escucho rumores extraños en lo alto. El ajetreo de las garras de un monstruo sobre una superficie de madera dura. ¿Será una catarata?"Calificación: ***/****
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