2 de julio de 2011

Contrapunto LXV

"Silencio, exilio, astucia."
Desarraigo, extranjería, soledad.
Exilio, ausencia, escepticismo.

30 de junio de 2011

La felicidad

"Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos."
Gustave Flaubert

20 de junio de 2011

Contrapunto LXIII

Hazte valer. Y si no eres aceptado, considéralo antes una deficiencia de los demás que una carencia propia.

6 de junio de 2011

Una habitación en Holanda

Una habitación en Holanda. Pierre Bergounioux, Editorial Minúscula
Traducción de David Stacey
Una habitació a Holanda. Pierre Bergounioux, Editorial Minúscula
Traducción de Anna Casassas Figueras
En un tiempo en que Europa, tal y como la conocemos, no pasa de ser un proyecto inconsciente, un homme savant, un philosophe, cuando esta denominación no está aún universalizada, está a punto de dar a luz un texto que se convertirá en fundamental en la historia de las ideas. Recogiendo la tradición humanística del Renacimiento, formulará casi por primera vez la filosofía del sujeto, ese hombre que es la medida de todas las cosas de Protágoras que un coetáneo inglés, Thomas Hobbes, llevará en su protagonismo al plano político. 

Son tiempos políticamente inestables, el suelo europeo se ve afectado por numerosos enfrentamientos, las políticas de expansión de los nacientes estados provocan una sucesión interminable de guerras, 

Imagen de lopezbocija.blogspot.com
situación que se ve agravada por los intentos de dominio de las colonias, pero en el mundo de las ideas coinciden tres personajes, cada uno en uno de los distintos centros de poder (Inglaterra, España, Francia) de la época, verdaderas potencias en el sentido moderno del término, sin los cuales la historia europea y, por extensión, la del hombre, no hubiese dado ese salto cualitativo que enterró definitivamente el escolasticismo y el oscurantismo medieval; en las islas, cuya victoria sobre la Armada Invencible dio alas a la expansión, un actor y dramaturgo de procedencia humilde fundó el teatro moderno; en la península ibérica, un imperio donde no se ponía el sol, un ex-soldado manco alumbró el nacimiento del género literario moderno por antonomasia, la novela; y en el centro del continente, en un país que empieza a degustar  las hieles del absolutismo, un pensador escéptico hijo de artesanos buscó en su interior la única certeza posible a partir de la cual levantar el edificio del conocimiento

Pierre Bourgonioux parte de esta situación para, en un pequeño volumen (Une chambre en Hollande, 2009) que no llega a las cien páginas, ofrecer un concentrado de buena literatura; a medio camino entre el ensayo histórico, el cuento filosófico y la novela de ideas, sigue el peregrinaje intelectual y también geográfico de Descartes para llegar a publicar el Discurso del método (Discours de la méthode. Pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences, 1637).

Página del título de la primera edición del Discurso del método, Fichier:Descartes_Discours_de_la_Methode.jpg

Para ello, el autor nos propone una mirada fugaz a la historia de Europa, desde la conquista de las Galias por César hasta desembocar en la realidad europea de la época, pulcra y detallada, mediante una prosa erudita y elegante, y concluye que la publicación del Discurso se realizó en Leiden, en los Países Bajos, fundamentalmente por dos razones: en primer lugar porque, en el tiempo de emergencia de los estados-nación, esta región de Europa constituía una entidad prácticamente inexistente; en efecto, un medio que carece de lo que se ha dado en llamar "conciencia nacional" debería, a la vez que la distingue del resto de sociedades europeas por ser una de las más tolerantes, facilitar el individualismo: donde el "nosotros" apenas tiene sentido, emerge el individualismo, emerge el "yo" que reflexiona, el "yo" que piensa. Pero también porque su monotonía paisajística y su tristeza no distraían a Descartes de la reflexión, que al ser un proceso de repliegue sobre sí mismo precisa rehuir cualquier tipo de distracción.

Bergounioux es siempre severo, pero brillante; exigente, pero placentero.

26 de mayo de 2011

Al amigo que no me salvó la vida


Traducción de Rafael Panizo
“[...] el SIDA era una enfermedad maravillosa. Y es cierto que yo descubría algo suave y embelesador en su atrocidad; era, por supuesto, una enfermedad inexorable, pero no fulminante, una enfermedad de niveles, una escalera muy larga que conducía evidentemente a la muerte, pero en la que cada peldaño representaba un aprendizaje inigualable; se trataba de una enfermedad que daba tiempo para morir, y que le daba a la muerte tiempo para vivir, tiempo para descubrir el tiempo, y para descubrir por fin la vida, era en cierto modo una genial invención moderna que nos habían transmitido los monos verdes de África.”

Escribir a contra-reloj (Ecrire contre la montre) es el título de la reseña de Michel Braudeau de “A l’ami qui ne m’a pas sauvé la vie” (1990) en Le Monde del dia 2 de marzo de 1990. Al amigo que no me salvó la vida forma parte, junto con su natural continuación,  El protocolo compasivo (Le Protocole compassionnel, 1991) y la póstuma El hombre del sombrero rojo (L’Homme au chapeau rouge, 1992) de la denominada “Trilogía del SIDA”, las tres obras en las que Hervé Guibert relata su experiencia con la enfermedad. La acción de Al amigo que no me salvó la vida se sitúa a finales de los años 80 del pasado siglo; en Enero de 1988 Guibert es diagnosticado como portador del VIH, y recoge los primeros meses de su vida con ese compañero letal, ese “mal del siglo” que acabará con su vida el 27 de Diciembre de 1991.
“Este libro sólo tiene su razón de ser en ese margen de incertidumbre que es común a todos los enfermos del mundo.”
Acompañamos a Hervé, el narrador en primera persona, en su peliplo geográfico, como si se pudiera huir de la infección poniendo terra de por medio, pero también mental, desde el mantenimiento en secreto de la enfermedad, la vergüenza, el miedo al rechazo, la negación, hasta el abandono de la autocompasión y la asunción de la inexorabilidad del diagnóstico: la incertidumbre es peor que la certeza, viene a concluir el autor para cerrar esa etapa inicial. La ausencia de una terapia adecuada -recuérdese que estamos en los años 80 y el SIDA es una enfermedad relativamente “nueva”, en cierto modo “aristocrática”, “exclusiva”, lo cual hace que sea difícil distinguir las certezas de las leyendas- mueve al autor a escribir, no tanto para iniciar una improbable escapada ni, por supuesto, confeccionar uno de los inútiles manuales de autoayuda con los que nadie iba a pensar que seríamos castigados en el aún reciente siglo XX, como para procurarse un acompañante riguroso pero maleable:
“Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo que en este momento puedo soportar.”
Aun sin demasiados efectos físicos, la enfermedad cambia el marco de referencias del narrador:
“Esa amenaza que existe ha creados nuevas complicidades, una ternura nueva, nuevas solidaridades. Antes nadie hablaba con nadie, ahora la gente se habla. Toda la gente sabe muy bien por qué ha ido allí”;
y ocupa el primer lugar en el sistema de relaciones de los afectados: la enfermedad hermana. Cuando ésta tiene carácter inconfesable, tanto el amigo que la sufre en fase avanzada -el declive físico de Muzil, el personaje trasunto de Michel Foucault, que actúa de heraldo del propio, y la compasión hacia el cual anticipa la que sufrirá por sí mismo- como el que empieza a temer que algunos síntomas inexplicables sean las señales de la infección, así como el propio narrador, en proceso de asimilación, acaban constituyendo una hermandad secreta que se rige por sus propias leyes, la obligatoria hermandad de los condenados. La noticia de la condena es sólo una, inapelable, y se da entera de una sola vez; pero el efecto más pernicioso es cómo afecta a nuestra idea del futuro, la sensación de que, a medida que transcurre el tiempo, muchas de las cosas que hacemos las hacemos por última vez, 
“[...] lo más doloroso en las fases de conciencia de una enfermedad mortal es sin duda la privación de lo lejano, de todas las lejanías posibles, una especie de ceguera ineludible en la progresión y la contracción simultáneas del tiempo”, 
a la vez que cambia también nuestra idea de la muerte y, consecuentemente, las formas en que nos fascina:
“[...] la muerte me parecía horriblemente bella, maravillosamente atroz; más tarde, comenzaron a resultarme antipáticos sus lugares comunes [...]: había pasado a otra fase del amor a la muerte, como impregnado por ella en lo más profundo de mí mismo, no necesitaba ya su ceremonial, sino una mayor intimidad con ella; continué incansablemente buscando el sentimiento que produce, el más preciso y el más odioso de todos, su miedo y su avidez.”
Al amigo que no me salvó la vida es un libro-testimonio, es cierto, y la prevención de los lectores desengañados ante los excesos de la auto-ficción consolatoria no debe bajar la guardia, pero no es el caso: el texto desborda literatura, una literatura excelente que enfrenta al lector con uno de los más terribles miedos: la impotencia ante la destrucción que viene de dentro de uno mismo. La pregunta que subyace a lo largo de la obra es “¿cuánto tiempo me queda?”, una cuestión central que la enfermedad introduce en la mente del deshauciado, pero en ningún modo exclusiva de quien ha sido diagnosticado de enfermedad mortal; tal vez en la reflexión a que mueve al lector no afectado por esa pena de muerte a plazo fijo se encuentre uno de los méritos metaliterarios de Al amigo que no me salvó la vida: ¿acaso no es ésa, “¿cuánto tiempo me queda?”, la pregunta que, a lo largo de nuestra existencia, nos formulamos infructuosamente con más insistencia? 
El texto carece de concesiones, ni en cuanto a la sinceridad ni a la crudeza de su planteamiento; el propio narrador excusa su exhibicionismo en el hecho de que su futuro protagonismo en la agonía le da derecho a hacer público lo que sucede a su círculo de relaciones; es el privilegio que, como recompensa al sufrimiento futuro, se autoconcede, y que lo excepcional de la situación futura le justifica. Pero ni su belleza descarnada ni la impudicia de su confesión restan un ápice al valor narrativo de una obra fundamental de la literatura francesa del fin de siècle. Se ha dicho que hubo una época, sobretodo en Francia, en que si no habías leído a Hervé Guibert no habías leído nada; una exageración, sin duda, pero la cercanía del vigésimo aniversario de su muerte es una excusa perfecta para recuperar al Guibert escritor como una de las últimas y más logradas manifestaciones de la literatura del soi-même.

“Este libro que cuenta mi fatiga me la hace olvidar...”

12 de mayo de 2011

El partit pres de les coses

Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja
Raons per viure feliç. Francis Ponge
Traducción de Ramon Girbau Pedragosa 
Entrevista con Philippe Sollers
Traducción de Ramon Girbau Pedragosa

Días Contados, editorial inusual donde las haya, inició en el año 2009 su andadura con la publicación del El partit pres de les coses (Le Parti pris des choses, 1942), título programático de uno de los escritores franceses menos conocidos pero cuya influencia, estética, poética y ética, ha planeado por encima de la literatura de calidad del país vecino de la segunda mitad del siglo pasado. Al acierto de la publicación de ese texto, se aúna el haber incluido dos "extras": la entrevista que Philippe Sollers hizo al autor a propósito de El partit pres de les coses (Entretiens de Francis Ponge avec Philippe Sollers, 1970), un verdadero making off donde el escritor se explaya justificando el texto, y un pequeño escrito de apenas dos páginas de extensión, ése sí descarada declaración de principios, Raons per viure feliç (Raisons de vivre heureux [Proêmes], 1948), cuya sola publicación justificaría la edición del volumen.


(Mal)acostumbrados a identificar gravedad, cuando no pesimismo, con seriedad y, por tanto, con calidad literaria, una de las sorpresas, y no será la única, que brinda la obra de Ponge es que con alegría también puede hacerse buena literatura, con profundidad de pensamiento y tono de alta literatura. El mismo autor justifica esa alegría como el resultado del "regreso del espíritu de las cosas", nos facilita también el modo de adquisición: vivir feliz, y señala el camino:  
"... em sembla que no hi ha cap altra raó de viure que perquè hi ha, primer, els dons del record i, després, la facultad d'aturar-se per fruir del present, cosa que equival a valorar aquest present com es valoren per primera vegada els records..."
Tan sencillo que parece imposible no haber caído en ello, ¿verdad? Así es Ponge, siempre buscando en la sencillez, no en la simplicidad, y en la precisión, no en el esquema, la razón de las cosas...


A modo de ejemplo de esa peculiar poética, el propio autor teoriza, en la entrevista de Philippe Sollers, a partir de la explicación del modo de composición de uno de los capítulos de El partit pres de les coses titulado "L'ostra"; lo hace desmenuzando frase a frase y justificando el uso de una palabra concreta en lugar de otra, aunque para ello sea preciso subvertir la sintaxis. Ante la dificultad de clasificación, Ponge especula que tal vez su obra sea realmente
"... elements d'una cosmogonia, potser, classificats en forma de diccionari sens fi..."
y pasa cuentas con los estructuralistas, ideología dominante en la crítica literaria francesa, cuando asevera que
"Per a un artista o per a un obrer com jo, la vida i l'obra no són sinó una sola cosa."
Es posible, pues, y recomendable, tal vez, ya que tenemos la aprobación del propio autor, considerar El partit pres de les coses como un diccionario anecdótico (anecdótico porque Ponge, intencionadamente, olvida lo esencial para fijarse en lo accesorio) de definiciones no estandarizadas, en el que un objeto, una situación o un lugar se definen por alguna de sus utilidades o por la relación personal que mantienen con el redactor, constituyendo un diccionario emocional que explota los límites de significación de los objetos; un diccionario inútil, redactado por un narrador con un sano y leve sentido del humor, casi simpatía, tal vez ternura, con focalización selectiva, reduccionista, porque sólo tiene en cuenta algún aspecto concreto del objeto real, pero exhaustiva, porque esto no le impide explorarlo a fondo.


Ponge exige una lectura pausada, atenta al detalle y a las imágenes; que permita percibir las analogías, los múltiples sentidos, y saborear los matices que se esconden detrás de su aparente, y engañosa, superficialidad. Bajo estas premisas, y con la recomendable exclusión, aunque sea temporal, de los prejuicios del lector, Ponge es, aún hoy, una lectura sorprendente, recomendable y muy, pero que muy, gratificante.


Escenificación del poema "Le Verre d'Eau" de Francis Ponge