26 de mayo de 2011

Al amigo que no me salvó la vida


Traducción de Rafael Panizo
“[...] el SIDA era una enfermedad maravillosa. Y es cierto que yo descubría algo suave y embelesador en su atrocidad; era, por supuesto, una enfermedad inexorable, pero no fulminante, una enfermedad de niveles, una escalera muy larga que conducía evidentemente a la muerte, pero en la que cada peldaño representaba un aprendizaje inigualable; se trataba de una enfermedad que daba tiempo para morir, y que le daba a la muerte tiempo para vivir, tiempo para descubrir el tiempo, y para descubrir por fin la vida, era en cierto modo una genial invención moderna que nos habían transmitido los monos verdes de África.”

Escribir a contra-reloj (Ecrire contre la montre) es el título de la reseña de Michel Braudeau de “A l’ami qui ne m’a pas sauvé la vie” (1990) en Le Monde del dia 2 de marzo de 1990. Al amigo que no me salvó la vida forma parte, junto con su natural continuación,  El protocolo compasivo (Le Protocole compassionnel, 1991) y la póstuma El hombre del sombrero rojo (L’Homme au chapeau rouge, 1992) de la denominada “Trilogía del SIDA”, las tres obras en las que Hervé Guibert relata su experiencia con la enfermedad. La acción de Al amigo que no me salvó la vida se sitúa a finales de los años 80 del pasado siglo; en Enero de 1988 Guibert es diagnosticado como portador del VIH, y recoge los primeros meses de su vida con ese compañero letal, ese “mal del siglo” que acabará con su vida el 27 de Diciembre de 1991.
“Este libro sólo tiene su razón de ser en ese margen de incertidumbre que es común a todos los enfermos del mundo.”
Acompañamos a Hervé, el narrador en primera persona, en su peliplo geográfico, como si se pudiera huir de la infección poniendo terra de por medio, pero también mental, desde el mantenimiento en secreto de la enfermedad, la vergüenza, el miedo al rechazo, la negación, hasta el abandono de la autocompasión y la asunción de la inexorabilidad del diagnóstico: la incertidumbre es peor que la certeza, viene a concluir el autor para cerrar esa etapa inicial. La ausencia de una terapia adecuada -recuérdese que estamos en los años 80 y el SIDA es una enfermedad relativamente “nueva”, en cierto modo “aristocrática”, “exclusiva”, lo cual hace que sea difícil distinguir las certezas de las leyendas- mueve al autor a escribir, no tanto para iniciar una improbable escapada ni, por supuesto, confeccionar uno de los inútiles manuales de autoayuda con los que nadie iba a pensar que seríamos castigados en el aún reciente siglo XX, como para procurarse un acompañante riguroso pero maleable:
“Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo que en este momento puedo soportar.”
Aun sin demasiados efectos físicos, la enfermedad cambia el marco de referencias del narrador:
“Esa amenaza que existe ha creados nuevas complicidades, una ternura nueva, nuevas solidaridades. Antes nadie hablaba con nadie, ahora la gente se habla. Toda la gente sabe muy bien por qué ha ido allí”;
y ocupa el primer lugar en el sistema de relaciones de los afectados: la enfermedad hermana. Cuando ésta tiene carácter inconfesable, tanto el amigo que la sufre en fase avanzada -el declive físico de Muzil, el personaje trasunto de Michel Foucault, que actúa de heraldo del propio, y la compasión hacia el cual anticipa la que sufrirá por sí mismo- como el que empieza a temer que algunos síntomas inexplicables sean las señales de la infección, así como el propio narrador, en proceso de asimilación, acaban constituyendo una hermandad secreta que se rige por sus propias leyes, la obligatoria hermandad de los condenados. La noticia de la condena es sólo una, inapelable, y se da entera de una sola vez; pero el efecto más pernicioso es cómo afecta a nuestra idea del futuro, la sensación de que, a medida que transcurre el tiempo, muchas de las cosas que hacemos las hacemos por última vez, 
“[...] lo más doloroso en las fases de conciencia de una enfermedad mortal es sin duda la privación de lo lejano, de todas las lejanías posibles, una especie de ceguera ineludible en la progresión y la contracción simultáneas del tiempo”, 
a la vez que cambia también nuestra idea de la muerte y, consecuentemente, las formas en que nos fascina:
“[...] la muerte me parecía horriblemente bella, maravillosamente atroz; más tarde, comenzaron a resultarme antipáticos sus lugares comunes [...]: había pasado a otra fase del amor a la muerte, como impregnado por ella en lo más profundo de mí mismo, no necesitaba ya su ceremonial, sino una mayor intimidad con ella; continué incansablemente buscando el sentimiento que produce, el más preciso y el más odioso de todos, su miedo y su avidez.”
Al amigo que no me salvó la vida es un libro-testimonio, es cierto, y la prevención de los lectores desengañados ante los excesos de la auto-ficción consolatoria no debe bajar la guardia, pero no es el caso: el texto desborda literatura, una literatura excelente que enfrenta al lector con uno de los más terribles miedos: la impotencia ante la destrucción que viene de dentro de uno mismo. La pregunta que subyace a lo largo de la obra es “¿cuánto tiempo me queda?”, una cuestión central que la enfermedad introduce en la mente del deshauciado, pero en ningún modo exclusiva de quien ha sido diagnosticado de enfermedad mortal; tal vez en la reflexión a que mueve al lector no afectado por esa pena de muerte a plazo fijo se encuentre uno de los méritos metaliterarios de Al amigo que no me salvó la vida: ¿acaso no es ésa, “¿cuánto tiempo me queda?”, la pregunta que, a lo largo de nuestra existencia, nos formulamos infructuosamente con más insistencia? 
El texto carece de concesiones, ni en cuanto a la sinceridad ni a la crudeza de su planteamiento; el propio narrador excusa su exhibicionismo en el hecho de que su futuro protagonismo en la agonía le da derecho a hacer público lo que sucede a su círculo de relaciones; es el privilegio que, como recompensa al sufrimiento futuro, se autoconcede, y que lo excepcional de la situación futura le justifica. Pero ni su belleza descarnada ni la impudicia de su confesión restan un ápice al valor narrativo de una obra fundamental de la literatura francesa del fin de siècle. Se ha dicho que hubo una época, sobretodo en Francia, en que si no habías leído a Hervé Guibert no habías leído nada; una exageración, sin duda, pero la cercanía del vigésimo aniversario de su muerte es una excusa perfecta para recuperar al Guibert escritor como una de las últimas y más logradas manifestaciones de la literatura del soi-même.

“Este libro que cuenta mi fatiga me la hace olvidar...”

12 de mayo de 2011

El partit pres de les coses

Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja
Raons per viure feliç. Francis Ponge
Traducción de Ramon Girbau Pedragosa 
Entrevista con Philippe Sollers
Traducción de Ramon Girbau Pedragosa

Días Contados, editorial inusual donde las haya, inició en el año 2009 su andadura con la publicación del El partit pres de les coses (Le Parti pris des choses, 1942), título programático de uno de los escritores franceses menos conocidos pero cuya influencia, estética, poética y ética, ha planeado por encima de la literatura de calidad del país vecino de la segunda mitad del siglo pasado. Al acierto de la publicación de ese texto, se aúna el haber incluido dos "extras": la entrevista que Philippe Sollers hizo al autor a propósito de El partit pres de les coses (Entretiens de Francis Ponge avec Philippe Sollers, 1970), un verdadero making off donde el escritor se explaya justificando el texto, y un pequeño escrito de apenas dos páginas de extensión, ése sí descarada declaración de principios, Raons per viure feliç (Raisons de vivre heureux [Proêmes], 1948), cuya sola publicación justificaría la edición del volumen.


(Mal)acostumbrados a identificar gravedad, cuando no pesimismo, con seriedad y, por tanto, con calidad literaria, una de las sorpresas, y no será la única, que brinda la obra de Ponge es que con alegría también puede hacerse buena literatura, con profundidad de pensamiento y tono de alta literatura. El mismo autor justifica esa alegría como el resultado del "regreso del espíritu de las cosas", nos facilita también el modo de adquisición: vivir feliz, y señala el camino:  
"... em sembla que no hi ha cap altra raó de viure que perquè hi ha, primer, els dons del record i, després, la facultad d'aturar-se per fruir del present, cosa que equival a valorar aquest present com es valoren per primera vegada els records..."
Tan sencillo que parece imposible no haber caído en ello, ¿verdad? Así es Ponge, siempre buscando en la sencillez, no en la simplicidad, y en la precisión, no en el esquema, la razón de las cosas...


A modo de ejemplo de esa peculiar poética, el propio autor teoriza, en la entrevista de Philippe Sollers, a partir de la explicación del modo de composición de uno de los capítulos de El partit pres de les coses titulado "L'ostra"; lo hace desmenuzando frase a frase y justificando el uso de una palabra concreta en lugar de otra, aunque para ello sea preciso subvertir la sintaxis. Ante la dificultad de clasificación, Ponge especula que tal vez su obra sea realmente
"... elements d'una cosmogonia, potser, classificats en forma de diccionari sens fi..."
y pasa cuentas con los estructuralistas, ideología dominante en la crítica literaria francesa, cuando asevera que
"Per a un artista o per a un obrer com jo, la vida i l'obra no són sinó una sola cosa."
Es posible, pues, y recomendable, tal vez, ya que tenemos la aprobación del propio autor, considerar El partit pres de les coses como un diccionario anecdótico (anecdótico porque Ponge, intencionadamente, olvida lo esencial para fijarse en lo accesorio) de definiciones no estandarizadas, en el que un objeto, una situación o un lugar se definen por alguna de sus utilidades o por la relación personal que mantienen con el redactor, constituyendo un diccionario emocional que explota los límites de significación de los objetos; un diccionario inútil, redactado por un narrador con un sano y leve sentido del humor, casi simpatía, tal vez ternura, con focalización selectiva, reduccionista, porque sólo tiene en cuenta algún aspecto concreto del objeto real, pero exhaustiva, porque esto no le impide explorarlo a fondo.


Ponge exige una lectura pausada, atenta al detalle y a las imágenes; que permita percibir las analogías, los múltiples sentidos, y saborear los matices que se esconden detrás de su aparente, y engañosa, superficialidad. Bajo estas premisas, y con la recomendable exclusión, aunque sea temporal, de los prejuicios del lector, Ponge es, aún hoy, una lectura sorprendente, recomendable y muy, pero que muy, gratificante.


Escenificación del poema "Le Verre d'Eau" de Francis Ponge

2 de mayo de 2011

La trampa


Traducción de Salvador Pernas Riaño

Es posible que nuestros terrores infantiles, quizás por el hecho de producirse en una etapa en las que somos fácilmente susceptibles a las impresiones, sobretodo si éstas son de carácter visual más que conceptual, y supongo que debido a que no poseemos todavía las herramientas racionales para un análisis objetivo, queden alojados en nuestra memoria de forma indeleble; incluso años después, cuando ya hemos sido capaces de discriminar las amenazas reales y las imaginarias, podemos recordarlos, con huellas de ese escalofrío primario, sin la fascinación de la inocencia, pero aún con ciertos visos de peligro: lo que nos amedrenta no es la amenaza en sí, sino el recuerdo del efecto de esa amenaza en nuestra mente inmadura.


Proveniente del cine de las tardes de domingo y de la versión interplanetaria en alguno de los episodios de la serie original de Star Trek, sigo, no ya aterrorizado pero sí fascinado por las amenazantes arenas movedizas. Me parece recordar, aunque la cercanía a la obsesión que alcanzó el fenómeno en esa época tal vez altere mi recuerdo, que aparecían en multitud de películas, y lo que las hacía fascinantes no era el hecho de poder caer en ellas sino el de que, una vez apresado, el sujeto se enfrentaba a una terrible variedad de zugzwang: si se quedaba quieto, podía sobrevivir, pero si se movía e intentaba salir, se hundía rápidamente. Naturalmente, el exagerado maniqueísmo de los guionistas de la época daba siempre con el remedio adecuado: si era "el bueno" el afectado, siempre aparecía una cuerda o una rama salvadora; si era "el malo", la "justicia poética" se encargaba de otorgarle un fin terrible. 


La acción de La trampa (Le piège, 1945) transcurre en Francia, en plena II Guerra Mundial, cuando el país se halla dividido en dos: la parte Norte, la Francia "ocupada", bajo administración alemana, y la parte Sur, la Francia liberada, administrada por el denominado "Régimen de Vichy", una época de la historia reciente, y tema de multitud de novelas y ensayos, que el país no ha superado aún.  Joseph Bridet, periodista, un hombre común, más asqueado del régimen colaboracionista que gaullista convencido, se prepara para escapar a Inglaterra y unirse a De Gaulle; con ese fin, recupera algunas amistades antiguas, bien relacionadas con el poder, para conseguir un salvoconducto. Lo que Bridet ni sabe ni puede adivinar es que esos contactos van a desencadenar una pesadilla que, al más puro estilo kafkiano, le conducirá gradualmente a la tragedia. 
"Los acontecimientos justifican que cambiemos de costumbres. No debemos sorprendernos de nada, hoy en día todo es posible [...]. El tiempo de la facilidad, la consideración y las atenciones había quedado atrás. Era como si no hubiera acabado de comprender el sentido profundo de la derrota, como si hubiera seguido imaginándose ingenuamente que las cosas podían continuar igual que en una época normal."
Bridet se encuentra atrapado en una red que forman las viejas autoridades, que deben, con sus hechos, mostrar su sumisión a la situación, y las nuevas, que necesitan distinguirse e imponerse a las antiguas. Al ser una situación aceptada, pues la ocupación fue fruto de un acuerdo y no una imposición del invasor (Francia no fue vencida: se rindió), nadie sabe con exactitud cuál es el proceder correcto. Sin embargo, la situación dista de ser tan diáfana, ya que el enemigo, un poder sin rostro, no se muestra de manera evidente y, además, la arbitraridad del poder autocrático hace que ni siquiera esté claro cuál es la conducta adecuada: no hay manera de dilucidar la lógica totalitaria, y el hecho de ser inocente no es óbice para no verse involucrado o inculpado, y cualquier conducta, es un momento dado, pude llevar, debido a el hecho de que los límites de la legalidad son extremadamente difusos, a ser detenido.


La referencia a Kafka, a El proceso, es indudable, pero el acierto de Bove es eludir el absurdo; con un tono de frío realismo y con una atención minuciosa al detalle, el autor va trazando una telaraña, o mejor aún, unas arenas movedizas, que acaban dibujando una desolada cartografía de la desdicha. A la desesperanza del perdedor por omisión, se une la indefensión del protagonista ante la amenaza que supone el hecho de ser encausado sin conocer los cargos y sin poder esclarecer si cualquier declaración puede redundar en su beneficio o en su definitiva pérdida. 
"[...] por no se sabe qué misteriosos designios, cualquier situación puede darse la vuelta."

A medida en que avanza la acción, la situación de Bridet empeora progresivamente; es cierto que las amenazas de prisión nunca acaban concretándose, pero los contradictorios anuncios de liberación tampoco surten efecto, y el juicio en el que es exculpado es invalidado; pero la espiral del horror ya ha empezado a girar, y una vez alcanzada la velocidad de crucero, nada puede detenerla: Bridet acaba confinado en un  campo de internamiento con cada vez menos esperanzas, en un ambiente crispado por las amenazas y las elucubraciones de los compañeros de reclusión.
"En los momentos trágicos de la vida nada hay más agobiante que la zozobra de los que nos rodean. Hemos logrado, a fuerza de voluntad, apartar de nuestros pensamientos todo lo que puede aumentar nuestro temor y, entonces, nos encontramos rodeados de personas incapaces de hacer el mismo esfuerzo."

La trampa es una novela excelente, imprescindible y, aunque compuesta en un época que parece lejana en términos temporales, con un tratamiento narrativo magnífico, una escritura despojada de cualquier manierismo con el fin de potenciar su carácter realista -consiguiendo de este modo, insisto, hacer más verosímil el horror, la angustia de la duda- y un desarrollo de la acción magistral. Pero, y más teniendo en cuenta que las heridas de la II Guerra Mundial permanecían todavía abiertas, es también un ajuste de cuentas con el horror de un pasado que Bove no quiere que se suma en el olvido; por esa razón, la novela posee también una vertiente crítica que ataca los cimientos del colaboracionismo, la miseria de la traición, la insignificancia del ser humano individual ante la trituradora de la realpolitik, y con un corolario que no caduca: la traición de los compatriotas es mucho peor que la agresión de los invasores. 


26 de abril de 2011

El planeta de los simios

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El señor Boi Ruiz, Honorable Consejero de Sanidad de la Generalitat de Catalunya, en el momento de su declaración al periódico Ara el pasado día 7 de marzo
El pasado día 7 de marzo, el periódico Ara publicaba una entrevista con Boi Ruiz, consejero de Sanidad de la Generalitat, en la que el honorable declaraba lo siguiente: "Si quiere estudiar filología clásica por placer, se lo tendrá que pagar usted. El Estado tiene que facilitar las cosas a quien quiera estudiar por razones de mercado". Pasada la indignación que suscita semejante barbaridad, expresada además con la desdeñosa arrogancia de quien desprecia cuanto ignora, la declaración sirve para exponer una reflexión bastante más problemática que la simpleza en la que se inspira.
En primer lugar, hay que notar que el señor Ruiz acierta a elegir la filología clásica como epítome de los estudios inútiles, es decir, las humanidades. Desde la ya lejana segmentación de la carrera de Filosofía y Letras hasta llegar a la actual evisceración de los estudios humanísticos practicada al dictado del Plan Bolonia, la filología clásica había quedado como el último refugio de las litterae humaniores, a salvo de los intentos del mercado por metabolizar una disciplina por definición inmune a él. Por otra parte, el desprecio por los estudios clásicos es ya, desde hace muchos años, una postura institucional que no escandaliza, por desgracia, a nadie. Tampoco es novedosa -aunque sí sea insólito, tal vez, el descaro con que se plantea- la idea de que la Universidad debe ceñirse exclusivamente a las demandas del mercado, una ecuación que menoscaba la condición intempestiva del conocimiento. Si la educación se imparte sólo en términos mercadotécnicos acaba, irremediablemente, por desvirtuarse y desahuciar a la sociedad a la que se pretender servir: tal es el inquietante uróboros que proponen el consejero Ruiz et alii.
En ¿Qué es un clásico?, una conferencia de 1944, T. S. Eliot reflexionaba sobre la relación que una sociedad establece con el concepto de clásico, que él identificaba todavía con Virgilio. Dejando ahora de lado la caducidad de esa idea, incluso en el momento en que fue formulada y a sabiendas de su autor, las conclusiones a las que llega Eliot al respecto resultan sin embargo inesperadamente iluminadoras para entender el ambiente que ha hecho posible una declaración como la de Boi Ruiz en nuestros días. Sostenía Eliot que, en su época, cuando el hombre parecía más dispuesto que nunca a confundir conocimiento con información e intentaba solventar la vida en términos tecnológicos, empezaba a surgir una nueva forma de provincianismo que no tenía que ver con el espacio sino con el tiempo y para el que la historia es simplemente la crónica de los artefactos humanos; un provincianismo para el que el mundo es sólo propiedad de los vivos y donde los muertos han sido desposeídos de su patrimonio -si lo mereciera, parecería una definición de la actitud del provinciano consejero. Terminaba Eliot diciendo que el resultado de todo ello es que los habitantes del globo acabaríamos siendo, todos juntos, provincianos. Y que aquellos que se resistieran no tendrían más remedio que convertirse en ermitaños.
Por otro lado, la aparente extrañeza que produce escuchar una afirmación de esa naturaleza en boca del titular de Sanidad y no en la del responsable del ramo induce a pensar que la frase es mucho más que una ocurrencia. Hace ya bastante tiempo que la crisis económica se utiliza como excusa para desguazar sin contemplaciones el Estado de bienestar. Lo que realmente se trasluce en las palabras de Boi Ruiz es el clima de opinión que se respira en el seno de la Administración pública. No es casual que la bravata del señor Ruiz haya venido acompañada del silencio cómplice y vergonzoso de sus colegas y en especial de Ferran Mascarell, consejero de Cultura, ex miembro del PSC y ahora incorporado como independiente a ese "Gobierno de los mejores" que prometió Artur Mas, responsable último y verdadero artífice de la afrenta.
Es realmente desolador ver cómo los políticos nacionalistas se llenan la boca de patriotismo para luego desmantelar la res publica y venderla por cuatro cuartos. Haría bien Artur Mas en leerse, por ejemplo, el Discurso fúnebre de Pericles y comprobar hasta qué punto la política que auspicia no va sólo en contra de la paideia sino de los fundamentos de la democracia.
Andreu Jaume. Diario El País, 16/04/2011

24 de abril de 2011

22 de abril de 2011

Bécon-les-Bruyères

Traducción de Anna Casasses Figueres
“Bécon-les-Bruyères amb prou feines existeix.”
En 1927 la revista Europe encarga a Emmanuel Bove un relato de viajes que sería publicado en la colección "Portraits de la France", y el escritor escoge el pueblo donde ha residido recientemente; el resultado es este Bécon-les-Bruyères (Bécon-les-Bruyères, 1927), un escrito a modo de anti-folleto de turismo donde se exponen de forma detallada y anecdótica las razones por las que, tal vez, no haría falta visitar la ciudad.
“Igual que davant d’una persona que ens presenten dient que és molt divertida, i amb la qual de cop i volta et quedes sol parlant seriosament després que l’amic que te l’ha presentat se n’hagi anat, quan arribes a Bécon-les-Bruyères et trobes sumit en la sensació que diu que, a partir del moment que les coses són, deixen de ser divertides.”
Bécon-les-Bruyères es un impersonal asentamiento a la afueras de París, un punto intermedio entre la gran ciudad y el campo, que ejerce como intermediario entre ambos. Los habitantes son como los de otros lugares, pero el enclave en sí mismo carece de personalidad. La importancia subjetiva del lugar de origen de uno, independientemente de que el lugar sea un enclave insignificante, la vida en él, transcurre como en cualquier otro sitio, pero parece no afectar más que a los lugareños. Las fábricas, los descampados, un cementerio para perros, unas pistas de tenis, el Casino...; aunque insignificantes, todas esas cosas contienen vida, la misma vida que una gran ciudad: es cuestión sólo de cantidad.

Detrás de la mirada irónica de Bove no se esconde ningún menosprecio hacia Bécon-les-Bruyères; de hecho, aunque paradigma de la levedad de estilo, Bove ejecuta una obra maestra de la concisión: la pretendida insignificancia del sujeto de la narración parece remitir a una aparente inexistencia de estilo, aunque esa ausencia sea ya una elección estética que requiere una toma de partido, es decir, que la ausencia de estilo es ya una forma de estilo. Cabría decir, asimismo, que el autor trata al enclave con suma ternura, la misma con la que se trata a las cosas insignificantes, pero sin que esa mirada tenga que ver ni con el sarcasmo ni con el cinismo. Una mirada apresurada podría llevar a la conclusión de que los habitantes de Bécon-les-Bruyères forman parte de la hermandad de los excluidos, pero eso sería un error: a fin de cuentas, éste no es tan distinto de multitud de pueblos que se han establecido en un determinado lugar sin ninguna razón, casi con el único fin de recoger los excedentes -pues no otra cosa son las banlieus de las grandes ciudades europeas, antiguamente denominados arrabales y en la actualidad calificados, de un modo más correcto políticamente, como periferia- de las grandes capitales, unos lugares crecidos sin ningún tipo de planificación, y que a menudo comparten la sensación de haber rellenado los espacios vacíos que se encontraban alrededor de una estación de ferrocarril.
“Una estació està més a prop del progrés que qualsevol altre lloc.”
La estación de ferrocarril puede ser el eje vertebrador de una localidad, al tiempo que es su entrada en el mundo: la gran mayoría de viajeros del tren son idiferentes con respecto a Bécon-les-Bruyères; es más, ellos creen que “sólo han pasado” pero, en realidad, por el solo hecho de haber pasado por la estación a bordo del tren, ya “han estado” allí.
“La persona que en un moment de decaïment anés a parar a Bécon-les-Bruyères sentiria que ha caigut tan avall que en marxaria immediatament.”
En todo caso, y esa es una de las conclusiones del retrato que hace Bove, y no necesarimente pesimista, cuando no se tiene ningún valor, lo más prudente es ser siempre consciente de la propia insignificancia.
Y una reflexión final de Bove que tampoco debería despreciarse: tal vez el destino final de Bécon-les-Bruyères, como el de cualquier ser vivo, sea desaparecer, en este caso, absorbido por las ciudades limítrofes. Después de desaparecer la ciudad desaparecerán los habitantes que la recuerdan; después, desaparecerá incluso su recuerdo para, finalmente, parecer que no ha existido nunca, y
“Bécon haurà anat a parar amb el brucs prèviament morts.” 

12 de abril de 2011

Intervención en Nostromo





Hace unos días fue requerida mi presencia por Carmina Roig, productora, para grabar una pequeña intervención destinada al programa Nostromo de La 2 de Radio Televisión Española dedicado a los relatos breves; la grabación tuvo lugar en la librería La Central del Raval, en Barcelona. A continuación, transcribo el guión de la intervención.


Opinión general acerca del relato breve.
El relato breve es la solución formal que adopta un escritor cuando el tema de la narración lo exige; cualquier juicio sobre la superioridad estética de la novela con respecto al relato o al revés es inútil: ni el Quijote podría ser un cuento, ni "Continuidad de los parques" una novela.


Un autor de relatos breves que recomendaría.



David Foster Wallace (1962-2008). Escritor estadounidense que, a pesar de poseer una obra no demasiado extensa, se ha convertido en escritor de culto. Forma parte de una generación que, inspirada por autores consagrados como Thomas Pynchon, Don DeLillo o Kurt Vonnegut, ha alumbrado grandes talentos creativos: Jonathan Franzen, William Vollmann, Dave Eggers o Jonathan Lethem.


DFW es el escritor que ha retratado con mayor fortuna las miserias de la postmodernidad: la tecnología deshumanizadora, la alienación de la sociedad mediática, el ennui del tardocapitalismo, las adicciones físicas y psíquicas, el exceso de información y la soledad del individuo.


A pesar de ser autor de varias novelas, como La broma infinita (Infinite Jest, 1996) 



y de reportajes literarios de no ficción, como Hablemos de langostas (Consider the Lobster, 2005), creo que donde alcanza su mayor maestría es en el relato breve: La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair1989)) o Extinción (Oblivion: Stories, 2004).


Los relatos breves de DFW cuentan con unos recursos técnicos infinitos que permiten radicalizar hasta el extremo el planteamiento del lenguaje narrativo. Mediante una prosa no-lineal sino tentacular, con esquema de red, consigue dar a sus temas un tono satírico pero trágico, humorístico pero amargo, todo ello desde el absurdo, ya que, según parece, el realismo ya no serviría para retratar nuestra civilización.


Cita un relato breve especialmente recomendado.



Más que un cuento, me parecen especialmente recomendables los integrantes de la serie "Entrevistas breves con hombres repulsivos", incluidos en el libro del mismo nombre (Brief Interviews with Hideous Men, 1999). La primera impresión ante su lectura es de perplejidad, ya que la serie se compone de un conjunto de entrevistas a personajes marginales que sufren un extraño pavor a las mujeres, pero los relatos poseen una constricción formal inusual: sólo podemos leer las respuestas, ya que las preguntas no aparecen. Este hecho provoca que, realmente, lo que leemos sean autorretratos de los entrevistados, y que nos demos cuenta de que, como en La parada de los monstruos (Freaks, 1932), lo grotesco no tiene por qué ser divertido.

10 de abril de 2011

Autoabsolución

"Podría pensarse que tengo prejuicios. Quizás los tenga. Me avergonzaría de mí mismo si no los tuviera".
Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain (1835-1910)