Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
30 de noviembre de 2009
26 de noviembre de 2009
Mis premios
“La ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero”.
En conjunto, la obra de Thomas Bernhard pasa por obsesiva y pesimista, es notoria y sobradamente conocida su seriedad, y su carácter agrio hasta la mala educación ha tascendido otras de las muchas cualidades que poseen tanto su prosa como sus obras teatrales, y también su poesía.
Mis premios (Meine Preise, 2009) es una recopilación de artículos breves –breves en su extensión pero, como siempre, amplios en su mala leche- que escribió el autor relatando la concesión de algunos premios a su labor; es Bernhard puro en un contexto literario que no cultivó con asiduidad, el de los relatos cortos, cuya característica más notable es un agudo sentido del humor, a ratos rayano, como siempre en el austríaco, del más crudo cinismo.
Así, la devolución de un traje que había comprado para recibir un premio, y que resulta que le quedaba estrecho, le hace exclamar:
“Quien compre el traje que acabo de devolver no sabrá que ha estado ya en la entrega del Premio Grillparzer de la Academia de Ciencias de Viena.”
El recuerdo de un colega de baraja le hace reflexionar sobre el paso del tiempo:
“… el expolicía Immervoll… venía a diario a mi cuarto para jugar conmigo a las veintiuna, él ganaba y yo perdía, durante semanas ganó él y yo perdí, hasta que él se murió y yo no.”
La refrectariedad de la pompa y el boato de la alta sociedad austríaca tampoco sale indemne:
“Corría peligro de asfixiarme en la atmósfera de aquella sala. Todo estaba lleno de sudor y dignidad.”
Un traje estrecho que echa a perder una ceremonia; el kilométrico nombre de un premio que procura dar por el título correcto entero; el que le permite adquirir una neblinosa ruina perdida en un impenetrable bosque; el que recoge para comprar inmediatamente un Triumph Herald
“… ahora tenía que ir precisamente a ese Ministerio y dejar que precisamente aquella gente a la que detestaba profundamente me colgara un premio que detestaba”;
el portazo de un Ministro ante su mala educación; el que usa para cambiar las contraventanas de su casa
“El ser humano debe aceptar el dinero siempre que se le ofrece sin titubear nunca por el cómo y el de dónde, todas esas consideraciones no eran siempre más que pura hipocresía”:
la reflexión, incluso, de que lo mejor es no dejarse homenajear. Incluso un premio al aprendiz de comercio Bernhard y un discurso que no tuvo lugar…
“No debemos desahogarnos siempre con nuestros grandes ni imputarles con toda vehemencia y griterío nuestra miserable existencia y desamparo”.
Completan el volumen los discursos pronunciados por Bernhard en las ceremonias de entrega. Se trata de piezas cortas, concisas, concluyentes, que dan una idea presumiblemente fiel del Bernhard más próximo, más humano, aunque éste no esté, realmente, tan lejos de los obsesivos protagonistas a los que nos tienen acostumbrados sus obras.
24 de noviembre de 2009
Contrapunto XLII
18 de noviembre de 2009
Profundidad de campo
“Todo lo cercano se aleja”.
Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)
16 de noviembre de 2009
Amor de Artur
A las 15:33 horas de una sombría y fresca tarde de noviembre me senté en mi sillón favorito, aquejado de un ataque súbito de hedonismo, armado con un estupendo Esplédido de Cohiba, cenicero, tetera con Earl Grey a discreción y una razonable copa de Señor Lustau 1940, con la intención de echarle un vistazo a un libro que no conocía de un autor de quien sólo me sonaba el nombre. A las 19:37 horas, sin haberme levantado ni siquiera para satisfacer ninguna de las necesidades básicas, la copa de brandy intacta, cierro Amor de Artur (Amor de Artur, 1982) con la sensación de que durante esas cuatro horas y pocos minutos o bien he sufrido alguna clase de rara autohipnosis involuntaria, y lo de "sufrir" es literal, o bien he sido abducido por alguna inteligencia, porque algo de inteligencia debe dársele por supuesta, extraterrestre.
Amor de Artur es, para este lector, un descubrimiento sorprendente; uno se vanagloria, al
menos en la intimidad, de ser un tipo leído, vamos, con eso que se llama, pomposamente y alzando con suficiencia una ceja, "cierto bagage", y se considera a salvo de sorpresas; al fin y al cabo, si algo es bueno, realmente bueno, o se parece mucho a algún libro que ya se ha leído -en cuyo caso uno, haciendo gala de una falta absoluta de modestia, encuentra en su memoria la referencia y, con suficiencia, exclama: "Oh, eso no es más que un plagio de... (póngase aquí el nombre de algún clásico o del último transgresor, igual da)"- o ya se conoce -"¿Cómo? ¿Ahora has descubierto a... (lo mismo que en el paréntesis anterior); uff, hace años que lo leí"-. Pues bien: de ahora en adelante, jamás volveré a tener la pretensión de que ya he leído todo lo que vale la pena y de que para disfrutar leyendo tengo que limitarme a releer.
Amor de Artur es un libro que contiene cuatro narraciones cortas cuya lectura estimula esa
parte recóndita del cerebro donde se supone que se halla el placer. Son cuatro relatos, a cuál más sorprendente, escritos desde una maestría en el estilo que parecía extinguida con el último clásico, enmarcados en tiempos distintos y con protagonistas sin relación entre ellos, al menos a primera vista, pero que tienen en común un tiempo de referencia y una tierra mítica, un espacio literario -uno no puede dejar de pensar en La Tierra Media de Tolkien o el Terramar de Le Guin, aunque la temática de Amor de Artur transcienda la fantasía- poblado de historias que conocemos sólo en parte y de la boca de personajes insólitos que arrastran al lector por los caminos que llevan a la buena literatura.
Hagan como yo: búsquense cuatro horas, acomódense y sumérjanse en la lectura de Amor de
Artur; de hecho, este reseñista está terminando con prisas esta recomendación para volver a
Tagen Ata; ya sé que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero ahora mismo sí que
me apetece, al menos, dejar un buen rato mis pies en remojo en el tranquilo remanso de la
corriente que me ha descubierto Méndez Ferrín. Y les aseguro que no será el último rato que
pase en su compañía.
12 de noviembre de 2009
2 de noviembre de 2009
25 de octubre de 2009
La unanimidad perversa
Denis Diderot, Pensamientos filosóficos, 1746
23 de octubre de 2009
Un hombre que duerme

Empezar a leer un libro de Georges Perec tiene algo de inmersión; en las gélidas aguas de fondo invisible de un lago glaciar, rodeado de amenazantes cumbres nevadas, de El secuestro (La Disparition, 1969); en las cálidas aguas de un tibio mar sin límites, cuyas olas amables mecen al lector haciéndole perder la noción del tiempo de La vida, instrucciones de uso (La Vie mode d'emploi, 1978); o, como en el caso de este Un hombre que duerme (Un homme qui dort, 1967), un dejarse absorber por el ineluctable abrazo de las arenas movedizas de fondo incierto.
"Te sientes poco hecho para vivir, para actuar, para hacer cosas; no quieres más que durar, no quieres más que la espera y el olvido".
Narrador interpelativo que se mueve entre la distancia de quien da órdenes y el desequilibrio de quien se habla a sí mismo en segunda persona para obligarse a hacer aquello que no le apetece o para poner tierra de por medio, para huir de un impreciso alguien en quien no quiere reconocerse.
La transgresión de Perec, sea a nivel formal o de contenido, siempre tiene algo de jocoso, de sutilmente irónico: a uno no le cuesta imaginarse una mezcla de la irreverencia de los Monty Python y el barroquismo exagerado de Jeunet y Caro. Un hombre que duerme, en cambio, está imbuido de una tristeza amarga, de una silenciosa soledad cuyo eco resuena en las paredes de la minúscula buhardilla donde el innominado protagonista encierra su renuncia: es, sin duda, el libro más triste de Perec, el más desesperanzado, el más oscuro:
"Pero la luz no es jamás plena en la buhardilla de la Rue Saint-Honoré".
Es esa misma oscuridad, la que envuelve al protagonista, figuradamente, en la opacidad de su condición anímica, y en la realidad, pues así de oscuro es también el ámbito del sueño y de los ensueños, la que puede hacer dudar al lector, hacerle desaparecer en las orillas del camino y extraviarle por los vericuetos de su prosa; es conveniente, casi siempre, ideal, quiero decir, no prolongar la lectura de un libro de estas características en más sesiones que las que la prudencia y la disponibilidad de tiempo permitan, pero en este caso, y uno tiene la sensación que siempre, tratándose de Perec, la lectura más productiva es la que tiene lugar en una sola sesión.
¿Puede el hombre escapar a su destino? Ese infinito empezar de nuevo, ¿lleva, en definitiva a alguna parte? ¿No acaba siendo indiferente lo que hagamos con nuestra vida? Preguntas retóricas cuya imposibilidad de respuesta firme no anula su formulación... La soledad no es un remedio, pero lo que sí puede ser es una forma llevadera de soportar la gran farsa: soledad existencial, consistente no sólo en la evitación sino también en la negación del contacto, convertirse en un eremita en pleno Marais y también en el pueblo antaño fantasma recuperado para las hordas de turistas, donde el tiempo transcurre más lentamente pero sigue transcurriendo, día tras día, hacia un ilusorio final,
"Volver a empezar de nuevo, una y otra vez, este dulce terror que insiste en regir cada día, cada hora de tu ínfima existencia",
que no es más que un espejismo; nada empieza ni nada acaba, todo es circular, repitiéndose hasta el infinito, el perro que ladraba ayer es el mismo que ladra hoy, y los carteles de eventos pasados siguen anunciándolos.
"Tu buhardilla es la más bella de las islas desiertas, y París es un desierto que nadie ha atravesado nunca".
Desaparecer, borrarse, "olvidarte de esperar", desandar lo andado hasta que todo esté vacío, sin contenido, para posteriormente vaciarse de la propia existencia, limitarse a ser, abandonar el juego, hacerse invisible, olvidar.
"Solamente te importa que el tiempo pase y que nada te alcance".
Hacerse transparente, pues no se trata de dejar de existir para ti mismo sino de ausentar tu presencia, que los ojos del mundo pasen a través de ti sin percibirte, que no desvíes ni un grado los rayos de luz, que te atraviesen sin modificarse, y que el hirviente ruido disminuya y desaparezca como acaba evaporándose esa gota de lluvia lanzada por la nube antes de alcanzar el suelo.
"La indiferencia no tiene ni principio ni fin: es un estado inmutable, un peso, una inercia que nadie lograría hacer tambalearse."
O la disolución: las moléculas perdiendo su configuración para pasar a formar parte de otro todo, apenas modificado por su aportación, pero persistiendo, siempre persistiendo.
"El tiempo, que vela todo, ha dado la solución, a tu pesar. El tiempo, que conoce la respuesta, ha seguido transcurriendo."
Leer a Perec sigue siendo un placer inmenso, un regalo a los lectores que, en este caso, Impedimenta nos renueva, después del acierto en publicar Lo infraordinario, en una cuidadísima edición. Mención especial para la traducción de Mercedes Cebrián y su grupo de asesores -es un detalle magnífico hacia su excelente trabajo el hecho de que sea la propia traductora quien les agradezca, mediante su enumeración en la página de créditos, su ayuda-; traducir Perec no es fácil, pero hacerlo bien es excepcional.
17 de octubre de 2009
Un llac en flames

"Gori Desclot, arraulit contra una paret de l'habitació, pensava que hi ha qualque cosa incòmoda en una orgia, s'evidencia amb qualsevol silenci, pausa, canvi o amb l'atzar de la fisiologia. Potser ineluctablement s'estableixen relacions de competència i de revenja, a estones els papers ancestrals del llop líder, de la famella poderosa, del paper de la mantis religiosa; a estones semblaria que hi ha vençuts que paren el coll per implorar clemència. També hi ha quelcom d'avorrit, d'estèril, potser relacionat amb les ombres fosques de la culpa, amb la incapacitat per al gaudi pur, intemporal,
intranscendent i banal, lligat a l'ombra de la transcendència i del sentit, a una dificultat de prescindir de la consciència, d'instal.lar-se més enllà de tot sentit fort, i ser capaços de construir sense ombres, d'entrar en el pur terreny del plaer, en el plaer pel plaer."
Hilari de Cara (Melilla, 1945), especialista en literatura postmoderna y merecedor, entre otros galardones, del Premi Josep Maria Llompart 2007 al mejor libro de poemas en lengua catalana por Absalom (2006), y del Premi Serra d'Or 2009 por Postals de cendra (2007), cambia de registro para escribir la crónica del desencanto de esa
"... colla de marxistes de saló, d'existencialistes i postexistencialistes torturats que es dedicaven a assetjar dones"
Sin esperanza de redención: esa es la actitud que se desprende de las actitudes de los personajes principales. Cuando los principios tienen todavía algún sentido, si no es que son esos mismos principios los que lo otorgan, se juega con la ficción de avance: de anti-sistema a socialismo; de éste, inevitablement, a comunismo; de comunismo, a anarquismo, a nihilismo para acabar en nada de nada. Una vez olvidados, porque nunca pueden considerarse superados, esos principios, ya no cabe hablar de redención; si acaso, pueden buscarse sustitutos a modo de clavos ardiendo -lo que queda de política, el amor, el sexo-, en el bien entendido de que a lo máximo que se puede aspirar es a retrasar, ya que no a evitar, la ineluctable caída."Va veure les estàtues, àngels erectes, àngels arraulits, àngels victoriosos, àngels caiguts i qualque representació de figures humanes, lluents i pensaroses, totes sumides en un doble sopor, el sopor simbòlic, i el sopor del manierisme d'un modernisme llepat que tibava la seva musculatura sota el sol declinant i pretenia aixecar-se per damunt de la contingència, sota els plateners llustrosos, entre xiprers estòlids que agullaven senderes i caminois amples i plens d'una desolació rectilínia i quasi urbana."
"I un dia, un horabaixa d'aquells que havien anat a Palma tot el dia, i finalment, abans de tornar a casa, a la vila. havia anat al cinema, ara no recordava si amb Biel i Bertran, o Gori, o tots junts amb les cosines de Marc, a mitja pel.lícula va veure, si no de sobte, potser sí d'una manera clara, com una gran evidència que s'obria pas inapel.lablement, amb una claredat resplendent, que allò que estava veient desbordava els límits fins aleshores sòlids i indestructibles del ritual, i esdevenia insuportable, ensopit, dolent. I amb l'esbucament dels límits, gairebé al mateix moment i amb el mateix gest, varen comparèixer d'immediat uns altres límits, ara governats per una mena de discerniment, de discrecionalitat, primerament estètics, d'una manera primària, potser: això no m'agrada; o, en canvi, això altre sí que m'agrada, m'excita, ho tornaria a veure, hauria de prendre nota amb cura d'aquesta situació, d'aquestes paraules, d'aquesta escena; i, cum una allau, a continuació, es varen precipitar les idees rebudes, les idees imperants, la immensa lletjor de la vida grisa, el dol de la vida perduda, de la vida possible, el pes de la viscositat i la misèria, i a l'altre extrem, l'aixopluc de la dignitat i de la bellesa del món, de l'emergència de la singularitat del seu destí, dels seus pares, de la seva família, de les coses obliterades, amagades, negades, del país, i de les seves connexions amb la història i amb tot l'univers."
"Clara Prohens era d'aquestes dones a qui gairebé tot els està permès, i tot allò que fan és clar i esportiu. I així mateix, malgrat tot, o precisament per això, després de gratar la superfície -cosa que s'ha de fer a consciència, perquè en teoria tot està en la més pura epidermis, i la gratada no entra en cap pressupost- tot és extraordinàriament laberíntic des del començament, en si mateix."
