“Semant icy un mot, icy un autre, eschantillons dépris de leur piece, escartez, sans dessein, sans promesse : je ne suis pas tenu d'en faire bon, ny de m'y tenir moy-mesme, sans varier, quand il me plaist, et me rendre au doubte et incertitude, et à ma maistresse forme, qui est l'ignorance.”
Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.
8 de agosto de 2009
Contrapunto XXXVIII
Si tratar con corrección a los demás provoca que no me odien aquellos a los que no tengo en ninguna consideración, no me vale la pena el esfuerzo. Si, además, despierto el amor de quien no me importa en absoluto, lo evitaré con todos los medios a mi alcance.
6 de agosto de 2009
Las noches revolucionarias
Prólogo de Alicia Mariño, Traducción de Eric Jalain
"¡Mueran todos los tiranos, reyes, reinas, príncipes, landgraves, margraves, zares, sultanes, dairis, lamas y papas! ¡Viva la República y la Montaña!"
Ni las opiniones y visiones personales, parciales e intencionales por su propia naturaleza, pueden sustituir a los tratados de los historiadores, ni los sesudos y autorizados estudios históricos pueden tomar el lugar de las percepciones de los contemporáneos de una época determinada; tal vez la combinación de ambos sea lo más recomendable. Algunas veces la actualidad se hace historia y la historia literatura; por circunscribirnos al país y a los días de Las noches revolucionarias (Les nuits révolutionnaires), véanse las Memorias de ultratumba (Mémoires d'outre-tombe, 1846) de François-René de Chateaubriand. Cuando un intelectual, que se autodenomina le hibou de Paris, "el búho de París", abandona su torre de marfil y desciende al campo de juego, y observa, y escribe, acaba componiendo una magna obra: Les nuits de Paris ou l'Spectateur nocturne (1788-1794), publicada originariamente en ocho volúmenes, de la que Las noches revolucionarias es una pequeña parte.
Como no podía ser de otro modo tratándose de un polígrafo incontinente, el afán clasificatorio contemporáneo se las vería y se las desearía en el intento de encuadrar la obra: reportaje de actualidad, autoficción, historia, panfleto, docudrama, crónica... En todo caso, una obra extremadamente interesante que consigue transmitir, mediante un acertado uso de la narración en primera persona del presente de indicativo, el caos y la inmediatez de uno de los episodios más apasionantes de la historia de la humanidad, desde el punto de vista de un escritor en la nómina de los grandes cronistas de la literatura francesa, y no siempre imparcial, gracias a dios, precursor de precursores.
2 de agosto de 2009
Locomotive Breath

Locomotive Breath
Ian Anderson. Jethro Tull
In the shuffling madness
Of the locomotive breath,
Runs the all-time loser,
Headlong to his death.
He feels the piston scraping
Steam breaking on his brow
Thank God, he stole the handle and
The train won't stop going
No way to slow down.
He sees his children jumping off
At the stations, one by one.
His woman and his best friend
In bed and having fun.
He's crawling down the corridor
On his hands and knees
Old Charlie stole the handle and
The train won't stop going
No way to slow down.
He hears the silence howling
Catches angels as they fall.
And the all-time winner
Has got him by the balls.
He picks up Gideon's Bible
Open at page one
God stole the handle and
The train won't stop going
No way to slow down.

29 de julio de 2009
La hipótesis innecesaria
“Je n’ai pas besoin de cette hypothèse”. Esa fue la respuesta de Pierre-Simon Laplace a Napoleón Bonaparte cuando éste le preguntó por qué no aparecía la figura de Dios en su teoría cosmológica.
27 de julio de 2009
Consecuencias indeseables
“Los que pueden hacerte creer cosas absurdas acabarán por hacerte cometer actos atroces”.
Jean-Marie Arouet, Voltaire
Jean-Marie Arouet, Voltaire
15 de julio de 2009
Un error imperdonable
"La idea de Dios es el único error que no puedo perdonarle a la humanidad".
Donatien Alphonse François de Sade, Marqués de Sade
Donatien Alphonse François de Sade, Marqués de Sade
13 de julio de 2009
Los huesos de Descartes
Ni siquiera la consideración de René Descartes como fundador del racionalismo y, como consecuencia, precursor de la modernidad, ahorró a sus restos la consideración, por parte de sus allegados intelectuales, de reliquia, laica, eso sí, pero reliquia al fin y al cabo. Russell Shorto, director del John Adams Institute de Amsterdam y colaborador habitual del New York Times Magazine, nos relata, con un detalle que a veces puede parecer excesivo pero que siempre es interesante, el peregrinaje de 350 años de los restos del filósofo francés desde Estocolmo, donde falleció y fue enterrado por primera vez, hasta el que se supone que debió ser su lugar de descanso definitivo: un entierro en un camposanto discreto cercano a Estocolmo, el accidentado traslado a Francia, su inicial inhumación en Sainte Genevieve, la propuesta de traslado al laico Panthéon en tiempos de la Revolución… al mismo tiempo que sigue la peripecia de su cráneo, desgajado del esqueleto durante su primer traslado, hasta su ubicación actual en el Musée de l’Homme parisino.
Al mismo tiempo que el autor nos informa del periplo de los huesos del filósofo, intercala en la “acción” una serie de pasajes relativos a ciertas áreas de las ciencias naturales, anatomía y psicofisiología, sobre todo, que no sólo no suspenden la narración, sino que constituyen una excelente introducción a algunas de las corrientes filosófico-biológicas –aquella disciplina que en tiempos de Descartes se llamó filosofía natural y a la que los progresos científicos obligaron a desgajarse en mil disciplinas aisladas- de los tres últimos siglos, que constituyen otro tipo de piezas del ingenioso rompecabezas compuesto en torno a los restos del filósofo, y que consiguen pespuntear un ensayo que, sin ningún ánimo peyorativo, se lee y se disfruta como una novela.
Addenda
Por la pertinencia del tema del artículo, así como, y principalmente, por la firma del escritor, reproduzco a continuación el escrito de Féliz de Azúa aparecido en la página de opinión del diario El País el dia 15 de Julio de 2009
TRIBUNA: FÉLIX DE AZÚA
Un montón de huesos
FÉLIX DE AZÚA 15/07/2009
Pocas cosas me sorprenden más que el habitual juicio según el cual los estudios, tanto escolares como universitarios, han de ser divertidos. Nadie lo niega. ¿Alguna vez fueron aburridos? Yo tuve profesores soporíferos como también los hubo extremadamente tontos, pero las asignaturas no tenían la culpa.
Sobre el supuesto de que sólo es divertido lo estúpido, parece que se hubiera llegado a un acuerdo según el cual el más aburrido de todos los estudios posibles es la filosofía. Quizás porque los responsables de la actual educación jamás se interesaron por ella. Son gente curiosa, los responsables del actual sistema educativo. El que ha logrado una tan espléndida destrucción de conocimiento.
Durante meses nos reuníamos en casa de una amiga con Víctor Gómez Pin, para leer las Meditaciones de Descartes bajo su tutela. Éramos veinteañeros, pero aún guardo el ejemplar tapizado de anotaciones marginales. El título del tratado, Meditations metaphisiques, asusta a mucha gente. Lo cierto es que se leen con suma facilidad, son la puerta de la filosofía moderna y plantean el interrogante más audaz que haya conocido el mundo hasta esa fecha: ¿y si lo que llamamos "Dios" no fuera más que un tahúr? La célebre hipótesis del dieu trompeur llevaba ínsita la intención de contestar que no, que Dios es buenísimo y se desvive por nosotros. El problema es que la duda penetró como un virus en el intelecto europeo y menos de un siglo más tarde ya se había convertido en una pandemia. Occidente sería la primera cultura mundial que probaría a sobrevivir con sus solas fuerzas y sin la ayuda de ningún Dios, al que se apartaba de la vida razonable por si las moscas. Aún no lo hemos logrado del todo: Dios sigue atacando con furia, ahora disfrazado de musulmán.
Aquellas tardes de discusión, frase a frase, del que sería texto fundador de la ciencia moderna, el inicio de una innovación colosal obrada por unos seres insignificantes que revolucionaría la vida del planeta para bien y para mal, son de las más "divertidas" que he vivido jamás. La huella de aquel viaje metafísico me ha aconsejado, año tras año, recomendar el estudio de Descartes a los alumnos de arquitectura, sin esperanza, con convencimiento. Y cada año, en efecto, siempre hubo dos o tres valientes (y valientas) que hicieron caso. Su sorpresa era mayúscula. Llegaban luego con los ojos como platos para darme la gran noticia: la así llamada "filosofía de Descartes" era una experiencia emocionante.
Viene esta introducción como excusa de que en pleno julio y para la mochila de las vacaciones ose recomendar al lector sin prejuicios (o al que haya sufridola educación española de los últimos 20 años) un libro sobre Descartes. Su título puede confundir: Los huesos de Descartes, de Russell Shorto (Duomo), en excelente traducción de Claudia Conde. Y digo que puede confundir porque cabe sospechar que el autor imite un título de serie negra, como esa legión de policíacos que para adornarse ponen un Wittgenstein o un Freud entre los cadáveres, a la manera de Manolo Vázquez Montalbán, que ponía recetas de cocina para animar al pobre lector. Pues, no del todo. Es un libro de intriga y trata, ciertamente, sobre los huesos de Descartes, pero es además una notable introducción al pensamiento moderno europeo.
La metáfora de los huesos es adecuada. Cuando Descartes muere (daba clases de matemáticas a Cristina de Suecia), lo entierran de mala manera en un cementerio para huérfanos a dos kilómetros de Estocolmo. Los cementerios católicos le estaban tan vedados como los protestantes. Se había convertido en la bestia negra de todas las jerarquías eclesiásticas. Descartes era creyente y había emprendido su obra tratando de fundar más en razón la garantía de existencia divina, pero su argumento superó al dueño del cerebro de Descartes y con una explosión de dinamita abrió un cosmos sin Dios a la investigación científica. De modo que entre los huérfanos, aquellos de quienes nadie sabía cuál era su credo, encontró acomodo.
Seguramente ese fue el único momento en que los huesos ocuparon el lugar que verdaderamente les correspondía: entre los abandonados que ninguna iglesia reclamaba. Porque, aunque estaba amaneciendo un mundo nuevo que conduciría al dominio hipertécnico que es ahora nuestra casa, sólo lucía la debilísima luz de la aurora en una punta del orbe, pero seguía dominante y pomposo el sol cegador de las monarquías absolutas y los obispos despóticos en todo el planeta. De modo que tampoco los discípulos de Descartes y quienes le enterraron pudieron escapar a la más antigua de las prácticas cristianas: el culto de las reliquias.
La historia de sus huesos es también una historia de cómo el pensamiento religioso se trasladó del alma inmortal a la razón discursiva y cómo la fe ciega en la gloria eterna se convirtió en fe ciega en la verdad científica. En 1666, desenterrado del cementerio de huérfanos para ser trasladado a Francia, sus reliquias sufrieron un primer asalto. En la aduana, los rigurosos funcionarios franceses obligaron a abrir el ataúd y, para pasmo de los cartesianos, había desaparecido el cráneo, se había perdido el recipiente de la mejor cabeza de su tiempo. ¿O acaso el pensamiento no está en los sesos? Problema.
El culto de las reliquias, inspirado por el respeto que imponía su futura resurrección, ¿qué sentido podía tener entre gente que ya no creía en la vida eterna? A pesar de todo, siempre custodiados por sus discípulos, los restos de Descartes volvieron a ser enterrados, esta vez en la iglesia de Sainte Geneviève. Allí permanecieron largamente hasta conocer la sombra del inmenso Panteón, otro depósito de reliquias, ahora nacionalistas.
Durante los siguientes 100 años y a pesar de que Luis XIV condenó el cartesianismo, la razón cartesiana no hizo sino invadir la totalidad de la investigación científica europea y convertir a su fundador en un santo laico, el mártir de la Razón. Cuando a partir de 1790 los revolucionarios se lanzaron al saqueo de las iglesias parisinas, de nuevo entraron en acción los discípulos. Esta vez fue Alexandre Lenoir, figura siniestra y fascinante, quien desenterró los huesos sin cabeza para evitar su profanación. Durante décadas los puso bajo la protección del Museo de los Monumentos Franceses, hasta que en 1819, habiendo ya vencido todas las resistencias, proclamado Descartes el padre fundador de la razón científica, la Academia de Ciencias de París decidió trasladar en solemne procesión (¿religiosa?) los restos del filósofo a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. No obstante, en el momento de abrir el ataúd para proceder al entierro (¿sagrado?), lo que allí se encontraron fue en verdad pasmoso.
Dejo para el lector la solución de la intriga y la incógnita sobre el cráneo que cuidaba el pensamiento de Descartes. He exagerado la parte detectivesca como anzuelo de perezosos, pero en el ensayo de Shorto hay serias exposiciones de asuntos como el problema de la conexión mente/cuerpo, la disputa entre empiristas ingleses y racionalistas continentales, o la herencia cartesiana en escritores tan inesperados como la superlativa Ayaan Hirsi Alí. En su opinión, la persistencia de las teocracias musulmanas obedece a los intereses y el fanatismo de las clases dominantes en esos países, monárquicas y eclesiásticas, pues saben que aceptar la razón cartesiana significa el derrumbe de su despotismo. El predominio de la razón sobre la fe religiosa trae consigo, fatalmente, la libertad de los civiles y la exigencia inmediata de derechos individuales.
Quizás algún día, seguramente en un futuro lejanísimo, una república islámica reformada pida que los huesos de Descartes sean trasladados a tierra de infieles en solemne romería, para desagraviar al santo de la Razón en el último lugar que se negó a eso que (los cartesianos) llamamos Era Moderna. Confiemos en que para entonces pueda viajar, también, el cráneo.
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España]
5 de julio de 2009
29 de junio de 2009
Manituana
Los Wu Ming, seudónimo literario de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva, después del genial Q y de la original pero prescindible 54, vuelven al ataque con una nueva vuelta de tuerca, una novela de aventuras clásica.
La acción si sitúa en la década de 1770 en las todavía colonias británicas en el continente americano, y los protagonista centrales son Las Seis Naciones, las tribus aborígenes que, después de haber jurado fidelidad y luchado a favor de la metrópoli en la guerra franco-británica, se encuentran en el dilema de seguir apoyando a la corona británica o a las colonias insurrectas en la guerra por la independencia. Afectados y recluidos por la primera contienda en una estrecha franja de terreno comprendida entre el futuro estado de Nueva York y la zona de los grandes lagos, su fidelidad al rey Jorge III les costará definitivamente su libertad y ser diezmados hasta la aniquilación por una maquinaria y una concepción de la guerra a la que no pueden hacer frente.
Novela de aventuras clásica-clásica, con acción trepidante, estilo cinematográfico, personajes entrañables y multitud de historias que corren paralelas a la acción, que sigue la estela de los autores del género, y que tiene una de sus mejores bazas en tomar partido por los perdedores, aquello que la Historia en mayúsculas nunca se ha podido permitir.
Un consejo: recorran los enlaces marcados en este escrito, porque constituyen una novela por sí mismos.
25 de junio de 2009
El final del desfile
“Una vez había oído decir que la humanidad se componía de intelectos exactos y constructivos por un lado y por el otro de carne de cañón para llenar los cementerios.”
El viejo continente está a punto de saltar hecho pedazos con el riesgo, que el futuro confirmaría, de arrastrar en su caída al civilizado mundo occidental, mientras la clase media inglesa, los terratenientes, los exalumnos de Oxford y las piezas de la inextricable burocracia ministerial siguen preocupados por sus amantes, sus carreras de caballos y los movimientos en el escalafón. El mundo conocido está a un paso de sucumbir e Inglaterra no es que mire hacia otro lado sino que está a punto de caer hipnotizada por su propio ombligo. Incluso una vez ha estallado el conflicto y los protagonistas se ven irremediablemente envueltos en él –recordemos que es la primera contienda denominada, contemporáneamente, “La Gran Guerra” y “Primera Guerra Mundial” con posterioridad-, no es el patrotismo lo que los lleva al frente; antes bien, la movilización, a menudo voluntaria, no es más que un modo justificado y raramente censurable de escapar de los acreedores, de una amante desechada… o del propio aburrimiento.
El final del desfile (Parade's End, 1924-1928) no es tanto un libro antibélico –por más que sea uno de los mejores textos sobre la Primera Guerra Mundial, complemento imprescindible de esa otra gran obra de Ford Madox Ford, El buen soldado (The Good Soldier, 1915)- como una sátira despiadada de una clase social que cree entonar su último lamento, su postrer canto de sirena creyendo salvar a la patria, cuando en realidad es el último clamor ante su desaparición.
El viejo continente está a punto de saltar hecho pedazos con el riesgo, que el futuro confirmaría, de arrastrar en su caída al civilizado mundo occidental, mientras la clase media inglesa, los terratenientes, los exalumnos de Oxford y las piezas de la inextricable burocracia ministerial siguen preocupados por sus amantes, sus carreras de caballos y los movimientos en el escalafón. El mundo conocido está a un paso de sucumbir e Inglaterra no es que mire hacia otro lado sino que está a punto de caer hipnotizada por su propio ombligo. Incluso una vez ha estallado el conflicto y los protagonistas se ven irremediablemente envueltos en él –recordemos que es la primera contienda denominada, contemporáneamente, “La Gran Guerra” y “Primera Guerra Mundial” con posterioridad-, no es el patrotismo lo que los lleva al frente; antes bien, la movilización, a menudo voluntaria, no es más que un modo justificado y raramente censurable de escapar de los acreedores, de una amante desechada… o del propio aburrimiento.
El final del desfile (Parade's End, 1924-1928) no es tanto un libro antibélico –por más que sea uno de los mejores textos sobre la Primera Guerra Mundial, complemento imprescindible de esa otra gran obra de Ford Madox Ford, El buen soldado (The Good Soldier, 1915)- como una sátira despiadada de una clase social que cree entonar su último lamento, su postrer canto de sirena creyendo salvar a la patria, cuando en realidad es el último clamor ante su desaparición.
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