13 de julio de 2009

Los huesos de Descartes

Los huesos de Descartes. Russell Shorto, Duomo Ediciones.
Traducción de Claudia Conde

Ni siquiera la consideración de René Descartes como fundador del racionalismo y, como consecuencia, precursor de la modernidad, ahorró a sus restos la consideración, por parte de sus allegados intelectuales, de reliquia, laica, eso sí, pero reliquia al fin y al cabo. Russell Shorto, director del John Adams Institute de Amsterdam y colaborador habitual del New York Times Magazine, nos relata, con un detalle que a veces puede parecer excesivo pero que siempre es interesante, el peregrinaje de 350 años de los restos del filósofo francés desde Estocolmo, donde falleció y fue enterrado por primera vez, hasta el que se supone que debió ser su lugar de descanso definitivo: un entierro en un camposanto discreto cercano a Estocolmo, el accidentado traslado a Francia, su inicial inhumación en Sainte Genevieve, la propuesta de traslado al laico Panthéon en tiempos de la Revolución… al mismo tiempo que sigue la peripecia de su cráneo, desgajado del esqueleto durante su primer traslado, hasta su ubicación actual en el Musée de l’Homme parisino.

Al mismo tiempo que el autor nos informa del periplo de los huesos del filósofo, intercala en la “acción” una serie de pasajes relativos a ciertas áreas de las ciencias naturales, anatomía y psicofisiología, sobre todo, que no sólo no suspenden la narración, sino que constituyen una excelente introducción a algunas de las corrientes filosófico-biológicas –aquella disciplina que en tiempos de Descartes se llamó filosofía natural y a la que los progresos científicos obligaron a desgajarse en mil disciplinas aisladas- de los tres últimos siglos, que constituyen otro tipo de piezas del ingenioso rompecabezas compuesto en torno a los restos del filósofo, y que consiguen pespuntear un ensayo que, sin ningún ánimo peyorativo, se lee y se disfruta como una novela.
Addenda
Por la pertinencia del tema del artículo, así como, y principalmente, por la firma del escritor, reproduzco a continuación el escrito de Féliz de Azúa aparecido en la página de opinión del diario El País el dia 15 de Julio de 2009

TRIBUNA: FÉLIX DE AZÚA
Un montón de huesos
FÉLIX DE AZÚA 15/07/2009
Pocas cosas me sorprenden más que el habitual juicio según el cual los estudios, tanto escolares como universitarios, han de ser divertidos. Nadie lo niega. ¿Alguna vez fueron aburridos? Yo tuve profesores soporíferos como también los hubo extremadamente tontos, pero las asignaturas no tenían la culpa.
Sobre el supuesto de que sólo es divertido lo estúpido, parece que se hubiera llegado a un acuerdo según el cual el más aburrido de todos los estudios posibles es la filosofía. Quizás porque los responsables de la actual educación jamás se interesaron por ella. Son gente curiosa, los responsables del actual sistema educativo. El que ha logrado una tan espléndida destrucción de conocimiento.
Durante meses nos reuníamos en casa de una amiga con Víctor Gómez Pin, para leer las Meditaciones de Descartes bajo su tutela. Éramos veinteañeros, pero aún guardo el ejemplar tapizado de anotaciones marginales. El título del tratado, Meditations metaphisiques, asusta a mucha gente. Lo cierto es que se leen con suma facilidad, son la puerta de la filosofía moderna y plantean el interrogante más audaz que haya conocido el mundo hasta esa fecha: ¿y si lo que llamamos "Dios" no fuera más que un tahúr? La célebre hipótesis del dieu trompeur llevaba ínsita la intención de contestar que no, que Dios es buenísimo y se desvive por nosotros. El problema es que la duda penetró como un virus en el intelecto europeo y menos de un siglo más tarde ya se había convertido en una pandemia. Occidente sería la primera cultura mundial que probaría a sobrevivir con sus solas fuerzas y sin la ayuda de ningún Dios, al que se apartaba de la vida razonable por si las moscas. Aún no lo hemos logrado del todo: Dios sigue atacando con furia, ahora disfrazado de musulmán.
Aquellas tardes de discusión, frase a frase, del que sería texto fundador de la ciencia moderna, el inicio de una innovación colosal obrada por unos seres insignificantes que revolucionaría la vida del planeta para bien y para mal, son de las más "divertidas" que he vivido jamás. La huella de aquel viaje metafísico me ha aconsejado, año tras año, recomendar el estudio de Descartes a los alumnos de arquitectura, sin esperanza, con convencimiento. Y cada año, en efecto, siempre hubo dos o tres valientes (y valientas) que hicieron caso. Su sorpresa era mayúscula. Llegaban luego con los ojos como platos para darme la gran noticia: la así llamada "filosofía de Descartes" era una experiencia emocionante.
Viene esta introducción como excusa de que en pleno julio y para la mochila de las vacaciones ose recomendar al lector sin prejuicios (o al que haya sufridola educación española de los últimos 20 años) un libro sobre Descartes. Su título puede confundir: Los huesos de Descartes, de Russell Shorto (Duomo), en excelente traducción de Claudia Conde. Y digo que puede confundir porque cabe sospechar que el autor imite un título de serie negra, como esa legión de policíacos que para adornarse ponen un Wittgenstein o un Freud entre los cadáveres, a la manera de Manolo Vázquez Montalbán, que ponía recetas de cocina para animar al pobre lector. Pues, no del todo. Es un libro de intriga y trata, ciertamente, sobre los huesos de Descartes, pero es además una notable introducción al pensamiento moderno europeo.
La metáfora de los huesos es adecuada. Cuando Descartes muere (daba clases de matemáticas a Cristina de Suecia), lo entierran de mala manera en un cementerio para huérfanos a dos kilómetros de Estocolmo. Los cementerios católicos le estaban tan vedados como los protestantes. Se había convertido en la bestia negra de todas las jerarquías eclesiásticas. Descartes era creyente y había emprendido su obra tratando de fundar más en razón la garantía de existencia divina, pero su argumento superó al dueño del cerebro de Descartes y con una explosión de dinamita abrió un cosmos sin Dios a la investigación científica. De modo que entre los huérfanos, aquellos de quienes nadie sabía cuál era su credo, encontró acomodo.
Seguramente ese fue el único momento en que los huesos ocuparon el lugar que verdaderamente les correspondía: entre los abandonados que ninguna iglesia reclamaba. Porque, aunque estaba amaneciendo un mundo nuevo que conduciría al dominio hipertécnico que es ahora nuestra casa, sólo lucía la debilísima luz de la aurora en una punta del orbe, pero seguía dominante y pomposo el sol cegador de las monarquías absolutas y los obispos despóticos en todo el planeta. De modo que tampoco los discípulos de Descartes y quienes le enterraron pudieron escapar a la más antigua de las prácticas cristianas: el culto de las reliquias.
La historia de sus huesos es también una historia de cómo el pensamiento religioso se trasladó del alma inmortal a la razón discursiva y cómo la fe ciega en la gloria eterna se convirtió en fe ciega en la verdad científica. En 1666, desenterrado del cementerio de huérfanos para ser trasladado a Francia, sus reliquias sufrieron un primer asalto. En la aduana, los rigurosos funcionarios franceses obligaron a abrir el ataúd y, para pasmo de los cartesianos, había desaparecido el cráneo, se había perdido el recipiente de la mejor cabeza de su tiempo. ¿O acaso el pensamiento no está en los sesos? Problema.
El culto de las reliquias, inspirado por el respeto que imponía su futura resurrección, ¿qué sentido podía tener entre gente que ya no creía en la vida eterna? A pesar de todo, siempre custodiados por sus discípulos, los restos de Descartes volvieron a ser enterrados, esta vez en la iglesia de Sainte Geneviève. Allí permanecieron largamente hasta conocer la sombra del inmenso Panteón, otro depósito de reliquias, ahora nacionalistas.
Durante los siguientes 100 años y a pesar de que Luis XIV condenó el cartesianismo, la razón cartesiana no hizo sino invadir la totalidad de la investigación científica europea y convertir a su fundador en un santo laico, el mártir de la Razón. Cuando a partir de 1790 los revolucionarios se lanzaron al saqueo de las iglesias parisinas, de nuevo entraron en acción los discípulos. Esta vez fue Alexandre Lenoir, figura siniestra y fascinante, quien desenterró los huesos sin cabeza para evitar su profanación. Durante décadas los puso bajo la protección del Museo de los Monumentos Franceses, hasta que en 1819, habiendo ya vencido todas las resistencias, proclamado Descartes el padre fundador de la razón científica, la Academia de Ciencias de París decidió trasladar en solemne procesión (¿religiosa?) los restos del filósofo a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. No obstante, en el momento de abrir el ataúd para proceder al entierro (¿sagrado?), lo que allí se encontraron fue en verdad pasmoso.
Dejo para el lector la solución de la intriga y la incógnita sobre el cráneo que cuidaba el pensamiento de Descartes. He exagerado la parte detectivesca como anzuelo de perezosos, pero en el ensayo de Shorto hay serias exposiciones de asuntos como el problema de la conexión mente/cuerpo, la disputa entre empiristas ingleses y racionalistas continentales, o la herencia cartesiana en escritores tan inesperados como la superlativa Ayaan Hirsi Alí. En su opinión, la persistencia de las teocracias musulmanas obedece a los intereses y el fanatismo de las clases dominantes en esos países, monárquicas y eclesiásticas, pues saben que aceptar la razón cartesiana significa el derrumbe de su despotismo. El predominio de la razón sobre la fe religiosa trae consigo, fatalmente, la libertad de los civiles y la exigencia inmediata de derechos individuales.
Quizás algún día, seguramente en un futuro lejanísimo, una república islámica reformada pida que los huesos de Descartes sean trasladados a tierra de infieles en solemne romería, para desagraviar al santo de la Razón en el último lugar que se negó a eso que (los cartesianos) llamamos Era Moderna. Confiemos en que para entonces pueda viajar, también, el cráneo.
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España]

29 de junio de 2009

Manituana

Los Wu Ming, seudónimo literario de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva, después del genial Q y de la original pero prescindible 54, vuelven al ataque con una nueva vuelta de tuerca, una novela de aventuras clásica.

La acción si sitúa en la década de 1770 en las todavía colonias británicas en el continente americano, y los protagonista centrales son Las Seis Naciones, las tribus aborígenes que, después de haber jurado fidelidad y luchado a favor de la metrópoli en la guerra franco-británica, se encuentran en el dilema de seguir apoyando a la corona británica o a las colonias insurrectas en la guerra por la independencia. Afectados y recluidos por la primera contienda en una estrecha franja de terreno comprendida entre el futuro estado de Nueva York y la zona de los grandes lagos, su fidelidad al rey Jorge III les costará definitivamente su libertad y ser diezmados hasta la aniquilación por una maquinaria y una concepción de la guerra a la que no pueden hacer frente.

Novela de aventuras clásica-clásica, con acción trepidante, estilo cinematográfico, personajes entrañables y multitud de historias que corren paralelas a la acción, que sigue la estela de los autores del género, y que tiene una de sus mejores bazas en tomar partido por los perdedores, aquello que la Historia en mayúsculas nunca se ha podido permitir.
Un consejo: recorran los enlaces marcados en este escrito, porque constituyen una novela por sí mismos.

25 de junio de 2009

El final del desfile

El final del desfile. Ford Madox Ford. Random House Mondadori
Traducción de Miguel Temprano García
Una vez había oído decir que la humanidad se componía de intelectos exactos y constructivos por un lado y por el otro de carne de cañón para llenar los cementerios.

El viejo continente está a punto de saltar hecho pedazos con el riesgo, que el futuro confirmaría, de arrastrar en su caída al civilizado mundo occidental, mientras la clase media inglesa, los terratenientes, los exalumnos de Oxford y las piezas de la inextricable burocracia ministerial siguen preocupados por sus amantes, sus carreras de caballos y los movimientos en el escalafón. El mundo conocido está a un paso de sucumbir e Inglaterra no es que mire hacia otro lado sino que está a punto de caer hipnotizada por su propio ombligo. Incluso una vez ha estallado el conflicto y los protagonistas se ven irremediablemente envueltos en él –recordemos que es la primera contienda denominada, contemporáneamente, “La Gran Guerra” y “Primera Guerra Mundial” con posterioridad-, no es el patrotismo lo que los lleva al frente; antes bien, la movilización, a menudo voluntaria, no es más que un modo justificado y raramente censurable de escapar de los acreedores, de una amante desechada… o del propio aburrimiento.

El final del desfile (Parade's End, 1924-1928) no es tanto un libro antibélico –por más que sea uno de los mejores textos sobre la Primera Guerra Mundial, complemento imprescindible de esa otra gran obra de Ford Madox Ford, El buen soldado (The Good Soldier, 1915)- como una sátira despiadada de una clase social que cree entonar su último lamento, su postrer canto de sirena creyendo salvar a la patria, cuando en realidad es el último clamor ante su desaparición.

21 de junio de 2009

Una calificación

Tomo prestada de David Foster Wallace la nueva calificación para el espectador mediático posmoderno, o para el espectador de la posmodernidad mediática, o incluso para el espectador de la posmodernidad artística: terminal no-inteligente.

13 de junio de 2009

¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo de patio?


¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo de patio?
Georges Perec, Ediciones Alpha Decay.
Traducción de Marisol Arbués y Hermes Salceda

¿Para qué en estos tiempos, y con la que está cayendo, en el sector del libro y en todos los demás, se edita un Perec, por más que se trate de un inédito?

Esto no es una respuesta, es simplemente el primer párrafo de ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo de patio?, pero puede ayudar a responder a la pregunta: “Había un tío, lo llamaban Karamanlis, o algo así. ¿Karatoro? ¿Karavaca? ¿Karagüevo? Bueno, Karaalgo. En todo caso, no era un nombre cualquiera, era de esos que se te quedan, que no olvidas así como así.”

Un insólito y estrambótico grupo de amigos, que suelen compartir pantaguélicas comilonas y etílicas y ahumadas sobremesas, tienen que acudir en ayuda de un conocido, amigo a su vez del propietario de ese petit vélo à guidon chromé au fond de la cour del que nos habla el título, que no quiere ser movilizado para la campaña de la guerra de Argelia que promueve el general De Gol (sic). Teniendo en cuenta las particularidades de los componentes del grupo, no es de extrañar que la batería de soluciones sean absolutamente desquiciadas, aunque la propia disparidad de opiniones facilita una vía de solución que, a pesar de no contar, en principio, con el favor del interesado, es validada por la mayoría de la asamblea. La ejecución y consecuencias de esa solución se resolverá en un sorprendente e hilarante final digno de los hermanos Marx.

Perec es un escritor anacrónico, de otro tiempo, que no tiene nada que ver ni con el mercado bestselleriano ni con la binarización de la cultura -1, todo; 0, nada-: es un escritor de matices, de un gusto exquisito aunque frecuentemente se sirva envuelto en modesto papel de estraza; leer a Georges Perec es, sobre todo, divertido y hasta orgiástico porque el parisino es un gamberro es su acepción más literal, un autor que escapa a cualquier intento de clasificación porque sobrevive a los intentos de escasillarlo escurriéndose de entre las pinzas de los asépticos canonistas con una puñetera sonrisa de despedida. Sin embargo, ahí quedan, para la verdadera posteridad y para escarnio de rankings, además de otras joyas de pequeño formato, un Prix Renaudot a los 29 años por Las cosas (Les choses, 1965), un imposible e inigualado tour de force alfabético en El secuestro (La disparition, 1969) y una de las novelas mayores del siglo XX, magna síntesis de su poética, La vida: instrucciones de uso (La vie: mode d’emploi, 1978).

Si son lectores de Perec, corran a por esta escurridiza joya de envoltorio tan modesto y de título tan fantástico; si no lo son, no cabe duda de que este petit vélo es una excelente introducción al peculiar mundo, aunque decir universo sería más justo, de uno de los últimos escritores geniales (de genio: inteligencia o talento extraordinario, que produce creaciones artísticas, literarias o científicas, originales y de excepcional valor) de la vieja Europa.

Por cierto, mi respuesta a la pregunta del primer párrafo es la siguiente: para solaz de los lectores que se lo merecen. Es posible que para el editor no sea suficiente, pero lo indudablemente cierto es que pocos autores ofrecen una recompensa del mismo calibre que la lectura de Perec.

9 de junio de 2009

Contrapunto XXXVII

Prefiero tener que enfrentarme a un enemigo fuerte que a uno débil porque esa debilidad, que puede constituir su verdadera fuerza, es más fácil que pueda confundirse con que sea inofensivo, y en este hecho puede radicar la mayor amenaza.

5 de junio de 2009

El sentido del pasado

El sentido del pasado. Henry James, Ediciones del Cobre
Traducción de A. López Tobajas y M. Tabuyo

A todo el que se proponga leer esta reseña, una advertencia previa: mi incondicional admiración por Henry James, autor de una de las mejores nouvelles de la historia de la literatura occidental, Otra vuelta de tuerca, y de alguna de las novelas más admirables, Retrato de una dama, por ejemplo, me impide ser imparcial. Lo que sigue, pues, es pura admiración.

El sentido del pasado es una novela inacabada; la edición de El Cobre presenta unos cuantos capítulos igualmente inacabados y una serie de notas que James dejó dictadas y que constituyen el plan de la obra, un borrador extremadamente interesante por lo que representan de inmersión –tal vez cabría hablar incluso de “invasión”, ya que el destino de esas notas no era ser publicadas- en la cocina literaria del autor anglo-norteamericano. A pesar de ello, El sentido del pasado es James al ciento por ciento: vocabulario preciso, acción contenida hasta el límite, diálogos absorbentes y, como es usual, sintaxis diabólicamente intrincada. Como ejemplo, las ciento cincuenta páginas del “Libro Cuarto”, una entrevista entre cuatro personajes en una situación claustrofóbica, angustiosa, opresiva, donde cada participante es llevado al límite de su tolerancia y, alguno de ellos, de su inteligencia. Magistral.

La trama, apenas en estado de esbozo, tiene que ver con la inmersión –otra vez esa palabra… ¿por qué se asocia Henry James con la “inmersión”?- en el pasado del protagonista debido a la visión de un cuadro antiguo, y con las relaciones con los personajes de ambas épocas. Pero siendo James, ¿a quién le importa la trama?