30 de noviembre de 2016

Fat City

Fat City. Leonard Gardner. Underwood, 2016
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Billy Tully, ex-boxeador, ex-promesa, vio cómo su vida se torcía cuando dejó los combates; desde que le abandonó su esposa, malvive en hoteles de tres al cuarto y saca el dinero para su supervivencia de trabajos ocasionales. A pesar de haber entrado en el circuito profesional, a sus veintinueve años siente que está acabado, aunque mantiene la esperanza -la ilusión- de poder reactivar su carrera no tanto para recuperarse deportivamente como para restablecer todo aquello que le acompañó en sus años de éxito. Pero el alcohol y la mala vida han dejado su huella hasta tal punto que ni siquiera es capaz de convencerse que el remedo de entrenamiento al que se somete en una mierda de gimnasio suburbial sirva para algo más que para mantener viva la ilusión del regreso al ring. De hecho, la intención de mejorar económicamente, de dejar de beber, de volver a entrenar duro, siempre se ve "afectada" por circunstancias ineludibles, como si fueran fruto de una conspiración lo suficientemente poderosa como para llevarse por delante cualquier propósito de enmienda; ese fatum al que no se puede combatir en el cuadrilátero, sin embargo, es el que acaba noqueándole día tras día. Ernie Munger, un joven de diecinueve años a quien se le notan cualidades innatas para el boxeo y que, a diferencia de Tully, se encuentra en pleno viaje de ida, prueba en un gimnasio y despierta el interés de algunos avispados mánagers, atentos a cualquier oportunidad de hacer negocio con el primer pardillo con una buena izquierda que caiga en sus manos. Ernie puede ser uno de ellos si se le saben organizar algunos combates y se le ata corto en el gimnasio: ¿quién no cambiaría el poste de una gasolinera de mala muerte por la gloria del cuadrilátero? Rubén Luna es el tercer miembro del triángulo protagonista, el que cierra la figura, el que le da sentido: antiguamente vinculado al ring, cuando termina su jornada como estibador se dedica a la búsqueda de promesas, esperando alcanzar como secundario tanto el reconocimiento del que no disfrutó como protagonista como, por qué no, una situación económica más desahogada. Independientemente de su posición de salida, los tres, o aquellos a quienes representan, depositan en el boxeo la misma aspiración: un golpe de suerte. La búsqueda de este golpe de suerte es, en esencia, la trama de Fat City (Fat City, 1969), una de las novelas emblemáticas de la literatura de boxeo con la que la nueva editorial Underwood comienza su primer asalto.

Las urgencias de la vida no se detienen ante nada, no saben de vocaciones ni de aspiraciones. ¿Qué les mantiene en pie, entonces? ¿Por qué siguen luchando? Porque creen que el destino les tiene reservado un golpe favorable; de hecho, a veces la vida no les parece sino una sucesión de golpes favorables, lo malo es que, a pesar de su incipiente apariencia, ninguno es el definitivo; pero no cabe preocuparse demasiado, será el próximo, seguro; solamente es necesario librarse de esa fatalidad sin límite, insistente, terca, responsable de todos los males.

Envolviendo una trama cuya intriga es mínima -los antecedentes de los personajes, el desarrollo de la acción y el trayecto lector a través de otras obras relativas a la temática boxística, sin olvidar el cine, dejan pocas posibilidades para la sorpresa-, Gardner echa mano de su oficio en las descripciones de las diversas tesituras a las que enfrenta a sus protagonistas y, sobre todo, en el manejo del ritmo de cada escena; por ejemplo, ralentiza y dilata las escenas con los mánagers y acelera cuando relata un combate, como si quisiera pasar por alto esa circunstancia y dar solamente la información precisa para seguir la historia que le interesa, la que no se desarrolla en el ring, y dejando claro que el verdadero boxeo es el que se practica fuera del cuadrilátero.

A diferencia de otros autores del sub-género, para quienes la descripción de la sordidez se realiza siempre a través de la economía de estilo, de un método elemental y cortante, Gardner se recrea mediante la utilización de descripciones detalladas y en un tono culto y depurado -que el traductor convierte en un castellano académico- que trasciende las plantillas y los clichés del género para, como todas las buenas novelas, poder ser considerada gran literatura sin etiquetas.

Calificación: ****/*****

Bonus track:
John Huston rodó una estupenda película, Fat City (1972), con guion del propio Gardner, basado en la novela.

28 de noviembre de 2016

La bella Annabel Lee

La bella Annabel Lee. Kenzaburo Oé. Seix Barral, 2016
Traducción de Terao Ryukichi
"It was many and many a year ago,
In a Kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me."
Annabel Lee (1849), Edgar Allan Poe
Kenzaburo, escritor japonés, Premio Nobel, y un conocido, Komori, productor de cine y de programas televisivos, se reencuentran después de treinta años, cuando estuvieron participando, junto con Sakura, una actriz que debe su fama a su época infantil, en la planificación de un rodaje. Esa amistad a tres bandas, vista desde tres momentos concretos, la infancia de la actriz y del narrador protagonista en la época en que ella rueda una adaptación cinematográfica del poema de E. A. Poe; el proceso de producción de la película con que Japón debía contribuir al segundo centenario del nacimiento de Heinrich von Kleist, basada en el Michael Kohlhaas, que Sakura debía protagonizar; y la reanudación de la relación en la actualidad, con objeto de rodar una adaptación de La batalla de la Madre de Meisuke, una obra teatral cuya trama cita Oé en otra de sus novelas, Muerte por agua (2014), que la madre de Kenzaburo dirigió en plena posguerra, con más que evidentes conexiones con Michael Kohlhaas, y que también debía protagonizar Sakura; y el propio proyecto, los vínculos personales que se establecieron, particularmente con respecto a la actriz, es el tema en torno al cual gira el argumento de La bella Annabel Lee (2007).

El conocimiento entre Kensaro y Sakura se remonta a la época de estudiante de aquél, cuando visiona la película basada en el poema de Poe cuya protagonista, una preadolescente de diez años, es Sakura. Esa filme, concretamente su escena final, ha provocado en la actriz una pesadilla recurrente, que no sabe discernir si fue debida a un sueño o a una experiencia real, que ha marcado su vida posterior hasta extremos intolerables. De hecho, la película fue dirigida por su tutor -Sakura era huérfana de guerra-, un oficial norteamericano que después se convirtió en su esposo, y contenía alguna escena sexualmente explícita, que se rodó previa anestesia de la actriz-niña, que no figuró en la versión final.

Oé, Premio Nobel de Literatura 1994, es tal vez el más occidental de los escritores japoneses contemporáneos; a pesar de que la localización de sus novelas se ubique en las islas y que sus personajes sean inequívocamente nipones, su estilo, la forma, remite claramente a Occidente. En el caso de La bella Annabel Lee, se registra una particularidad esencial: el narrador va contando la historia reproduciendo los diálogos sostenidos con los personajes implicados en ella, aportando únicamente comentarios ubicados en el presente, como si abriera paréntesis explicativos; el propio protagonista ofrece una explicación de su método para abordar el guión que se le encarga, que es a la vez el modo como está escrito La bella Annabel Lee:
"Carezco de conocimientos cinematográficos. Sólo estoy aplicando al guion, un género desconocido para mí, el método que he venido perfeccionando en mi trabajo como escritor y novelista. Mi método consiste en imaginar primero una escena clave que sirva de núcleo de la obra que quiero emprender, y luego mover en planos concretos tanto a los protagonistas como a los personajes secundarios para obtener un relato verosímil."
Ese fraccionamiento, no obstante, no conduce a que todo el abanico de historias que componen la trama tejan vínculos interdependientes entre ellas -de hecho, lo único que poseen en común es que son relativas a los protagonistas-, sino a un cierto anidamiento, conteniéndose las unas a las otras y relacionándose mediante ciertos puntos en común, ciertas áreas de intersección que, sin embargo, no alteran su naturaleza, de modo parecido a como varios motivos musicales aparecen en la obertura de una ópera, pero este hecho no altera su presentación posterior.

Varios son los temas, más allá de la trama propiamente dicha, que subyacen en La bella Annabel Lee. Por un lado, la discusión acerca de en qué medida afecta la ética de una determinada época histórica a la obra de arte: ¿podría publicarse hoy en día en todo el mundo Annabel Lee sin levantar polémica y las iras de las facciones de la crítica sectaria? Miramos con la condescendencia que se apoya en la supuesta superioridad moral a ciertos países que han prohibido la publicación de Lolita, pero ¿estamos seguros de que se pudiera publicar sin reparos si fuese escrita hoy mismo? La corrección política ¿no será, al final, una limitación a la libertad? ¿En qué medida la sobreexposición no es un acicate para las actitudes sectarias? Pero también está presente la otra cara de la moneda, la actitud de los vencedores de todo conflicto con respecto a los vencidos, la consideración de tierra quemada de los territorios conquistados, el abuso a mujeres y niños como demostración de la supremacía del ganador, aspecto que reflejan tanto Michael Kohlhaas como La batalla de la Madre de Meisuke.

Cada libro de Oé provoca en el lector la extrañeza del neófito; envuelto en una trama engañosamente elemental, su punto de vista, con la complejidad de lo múltiple, es capaz de desafiar la comprensión hasta el punto de que la lectura resultante abre numerosas posibilidades de interpretación. Oé, tal vez por su procedencia cultural, tal vez por su inmenso talento, puede que aun no comprendido del todo, es un autor de difícil comparación con sus colegas occidentales contemporáneos: cuando el lector tiene la convicción de haberse situado en la historia, un leve giro, a menudo representado por apenas un comentario de un personaje, por un silencio donde debería haber ruido o por el sonido que rasga el silencio esperado, o por la finalización en suspenso de un párrafo, le obligan a replantearse todo lo que lleva leído y creía haber asimilado a la luz de esa nueva revelación. Esa lectura múltiple y la sensación de inabarcabilidad es una de las razones por la que la literatura del japonés emana ese halo de excepcionalidad.

Calificación: ****/*****

25 de noviembre de 2016

Por último, el corazón

Por último, el corazón. Margaret Atwood. Salamandra, 2016
Traducción de Laura Fernández
Stan y Chermaine son una pareja joven que duermen en el coche, arruinados por la crisis, cuyas esperanzas para tener una vida normal de esfumaron cuando perdieron su trabajo y su casa; sacan el dinero, poco, de donde pueden, aunque se resisten al que podría proceder de actividades ilícitas, a pesar de que el hermano de Stan, que está metido en asuntos no turbios, les ayuda esporádicamente. Cuando más desesperada parece su situación, les llegan noticias de que una organización, Consiliencia, propietaria del proyecto Positrón, está buscando voluntarios para participar en un experimento social consistente en recluir a una cierta cantidad de individuos en una colonia experimental para llevar a cabo una alternativa a la vida degradada en la que gran parte de la población se ha visto envuelta. El experimento consiste en mantener a la mitad de la población de su ciudad disfrutando de la vida de clase media que han perdido durante un mes, y el mes siguiente recluirlos en la prisión del complejo trabajando para mantener el sistema; cada pareja tendrá otra pareja Alterna que invertirá los períodos, de modo que tanto la población reclusa como la que disfruta de su mes de libertad siempre será la misma.

"Consiliencia = Concesión + Resiliencia
¡Entregamos tiempo en el presente, ganamos tiempo para nuestro futuro!"

En realidad, Consiliencia es una organización de carácter sectario dedicada a la ingeniería social, adscrita al ideario poscapitalista de individualismo estricto y ultrarreligioso, aunque aconfesional, y que, naturalmente, tiene su lado (más) oscuro, más allá de la manipulación y las técnicas de control social. El paradigma inicial es que la iniciativa privada -los poderes públicos hace tiempo que han perdido su oportunidad, revelándose inútiles e ineficaces- debe tomar el control para detener la deriva en que ha caído el mundo civilizado, amparando y facilitando un nuevo diseño de la trama social real: la libertad es un bien preciado pero que las circunstancias no permiten disfrutar, y las prisiones pueden ser centros de rehabilitación real pero también fuentes de riqueza; Consiliencia es el paradigma para, combinando ambas hipótesis, proporcionar a los participantes "una vida con sentido".

Sin embargo, y a pesar de la estricta planificación, ambas situaciones conservan vestigios de lo que serían si no estuviesen intervenidas: la naturaleza humana, con sus virtudes y, especialmente, sus defectos, aflora tanto en prisión como en el exterior, y el control, por más férreo que sea, puede contener esas pulsiones pero no puede erradicarlas. Charmaine, que mantiene una relación prohibida con su Alterno, es descubierta; aparte de la infidelidad, ha transgredido varias normas, y ha puesto al descubierto una de las estrategias principales de la Organización: la laxitud con que los dirigentes trataban a los huéspedes era sólo una ilusión para que pensaran que no había vigilancia y para que se relajaran en el cumplimiento de las normas a fin de poder atraparles con más facilidad: la represión leve es más efectiva que la prohibición constante; incluso la duda entre si de ha transgredido la ley o no es más efectiva que una legislación estricta. Es ante estas muestras de disonancia que los huéspedes pueden llegar a plantearse la cuestión principal: si se les facilita una vida aparentemente libre, con trabajo, comida, bebida, sexo, y con las necesidades primarias cubiertas, ¿dónde está la trampa? 

Como toda ideología totalitaria que se precie, la Organización tiene un recurso que ha probado suficientemente su utilidad, el eufemismo: el mismo control, la programación, los castigos -que incluyen la pena de muerte para aquellos casos irrecuperables bajo el principio de separar las manzanas podridas para evitar que malogren el resto- son redefinidos mediante nombres neutros descargados de su significación original. Otra táctica, tomada prestada de los regímenes totalitarios, es la de la amenaza exterior: la Organización advierte de intentos de sabotaje informativo contra Consiliencia, es decir, emplea la táctica de desvelar un reto externo para compactar mejor al grupo y, de paso, justificar algunas medidas represoras; la Organización no puede permitirse desafíos a su orden social. Sin embargo, sí existe una amenaza real: uno de los fundadores mantiene contacto con el mundo exterior para denunciar algunas carencias de Consiliencia; esa conspiración interna es la responsable de los extraños  sucesos que acaecen a Stan, lleva planificándose mucho tiempo, e implica a los principales protagonistas.

La sociedad que muestra Por último, el corazón es una variedad de la sociedad del simulacro: la sustitución hecha norma, el eufemismo llevado a lo tangible. El modelo más explícito sea tal vez la política oficial de la Oganización con respecto a los robots, los prostibots, un simulacro de compañeros sexuales que se intenta que se parezcan a los humanos -se puede incluso escoger el parecido, siendo los más demandados las réplicas de Elvis Presley y Marilynn Monroe- pero sin las complicaciones de éstos, y destinados a satisfacer unas necesidades específicas. Y así hasta llegar al mayor de los simulacros: la creación de una realidad alternativa que primero es impuesta pero después va siendo adoptada gradualmente por la población, parecería casi voluntariamente, y que llega a sustituir a aquélla; al final, la verdadera resistencia es reivindicar lo real.

Atwood, autora de una obra contrastada, alguna de temática parecida, posee un completo dominio del ritmo narrativo; la forma escogida para materializar ese efecto es el uso de la dilación y la espera cuando el episodio está a punto de concluir mediante diferentes recursos: las especulaciones de los protagonistas anticipando posibles consecuencias de sus actos bajo el recurso de "qué pasaría si...", la descripción detallada de alguno de los procedimientos internos de la Organización o las entrevistas con los gestores. Atwood maneja la intriga con mano firme; la novela es una muestra de oficio desde cualquier punto de vista, y la variedad de registros la convierte en un modelo incuestionable de novela bien planteada y mejor desarrollada. La trama avanza y se detiene, como si dudase, se enrosca sobre sí misma, y cuando parece a punto de agotarse, abre argumentos secundarios que avanzan al unísono o, gracias a una hábil sucesión de capítulos, y una vez dispersas, vuelven a unirse gradualmente hasta regresar a la trama principal, con todos los cabos atados, preparándose para un final no conclusivo que deja al lector atónito.

Si Por último, el corazón es desasosegante es porque Atwood tiene la habilidad de convertirla en una réplica de la sociedad real -o en una visión de futuro de hacia dónde se encamina-, en la que todos somos ciudadanos con plenos derechos, reconocidos legalmente, pero también prisioneros, o rehenes, de las convenciones, de las deudas o de nuestras esclavitudes privadas. Atwood retrata a la perfección el ambiente general de desesperanza y desolación, con cierto carácter postapocalíptico, con barrios arrasados por la crisis, delincuencia residual e individualismo extremo, y se sitúa temporalmente en un futuro indeterminado, al más puro estilo ballardiano.

Una distopía es tanto más terrorífica cuanto menos especulativa -y vuelvo a Ballard, el maestro indiscutible del género-, cuanto más similar a la nuestra sea la sociedad que describe, cuanto más cercano a nuestros días sea el futuro previsto; cuantos menos sean los intervalos que nos separen, más aterradora. Es la inquietud que proporciona la posibilidad de que lo que se describe sea posible; es decir, con altos visos de verosimilitud.


Calificación: ****/*****

23 de noviembre de 2016

Campo de batalla

Las verdadera y efectiva guerra contra una ideología no se libra desde las trincheras de otra sino en el campo abierto de la razón.

21 de noviembre de 2016

Éxodo

Éxodo. Lars Iyer. Pálido Fuego, 2016
Traducción de José Luis Amores
“Estamos aquí para irnos.”
W., un personaje acerca de cuya identidad podría especularse casi indefinidamente -aún cuando esa inicial parece facilitar pistas que igual sirven solamente para despistar al lector-,  expulsado de la Universidad pero readmitido a la fueza debido a un tecnicismo legal; y Lars, su inseparable acompañante, que comparte con Iyer, entre otras cosas, el nombre de pila, marchan en esta tercera entrega a realizar una gira de conferencias por Reino Unido para conmemorar la definitiva e irrevocable desaparición de las Humanidades de las universidades británicas. La Filosofía es una disciplina inútil que debe esfumarse de los programas de estudios para dejar sitio a los conocimientos útiles, prácticos, a la economía y a la tecnología. La Universidad, esa institución benéfica de los tiempos de abundancia, con su espejismo de igualdad, debe reciclarse para pasar de formar ciudadanos a fabricar súbditos y, llegados los tiempos de escasez, buscarse socios privados que la sostengan, la dirijan y bajo cuyo mecenazgo se adoctrine a las élites destinadas a sucederlos.
“El cadáver de la universidad flota bocabajo en el agua, eso es lo que siempre le digo, dice W. Nosotros lo empujamos con palos. Ninguno de los dos se lo puede creer. ¿De veras está muerta, la universidad?, me pregunta W. ¿De veras ese cuerpo hinchado y de rostro azul es su cadáver? Sí, está muerta de verdad y ahí flota, bocabajo, le digo. De nada sirve fingir lo contrario, ya no. La universidad ha muerto y ese es su cuerpo.”
Alumnos sobreentrenados en tareas competitivas, espoleados para progresar indefinidamente, excitados por el olor del éxito y persiguiendo inasequibles al desaliento la excelencia, habrán perdido la capacidad de degustar el sabor de la derrota, a lucir el aura del vencido, a recorrer el peregrinaje de la pérdida, a degustar la poética del fracaso. Atléticos y anabolizados, sobrealimentados, sonrosados como el culo de un mandril, llamarán a nuestras puertas, no, las echarán abajo sin llamar, y se colarán en nuestras estancias como la humedad, como las ratas, para ocupar nuestros sitios, tomando el timón para la irrastreable singladura hacia el futuro. Perfecto.
“Los tiempos están cambiando, dice W. Toda una época termina. Su temor es que seamos nosotros sus enterradores, dice W. Que el foso que hemos cavado para nosotros -el desastre de nuestras carreras, la ridícula pose de nuestras vidas como pensadores- sea la sepultura en la que la filosofía sea depositada… Platón se revuelve en su tumba, dice W. Kant da vueltas como un trompo en su tumba. ¿Vio Cohen lo que se avecinaba? ¿Lo vio Cassirer?”
Todos los ataques a la Humanidades han sido entablados porque diversos, aunque coincidentes en los fines, agentes las han considerado un enemigo a batir. Siendo así, las Humanidades han desplegado sus ejércitos, diseñado sus estrategias, y planteado batalla. Este último ataque, el definitivo, sin embargo, no se ha proyectado desde la hostilidad manifiesta sino desde la desconsideración, relegándolas al campo de la irrelevancia; y contra esa acometida no existe defensa posible. W. especula con que tal vez la única protección sea la autodestrucción, y que la Filosofía vuelva a las calles desde donde una nueva generación de pensadores cínicos puedan escupir al poder, siempre que sean capaces de encontrarlo personalmente.
“Pensadores con mentes como cepos de acero.”
Mientras tanto, en el mundo exterior, la desolación se adueña de todo lo existente; no es la destrucción, pues ésta ya ha tenido lugar, es un paso más allá, porque los cascotes ya han desaparecido, cubiertos por una capa del polvo de la irrelevancia, y la ignorancia ha rellenado, en un avance lento pero constante, los antiguos socavones. En la pausa de una conferencia en Manchester, mientras W. deja el atril a Lars, el silencio de la sala queda roto por el pitido de un vehículo de la construcción maniobrando en la calle: el signo de los tiempos, una conferencia crítica con el capitalismo interrumpida por la máxima expresión de éste, la construcción desenfrenada, el epítome de la especulación:
“¿Siguen construyendo?, dice W. Siempre, le digo. Noche y día. Ahora están empezando una nueva excavación, le cuento. Los sótanos ya han sido cavados -muy profundos, casi hasta el centro de la Tierra- y colocados los cimientos, le cuento. La estructura progresa, así como los encofrados y la maquinaria de elevación. Han cavado zanjas enormes para tuberías de servicio, en largas hileras, como fosas comunes…”
Ya no quedan ni siquiera grietas, testimonio mudo de que algún día incierto existieron paredes; las certezas han sido sepultadas bajo toneladas de relativismo, y los tiempos verbales que expresan pasado han sido borrados de los manuales de conjugación; incluso el presente se ha convertido en un tiempo ficticio que ha sido sacrificado en beneficio del único tiempo verbal que conjugaremos: el futuro perfecto.
“Estos no son nuestros tiempos, coincidimos. Pero, ¿de quién son? Son tiempos de inversores y financieros, concluimos, de promotores urbanísticos y especuladores. Tiempos de asociación público-privada y urbanizaciones cerradas. Tiempos de monumentos de palcos de acero al crédito. Tiempos de emprendedores mercantiles, que venden su alma al capital para recomprarla de inmediato.”
La nuestra no es una generación perdida sino una generación exterminadora: hemos decepcionado las esperanzas que nuestros antepasados pusieron en nosotros, de nuestros ancestros que vivieron y murieron con la certidumbre de que podía mejorarse la vida en este mundo y de que nosotros estábamos, por primera vez en la Historia, preparados para llevarla a cabo; amputaremos las posibilidades a nuestros descendientes, legándoles una civilización agotada asentada en un mundo esquilmado e inerte. La desertización de la naturaleza no es más que el síntoma externo de la desintegración del pensamiento, la unificación de lo peor, la nivelación por lo inferior. La pérdida de la biodiversidad nada más que la sustitución del razonamiento por las consignas: el fin, sin remisión posible, el escape inviable.
“La idiotez no es absoluta, dice W. Hay clases de idiotez. Tonos de idiotez. Su idiotez deleuziana es muy distinta de su idiotez rosenzweigiana, dice W. ¡Muy distinta de su idiotez kierkegaardiana! ¡W. experimenta los límites del pensamiento de manera distinta con cada filósofo que lee! ¿Y no es esa la única razón para leer?, dice W.: ¿experimentar tus límites de otro modo? ¿Experimentar tu idiotez?”
El capitalismo salvaje no es solamente un cambio de era, es también un cambio de paradigma:
“Estamos en los inicios de una nueva era, dice W. Una era resplandeciente. Una era de acero y ventanas. Y vendrán hombres y mujeres de esa nueva era, más altos que nosotros, de ojos brillantes y dientes blancos. Más altos, más esbeltos, con mejores conjuntos de habilidades.”
La evolución natural comete a veces errores en forma de callejón sin salida, como el caso del dodo, felizmente desaparecido, o del ornitorrinco, híbridos monstruosos sin ninguna finalidad evolutiva. La evolución social, en cambio, hábilmente corregida y redirigida, posee un cometido inexcusable: la supervivencia del más capaz, de aquel que puede realizar valiosas aportaciones a la preservación y al progreso de la clase a la que pertenece con el fin de alcanzar un próspero y brillante futuro. Perfecto.

Contra esa conspiración de las élites utilitaristas sólo cabe oponer la lucidez del demente. No es que un demente -como un niño o un borracho, como reza el dicho- diga siempre la verdad, es que es el único capaz de alcanzarla. ¿Pues qué han sido todos los grandes filósofos, desde los presocráticos, los primeros, hasta los situacionistas, los últimos, sino dementes a causa de su clarividencia? No se puede pensar y conservar la serenidad sin una pizca de locura en forma de inadaptación, de marginalismo. Sólo el loco puede alertar con libertad acerca del porvenir sin suicidarse inmediatamente, sólo el vate puede profetizar el apocalipsis sin pactar, sea con Dios, sea con el Diablo, la salvación individual. Tampoco la religión nos va a salvar del Apocalipsis, Dios dejado en manos de los verdaderos instrumentos de poder, sean órdenes mendicantes o altas jerarquías del Vaticano; su omnipresencia repercute negativamente en su función supervisora, y la dispersión de las confesiones religiosas impide la concentración de esfuerzos. No será ninguna de estas la razón de su supervivencia, a diferencia de la Filosofía, sino su capacidad de plagio, su camaleonismo y la insistencia por mantenerse siempre al lado del poder, lo ostente quien lo ostente. El loco “abre la mente demasiado”, no está sujeto a religión, la autoridad ni a los prejuicios, de ahí su peligrosidad para el sistema. En el mismo pozo en el que el cuerdo ve un agujero negro, impenetrable y letal, ve el loco la brillantez del futuro. Imperfecto.
“Hubo un tiempo en que W. pensó que había una especie de libertad en nuestra ligereza. Que la bufonería era una especi de liberación, una evasión de la falsa gravedad. Al menos no éramos pomposos: ¿no es eso lo que se decía? Pero ahora sabe que la inanidad no tiene fin, que es como deslizarse como el hielo, dice W. Que no hay fricción, nada que te detenga… y que hace tiempo que hemos dejado atrás a nuestros amigos (a los amigos de W.) en nuestro deslizarnos.”
El pensar ha dejado el campo libre al deducir, la actividad especulativa a la productiva; un razonamiento muestra su validez en función de su utilidad: la Tecnología ha suplantado a la Ciencia, la Sociología a la Historia, la Escritura a la Literatura y la Ética Aplicada a la Filosofía. La última gran época de la filosofía británica transcurrió cuando los filósofos empezaron a beber y a fumar, dejaron las islas y viajaron a París y al Mediterráneo, cuando se convirtieron en europeos; el sol, el mar y el vino les abrieron la mente, y les permitieron ampliar la perspectiva del pensamiento. Esa fue la última Época Dorada. Después regresaron a su niebla y a su lluvia, su cerebro se embotó, volvieron al provincialismo y a la introversión, desterraron cualquier destello de especulación intelectual, se insularizaron de nuevo, y de aquellos polvos vinieron estos lodos.
“Algunos escaparon. Algunos fueron a otra parte. Pero otros volvieron a caer en la britanicidad; cayeron en la asfixiante charca de la britanicidad. Se ahogaron, boqueando, faltos de aire, en Bretaña. ¿No habían visto demasiado? ¿No habían aprendido aquello de lo que carecían? ¿No tenían ahora una idea del gran pensamiento, de la gran política? ¿No habían estado sus cielos llenos de luz, llenos del fuego celestial?”
El regreso de la Filosofía sólo puede materializarse a través de la violencia; es preciso volver a lanzar adoquines a la policía, escandalizar a los biempensantes, atracar los reductos en los que se hace fuerte el capitalismo, pero, ¿quién comandará las huestes vengativas? ¿Los estómagos agradecidos de la Filosofía Académica, que comen de la mano de las grandes corporaciones? ¿Dónde están los situacionsitas de mayo del 68? ¿Sentados en un McDonalds, comiendo panecillos sin gluten y hamburguesas veganas, bebiendo Coca-Cola Zero y abjurando de los fumadores?

Pero aunque la Revolución tal y como la conocemos sea imposible, habrá que buscar nuevos campos de batalla, porque el enemigo no acude a la cita, la Política, la Economía y la Regeneración, los tres grandes adversarios de nuestro tiempo, ya no precisan luchar cuerpo a cuerpo, y sin enemigo no hay lucha ni posibilidad de triunfo: es, de nuevo, la condena a la irrelevancia; toda la preparación, la estrategia, la táctica, han sido inútiles. Y no podemos vencer por incomparecencia del adversario porque el arma que creíamos letal no sirve contra fantasmas. No nos queda más que rendirnos, retirarnos a lamer las heridas que no nos han infligido y desaparecer: ese es el exilio que nos han dejado.
“Nunca hemos vivido: W. está obsesionado con esa idea. ¡Nunca hemos vivido! ¡Nunca estuvimos vivos, ni siquiera un momento!”
La Escritura podría constituirse como el único antídoto contra la infección de la Utilidades, pero una Escritura que trascendiera las escrituras habituales -de las cuales serían un buen ejemplo los cementerios de elefantes edificados sobre los cimientos de las tesis doctorales, las comunicaciones académicas, las publicaciones en revistas especializadas y los papers-, que no consistiera solamente en poner negro sobre blanco un pretendido pensamiento; no debería ser su reflejo ni su materialización, sino una Escritura de pensamiento en acción, la mente retratándose a sí misma en el acto de pensar. Esa es una de las razones por las que la verdadera Filosofía no puede comunicar fielmente en toda su potencia, porque la expresión de un pensamiento, sea en forma oral o escrita, siempre da un resultado estático, fijo, ante la imposibilidad de reproducir la dinamicidad de la mente.
“No debemos tanto buscar ideas, dice W., como dejar que las ideas nos encuentren. No es cuestión de ‘esfuerzo mental’, sino de ‘aflojamiento mental’, dice.”
Si el pensamiento necesita movimiento, los peripatéticos tenían razón: nada mejor para pensar que caminar. Si cuanto más se anda más profundidad de pensamiento se puede alcanzar, la marcha continua llevaría al pensamiento total, y ya que no se puede andar en círculos, como los hindúes, porque en este caso no se hace más que pensar circularmente, el caminar en huida es la única alternativa posible: para escapar del presente de esclavitud, hay que tomar el ejemplo del pueblo judío: el éxodo.

Cuando el pensamiento ha agotado todas sus posibilidades, siempre queda la acción. Y después de que la acción de unos pocos muestre también su inutulidad, sólo queda la acción contra uno mismo, que no es un síntoma de la cobardía escapista sino el del compromiso personal bajo el paradigma de que si la sociedad nos ha condenado a la irrelevancia tampoco notará nuestra ausencia, como no sea ese Éxodo la manifestación de su fracaso -es decir, la misma razón que tiene la religión para abominar del suicidio y considerarlo uno de los peores pecados-.
“Catorce. Estupidez estúpida. Los estúpidos son invariablemente estúpidos en lo referente a ser estúpidos, dice W. ¡No tienen ni idea de su estupidez! Los demás ríen ante el idiota y éste se ríe con ellos. ¡Todo el mundo está riendo!, piensa. ¡Qué divertido! El estúpido no sufre realmente su estupidez, dice W. Deja que otros lo hagan por él.”
O tal vez ese éxodo no consista, realmente, en una traslación en el espacio -Egipto, Sinaí, Canaán- sino en un traslado en el tiempo, un regreso al tiempo de la tierra virgen no hollada por el hombre, a la naturaleza primordial con la intención de comenzar de nuevo y, con la experiencia acumulada, evitar los errores cometidos la primera vez. Aunque, en realidad, ese éxodo sería mucho menos numeroso que el del pueblo hebrero porque a día de hoy nadie querría abandonar el Egipto de la sociedad de consumo, de la estulticia y la hiperconexión, y apostar por el futuro incierto de una travesía del desierto de cuarenta años. W. sí se marcharía; Lars lo seguiría, pero no habría muchos más peregrinos. Sin embargo, no hay conservación sin movimiento, no hay progreso sin exilio, sin abandonar las comodidades domésticas y surcar los mares en busca de una nueva luz.
“¡Maldito sea el mundo!, dice W.. ¡Malditos sean nuestros tiempos!”
Lars Iyer concluye la estupenda trilogía sobre la asfixia de la razón, después de Magma y Dogma, con este Éxodo. Después de pasear a W. y Lars por Europa y Estados Unidos de América, los devuelve a las Islas Británicas para acompañar al sepelio de la Razón; un curioso periplo, teniendo en cuenta su lugar de procedencia, que termina con esa escapada justamente a su propio país, como si el único éxodo posible fuera el repliegue al lugar de origen, como si el único exilio realmente verosímil fuera, después de recorrer el mundo civilizado, el exilio interior. Pero no sólo la triple ubicación de los protagonistas justifica que Iyer haya abordado sus aventuras en tres novelas; es inevitable percibir una evolución -o involución- tanto en los personajes como en el tono a lo largo de la trilogía: lo que en Magma era franca sonrisa, se convertía en Dogma en una leve mueca, para revertir, finalmente, en Éxodo, en una sorprendente tristeza que sobrepasa el tono pretendidamente irónico. W. y Lars han ido perdiendo la esperanza, se han amargado, y han llevado con ellos al lector hacia la pista de despegue de ese futuro tan perfecto como inevitable. 

Éxodo es la escapada hacia la verdad por el camino de la caricatura; el sentido del humor -el cinismo es el sentido del humor llevado a su máximo exponente- descubre mejor y más rápidamente las vergüenzas del poder que el sesudo ensayo crítico, pero además limita la capacidad de respuesta del enemigo, desenmascara su estrategia, y ya no puede echar mano de la demagogia ni del sofismo; ni del propio sentido del humor, por supuesto: el poder carece de tal facultad.


La Trilogía respira un aire indudablemente bernhardiano que recuerda constantemente esa obra maestra que es Maestros antiguos; W. asume el papel del estricto y cascarrabias Reger, dejando para Lars, cuya presencia física no siempre se corresponde con presencia intelectual, el rol de Atzbacher. Las Humanidades adoptarían el papel de El hombre de la barba blanca, mientras que las autoridades académicas representarían a la perfección al staff artístico del Kunsthistorisches  Museum. Incluso en el caso de la forma se dan varias coincidencias, como el uso del discurso indirecto, “dice W.” es un recurso plenamente berhardiano, cuya utilización por parte de Iyer  siembra en el lector la duda acerca de la veracidad de las declaraciones de Lars. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la furibundez de W.; detrás de sus hiperbólicas diatribas se esconde la crítica más feroz; no se extrañe el lector que, en mitad de cualquier andanada dialéctica se le congele la sonrisa. Si Magma era un jab preparatorio que nos señalaba la distancia, y Dogma el uppercut al mentón que nos hacía relajar la guardia, Éxodo es el definitivo straigth-left que nos deja tirados en la lona. Un verdadero Manual de la Subversión.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos a la Trilogía sobre la asfixia de la razón en este blog:
Notas de Lectura: Magma
Notas de Lectura: Dogma

18 de noviembre de 2016

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. I: del siglo XIX a la Revolución

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. 1: Del Siglo XIX a la Revolución. Nevsky, 2016. Introducción de James Womack. Varios traductores.
Obviando a los autores clásicos de la antigüedad cuyas obras podrían incluirse en la clasificación de ficción especulativa, la ciencia-ficción europea y, por inclusión, la rusa, empezaron su andadura a mediados del siglo XIX, coincidiendo con el comienzo del desarrollo científico y con la percepción  de que la ciencia contenía en sí misma el germen para ser una disciplina sujeta a evolución; lo que habían sido intentos aislados y anecdóticos se convirtió, por acumulación de títulos, en una corriente que desembocó en la configuración de todo un género literario.
"Con el cambio de los gustos había cambiado la concepción de la belleza, y con la transformación de la lengua se había esfumado el encanto convencional: las palabras sonoras, como un eco vacío, se habían apagado en el aire, y las imágenes se habían desvanecido como las sombras al aparecer los rayos del sol. Tan solo había quedado la altura de los pensamientos, la fuerza de los sentimientos, el hondo conocimiento del siempre constante corazón del hombre, el luminoso amor a la patria y la verdad sublime de la naturaleza; y la poesía meliflua, formada exclusivamente por palabras e imágenes, se había hecho añicos."
Los autores rusos que se adscribieron a este naciente género, a diferencia de los franceses y del mundo anglosajón, no fueron demasiado conocidos ni sus obras pasaron a formar parte de la literatura popular; es posible que el peso específico de los novelistas realistas en esa verdadera Edad de Oro de la literatura rusa relegara al desconocimiento a los que cultivaron la ciencia-ficción, pero tuvo también su parte de responsabilidad, de forma parecida a lo que sucedía en el resto de Occidente, la infravaloración de este tipo de novelas comparadas con la literatura realista.
"-¡Pues me encantaría creer en algo!- dijo Pavel, animado por sus palabras-. Creer algo en verdad, con inocencia y pasión, como describen en esos libros. Pero me lo robaron todo cuando aún estaba en la cuna. Me envenenaron con su cinismo. Ahota todo me sabe a cenizas. Cómo envidio a esas antiguas familias, con padres y madres, en lugar de ciudadanos numerados."
La idiosincrasia política rusa, tanto en el tiempo de los zares como en los albores de la Revolución de Octubre, señala otra diferencia fundamental en las obras de ciencia-ficción: el reflejo, la crítica o el enfrentamiento abierto con la situación política presente o futura, referencia que será fundamental en el devenir del género a partir del triunfo del bolchevismo. De hecho, existe una vaga pero interesante correlación entre la época histórica y la naturaleza de muchas de esas obras, la que relaciona a las producidas en la época zarista, que acostumbran a ser utopías que desvelan un mundo mejor, y las escritas en época pre-revolucionaria, que adquieren un carácter distópico nada esperanzador.
"Las ensoñaciones científicas de nuestro camarada al principio me provocaban una sonrisa;: pero las teorías se pegan, como la fiebre pútrida, y tal es el efecto de los estudios agudos o especiosos en una inteligencia humana débil, que precisamente las cabezas que antes que nadie alardean de incredulidad, habiéndose impregnado poco a poco de su principio volátil, se convierten en seguidores empedernidos y están dispuestos a defenderlas con fanatismo musulmán. Yo todavía discutía y sonreía cuando de pronto sentí que, entre tanta discusión amistosa, ese condenado alemán me había inoculado su teoría; que ésta se distribuía por todo mi cuerpo junto con la sangre y que se deslizaba por mis venas; que su calor se me había subido a la cabeza; que estaba enfermo de teoría."
En cuanto a los temas tratados, no difieren en esencia de los comunes del género, aunque es cierto que existen algunas particularidades locales que los distinguen del resto de la ciencia-ficción occidental.  La antología no sólo incluye una representativa variedad de autores sino también una diversidad de enfoques, que incluyen un humor tremendamente ácido, y una selección de temas que ofrecen una visión general de una exhaustividad muy interesante: un viaje en el tiempo a un futuro modélico de progreso científico y humano; un viaje a una región mítica, una shangri-la de la naturaleza exenta de la intervención humana, que ha seguido un desarrollo progresivo debido a su evolución natural sin ninguna alteración; el descubrimiento de un pasado común en el origen de todas las civilizaciones de la Tierra, extintas y supervivientes, y de la contribución de la paleontología al conocimiento del pasado; un intercambio epistolar entre dos corresponsales en un futuro lejano, después de un viaje en el tiempo de uno de ellos, entre diversos adelantos tecnológicos y con el ejemplo prestado por el pueblo ruso al frente de todos los avances sociales; un viaje onírico de alto tono didáctico a la Luna en el que se explica con todo lujo de detalles los efectos, al nivel conocido en la época, de la vida humana en el satélite; una distopía que, a pesar de estar fechada en 1906, anticipa la crítica al sistema comunista, a la colectivización y al pretendido paraíso en la Tierra que prometía el sistema soviético; la invención de una máquina azotadora de alumnos díscolos que no supera la fase de demostración; el apogeo y destrucción de la República Antártica de la Cruz del Sur, trasunto terrestre de la colonización de otros planetas, organizada en torno a un sistema colectivista y bajo un régimen dictatorial de apariencia democrática, que sucumbe a una epidemia de "contradicción", una variedad de disonancia cognitiva; y, finalmente, en el que es tal vez el mejor de los relatos, se muestra cómo el avance de la ciencia ha conseguido una sociedad modélica, y la medicina la inmortalidad, y cómo, al final, después de milenios de vida, los sujetos caen bajo el hastío vital, considerando el suicidio como única alternativa posible a la inmortalidad.
"-La vida eterna es una tortura insoportable... Todo se repite en el mundo, así de cruel es la ley de la naturaleza... Mundos enteros cobran forma gracias a la materia del caos, brillan, se extinguen, chocan con otros, regresan al estado de dispersión de la materia, y, de nuevo, cobran forma. Y, así, sin fin... Se repiten los pensamientos, los sentimientos, los deseos, los actos. Incluso es posible que la idea misma de que todo se está repitiendo nos venga ahora a la cabeza por milésima vez... ¡Es horrible!"
Autores incluidos en la antología: Faddéi Bulgarin, Ósip Senkovski, Vladímir Odóievski, Konstantín Tsiolkovski, Nikolái Fiódorov, Alexander Kuprín, Valeri Briusov y Alexander Bogdánov

Traductores: Vladímir Aly, María García Barris, Enrique Moya Carrión, Fernando Otero Macías y Marta Sánchez-Nieves Fernández.

Calificación: ****/*****

16 de noviembre de 2016

Tradiciones


A finales de los 80 estuve en una misión salesiana del norte de Tanzania, una misión que consistía en un cercado que protegía tres chozas: una que hacía las funciones de capilla, otra era un ambulatorio de asistencia primaria, y la última un pequeño hospital para unos pocos internos cuyas enfermedades pudieran gestionarse desde la misión y para partos. Aparte de la asistencia primaria para las numerosas tribus nómadas que pastoreaban cerca de allí, se encargaban de gestionar las diferentes campañas semi-gubernamentales –habría que discutir mucho sobre eso: las tribus nómadas eran un estorbo para ambos países, ya que no sabían de fronteras ni de límites, rebeldes por propia decisión, con lo que su adscripción a uno de ellos o el otro era una cuestión irresoluble que los gobiernos respectivos no tenían prisa en solucionar…- de vacunación y prevención para toda la variedad de enfermedades endémicas de la sabana de África oriental. El hecho de que fueran los salesianos los que gestionaran ese centro, aparte de que el estado tanzano no llegaba a cubrir esas funciones en un lugar tan remoto de cualquier ciudad –la más próxima estaba a más de sesenta kilómetros; había otra más cercana pero situada en territorio keniano y, en aquella época, las relaciones institucionales entre ambos países no eran muy fluidas- se debía a que el cristianismo era la "religión" extranjera mayoritaria en el país, y religión oficial junto con las creencias animistas tradicionales; de hecho, casi todas las personas tenían dos nombres, el swahili y el cristiano.
El elenco asistencial estaba compuesto por un médico y un enfermero pertenecientes a la congregación salesiana, ambos procedentes de Cádiz, dos enfermeros aborígenes, un intérprete que dominaba el masai, el swahili y el inglés, y una médico también tanzana. Ésta, una chica de veintipocos años, estaba efectuando una estancia temporal en la misión, y acostumbramos a sentarnos al fresco, los días que coincidimos, después de cenar para charlar sobre lo divino y lo humano, fundamentalmente de África y Europa. Me contó que había estudiado Medicina en los Estados Unidos gracias al programa para universitarios del gobierno: en Tanzania la educación primaria y algo parecido a nuestra secundaria era obligatoria y completamente gratuita, pero el Estado no tenía posibilidad de cubrir toda la demanda nacional de universitarios, principalmente debido a la dispersión geográfica de las pocas ciudades e innumerables poblados desperdigados por todo el territorio. La solución para esa disfunción era que, a los alumnos que destacaban por sus notas -el número era, necesariamente, muy reducido- se les mandaba a universidades extranjeras con todos los gastos pagados, con el compromiso de volver a su país por un plazo fijado a ejercer su titulación; una vez transcurrido, podían emigrar; este plazo contributivo con quien había corrido con sus gastos universitarios era el que estaba cumpliendo en aquellos momentos, pasado el cual volvería a los EE. UU., donde ya tenía trabajo comprometido en un hospital privado de la ciudad de Boston y, por lo que entendí, un chico, también tanzano y de su misma etnia, que le estaba esperando.
Cuando hablábamos del peso de las tradiciones en las culturas africanas, que yo tendía a maximizar con la ignorancia supina del extranjero, me confesó que aprovecharía su estancia en Tanzania para practicarse la clitoridectomía, una intervención que sus padres no quisieron que se le practicara en su día; ya tenía apalabrada la fecha con el consejo de mujeres de su etnia para que se la realizaran por el método tradicional, es decir, mediante una hoja de navaja mellada, sentada sobre la manta ceremonial, y sin ninguna garantía sanitaria. Por supuesto, me dejó estupefacto; sobrepasando la confianza que nos teníamos, me parece que incluso llegué a faltarle al respeto, le pregunté cómo una mujer universitaria, con un expediente académico brillante de su titulación en Medicina –precisamente-, una persona culta y vivida, absolutamente occidentalizada, aceptaba someterse a esa mutilación… Recuerdo que me miró con algo parecido a la compasión, y me dijo: “Tú no lo entiendes, tú eres europeo, tienes tu documento de identidad y tu pasaporte, y allí dice quién eres y de dónde eres, y eso te basta. Yo no necesito ningún documento para saber quién soy y de dónde soy, pero lo que sí necesito es ese sentimiento de pertenencia, para ser aceptada como uno de los míos pero sobre todo para aceptarme a mí misma, que solamente se puede conseguir con esa ceremonia."
De regreso a Barcelona, recuerdo que busqué información acerca de la ablación aquí -era la época de las primeras corrientes migratorias desde África-; me entrevisté con un cargo de la Cruz Roja local, que me comentó que era una ceremonia prohibida por la ley, pero que existía un piso, en los alrededores del Fossar de les Moreres, donde se toleraba su práctica. Pero esto es otra historia.

14 de noviembre de 2016

J

J. Howard Jacobson. Sexto Piso, 2016
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
J (así, con la letra tachada), es la penúltima novela publicada por el prolífico novelista, periodista y autor de novela gráfica de origen británico; la obra fue Finalista del Man Booker Prize 2014, premio que obtuvo con anterioridad, en 2010, por The Finkler Question (2010), la única, hasta ahora, de sus obras traducida al castellano.
"¿Qué país no era un osario de su propia historia?"
J es una historia tejida alrededor de tres protagonistas principales, dos personas y un hecho, complementada por una serie de personajes que, en algún momento, se cruzan en las vidas de aquéllos, y encuadrada en un tiempo histórico y un tipo de sociedad altamente insólitos de los cuales el autor se guarda bien de ofrecer datos concluyentes. Ailinn Solomons -artesana de flores de papel- es una huérfana adoptada, con una infancia, pues, olvidada, que mantiene una vida gris, monótona, regida por la niebla, la humedad y la oscuridad; Kevern Cohen -tallador de "cucharas de amor" en una sola pieza de madera- es un joven retraído, dominado por la presencia ausente de su padre, autoinfravalorado, transparente, obsesivo. Ailinn y Kevern traban conocimiento y, en este improbable encuentro de dos soledades, como si dos repulsiones pudieran dar como resultado una atracción, establecen un vínculo de naturaleza extraña basado en un sentimiento principal, la compasión, pero que les permite sobrevivir al tedio de unas vidas sin objeto en una sociedad aparentemente disfuncional. 
"No era feliz, pero aceptó que ahí, en la infelicidad, era todo lo feliz que podría llegar a ser nunca."
De hecho, ambos arrastran un pasado oscuro que, a pesar de no poder ser objeto de detalle, ha condicionado su existencia posterior de manera definitiva: la educación familiar de Kevern fue tan estricta y exigente como poco funcional, y al inconveniente de tener unos padres mayores se le suma el haber sido hijo único; Ailinn, por su parte, desconocedora de los hechos a causa de una amnesia funcional, debe cargar con la sospecha, alentada por su madre adoptiva, de haber sido víctima de abusos en su niñez, antes de ser abandonada en un hospicio.
"¿Qué tenía de bueno el amor, cuando tocaba a su fin? Alguien se enamoraba y de inmediato pensaba en morir. Ya fuera porque la persona de la que una se había enamorado tuviese idea de matarte, o porque excepcionalmente no la tuviese y entonces temieras verte separada de ella."
El suceso que comparte protagonismo con ambos es "LO QUE SUCEDIÓ, SI ES QUE SUCEDIÓ" (las mayúsculas son del original), un suceso de naturaleza violenta, una época de confrontación, de caos, de desorden, en el que hubo una ruina de los bancos, una cruda crisis y un empobrecimiento general, siempre presente pero siempre excusado, cuya existencia se acepta históricamente -pues parece demasiado reciente para negarla- pero se elude como algo inevitable, que provocó una época de autoritarismo y de restricciones de la libertad con el fin de instaurar una política del olvido: 
"El pasado existe con el fin de que nos olvidemos de él";
a guisa de ejemplo, no se pueden realizar llamadas interurbanas, entre otras restricciones a la comunicación, no se puede conservar en casa más de un objeto que supere los cien años, y la expresión de los sentimientos en considerado como no conveniente. La degradación es más evidente en Necrópolis, la capital, donde los barrios más elegantes y las mansiones más exclusivas, en visible decadencia, son ahora habitados por inmigrantes y personas desubicadas.
"Aquello de lo que no te acuerdas podría perfectamente no haber sucedido. Recuérdalo todo y no tendrás futuro."
A medida que avanza la acción, aparecen ciertos personajes que, aparte de los familiares  directas de ambos protagonistas -progenitores determinantes, especialmente las líneas maternas, como va quedando establecido a lo largo del libro y como quedará patente en la conclusión-, un policía, un artista, una compañera de piso, cuyo oscuro papel parece reservado a los comparsas, pero que van adoptando un papel principal, casi cabría hablar de directivo, en la vida de la pareja. 
"Era una manera de desenvolverse en la vida: asentir y no decir nada."
Cuando citaba la excepcionalidad de la sociedad en la que se desenvuelve la trama lo hacía porque su naturaleza condiciona hasta tal punto el devenir de la historia y los sucesos que acarrean ambos protagonistas que, más que el medio en que se desenvuelven, adopta el papel de co-protragonista principal y acaba transformándose, tal vez, en el desencadenante de los suesivos giros que adopta la trama, atributo que la convierte en uno de los principales atractivos de J, un manual de la sociedad autoritaria post-moderna. 
"Muchos de los males de la sociedad eran el resultado de que el tipo equivocado de personas con el tipo equivocado de creencias encontraban maneras de reciclarse a sí mismas, sin importar el esfuerzo que suponía su eliminación."
El miedo por la ignorancia del límite sería una de las facetas que adopta ese autoritarismo de baja intensidad. En lugar de la sociedad con infinidad de leyes represoras, a pesar de poseerlas, con un código de estricto cumplimiento y unas fuerzas hostigadoras, se dictan leyes difusas que favorecen un simulacro de libertad, y un sistema de vigilancia oculto que siembra dudas acerca de su efectividad. 
"¿Qué es lo que temo haber hecho?"
La falta de concreción (qué está prohibido, hasta dónde puede llegar el incumplimiento tolerado) provoca una autocensura en los propios súbditos que, al no saber con certeza si están transgrediendo la ley o no, reprimen acciones permitidas por el miedo a quebrantar lo prohibido; se trata, pues, de un miedo difuso, más efectivo que la represión directa porque sus efectos son mucho más opresivos; por ejemplo, no existen libros prohibidos, pero sí indisponibles.

Un caso parecido sucede con el grado de cumplimiento de la ley. La aplicación de la norma es relajada, de modo que se permiten leves incumplimientos -aunque el relajamiento es discrecional-. El hecho de que el súbdito -en J no existen ciudadanos, solamente súbditos- ignore hasta qué punto se le va a permitir la transgresión provoca un estado de alerta y una hipersensibilidad al control cuya consecuencia resulta ser un sobrecumplimiento de las leyes. 
"Eso era lo que tenían de cruel los cambios superficiales: ponían de manifiesto aquello que no podría cambiar nunca." 
Las sociedades autoritarias acostumbran a ejercer la autarquía; en el caso de J es tanto "espacial" como "temporal". No es que esté prohibido salir del país -lo que sí es es ilógico, ya que en el país de encuentra todo lo que se puede necesitar-, lo que está prohibido es entrar. También está prohibido investigar el pasado:
"Mirar hacia el pasado y pedir perdón es lo más procedente. El peligro acecha en la nostalgia";
para borrar este pasado indeseable se dicta la "Operación Ishmael" -"Llamadme Ishmael"...-, que consiste en el cambio de todos los apellidos para hacer imposible el rastreo de los antepasados.
"[La OPERACIÓN ISHMAEL] Concedió una amnistía universal, la dispensación de una vez por todas de odiosas distinciones entre los perpetradores y las víctimas. El tiempo debe plegarse sobre los sucesos, y no hay mejor manera de asegurarse de ello que unir a todos con carácter retroactivo. Ahora que somos una familia y no podemos recordar cuando éramos otra cosa, está descartada la repetición de lo sucedido, si es que sucedió, porque no queda nadie para hacerlo, fuera lo que fuera lo que se hizo o no se hizo."
La sociedad de la sospecha se fundamenta en la delación, y ésta se instaura estableciendo una red difusa de vigilantes no institucionalizada: cada individuo puede ser un delator, y si la duda de si es o no es ese amigo, ese pariente o tu propio esposo provoca una desazón y una desconfianza que hace que calles lo que piensas, omitas lo que pensabas hacer o actúes siempre con prevención, o que se convierta uno también en delator con la esperanza de contar con la confianza de las autoridades o de que se le consientan pequeñas desviaciones.
"Es curioso cómo el destino -ese divino malabarista- equilibra las fortunas de los hombres con tal precisión que con cada subida o bajada dejamos libre un espacio, no sólo para cualquier viejo rival, sino para alguien a quien podamos odiar con razones fundadas."
Esta vigilancia sutil, presuntamente laxa, es la que aplica el sistema a Kevern con la intención de que se sienta observado pero sea incapaz de identificar a los informadores o de saber a ciencia cierta la razón por la que le están sometiendo a vigilancia.
"Había algunas preguntas que uno no podía plantearse, ni siquiera a sí mismo. Había algunas preguntas que no podía comenzar a moldear a partir del caos negro de la ignorancia, por miedo a lo que pudiera traer la definición. Porque... porque una vez que hubieses delimitado la pregunta, le habrías dado casi forma a la respuesta."
Ante un hecho histórico luctuoso de grandes dimensiones perpetrado por toda una nación es lógico que los responsables intenten olvidar y borrar todos los registros que pudieran incriminarles, esgrimir el negacionismo como único criterio válido, y excusarse mediante pseudo-razonamientos filosóficos, sociológicos o científicos. Sin embargo, la represión alcanza la perfección cuando ese olvido es promovido también por los descendientes de las víctimas, cuando son ellos mismos los que abrazan el negacionismo.
"Que no hubiera Götterdämmerung no significa, estúpido, que no hubiese nada. Primera ley de la investigación criminal: todo el mundo exagera. Segunda ley de la investigación criminal: sólo porque todo el mundo exagere no significa que no haya nada que investigar. En mi profesión [policía], señor Kroplik, no decimos que no hay humo sin fuego. El rumor es también un crimen. Una falsa acusación... de eso sabe usted mucho. Pero dicho esto, siempre hay un incendio. En algún lugar, algo está siempre ardiendo. Ésa es la razón por la cual ninguna acusación es siempre inútil del todo. Finalmente encontraremos un culpable para cualquier crimen."
El paso siguiente a la adopción del negacionismo por parte de las víctimas es la asunción por su parte de que tuvieron parte de culpa, que con su actitud provocaron a los represores cargando con una supuesta parte alícuota de responsabilidad, y que ese sentimiento se transmita de padres a hijos, salte generaciones, incuestionada, y se instale en el código genético social de los represaliados con el único fin de marcarles de forma indeleble y castigarles eternamente con una autoinculpación ante la que no caben ni el perdón -¿a quién pedírselo?- ni el olvido. La clave es que no se pueda distinguir a los culpables originarios y que quede sin respuesta la cuestión principal: ¿quiénes son los otros?
"Lo que hemos perdido es la experiencia de un antagonismo profundo. No es un antagonismo informal, de o lo tomas o lo dejas, de familia o entre vecinos, o algo absolutamente menos accidental y arbitrario que eso. Un antagonismo cultural bien formado y digerido, en el que todo, desde a quién adoramos hasta lo que comemos, se tiene en cuenta y queda completamente claro. Somos quienes somos porque no somos ellos."
"Soy lo que soy porque no soy ellos", coincide Kevern.

Ante esa confusión entre criminales y damnificados, las víctimas sufren un proceso de despersonalización, de desindividuación, una de cuyas consecuencias es la casi voluptuosa fascinación del sacrificado por el verdugo, la ambivalencia espoleada por la obsesión: la cordura es la única defensa, pero cuando ésa se ha perdido, se abandona también toda posibilidad de exculpación. 
"Yo mismo he estado a la vanguardia de los que piden disculpas, con tal de que no pidamos disculpas por algo que en realidad hayamos hecho."
La eliminación total del enemigo es contraproducente, y más si el enemigo es interior, porque se acaba con el antagonista necesario que da coherencia a la sociedad. Por tanto, habrá que buscar otro con toda urgencia.
"La simple reiteración de una idea previamente descartada fue lo que puso a la comisión de Esme sobre una nueva pista. La idea de que, sea lo que sea LO QUE HUBIESE SUCEDIDO no se podría haber destruido a todos. Ninguna operación podría haber tenido tanto éxito. Algunos, por supuesto, habrían escapado. Pero algunos, también, seguramente se habrían escondido. No todo el país había estado en pie de guerra. Había lugares donde no se le habían tomado tan a pecho y la sangre no habría sido tan abundantemente derramada. Debido a la bondad de corazón, a los principios morales, a la piedad, o simplemente al empecinamiento que florece lejos de las grandes ciudades y capitales -esa tozuda negativa a ir con la mayoría-, la gente habría ofrecido ayuda, dado refugio, recogido por lo menos a un niño atemorizado. No tenía sentido ser demasiado optimista. La oportunidad de encontrar familias enteras que vivieran pacíficamente en afloramientos rocosos donde hubiersen estado escondidas durante generaciones era exigua. Pero en su defecto, ¿podría ser que no hubiera en algún lugar un solo hombre y una sola mujer de ascendencias pura por descubrir, entre una población de casi cien millones de personas? Pues no hacía falta más: únicamente un solo hombre y una sola mujer, sujetos a rigurosa autentificación y con una salud razonable, y todo podría empezar de nuevo."
Y si no se encuentra, se inventa, el poder tiene instrumentos suficientes para señalar a un grupo, atribuirles todas las barbaridades que se le ocurran, azuzar a la población contra ellos y conseguir convertirlos en el "opuesto necesario". Una vez completada la restitución, sólo hay que dejar que pase el tiempo para que los mecanismos sociales se pongan en funcionamiento y alcancen la meta planeada.
"Somos los autores de nuestras consecuencias, si no siempre de nuestras acciones."
Es evidente, por más que no se cite ningún dato concreto, la relación de cuanto sucede en J con la shoah, la triste historia europea del siglo XX -aunque el tiempo de la narración se sitúe en el XXI-, las represalias y los sucesivos éxodos del pueblo judío; incluso la cuestión de la matrilinealidad parece una referencia directa a la tradición hebrea. Uno de los desencadenantes del suceso parece haber sido una Twitternacht, cuya relación con la Kristallnacht parece más que evidente. La familia de Kevern, los Cohen, son judíos, la mayoría de apellidos de la clase sojuzgada son de procedencia judía -y sospechosamente alemana los de los represores-. Y tal vez la pista más concreta, esa jota tachada del título, ese sonido que cada vez que era pronunciado por el padre de Kevern iba seguido del gesto de ponerse dos dedos en los labios, como quien pide... ¿silencio?

La ubicación temporal es otro enigma en el que Jacobson sumerge al lector. ¿En qué tiempo tiene lugar lo sucedido en la novela? ¿En el pasado? ¿En el futuro? ¿En el pesente? A pesar de que la datación incompleta de unas cartas sitúan la acción en un inmediato futuro en nuestro propio siglo, ¿es esa indefinición temporal lo que la hace tan terrible?

J es una historia lúgubre que se rige por sobreentendidos, triste, desangelada, deplorable; Jacobson consigue tejer, en una novela estupenda, una historia terrible y reflejar una sociedad enferma que, y eso es lo atroz de la novela, no puede evitar sus semejanzas con algunos de los episodios más tristes de la historia de la Humanidad.

Calificación: *****/*****

11 de noviembre de 2016

Destellos de luna. Pioneros de la ciencia-ficción japonesa

Destellos de Luna. Pioneros de la ciencia-ficción japonesa. Daniel Aguilar.
Satori Ediciones,  2016
Volumen destinado a dar a conocer al público a los precursores de la narrativa de ciencia-ficción japonesa en la doble vertiente escrita y audiovisual; el género, en su vertiente contemporánea, da comienzo, stricto sensu, a principios del siglo XX -obviando la literatura antigua tanto japonesa como china que contiene trazas de lo que podría considerarse una mezcla, muy habitual, por otra parte, de SF y fantasía- con la publicación de traducciones de Jules Verne y las aportaciones del que podría considerarse padre literario del género, Shunro Oshikawa.

Durante la decada de los años 20 se produce el despegue definitivo, gracias a las publicaciones en revistas periódicas aún no especializadas, bajo cuatro grandes modalidades derivadas del corpus occidental del género: las guerras futuras, libradas entre terrícolas o entre estos e invasores extraterrestres, con el común denominador de armas evolucionadas, inspirada en La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells; los viajes espaciales o space opera, deudores de De la Tierra a la Luna (1865), de Jules Verne; los científicos megalómanos, muy influenciados por la obra de Stevenson, El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, 1886); y las novelas de robots, recogiendo un grupo de obras encabezadas por la obra de teatro R.U.R. (1921) del checo Karel Capek.

Pero ese despegue se vio abortado durante la década de los años 30 y los años anteriores a la IIGM, período en el que el género decae debido a una férrea censura dictada por las autoridades niponas y por el predominio del género bélico; durante la IIGM y la capitulación de Japón, el género prácticamente desaparece.

No es hasta finales de los años 40 cuando parece que el género renace de sus cenizas: se produce una fractura con los precursores debido al auge súbito de la especulación científica, se registra el primer manga de la historia y, a primeros de los años 50, se inaugura el subgénero Godzilla

Es a mediados de los años 50 cuando surge la literatura de superhéroes, la televisión se suma a la literatura y al cine, y se genera el subgénero particular de las series televisivas.

Los años 60 representan el comienzo de la Edad de Oro de la SF japonesa, sentándose las bases de lo que será el futuro del género, gracias a las aportaciones de tres escritores fundamentales: Shunro Oshikawa, Shigeru Kayama y Juzo Unno, del cual el volumen incluye tres relatos cortos inéditos en castellano.

Destellos de Luna es un volumen muy interesante para conocer una literatura poco habitual, a diferencia de la SF rusa, pre y post-soviética, por ejemplo, que cuenta, aparte del conocimiento exhaustivo del tema por parte del autor, con documentación completa y, en el aspecto gráfico, con impagables reproducciones de pósters y carteles cinematográficos de las obras más representativas del género.

Calificación: ****/*****