8 de agosto de 2014

Formación

Si la razón fundamental de la educación que esgrimen las instancias legislativas es la utilidad, y su cometido principal crear profesionales competentes y competitivos cuya máxima aspiración sea el éxito económico y social, no deberíamos quejarnos de que ese éxito sea el único objetivo de los individuos formados bajo esa única aspiración y de que esa obsesión sea algo perfectamente lícito, deseable y socialmente admirado.
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