3 de abril de 2009

Fragmentos

La superioridad del ensayo, en la forma en que lo conocemos desde Montaigne, como herramienta literaria explicativa es, a estas alturas, incuestionable; en todo caso, muy superior a las alegorías y demás estilos metafóricos como las fábulas, adecuadas a la minoría de edad intelectual, y las parábolas, especialmente recomendables para la literatura religiosa y, por tanto, para mentes estúpidas. Pero cuando lo que se persigue es la reflexión o la motivación para la reflexión, la forma más adecuada es el fragmento, ya que su propia estructura refleja la naturaleza del ser pensante: tanto la realidad como el propio pensamiento son fragmentarios; éste último, sobre todo, carece de la unidad y la uniformidad que preconizan los profetas de las ideologías del resentimiento.

La reflexión, lejos de ser un proceso homegéneo y dirigido, debiera situarse en las fracturas de la realidad, en los intersticios, en los márgenes, en el espacio que deja libre la incompletitud y la discontinuidad siendo, además, la forma literaria que mejor permite el diálogo y contando, formalmente, con una ventaja indiscutible: la claridad y precisión de la brevedad en oposición a la confusión aleccionadora de la logorrea.
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