17 de octubre de 2008

El lenguaje eufemístico

En general, deberíamos medir nuestras palabras, siempre, para que nombraran exactamente aquello que queremos enunciar o, en caso de que nos sea imposible, callar. Esta contención debería ser aun más estricta para nombrar sentimientos, huyendo de las metáforas, los símiles o las palabras-comodín. Así, no nos veríamos obligados, por ejemplo, a llamar amor a ese sentimiento para el que no encontramos otra palabra mejor; o a llamar amigos, también, a esas personas a las que, si no las denominásemos así, no sabríamos cómo llamar.
Publicar un comentario