18 de agosto de 2008

El silencio reconfortante

Pocos silencios me son tan queridos como el que se apodera de una estación de tren vacía, cuando se va extinguiendo gradualmente en sonido del tren que parte. Y el sentimiento de soledad que me embarga cuando pienso que, voluntariamente, lo he dejado marchar sin subir en él.
Tal vez la vida no sea más que eso, un silencio permanente, roto sólo por el sonido del tren que llega y el sonido del tren que se marcha, cuando uno ha decidido no tomar nunca ninguno.
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